Bonjour...
Este idiota, llamado Memnoch, siempre me perseguirá. Es un maldito desgraciado que no me dejará en paz jamás.
Lestat de Lioncourt
Cuando miras hacia el mundo no te
devuelve una sonrisa carismática, sino un lamento lleno de un
insufrible dolor. Es terrible la falta de ética en la política y la
ambición de la banca, así como los hilos hacia las grandes empresas
que manipulan todo, y a todos, sin importarles nada. A veces, me
siento un espectador más ante un Tv Show, pues simplemente miro y
espero el momento álgido para presentarme.
—Mi señor, ¿saldrá hoy?—preguntó
uno de mis leales súbditos—. ¿Desea dejar algún recado?
—Simplemente que mis secuaces no
toquen nada. Hoy necesito más que nunca saber que no ocurrirá nada
en mi ausencia—expresé levantándome del trono mientras caminaba
por la sala.
Allí, en la penumbra, había estado
sopesando como hacer caer a todos en mi juego. El demonio siempre
juega, y nunca lo hace limpio. Me he convertido en un experto en
tirar los dados y recogerlos con gracia. No hay azar, todo está
planeado con antelación. Mis generales siempre vigilan, las almas
que ruegan por una segunda oportunidad purgan sus pecados y comienzan
a sentir rabia, dolor, impotencia o ira. Me nombraron custodio de
todos sus pecados, los absorbo y expulso sobre ellos. Algún día
todas las almas habrán sido salvadas, pero mientras tengo una legión
sirviéndome.
Mi cuerpo desapareció como si fuera
una bruma densa y gris, igual que las emisiones tóxicas de la
industria de la metalurgia. Y aparecí, con elegancia, en la
superficie terrestre. Mi camiseta de algodón era negra, perfecta
para el logotipo de una banda de rock que rápidamente apareció, mis
pantalones terminaron de ser unos vaqueros destrozados y de zapatos
unas botas militares. Tomé aire y sentí en él la codicia,
corrupción y mentira de siempre.
Era una ciudad común, de edificios
grandes y grises, con mendigos invisibles en las aceras, iglesias
atestadas de fieles carentes de escrúpulos, alguna mezquita donde se
codicia tanto como en los púlpitos, miedo, odio, depravación,
judíos ocasionalmente llenos de rencor, chicos de distinta raza
increpándose y en definitiva una red de mentiras, rabia y opulencia
cargada de miseria y desesperación. Podría decir el nombre de
cualquier ciudad y todos se darían por aludidos. Sin embargo,
dejaremos el nombre a parte.
Caminaba discreto, con el cabello rubio
largo y suelto, mis ojos se clavaban en cada par que quedaba a mi
altura. Todos estaban envenenados por un motivo u otro. Me aproximé
a un mendigo, que estaba tirado en la acera apoyado en un perro y en
sus ojos, en los ojos de aquel hombre, brillaba bondad, dolor y, pese
a todo, esperanza. Son esos pequeños diamantes, tan minúsculos y
carentes de importancia para muchos, los que me animan a creer que el
mundo tiene segundas oportunidades.
Entonces, sentí algo agitar mi alma,
Lestat estaba nuevamente moviéndose por el mundo. Las informaciones
que me llegaban, como leve y cálidos susurros, era muy inquietante.
Sonreí con una chispa de crueldad y me perdí entre la multitud. Si
había alguien que podía ayudarme, aunque terminara loco y
desdichado, era él. El príncipe purgaría sus delitos sirviéndome
como había hecho ya una vez. Porque no se puede creer en la bondad,
pero sí en la maldad. El mundo necesita un villano para poder
salvarse y yo, simplemente yo, soy el más experimentado. Además, dicen que la letra con sangre entra.
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