Un saludo, Lestat de Lioncourt
ADVERTENCIA
Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.
~La eternidad~ Según Lestat
sábado, 26 de noviembre de 2016
Amadeo
martes, 19 de abril de 2016
Amor animi arbitrio sumitur, non ponitur.
domingo, 1 de junio de 2008
Fuerte seducción
Había despertado después de mi letargo diurno. Mi cuerpo estaba tumbado en mi lecho, sobre un colchón de pajas envuelto en telas de seda roja. Mi cuerpo caía lánguidamente y mis ojos aparecieron expectantes, como un destello en la oscuridad más absoluta. Las antorchas iluminaban la cripta donde me encontraba, dándole un toque de fantasmagórica fantasía. Me levanté desnudo y tomé una de mis túnicas. Era de raso con bordados de oro y se semejaban a los que algunos reyes europeos utilizaban. Mis cabellos estaban revueltos y mis labios sonreían hacia el espejo de pié, el cual se encontraba en la habitación. Abrí la puerta con mi mente y comencé a subir los peldaños hasta la superficie. Calle abajo, de este lugar prácticamente desértico, se encontraba mi pequeña guarida de artistas. Jóvenes muchachos de nalgas firmes, nalgas que cada noche solía contemplar con agrado.
Caminé rápidamente y saludé a uno de mis sirvientes. Al entrar allí estaba él, vestido como le había pedido. Llevaba una túnica clásica, de esas que sólo un emperador o un dios romano podía llevar, junto a una corona de laureles adornando gracilmente sus cabellos castaños de toque rojizo. Me aproximé a él y acaricié su mejilla. Estaba satisfecho de mi nueva incorporación. Era un muchacho al que llamé Amadeo. Besé sus labios tiernamente y él lo aceptó. De todas formas yo era su amo, lo había comprado y debía ser leal a mí. Me molestaba tenerlo de esa forma, pero había tenido la fortuna de no morir y ser rescatado por mí en el último segundo.
-Maestro, ¿es de su agrado mi vestimenta?-preguntó mirándome eróticamente, como únicamente él sabía hacer.
-Más de lo que imaginas.-respondí con una sonrisa, dejando mis manos sobre sus hombros.
-Usted me pidió que lo hiciera, pero no sabía cómo usarla.-murmuró sonriendo inocentemente, claro que yo no creía en lo que me mostraba.
-Ven conmigo a mi habitación, deseo pintarte y allí está mi caballete.-dije tomándole de la mano para que me acompañara.
-Es la primera vez que alguien decide pintarme.-no quería pintarlo, quería desnudarlo y palpar cada parte de su piel. Era el más perfecto, él más erótico, de todos. Le dejé pasar delate mientras observaba sus nalgas tras la tela.
-Son perfectas.-comenté palpándolas en el último escalón. Él posó sus manos sobre las mías, haciendo que las agarrara con fuerza.
-Más de lo que usted piensa.-llevaba tres meses a mi lado. Había aprendido mi idioma con rapidez, como todo lo que aprendía. Esperé a que se restaurara por completo para lo que iba a su ceder esa noche.
-Lo sé pequeño.-dije llevando mis manos hacia sus caderas.-Vayamos a pintarte.-besé su cuello delicadamente y noté como temblaba por el roce.
Lo llevé a mi habitación y lo tumbé en el diván de la habitación. Hice que se tumbara de lado, mirando hacia mí, mientras sonreía delicadamente apoyando su cabeza sobre sus brazos. Sus cabellos caían sobre sus hombros y la tela era el envoltorio perfecto.
-No te muevas.-susurré comenzando a pasar mi mano por la pureza de lienzo.
Poco a poco seducía al arte con mi carboncillo. Aquel muchacho era el indicado para sodomizarme y hacerme esclavo de su belleza. El boceto quedó como yo deseaba, después tomé la paleta e inicié mi cruzada. Primero el fondo, un paisaje selvático muy típico de la época, en el suelo un cáliz de vino y su cuerpo recostado sobre las ramas de un árbol. Es una lástima que ese cuadro ya no exista, que fuera devorado por el fuego, pues fue el primero que pinté de él.
Cuando finalicé, algo más rápido que un humano común, giré el caballete y él sonrió relajando sus músculos. Se bajó del diván y caminó hacia mí besando mi mejilla.
-Es usted un mago de las pinturas.-su cuerpo pedía que lo llenara con mi esencia, sus labios pedían desgarrarse con gemidos e hice caso a las señales del sexo. Lo empujé sobre mi cama.
La puerta se cerró con fuerza, gracias a mi dominio mental, eché las cortinas del dosel y me coloqué sobre él. Le arranqué las ropas mientras él guardaba riguroso silencio. Palpé sus jugosos labios con mis dedos, tan juveniles y deseables, que me hicieron besarle con lujuria. Mi lengua comenzó a recorrer cada parte de su boca, la suya era sumisa esperando el roce de la mía. Abrió sus piernas y se entregó a mí. Sus brazos rodearon mi espalda, acariciándola sobre mis ropas, y sus ojos marrones de forma ovalada se convirtieron en los de una bestia sedienta de mí.
-Maestro.-gimió con el aliento entrecortado.-Es usted un depravado.-mi boca se hallaba sobre su clavícula y sonreí.
-Y tú una puta.-mordí ferozmente bebiendo unas gotas de él. La lascivia me impulsó a ello, pero no le dio dolor sino un placer increíble. Su entrepierna se terminó por endurecer y mis manos que acariciaban su torso, hasta ese instante, comenzaron a masturbarlo lentamente.
-Sí.-respondió echando su cabeza hacia atrás. Sus manos fueron a mis lánguidos cabellos, enredando sus dedos.
-Voy a destrozarte.-dije mirándole fijamente.-No vas a olvidar esto jamás.-me aparté y me desnudé ante él.
Mi cuerpo de un metro ochenta, algo marcado y de un color marmóreo era un contraste al suyo. Era de aspecto débil, delicado, y con una piel suave pero con el color de la vida. Acarició mi pecho, lentamente, y se mordió el labio inferior mientras sus muslos rodeaban mejor mi cintura.
Mi sexo estaba erguido, aunque aún no estaba en su total extensión. Me recosté sobre él y comencé a tozar el suyo y el mío. Aparté sus manos que tenía sobre su entrepierna y comencé a masturbarnos uniendo nuestros miembros. Su boca se abría sin pudor, sus alaridos de placer eran audibles en todas las habitaciones del piso superior, y algunas del inferior.
-Hazme tuyo maestro.-sus manos se clavaron en mis hombros y sus caderas se movían secuestradas por la necesidad de un contacto mayor.
Me aparté y le giré. Su espalda parecía vacía, ahí se precisaban unas alas para que yo las arrancara. Mi boca empezó a rodar desde su cuello, hasta sus hombros y de ellos hasta la cruz de su espalda. Después mi lengua se deslizó por toda su columna vertebral hasta el inicio de su entrada. Su hoyuelo estaba rosado, había tenido un baño de más de dos horas como yo pedí. Se bañó en agua de rosas y jazmines, para luego ser enjabonado por cuatro de mis discípulos. Estaba preparado para mis juegos y eso hice. Hundí mi lengua, no sin antes besar antes sus nalgas y morderlas, en aquella profundidad. Eso hizo que se retorciera excitándose aún más. Me aparté lentamente para introducir uno de mis dedos, el corazón, y retorcerlo lentamente con giros suaves.
-Más maestro.-dijo desquiciado, con un tono suplicante.
-Yo te lo daré, pero antes déjame probar a verte sufrir.-dije mordiendo su oreja derecha.
Introduje un segundo dedo y palpé su próstata. Sonreí al ver como endureció sus nalgas contrayendo su esfínter. En ese mismo segundo él eyaculó manchando las ropas de la cama. Sonreí al ver aquel espectáculo y lo giré arrodillándolo en el colchón, yo también lo estaba.
-Lame lo que has manchado.-posé sus labios sobre su esencia y él comenzó a limpiar las sábanas, me miraba sumiso y enajenado por el placer.-Me pregunto qué saben hacer estos labios.-los palpé con la yema del pulgar, para luego tirar de su cuello con ambas manos hasta mi entrepierna.-Demuéstrame qué sabes hacer.-él me miró suplicante y comenzó a lamer mi miembro lentamente. Sus manos fueron a mi torso y a mis muslos, los acariciaban con delicadeza, mientras empezaba a hundir mi miembro en su boca. Su lengua humedecía cada milímetro de mi piel y me hacía estremecerme. Paró un segundo y me miró, para luego acomodar su boca sobre mis testículos.
-¿Qué tal lo hago?-preguntó como si nada, sus manos masturbaban mi entrepierna con masajes rápidos y desesperados.
No respondí, tan sólo lo acosté de nuevo con su pecho pegado al colchón y abrí su trasero. Entré decidido y algo violento. Acaparé aquel calor de sus entrañas y le embestí con lentitud. Iba despacio pero profundo y le hacía arrancar gemidos más sonoros cada vez. Sin embargo, me desquicié e inicié un ritmo rápido que aumentaba la fricción de nuestros cuerpos. Terminé siendo tan violento que se agarró al cabezal de la cama de forma desesperada. Nos convertimos en uno. Durante todo el tiempo estuvo gimiendo mi nombre, alentándome a sentir que era mío. Movía sus caderas y yo azotaba sus nalgas, mis dientes rasguñaban su espalda y terminé viniéndome en su interior. Él dejó liberada su esencia por segunda vez, cayendo casi sin aliento sobre las almohadas.
-Maestro, necesito descansar.-dijo con la respiración agitada, recostándose sobre las sábanas manchadas de sus propios fluidos.
-Descansa, mañana será un día aún más agotador.-besé su rostro y me vestí dejándole en brazos de Morfeo.
Volví a mi cripta, desnudé mi cuerpo y profundicé en mis recuerdos, estaba cargado de satisfacción. Las noches se sucedieron en ese estado de lujuria descontrolada, aún puedo sentir su cálida piel bajo mis garras.
Gracias por su lectura

Lestat de Lioncourt