Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

jueves, 3 de julio de 2014

Maldito

Reconozco que aún hay amor de mi parte hacia él, pero es un amor que no puede compararse al de Rowan. Amo los recuerdos que él me provoca, pero nada más. Sin embargo, él me muestra la otra cara de la moneda en Maldito. ¿Quién? Pues Nicolas. 

Lestat de Lioncourt



—No le hables de bondad al demonio—dijo, con una mirada vidriosa y perdida.

La primavera había avanzado hasta llegar a los valles, las montañas a penas tenían nieve y las noches eran más agradables. Todo el mundo sabía ya que Nicolas había rechazado sus grandes estudios, su acomodada vida en París, para corretear por las calles completamente embrujado por las notas del violín. Nunca sería un genio, según todos, porque había empezado tarde y con la oposición familiar. Su madre había muerto cuando aún lloraba en la cuna, su padre veía en él la única oportunidad de escalar más allá del negocio familiar. Él había desperdiciado todo. Se había consumido. Estaba allí, frente a su buen amigo, con el corazón herido y las manos vacías.

—Cuando tocas me siento feliz, eso es bondadoso—replicó.

—Absurdo—masculló—. ¿Cómo puedo transmitir mi felicidad? ¿Cómo? Sólo creo que eres un idiota más, como todos esos pueblerinos.

—Si fuera como ellos no apreciaría tu violín—respondió sacándolo de su ensimismamiento.

Nicolas le miró ruborizado y suspiró. Tenía una sonrisa bondadosa, aunque ocultaba secretos terribles que aún no había osado declarar. Se aproximó a él, observando su pecho descubierto y sus pantalones sucios por el barro, para tomarlo del rostro apartando los mechones dorados de su pelo.

—¿Lo aprecias?—preguntó subiéndose sobre sus piernas—. ¿Cuánto?

—Mi alma vibra—dijo, estrechando su cuerpo, para luego buscar sus labios para un beso suave.

Aquel momento era mágico. Había quedado atrás cualquier retazo de dolor. El corazón de Nicolas latía fuertemente y su mente olvidaba todo lo que había ocurrido horas atrás, cuando Lestat sonreía maravillado por los halagos de las mujeres del pueblo. La rabia se había disipado y comprendía, a pesar de todo, que el amor que se profesaban iba por encima de cualquier mirada. Sintió que la oscuridad, esa que siempre le abrigaba, no era tan densa. Lestat era su esperanza. Nicolas, para Lestat, era el símbolo de la felicidad.

Aquellos recuerdos, que eran valiosos tesoros, los guardaba en su corazón. En esos momentos, cuando había regresado a la vida y cobrado cierta porción de su venganza, deseaba con todas sus fuerzas volver a esa habitación, arrodillarse frente a él y rogarle que no se fueran a otro lugar.

—Fui maldito por el amor a la música, pero tu amor me envenenó hasta matarme—murmuró con el labio inferior tembloroso.

Lestat se encontraba a pocos pasos de él, caminando por las calles aledañas a la catedral de Saint Louis. Sus cabellos caían sobre sus hombros, rozando la cruz de su espalda, y la ropa que llevaba le daba un toque de distinción a pesar de ser algo estrafalaria. Era como ver a un músico de rock, uno de esos locos empedernidos que aman jugar con la muerte, buscando un nuevo escenario para deslumbrar.

—¿Aún guardas para mí un poco de amor?—dijo apoyándose en una de las esquinas.


El viento parecía responder con un “Sí” pues el primer gran amor, el primero de todos, no se puede olvidar. Él era el primer gran amor de Lestat.

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Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt