Reconozco que aún hay amor de mi parte hacia él, pero es un amor que no puede compararse al de Rowan. Amo los recuerdos que él me provoca, pero nada más. Sin embargo, él me muestra la otra cara de la moneda en Maldito. ¿Quién? Pues Nicolas.
Lestat de Lioncourt
—No le hables de bondad al
demonio—dijo, con una mirada vidriosa y perdida.
La primavera había avanzado hasta
llegar a los valles, las montañas a penas tenían nieve y las noches
eran más agradables. Todo el mundo sabía ya que Nicolas había
rechazado sus grandes estudios, su acomodada vida en París, para
corretear por las calles completamente embrujado por las notas del
violín. Nunca sería un genio, según todos, porque había empezado
tarde y con la oposición familiar. Su madre había muerto cuando aún
lloraba en la cuna, su padre veía en él la única oportunidad de
escalar más allá del negocio familiar. Él había desperdiciado
todo. Se había consumido. Estaba allí, frente a su buen amigo, con
el corazón herido y las manos vacías.
—Cuando tocas me siento feliz, eso es
bondadoso—replicó.
—Absurdo—masculló—. ¿Cómo
puedo transmitir mi felicidad? ¿Cómo? Sólo creo que eres un idiota
más, como todos esos pueblerinos.
—Si fuera como ellos no apreciaría
tu violín—respondió sacándolo de su ensimismamiento.
Nicolas le miró ruborizado y suspiró.
Tenía una sonrisa bondadosa, aunque ocultaba secretos terribles que
aún no había osado declarar. Se aproximó a él, observando su
pecho descubierto y sus pantalones sucios por el barro, para tomarlo
del rostro apartando los mechones dorados de su pelo.
—¿Lo aprecias?—preguntó
subiéndose sobre sus piernas—. ¿Cuánto?
—Mi alma vibra—dijo, estrechando su
cuerpo, para luego buscar sus labios para un beso suave.
Aquel momento era mágico. Había
quedado atrás cualquier retazo de dolor. El corazón de Nicolas
latía fuertemente y su mente olvidaba todo lo que había ocurrido
horas atrás, cuando Lestat sonreía maravillado por los halagos de
las mujeres del pueblo. La rabia se había disipado y comprendía, a
pesar de todo, que el amor que se profesaban iba por encima de
cualquier mirada. Sintió que la oscuridad, esa que siempre le
abrigaba, no era tan densa. Lestat era su esperanza. Nicolas, para
Lestat, era el símbolo de la felicidad.
Aquellos recuerdos, que eran valiosos
tesoros, los guardaba en su corazón. En esos momentos, cuando había
regresado a la vida y cobrado cierta porción de su venganza, deseaba
con todas sus fuerzas volver a esa habitación, arrodillarse frente a
él y rogarle que no se fueran a otro lugar.
—Fui maldito por el amor a la música,
pero tu amor me envenenó hasta matarme—murmuró con el labio
inferior tembloroso.
Lestat se encontraba a pocos pasos de
él, caminando por las calles aledañas a la catedral de Saint Louis.
Sus cabellos caían sobre sus hombros, rozando la cruz de su espalda,
y la ropa que llevaba le daba un toque de distinción a pesar de ser
algo estrafalaria. Era como ver a un músico de rock, uno de esos
locos empedernidos que aman jugar con la muerte, buscando un nuevo
escenario para deslumbrar.
—¿Aún guardas para mí un poco de
amor?—dijo apoyándose en una de las esquinas.
El viento parecía responder con un
“Sí” pues el primer gran amor, el primero de todos, no se puede
olvidar. Él era el primer gran amor de Lestat.
No hay comentarios:
Publicar un comentario