Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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martes, 1 de agosto de 2017

Nuestro amor

Ojalá esto les dure.

Lestat de Lioncourt 


Terminaba de colocar el cuadro entretanto pensaba en él. Habíamos separado nuestros caminos y el tiempo acabó por colocar un muro demasiado alto entre los dos. Sentía como el peso de mis acciones caían sobre mi conciencia y me hallaba desesperado por poder tenerlo una vez más entre mis brazos como aquellas noches que parecían eternas, con las estrellas mucho más brillantes en el firmamento y con una sensación de euforia propia de un hombre esclavo de sus pasiones. Él fue durante años mi gran sueño y generó en mí un fervor similar al religioso. Hizo que me sintiera Dios entre los hombres y él mi propio querubín, el cual cantaba hermosas tonadas de amor cargado de dicha y lujuria.

Gremt había mediado junto a mi hacedor para que Talamasca me regresara todas mis obras. Realmente no las necesitaba todas, pues me conformaba con recuperar esta pieza en concreto. Era el cuadro de “La tentación de Amadeo”. En el marco de madera, algo envejecido pero sin rastro de alguna enfermedad propicia por el mal cuidado o insectos, había una pequeña chapa dorada donde se podía leer el título. Mi corazón palpitaba enérgico ante la profunda mirada de aquellos juveniles ojos. Todavía era humano cuando decidí crear tan magnífica obra. Tenerla conmigo era como recuperar parte de lo que perdí. No obstante, no podía ser crédulo y dejarme llevar por la extraña y cálida sensación que calentaba mi alma. Esos tiempos no volverían porque nosotros no podíamos volver a ser los que fuimos. Todo cambia, todo evoluciona y nosotros cambiamos de igual modo. Somos criaturas vivas que se van llenando de experiencia aunque muchos mantengan que somos muertos entre los vivos.

Di un par de pasos hacia atrás para comprobar que estaba recto y caí de rodillas. Las lágrimas comenzaron a brotar sin pudor, pues me creía solo. Mis manos se colocaron sobre mi pecho como si mi corazón fuese a estallar. Era el llanto más amargo que jamás he ofrecido a este mundo enfermo de rabia, contaminado por la crueldad y la desdicha, hambriento de verdades y adorador de mentiras. Podría decirse que cada lágrima sanguinolenta que caía al piso de mármol era una palabra de amor no dicha, un secreto no revelado y un recuerdo que no fue vivido. Había hecho demasiadas promesas a mi Amadeo y no supe cumplir ni una de ellas. Ni siquiera tuve agallas de enfrentarme a Santino. Sí lo fui para pedir clemencia a Maharet para que lo juzgara y me permitiera acabar con su vida con el beneplácito de quien era nuestra líder, pero ella se negaba a ser líder o juez de algo semejante. Finalmente fue Thorne quien tomó la iniciativa y este fue destruido, al menos su cuerpo lo fue. Pero eso no me hizo recuperar a Amadeo, sino que creó una brecha mayor entre los dos y nos convertimos en dos islas a la deriva.

Armand ahora incluso reniega de ostentar mi apodo como su nombre, sino que ha tomado el suyo propio. Del mismo modo que yo tomé Roma por mi vínculo sentimental hacia el imperio que tanto me dio, que fue mi cuna y mi tumba, él lo ha hecho con Rusia. Todavía sigue siendo el muchacho de Kiev. Yo lo sé. No sé la razón por la cual reniega de su pasado entre los canales, en mis brazos y en mi cama. Jamás comprenderé los motivos que posee entre sus delicadas manos para no ofrecerme el consuelo de tenerlo conmigo.

Cuando el llanto se hacía más agudo e imposible de frenar pude sentir que un bebedor de sangre cruzaba el hall de la entrada, ascendía por la elegante escalera de mármol jugando con sus dedos por el pasador y acceder al pasillo que daba a la elegante habitación donde me hallaba. Reconocí los latidos de su corazón, pues era el suyo.

Armand se personó frente a mí sin reparo alguno y como un ángel que se compadece de un pobre miserable, de uno de esos fanáticos hijos de Dios que van a rezar a sus templos, colocó sus eternas manos jóvenes, tan delicadas y perfectas como en otras épocas, sobre mis hombros para luego besar amorosamente mi coronilla. Pude escuchar como suspiró nervioso, así como el sonido del colgante de cruz de plata que chocó con los botones de su camisa.

Alcé la vista y lo vi. Quedé anonadado ante la belleza de la expresión de su rostro. Parecía en paz, pero había una guerra abierta en sus ojos castaños de hermosas y largas pestañas. Allí en la profundidad de esos mares oscuros había una tempestad de emociones. Tenía su atractivo cabello castaño sin cortar y este caía sobre sus hombros rozando el cuello de su camisa de lino celeste. Todo en conjunto era idílico. Sus pantalones de vestir blancos, su correa de cuero negro trenzada y sus zapatos Oxford negros con pespunteado doble a lo largo de su puntera. No había joyas en sus manos, sólo la cruz al cuello. Su boca, carnosa y rosácea, se veía tan tentadora como en aquellos tiempos. Realmente era mi perdición, mi tentación.

—Creí que no vestirías más prendas bárbaras—dijo con sorna por mi atuendo.

Llevaba un traje Armani en tono borgoña, sin chaleco, y de corte clásico con una camisa blanca que resaltaba mi tono de piel casi humano. Me había expuesto al sol recientemente y el olor a carne quemada se mezclaba con el del perfume que intentaba camuflar dicho acontecimiento. Aún me dolía el roce de la ropa, pero debía vestir de ese modo para no llamar la atención en las abarrotadas avenidas de las distintas ciudades. Había salido esa noche para calmar mi sed, aunque no lo requería. Supongo que es como una vieja costumbre, un ritual sagrado o una adicción que no puedo reprimir así como sucede a los ludopatas que son tentados a despilfarrar su vida, tiempo y dinero.

—Yo asumí que no volverías a buscarme.

—Asumiste mal—contestó con una sonrisa dulce en sus labios—. Siempre serás mi maestro, aunque los tiempos cambien y nos destruyan.

—¿Te han destruido?—pregunté.

—Miles de veces, pero he vuelto a construirme por la mera necesidad de seguir vivo.

—¿Me perdonarás alguna vez?

Ni siquiera sé los motivos que me llevaron a arrojar esa pregunta tan destructiva. Sabía que podía ser renuente a perdonar, pues era un ser que pecaba del mismo problema que yo poseía. Ambos éramos tercos y reacios a disculpar los errores de otros. La ira nos envenenaba y el rencor nos aislaba, lo sé. Aunque yo he cambiado e intentado disciplinar a mi alma para que comprenda que hay que perdonar para seguir avanzando.

—¿Sabrás perdonarte primero?— Se incorporó mostrándose con una mirada vacilante y las manos temblorosas. Ante mí tenía a mi chiquillo, mi muchacho, mi querubín y el joven que estaba pintado en el cuadro que colgaba a unos metros tras su espalda en la pared.

Me levanté y coloqué mis manos sobre sus hombros, después las subí hasta sus mejillas llenas y palpé sus labios. Justo entonces empezó a llorar en silencio. Sus lágrimas eran muy similares a las mías, pues veía el mismo dolor.

Tenía razón. Primero debía perdonarme por no haber ido a buscarlo, por convertirme en silencio y misterio alrededor de sus sueños y fantasías. No tuve agallas y cuando las tuve él no era el muchacho que yo conocía. Ni siquiera ahora era el muchacho que terminé encontrando tras buscarlo en las mentes de los distintos bebedores de sangre. Su apariencia frágil, casi infantil, ocultaba a un hombre muy antiguo con un alma que ha sufrido terriblemente. Creé un monstruo perfecto y me asusté. Por eso me alejé, por eso no lo deseé a mi lado. Me asustaba la perfección que había obrado y lo imperfecto que podía ser yo ante su presencia.

Me acabé fundiendo en un abrazo intenso con su cuerpo, su alma, su historia y en definitiva con sus lágrimas. Ambos buscamos la forma de unirnos convirtiéndonos en uno mientras nuestras bocas se buscaban. Pude apreciar como sus pies se quedaron de puntillas mientras yo me inclinaba, pues nuestra diferencia de tamaño siempre había sido más que evidente. Sus brazos se echaron a mi cuello y sus manos acariciaron mi nuca jugueteando con mis cabellos, los míos abarcaban el ancho minúsculo de su cintura y lo pegaba a mí.

Él se cortó la lengua y yo hice lo mismo. El beso de sangre nos unió en un desenfrenado juego que nos consumía como lo hace el fuego con la leña. De inmediato dejamos de llorar para permitir a nuestras manos acariciarnos y a nuestras almas fundirse. Sus mejillas se encendieron debido al calor que sentía por las emociones vividas y las que estaban por nacer. Por mi parte también. Comencé a arder por la lujuria de ese hilo sagrado que sólo los amantes nos regalábamos.


Esa noche nos perdonamos en silencio. No nos fundimos en un momento glorioso como podríamos gracias a los avances de Freed, pero tampoco lo necesitábamos. Requeríamos tiempo para conversar, para caminar por las calles cercanas a la vivienda y por sentirnos orgullosos el uno del otro.  

martes, 19 de abril de 2016

Amor animi arbitrio sumitur, non ponitur.

Marius y Armand... aunque ahora ha querido ser de nuevo su "Amadeo". Veo celos y frustración por parte de Antoine y Daniel por mucho que intenten mostrar comprensión ante estos encuentros.

Lestat de Lioncourt 



—¿Qué haces aquí?—preguntó.

Realmente no sabía qué hacía plantado frente a la puerta del edificio. Miré hacia arriba y comprobé que había varias habitaciones iluminadas. El sonido del piano llegó a mi corazón tocando cada fibra de mi alma provocando que me sintiera perdido por unos instantes. El edificio estaba lleno de vida en mitad de esa sombría y tormentosa noche de primavera. Toda la avenida estaba siendo arrasada por un aguacero terrible, al igual que la ciudad por completo estaba sumida en el caos del tráfico y de numerosas ramas rotas de los distintos parques de los diversos distritos, mientras que yo parecía firme como la estatua de un coloso frente a los escasos peldaños de la escalera que daba con la entrada.

—Pasa y sécate. Pediré a los sirvientes que traigan ropa seca—dijo abriendo por completo el portón.

¿Por qué tuvo que abrir él la puerta? Ni siquiera sabía porque había ido allí. Se suponía que sólo había salido a pasear disfrutando de mi soledad, pero emprendí un viaje de varias horas pensando en él y deseando tenerlo entre mis brazos como si eso solucionara algo que estaba mal en mí. ¿Pero qué era lo que estaba mal? ¿Qué mecanismo se había roto por completo? ¿Había algo que fallara realmente? Quise echarme a llorar desesperado ante sus ojos castaños recorriendo con indiferencia mi rostro empapado.

Acepté su ofrecimiento colándome en el hall. Miré las hermosas y ricas molduras del techo recordando que ya no se estilaba pedir semejantes obras en las viviendas actuales. Todos los jóvenes preferían vivir en espaciosos edificios con muebles sencillos y con obras monocromáticas. A mí, como a él, nos gustaba el dorado, el color, lo complicado y la luz. Aunque él dijera que era un monstruo que habitaba la oscuridad podía ver todavía luz a su alrededor. Aún la veo.

—¿Por qué has venido? No me has contestado—decía acercándose a mí para ayudarme a quitarme el abrigo por cortesía.

—Si te soy sincero simplemente quise venir—respondí—. Deseaba escuchar la música de Sybelle, conversar quizá con el joven Benji y divagar por tus bibliotecas tal vez en tu compañía—contesté apoyando mi mano derecha sobre su hombro.

Estábamos frente a frente como aquellas noches de pecaminosos placeres en Venecia. Mis manos volvían a ser de mármol en comparación con su piel suavemente tostada debido a su exposición al sol. Tus mejillas llenas aún tenían el rubor de las manzanas porque posiblemente se había alimentado temprano esa noche y sus ojos castaños brillaban más que las perseidas. Deseé desnudar su piel para palpar la dureza de sus músculos suavemente marcados, deslizando mis dedos por sus caderas pronunciadas y dejar mis manos sobre sus firmes glúteos. Quise atraerlo hacia mí y saborear sus labios sintiendo que rompía el maleficio de tantos siglos, pero me controlé mostrándome frío.

—Avisaré al servicio para que traigan alguna de tus túnicas. Dejaste algunas prendas la última vez que viniste y que dejaste tras la reunión sobre los nuevos caminos que va tomando nuestra diversa sociedad—comentó apartándose sin miramientos.

Las gotas que caían de mis ropas bárbaras empapaban el suelo de mármol. Podía sentir la tela de los pantalones pegándose a los músculos de mis muslos y pantorrillas. Mis pies tenían los calcetines completamente húmedos y sentía que la camisa se estaba convirtiendo en mi segunda piel. Di gracias a ser inmortal porque de ser un humano común habría terminado con neumonía esa misma noche.

Permanecí allí unos minutos hasta que una joven mortal se aproximó a mí. Llevaba entre sus brazos algunas de mis túnicas y sonreía con cierto encanto. Yo sólo tomé las prendas y subí por las escaleras acariciando la balaustrada de hermosa madera de roble. Deseaba que la lluvia cesara para marcharme y olvidarme de mi estúpido deseo de encontrarme con él.

Armand siempre fue dependiente y jamás permitió que pudiese tener cierta libertad. Comprendo que tuve la culpa de llenar su alma de promesas hechas en plenas noches de pasión y felicidad. Aprendí que no se debe prometer nada cuando se es feliz porque luego es posible que no se puedan cumplir. Quebré mi palabra en tantas ocasiones que ni siquiera sé como él me ha podido perdonar. Aunque no creo que lo haya hecho. Él simplemente no quiere hablar del asunto provocando un abismo entre ambos.

Decidí que debía tomar un baño caliente para entrar en calor, por eso acabé en uno de los magníficos aseos buscando toallas limpias y jabón de un aroma que fuese agradable para mí. La bañera pronto se llenó provocando que cada parte de mí quisiera sumergirse en sus cálidas aguas.

Él tardó más de media hora en dar conmigo. Supuse que estaba intentando evitarme hasta que su conciencia, o quizás alguna pequeña parte de su alma, le hicieron entrar en razón y mover sus pies hasta donde me encontraba. Entró sin llamar, cerró la puerta con pestillo y me tendió una pequeña caja de metal. No dudé en tomarla entre mis manos y percatarme que estaba helada.

—Póntela—su voz era un murmullo—. Hazlo... por favor...

Levanté la tapadera y vi que había varias dosis de testosterona en pequeños tubos listas para ser aplicadas con una jeringuilla. Mientras desvelaba ese misterio él desvelaba su cuerpo despojándose de cada una de sus prendas. Noté como su miembro palpitaba ligeramente inclinado hacia la derecha. Seguía siendo el mismo muchacho que miles de veces dibujé desnudo y que me miraba sin pudor alguno retorciéndose en mi lecho de rojizo satén.

Tomé la inyección y me apliqué dos de las tres dosis que había en aquella pequeña caja, para después tendérsela. Él miró la dosis que quedaba, tomó la jeringuilla y se aplicó la restante. No sabía bien cuántas se había aplicado pero estaba seguro que eran algunas más de las que él me había ofrecido.

—Ven aquí, Armand—dije estirando mis brazos hacia él.

—Por hoy te permito que me llames nuevamente Amadeo—susurró con la voz quebrada.

No dudó en introducirse junto a mí permitiendo que mis brazos y mi boca sintieran su deliciosa piel. Su lengua se enroscó con la mía como si fuera una serpiente mientras nuestros sexos se rozaban. Sentía la tirantez de una terrible erección y una emoción agradable cosquilleando por todo mi vientre. Él movía sus caderas sugerente mientras le permitía que sus manos acariciaran mis pectorales.

—Maestro...—dijo apartando su boca de la mía.

La misma mano que se había posado con frialdad sobre su hombro acabó con sus dedos enredada en sus ondulados cabellos pelirrojos, para luego tirar de estos con firmeza provocando que su cabeza cayera hacia atrás y me mostrara su largo y apetecible cuello. Lo empujé hacia atrás y giré su cuerpo dejando su estrecho torso contra el borde contiguo de la bañera. Con la mano izquierda levanté su cadera y abrí ligeramente sus glúteos. Observé entonces su entrada estrecha y sin vello provocando que lo codiciara como en aquellos tiempos. Ahora no usaría mi lengua, sino un miembro que realmente percibía cada caricia que le ofrecieran. El mismo miembro cuyo glande deseaba sentir la presión de sus músculos y el deseo de su cálido cuerpo. Sin embargo decidí rozarme entre ambos glúteos, la sensación fue tan placentera que acabó provocando de inmediato que comenzara a azotarle con la mano bien abierta, mientras la otra tiraba aún de varios de sus mechones de hebras cobrizas.

El agua nos salpicaba y salía de la bañera empapando el suelo mientras él jadeaba bajo mi nombre intentando no ser escuchado por el resto de inmortales. Sabía que el violinista no estaba lejos y quizás estaba siendo infiel a un amor que estaba floreciendo en su pecho. Pero ni ese amor ni ningún otro podría arrebatarme a mí el privilegio de ser su primer gran amor, la mayor de sus pasiones y el peor de sus delirios.

Me puse en pie por completo en esa bañera y lo arrodillé frente a mí pudiendo ver en sus ojos un deseo insaciable. Coloqué la zurda sobre sus mejillas y bajé la diestra hacia sus labios. Jamás he podido olvidar sus labios tan carnosos como los de una mujer porque han estado siempre presentes en mis más tórridos sueños, en los deseos más provocadores y en las fantasías que últimamente he tenido gracias a los fármacos que nos ha concedido el científico y médico inmortal Fareed. Introduje dos de mis dedos en su boca acariciando su lengua, bajando su mandíbula y viendo sus pequeños colmillos ocultos para no lastimar mi sexo. Sus manos se colocaron rápidamente sobre mis testículos y comenzaron a jugar con el escaso vello dorado que los recubría, para luego hacer lo mismo con la base y el cuerpo de mi sexo.

Impuse entonces mis manos sobre su cabeza como si le ofreciera mis bendiciones y él no dudó en llevarse a sus fauces aquel trozo de carne que tanto ansiaba. Arrodillado como si estuviese ante el mismísimo Dios me miró con los ojos cargados de lágrimas sanguinolentas, las cuales cayeron suavemente por sus mejillas hasta su mentón y corrieron libremente por su garganta. Mis dedos se deslizaron por su largo cabello castaño cobrizo, introduciéndose entre diversos mechones espesos y suaves, para luego llegar hasta la coronilla donde ambas manos se entrelazaron. Él abrió aún más su boca bajando su mentón y aceptando que entrara por completo. Noté su aliento rozar mi vello púbico y en ese momento inicié un suave movimiento con mi cadera que acabó descontrolándose. Sus ojos no perdían detalle de mi expresión aunque acabó cerrándolos igual que yo terminé echando hacia atrás la cabeza. Los movimientos eran bruscos y desesperados pero no me saciaban, pues lo único que podía saciarme estaba más allá de sus amplias caderas.

Finalmente lo aparté dejándolo nuevamente contra el borde de la bañera, lo penetré con fuerza y comencé a morder sus hombros, los lóbulos de sus orejas, su cuello y a golpear sus glúteos así como a arañar sus costados. Él gemía mientras la bañera se convirtió en un mar revuelto, tibio y perfumado. Mi mente se trasladó a Venecia y mis sentimientos se involucraron aún más con la labor. En aquellos días era imposible que le ofreciese algo como lo que estábamos haciendo y me reprimía los celos enviándolo a los burdeles. No quería que me odiase porque no podía hacerme con su cuerpo, aunque algunas noches le regalaba mi compañía pese a que no significaba nada para mí. No había placer en la unión de su cuerpo con el mío salvo si le mordía perforando su cuello, alguno de sus pezones o sus delicados hombros.

—Maestro... Maestro...—decía repetidamente cada vez más alto hasta que llegó al momento final donde alcanzó la gloria tocando los cielos. Noté como un líquido blancuzco y espeso manchaba el agua mezclándose con esta hasta casi camuflarse con la espuma, las sales de baño y la laca que cubría la bañera. Decidí entonces que debía sacarlo de la bañera y salir de él.

Me incorporé y salí de la bañera arrastrándolo conmigo. Busqué entonces entre mis prendas sacando mi cinturón. Él me miró aturdido sobre el suelo como una sirena varada frente a una sosegada orilla. Envolví aquel trozo de cuero por la hebilla entre entre los dedos de mi mano derecha y levanté mi brazo para comenzar a azotarlo. Él gimió ofreciéndome su espalda y su trasero ligeramente levantado. Fueron más de veinte azotes descontrolados llenos de furia antes de arremeter de nuevo con mi miembro. Él gritó terriblemente notando que llegaba otra vez al orgasmo sin rastro de aquel pudor inicial. Por mi parte llegué súbitamente notando un fuerte latigazo eléctrico por toda mi columna, igual que percibí como mis testículos ya no daban más de sí y mi miembro le ofrecía el premio a los placeres que me había entregado.

En ese momento comprendí todos y cada uno de los motivos por los cuales había ido a su encuentro. Por más que amase a Daniel y me sintiese complacido por su amor más adulto, libre y desinteresado necesitaba que aquella pequeña fiera me mostrara lo domesticable que era bajo mis atenciones. Recurría a Armand porque el placer carnal era insuperable y eso quedaba constancia en cada uno de mis jadeos, gruñidos y gemidos. Podía ver su cuerpo mucho más frágil y flexible doblegarse como la meretriz más complaciente de la mancebía más sofisticada.

Él se apartó obligándome a sentarme en aquel frío suelo encharcado para colocar su cabeza entre mis piernas y comenzar a lamer los restos de mis fluidos. De inmediato mis manos regresaron a sus cabellos y mis jadeos volvieron a ser entrecortados. Mis ojos de hielo se fundían en su cuerpo sutilmente afeminado mientras mis piernas se abrían aún más dejando que él hiciese todo el trabajo. Cuando acabó se incorporó cerrando mis piernas, subiéndose sobre mis muslos y tomando mi rostro entre sus manos finas y mucho más pequeñas que las mías.

—Por mucho que nos entreguemos a otros nos pertenecemos. No eres capaz de olvidarme como yo no soy capaz de no doblegarme—dijo antes de lamer mis labios de comisura a comisura, para luego rodearme con sus delicados brazos y hacerme sentir así culpable.

Era culpable de haberlo dejado en el arrollo, de las promesas incumplidas, de todas y cada una de sus lágrimas, de las noches vacías y frías, de las mañanas terribles en soledad y de haberlo apartado de mi camino cuando volvimos a encontrarnos. Era culpable y él me lo mostraba cada vez que tenía una misera oportunidad. Sus palabras me hicieron llorar aunque no lo demostré manteniendo mi rostro estoico y mis manos a ambos lados de mi cuerpo. No quería abrazarlo porque sabía que si lo hacía sería difícil apartarme de él.


Supongo que es cierta la frase “Amor animi arbitrio sumitur, non ponitur” de Publio Sirio. Pues es cierto que elegimos amar, pero no podemos elegir dejar de hacerlo. Elegimos amar porque decidimos aceptar que lo hacemos, que no podemos resistirnos, pero dejar de hacerlo es complicado. Cuando ya estamos envenenados no hay cura pues incluso la indiferencia puede provocar un mayor deseo de retenerlo.  

sábado, 23 de enero de 2016

La tentación de un ángel caído

Si me lo permiten me saldré de mi rol de "Lestat de Lioncourt" para agradecer profundamente a Nathan éstas largas noches donde hemos aprendido el uno del otro, así como a Rose y Alejandra, dos buenas amigas, que me han sacado alguna sonrisa y que agradezco que me hayan apoyado en mis últimas decisiones. Después de ésto también quiero agradecer a todos los que suelen leer el blog, la página o mi firma. Gracias.

Éste fic se ha hecho a la antigua usanza. He creado cada línea. Es un fic que he decidido hacer de una de las parejas más emblemáticas de Anne Rice. Es la pareja favorita de Nathan y de gran parte de ustedes. El sábado próximo, a ser posible, os daré otro de Lestat con algún personaje que haya estado en su vida. 

Gracias a todos.


La tentación de un ángel caído.



Podía ver su silueta desde mi privilegiada posición en la penumbra. Contemplaba su figura como quien contempla una escultura de Miguel Ángel. Observaba cada detalle de su rostro, el cual parecía haber sido cincelado por ese Dios que tanto le atemorizaba y en el que tanto creyó tiempo atrás. Me deleitaba con su estrecha cintura y sus anchas caderas. Poseía la belleza inusual de un ángel, un pequeño serafín envido para propagar belleza a éste idílico tiempo del renacimiento del arte, la cultura y la filosofía. Mirase donde mirase sólo encontraba belleza. Sin embargo, cuando me adentraba en sus turbios pensamientos, mientras divagaba sobre las oscuras aguas negras y empantanadas de los canales, veía la brutalidad a la cual estaba acostumbrado.

Con aquellas ricas ropas de seda, terciopelo y leotardos no demostraba sus verdaderos orígenes. Él era un animal salvaje que nunca habían logrado doblegar. Un ser indómito, como los guerreros de la fría estepa donde surgió como un pequeño brote. Nadie pudo calmar la fiera que tenían entre sus manos, ni siquiera las atroces caricias en las diversas orgías y golpes fatales. Podía ver las manos ásperas, e incluso sentirlas, de viejos decrépitos que creían que tomando su cuerpo, manejándolo como un objeto, lograrían volver a encontrarse con su juventud caduca. Su sonrisa, pausada y seductora, ocultaba más secretos de los que yo era capaz de asumir. Tenía ante mí a un enigma que ni siquiera quería recordar realmente su pasado. Alguien que se negaba así mismo y que decidió volver a nacer entre mis brazos. Un nacimiento fortuito en Constantinopla, donde solía ir a deleitarme con los sensuales bailes de jóvenes esclavos. Y él, el más maravilloso e indómito, surgió como una chispa lanzada de las ascuas de un fuego cercano.

Después de hacer un trato adecuado para adquirirlo, siendo desde entonces de mi absoluta propiedad, lavé su cuerpo, como si fuese un ritual funerario, y lo vestí con prendas que habían pertenecido a distintos pupilos. Siempre me he rodeado de savia nueva, de jóvenes artistas deseosos de expresar la belleza inclusive en lo retorcido y cruel. Decidí saciar su apetito y sed, besé su frente y dejé que creyera que era un Mesías, Dios mismo, que lo rescataba de la miseria y de la muerte. Una muerte que estaba a punto de llegar, pues los esclavos desobedientes acaban siendo desechados con rapidez.

Ese pelo rojo, como el fuego y la sangre, y esos ojos castaños, con pequeños brillos arrancados del propio sol, se ha convertido en mi delirio. Ha hecho que surja una llama poderosa que enciende mis celos, mi rabia, mi indignación y también mi creatividad. Si bien es cierto que yo mismo lo lanzo a los brazos de otros hombres, que asumo que debe conocer en ellos el placer de la carne, pero no dejo de pensar en sus labios sonrosados clamando mi nombre mientras se retuerce bajo el cuerpo de otro. No lo soporto.

Por eso había ido a buscarlo, encontrándolo allí de pie con Venecia a sus pies. Una Venecia que nada tiene que envidiar a la moderna, pues poseía aún más belleza y misterio. Los gondoleros paseaban no muy lejos, el carnaval estaba a punto de hacer vibrar cada rincón y él parecía dispuesto a disfrutarlo por primera vez.

Había hecho mis ofrendas a Madre y Padre, dejando nuevos ramos de lirios a los pies de Akasha, para luego cerrar aquel templo subterráneo abandonándolos sanos y salvos. Durante mi viaje por los cielos, abriendo mis brazos como si fuese un ave, pensé en mi adorado Amadeo. Aquel muchacho que me hacía sentir como Cupido y Psique.

Él era un hombre joven, aunque ya le habían arrancado la pureza y la ternura, arrojado a un mundo oscuro donde los placeres sensoriales estaban a sus pies. Un ser tan extraordinario que me hacía pintar su rostro en todos los ángeles de los murales y frescos de mi palazzo. Era mi Psique. Tenía que asumir que yo, Cupido, surgía de entre las tinieblas y que nunca debería intentar desvelar la verdad de nuestros encuentros.

Decidí observarlo, como si fuese ese dios monstruoso, mientras contenía mis desesperados impulsos por sostenerlo entre mis brazos, arrancándolo de aquel balcón abierto y llevarlo hasta el interior de uno de mis salones.

—Amadeo—dije. Mi voz sonó ligeramente severa. Intentaba aparentar rectitud y sobriedad.

—Maestro...—susurró sin girarse. Él simplemente apoyó sus manos, y por ende todo su cuerpo, contra la balaustrada. Sus ojos estaban clavados en el perfil de los edificios colindantes, los cuales tenían ya algunas luces apagadas. Los candiles de algunos cuartos, así como las velas y hogueras, parecían querer acompañar al millar de estrellas en aquella despejada noche—. ¿Algún día me contaréis la verdad?

—¿Cuál verdad?—pregunté desde el alfeizar.

Allí estaba con la luz sinuosa de la noche cayendo sobre mí, a mis anchas espaldas una rica habitación bellamente decorada con numerosas obras de arte de indistinto valor, y él frente a mí convertido en el pecado mismo. Cualquiera hubiese caído a sus pies besando sus pequeños zapatos, acariciando sus minúsculos tobillos y subido hasta sus tentadores muslos que quedaban ligeramente cubiertos por aquel pequeño pantalón celeste. Vestía con los colores que yo le exigía, como si fuese un muñeco. Era hermoso. Jamás había visto a un ser como él rondando el mundo.

—La de tus pretensiones—respondió.

—¿Acaso crees que quiero algo más de ti que del resto?—pregunté por curiosidad. Necesitaba saber qué tanto pensaba. No sólo quería arrancarle la verdad de sus labios, sino arrancar

—¿No soy tu favorito?—dijo apretando ligeramente la balaustrada— ¿No soy quien te acompaña cada noche cuando vienes? ¿No he desplazado al resto?—insistió—. Soy el único que yace entre tus sábanas y se retuerce entre tus monstruosas manos.

—¿Por qué crees que eres mi favorito?—sonreí con sorna.

Era hermoso. Poseía un aura torturada que ningún otro muchacho que yo había rescatado tenía hasta aquel entonces. Riccardo me advirtió, cuando llegó a la escuela, que él robaría mi corazón. Debía decirle que tenía razón. Tenía que admitir ese chico espigado y rápido con las manos, como gran ladrón y pintor, había cumplido su profecía punto por punto.

—He visto el lienzo, maestro. He visto lo que has estado pintando, el arte que has creado de la nada, y que me ha hecho llorar como si estuviese ante Dios mismo—replicó.

—La Tentación...

Me enfurecí. Él no debía ver mis obras si yo no las mostraba. Había cometido el pecado de entrar en mi estudio, de puntillas, para poder hacer de las suyas. Quebró la disciplina y rompió mi confianza por fisgonear una obra.

—Te pedí que me pintaras con alas negras—admitió—. Quería ser tu ángel caído.

—¿Y bien?—pregunté contenido.

—Ahora deseo ser algo más. No sólo quiero ser tu ángel, sino el único que gobierne tu corazón.

Mi corazón lo había destrozado Pandora. Un corazón que siempre latió por ella y que despreció en el momento que huyó de donde vivíamos. Me marché para combatir a temibles enemigos, consiguiendo así que nuestro hogar fuese seguro, y ella decidió abandonarme. No me esperó. No quiso ser mi Penélope, pero éste Ulises jamás se lo perdonará.

Deseaba amarlo sin miedo, como cuando uno es joven y desconoce por completo los riesgos del amor. Pero yo ya conocía demasiado bien a ese ladrón de esperanzas, a los sueños quebrados, las estatuas imperfectas y los caminos intrincados que no conducen a nada. Había averiguado que el amor es como ser un Minotauro en el laberinto, sin saber jamás su salida, corriendo de un lado a otro arrastrando las heridas y admitiendo que la única libertad es matando ese sentimiento. Si bien, no lograba hacerlo. Seguía amando a Pandora, y a él también. Por supuesto que lo amaba.

Ella era un imposible y él era tan real como las baldosas de mármol blanco que estaban bajo mis pies. Me pedía algo que ya ocurría, pero que me negaba a demostrar. Él era mi talón de Aquiles y temía que si se hacía real, que si todos comprendían hasta que punto era débil a su lado, fuésemos atacados por mis enemigos o por el destino.

—Qué sabrás tú de mi corazón... —murmuré.

—Quizás más que de todas esas materias que me obligas a conocer. Tal vez más que tú mismo.

Se giró hacia mí con esas palabras aún rozando sus labios. Miré su rostro, dulce y atractivo, mientras las ropas de príncipe veneciano se veían más soberbias en él que en nadie más. Deseé desnudar su cuerpo y destrozar su piel con terribles caricias, ardientes besos y complacientes mordiscos. Sin embargo, tenía que dejar que otros lo tocaran. Podía tener el miembro duro como una piedra, como una de las numerosas esculturas que pueblan la ciudad, pero no parecía tener función alguna.

La frustración siempre iba en aumento. Sobre todo en esas discusiones sobre el amor, la verdad, el sexo y el placer. Cuando debatía sobre mi amor por él comparándome con sus amantes, con sus pútridos borrachos de bar, terminaba desquiciado porque detestaba que otros gozaran de una piel creada para el pecado.

—Amadeo, te ruego que no prosigas—dije.

—¿Acaso no quieres escuchar la verdad? ¿A qué temes, maestro?—se sentía victorioso y eso me molestó.

—¡Basta!—grité.

—¡Estoy cansado de tu egoísmo!—al decir aquellas palabras encendió en mí la cólera.

Su rostro de querubín se torció en una mueca de miedo, sobre todo cuando mis manos le echaron el guante y lo arrastré hacia el salón. Intentó forcejear en vano, agitando su cabeza llena de onduladas llamas. Parecía que iba a ser decapitado, quemado en la hoguera o simplemente atravesado. Pero no, iba a tener una tortura distinta. Enseñaría disciplina con un método que él bien conocía.

—¡No! ¡Por favor! ¡Lo siento, maestro! ¡Maestro! ¡No!—decía intentando huir.

Mis largas y fuertes uñas, tan puntiagudas como resistentes, destrozaron sus delicadas prendas. Él comenzó a sollozar mientras comprobaba que en mi cinto, cerca de mi cadera, llevaba mi látigo de cuero trenzado negro. Sus ojos se abrieron enormemente, sobre todo cuando me quité la correa de mis prendas para intentar atarlo. Coloqué sus brazos de escasa, aunque definida, musculatura al frente y pegué las muñecas a la misma altura, después usé el cinturón a su alrededor y logré maniatarlo. Él sollozaba bajo, arrastrándose como lombriz sobre el mármol, mientras mi brazo derecho se alzaba y bajaba enérgico. El sonido siseante del látigo crujía en sus oídos, del mismo modo que las diversas colas impactaban contra sus nalgas, espalda baja, omóplatos cruz y hombros.

Él dejó de llorar. En algún momento cambió el dolor por el placer. Se giró hacia mí, alzando el rostro con los ojos llorosos y emitió un largo gemido. Después agachó de nuevo la cabeza y comenzó a besar mis pies, los cuales llevaba envueltos en unos zapatos rojos de tacón bajo y hebilla dorada.

No dudé en dejar el látigo y tomar una de las velas encendidas en los largos candelabros de hierro. Me apasionaba la luz, necesitaba la luz. Aunque fuese un vampiro no era un hombre que amase las tinieblas. Me regodeaba en la riqueza y la deseaba contemplar sin escatimar gastos. Empujé su cuerpo lejos de mis pies, echándolo hacia atrás, permitiendo que su rostro quedase frente a mí y su espalda, salpicada de profundos cortes, se pegara al frío y desnudo suelo.

—Aprenderás del dolor—dije alzando mi brazo derecho, con aquella vela encendida en mi mano, e hice que la cera sobrante, la que se había derretido por la llama, cayera sobre sus pezones y vientres. Él, de inmediato, gimió alzando sus caderas.

Mientras se retorcía en el suelo, mostrando su convulsivo e inapropiado deseo, me desnudé mostrando mi miembro erecto. Estaba ahí, como si fuese mi brazo o mi pierna, sin sentir nada. Sin embargo, él lo codiciaba como lo haría cualquier joven. Recordé mis tiempos de niño, en los cuales mi maestro me enseñó el arte del amor. Un arte que perpetué con él, pues el amor más puro no es hacia una mujer sino hacia un hombre porque son tus iguales en cuanto al deseo y a las zonas de placer, las cuales provocan que se enlacen nuestros cuerpos al mismo ritmo que nuestras almas. Y él aprendería eso de mí, aunque yo no sintiera nada.

Sus cálidas y estrechas nalgas, pese a lo usadas que podían estar, me recibieron con deseo. Él me miró complacido, alzando aún más las caderas, mientras le tomaba del cabello y echaba hacia atrás su cabeza. Su cuello quedó al descubierto, largo y de carne blanda, provocando que lo mordiera para beber unos sorbos de él. Mis caderas se movían firmes y violentas, las suyas soportaban cada embestida insinuándose con un ligero baile contrario. Tenía los muslos cálidos, el miembro erecto y la boca llena de jadeos, gemidos y palabras sucias.

Era como ver a un ángel cayendo en los placeres de la carne, como si la tentación de cada una de sus curvas envueltas en esa piel cálida y suave, de muñeca de porcelana, fuera demasiada para un Dios que parecía ciego y sordo. El mismo Dios que se regodeaba ante la maravillosa visión de su cuerpo retorciéndose como la propia serpiente del Paraíso. Sus labios estaban teñidos de rojo, por la presión de sus dientes y porque su lengua, de vez en cuando, se pasaba por ellos para humedecerlos con la punta.

—Soy una furcia—admitió—. Pero furcia un sólo hombre, de mi maestro.

Callé sus plegarias con un beso profundo, ofreciéndole parte de mi sangre mezclada con la suya, y logré que eyaculara. Aquel chorro caliente manchó ambos vientres y logró que se sosegara. Parecía que le faltaba el aire, que sus dedos de rompían mientras los apretaba, y sus talones se pegaban a las baldosas mientras su pelvis se pegaba más a la mía. Esos espasmos fueron deliciosos.

Pese a todo no estaba conforme. Jamás lo estuve cuando teníamos diversos encuentros. Me levanté del suelo y caminé hacia la puerta, la abrí y llamé entre gritos a Riccardo. Él se presentó ante mí, con las manos ligeramente manchadas de sangre y sus cabellos castaños revueltos sobre su frente.

—Haz que goce—indiqué señalando a Amadeo, el cual aún se movía complacido a pocos metros.

El muchacho no preguntó, pues más bien se sintió poderosamente atraído por aquel espectáculo. Se bajó los pantalones y ofreció su miembro. Mi dulce Amadeo se abalanzó como una fiera, postrándose frente a él para deslizar su lengua por su glande, hasta la base y de la base al glande. Comenzó a succionar perdiendo el control con rapidez. Y Riccardo echó la cabeza hacia atrás, enredando sus largos dedos en los cobrizos cabellos de su compañero. Mis jóvenes discípulos disfrutaban entregándose uno al otro. De hecho acabó colocando a mi erótica tentación frente a mí, postrándolo de rodillas y logrando que pegara su torso al suelo.

—Maestro...—balbuceó Amadeo.

—Penétralo—ordené a Riccardo mientras recogía mis prendas.

El muchacho cumplió mis órdenes. Penetraba a Amadeo tirando de sus cabellos, azotando sus nalgas, arañando su, ya de por sí, maltrecha espalda y dejando que sus caderas perdieran el control. No duró demasiado. La eyaculación fue casi inminente. Amadeo también llegó al éxtasis final, pero apenas manchó el suelo.

Por mi parte, ya me había vestido y antes que preguntaran, se miraran mutuamente reconociendo en ambos el placer de aquel instante, había decidido irme en silencio ayudado por mis poderes. Me marché porque algo en mí se quebraba cuando otro lo tocaba, pero necesitaba que comprendiera la opulencia y los placeres de ésta vida.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt