Éstas memorias son un tanto dolorosas, pero Armand desea narrarlas. Es quizás un canto al dolor o una hermosa poesía a la desesperación.
Lestat de Lioncourt
Mi alma se debatía siempre con la
oscuridad, parecía buscar que los demonios la absorbieran mientras
mis carnes jóvenes, aún sonrosadas, podían ser útiles en los
futuros proyectos del diablo. Cada latigazo que él me ofrecía era
un canto a Dios. El Señor sabía de mi pecado y mi retorcido gusto
con el sufrimiento. Yo era un mártir sin milagro por el cual
sacrificarme. No era más que un monstruo atractivo que podía morir
en cualquier instante. El chasquido del cuero contra mi piel era
delicioso y a la vez me cargaba de sufrimiento, de un hilarante
sufrimiento que se reía de mí señalándome como cruel pecador. No
era el santo que una vez estuve tentado a ser, sino la sombra extraña
y deforme que caminaba a su lado susurrando versos lujuriosos.
No había piedad. No había rezos. No
había ángeles. Allí sólo había demonios. Nunca hubo ángeles,
cielo o salvación. Las campanas del infierno repicaban en mis oídos
mientras me perdía entre la neblina. Las apariencias pueden engañar.
Mis brazos temblaban, pero estaban
firmemente apoyados en el suelo. Había jirones de encajes y seda,
los cuales tenían salpicaduras de sangre al igual que el suelo de
mármol. Mis hombros se encogían tras cada impacto y mis nalgas se
apretaban del mismo modo que mis dientes. Tenía mis rosados pezones
duros, y estos rozaban el frío piso como si fuera el acero de una
espada. Noté como él paraba unos instantes para meter su mano entre
mis piernas, palpando mis ingles, para finalmente rozar mi bragueta.
Mi miembro abultaba, como el de cualquier chiquillo excitado, y sus
dedos eran un delicioso alivio.
Jadeaba. No puedo decir que no lo
hiciera. Tenía los ojos cerrados y la boca abierta, buscando aire
para sofocar el calor que sentía. Con cuidado sus manos acariciaron
mis brazos, el costado y finalmente mi cintura. Poseía la cintura de
una muchacha y eso le excitaba terriblemente. Sus largos dedos de
uñas afiladas rasgaron la tela de mis pantalones, ésta cayó junto
a los demás jirones y acarició mis glúteos.
Recuerdo que ya carecía de fe, pues él
me había arrancado todo. Mis alas hacía meses que se habían
amputado y convertido sólo en un recuerdo. Ya no era el niño que
pintaba retablos en Kiev, sino el joven que había caído en manos de
un monstruo, igual de perverso que él, y que le agradaba jugar cada
noche con su delicada figura.
Se inclinó hacia delante lamiendo mis
heridas. Su lengua era larga y húmeda. Aquello me proporcionaba
morbo y a la vez sentía alivio. Podía notar como cicatrizaba cada
herida. Por aquella época creía que eran milagros, pero en realidad
era porque se hería la punta de ésta y dejaba escapar las gotas de
sangre sobre mis heridas. Cuando terminó me tomó de las caderas,
levantándolas con una sola mano, y me penetró.
Era algo rudo, de puro instinto animal,
que provocaba que mis piernas flaquearan. Pude sentir como un rayo me
cruzaba desde la cabeza hacia los pies, dividiéndome y recorriendo
mi columna vertebral. Era una punzada terrible de dolor, pero
reaccioné con un gemido fuerte que me desgarró la garganta. Las
lágrimas, que había intentado no derramar, corrían por mis
mejillas completamente libres y mi rostro se reflejaba en el gran
espejo que él poseía en la sala. Pero no sólo me reflejaba yo. Su
enorme figura de piel marmórea, largos y lacios cabellos rubios y
sus ojos de frío zafiro me devolvían una imagen perversa, siniestra
y dominante del ser que amaba.
El sonido de nuestros cuerpos chocando
era igual que el murmullo de un salmo en plena capilla, sus
testículos golpeaban con fuerza y su miembro se abría paso entre
mis nalgas. Mi miembro era nada comparado con el suyo, y por supuesto
no tenía alivio alguno. Él no me tocaba ya en mis partes, pero yo
tampoco. Necesitaba ambas manos para no caer de bruces y aún así
era insuficiente, pues mis brazos estaban cansados y mi cuerpo
temblaba demasiado.
Su mano derecha se apoyó en la cruz de
mis hombros, se dirigió hacia mi nuca y me rodeó el cuello
apretando mi garganta. Entré en pánico. Me dejó sin respirar y a
penas podía articular palabra. Su izquierda palpaba mi pecho,
pellizcando mis pezones que rozaban el suelo de mármol, para luego
deslizarse por mi torso hasta mi vientre arañando con sus filosas
uñas.
—Maes... Maestro... —dije con los
ojos perdidos en el espejo—. Ma... Maestro.
Cuando liberó mi cuello respiré igual
que un pez, pero no llegaba suficiente aire a mis pulmones. Estaba
sofocado. Mi rostro tenía cierta pigmentación roja por el sofoco,
igual que varios puntos de mi cuerpo blancuzco, y mis ojos brillaban
como dos diamantes oscuros. Parecía una marioneta hecha para el
placer más perverso.
Sentí entonces como me hormigueaba el
vientre y la piel sensible, que envolvía mi miembro, se volvía aún
más tirante. Cerré los ojos y fruncí mis delicadas cejas rojizas,
agaché la cabeza dejando que mis rizos, húmedos y revueltos,
rozaran el piso y eyaculé tensando mi cuerpo. Mis nalgas rodearon
con gusto su sexo, mi boca se abrió y solté el gemido más largo y
agónico que jamás había dado hasta la fecha.
Él salió de mí dejando que cayera,
como si no tuviera vida, mientras me convulsionaba por el placer.
Parecía un pez recién pescado, sin embargo él no parecía
conforme. Su sexo duro colgaba entre sus piernas, rozando parte de
sus muslos y caderas. Era como ver al David de Miguel Ángel
cincelado en carne, con una proporción más suculenta y
completamente erecto. Tomó su látigo con su derecha y con la zurda
apartó algunos mechones de mi rostro, me miró sin culpa alguna y sí
con furia, para alzar el látigo y comenzar a ofrecerme otra tanda de
sus crueles caricias.
Después de unos minutos, donde crucé
el cielo y el infierno tocando ambas puertas, noté como el cuero del
látigo rodeaba mi garganta y tiraba de mí. Me incorporé a duras
penas, para quedar de rodillas y mirarle cual beato al altar. Pero
aquel altar no tenía un crucifijo, ni había un salvador velando por
mis pecados, sino un pene hinchado cubierto de venas gruesas y con un
glande algo grueso.
—Maestro...—susurré sin apenas
aliento, para sacar mi lengua y lamer. Él cerró los ojos gozando de
aquel acto depravado. Finalmente su mano derecha, sin soltar el
látigo y éste sin soltar mi garganta, se colocó sobre mis cabellos
para tirar de ellos y la izquierda me abrió la mandíbula. Sin
esperar demasiado me penetró y empezó a llevar un ritmo rápido.
No podía apartar los ojos de los
suyos. En ellos podía ver reflejado la satisfacción y la furia.
Desconocía porque me castigaba de aquel modo si hacía todo lo que
él me pedía. Aprecié como sus rasgos se endurecían aún más y se
concentraba. Quería aleccionarme, pero no sabía qué era
exactamente lo que quería demostrarme. Con crueldad apartó su mano
del flequillo y me golpeó el pómulo izquierdo con el mango del
látigo. Volví a llorar, pero a la vez gemía y mis manos
acariciaban mi torso, incitándolo, mientras mi sexo se endurecía de
nuevo.
Acabé de nuevo contra el suelo tras
varios golpes que me hicieron gritar, pero no de dolor. Me había
convertido en una de las putas que hacían cualquier cosa por sentir
la carne dura, gruesa y caliente de un hombre.
Tiró de mí, agarrándome de mis
caderas, y abrió mis piernas. Arrojó el látigo a un lado, muy
cerca de mi costado derecho, y comenzó a penetrarme de frente. Noté
como él alzaba la vista para contemplarse en el reflejo perverso del
espejo. Sin embargo, yo no me miraba. Yo sólo jadeaba, gemía y
balbuceaba palabras inconexas como si estuviese poseído. Cada
estocada era certera y pronto noté como llegaba. De nuevo esa
sensación de calor intenso, como una flama que me calcinaba, el
hormigueo excesivo y como mi sexo tiraba para escupir, cual volcán,
aquel esperma caliente y blanco. Él siguió con sus penetraciones,
clavó sus incisivos en mi cuello y bebió de mí. Creo que fue la
primera vez que me demostró que clase de criatura era. En vez de
aterrarme, como hubiese hecho cualquiera, lo rodeé con mis débiles
brazos y susurré, con un tono de voz quebradizo, que le amaba. Él
me hizo eyacular, ya tan sólo unas gotas de semen, mientras daba su
última estocada, justo contra mi próstata, para llegar a un orgasmo
desatado. Cuando alzó su rostro para gemir, igual que haría
cualquier hombre, lo hizo con la boca limpia sin atisbo de haber
bebido siquiera una gota, pero mostrando unos terribles colmillos.
No recuerdo que ocurrió después, pero
supongo que me desvanecí. Cuando abrí los ojos, quizás horas
después, seguía en el suelo de aquella habitación. Él se
encontraba tras el caballete, con una de sus túnicas rojas,
completamente concentrado en la obra que plasmaba. No me dijo nada,
aunque yo tampoco dije palabra alguna. Supongo que el morbo de la
situación me impedía hablar, también el miedo al látigo que aún
continuaba cerca manchado con mi sangre.
Noches más tarde encontré una de sus
obras. Era un querubín que tenía mi rostro, un cuerpo similar al
mío lleno de yagas, y que perdía las alas de camino a los
infiernos. ¿Era una muestra de simple talento y genialidad o se
trataba de una burla cruel hacia mis sentimientos? Aún desconozco su
significado y me aterra preguntar por él. Marius siempre será un
enigma sin resolver, pues aún hoy intento comprender muchos de sus
actos crueles, la mayoría perpetrados contra mí, pero la única
solución que veo son sus celos, trágicos y furibundos, que le hacen
excederse contra aquello que ama. Sin embargo, ¿me sigue amando?
¿Sigo siendo su Amadeo? No lo sé. Prefiero guardar silencio y
obviar respuestas que pueden ser terriblemente crueles para mí.
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