Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

sábado, 23 de enero de 2016

La tentación de un ángel caído

Si me lo permiten me saldré de mi rol de "Lestat de Lioncourt" para agradecer profundamente a Nathan éstas largas noches donde hemos aprendido el uno del otro, así como a Rose y Alejandra, dos buenas amigas, que me han sacado alguna sonrisa y que agradezco que me hayan apoyado en mis últimas decisiones. Después de ésto también quiero agradecer a todos los que suelen leer el blog, la página o mi firma. Gracias.

Éste fic se ha hecho a la antigua usanza. He creado cada línea. Es un fic que he decidido hacer de una de las parejas más emblemáticas de Anne Rice. Es la pareja favorita de Nathan y de gran parte de ustedes. El sábado próximo, a ser posible, os daré otro de Lestat con algún personaje que haya estado en su vida. 

Gracias a todos.


La tentación de un ángel caído.



Podía ver su silueta desde mi privilegiada posición en la penumbra. Contemplaba su figura como quien contempla una escultura de Miguel Ángel. Observaba cada detalle de su rostro, el cual parecía haber sido cincelado por ese Dios que tanto le atemorizaba y en el que tanto creyó tiempo atrás. Me deleitaba con su estrecha cintura y sus anchas caderas. Poseía la belleza inusual de un ángel, un pequeño serafín envido para propagar belleza a éste idílico tiempo del renacimiento del arte, la cultura y la filosofía. Mirase donde mirase sólo encontraba belleza. Sin embargo, cuando me adentraba en sus turbios pensamientos, mientras divagaba sobre las oscuras aguas negras y empantanadas de los canales, veía la brutalidad a la cual estaba acostumbrado.

Con aquellas ricas ropas de seda, terciopelo y leotardos no demostraba sus verdaderos orígenes. Él era un animal salvaje que nunca habían logrado doblegar. Un ser indómito, como los guerreros de la fría estepa donde surgió como un pequeño brote. Nadie pudo calmar la fiera que tenían entre sus manos, ni siquiera las atroces caricias en las diversas orgías y golpes fatales. Podía ver las manos ásperas, e incluso sentirlas, de viejos decrépitos que creían que tomando su cuerpo, manejándolo como un objeto, lograrían volver a encontrarse con su juventud caduca. Su sonrisa, pausada y seductora, ocultaba más secretos de los que yo era capaz de asumir. Tenía ante mí a un enigma que ni siquiera quería recordar realmente su pasado. Alguien que se negaba así mismo y que decidió volver a nacer entre mis brazos. Un nacimiento fortuito en Constantinopla, donde solía ir a deleitarme con los sensuales bailes de jóvenes esclavos. Y él, el más maravilloso e indómito, surgió como una chispa lanzada de las ascuas de un fuego cercano.

Después de hacer un trato adecuado para adquirirlo, siendo desde entonces de mi absoluta propiedad, lavé su cuerpo, como si fuese un ritual funerario, y lo vestí con prendas que habían pertenecido a distintos pupilos. Siempre me he rodeado de savia nueva, de jóvenes artistas deseosos de expresar la belleza inclusive en lo retorcido y cruel. Decidí saciar su apetito y sed, besé su frente y dejé que creyera que era un Mesías, Dios mismo, que lo rescataba de la miseria y de la muerte. Una muerte que estaba a punto de llegar, pues los esclavos desobedientes acaban siendo desechados con rapidez.

Ese pelo rojo, como el fuego y la sangre, y esos ojos castaños, con pequeños brillos arrancados del propio sol, se ha convertido en mi delirio. Ha hecho que surja una llama poderosa que enciende mis celos, mi rabia, mi indignación y también mi creatividad. Si bien es cierto que yo mismo lo lanzo a los brazos de otros hombres, que asumo que debe conocer en ellos el placer de la carne, pero no dejo de pensar en sus labios sonrosados clamando mi nombre mientras se retuerce bajo el cuerpo de otro. No lo soporto.

Por eso había ido a buscarlo, encontrándolo allí de pie con Venecia a sus pies. Una Venecia que nada tiene que envidiar a la moderna, pues poseía aún más belleza y misterio. Los gondoleros paseaban no muy lejos, el carnaval estaba a punto de hacer vibrar cada rincón y él parecía dispuesto a disfrutarlo por primera vez.

Había hecho mis ofrendas a Madre y Padre, dejando nuevos ramos de lirios a los pies de Akasha, para luego cerrar aquel templo subterráneo abandonándolos sanos y salvos. Durante mi viaje por los cielos, abriendo mis brazos como si fuese un ave, pensé en mi adorado Amadeo. Aquel muchacho que me hacía sentir como Cupido y Psique.

Él era un hombre joven, aunque ya le habían arrancado la pureza y la ternura, arrojado a un mundo oscuro donde los placeres sensoriales estaban a sus pies. Un ser tan extraordinario que me hacía pintar su rostro en todos los ángeles de los murales y frescos de mi palazzo. Era mi Psique. Tenía que asumir que yo, Cupido, surgía de entre las tinieblas y que nunca debería intentar desvelar la verdad de nuestros encuentros.

Decidí observarlo, como si fuese ese dios monstruoso, mientras contenía mis desesperados impulsos por sostenerlo entre mis brazos, arrancándolo de aquel balcón abierto y llevarlo hasta el interior de uno de mis salones.

—Amadeo—dije. Mi voz sonó ligeramente severa. Intentaba aparentar rectitud y sobriedad.

—Maestro...—susurró sin girarse. Él simplemente apoyó sus manos, y por ende todo su cuerpo, contra la balaustrada. Sus ojos estaban clavados en el perfil de los edificios colindantes, los cuales tenían ya algunas luces apagadas. Los candiles de algunos cuartos, así como las velas y hogueras, parecían querer acompañar al millar de estrellas en aquella despejada noche—. ¿Algún día me contaréis la verdad?

—¿Cuál verdad?—pregunté desde el alfeizar.

Allí estaba con la luz sinuosa de la noche cayendo sobre mí, a mis anchas espaldas una rica habitación bellamente decorada con numerosas obras de arte de indistinto valor, y él frente a mí convertido en el pecado mismo. Cualquiera hubiese caído a sus pies besando sus pequeños zapatos, acariciando sus minúsculos tobillos y subido hasta sus tentadores muslos que quedaban ligeramente cubiertos por aquel pequeño pantalón celeste. Vestía con los colores que yo le exigía, como si fuese un muñeco. Era hermoso. Jamás había visto a un ser como él rondando el mundo.

—La de tus pretensiones—respondió.

—¿Acaso crees que quiero algo más de ti que del resto?—pregunté por curiosidad. Necesitaba saber qué tanto pensaba. No sólo quería arrancarle la verdad de sus labios, sino arrancar

—¿No soy tu favorito?—dijo apretando ligeramente la balaustrada— ¿No soy quien te acompaña cada noche cuando vienes? ¿No he desplazado al resto?—insistió—. Soy el único que yace entre tus sábanas y se retuerce entre tus monstruosas manos.

—¿Por qué crees que eres mi favorito?—sonreí con sorna.

Era hermoso. Poseía un aura torturada que ningún otro muchacho que yo había rescatado tenía hasta aquel entonces. Riccardo me advirtió, cuando llegó a la escuela, que él robaría mi corazón. Debía decirle que tenía razón. Tenía que admitir ese chico espigado y rápido con las manos, como gran ladrón y pintor, había cumplido su profecía punto por punto.

—He visto el lienzo, maestro. He visto lo que has estado pintando, el arte que has creado de la nada, y que me ha hecho llorar como si estuviese ante Dios mismo—replicó.

—La Tentación...

Me enfurecí. Él no debía ver mis obras si yo no las mostraba. Había cometido el pecado de entrar en mi estudio, de puntillas, para poder hacer de las suyas. Quebró la disciplina y rompió mi confianza por fisgonear una obra.

—Te pedí que me pintaras con alas negras—admitió—. Quería ser tu ángel caído.

—¿Y bien?—pregunté contenido.

—Ahora deseo ser algo más. No sólo quiero ser tu ángel, sino el único que gobierne tu corazón.

Mi corazón lo había destrozado Pandora. Un corazón que siempre latió por ella y que despreció en el momento que huyó de donde vivíamos. Me marché para combatir a temibles enemigos, consiguiendo así que nuestro hogar fuese seguro, y ella decidió abandonarme. No me esperó. No quiso ser mi Penélope, pero éste Ulises jamás se lo perdonará.

Deseaba amarlo sin miedo, como cuando uno es joven y desconoce por completo los riesgos del amor. Pero yo ya conocía demasiado bien a ese ladrón de esperanzas, a los sueños quebrados, las estatuas imperfectas y los caminos intrincados que no conducen a nada. Había averiguado que el amor es como ser un Minotauro en el laberinto, sin saber jamás su salida, corriendo de un lado a otro arrastrando las heridas y admitiendo que la única libertad es matando ese sentimiento. Si bien, no lograba hacerlo. Seguía amando a Pandora, y a él también. Por supuesto que lo amaba.

Ella era un imposible y él era tan real como las baldosas de mármol blanco que estaban bajo mis pies. Me pedía algo que ya ocurría, pero que me negaba a demostrar. Él era mi talón de Aquiles y temía que si se hacía real, que si todos comprendían hasta que punto era débil a su lado, fuésemos atacados por mis enemigos o por el destino.

—Qué sabrás tú de mi corazón... —murmuré.

—Quizás más que de todas esas materias que me obligas a conocer. Tal vez más que tú mismo.

Se giró hacia mí con esas palabras aún rozando sus labios. Miré su rostro, dulce y atractivo, mientras las ropas de príncipe veneciano se veían más soberbias en él que en nadie más. Deseé desnudar su cuerpo y destrozar su piel con terribles caricias, ardientes besos y complacientes mordiscos. Sin embargo, tenía que dejar que otros lo tocaran. Podía tener el miembro duro como una piedra, como una de las numerosas esculturas que pueblan la ciudad, pero no parecía tener función alguna.

La frustración siempre iba en aumento. Sobre todo en esas discusiones sobre el amor, la verdad, el sexo y el placer. Cuando debatía sobre mi amor por él comparándome con sus amantes, con sus pútridos borrachos de bar, terminaba desquiciado porque detestaba que otros gozaran de una piel creada para el pecado.

—Amadeo, te ruego que no prosigas—dije.

—¿Acaso no quieres escuchar la verdad? ¿A qué temes, maestro?—se sentía victorioso y eso me molestó.

—¡Basta!—grité.

—¡Estoy cansado de tu egoísmo!—al decir aquellas palabras encendió en mí la cólera.

Su rostro de querubín se torció en una mueca de miedo, sobre todo cuando mis manos le echaron el guante y lo arrastré hacia el salón. Intentó forcejear en vano, agitando su cabeza llena de onduladas llamas. Parecía que iba a ser decapitado, quemado en la hoguera o simplemente atravesado. Pero no, iba a tener una tortura distinta. Enseñaría disciplina con un método que él bien conocía.

—¡No! ¡Por favor! ¡Lo siento, maestro! ¡Maestro! ¡No!—decía intentando huir.

Mis largas y fuertes uñas, tan puntiagudas como resistentes, destrozaron sus delicadas prendas. Él comenzó a sollozar mientras comprobaba que en mi cinto, cerca de mi cadera, llevaba mi látigo de cuero trenzado negro. Sus ojos se abrieron enormemente, sobre todo cuando me quité la correa de mis prendas para intentar atarlo. Coloqué sus brazos de escasa, aunque definida, musculatura al frente y pegué las muñecas a la misma altura, después usé el cinturón a su alrededor y logré maniatarlo. Él sollozaba bajo, arrastrándose como lombriz sobre el mármol, mientras mi brazo derecho se alzaba y bajaba enérgico. El sonido siseante del látigo crujía en sus oídos, del mismo modo que las diversas colas impactaban contra sus nalgas, espalda baja, omóplatos cruz y hombros.

Él dejó de llorar. En algún momento cambió el dolor por el placer. Se giró hacia mí, alzando el rostro con los ojos llorosos y emitió un largo gemido. Después agachó de nuevo la cabeza y comenzó a besar mis pies, los cuales llevaba envueltos en unos zapatos rojos de tacón bajo y hebilla dorada.

No dudé en dejar el látigo y tomar una de las velas encendidas en los largos candelabros de hierro. Me apasionaba la luz, necesitaba la luz. Aunque fuese un vampiro no era un hombre que amase las tinieblas. Me regodeaba en la riqueza y la deseaba contemplar sin escatimar gastos. Empujé su cuerpo lejos de mis pies, echándolo hacia atrás, permitiendo que su rostro quedase frente a mí y su espalda, salpicada de profundos cortes, se pegara al frío y desnudo suelo.

—Aprenderás del dolor—dije alzando mi brazo derecho, con aquella vela encendida en mi mano, e hice que la cera sobrante, la que se había derretido por la llama, cayera sobre sus pezones y vientres. Él, de inmediato, gimió alzando sus caderas.

Mientras se retorcía en el suelo, mostrando su convulsivo e inapropiado deseo, me desnudé mostrando mi miembro erecto. Estaba ahí, como si fuese mi brazo o mi pierna, sin sentir nada. Sin embargo, él lo codiciaba como lo haría cualquier joven. Recordé mis tiempos de niño, en los cuales mi maestro me enseñó el arte del amor. Un arte que perpetué con él, pues el amor más puro no es hacia una mujer sino hacia un hombre porque son tus iguales en cuanto al deseo y a las zonas de placer, las cuales provocan que se enlacen nuestros cuerpos al mismo ritmo que nuestras almas. Y él aprendería eso de mí, aunque yo no sintiera nada.

Sus cálidas y estrechas nalgas, pese a lo usadas que podían estar, me recibieron con deseo. Él me miró complacido, alzando aún más las caderas, mientras le tomaba del cabello y echaba hacia atrás su cabeza. Su cuello quedó al descubierto, largo y de carne blanda, provocando que lo mordiera para beber unos sorbos de él. Mis caderas se movían firmes y violentas, las suyas soportaban cada embestida insinuándose con un ligero baile contrario. Tenía los muslos cálidos, el miembro erecto y la boca llena de jadeos, gemidos y palabras sucias.

Era como ver a un ángel cayendo en los placeres de la carne, como si la tentación de cada una de sus curvas envueltas en esa piel cálida y suave, de muñeca de porcelana, fuera demasiada para un Dios que parecía ciego y sordo. El mismo Dios que se regodeaba ante la maravillosa visión de su cuerpo retorciéndose como la propia serpiente del Paraíso. Sus labios estaban teñidos de rojo, por la presión de sus dientes y porque su lengua, de vez en cuando, se pasaba por ellos para humedecerlos con la punta.

—Soy una furcia—admitió—. Pero furcia un sólo hombre, de mi maestro.

Callé sus plegarias con un beso profundo, ofreciéndole parte de mi sangre mezclada con la suya, y logré que eyaculara. Aquel chorro caliente manchó ambos vientres y logró que se sosegara. Parecía que le faltaba el aire, que sus dedos de rompían mientras los apretaba, y sus talones se pegaban a las baldosas mientras su pelvis se pegaba más a la mía. Esos espasmos fueron deliciosos.

Pese a todo no estaba conforme. Jamás lo estuve cuando teníamos diversos encuentros. Me levanté del suelo y caminé hacia la puerta, la abrí y llamé entre gritos a Riccardo. Él se presentó ante mí, con las manos ligeramente manchadas de sangre y sus cabellos castaños revueltos sobre su frente.

—Haz que goce—indiqué señalando a Amadeo, el cual aún se movía complacido a pocos metros.

El muchacho no preguntó, pues más bien se sintió poderosamente atraído por aquel espectáculo. Se bajó los pantalones y ofreció su miembro. Mi dulce Amadeo se abalanzó como una fiera, postrándose frente a él para deslizar su lengua por su glande, hasta la base y de la base al glande. Comenzó a succionar perdiendo el control con rapidez. Y Riccardo echó la cabeza hacia atrás, enredando sus largos dedos en los cobrizos cabellos de su compañero. Mis jóvenes discípulos disfrutaban entregándose uno al otro. De hecho acabó colocando a mi erótica tentación frente a mí, postrándolo de rodillas y logrando que pegara su torso al suelo.

—Maestro...—balbuceó Amadeo.

—Penétralo—ordené a Riccardo mientras recogía mis prendas.

El muchacho cumplió mis órdenes. Penetraba a Amadeo tirando de sus cabellos, azotando sus nalgas, arañando su, ya de por sí, maltrecha espalda y dejando que sus caderas perdieran el control. No duró demasiado. La eyaculación fue casi inminente. Amadeo también llegó al éxtasis final, pero apenas manchó el suelo.

Por mi parte, ya me había vestido y antes que preguntaran, se miraran mutuamente reconociendo en ambos el placer de aquel instante, había decidido irme en silencio ayudado por mis poderes. Me marché porque algo en mí se quebraba cuando otro lo tocaba, pero necesitaba que comprendiera la opulencia y los placeres de ésta vida.  

1 comentario:

Elany Mandujano dijo...

Maravilloso texto. Mis felicitaciones. Seguiré por aquí leyendo tus historias.

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt