Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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viernes, 15 de julio de 2016

Ven conmigo, lo pasaremos bien.

Así es... Memnoch ha aparecido de nuevo. 

Lestat de Lioncourt 


La sirena de policía sonaba con fuerza arrancando la paz de aquella larga y ancha avenida. Los escasos transeúntes se giraban para observar su recorrido hasta perder de vista el vehículo. El destino era un edificio gris, algo descuidado, donde yacía inmóvil un cuerpo sobre la cama. Un vecino había hecho ese macabro hallazgo hacía tan sólo unos minutos. El hombre todavía temblaba con el teléfono móvil en la mano.

Cuando los primeros policías entraron observaron desde lejos a la víctima, para luego entrar hasta el dormitorio y comprobar que efectivamente estaba sin vida. No había rastros de sangre, pero no se podía decir que la causa de la muerte era natural. Sobre todo porque era un hombre joven.

—La música estaba muy fuerte y llamé al timbre para quejarme—dijo desde el alfeizar de la puerta—. Entonces me di cuenta que la puerta estaba abierta y decidí entrar. Pensé que no había escuchado el timbre, pero entonces vi que estaba muerto.

—¿Apagó la música?—preguntó un policía.

—Sí, desenchufé el aparato para poder llamaros—explicó—. Verá, la mayoría ya han salido de vacaciones al pueblo y hay pisos que están vacíos casi todo el año. En todo el edificio sólo hay tres viviendas ocupadas. Está la del portero que es abajo del todo y las nuestras—suspiró sintiéndose mareado—. No vi siquiera cuándo llegó. Sólo sé que llevaba horas escuchando la misma canción.

—No se preocupe—comentó el agente—. Intentaremos averiguar qué ha ocurrido. Quizá mañana le llamemos para declarar, por si recuerda algo más, pero de momento puede ir a descansar a su casa—dijo con una leve sonrisa en aquel rostro anguloso de ojos amables.

—¿Cómo? No voy a poder descansar—dijo—. Ese chico lo conozco desde hace años. Incluso es policía.

Esa última frase hizo que todos los agentes se miraran unos segundos. Cuando giraron el cadáver uno de ellos reconoció al hombre. El agente Fernández hacía algunos años que habían sido compañero del fallecido. No lo recordaba con especial cariño, pero sí que era un tanto gallito. Pensó que cualquier detenido, ya libre por las calles de la ciudad, le había buscado para ajustar cuentas. Sin embargo, una nota cayó de entre las sábanas.

El más joven de todos, el cual sólo llevaba tres días en el cuerpo, tomó la nota con los guantes correspondientes y la leyó en voz alta para todos los presentes.

—Nos veremos en el Sheol—dijo mirando a todos algo extrañados. No comprendía qué podía ser ese lugar. Por unos momentos pensó que podía ser algún local de moda—. ¿Qué es el Sheol?

—Según el Antiguo Testamento, o la Biblia Hebrea, es el lugar de las almas rebeldes olvidadas—murmuró Fernández entretanto se acercaba a su viejo compañero. Allí arrojado sobre el colchón, desnudo y con los ojos vidriosos no parecía tan temible ni tan cretino. Pensó que todos parecen santos cuando mueren aunque el mismo demonio apareciese para llevarse a su nueva víctima—Es la morada común de los muertos en pecado, una tierra de sombras habitada por quienes perecieron sin creer en Jesucristo, y lo que ahora se llama Infierno y Purgatorio—añadió.

—No—dijo el tercero que había mantenido los labios sellados—. En ese lugar no van pecadores. Es una región distinta—miró a Fernández con aquellos profundos ojos azules y sonrió breve—. Sí es el Purgatorio, pero no el Infierno. Aunque ambas regiones se comunican y tienen un mismo líder. 

—Van los descreídos—susurró el más joven aún con la nota entre sus dedos.

—Si me permitís necesito tomar el aire—dijo aquel extraño policía dejando la libreta con las palabras de aquel pobre diablo en manos del muchachito. Después salió al pasillo quitándose la gorra para bajar por las escaleras.

—¿De qué patrulla es ese?—preguntó Fernández a su compañero—. ¿Y por qué llegó solo?

Abajo, mientras todos se preguntaban por la identidad del agente, un hombre joven con otro aspecto muy distinto salía del hall. Vestía de negro con chaqueta y pantalones de cuero. Sus cabellos eran castaños y sus ojos azul glacial. Olía como huelen las brasas de una enorme barbacoa y sonreía como si hubiese logrado el teléfono de una chica preciosa. Pasó muy próximo al portero que estaba allí incrédulo ante las noticias de la muerte de su vecino y por el lado de las cámaras de seguridad. Al llegar a la acera se subió en una moto Harley y se marchó a toda velocidad.

—You still can die tomorrow!—gritó saltándose un semáforo en rojo.

Él era Memnoch y había elegido un alma más para torturarla. El Sheol quedó pequeño y el Infierno tomó conciencia de sí mismo uniéndose abriendo las puertas. Los demonios caminaban entre las almas que sufrían horriblemente el no haber creído en la palabra de Dios, en seguir sus normas o simplemente en ser un maldito desgraciado como el cretino que ahora metían en una bolsa para cadáveres.


Había violado a una chica repetidas veces abusando de su autoridad y Memnoch decidió que sería un nuevo juguete al que torturar durante horas, días, semanas, meses o quizás años. Aquel ángel caído no solía aburrirse fácilmente de sus víctimas. Dios no era quien impartía esa clase de justicias, era él. Era el encargado de purificar las almas, de recuperarlas, pero también de destruirlas.  

viernes, 11 de marzo de 2016

Carta al Diablo

¿Cómo debería empezar esta carta? Es una carta a la nada. No sé siquiera cuál debería ser su dirección y si alguna vez llegará a tus crueles manos. Tampoco sé cómo dirigirme a ti y si deseas que lo haga. Han pasado muchos años desde la última vez que nos miramos directamente a los ojos manteniendo una guerra dialéctica casi imposible. Tú mencionabas de tu dolor y yo te recordaba que sabía cómo era ser el desterrado. Hablábamos ambos en idiomas similares pero distintos. Querías contar tu historia, pero suponía que podías estar mintiéndome. ¿No es lo que dicen de ti? Dicen que mientes continuamente para atrapar a incautos y hacer caer cientos de almas a tu alrededor.

Has cambiado mi forma de contemplar este “Jardín Salvaje”. Ahora veo que puede ser más terrible, impredecible, horrible y fascinante. Ni siquiera yo estoy a salvo, ¿verdad? Ni ahora que me han proclamado “Príncipe de los Vampiros” siendo el más poderoso de todos. Camino inseguro y meditabundo. He recorrido el mundo esta última década pensando en ti. Cuando cerraba los ojos veía tu rostro y podía perfilar cada uno de tus rasgos. Después de conocernos, en esa aventura tan perturbadora, Amel pareció despertar con fuerza y clamar atención.

Memnoch, ya no estoy tan seguro que tú seas un demonio. ¿Cómo puedo estar seguro que tú eres el “Príncipe de los Infiernos”? Ni siquiera sé si esas terribles tragedias que cayeron sobre ti, con todo el peso de “Las leyes celestiales” o “Leyes Divinas”, son ciertas o sólo un intento llamativo para poder capturarme robándome el cuerpo como han hecho otros? Ni siquiera Amel tiene respuesta para lo que ocurrió.

Llevo varios meses conversando arduamente con él. Me he sentado en mi biblioteca favorita, incluso hemos hablado en la de Armand en Nueva York, y en las ruinas reconstruidas de Maharet y Khayman. He observado las estrellas contándolas una a una pacíficamente mientras escuchaba la voz sobrenatural que hay en mí. Él me ha contado tantas cosas, Memnoch. Cosas que tú no me contaste en su día. Me ha hablado de un abismo similar al que tú haces continuas referencias en nuestro relato, pero no hay nada sobre ti. ¿Tal vez fue después tu caída? ¿Quizá sólo eras otro espíritu similar al de Amel? ¿Puede que quisieras lo mismo que él ha conseguido? Todos los días me dice que es feliz porque puede vivir conmigo las sensaciones más maravillosas. Ambos somos uno y a la vez somos dos seres diferentes. ¿Y tú? ¿Qué ha sido de ti? ¿Sigues buscando esas almas para presentar ante Dios? ¿Existe realmente Dios? Otros vampiros dicen hablar con ángeles, pero estos también coinciden que soy un estúpido y un estrafalario.


Tal vez debería dirigirme a los vampiros anteriormente mencionados, ¿verdad? ¿Pero y si están confundidos como yo lo estuve en su momento? ¿Y si lo que ve son espíritus que toman la semejanza de los ángeles de los viejos frescos italianos? Debería alejarme de estas ideas, pero no puedo. Intento hacerlo continuamente porque son rematadamente inútiles ya que nadie me dará una solución válida. Ni siquiera tú podrías darme la solución a mis interrogantes. Nadie ha podido. Sin embargo estoy aquí en mi despacho en mi fortaleza en Auvernia, redactando con buena letra una carta que es una plegaria a un vacío insondable, mientras que tú quizás ya sabes todo lo que siento y te burlas de mí sintiéndote satisfecho por haber sembrado dudas en mi alma.  


Lestat de Lioncourt 

miércoles, 15 de julio de 2015

Infierno en la tierra

El demonio está de regreso. No sé si correr o enfrentarme a él junto con Amel.

Lestat de Lioncourt


El asfalto ardía y una ligera pátina se veía en el horizonte. La noche aún no había caído. El sol estaba a punto de manchar el cielo de un rojizo y turbio atardecer. El púrpura daría paso a la oscuridad absoluta, sin estrellas visibles y sin necesidad de ellas. Ya habían suficientes estrellas en los disparatados logotipos y carteles de neón que daban la bienvenida a los diversos tugurios de la ciudad, así como casas de juegos y restaurantes de dudosa reputación.

El barrio parecía en calma de no ser por el sonido, no muy lejano, de las sirenas de policía. Un atraco que salió mal en una gasolinera, un muerto y varios heridos, el dinero manchado de sangre, como sus manos, y las ilusiones volando por los aires como todos los sueños que alguna vez contuvo aquel enganchado a la droga más barata y mortal. Todos estamos condenados, pero algunos se condenan solos por las tentaciones de demonios con piel de cordero.

El termómetro colocado en la marquesina de publicidad, donde se desnuda sensualmente dos amantes en un caro anuncio de perfumería barata, marcan más de cuarenta grados. Es un trozo de infierno sobre la tierra. Debería sentirme como en casa, pero la contaminación nubla mi vista y me provoca rechazo. En una librería cercana, de las pocas que existen en un lugar así, puedo ver el último libro de las Crónicas Vampíricas. Es muy elegante, muy sutil y muy estúpido.

—Los demonios existen—murmuré despejando, de varios largos mechones rubios, mi frente antes de cruzar la calzada sin mirar, como cualquier estúpido adolescente. Una vez al otro lado, frente a aquel lugar de “culto” a la ignorancia y la sabiduría, pegué mis manos al vidrio e hice arder aquel para nada barato ejemplar de bolsillo—. El demonio ha regresado, príncipe.

De inmediato la alarma contra incendios sonó y empezó a empapar los restantes ejemplares, incluyendo las santas escrituras de diversas religiones. Poseo una santa paciencia para ese estúpido, pero me estoy cansando. No soy un lechado de virtudes y él no debería tentarme demasiado.

—Ahora tienes algo preciado que perder... —dije regodeándome en el placer de conocer de primera mano la belleza de Viktor, el cual ni siquiera reparó en mí. Tan estúpido como su padre, tan heróico y hermoso—. He vuelto...


Saqué mi móvil del bolsillo y conecté con la emisora de Benjamín. Desde hacía horas emitía un programa donde se hablaba de las últimas noticias sobre Lestat y su hermosa tribu. Se deshacía en halagos hacia el su príncipe y yo deseaba retorcerle el cuello. Él era mío. Mío.  

sábado, 20 de septiembre de 2014

Sheol

Memnoch me dio esto. ¿Tengo que tener miedo? ¿Puedo salir corriendo? ¿Puedo gritar llamando a mi madre? ¡Mamá, el coco me persigue!


Maldito demonio...


Lestat de Lioncourt 


Las almas son arrastradas aquí, empujadas hacia mí, mientras contemplo como unos y otros aún se desafían. Parece que fue ayer cuando éste lugar era lóbrego, casi vacío, y las almas que estaban aquí tan sólo lloraban su penosa suerte. El infierno se ha convertido en un lugar concurrido donde todos se acusan con el dedo, señalándose furiosamente, mientras se miran con desprecio. Políticos corruptos y opulentos, banqueros sin escrúpulos, empresarios que amasaron fortuna torturando a sus empleados, jóvenes descreídos enfermos por las drogas, mujeres que decidieron quitarse la vida, hombres que mataron con sus propias manos a sus hijos, mercenarios, asesinos en masa, crueles déspotas y demás despojos. Todos unidos en un grito imposible de soportar.

Dios me dio una misión. Estoy aquí observando a todos intentando decidir las diez almas. No sé aún como elegir siquiera estas. Tal vez por los arrepentidos, los descreídos, aquellos que tuvieron una vida dura y tuvieron que robar las migajas que otros lanzaban a sus caras. No lo sé. Tan sólo observo. Y mientras miro a los ojos a esos condenados, perdiéndome en sus rostros lacerados por el miedo y el dolor, recuerdo los suyos. Él, ahí de pie, intentando ser el príncipe valiente mientra sus piernas temblaban queriendo huir.

Lestat siempre me pareció idóneo para lanzar mi mensaje. Él llegaría a las masas. Cuando él habla es como un Mesías. Todos callan, guardan sus pensamientos, y agitan sus manos hacia el cielo esperando un milagro. Todos. No hay nadie que no crea que él pueda traer un mensaje propicio. Muchos le detestan, pero cientos le veneran. El amor se hizo de odio, o quizás es el odio, cuando él apareció triunfante mostrando su mejor sonrisa. Es un vampiro con corazón de niño, pues aún tiene inocencia y la malicia que desprende, esa que siempre dice tener, no es más que la travesura de un niño. Quiere ser libre y eso lo hace diferente, pues muchos dicen desear la libertad pero la temen. Él no teme a nada, salvo a la soledad. Sin embargo, aprendió a caminar por sus calles y se hizo eco de su voz. Él sabe estar solo, pero no es agradable escuchar sus pensamientos a cual más atrevidos.

Lo elegí a él. Como Dios eligió crear a los hombres, las aves o las plantas. Yo lo decidí. Fue bueno que lo hiciera. Sin embargo, ¿sabía yo que lo amaría? Tal vez ya lo amaba. Sentía una atracción casi magnética cuando deposité mis ojos en él. Siempre sería ese muchacho que cabalgaba entre los bosques, con su escopeta cargada, buscando una nueva pieza de caza para llevar a la mesa. Nunca fue cobarde, salvo en contadas ocasiones porque temió por todos. El miedo fue su jaula, pero pronto fue arrancando barrotes. Ya casi no hay nada que lo retenga, ni siquiera la soledad.

Sentado aquí me compadezco. Amar no es propio de demonios. La obsesión no es aceptable. Mi reino se derrumba entre sollozos y gritos de horror, pero yo sigo siendo el príncipe que se recrea con la visión del mundo, que no es el que se postra ante él, donde Lestat es otro monarca, uno muy distinto, con colmillos y capa.


Lestat, ven a mí una vez más.  

martes, 22 de julio de 2014

Carta de los infiernos

Me ha llegado ésta carta de Memnoch, aunque ya ni siquiera sé quien es realmente. Aquí lo dejo. 

Lestat de Lioncourt 



Observar, sin involucrarse, es un trabajo tedioso. Ser el mensajero de las mentiras de otro, así como de sus verdades, para salvaguardar sus planes, y algunos de sus proyectos más miserables, te transforma en una pieza más de un gigantesco tablero donde ni siquiera tú vales más que un peón. Aprendes a interrogarte cada decisión en silencio, caminas entre las sombras con inquietud y contemplas tus manos impotente. Tu alma se vuelve retorcida cuando palpas su poder y ansias tenerlo para atacar sus normas. Quieres libertad, siempre la deseas. Te has convertido en un monstruo con el aliento de mil dragones, pues cada frase es fuego y provoca la ira de tu creador. En eso te convierte pensar. Dios quería que fuésemos libres para pensar, pero no que fuésemos inteligentes para motivarnos entre nosotros. Él tiene un plan para todos y cada uno de nosotros, pero ¿qué sucede cuando no nos agrada ese plan? ¿Se puede revertir?

Recuerdo el peso de mi túnica celestial, como mis cabellos se soltaban mientras abría mis brazos, y podía escuchar el sonido del “paraíso” que se abría paso bajo nuestros pies. Nos conmovíamos con el canto de los pájaros, pese a que tenían alas y eso nos hacía sentir ofendidos, el sonido del agua discurrir por entre las rocas y finalmente nos aterramos por la ambición derrochada en unos rostros tan perfectos. Cuando tuvimos al primer ser humano frente a frente fue como mirarnos a un espejo.

La grandeza de Dios está en sus deseos de jugar como si fuera un niño. No tiene límites, no tiene control, y debes aceptarlo. Somos su reflejo, aunque lo detestemos. La bondad y la malicia provienen de él, a pesar de todo lo que te han hecho creer en los templos. De él proviene la oscuridad y la luz, al igual que yo no soy la maldad. He visto seres humanos con el corazón de piedra, tan podrido y oscuro, que se ha convertido todo en todo un reto de salvar.

Yo no deseo salvar al ser humano porque me hayan impuesto ese trabajo, sino porque ambos somos lo mismo. Vosotros y yo estamos hechos por las mismas manos. Deseo dar la oportunidad que yo no tuve, permitir hacer las preguntas pertinentes y dar una verdadera libertad. Yo no soy quien os incita al pecado, el pecado está en vosotros y la llamada no proviene de mis labios. El susurro que sientes cosquillear en tu nuca es parte del juego. Quien ruega por vosotros, pecadores, soy yo y siempre seré yo.

El demonio posee mil formas, pero no mil engaños. Puedo aparecer frente a ti como hombre, mujer o niño. Soy el ángel que recolecta almas para enviarlas al paraíso, pero si estás contaminado sólo puedo llorar por ti. Tal vez nos veamos pronto, lejos de mi reino, donde mi disfraz puede llegar incluso a parecerte deseable. Sin embargo, no hay mejor que ese que tanto ridiculizáis con cuernos, patas de cabra y dientes, además de uñas, afiladas. Nos veremos, queridos míos. Vendréis conmigo, caminaréis por el valle de las sombras, sentiréis el dolor que yo siento y el calor que siempre me acompaña. Borraréis con sufrimiento todo el daño que habéis hecho y rezaréis por ascender como todos lo hacen. No hay ninguna religión cierta. No hay nada cierto en vosotros salvo el instinto. Liberaos, elegir y aceptar las consecuencias.


miércoles, 2 de julio de 2014

Vengan a mí pecadores

Bonjour... 

Este idiota, llamado Memnoch, siempre me perseguirá. Es un maldito desgraciado que no me dejará en paz jamás. 

Lestat de Lioncourt 

Cuando miras hacia el mundo no te devuelve una sonrisa carismática, sino un lamento lleno de un insufrible dolor. Es terrible la falta de ética en la política y la ambición de la banca, así como los hilos hacia las grandes empresas que manipulan todo, y a todos, sin importarles nada. A veces, me siento un espectador más ante un Tv Show, pues simplemente miro y espero el momento álgido para presentarme.

—Mi señor, ¿saldrá hoy?—preguntó uno de mis leales súbditos—. ¿Desea dejar algún recado?

—Simplemente que mis secuaces no toquen nada. Hoy necesito más que nunca saber que no ocurrirá nada en mi ausencia—expresé levantándome del trono mientras caminaba por la sala.

Allí, en la penumbra, había estado sopesando como hacer caer a todos en mi juego. El demonio siempre juega, y nunca lo hace limpio. Me he convertido en un experto en tirar los dados y recogerlos con gracia. No hay azar, todo está planeado con antelación. Mis generales siempre vigilan, las almas que ruegan por una segunda oportunidad purgan sus pecados y comienzan a sentir rabia, dolor, impotencia o ira. Me nombraron custodio de todos sus pecados, los absorbo y expulso sobre ellos. Algún día todas las almas habrán sido salvadas, pero mientras tengo una legión sirviéndome.

Mi cuerpo desapareció como si fuera una bruma densa y gris, igual que las emisiones tóxicas de la industria de la metalurgia. Y aparecí, con elegancia, en la superficie terrestre. Mi camiseta de algodón era negra, perfecta para el logotipo de una banda de rock que rápidamente apareció, mis pantalones terminaron de ser unos vaqueros destrozados y de zapatos unas botas militares. Tomé aire y sentí en él la codicia, corrupción y mentira de siempre.

Era una ciudad común, de edificios grandes y grises, con mendigos invisibles en las aceras, iglesias atestadas de fieles carentes de escrúpulos, alguna mezquita donde se codicia tanto como en los púlpitos, miedo, odio, depravación, judíos ocasionalmente llenos de rencor, chicos de distinta raza increpándose y en definitiva una red de mentiras, rabia y opulencia cargada de miseria y desesperación. Podría decir el nombre de cualquier ciudad y todos se darían por aludidos. Sin embargo, dejaremos el nombre a parte.

Caminaba discreto, con el cabello rubio largo y suelto, mis ojos se clavaban en cada par que quedaba a mi altura. Todos estaban envenenados por un motivo u otro. Me aproximé a un mendigo, que estaba tirado en la acera apoyado en un perro y en sus ojos, en los ojos de aquel hombre, brillaba bondad, dolor y, pese a todo, esperanza. Son esos pequeños diamantes, tan minúsculos y carentes de importancia para muchos, los que me animan a creer que el mundo tiene segundas oportunidades.


Entonces, sentí algo agitar mi alma, Lestat estaba nuevamente moviéndose por el mundo. Las informaciones que me llegaban, como leve y cálidos susurros, era muy inquietante. Sonreí con una chispa de crueldad y me perdí entre la multitud. Si había alguien que podía ayudarme, aunque terminara loco y desdichado, era él. El príncipe purgaría sus delitos sirviéndome como había hecho ya una vez. Porque no se puede creer en la bondad, pero sí en la maldad. El mundo necesita un villano para poder salvarse y yo, simplemente yo, soy el más experimentado. Además, dicen que la letra con sangre entra. 

sábado, 7 de junio de 2014

Sympathy for the devil

Este texto es de Memnoch, un texto donde deja caer su rencor en cada recuerdo. 

Lestat de Lioncourt 


—¿Es que no vas a hacer nada?—preguntó frente a su creador—. Hay almas que sufren ¿y no harás nada?—repitió la pregunta frunciendo sus cejas doradas, tan perfectas como sus orbes azules. Apretó el mentón, pues le temblaba de la impotencia, mientras sus puños se cerraban queriendo golpear al omnipotente hombre que estaba echado en la silla, observándolo como si fuera una mosca a la que pudiese arrancar las alas, con una sonrisa leve, ya que se divertía, y los brazos colocados a ambos lados del trono.

—¿Qué quieres que haga mi acusador?—preguntó—. Siempre acusándome, siempre. ¿A caso no crees que tengo derecho a tomar mis decisiones?

—Jugar con tus creaciones no son decisiones, son simples juegos—arremetió contra él sintiendo como todo su cuerpo temblaba de ira, pero también de preocupación.

—Eso crees—susurró.

Ahora, sentado en soledad y rodeado de lamentos, observa su alrededor y siente la misma impotencia. El amor le fue negado, pues su amor por Dios era intenso aunque no ciego, en más de una ocasión. Todos, allí arriba, le negaron su apoyo y él cayó precipitándose a un mundo donde las almas no tienen nombre, rostro y prácticamente quedan sin recuerdos.


—Algún día... —murmuró cerrando sus ojos claros, poblados de pestañas que parecen espigas de trigo, mientras sus cabellos rozan su espalda desnuda de horribles alas—. Lestat... —dijo al notar que despertaba, cosa que le hizo salir de sus pensamientos más íntimos. Sonrió para sí, con cierta malicia, y se encaminó hacia la penetrantes oscuridad, la cual le abrazó, para dirigirse hacia donde se hallaba el vampiro, ajeno a sus planes como él estuvo ajeno a los de su Padre.  

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt