Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

Mostrando entradas con la etiqueta Marius x Armand. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Marius x Armand. Mostrar todas las entradas

martes, 1 de agosto de 2017

Nuestro amor

Ojalá esto les dure.

Lestat de Lioncourt 


Terminaba de colocar el cuadro entretanto pensaba en él. Habíamos separado nuestros caminos y el tiempo acabó por colocar un muro demasiado alto entre los dos. Sentía como el peso de mis acciones caían sobre mi conciencia y me hallaba desesperado por poder tenerlo una vez más entre mis brazos como aquellas noches que parecían eternas, con las estrellas mucho más brillantes en el firmamento y con una sensación de euforia propia de un hombre esclavo de sus pasiones. Él fue durante años mi gran sueño y generó en mí un fervor similar al religioso. Hizo que me sintiera Dios entre los hombres y él mi propio querubín, el cual cantaba hermosas tonadas de amor cargado de dicha y lujuria.

Gremt había mediado junto a mi hacedor para que Talamasca me regresara todas mis obras. Realmente no las necesitaba todas, pues me conformaba con recuperar esta pieza en concreto. Era el cuadro de “La tentación de Amadeo”. En el marco de madera, algo envejecido pero sin rastro de alguna enfermedad propicia por el mal cuidado o insectos, había una pequeña chapa dorada donde se podía leer el título. Mi corazón palpitaba enérgico ante la profunda mirada de aquellos juveniles ojos. Todavía era humano cuando decidí crear tan magnífica obra. Tenerla conmigo era como recuperar parte de lo que perdí. No obstante, no podía ser crédulo y dejarme llevar por la extraña y cálida sensación que calentaba mi alma. Esos tiempos no volverían porque nosotros no podíamos volver a ser los que fuimos. Todo cambia, todo evoluciona y nosotros cambiamos de igual modo. Somos criaturas vivas que se van llenando de experiencia aunque muchos mantengan que somos muertos entre los vivos.

Di un par de pasos hacia atrás para comprobar que estaba recto y caí de rodillas. Las lágrimas comenzaron a brotar sin pudor, pues me creía solo. Mis manos se colocaron sobre mi pecho como si mi corazón fuese a estallar. Era el llanto más amargo que jamás he ofrecido a este mundo enfermo de rabia, contaminado por la crueldad y la desdicha, hambriento de verdades y adorador de mentiras. Podría decirse que cada lágrima sanguinolenta que caía al piso de mármol era una palabra de amor no dicha, un secreto no revelado y un recuerdo que no fue vivido. Había hecho demasiadas promesas a mi Amadeo y no supe cumplir ni una de ellas. Ni siquiera tuve agallas de enfrentarme a Santino. Sí lo fui para pedir clemencia a Maharet para que lo juzgara y me permitiera acabar con su vida con el beneplácito de quien era nuestra líder, pero ella se negaba a ser líder o juez de algo semejante. Finalmente fue Thorne quien tomó la iniciativa y este fue destruido, al menos su cuerpo lo fue. Pero eso no me hizo recuperar a Amadeo, sino que creó una brecha mayor entre los dos y nos convertimos en dos islas a la deriva.

Armand ahora incluso reniega de ostentar mi apodo como su nombre, sino que ha tomado el suyo propio. Del mismo modo que yo tomé Roma por mi vínculo sentimental hacia el imperio que tanto me dio, que fue mi cuna y mi tumba, él lo ha hecho con Rusia. Todavía sigue siendo el muchacho de Kiev. Yo lo sé. No sé la razón por la cual reniega de su pasado entre los canales, en mis brazos y en mi cama. Jamás comprenderé los motivos que posee entre sus delicadas manos para no ofrecerme el consuelo de tenerlo conmigo.

Cuando el llanto se hacía más agudo e imposible de frenar pude sentir que un bebedor de sangre cruzaba el hall de la entrada, ascendía por la elegante escalera de mármol jugando con sus dedos por el pasador y acceder al pasillo que daba a la elegante habitación donde me hallaba. Reconocí los latidos de su corazón, pues era el suyo.

Armand se personó frente a mí sin reparo alguno y como un ángel que se compadece de un pobre miserable, de uno de esos fanáticos hijos de Dios que van a rezar a sus templos, colocó sus eternas manos jóvenes, tan delicadas y perfectas como en otras épocas, sobre mis hombros para luego besar amorosamente mi coronilla. Pude escuchar como suspiró nervioso, así como el sonido del colgante de cruz de plata que chocó con los botones de su camisa.

Alcé la vista y lo vi. Quedé anonadado ante la belleza de la expresión de su rostro. Parecía en paz, pero había una guerra abierta en sus ojos castaños de hermosas y largas pestañas. Allí en la profundidad de esos mares oscuros había una tempestad de emociones. Tenía su atractivo cabello castaño sin cortar y este caía sobre sus hombros rozando el cuello de su camisa de lino celeste. Todo en conjunto era idílico. Sus pantalones de vestir blancos, su correa de cuero negro trenzada y sus zapatos Oxford negros con pespunteado doble a lo largo de su puntera. No había joyas en sus manos, sólo la cruz al cuello. Su boca, carnosa y rosácea, se veía tan tentadora como en aquellos tiempos. Realmente era mi perdición, mi tentación.

—Creí que no vestirías más prendas bárbaras—dijo con sorna por mi atuendo.

Llevaba un traje Armani en tono borgoña, sin chaleco, y de corte clásico con una camisa blanca que resaltaba mi tono de piel casi humano. Me había expuesto al sol recientemente y el olor a carne quemada se mezclaba con el del perfume que intentaba camuflar dicho acontecimiento. Aún me dolía el roce de la ropa, pero debía vestir de ese modo para no llamar la atención en las abarrotadas avenidas de las distintas ciudades. Había salido esa noche para calmar mi sed, aunque no lo requería. Supongo que es como una vieja costumbre, un ritual sagrado o una adicción que no puedo reprimir así como sucede a los ludopatas que son tentados a despilfarrar su vida, tiempo y dinero.

—Yo asumí que no volverías a buscarme.

—Asumiste mal—contestó con una sonrisa dulce en sus labios—. Siempre serás mi maestro, aunque los tiempos cambien y nos destruyan.

—¿Te han destruido?—pregunté.

—Miles de veces, pero he vuelto a construirme por la mera necesidad de seguir vivo.

—¿Me perdonarás alguna vez?

Ni siquiera sé los motivos que me llevaron a arrojar esa pregunta tan destructiva. Sabía que podía ser renuente a perdonar, pues era un ser que pecaba del mismo problema que yo poseía. Ambos éramos tercos y reacios a disculpar los errores de otros. La ira nos envenenaba y el rencor nos aislaba, lo sé. Aunque yo he cambiado e intentado disciplinar a mi alma para que comprenda que hay que perdonar para seguir avanzando.

—¿Sabrás perdonarte primero?— Se incorporó mostrándose con una mirada vacilante y las manos temblorosas. Ante mí tenía a mi chiquillo, mi muchacho, mi querubín y el joven que estaba pintado en el cuadro que colgaba a unos metros tras su espalda en la pared.

Me levanté y coloqué mis manos sobre sus hombros, después las subí hasta sus mejillas llenas y palpé sus labios. Justo entonces empezó a llorar en silencio. Sus lágrimas eran muy similares a las mías, pues veía el mismo dolor.

Tenía razón. Primero debía perdonarme por no haber ido a buscarlo, por convertirme en silencio y misterio alrededor de sus sueños y fantasías. No tuve agallas y cuando las tuve él no era el muchacho que yo conocía. Ni siquiera ahora era el muchacho que terminé encontrando tras buscarlo en las mentes de los distintos bebedores de sangre. Su apariencia frágil, casi infantil, ocultaba a un hombre muy antiguo con un alma que ha sufrido terriblemente. Creé un monstruo perfecto y me asusté. Por eso me alejé, por eso no lo deseé a mi lado. Me asustaba la perfección que había obrado y lo imperfecto que podía ser yo ante su presencia.

Me acabé fundiendo en un abrazo intenso con su cuerpo, su alma, su historia y en definitiva con sus lágrimas. Ambos buscamos la forma de unirnos convirtiéndonos en uno mientras nuestras bocas se buscaban. Pude apreciar como sus pies se quedaron de puntillas mientras yo me inclinaba, pues nuestra diferencia de tamaño siempre había sido más que evidente. Sus brazos se echaron a mi cuello y sus manos acariciaron mi nuca jugueteando con mis cabellos, los míos abarcaban el ancho minúsculo de su cintura y lo pegaba a mí.

Él se cortó la lengua y yo hice lo mismo. El beso de sangre nos unió en un desenfrenado juego que nos consumía como lo hace el fuego con la leña. De inmediato dejamos de llorar para permitir a nuestras manos acariciarnos y a nuestras almas fundirse. Sus mejillas se encendieron debido al calor que sentía por las emociones vividas y las que estaban por nacer. Por mi parte también. Comencé a arder por la lujuria de ese hilo sagrado que sólo los amantes nos regalábamos.


Esa noche nos perdonamos en silencio. No nos fundimos en un momento glorioso como podríamos gracias a los avances de Freed, pero tampoco lo necesitábamos. Requeríamos tiempo para conversar, para caminar por las calles cercanas a la vivienda y por sentirnos orgullosos el uno del otro.  

miércoles, 3 de mayo de 2017

Soy tu Dios.

A Daniel y Antoine no les va a gustar esto.

Lestat de Lioncourt

Estaba allí de pie completamente desnudo. Su piel parecía aquel cálido vergel tentador de aromáticas flores, ese que una vez palpé como si fuera espelta crecida en las faldas de cualquier montaña, y que besé como quien besa la estatua de un moderno apóstol, Dios antiguo o medalla de un ángel guardián. Tenía el rostro ligeramente girado hacia la ventana y la luz fúnebre que penetraba por esta, así como la tenue brisa primaveral, rozaba sus mejillas cubiertas de lágrimas sanguinolentas. Ante mí tenía la imagen idílica de un querubín desterrado de la compañía de un Dios terrible, el mismo que lo contemplaba con soberbia y encendido deseo. 

Abrí la caja de oro y rubíes que había a mi lado, arrojada sobre la mesa como si no valiese nada, y saqué de su interior forrado con terciopelo granate un par de frascos de un líquido cristalino, así como una jeringa y una aguja puntiaguda, algo gruesa, envuelta en una funda. Ante el sonido del cristal contra la rugosa madera de mi escritorio él tragó saliva, cerró sus ojos castaños y permitió que otra lágrima bordeara sus mejillas hasta la comisura de sus carnosos labios. 

Me incorporé tomando aire y aspirando el olor de la pintura fresca de un óleo recién acabado. Miré a mi diestra y vi mi obra. Era él con las ropas que le había exigido retirarse como si fuese una fulana barata, de esas que cualquiera puede adquirir en las esquinas mientras pierden honor y belleza, aunque a la vez no lo era. En sus ojos había un brillo de esperanza que él hacía demasiado tiempo que lo había perdido. 

Acorté la escasa distancia entre nuestros cuerpos con un frasco entre mis dedos y la jeringa preparada. Clavé la aguja en la parte superior del medicamento y volqué su contenido para inyectarlo. Rápidamente sintió el pinchazo mientras apretaba los puños. Ante mí tenía otra criatura distinta y a la vez idéntica. La misma que pocos segundos después recibió otra inyección, aunque esta fue directa a su pelvis. 

Solté la jeringuilla sobre la mesa y tomé su rostro entre mis manos, abarcándolo con aquellos dedos largos y ásperos, para besarlo lentamente y ofrecerle mi lengua. Él abrió la boca sin mucho ánimo, pero finalmente se aferró con sus jóvenes manos a mis brazos y ahogó el gemido en aquel beso. Pronto las lágrimas dejaron paso a los ojos entusiastas que se anclaron a los míos. No dudé ni un segundo en deslizar mis manos por su torso desnudo, desprovisto de vello o musculatura marcada, para viajar hasta su vientre plano y palpar su miembro algo despierto. 

Mis dedos comenzaron a manipular aquella daga palpitante, la cual pronto apuntaría como una flecha al techo, mientras sus labios se volvían jadeantes y sus ojos buscaban la compasión que la cual yo carecía. Sus piernas se abrieron con el ancho de sus caderas y sus dedos, los de sus manos, se aferraron a mis prendas como si fueran garras. 

—Sigues siendo una puta agradecida tras tanto tiempo—susurré con una sonrisa lasciva. 

Entonces tiré de él para llevarlo hasta la mesa, lo subí sobre esta y abrí bien sus piernas. Dejé caricias sutiles desde sus rodillas a las ingles, de las ingles a su vientre y de este a su sexo. Manipulé con cuidado sus testículos y dejé que mi lengua lamiese su glande aún cubierto por su prepucio. Cuando cubrí su virilidad con mi boca comencé a echar hacia atrás esa fina capa de piel, la misma que era tan sensible y que al jugar con esta logré que gimiera echando su cabeza hacia atrás. Sus largos cabellos ondulados se convirtieron en llamaradas castañas que parecían abofetear el aire. Temblaba como un primerizo y eso me hizo sentirme dichoso. 

Me incorporé únicamente para tomar de la caja un juguete uretral. Este no tardó ni unos pocos segundos en estar introducido en aquel pequeño conducto. Él gimió entre estertores de dolor y pánico, sobre todo cuando acompañándolo fue un anillo metálico que cubrió su miembro desde la base. Después lo giré sobre la mesa y jadeé cerca de su oreja derecha, la mordí y lamí su nuca entretanto mis manos parecían entusiasmadas con el tacto de sus redondos glúteos.   

—¿Quién soy yo?—pregunté con voz grave.

—Mi amo, mi maestro, mi Mesías, mi Dios...—respondió mientras yo me retiraba para buscar en el baúl que yacía a los pies de mi cama con dosel, una de esas maravillas que nunca pasan de moda, uno de mis látigos. 

Miré en el interior y había varios. Todos eran idóneos para marcar su piel. No obstante, decidí que el gato de nueve colas sería el apropiado para marcar sus redondeces y que luego iría la vara de avellano. Sonreí palpando sus glúteos con pequeñas palmadas antes de ofrecerle las primeras caricias con mi látigo. Él gritó de gozo y abrió más su piernas. Sus manos comenzaron a arañar la mesa buscando tener mayor resistencia, colocó sus pies de puntillas y elevó sus glúteos. La puta bien agradecida que era salió a flote rápidamente. 

Lo siguiente fue la vara de avellano, así como la de bambú y la pala de madera. Su piel terminó desgarrándose y dejando pequeñas gotas de sangre que me enloquecieron. Las mismas gotas que acabé lamiendo para finalmente hundir mi lengua en su cálido y estrecho orificio. 

Regresé al baúl para guardar los látigos y el resto del instrumental de delicada tortura, para luego sacar de un pequeño saco un diminuto vibrador que no tardó en estar estimulando su próstata. Sus gemidos cada vez eran más elevados y quejumbrosos. Mis dedos cada vez más lascivos porque palparon el interior de sus muslos y pellizcaron sus testículos. 

—Puta—susurré antes de besar la cruz de su espalda.

Después de tanto tiempo volvía a ser mío y yo debía continuar. Por eso me quité la levita y la dejé a un lado. Mi cuerpo perfecto de hombre de mundo, aguerrido y entrenado para sobrevivir en un mundo ya destruido y olvidado, sintió entonces la misma aguja con otro frasco que se hallaba en el interior de aquella caja que parecía ser un cofre lleno de tesoros. 

Mi miembro se irguió sutilmente, pero más aún cuando lo postré ante mí y lo hice caminar hasta una silla adyacente. Allí me senté imponente como el Dios que era para él, ese al cual aún rezaba buscando misericordia, para ofrecerle mi miembro agarrándolo de la nuca y llevándole el glande a sus labios. Sin timidez comenzó a succionar hasta lograr ingerir toda su magnífica longitud. Sus ojos estaban llenos de lágrimas, pero esta vez eran de mero placer. Mis manos abofeteaban su rostro, tiraban de su pelo, pellizcaban sus pezones o arañaban sus hombros. Las suyas se apoyaban a duras penas en mis rodillas. 

Cuando me hube satisfecho de esa imagen llena de erotismo e indefensión, lo subí sobre mis piernas y comencé a masajear de nuevo su miembro. Hacía aquello con caricias suaves, muy lentas, apretando su glande y provocando que gimiera entre el dolor y el placer. Sus caderas no tardaron en hacer el típico vaivén de cualquier promiscua, sobre todo cuando saqué el vibrador y lo acerqué un poco más. Finalmente saqué el juguete uretral y lo dejé sobre la mesa. Hice aquello con mi boca cerca de la suya. Él sabía que no podía hacer nada si yo no se lo ordenaba u ofrecía, así que simplemente boqueó aire y ambicionó un beso que no le di. Abofeteé con fuerza su rostro logrando que su cabeza quedase girada hacia la derecha y su rostro oculto por su cabello rojizo. A continuación lo giré y penetré sentándolo sobre mi miembro. No hubo más juegos. Él tendría que moverse para mí. 

Con cada sentada él gemía. Sus manos se apoyaron esta vez en los brazos de la imponente silla y mis manos fueron a sus amplias caderas. Tenía una cintura muy femenina y un cuerpo que iba camino de la masculinidad, pero con una sensualidad afeminada demasiado apetecible. Mis gruñidos y gemidos le alentaban a continuar, a ser la casquivana del artista que tanto codiciaba. El ritmo se intensificó gradualmente y yo acabé tirándolo al suelo para penetrarlo a cuatro patas, como si fuéramos animales. Antes de llegar al límite, derramándome en sus entrañas y ofreciéndole el calor de mi simiente, quité el aro que cubría su miembro y permití que llegara. 

Él había tenido una dosis doble de testosterona, la cual nos hacía codiciar el sexo igual que a quinceañeros. No éramos los monstruos fríos y ansiosos de sangre que muchos dibujan en sus memorias. Nosotros éramos fuego ancestral que deseaba desbordarse por la falda de los volcanes hasta morir en mares bravíos. Por eso tras eyacular siguió gimiendo y moviendo sus caderas, buscando aún más, asfixiando mi sexo en su interior hasta lograr que yo lo hiciera y él de inmediato alcanzar la cima una vez más. 

Tras aquello lo arrojé al suelo, dejándolo como un trapo sucio, para luego girar su cuerpo usando mi pie derecho. Dejé que este se colocara sobre su tórax y sonreí satisfecho, sobre todo cuando sus ojos quedaron clavados en mi glande salpicado por la simiente que él podía sentir corriendo entre sus piernas.

—Por más que digas que amas a ese desgarbado francés, por más que comentes a todos que eres dichoso, siempre seré tu amo y jamás podrás librarte de mí—dije con una voz aún más lóbrega y ronca—. Levántate, Armand. Hazlo si puedes...—añadí lo último con risotadas antes de sentarme en mi silla y hacer que este se incorporara, prácticamente arrastrándose, para colocar su cabeza cubierta con rizos rojizos sobre mi muslo derecho, muy cerca de mi hombría, y comenzar a lamer los restos de aquel placentero orgasmo. 

martes, 19 de abril de 2016

Amor animi arbitrio sumitur, non ponitur.

Marius y Armand... aunque ahora ha querido ser de nuevo su "Amadeo". Veo celos y frustración por parte de Antoine y Daniel por mucho que intenten mostrar comprensión ante estos encuentros.

Lestat de Lioncourt 



—¿Qué haces aquí?—preguntó.

Realmente no sabía qué hacía plantado frente a la puerta del edificio. Miré hacia arriba y comprobé que había varias habitaciones iluminadas. El sonido del piano llegó a mi corazón tocando cada fibra de mi alma provocando que me sintiera perdido por unos instantes. El edificio estaba lleno de vida en mitad de esa sombría y tormentosa noche de primavera. Toda la avenida estaba siendo arrasada por un aguacero terrible, al igual que la ciudad por completo estaba sumida en el caos del tráfico y de numerosas ramas rotas de los distintos parques de los diversos distritos, mientras que yo parecía firme como la estatua de un coloso frente a los escasos peldaños de la escalera que daba con la entrada.

—Pasa y sécate. Pediré a los sirvientes que traigan ropa seca—dijo abriendo por completo el portón.

¿Por qué tuvo que abrir él la puerta? Ni siquiera sabía porque había ido allí. Se suponía que sólo había salido a pasear disfrutando de mi soledad, pero emprendí un viaje de varias horas pensando en él y deseando tenerlo entre mis brazos como si eso solucionara algo que estaba mal en mí. ¿Pero qué era lo que estaba mal? ¿Qué mecanismo se había roto por completo? ¿Había algo que fallara realmente? Quise echarme a llorar desesperado ante sus ojos castaños recorriendo con indiferencia mi rostro empapado.

Acepté su ofrecimiento colándome en el hall. Miré las hermosas y ricas molduras del techo recordando que ya no se estilaba pedir semejantes obras en las viviendas actuales. Todos los jóvenes preferían vivir en espaciosos edificios con muebles sencillos y con obras monocromáticas. A mí, como a él, nos gustaba el dorado, el color, lo complicado y la luz. Aunque él dijera que era un monstruo que habitaba la oscuridad podía ver todavía luz a su alrededor. Aún la veo.

—¿Por qué has venido? No me has contestado—decía acercándose a mí para ayudarme a quitarme el abrigo por cortesía.

—Si te soy sincero simplemente quise venir—respondí—. Deseaba escuchar la música de Sybelle, conversar quizá con el joven Benji y divagar por tus bibliotecas tal vez en tu compañía—contesté apoyando mi mano derecha sobre su hombro.

Estábamos frente a frente como aquellas noches de pecaminosos placeres en Venecia. Mis manos volvían a ser de mármol en comparación con su piel suavemente tostada debido a su exposición al sol. Tus mejillas llenas aún tenían el rubor de las manzanas porque posiblemente se había alimentado temprano esa noche y sus ojos castaños brillaban más que las perseidas. Deseé desnudar su piel para palpar la dureza de sus músculos suavemente marcados, deslizando mis dedos por sus caderas pronunciadas y dejar mis manos sobre sus firmes glúteos. Quise atraerlo hacia mí y saborear sus labios sintiendo que rompía el maleficio de tantos siglos, pero me controlé mostrándome frío.

—Avisaré al servicio para que traigan alguna de tus túnicas. Dejaste algunas prendas la última vez que viniste y que dejaste tras la reunión sobre los nuevos caminos que va tomando nuestra diversa sociedad—comentó apartándose sin miramientos.

Las gotas que caían de mis ropas bárbaras empapaban el suelo de mármol. Podía sentir la tela de los pantalones pegándose a los músculos de mis muslos y pantorrillas. Mis pies tenían los calcetines completamente húmedos y sentía que la camisa se estaba convirtiendo en mi segunda piel. Di gracias a ser inmortal porque de ser un humano común habría terminado con neumonía esa misma noche.

Permanecí allí unos minutos hasta que una joven mortal se aproximó a mí. Llevaba entre sus brazos algunas de mis túnicas y sonreía con cierto encanto. Yo sólo tomé las prendas y subí por las escaleras acariciando la balaustrada de hermosa madera de roble. Deseaba que la lluvia cesara para marcharme y olvidarme de mi estúpido deseo de encontrarme con él.

Armand siempre fue dependiente y jamás permitió que pudiese tener cierta libertad. Comprendo que tuve la culpa de llenar su alma de promesas hechas en plenas noches de pasión y felicidad. Aprendí que no se debe prometer nada cuando se es feliz porque luego es posible que no se puedan cumplir. Quebré mi palabra en tantas ocasiones que ni siquiera sé como él me ha podido perdonar. Aunque no creo que lo haya hecho. Él simplemente no quiere hablar del asunto provocando un abismo entre ambos.

Decidí que debía tomar un baño caliente para entrar en calor, por eso acabé en uno de los magníficos aseos buscando toallas limpias y jabón de un aroma que fuese agradable para mí. La bañera pronto se llenó provocando que cada parte de mí quisiera sumergirse en sus cálidas aguas.

Él tardó más de media hora en dar conmigo. Supuse que estaba intentando evitarme hasta que su conciencia, o quizás alguna pequeña parte de su alma, le hicieron entrar en razón y mover sus pies hasta donde me encontraba. Entró sin llamar, cerró la puerta con pestillo y me tendió una pequeña caja de metal. No dudé en tomarla entre mis manos y percatarme que estaba helada.

—Póntela—su voz era un murmullo—. Hazlo... por favor...

Levanté la tapadera y vi que había varias dosis de testosterona en pequeños tubos listas para ser aplicadas con una jeringuilla. Mientras desvelaba ese misterio él desvelaba su cuerpo despojándose de cada una de sus prendas. Noté como su miembro palpitaba ligeramente inclinado hacia la derecha. Seguía siendo el mismo muchacho que miles de veces dibujé desnudo y que me miraba sin pudor alguno retorciéndose en mi lecho de rojizo satén.

Tomé la inyección y me apliqué dos de las tres dosis que había en aquella pequeña caja, para después tendérsela. Él miró la dosis que quedaba, tomó la jeringuilla y se aplicó la restante. No sabía bien cuántas se había aplicado pero estaba seguro que eran algunas más de las que él me había ofrecido.

—Ven aquí, Armand—dije estirando mis brazos hacia él.

—Por hoy te permito que me llames nuevamente Amadeo—susurró con la voz quebrada.

No dudó en introducirse junto a mí permitiendo que mis brazos y mi boca sintieran su deliciosa piel. Su lengua se enroscó con la mía como si fuera una serpiente mientras nuestros sexos se rozaban. Sentía la tirantez de una terrible erección y una emoción agradable cosquilleando por todo mi vientre. Él movía sus caderas sugerente mientras le permitía que sus manos acariciaran mis pectorales.

—Maestro...—dijo apartando su boca de la mía.

La misma mano que se había posado con frialdad sobre su hombro acabó con sus dedos enredada en sus ondulados cabellos pelirrojos, para luego tirar de estos con firmeza provocando que su cabeza cayera hacia atrás y me mostrara su largo y apetecible cuello. Lo empujé hacia atrás y giré su cuerpo dejando su estrecho torso contra el borde contiguo de la bañera. Con la mano izquierda levanté su cadera y abrí ligeramente sus glúteos. Observé entonces su entrada estrecha y sin vello provocando que lo codiciara como en aquellos tiempos. Ahora no usaría mi lengua, sino un miembro que realmente percibía cada caricia que le ofrecieran. El mismo miembro cuyo glande deseaba sentir la presión de sus músculos y el deseo de su cálido cuerpo. Sin embargo decidí rozarme entre ambos glúteos, la sensación fue tan placentera que acabó provocando de inmediato que comenzara a azotarle con la mano bien abierta, mientras la otra tiraba aún de varios de sus mechones de hebras cobrizas.

El agua nos salpicaba y salía de la bañera empapando el suelo mientras él jadeaba bajo mi nombre intentando no ser escuchado por el resto de inmortales. Sabía que el violinista no estaba lejos y quizás estaba siendo infiel a un amor que estaba floreciendo en su pecho. Pero ni ese amor ni ningún otro podría arrebatarme a mí el privilegio de ser su primer gran amor, la mayor de sus pasiones y el peor de sus delirios.

Me puse en pie por completo en esa bañera y lo arrodillé frente a mí pudiendo ver en sus ojos un deseo insaciable. Coloqué la zurda sobre sus mejillas y bajé la diestra hacia sus labios. Jamás he podido olvidar sus labios tan carnosos como los de una mujer porque han estado siempre presentes en mis más tórridos sueños, en los deseos más provocadores y en las fantasías que últimamente he tenido gracias a los fármacos que nos ha concedido el científico y médico inmortal Fareed. Introduje dos de mis dedos en su boca acariciando su lengua, bajando su mandíbula y viendo sus pequeños colmillos ocultos para no lastimar mi sexo. Sus manos se colocaron rápidamente sobre mis testículos y comenzaron a jugar con el escaso vello dorado que los recubría, para luego hacer lo mismo con la base y el cuerpo de mi sexo.

Impuse entonces mis manos sobre su cabeza como si le ofreciera mis bendiciones y él no dudó en llevarse a sus fauces aquel trozo de carne que tanto ansiaba. Arrodillado como si estuviese ante el mismísimo Dios me miró con los ojos cargados de lágrimas sanguinolentas, las cuales cayeron suavemente por sus mejillas hasta su mentón y corrieron libremente por su garganta. Mis dedos se deslizaron por su largo cabello castaño cobrizo, introduciéndose entre diversos mechones espesos y suaves, para luego llegar hasta la coronilla donde ambas manos se entrelazaron. Él abrió aún más su boca bajando su mentón y aceptando que entrara por completo. Noté su aliento rozar mi vello púbico y en ese momento inicié un suave movimiento con mi cadera que acabó descontrolándose. Sus ojos no perdían detalle de mi expresión aunque acabó cerrándolos igual que yo terminé echando hacia atrás la cabeza. Los movimientos eran bruscos y desesperados pero no me saciaban, pues lo único que podía saciarme estaba más allá de sus amplias caderas.

Finalmente lo aparté dejándolo nuevamente contra el borde de la bañera, lo penetré con fuerza y comencé a morder sus hombros, los lóbulos de sus orejas, su cuello y a golpear sus glúteos así como a arañar sus costados. Él gemía mientras la bañera se convirtió en un mar revuelto, tibio y perfumado. Mi mente se trasladó a Venecia y mis sentimientos se involucraron aún más con la labor. En aquellos días era imposible que le ofreciese algo como lo que estábamos haciendo y me reprimía los celos enviándolo a los burdeles. No quería que me odiase porque no podía hacerme con su cuerpo, aunque algunas noches le regalaba mi compañía pese a que no significaba nada para mí. No había placer en la unión de su cuerpo con el mío salvo si le mordía perforando su cuello, alguno de sus pezones o sus delicados hombros.

—Maestro... Maestro...—decía repetidamente cada vez más alto hasta que llegó al momento final donde alcanzó la gloria tocando los cielos. Noté como un líquido blancuzco y espeso manchaba el agua mezclándose con esta hasta casi camuflarse con la espuma, las sales de baño y la laca que cubría la bañera. Decidí entonces que debía sacarlo de la bañera y salir de él.

Me incorporé y salí de la bañera arrastrándolo conmigo. Busqué entonces entre mis prendas sacando mi cinturón. Él me miró aturdido sobre el suelo como una sirena varada frente a una sosegada orilla. Envolví aquel trozo de cuero por la hebilla entre entre los dedos de mi mano derecha y levanté mi brazo para comenzar a azotarlo. Él gimió ofreciéndome su espalda y su trasero ligeramente levantado. Fueron más de veinte azotes descontrolados llenos de furia antes de arremeter de nuevo con mi miembro. Él gritó terriblemente notando que llegaba otra vez al orgasmo sin rastro de aquel pudor inicial. Por mi parte llegué súbitamente notando un fuerte latigazo eléctrico por toda mi columna, igual que percibí como mis testículos ya no daban más de sí y mi miembro le ofrecía el premio a los placeres que me había entregado.

En ese momento comprendí todos y cada uno de los motivos por los cuales había ido a su encuentro. Por más que amase a Daniel y me sintiese complacido por su amor más adulto, libre y desinteresado necesitaba que aquella pequeña fiera me mostrara lo domesticable que era bajo mis atenciones. Recurría a Armand porque el placer carnal era insuperable y eso quedaba constancia en cada uno de mis jadeos, gruñidos y gemidos. Podía ver su cuerpo mucho más frágil y flexible doblegarse como la meretriz más complaciente de la mancebía más sofisticada.

Él se apartó obligándome a sentarme en aquel frío suelo encharcado para colocar su cabeza entre mis piernas y comenzar a lamer los restos de mis fluidos. De inmediato mis manos regresaron a sus cabellos y mis jadeos volvieron a ser entrecortados. Mis ojos de hielo se fundían en su cuerpo sutilmente afeminado mientras mis piernas se abrían aún más dejando que él hiciese todo el trabajo. Cuando acabó se incorporó cerrando mis piernas, subiéndose sobre mis muslos y tomando mi rostro entre sus manos finas y mucho más pequeñas que las mías.

—Por mucho que nos entreguemos a otros nos pertenecemos. No eres capaz de olvidarme como yo no soy capaz de no doblegarme—dijo antes de lamer mis labios de comisura a comisura, para luego rodearme con sus delicados brazos y hacerme sentir así culpable.

Era culpable de haberlo dejado en el arrollo, de las promesas incumplidas, de todas y cada una de sus lágrimas, de las noches vacías y frías, de las mañanas terribles en soledad y de haberlo apartado de mi camino cuando volvimos a encontrarnos. Era culpable y él me lo mostraba cada vez que tenía una misera oportunidad. Sus palabras me hicieron llorar aunque no lo demostré manteniendo mi rostro estoico y mis manos a ambos lados de mi cuerpo. No quería abrazarlo porque sabía que si lo hacía sería difícil apartarme de él.


Supongo que es cierta la frase “Amor animi arbitrio sumitur, non ponitur” de Publio Sirio. Pues es cierto que elegimos amar, pero no podemos elegir dejar de hacerlo. Elegimos amar porque decidimos aceptar que lo hacemos, que no podemos resistirnos, pero dejar de hacerlo es complicado. Cuando ya estamos envenenados no hay cura pues incluso la indiferencia puede provocar un mayor deseo de retenerlo.  

sábado, 23 de enero de 2016

La tentación de un ángel caído

Si me lo permiten me saldré de mi rol de "Lestat de Lioncourt" para agradecer profundamente a Nathan éstas largas noches donde hemos aprendido el uno del otro, así como a Rose y Alejandra, dos buenas amigas, que me han sacado alguna sonrisa y que agradezco que me hayan apoyado en mis últimas decisiones. Después de ésto también quiero agradecer a todos los que suelen leer el blog, la página o mi firma. Gracias.

Éste fic se ha hecho a la antigua usanza. He creado cada línea. Es un fic que he decidido hacer de una de las parejas más emblemáticas de Anne Rice. Es la pareja favorita de Nathan y de gran parte de ustedes. El sábado próximo, a ser posible, os daré otro de Lestat con algún personaje que haya estado en su vida. 

Gracias a todos.


La tentación de un ángel caído.



Podía ver su silueta desde mi privilegiada posición en la penumbra. Contemplaba su figura como quien contempla una escultura de Miguel Ángel. Observaba cada detalle de su rostro, el cual parecía haber sido cincelado por ese Dios que tanto le atemorizaba y en el que tanto creyó tiempo atrás. Me deleitaba con su estrecha cintura y sus anchas caderas. Poseía la belleza inusual de un ángel, un pequeño serafín envido para propagar belleza a éste idílico tiempo del renacimiento del arte, la cultura y la filosofía. Mirase donde mirase sólo encontraba belleza. Sin embargo, cuando me adentraba en sus turbios pensamientos, mientras divagaba sobre las oscuras aguas negras y empantanadas de los canales, veía la brutalidad a la cual estaba acostumbrado.

Con aquellas ricas ropas de seda, terciopelo y leotardos no demostraba sus verdaderos orígenes. Él era un animal salvaje que nunca habían logrado doblegar. Un ser indómito, como los guerreros de la fría estepa donde surgió como un pequeño brote. Nadie pudo calmar la fiera que tenían entre sus manos, ni siquiera las atroces caricias en las diversas orgías y golpes fatales. Podía ver las manos ásperas, e incluso sentirlas, de viejos decrépitos que creían que tomando su cuerpo, manejándolo como un objeto, lograrían volver a encontrarse con su juventud caduca. Su sonrisa, pausada y seductora, ocultaba más secretos de los que yo era capaz de asumir. Tenía ante mí a un enigma que ni siquiera quería recordar realmente su pasado. Alguien que se negaba así mismo y que decidió volver a nacer entre mis brazos. Un nacimiento fortuito en Constantinopla, donde solía ir a deleitarme con los sensuales bailes de jóvenes esclavos. Y él, el más maravilloso e indómito, surgió como una chispa lanzada de las ascuas de un fuego cercano.

Después de hacer un trato adecuado para adquirirlo, siendo desde entonces de mi absoluta propiedad, lavé su cuerpo, como si fuese un ritual funerario, y lo vestí con prendas que habían pertenecido a distintos pupilos. Siempre me he rodeado de savia nueva, de jóvenes artistas deseosos de expresar la belleza inclusive en lo retorcido y cruel. Decidí saciar su apetito y sed, besé su frente y dejé que creyera que era un Mesías, Dios mismo, que lo rescataba de la miseria y de la muerte. Una muerte que estaba a punto de llegar, pues los esclavos desobedientes acaban siendo desechados con rapidez.

Ese pelo rojo, como el fuego y la sangre, y esos ojos castaños, con pequeños brillos arrancados del propio sol, se ha convertido en mi delirio. Ha hecho que surja una llama poderosa que enciende mis celos, mi rabia, mi indignación y también mi creatividad. Si bien es cierto que yo mismo lo lanzo a los brazos de otros hombres, que asumo que debe conocer en ellos el placer de la carne, pero no dejo de pensar en sus labios sonrosados clamando mi nombre mientras se retuerce bajo el cuerpo de otro. No lo soporto.

Por eso había ido a buscarlo, encontrándolo allí de pie con Venecia a sus pies. Una Venecia que nada tiene que envidiar a la moderna, pues poseía aún más belleza y misterio. Los gondoleros paseaban no muy lejos, el carnaval estaba a punto de hacer vibrar cada rincón y él parecía dispuesto a disfrutarlo por primera vez.

Había hecho mis ofrendas a Madre y Padre, dejando nuevos ramos de lirios a los pies de Akasha, para luego cerrar aquel templo subterráneo abandonándolos sanos y salvos. Durante mi viaje por los cielos, abriendo mis brazos como si fuese un ave, pensé en mi adorado Amadeo. Aquel muchacho que me hacía sentir como Cupido y Psique.

Él era un hombre joven, aunque ya le habían arrancado la pureza y la ternura, arrojado a un mundo oscuro donde los placeres sensoriales estaban a sus pies. Un ser tan extraordinario que me hacía pintar su rostro en todos los ángeles de los murales y frescos de mi palazzo. Era mi Psique. Tenía que asumir que yo, Cupido, surgía de entre las tinieblas y que nunca debería intentar desvelar la verdad de nuestros encuentros.

Decidí observarlo, como si fuese ese dios monstruoso, mientras contenía mis desesperados impulsos por sostenerlo entre mis brazos, arrancándolo de aquel balcón abierto y llevarlo hasta el interior de uno de mis salones.

—Amadeo—dije. Mi voz sonó ligeramente severa. Intentaba aparentar rectitud y sobriedad.

—Maestro...—susurró sin girarse. Él simplemente apoyó sus manos, y por ende todo su cuerpo, contra la balaustrada. Sus ojos estaban clavados en el perfil de los edificios colindantes, los cuales tenían ya algunas luces apagadas. Los candiles de algunos cuartos, así como las velas y hogueras, parecían querer acompañar al millar de estrellas en aquella despejada noche—. ¿Algún día me contaréis la verdad?

—¿Cuál verdad?—pregunté desde el alfeizar.

Allí estaba con la luz sinuosa de la noche cayendo sobre mí, a mis anchas espaldas una rica habitación bellamente decorada con numerosas obras de arte de indistinto valor, y él frente a mí convertido en el pecado mismo. Cualquiera hubiese caído a sus pies besando sus pequeños zapatos, acariciando sus minúsculos tobillos y subido hasta sus tentadores muslos que quedaban ligeramente cubiertos por aquel pequeño pantalón celeste. Vestía con los colores que yo le exigía, como si fuese un muñeco. Era hermoso. Jamás había visto a un ser como él rondando el mundo.

—La de tus pretensiones—respondió.

—¿Acaso crees que quiero algo más de ti que del resto?—pregunté por curiosidad. Necesitaba saber qué tanto pensaba. No sólo quería arrancarle la verdad de sus labios, sino arrancar

—¿No soy tu favorito?—dijo apretando ligeramente la balaustrada— ¿No soy quien te acompaña cada noche cuando vienes? ¿No he desplazado al resto?—insistió—. Soy el único que yace entre tus sábanas y se retuerce entre tus monstruosas manos.

—¿Por qué crees que eres mi favorito?—sonreí con sorna.

Era hermoso. Poseía un aura torturada que ningún otro muchacho que yo había rescatado tenía hasta aquel entonces. Riccardo me advirtió, cuando llegó a la escuela, que él robaría mi corazón. Debía decirle que tenía razón. Tenía que admitir ese chico espigado y rápido con las manos, como gran ladrón y pintor, había cumplido su profecía punto por punto.

—He visto el lienzo, maestro. He visto lo que has estado pintando, el arte que has creado de la nada, y que me ha hecho llorar como si estuviese ante Dios mismo—replicó.

—La Tentación...

Me enfurecí. Él no debía ver mis obras si yo no las mostraba. Había cometido el pecado de entrar en mi estudio, de puntillas, para poder hacer de las suyas. Quebró la disciplina y rompió mi confianza por fisgonear una obra.

—Te pedí que me pintaras con alas negras—admitió—. Quería ser tu ángel caído.

—¿Y bien?—pregunté contenido.

—Ahora deseo ser algo más. No sólo quiero ser tu ángel, sino el único que gobierne tu corazón.

Mi corazón lo había destrozado Pandora. Un corazón que siempre latió por ella y que despreció en el momento que huyó de donde vivíamos. Me marché para combatir a temibles enemigos, consiguiendo así que nuestro hogar fuese seguro, y ella decidió abandonarme. No me esperó. No quiso ser mi Penélope, pero éste Ulises jamás se lo perdonará.

Deseaba amarlo sin miedo, como cuando uno es joven y desconoce por completo los riesgos del amor. Pero yo ya conocía demasiado bien a ese ladrón de esperanzas, a los sueños quebrados, las estatuas imperfectas y los caminos intrincados que no conducen a nada. Había averiguado que el amor es como ser un Minotauro en el laberinto, sin saber jamás su salida, corriendo de un lado a otro arrastrando las heridas y admitiendo que la única libertad es matando ese sentimiento. Si bien, no lograba hacerlo. Seguía amando a Pandora, y a él también. Por supuesto que lo amaba.

Ella era un imposible y él era tan real como las baldosas de mármol blanco que estaban bajo mis pies. Me pedía algo que ya ocurría, pero que me negaba a demostrar. Él era mi talón de Aquiles y temía que si se hacía real, que si todos comprendían hasta que punto era débil a su lado, fuésemos atacados por mis enemigos o por el destino.

—Qué sabrás tú de mi corazón... —murmuré.

—Quizás más que de todas esas materias que me obligas a conocer. Tal vez más que tú mismo.

Se giró hacia mí con esas palabras aún rozando sus labios. Miré su rostro, dulce y atractivo, mientras las ropas de príncipe veneciano se veían más soberbias en él que en nadie más. Deseé desnudar su cuerpo y destrozar su piel con terribles caricias, ardientes besos y complacientes mordiscos. Sin embargo, tenía que dejar que otros lo tocaran. Podía tener el miembro duro como una piedra, como una de las numerosas esculturas que pueblan la ciudad, pero no parecía tener función alguna.

La frustración siempre iba en aumento. Sobre todo en esas discusiones sobre el amor, la verdad, el sexo y el placer. Cuando debatía sobre mi amor por él comparándome con sus amantes, con sus pútridos borrachos de bar, terminaba desquiciado porque detestaba que otros gozaran de una piel creada para el pecado.

—Amadeo, te ruego que no prosigas—dije.

—¿Acaso no quieres escuchar la verdad? ¿A qué temes, maestro?—se sentía victorioso y eso me molestó.

—¡Basta!—grité.

—¡Estoy cansado de tu egoísmo!—al decir aquellas palabras encendió en mí la cólera.

Su rostro de querubín se torció en una mueca de miedo, sobre todo cuando mis manos le echaron el guante y lo arrastré hacia el salón. Intentó forcejear en vano, agitando su cabeza llena de onduladas llamas. Parecía que iba a ser decapitado, quemado en la hoguera o simplemente atravesado. Pero no, iba a tener una tortura distinta. Enseñaría disciplina con un método que él bien conocía.

—¡No! ¡Por favor! ¡Lo siento, maestro! ¡Maestro! ¡No!—decía intentando huir.

Mis largas y fuertes uñas, tan puntiagudas como resistentes, destrozaron sus delicadas prendas. Él comenzó a sollozar mientras comprobaba que en mi cinto, cerca de mi cadera, llevaba mi látigo de cuero trenzado negro. Sus ojos se abrieron enormemente, sobre todo cuando me quité la correa de mis prendas para intentar atarlo. Coloqué sus brazos de escasa, aunque definida, musculatura al frente y pegué las muñecas a la misma altura, después usé el cinturón a su alrededor y logré maniatarlo. Él sollozaba bajo, arrastrándose como lombriz sobre el mármol, mientras mi brazo derecho se alzaba y bajaba enérgico. El sonido siseante del látigo crujía en sus oídos, del mismo modo que las diversas colas impactaban contra sus nalgas, espalda baja, omóplatos cruz y hombros.

Él dejó de llorar. En algún momento cambió el dolor por el placer. Se giró hacia mí, alzando el rostro con los ojos llorosos y emitió un largo gemido. Después agachó de nuevo la cabeza y comenzó a besar mis pies, los cuales llevaba envueltos en unos zapatos rojos de tacón bajo y hebilla dorada.

No dudé en dejar el látigo y tomar una de las velas encendidas en los largos candelabros de hierro. Me apasionaba la luz, necesitaba la luz. Aunque fuese un vampiro no era un hombre que amase las tinieblas. Me regodeaba en la riqueza y la deseaba contemplar sin escatimar gastos. Empujé su cuerpo lejos de mis pies, echándolo hacia atrás, permitiendo que su rostro quedase frente a mí y su espalda, salpicada de profundos cortes, se pegara al frío y desnudo suelo.

—Aprenderás del dolor—dije alzando mi brazo derecho, con aquella vela encendida en mi mano, e hice que la cera sobrante, la que se había derretido por la llama, cayera sobre sus pezones y vientres. Él, de inmediato, gimió alzando sus caderas.

Mientras se retorcía en el suelo, mostrando su convulsivo e inapropiado deseo, me desnudé mostrando mi miembro erecto. Estaba ahí, como si fuese mi brazo o mi pierna, sin sentir nada. Sin embargo, él lo codiciaba como lo haría cualquier joven. Recordé mis tiempos de niño, en los cuales mi maestro me enseñó el arte del amor. Un arte que perpetué con él, pues el amor más puro no es hacia una mujer sino hacia un hombre porque son tus iguales en cuanto al deseo y a las zonas de placer, las cuales provocan que se enlacen nuestros cuerpos al mismo ritmo que nuestras almas. Y él aprendería eso de mí, aunque yo no sintiera nada.

Sus cálidas y estrechas nalgas, pese a lo usadas que podían estar, me recibieron con deseo. Él me miró complacido, alzando aún más las caderas, mientras le tomaba del cabello y echaba hacia atrás su cabeza. Su cuello quedó al descubierto, largo y de carne blanda, provocando que lo mordiera para beber unos sorbos de él. Mis caderas se movían firmes y violentas, las suyas soportaban cada embestida insinuándose con un ligero baile contrario. Tenía los muslos cálidos, el miembro erecto y la boca llena de jadeos, gemidos y palabras sucias.

Era como ver a un ángel cayendo en los placeres de la carne, como si la tentación de cada una de sus curvas envueltas en esa piel cálida y suave, de muñeca de porcelana, fuera demasiada para un Dios que parecía ciego y sordo. El mismo Dios que se regodeaba ante la maravillosa visión de su cuerpo retorciéndose como la propia serpiente del Paraíso. Sus labios estaban teñidos de rojo, por la presión de sus dientes y porque su lengua, de vez en cuando, se pasaba por ellos para humedecerlos con la punta.

—Soy una furcia—admitió—. Pero furcia un sólo hombre, de mi maestro.

Callé sus plegarias con un beso profundo, ofreciéndole parte de mi sangre mezclada con la suya, y logré que eyaculara. Aquel chorro caliente manchó ambos vientres y logró que se sosegara. Parecía que le faltaba el aire, que sus dedos de rompían mientras los apretaba, y sus talones se pegaban a las baldosas mientras su pelvis se pegaba más a la mía. Esos espasmos fueron deliciosos.

Pese a todo no estaba conforme. Jamás lo estuve cuando teníamos diversos encuentros. Me levanté del suelo y caminé hacia la puerta, la abrí y llamé entre gritos a Riccardo. Él se presentó ante mí, con las manos ligeramente manchadas de sangre y sus cabellos castaños revueltos sobre su frente.

—Haz que goce—indiqué señalando a Amadeo, el cual aún se movía complacido a pocos metros.

El muchacho no preguntó, pues más bien se sintió poderosamente atraído por aquel espectáculo. Se bajó los pantalones y ofreció su miembro. Mi dulce Amadeo se abalanzó como una fiera, postrándose frente a él para deslizar su lengua por su glande, hasta la base y de la base al glande. Comenzó a succionar perdiendo el control con rapidez. Y Riccardo echó la cabeza hacia atrás, enredando sus largos dedos en los cobrizos cabellos de su compañero. Mis jóvenes discípulos disfrutaban entregándose uno al otro. De hecho acabó colocando a mi erótica tentación frente a mí, postrándolo de rodillas y logrando que pegara su torso al suelo.

—Maestro...—balbuceó Amadeo.

—Penétralo—ordené a Riccardo mientras recogía mis prendas.

El muchacho cumplió mis órdenes. Penetraba a Amadeo tirando de sus cabellos, azotando sus nalgas, arañando su, ya de por sí, maltrecha espalda y dejando que sus caderas perdieran el control. No duró demasiado. La eyaculación fue casi inminente. Amadeo también llegó al éxtasis final, pero apenas manchó el suelo.

Por mi parte, ya me había vestido y antes que preguntaran, se miraran mutuamente reconociendo en ambos el placer de aquel instante, había decidido irme en silencio ayudado por mis poderes. Me marché porque algo en mí se quebraba cuando otro lo tocaba, pero necesitaba que comprendiera la opulencia y los placeres de ésta vida.  

miércoles, 5 de noviembre de 2014

Mestro...

Armand vuelve a rogar atenciones. ¿Será por todo lo que estamos viviendo? ¡Quién sabe!


Lestat de Lioncourt 


Te he amado durante siglos. Creo que no he podido dejar de amarte desde que apareciste frente a mí como el Mesías. Te convertiste en mi salvador, en quien sanó mis heridas y reparó parte del daño que aún obra malignos milagros en mi torturada alma. Creo que aún puedes ver en mis orbes castañas el dolor que tanto me cegó durante décadas, tantas y tan amontonadas, y que provocó que caminara entre tinieblas. Las pesadillas hicieron repicar mil veces las campanas de mi propio infierno. Dios no vino a por mí, pero tú tampoco. Confié que estuvieras a salvo. Rogué por los viejos recuerdos que me mantenían en pie. Lloré por cada lienzo que tú me mostraste y por todas sus pinceladas. Juro que aún deseo arrojarme a tus pies para besarlos, igual que haría un esclavo a su amo y señor. ¿Y no eres tú el amo de mi tortuoso amor? Sólo deseo que me ames. Tan sólo necesito que me abraces refugiándome de todo el dolor que aún permanece a mi lado.

Creo que he perdonado todos tus errores. He querido echar la vista a otro lado. No quiero siquiera pensar que tú me odies. El odio siempre echa raíces en tu corazón, pero tu corazón es demasiado valioso para mí y sé que este amor no es efímero. He visto en tu mirada tantas veces ese amor, a pesar de la frialdad del color de tus ojos. Maestro, siempre seré para ti ese querubín perdido. Si bien, soy un hombre que ha crecido a la sombra de un genio. No soy un ángel. Creo que tampoco soy un demonio. Sólo soy un hombre terno con el rostro de un niño y las manos de un amante. Puedo parecer un monstruo, pero tú sabes bien que sólo es una máscara con la cual intento protegerme.

Tómame entre tus manos una vez más. Por favor, tómame.


Sólo deseo la paz de tus brazos, la calma de tu voz y el placer de sentir tu cuerpo contra el mío. No importa que ambos parezcamos cincelados en mármol. Tampoco me interesa que pueda ocurrir luego. Sólo tómame. Agarra mi cuerpo entre tus brazos, deja que anide en ti una vez más, y provoca que al fin llegue la calma a un lugar tan terrible como es este... un lugar sin ti.  

miércoles, 8 de octubre de 2014

Por favor

Armand vuelve a desnudar su alma para Marius. Marius, por el bien de todos, dale amor a ver si así deja de lloriquear o intentar matarnos. Gracias.

Lestat de Lioncourt


Me convertí en una sombra de aquello que tanto amabas. Una imagen desdibujada en un espejo que no querías contemplar. Mi cuerpo débil, como el de cualquier niño que prácticamente es un hombre, se retorcía junto a mi alma. En los sueños te buscaba, perseguía y lograba alcanzarte; sin duda, eran los momentos más agradables que podía tener. Tú eras mi esperanza. Pero fui perdiéndola, sumiéndome en la oscuridad, quedándome atrás suplicante mientras lloraba por mi destino.

Acepté doctrinas que nunca hubiesen sido mías, dejé que otros pensaran por mí y me moldearan a su gusto. Crecí protegido por la oscuridad de una siniestra figura que fue bondadoso conmigo sólo porque yo parecía un ángel, y porque mis ruegos le hicieron amarme. Ruegos que tú no escuchabas. Incluso fingiste que nunca existieron. Me sentí desprotegido. Creía en ti y me abandonaste. Y, aún así, sigo aquí con los brazos abiertos esperando que me tomes entre los tuyos. No hay remedio a mi estupidez. Acepto todas esas disculpas baratas de un discurso hecho a tu medida, pero no a la mía.

Muero cada vez que tú apareces ante mí. Cuando te siento cerca creo que mi alma se convertirá en polvo. La maldición de tus besos es tan terrible que soy una marioneta entre tus dedos. Creo todo lo que salga de tus labios, aunque sé que son mentiras imperfectas y perecederas. Te aproximas a mí, me abres supuestamente tu corazón y termino dejándome llevar a las profundidades de tu infierno. No eres el Mesías que esperaba, sino el mismísimo Príncipe de la Oscuridad. Un demonio cruel de rostro perfecto, ojos fríos y cabellos de color de la paja que tú vuelves oro. Sangre y oro, eso eres. Sangre del color de tu túnica, que es la que yo te he ofrecido en más de una ocasión. Amor mío, ¿no ves que sigues siendo el único culpable a mi terrible sufrimiento?


Quisiera creer cuando dices que nunca me dejarías otra vez, pero ya he madurado. Puedo ver que tus palabras son hermosas como las estrellas, pero imposibles de atrapar o que te concedan tus deseos. Por eso caigo otra vez. Me arrodillo ante ti con lágrimas en el rostro. Busco tu consuelo. Necesito que me abraces para no sentirme tan muerto. Yo sé que me defraudarás otra vez, lo sé. Aún así, quédate. Por favor, te necesito. Quédate conmigo. Ya las lágrimas no me permiten ver más allá de mi reflejo borroso frente a mi espejo, de la imagen turbia del ayer. Soy un recuerdo que aún ruega ser rememorado una vez más. Por favor, bésame.  

jueves, 11 de septiembre de 2014

Life in your lies

Life in your lies es un texto de Armand para Marius. No sé ¿el título no os da una idea de qué será? Sí, reproches.

Lestat de Lioncourt 


Ya no me sorprenden tus mentiras, ni esos discursos elaborados, tampoco puedo aceptar tus caricias como si fueran las de un salvador bondadoso. Para mí todo el misterio que ocultabas en tus fríos ojos, tu seductora voz y tu elegante sonrisa, se ha disipado quedando sólo un pobre hombre torturado por su propio orgullo. No serás jamás capaz de amarme vestido con venenosas sedas de mentiras y desprecio. Sé que no crees mis palabras, como yo no puedo creer en las tuyas. Sin embargo, hay una diferencia. Yo sé cuando tengo que pedir disculpas, cuando me he equivocado y cuando he cometido un acto de venganza. El alumno hace tiempo superó al maestro y tú sigues despreciando mis vanos intentos de ser amado.

He intentado aceptar que el mundo jamás será como yo lo deseaba. Me he adentrado en las colinas y valles profundos, allá donde ni siquiera las almas vagan, para terminar en un cementerio de tumbas vacías, un cementerio de desesperanza y olvido. Allí, en el panteón del rencor y el dolor me he recostado, para luego asesinar a la última de mis sonrisas. Seré una máscara, una mera ilusión, para que tú me tomes como una marioneta y me hagas danzar.

Me has tratado como un ángel al cual le has arrancado las alas. No has sido misericordioso. He podido notar como me arrebatabas pluma a pluma cada trozo de libertad, después has esparcido sal y has cosido las heridas con sutiles besos para hacerme creer que era en mi propio beneficio. No soy un niño. Tendré por siempre la apariencia de un joven, pero hace mucho que soy un monstruo ansioso oculto entre las sombras. Mi único deseo, amor mío, es ver tu sufrimiento cuando veas en mis ojos a un extraño.

Mi alma está caminando por el páramo helado de la soledad. He conocido demasiadas lunas de hielo, sangre y dolor. Yo soy el niño que aún vaga por las sucias calles de París. Me he liberado de los despojos de tu amor y he llenado mi aliento de amargura. En mis sueños venías como un redentor, pero ahora veo que sólo eres un monstruo de innegable belleza. No pienso doblegarme, pues tengo mis oraciones. Hoy rezaré por ambos. Pediré a Dios que no me haga caer en tus trampas por elaboradas que sean.


El mayor de los pecados será volver a tus brazos. No quiero ir al infierno. Deseo alejarme del demonio seductor que puedes llegar a ser. Tortura a otro, pues yo estoy acabado.  

jueves, 4 de septiembre de 2014

A corazón abierto

En el amor y en la guerra todo se puede ¿no? Pues no sé si Marius podrá con la guerra que tiene en manos.

Lestat de Lioncourt 



Quizás debería aceptar que el mundo no es como una pintura, en la cual podemos dar pinceladas y crear un nuevo mundo con colores difuminados. No hay arte más complicado que seguir vivo, observando como las pequeñas cosas cambian y todo en lo que crees se derrumba lentamente. Es como una partida de ajedrez eterna, donde los peones se danzan sobre el tablero girando sobre sí mismos y buscando refugio en torres tan inmensas como laberintos. He visto tantos atardeceres que podría haber dejado de amar sus tonos violáceos, así como olvidar por un momento la belleza de sus estrellas a punto de desaparecer.

Tal vez los fracasos me han moldeado. He aprendido de mis derrotas y siempre he querido proteger mi corazón, quizás porque es lo único que me queda. Mis escasos sentimientos puros están a buen recaudo. No quiero exponerlos más. Mi amor ha sido demasiado intenso y ha llegado a quemar. He deseado a demasiados, de miles de formas, pero sólo he podido condenarme en tres ocasiones. Un imposible y dos amores truncados por el destino.

He tomado decisiones sabias, muchas de ellas meditadas durante largas y oscuras veladas, si bien pesan más mis estúpidos errores. El mayor de mis pecados lo cometí con él. Provoqué que el dolor lacerara su pecho, se hundiera en su corazón y ahogara todo lo que él sentía. Yo mismo fui cubierto de una lámina de veneno, pues eso son las mentiras. He dado falso testimonio sobre mis pasiones, pero no lo he hecho para salvar mi alma sino para curar heridas. Vivir con el peso de Atlas a la espalda, abriendo terribles yagas, es imposible. Interpreté a Eros para él, un amante que sólo podía ser tocado y amado en plena oscuridad. Era un monstruo y él un chiquillo. Deseaba protegerlo de mí y aún así lo bañaba en seductoras palabras, besaba sus mejillas y tocaba su cuerpo con encendida pasión. Sus labios eran como pétalos de rosas y me deleitaba con ellos. Me convertí en esclavo de sus cabellos rojizos, que eran como ríos de fuego convertidos en pura seda, y que provocaba que hundiera mis dedos en ellos para peinarlos miles de veces.

Aún recuerdo la primera vez que vino por su cuenta y riesgo. Abrió la puerta de mi dormitorio y se recostó en el lecho. Pronto comprendí que se ofrecía como un regalo. Sus mejillas estaban encendidas y su aliento olía a vino. Sus ojos castaños centelleaban con encantador brillo. Sabía bien que podía abrir sus piernas y hacerlo mío, cosa que hice. No dudé en abrir sus muslos palpando su piel, que parecía leche recién ordeñada, mientras él suspiraba acalorado. Bebí de sus labios sin que se percatara y rió hechizado al apartar mi boca de la suya. Sus pequeños y blancos dientes me asombraban, pues parecían perlas perfectas, y me seducían cuando se mostraban entre sus sonrisas. Mil veces he pensado que él era la personificación del pecado, aunque tenía el seductor aspecto de un ángel.


Hoy nos encontramos enfrentados. La rabia que yace en su afilada lengua es letal. Estoy seguro que jamás me perdonará mis faltas, aunque abra sus brazos rodeando mi cuello y me jure amor. Sé que no merezco su perdón. Aún así, anhelo que me lo conceda. Es un juego de tentaciones, mentiras, verdades y sueños que se asemejan a pesadillas. Fue mi último gran amor y aún no he podido dejarlo escapar. Me niego a creer que ha acabado. Somos eternos, como lo serán las obras de los grandes escritores, y en la eternidad jamás hallaremos un momento para comprenderlos... y, sin embargo, es nuestro mayor deseo.  

viernes, 29 de agosto de 2014

Tu despreciable amor

Memorias de Armand y Marius. Por favor, saquen pañuelos que ya viene el pelirrojo con el drama. No comprendo porque son así estos dos, siempre se lanzan de todo y luego al final... ¡Bah!

Lestat de Lioncourt 

TU DESPRECIABLE AMOR

Nunca he pretendido tener todo en la vida. Me conformaba con el aroma de las pinturas, el frío congelando mis pequeños dedos y mis ojos castaños clavados en los iconos. El discurrir de las oraciones, el aroma del bosque cubierto de nieve gélida y el sabor de la sopa caliente eran mis pequeños tesoros. Caminaba por el mundo a ciegas sintiéndome bendecido por ser tomado como un milagro, pues mi arte alegraba los corazones más cercanos a Dios. Los monjes me adoraban, querían que me uniera a ellos, y sentía el cobijo que nunca encontré en los robustos brazos de Iván.

Mi padre era demasiado tosco y abusivo. Y el alcohol, su único amigo, le soltaba la lengua del mismo modo que su escopeta encañonaba a las diversas presas de caza. Un hombre de rasgos duros, ojos penetrantes y sudoroso. Se sentaba a la mesa comiendo sin modales, pellizcando las hogazas de pan e imponiendo su propia ley. Mis hermanos temblaban cuando él hablaba, mi madre yacía en un trance silencioso mientras obedecía y yo siempre con la cabeza en las pinturas. Sólo pensaba en pintar, rezar y dormir. Lejos de él era feliz. Pero a la vez, por mucho que detestara su mal carácter, sabía que en su pecho no había maldad como en el corazón de otros hombres. Podía ser tosco, áspero en el trato, malhumorado y enemigo de sí mismo, sin embargo jamás me he topado con una maldad tan simple como un mal carácter y unas ideas torcidas. Él no era un asesino, tampoco un ladrón. Aunque en aquellos años era habitual levantar la mano, creer que se era dueño de la casa, la mujer y los hijos. Era la educación, no una maldad intrínseca como he hallado en otros corazones.

No tuve mucho amor por parte de mi padre, pero tampoco por parte de mi madre. Se esforzaba por mantener la casa en orden, limpiar las piezas de caza, educar como buenamente podía a sus hijos y sentirse un objeto más de la preciada colección de mi padre. Una mujer dura, cincelada en hielo, que no se doblegaba ante el frío o el dolor. Sus ojos brillaban por las lágrimas que no se permitía derramar y sus labios eran bondadosos, pero no solían rozar mis mejillas ni mi frente. Ella era dura, tan dura como las piedras de los caminos. No era una anciana, sino una mujer joven cuando yo ya prácticamente era un hombre. Su hijo mayor, su Andrei.

Mis hermanos eran demasiado pequeños, no los recuerdo bien. No tenían un carácter formado. Para mí eran copias idénticas uno tras otro, educados y criados con la aspereza habitual y el frío que se instalaba en un hogar pobre, algo miserable, pero que salía a flote gracias a la puntería de un borracho.

Las verdaderas calamidades vinieron cuando no pude pintar más, siendo secuestrado y llevado lejos. El gran jinete que fui, y que aún soy si me lo propongo, quedó atrás. La nieve cubriendo los campos, el frío clavándose como dagas en mis mejillas, el retablo envuelto en cuero y todo lo que yo creía quedó aplastado, revuelto y hundido como los cadáveres que se amontonaban en la bodega de esclavos donde fui arrojado. Casi sin alimento, sucio, desvalido y escuchando idiomas que no conocía. Me sentía miserable. La divina tragedia que sufrí no me doblegó. Como he dicho mi padre era rudo y mi madre fuerte, estaba acostumbrado a ser castigado con golpes y pasar penurias. Podía seguir vivo. Quería volver a casa. Necesitaba volver al lugar de donde me sacaron con tanta crueldad. Mi mente se alborotaba. No quería pensar. Me dolía hacerlo. Las lágrimas se convirtieron en silencio y el silencio en inteligencia. Aprendí sin pronunciar palabra. Me consideraban tonto y desvalido, aunque agraciado y perfecto para ser domesticado como si fuera un cachorro de mastín. Perdí el nombre y el derecho a tener uno. Me convertí en un esclavo y no en un monje.

Entonces él apareció como el Mesías. Su tacto frío, que me recordó a la nieve, era sedoso y agradable. No levantó sus dedos en mi contra, no marcó mis mejillas, sino que me bendijo con sus brazos y besos. Pronto caí rendido en un abrazo tan cálido que sentí que mi cuerpo ardía. Creí que iba a morir, jamás pensé que viviría. Ya estaba a punto de averiguar el rostro de Dios cuando él, con su belleza perfecta, me arrancó de los brazos de la muerte y me dio un nuevo nombre. Comencé a ser Amadeo. El dolor quedó atrás junto con las prendas sucias y raídas. El hambre dio paso a la glotonería. Lo opulento era ahora mi reino. Me convertí en el capricho de un monstruo tan hermoso, tan magnífico, que poco me importó que sólo fuera mío unas cuantas horas en plena noche.

Tal vez por ello aún sigo aguardando que me ame. Creí en todas sus palabras, como si hubiesen sido dictadas en un libro sagrado, y las recité miles de veces cuando el miedo y la soledad me llamaron. Las puertas del dolor y la miseria volvieron a mí, lo terrible se presentó con distintas formas y me transformé en un ser distinto al que él conoció. Tenía una misión. Creía en ella, aunque sólo era un hermoso envoltorio dentro de un vacío existencial terrible. Mis ojos castaños, esos que tanto amó, se llenaban de lágrimas que no permitía mostrar a nadie. Me convertí en un reflejo de mi madre, la cual lloró mi pérdida. Era Armand. Sigo siendo Armand. Un niño perdido en medio de la iglesia, un ángel ataviado de harapos y jirones. El monstruo que aparenta no tener sentimientos, pero que realmente busca el amor en cada uno de los corazones que dicen latir por él.

Hace unas noches me doblegué de nuevo. Caí en la estúpida idea de su amor eterno. Me dijo que jamás amó a otro como yo. Leí sus memorias cientos de veces, me sentí sucio al ver lo fácil que era para él mentirse. Decía que yo no había sufrido al quedar perdido, lejos de su protección, pero quizás era una mentira dulce para no lanzarse sus propias acusaciones.

Él vino a mí. Tal y como había soñado siempre. Apareció en el jardín de mis nuevas propiedades. Había regresado nuevamente a New Orleans, pero ésta vez había decidido conseguir una vieja casa, un lugar donde descansar, al más puro estilo colonial. Sus hermosas columnas blancas, su porche delantero y dos plantas con varias habitaciones para compartir con Sybelle y Benji. Un lugar cómodo, en una de las zonas altas de la ciudad. Un capricho. Los muebles habían sido elegidos en un anticuario, bien restaurados, y sentía la magia de los viejos tiempos. Pero él llegó, como un ser atemporal, robándome el aliento y provocando que la casa empequeñeciera.

—¿Qué quieres?—dije mientras sentía la brisa cálida cargada del olor a los blancos jazmines, los cuales caían al suelo marchitándose sin remedio. La hierba estaba algo crecida, espesa y húmeda por los aspersores que se había detenido hacía escasos minutos. Las plataneras se veían gigantescas, pero a su lado todo parecía pequeño y sin importancia. El porche, ligeramente iluminado, se transformó en un lugar oscuro e impenetrable. Sentí miedo, o más bien pánico, de caer en redondo rogando a sus pies—. Creí que ya no te interesaba mi compañía—comenté apoyándome en una de las columnas, intentando aparentar que nada me torturaba.

Vestía tan elegante y soberbio como siempre. Últimamente sus trajes oscuros, habitualmente de lino cuando visitaba ésta ciudad que parece no querer dormir jamás, se combinaban con elegantes corbatas de seda roja, pañuelos en el pequeño bolsillo superior y blancas camisas de lino blanco. Sus cabellos estaban perfectamente peinados, echados hacia atrás, permitiendo que su frente se viera despejada. Sus cejas no estaban arqueadas ni fruncidas. Tenía el rostro relajado. Parecía una máscara. Incluso dudé que estuviese realmente ahí, dejando que el césped se aplastara bajo sus caros mocasines. Ni siquiera estaba en el camino a la entrada, sino a un lado. Creo que me espiaba y no esperaba que me percatase tan pronto. ¿Tan ensimismado puedo llegar a estar con mis experimentos o mis propios pensamientos? No lo sé. Tal vez sí. Quizás.

—¿No soy bienvenido?—respondió sin mover un solo músculo.

—Estoy cansado de todo esto—susurré apartando la mirada, para mirar el suelo. Me entretuve entonces en mis deportivas negras y blancas, con los cordones mal abrochados. El filo del dobladillo de mis vaqueros estaba algo desgastado. La camiseta que llevaba comenzaba a pegarse a mi cuerpo. Tenía calor. Mis mejillas estaban rojas. Me encontraba nervioso, sofocado por la temperatura y la víctima que aún estaba en la cocina, esperando ser guardado en el arcón frigorífico para luego tirarlo en algún lugar. Tenía que deshacerme del cadáver—. No es un momento oportuno—dije alzando la vista, pero al hacerlo lo vi caminar hacia mí y sentí que todas las barreras caían. Le odiaba por ello.

—¿De qué estás cansado, querubín?—esas viejas palabras que hechizaban, como si hubiesen sido dichas por primera vez y no estuviéramos allí, sino en Venecia. Podía sentir el mecer de la góndola, sus besos en mi cuello y su tacto frío sobre mi piel encendida por la fiebre. Sí, era posible. Quise romper a llorar cuando noté sus manos en mi rostro, abarcándolo como si fuera un jarrón delicado, mientras me miraba profundamente con esas gélidas pupilas—. ¿Qué sucede? ¿Por qué no es buen momento?

—Márchate, por favor—rogué en un murmullo casi inapreciable.

—No me has respondido—dijo jugando con mis facciones. Las yemas de sus pulgares marcaban deliciosamente mis pómulos, la comisura de mis labios y mi mentón. Quise emitir un leve jadeo, pero me contuve. Había hecho una promesa a Benji. No caería.

—No tengo intención de responderte—lo aparté de un empellón y me alejé para acercarme a la puerta, agarrar el pomo y encerrarme en mi vivienda. Pero él me lo impidió justo cuando mis dedos rozaban el pomo, fue como si Dios mismo me negara la entrada al cielo.

—Amadeo...—susurró con voz melosa—. Sigues siendo mi amadeo.

—Una lástima, Marius. Tú ya no eres mi maestro—mi voz sonó hiriente, como una daga que atravesaba el aire e impactaba en su corazón—. No tienes nada que hacer aquí, así que espero que tengas un hermoso paseo hasta Italia.

—Harás que mi paciencia se agote—masculló apretando los dientes—. He venido a verte.

—No, has venido a doblegarme—dije notando su pecho apoyado en mi estrecha espalda, mientras su mano derecha se agarraba como una tenaza a mi muñeca, la cual se volvió frágil y estaba a punto de romperse soltando así el pomo, y su zurda estaba en mis caderas, subiendo deliciosamente por mi costado bajo mi camiseta—. ¡Vete!

—¿Por qué debo hacerlo?—sus palabras aguijonearon mi alma. Eran como púas venenosas que me aniquilaron antes que pudiese siquiera meditar como responder a sus instintos. Él estaba allí por mí, para gozar torturándome y burlándose una vez más de mi amor. ¿Me amaba? No lo demostraba.

Me sentía preso. Mi pecho estaba oprimido contra la madera hinchada por la humedad. El vidrio de colores parecía a punto de estallar, convirtiendo a la vidriera en miles de pedacitos de colores dispares, y la puerta se vencía ya que el marco no podía sostenerla. Me apretaba con fuerza. Sus dedos eran demasiado toscos. Sus caricias dóciles estaban convirtiéndose en grilletes. Quería llorar.

—Vete...—balbuceé, apoyando mi frente sobre la madera.

—Vine a buscar algo que me pertenece—su mentón se había apoyado en mi hombro derecho, sus labios rozaron mi mejilla y su nariz aspiró el aroma de mi pelo. Tenía el pelo largo, revuelto y suelto. Parte de aquel cabello me cubría el rostro, cosa que agradecí en ese momento, hasta casi tapar mis ojos que empezaron a llenarse de lágrimas.

—Llegas tarde, ahora pertenece a otro—comencé a forcejear, cosa que no debí hacer. Mi muñeca crujió, sus dedos apretaron con más fuerza y finalmente el hueso cedió. Me rompió la muñeca con una facilidad increíble. Entones, chillé.

No retrocedió ni un ápice. Creo que ni siquiera se sentía culpable. Su gigantesca figura era una cárcel de huesos, carne y piel completamente dura, como si fuera una piedra, gracias al poder de la sangre inmortal. Quería alejarme, pero era imposible. Rompí a llorar en silencio hundiendo mi rostro contra la madera y mi pecho. Los mechones pelirrojos cubrían parcialmente mi cara, las lágrimas sanguinolentas eran cálidas y el sudor también lo era.

—¿Ves qué has logrado? Sólo hacerte daño—dijo soltando mi muñeca, tan rota como mis esperanzas en él hace tiempo—. ¿Aún deseas que me vaya?—preguntó colocando su mano sobre mi torso, deslizándola eróticamente por éste hasta terminar acariciando mi entrepierna, apretándola suavemente, mientras yo seguía llorando—. Me fascina cuando lloras, pues pareces realmente un ángel.

—¿Qué pecado he cometido para que Dios me castigue de éste modo?—susurré girando mi rostro hacia él, permitiéndole al fin que viera mis lágrimas.

Sus ojos brillaron como los de un ave rapaz. Frunció el ceño, torció su sonrisa sádica y después relajó nuevamente ese rostro tan perfecto. Sus manos desabrocharon mi pantalón y lo hizo caer al suelo, pero no fue lo único que me quitó. De forma ruda se deshizo de todo, en pleno jardín y a la vista de todos. Mi piel quedó expuesta ante cualquiera que pasara por la desierta avenida, aunque ya eran más de las tres de la mañana. Pocos vehículos discurrían por aquella zona, aunque los bares más concurridos, esos con jazz y blues en directo, no estaban muy lejos.

—Déjame—dije, observando mi ropa revuelta y rota.

—Jamás—respondió girándome.

Sus manos rápidamente apartaron los mechones de mi rostro. Mis ojos se fijaron en los suyos y por unos segundos vi dolor en ellos. Notaba como mi cuerpo se recuperaba y mi muñeca, poco a poco, dejaba de estar rota. Quería gritar que le amaba, del mismo modo que él parecía implorar perdón. Esos segundos valiosos me sirvieron para bajar mi mano izquierda hacia su bragueta, bajando así su cremallera e introduciendo mis dedos dentro de ésta.

Me arrodillé bajando la mirada, completamente sumiso, para sentir como la madera crujía bajo mis rodillas. Aún llevaba las deportivas, el pantalón estaba bajado hasta mis tobillos y de mi ropa interior sólo quedaban jirones. Saqué de entre la tela de su pantalón de vestir su miembro. Había notado perfectamente lo erecto que estaba, como si fuera un mástil de un navío, cuando me pegó contra él. No sólo saqué su miembro hasta la base, sino también sus testículos. Me incliné bien sobre su bragueta y lamí sus testículos, los besé y me los llevé a la boca succionándolos. Con mimo acariciaba su miembro. Movía suavemente mis dedos, apretándolo ligeramente, mientras él jadeaba tirando de mis cabellos.

Finalmente acabé saboreando su miembro, dejando que me atrapara la lujuria y olvidara el daño que me había hecho. Le había perdonado mientras me perdía en aquellas caricias. Movía mi cabeza desenfrenadamente, el jadeaba mirándome con atención y mis labios apretaban con una necesidad que hacía siglos que no sufría. Quería creer que había ido a buscarme necesitado de afecto, arrepentido por todo y con la conciencia intranquila. Pero sabía que había aparecido sólo porque Pandora lo había apartado otra vez, como si fuera un desperdicio.

Me apartó cuando se cansó, tirándome al suelo mientras se arrojaba sobre mí. Acabó por arrancar la poca ropa que quedaba, me sacó las deportivas y besó mis tobillos. Sus ojos eran fríos, pero su actitud era la de un hombre enloquecido, casi enfervorecido, por una lujuria febril. Quedé atrapado por sus brazos, y sus piernas abrieron las mías. No había palabras románticas como en mis fantasías, ni siquiera una humilde disculpa. Sólo un segundo de silencio antes de desgarrar el aire con mi grito. Entró invadiéndome con fuerza, sin pensar siquiera si podía llegar a dolerme. Mis piernas flaqueaban, mis brazos tiritaban y él parecía incapaz de sentir algo más que placer. Su ritmo era fuerte y rápido. Mi cuerpo se movía como el de un muñeco de trapo, podía notar la madera del porche quejándose y raspando mi espalda. Casi no podía ver. Mis cabellos terminaron revueltos sobre mi rostro y tenía calor. Él no se había desnudado. Sabía que no lo haría. Era un acto violento y rápido.

Podía sentir cada milímetro de su sexo. Su miembro estaba cubierto de gruesas venas, las mismas que me arrancaban placenteros gemidos, y su glande chocaba contra mí antes de escuchar el sonido seco de sus testículos. Mis dedos buscaron su rostro, para acariciarlo suavemente, pero acabé clavando mis uñas y arrancándole así un grito.

El final llegaba.

Quería que terminara para poder huir. Yo me sentía demasiado excitado, por eso acabé eyaculando primero. Sin embargo, él no lo había hecho. Seguía moviéndose rudo y sin miramientos. Se apartó de mí, dejándome tirado en el suelo como un ángel recién caído, y se masturbó eyaculando sobre mi torso.


Deseé decir algo, pero no podía. Prácticamente no tenía voz después de los alaridos de placer. Había gritado su nombre en infinidad de ocasiones, rogado porque se quedara y suplicado, humillándome, que me amara. Pero, cuando pude lograr decir algo, él ya no estaba. Se había colocado bien la ropa y marchado por el sendero del jardín hasta la cancela. Entonces rompí a llorar de nuevo. Lloré más fuerte que nunca. Me había usado otra vez.  

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt