Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

jueves, 3 de julio de 2014

Entre el cielo y el infierno.

Éstas memorias son un tanto dolorosas, pero Armand desea narrarlas. Es quizás un canto al dolor o una hermosa poesía a la desesperación. 

Lestat de Lioncourt 


Mi alma se debatía siempre con la oscuridad, parecía buscar que los demonios la absorbieran mientras mis carnes jóvenes, aún sonrosadas, podían ser útiles en los futuros proyectos del diablo. Cada latigazo que él me ofrecía era un canto a Dios. El Señor sabía de mi pecado y mi retorcido gusto con el sufrimiento. Yo era un mártir sin milagro por el cual sacrificarme. No era más que un monstruo atractivo que podía morir en cualquier instante. El chasquido del cuero contra mi piel era delicioso y a la vez me cargaba de sufrimiento, de un hilarante sufrimiento que se reía de mí señalándome como cruel pecador. No era el santo que una vez estuve tentado a ser, sino la sombra extraña y deforme que caminaba a su lado susurrando versos lujuriosos.

No había piedad. No había rezos. No había ángeles. Allí sólo había demonios. Nunca hubo ángeles, cielo o salvación. Las campanas del infierno repicaban en mis oídos mientras me perdía entre la neblina. Las apariencias pueden engañar.

Mis brazos temblaban, pero estaban firmemente apoyados en el suelo. Había jirones de encajes y seda, los cuales tenían salpicaduras de sangre al igual que el suelo de mármol. Mis hombros se encogían tras cada impacto y mis nalgas se apretaban del mismo modo que mis dientes. Tenía mis rosados pezones duros, y estos rozaban el frío piso como si fuera el acero de una espada. Noté como él paraba unos instantes para meter su mano entre mis piernas, palpando mis ingles, para finalmente rozar mi bragueta. Mi miembro abultaba, como el de cualquier chiquillo excitado, y sus dedos eran un delicioso alivio.

Jadeaba. No puedo decir que no lo hiciera. Tenía los ojos cerrados y la boca abierta, buscando aire para sofocar el calor que sentía. Con cuidado sus manos acariciaron mis brazos, el costado y finalmente mi cintura. Poseía la cintura de una muchacha y eso le excitaba terriblemente. Sus largos dedos de uñas afiladas rasgaron la tela de mis pantalones, ésta cayó junto a los demás jirones y acarició mis glúteos.

Recuerdo que ya carecía de fe, pues él me había arrancado todo. Mis alas hacía meses que se habían amputado y convertido sólo en un recuerdo. Ya no era el niño que pintaba retablos en Kiev, sino el joven que había caído en manos de un monstruo, igual de perverso que él, y que le agradaba jugar cada noche con su delicada figura.

Se inclinó hacia delante lamiendo mis heridas. Su lengua era larga y húmeda. Aquello me proporcionaba morbo y a la vez sentía alivio. Podía notar como cicatrizaba cada herida. Por aquella época creía que eran milagros, pero en realidad era porque se hería la punta de ésta y dejaba escapar las gotas de sangre sobre mis heridas. Cuando terminó me tomó de las caderas, levantándolas con una sola mano, y me penetró.

Era algo rudo, de puro instinto animal, que provocaba que mis piernas flaquearan. Pude sentir como un rayo me cruzaba desde la cabeza hacia los pies, dividiéndome y recorriendo mi columna vertebral. Era una punzada terrible de dolor, pero reaccioné con un gemido fuerte que me desgarró la garganta. Las lágrimas, que había intentado no derramar, corrían por mis mejillas completamente libres y mi rostro se reflejaba en el gran espejo que él poseía en la sala. Pero no sólo me reflejaba yo. Su enorme figura de piel marmórea, largos y lacios cabellos rubios y sus ojos de frío zafiro me devolvían una imagen perversa, siniestra y dominante del ser que amaba.

El sonido de nuestros cuerpos chocando era igual que el murmullo de un salmo en plena capilla, sus testículos golpeaban con fuerza y su miembro se abría paso entre mis nalgas. Mi miembro era nada comparado con el suyo, y por supuesto no tenía alivio alguno. Él no me tocaba ya en mis partes, pero yo tampoco. Necesitaba ambas manos para no caer de bruces y aún así era insuficiente, pues mis brazos estaban cansados y mi cuerpo temblaba demasiado.

Su mano derecha se apoyó en la cruz de mis hombros, se dirigió hacia mi nuca y me rodeó el cuello apretando mi garganta. Entré en pánico. Me dejó sin respirar y a penas podía articular palabra. Su izquierda palpaba mi pecho, pellizcando mis pezones que rozaban el suelo de mármol, para luego deslizarse por mi torso hasta mi vientre arañando con sus filosas uñas.

—Maes... Maestro... —dije con los ojos perdidos en el espejo—. Ma... Maestro.

Cuando liberó mi cuello respiré igual que un pez, pero no llegaba suficiente aire a mis pulmones. Estaba sofocado. Mi rostro tenía cierta pigmentación roja por el sofoco, igual que varios puntos de mi cuerpo blancuzco, y mis ojos brillaban como dos diamantes oscuros. Parecía una marioneta hecha para el placer más perverso.

Sentí entonces como me hormigueaba el vientre y la piel sensible, que envolvía mi miembro, se volvía aún más tirante. Cerré los ojos y fruncí mis delicadas cejas rojizas, agaché la cabeza dejando que mis rizos, húmedos y revueltos, rozaran el piso y eyaculé tensando mi cuerpo. Mis nalgas rodearon con gusto su sexo, mi boca se abrió y solté el gemido más largo y agónico que jamás había dado hasta la fecha.

Él salió de mí dejando que cayera, como si no tuviera vida, mientras me convulsionaba por el placer. Parecía un pez recién pescado, sin embargo él no parecía conforme. Su sexo duro colgaba entre sus piernas, rozando parte de sus muslos y caderas. Era como ver al David de Miguel Ángel cincelado en carne, con una proporción más suculenta y completamente erecto. Tomó su látigo con su derecha y con la zurda apartó algunos mechones de mi rostro, me miró sin culpa alguna y sí con furia, para alzar el látigo y comenzar a ofrecerme otra tanda de sus crueles caricias.

Después de unos minutos, donde crucé el cielo y el infierno tocando ambas puertas, noté como el cuero del látigo rodeaba mi garganta y tiraba de mí. Me incorporé a duras penas, para quedar de rodillas y mirarle cual beato al altar. Pero aquel altar no tenía un crucifijo, ni había un salvador velando por mis pecados, sino un pene hinchado cubierto de venas gruesas y con un glande algo grueso.

—Maestro...—susurré sin apenas aliento, para sacar mi lengua y lamer. Él cerró los ojos gozando de aquel acto depravado. Finalmente su mano derecha, sin soltar el látigo y éste sin soltar mi garganta, se colocó sobre mis cabellos para tirar de ellos y la izquierda me abrió la mandíbula. Sin esperar demasiado me penetró y empezó a llevar un ritmo rápido.

No podía apartar los ojos de los suyos. En ellos podía ver reflejado la satisfacción y la furia. Desconocía porque me castigaba de aquel modo si hacía todo lo que él me pedía. Aprecié como sus rasgos se endurecían aún más y se concentraba. Quería aleccionarme, pero no sabía qué era exactamente lo que quería demostrarme. Con crueldad apartó su mano del flequillo y me golpeó el pómulo izquierdo con el mango del látigo. Volví a llorar, pero a la vez gemía y mis manos acariciaban mi torso, incitándolo, mientras mi sexo se endurecía de nuevo.

Acabé de nuevo contra el suelo tras varios golpes que me hicieron gritar, pero no de dolor. Me había convertido en una de las putas que hacían cualquier cosa por sentir la carne dura, gruesa y caliente de un hombre.

Tiró de mí, agarrándome de mis caderas, y abrió mis piernas. Arrojó el látigo a un lado, muy cerca de mi costado derecho, y comenzó a penetrarme de frente. Noté como él alzaba la vista para contemplarse en el reflejo perverso del espejo. Sin embargo, yo no me miraba. Yo sólo jadeaba, gemía y balbuceaba palabras inconexas como si estuviese poseído. Cada estocada era certera y pronto noté como llegaba. De nuevo esa sensación de calor intenso, como una flama que me calcinaba, el hormigueo excesivo y como mi sexo tiraba para escupir, cual volcán, aquel esperma caliente y blanco. Él siguió con sus penetraciones, clavó sus incisivos en mi cuello y bebió de mí. Creo que fue la primera vez que me demostró que clase de criatura era. En vez de aterrarme, como hubiese hecho cualquiera, lo rodeé con mis débiles brazos y susurré, con un tono de voz quebradizo, que le amaba. Él me hizo eyacular, ya tan sólo unas gotas de semen, mientras daba su última estocada, justo contra mi próstata, para llegar a un orgasmo desatado. Cuando alzó su rostro para gemir, igual que haría cualquier hombre, lo hizo con la boca limpia sin atisbo de haber bebido siquiera una gota, pero mostrando unos terribles colmillos.

No recuerdo que ocurrió después, pero supongo que me desvanecí. Cuando abrí los ojos, quizás horas después, seguía en el suelo de aquella habitación. Él se encontraba tras el caballete, con una de sus túnicas rojas, completamente concentrado en la obra que plasmaba. No me dijo nada, aunque yo tampoco dije palabra alguna. Supongo que el morbo de la situación me impedía hablar, también el miedo al látigo que aún continuaba cerca manchado con mi sangre.

Noches más tarde encontré una de sus obras. Era un querubín que tenía mi rostro, un cuerpo similar al mío lleno de yagas, y que perdía las alas de camino a los infiernos. ¿Era una muestra de simple talento y genialidad o se trataba de una burla cruel hacia mis sentimientos? Aún desconozco su significado y me aterra preguntar por él. Marius siempre será un enigma sin resolver, pues aún hoy intento comprender muchos de sus actos crueles, la mayoría perpetrados contra mí, pero la única solución que veo son sus celos, trágicos y furibundos, que le hacen excederse contra aquello que ama. Sin embargo, ¿me sigue amando? ¿Sigo siendo su Amadeo? No lo sé. Prefiero guardar silencio y obviar respuestas que pueden ser terriblemente crueles para mí.  

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Lestat de Lioncourt