Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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sábado, 26 de noviembre de 2016

Amadeo

Marius y su estupidez... ¿por qué no va a por él y ya?

Lestat de Lioncourt 



En ocasiones intento decirme a mí mismo que hice todo lo posible para hacerte feliz, para no herirte y protegerte incluso de mí mismo. No obstante, sé que me engaño. Me miento para poder soportar sobre mis hombros todos los pecados cometidos en tu contra, en mi contra y en contra de todo lo que vivimos. Me enseñaste que el amor era algo importante, vivo y natural; pero creo que llegaste demasiado tarde para que yo pudiese verlo tan necesario e intrínseco en todos tus actos.

Te recuerdo con el rostro sucio bañado en una expresión de horror y ruego, con hebras revueltas e indomables de tu cabello cobrizo sobre la frente y las manos colocadas sobre las mías. Quedaste de rodillas absorto en el hombre que aparentaba ser, en el dios romano que siempre creí ser debido a mi egoísmo y ego, mientras murmurabas en una lengua que ni tú recordabas ya. Llorabas profusamente como si los cielos más turbios en un día de tormenta. ¿Cómo no iba a amarte? ¿Cómo no iba a desear proteger aquel frágil mundo que se retorcía entre suspiros, llantos y temores?

Regresé a Venecia contigo entre mis brazos, te saqué tus hediondas prendas que sólo eran harapos y los arrojé a tus pies. Decidí bañarte yo mismo, como si fueras las manos de Pilatos frente a tu adorado Cristo, y besé tu frente igual que si lo hiciera con tu lastimada alma. La tortura había acabado, o eso creíamos. Me entregué a ti por completo y tú a mí. Pero soy un monstruo, soy un ser que habita en el arte y en el engaño. Me convertí en Hades, aunque creí ser Eros. Tú no eras mi Psique, sino una Perséfone masculina de hermosos ojos castaños que aún me persiguen en mis pesadillas. Porque son pesadillas, querubín mío, ya que no puedo ni debo soñar contigo.

Dejé que nos separaran, permití que otros te codiciaran, y acabé llorando tu destino. Debí ir a buscarte, pero la cobardía pudo más que mis deseos más profundos y acabé de rodillas llorando ante los cuadros que pintaba en tu nombre. Mi querido querubín, mi tentación, mi Amadeo...


Siempre he pensado que para mí lo eras todo, pero que debía alejarte de mis manos frías y crueles. Te pintaba como si fueras un ángel tentador, pero en realidad eras un efebo que libraba miles de batallas contra mis perjuicios y lo oscuro que yacía más allá de mi corazón. Intenté tener el coraje suficiente para perseguirte, igual que un niño a las estrellas fugaces, pero fallé. Te fallé, me fallé, fallé al amor y a todo lo que tú eres. Fallé tanto y tan duro que terminé hundiéndome sin percatarme. Fui estúpido y esa estupidez arde aún sobre mi piel. No supe protegerte y ahora pretendes hacerme sentir que no precisas mi asistencia, mis brazos, mis besos, mis susurros, mis poemas, mi aliento y todo lo que soy. ¿Y qué soy? Un pobre artista que se alimenta de recuerdos.  

martes, 19 de abril de 2016

Amor animi arbitrio sumitur, non ponitur.

Marius y Armand... aunque ahora ha querido ser de nuevo su "Amadeo". Veo celos y frustración por parte de Antoine y Daniel por mucho que intenten mostrar comprensión ante estos encuentros.

Lestat de Lioncourt 



—¿Qué haces aquí?—preguntó.

Realmente no sabía qué hacía plantado frente a la puerta del edificio. Miré hacia arriba y comprobé que había varias habitaciones iluminadas. El sonido del piano llegó a mi corazón tocando cada fibra de mi alma provocando que me sintiera perdido por unos instantes. El edificio estaba lleno de vida en mitad de esa sombría y tormentosa noche de primavera. Toda la avenida estaba siendo arrasada por un aguacero terrible, al igual que la ciudad por completo estaba sumida en el caos del tráfico y de numerosas ramas rotas de los distintos parques de los diversos distritos, mientras que yo parecía firme como la estatua de un coloso frente a los escasos peldaños de la escalera que daba con la entrada.

—Pasa y sécate. Pediré a los sirvientes que traigan ropa seca—dijo abriendo por completo el portón.

¿Por qué tuvo que abrir él la puerta? Ni siquiera sabía porque había ido allí. Se suponía que sólo había salido a pasear disfrutando de mi soledad, pero emprendí un viaje de varias horas pensando en él y deseando tenerlo entre mis brazos como si eso solucionara algo que estaba mal en mí. ¿Pero qué era lo que estaba mal? ¿Qué mecanismo se había roto por completo? ¿Había algo que fallara realmente? Quise echarme a llorar desesperado ante sus ojos castaños recorriendo con indiferencia mi rostro empapado.

Acepté su ofrecimiento colándome en el hall. Miré las hermosas y ricas molduras del techo recordando que ya no se estilaba pedir semejantes obras en las viviendas actuales. Todos los jóvenes preferían vivir en espaciosos edificios con muebles sencillos y con obras monocromáticas. A mí, como a él, nos gustaba el dorado, el color, lo complicado y la luz. Aunque él dijera que era un monstruo que habitaba la oscuridad podía ver todavía luz a su alrededor. Aún la veo.

—¿Por qué has venido? No me has contestado—decía acercándose a mí para ayudarme a quitarme el abrigo por cortesía.

—Si te soy sincero simplemente quise venir—respondí—. Deseaba escuchar la música de Sybelle, conversar quizá con el joven Benji y divagar por tus bibliotecas tal vez en tu compañía—contesté apoyando mi mano derecha sobre su hombro.

Estábamos frente a frente como aquellas noches de pecaminosos placeres en Venecia. Mis manos volvían a ser de mármol en comparación con su piel suavemente tostada debido a su exposición al sol. Tus mejillas llenas aún tenían el rubor de las manzanas porque posiblemente se había alimentado temprano esa noche y sus ojos castaños brillaban más que las perseidas. Deseé desnudar su piel para palpar la dureza de sus músculos suavemente marcados, deslizando mis dedos por sus caderas pronunciadas y dejar mis manos sobre sus firmes glúteos. Quise atraerlo hacia mí y saborear sus labios sintiendo que rompía el maleficio de tantos siglos, pero me controlé mostrándome frío.

—Avisaré al servicio para que traigan alguna de tus túnicas. Dejaste algunas prendas la última vez que viniste y que dejaste tras la reunión sobre los nuevos caminos que va tomando nuestra diversa sociedad—comentó apartándose sin miramientos.

Las gotas que caían de mis ropas bárbaras empapaban el suelo de mármol. Podía sentir la tela de los pantalones pegándose a los músculos de mis muslos y pantorrillas. Mis pies tenían los calcetines completamente húmedos y sentía que la camisa se estaba convirtiendo en mi segunda piel. Di gracias a ser inmortal porque de ser un humano común habría terminado con neumonía esa misma noche.

Permanecí allí unos minutos hasta que una joven mortal se aproximó a mí. Llevaba entre sus brazos algunas de mis túnicas y sonreía con cierto encanto. Yo sólo tomé las prendas y subí por las escaleras acariciando la balaustrada de hermosa madera de roble. Deseaba que la lluvia cesara para marcharme y olvidarme de mi estúpido deseo de encontrarme con él.

Armand siempre fue dependiente y jamás permitió que pudiese tener cierta libertad. Comprendo que tuve la culpa de llenar su alma de promesas hechas en plenas noches de pasión y felicidad. Aprendí que no se debe prometer nada cuando se es feliz porque luego es posible que no se puedan cumplir. Quebré mi palabra en tantas ocasiones que ni siquiera sé como él me ha podido perdonar. Aunque no creo que lo haya hecho. Él simplemente no quiere hablar del asunto provocando un abismo entre ambos.

Decidí que debía tomar un baño caliente para entrar en calor, por eso acabé en uno de los magníficos aseos buscando toallas limpias y jabón de un aroma que fuese agradable para mí. La bañera pronto se llenó provocando que cada parte de mí quisiera sumergirse en sus cálidas aguas.

Él tardó más de media hora en dar conmigo. Supuse que estaba intentando evitarme hasta que su conciencia, o quizás alguna pequeña parte de su alma, le hicieron entrar en razón y mover sus pies hasta donde me encontraba. Entró sin llamar, cerró la puerta con pestillo y me tendió una pequeña caja de metal. No dudé en tomarla entre mis manos y percatarme que estaba helada.

—Póntela—su voz era un murmullo—. Hazlo... por favor...

Levanté la tapadera y vi que había varias dosis de testosterona en pequeños tubos listas para ser aplicadas con una jeringuilla. Mientras desvelaba ese misterio él desvelaba su cuerpo despojándose de cada una de sus prendas. Noté como su miembro palpitaba ligeramente inclinado hacia la derecha. Seguía siendo el mismo muchacho que miles de veces dibujé desnudo y que me miraba sin pudor alguno retorciéndose en mi lecho de rojizo satén.

Tomé la inyección y me apliqué dos de las tres dosis que había en aquella pequeña caja, para después tendérsela. Él miró la dosis que quedaba, tomó la jeringuilla y se aplicó la restante. No sabía bien cuántas se había aplicado pero estaba seguro que eran algunas más de las que él me había ofrecido.

—Ven aquí, Armand—dije estirando mis brazos hacia él.

—Por hoy te permito que me llames nuevamente Amadeo—susurró con la voz quebrada.

No dudó en introducirse junto a mí permitiendo que mis brazos y mi boca sintieran su deliciosa piel. Su lengua se enroscó con la mía como si fuera una serpiente mientras nuestros sexos se rozaban. Sentía la tirantez de una terrible erección y una emoción agradable cosquilleando por todo mi vientre. Él movía sus caderas sugerente mientras le permitía que sus manos acariciaran mis pectorales.

—Maestro...—dijo apartando su boca de la mía.

La misma mano que se había posado con frialdad sobre su hombro acabó con sus dedos enredada en sus ondulados cabellos pelirrojos, para luego tirar de estos con firmeza provocando que su cabeza cayera hacia atrás y me mostrara su largo y apetecible cuello. Lo empujé hacia atrás y giré su cuerpo dejando su estrecho torso contra el borde contiguo de la bañera. Con la mano izquierda levanté su cadera y abrí ligeramente sus glúteos. Observé entonces su entrada estrecha y sin vello provocando que lo codiciara como en aquellos tiempos. Ahora no usaría mi lengua, sino un miembro que realmente percibía cada caricia que le ofrecieran. El mismo miembro cuyo glande deseaba sentir la presión de sus músculos y el deseo de su cálido cuerpo. Sin embargo decidí rozarme entre ambos glúteos, la sensación fue tan placentera que acabó provocando de inmediato que comenzara a azotarle con la mano bien abierta, mientras la otra tiraba aún de varios de sus mechones de hebras cobrizas.

El agua nos salpicaba y salía de la bañera empapando el suelo mientras él jadeaba bajo mi nombre intentando no ser escuchado por el resto de inmortales. Sabía que el violinista no estaba lejos y quizás estaba siendo infiel a un amor que estaba floreciendo en su pecho. Pero ni ese amor ni ningún otro podría arrebatarme a mí el privilegio de ser su primer gran amor, la mayor de sus pasiones y el peor de sus delirios.

Me puse en pie por completo en esa bañera y lo arrodillé frente a mí pudiendo ver en sus ojos un deseo insaciable. Coloqué la zurda sobre sus mejillas y bajé la diestra hacia sus labios. Jamás he podido olvidar sus labios tan carnosos como los de una mujer porque han estado siempre presentes en mis más tórridos sueños, en los deseos más provocadores y en las fantasías que últimamente he tenido gracias a los fármacos que nos ha concedido el científico y médico inmortal Fareed. Introduje dos de mis dedos en su boca acariciando su lengua, bajando su mandíbula y viendo sus pequeños colmillos ocultos para no lastimar mi sexo. Sus manos se colocaron rápidamente sobre mis testículos y comenzaron a jugar con el escaso vello dorado que los recubría, para luego hacer lo mismo con la base y el cuerpo de mi sexo.

Impuse entonces mis manos sobre su cabeza como si le ofreciera mis bendiciones y él no dudó en llevarse a sus fauces aquel trozo de carne que tanto ansiaba. Arrodillado como si estuviese ante el mismísimo Dios me miró con los ojos cargados de lágrimas sanguinolentas, las cuales cayeron suavemente por sus mejillas hasta su mentón y corrieron libremente por su garganta. Mis dedos se deslizaron por su largo cabello castaño cobrizo, introduciéndose entre diversos mechones espesos y suaves, para luego llegar hasta la coronilla donde ambas manos se entrelazaron. Él abrió aún más su boca bajando su mentón y aceptando que entrara por completo. Noté su aliento rozar mi vello púbico y en ese momento inicié un suave movimiento con mi cadera que acabó descontrolándose. Sus ojos no perdían detalle de mi expresión aunque acabó cerrándolos igual que yo terminé echando hacia atrás la cabeza. Los movimientos eran bruscos y desesperados pero no me saciaban, pues lo único que podía saciarme estaba más allá de sus amplias caderas.

Finalmente lo aparté dejándolo nuevamente contra el borde de la bañera, lo penetré con fuerza y comencé a morder sus hombros, los lóbulos de sus orejas, su cuello y a golpear sus glúteos así como a arañar sus costados. Él gemía mientras la bañera se convirtió en un mar revuelto, tibio y perfumado. Mi mente se trasladó a Venecia y mis sentimientos se involucraron aún más con la labor. En aquellos días era imposible que le ofreciese algo como lo que estábamos haciendo y me reprimía los celos enviándolo a los burdeles. No quería que me odiase porque no podía hacerme con su cuerpo, aunque algunas noches le regalaba mi compañía pese a que no significaba nada para mí. No había placer en la unión de su cuerpo con el mío salvo si le mordía perforando su cuello, alguno de sus pezones o sus delicados hombros.

—Maestro... Maestro...—decía repetidamente cada vez más alto hasta que llegó al momento final donde alcanzó la gloria tocando los cielos. Noté como un líquido blancuzco y espeso manchaba el agua mezclándose con esta hasta casi camuflarse con la espuma, las sales de baño y la laca que cubría la bañera. Decidí entonces que debía sacarlo de la bañera y salir de él.

Me incorporé y salí de la bañera arrastrándolo conmigo. Busqué entonces entre mis prendas sacando mi cinturón. Él me miró aturdido sobre el suelo como una sirena varada frente a una sosegada orilla. Envolví aquel trozo de cuero por la hebilla entre entre los dedos de mi mano derecha y levanté mi brazo para comenzar a azotarlo. Él gimió ofreciéndome su espalda y su trasero ligeramente levantado. Fueron más de veinte azotes descontrolados llenos de furia antes de arremeter de nuevo con mi miembro. Él gritó terriblemente notando que llegaba otra vez al orgasmo sin rastro de aquel pudor inicial. Por mi parte llegué súbitamente notando un fuerte latigazo eléctrico por toda mi columna, igual que percibí como mis testículos ya no daban más de sí y mi miembro le ofrecía el premio a los placeres que me había entregado.

En ese momento comprendí todos y cada uno de los motivos por los cuales había ido a su encuentro. Por más que amase a Daniel y me sintiese complacido por su amor más adulto, libre y desinteresado necesitaba que aquella pequeña fiera me mostrara lo domesticable que era bajo mis atenciones. Recurría a Armand porque el placer carnal era insuperable y eso quedaba constancia en cada uno de mis jadeos, gruñidos y gemidos. Podía ver su cuerpo mucho más frágil y flexible doblegarse como la meretriz más complaciente de la mancebía más sofisticada.

Él se apartó obligándome a sentarme en aquel frío suelo encharcado para colocar su cabeza entre mis piernas y comenzar a lamer los restos de mis fluidos. De inmediato mis manos regresaron a sus cabellos y mis jadeos volvieron a ser entrecortados. Mis ojos de hielo se fundían en su cuerpo sutilmente afeminado mientras mis piernas se abrían aún más dejando que él hiciese todo el trabajo. Cuando acabó se incorporó cerrando mis piernas, subiéndose sobre mis muslos y tomando mi rostro entre sus manos finas y mucho más pequeñas que las mías.

—Por mucho que nos entreguemos a otros nos pertenecemos. No eres capaz de olvidarme como yo no soy capaz de no doblegarme—dijo antes de lamer mis labios de comisura a comisura, para luego rodearme con sus delicados brazos y hacerme sentir así culpable.

Era culpable de haberlo dejado en el arrollo, de las promesas incumplidas, de todas y cada una de sus lágrimas, de las noches vacías y frías, de las mañanas terribles en soledad y de haberlo apartado de mi camino cuando volvimos a encontrarnos. Era culpable y él me lo mostraba cada vez que tenía una misera oportunidad. Sus palabras me hicieron llorar aunque no lo demostré manteniendo mi rostro estoico y mis manos a ambos lados de mi cuerpo. No quería abrazarlo porque sabía que si lo hacía sería difícil apartarme de él.


Supongo que es cierta la frase “Amor animi arbitrio sumitur, non ponitur” de Publio Sirio. Pues es cierto que elegimos amar, pero no podemos elegir dejar de hacerlo. Elegimos amar porque decidimos aceptar que lo hacemos, que no podemos resistirnos, pero dejar de hacerlo es complicado. Cuando ya estamos envenenados no hay cura pues incluso la indiferencia puede provocar un mayor deseo de retenerlo.  

domingo, 1 de junio de 2008

Fuerte seducción


Dany An Dany present Marius y Amadeo.

Aquelarre - Mago De Oz

Es un fic basado en Marius y Amadeo como regalo a mi pareja.


Fuerte Seducción


Había despertado después de mi letargo diurno. Mi cuerpo estaba tumbado en mi lecho, sobre un colchón de pajas envuelto en telas de seda roja. Mi cuerpo caía lánguidamente y mis ojos aparecieron expectantes, como un destello en la oscuridad más absoluta. Las antorchas iluminaban la cripta donde me encontraba, dándole un toque de fantasmagórica fantasía. Me levanté desnudo y tomé una de mis túnicas. Era de raso con bordados de oro y se semejaban a los que algunos reyes europeos utilizaban. Mis cabellos estaban revueltos y mis labios sonreían hacia el espejo de pié, el cual se encontraba en la habitación. Abrí la puerta con mi mente y comencé a subir los peldaños hasta la superficie. Calle abajo, de este lugar prácticamente desértico, se encontraba mi pequeña guarida de artistas. Jóvenes muchachos de nalgas firmes, nalgas que cada noche solía contemplar con agrado.

Caminé rápidamente y saludé a uno de mis sirvientes. Al entrar allí estaba él, vestido como le había pedido. Llevaba una túnica clásica, de esas que sólo un emperador o un dios romano podía llevar, junto a una corona de laureles adornando gracilmente sus cabellos castaños de toque rojizo. Me aproximé a él y acaricié su mejilla. Estaba satisfecho de mi nueva incorporación. Era un muchacho al que llamé Amadeo. Besé sus labios tiernamente y él lo aceptó. De todas formas yo era su amo, lo había comprado y debía ser leal a mí. Me molestaba tenerlo de esa forma, pero había tenido la fortuna de no morir y ser rescatado por mí en el último segundo.

-Maestro, ¿es de su agrado mi vestimenta?-preguntó mirándome eróticamente, como únicamente él sabía hacer.

-Más de lo que imaginas.-respondí con una sonrisa, dejando mis manos sobre sus hombros.

-Usted me pidió que lo hiciera, pero no sabía cómo usarla.-murmuró sonriendo inocentemente, claro que yo no creía en lo que me mostraba.

-Ven conmigo a mi habitación, deseo pintarte y allí está mi caballete.-dije tomándole de la mano para que me acompañara.

-Es la primera vez que alguien decide pintarme.-no quería pintarlo, quería desnudarlo y palpar cada parte de su piel. Era el más perfecto, él más erótico, de todos. Le dejé pasar delate mientras observaba sus nalgas tras la tela.

-Son perfectas.-comenté palpándolas en el último escalón. Él posó sus manos sobre las mías, haciendo que las agarrara con fuerza.

-Más de lo que usted piensa.-llevaba tres meses a mi lado. Había aprendido mi idioma con rapidez, como todo lo que aprendía. Esperé a que se restaurara por completo para lo que iba a su ceder esa noche.

-Lo sé pequeño.-dije llevando mis manos hacia sus caderas.-Vayamos a pintarte.-besé su cuello delicadamente y noté como temblaba por el roce.

Lo llevé a mi habitación y lo tumbé en el diván de la habitación. Hice que se tumbara de lado, mirando hacia mí, mientras sonreía delicadamente apoyando su cabeza sobre sus brazos. Sus cabellos caían sobre sus hombros y la tela era el envoltorio perfecto.

-No te muevas.-susurré comenzando a pasar mi mano por la pureza de lienzo.

Poco a poco seducía al arte con mi carboncillo. Aquel muchacho era el indicado para sodomizarme y hacerme esclavo de su belleza. El boceto quedó como yo deseaba, después tomé la paleta e inicié mi cruzada. Primero el fondo, un paisaje selvático muy típico de la época, en el suelo un cáliz de vino y su cuerpo recostado sobre las ramas de un árbol. Es una lástima que ese cuadro ya no exista, que fuera devorado por el fuego, pues fue el primero que pinté de él.

Cuando finalicé, algo más rápido que un humano común, giré el caballete y él sonrió relajando sus músculos. Se bajó del diván y caminó hacia mí besando mi mejilla.

-Es usted un mago de las pinturas.-su cuerpo pedía que lo llenara con mi esencia, sus labios pedían desgarrarse con gemidos e hice caso a las señales del sexo. Lo empujé sobre mi cama.

La puerta se cerró con fuerza, gracias a mi dominio mental, eché las cortinas del dosel y me coloqué sobre él. Le arranqué las ropas mientras él guardaba riguroso silencio. Palpé sus jugosos labios con mis dedos, tan juveniles y deseables, que me hicieron besarle con lujuria. Mi lengua comenzó a recorrer cada parte de su boca, la suya era sumisa esperando el roce de la mía. Abrió sus piernas y se entregó a mí. Sus brazos rodearon mi espalda, acariciándola sobre mis ropas, y sus ojos marrones de forma ovalada se convirtieron en los de una bestia sedienta de mí.

-Maestro.-gimió con el aliento entrecortado.-Es usted un depravado.-mi boca se hallaba sobre su clavícula y sonreí.

-Y tú una puta.-mordí ferozmente bebiendo unas gotas de él. La lascivia me impulsó a ello, pero no le dio dolor sino un placer increíble. Su entrepierna se terminó por endurecer y mis manos que acariciaban su torso, hasta ese instante, comenzaron a masturbarlo lentamente.

-Sí.-respondió echando su cabeza hacia atrás. Sus manos fueron a mis lánguidos cabellos, enredando sus dedos.

-Voy a destrozarte.-dije mirándole fijamente.-No vas a olvidar esto jamás.-me aparté y me desnudé ante él.

Mi cuerpo de un metro ochenta, algo marcado y de un color marmóreo era un contraste al suyo. Era de aspecto débil, delicado, y con una piel suave pero con el color de la vida. Acarició mi pecho, lentamente, y se mordió el labio inferior mientras sus muslos rodeaban mejor mi cintura.

Mi sexo estaba erguido, aunque aún no estaba en su total extensión. Me recosté sobre él y comencé a tozar el suyo y el mío. Aparté sus manos que tenía sobre su entrepierna y comencé a masturbarnos uniendo nuestros miembros. Su boca se abría sin pudor, sus alaridos de placer eran audibles en todas las habitaciones del piso superior, y algunas del inferior.

-Hazme tuyo maestro.-sus manos se clavaron en mis hombros y sus caderas se movían secuestradas por la necesidad de un contacto mayor.

Me aparté y le giré. Su espalda parecía vacía, ahí se precisaban unas alas para que yo las arrancara. Mi boca empezó a rodar desde su cuello, hasta sus hombros y de ellos hasta la cruz de su espalda. Después mi lengua se deslizó por toda su columna vertebral hasta el inicio de su entrada. Su hoyuelo estaba rosado, había tenido un baño de más de dos horas como yo pedí. Se bañó en agua de rosas y jazmines, para luego ser enjabonado por cuatro de mis discípulos. Estaba preparado para mis juegos y eso hice. Hundí mi lengua, no sin antes besar antes sus nalgas y morderlas, en aquella profundidad. Eso hizo que se retorciera excitándose aún más. Me aparté lentamente para introducir uno de mis dedos, el corazón, y retorcerlo lentamente con giros suaves.

-Más maestro.-dijo desquiciado, con un tono suplicante.

-Yo te lo daré, pero antes déjame probar a verte sufrir.-dije mordiendo su oreja derecha.

Introduje un segundo dedo y palpé su próstata. Sonreí al ver como endureció sus nalgas contrayendo su esfínter. En ese mismo segundo él eyaculó manchando las ropas de la cama. Sonreí al ver aquel espectáculo y lo giré arrodillándolo en el colchón, yo también lo estaba.

-Lame lo que has manchado.-posé sus labios sobre su esencia y él comenzó a limpiar las sábanas, me miraba sumiso y enajenado por el placer.-Me pregunto qué saben hacer estos labios.-los palpé con la yema del pulgar, para luego tirar de su cuello con ambas manos hasta mi entrepierna.-Demuéstrame qué sabes hacer.-él me miró suplicante y comenzó a lamer mi miembro lentamente. Sus manos fueron a mi torso y a mis muslos, los acariciaban con delicadeza, mientras empezaba a hundir mi miembro en su boca. Su lengua humedecía cada milímetro de mi piel y me hacía estremecerme. Paró un segundo y me miró, para luego acomodar su boca sobre mis testículos.

-¿Qué tal lo hago?-preguntó como si nada, sus manos masturbaban mi entrepierna con masajes rápidos y desesperados.

No respondí, tan sólo lo acosté de nuevo con su pecho pegado al colchón y abrí su trasero. Entré decidido y algo violento. Acaparé aquel calor de sus entrañas y le embestí con lentitud. Iba despacio pero profundo y le hacía arrancar gemidos más sonoros cada vez. Sin embargo, me desquicié e inicié un ritmo rápido que aumentaba la fricción de nuestros cuerpos. Terminé siendo tan violento que se agarró al cabezal de la cama de forma desesperada. Nos convertimos en uno. Durante todo el tiempo estuvo gimiendo mi nombre, alentándome a sentir que era mío. Movía sus caderas y yo azotaba sus nalgas, mis dientes rasguñaban su espalda y terminé viniéndome en su interior. Él dejó liberada su esencia por segunda vez, cayendo casi sin aliento sobre las almohadas.

-Maestro, necesito descansar.-dijo con la respiración agitada, recostándose sobre las sábanas manchadas de sus propios fluidos.

-Descansa, mañana será un día aún más agotador.-besé su rostro y me vestí dejándole en brazos de Morfeo.

Volví a mi cripta, desnudé mi cuerpo y profundicé en mis recuerdos, estaba cargado de satisfacción. Las noches se sucedieron en ese estado de lujuria descontrolada, aún puedo sentir su cálida piel bajo mis garras.

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt