Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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miércoles, 7 de diciembre de 2016

El hombre más hipócrita del mundo.

Sabía que estas discusiones eran intensas... ¿pero así?

Lestat de Lioncourt

Su maldito libro llegó a mis manos una turbia noche. Había salido a caminar por los barrios colindantes a mi vivienda en Nueva York. No nos habíamos movido de esa ciudad porque Sybelle la amaba, Benjamín estaba acostumbrado a ella y yo sentía cierto deseo de establecerme en una gran manzana con cientos de almas podridas. Quería conocer todos los secretos, pasar por los escenarios de las mejores películas y reírme como un idiota ante cualquier recuerdo bullicioso, como sus calles y ciudadanos, me asaltara.

Pasé junto a una vieja librería y vi en el escaparate un libro que me llamó poderosamente la atención. La portada tenía una escultura, algo oscurecida, como si meditara y las letras doradas, bajo un fondo borgoña, decían “Sangre y Oro”. Me pequé al cristal y vi otro ejemplar girado, donde se podía apreciar a duras penas una introducción. Sentí que mi cuerpo se convertía en estatua de sal y mi corazón palpitaba raudo como un caballo de carreras. Pegué mis manos al vidrio y dejé que mi aliento golpeara este condensándose.

No lo pensé demasiado. Entré y adquirí un volumen. Nada más salir de la librería me escondí en un callejón cercano y devoré el libro a velocidad sobrehumana. Cuando acabé mis manos temblaban por la ira y mi libro cayó al suelo, lo pateé con fuerza y acabé prendiéndole fuego. Tenía suficiente.

Sabía donde encontrarlo. Por eso regresé a casa, dejé una nota y expliqué a los empleados que debían entregársela a Sybelle y Benji, en cuanto regresaran de la ópera. Ellos habían ido a una función a la cual ya les había acompañado, por eso no estaba con ellos. Todo parecía una oscura premonición.

Viajé nuevamente hasta donde se encontraba Marius junto a Daniel. Estaban empacando algunos enseres, pues se trasladaban a otro clima más cálido. Molloy estaba aún ensimismado con sus pequeñas y patéticas obras de arte. Tenía cientos de ciudades regadas a sus pies esperando que un monstruo, uno similar a mí, lo pateara todo. Mi adorado y cruel maestro estaba de pie terminando de envolver un cuadro que representaba la caída de Lucifer.

—¡Qué no sufrí! ¡Dijiste que no sufrí!—grité antes que dijese nada.

—Amadeo...—dijo casi sin aliento. Estaba atónito por mi llegada e irrupción.

—¡Armand!—espeté con rabia— ¡Has dicho que no sufrí!

—Mi pequeño querubín...—susurró soltando de inmediato el cuadro, de bonito y enrevesado marco dorado, para venir hacia mí, pero me escabullí hasta el otro lado de la habitación.

—¡Eres un hipócrita!

La rabia me consumía como una llama a una vela. Jamás había sentido tanto dolor, tanta furia, tanto despecho, tanto... desasosiego.

—¡No!—su ceño se frunció y gritó elevando su tono de voz al mío. Sus largos cabellos rubios caían a ambos lados de su pecho, cubriendo ligeramente su chaqueta borgoña y su camisa blanca. Tenía un aspecto elegante, como si fuese un hermoso líder empresarial o un abogado a punto de declarar a favor del diablo. Sus pantalones de pinza eran negros, como sus zapatos. Jamás lo había visto vestirse tan occidental, tan bárbaro como solía decir. Me quedé sin aliento cuando se abalanzó sobre mí para agarrarme de los brazos, como si fuese un muñequito, intentando contener mi resquemor y angustia—. Sólo no puedo admitir que fue mi culpa—sus manos fueron de mis brazos, por encima del codo, a mis mejillas que ardían. No me di cuenta hasta ese momento que estaba llorando. Posiblemente al fin alcancé al llanto cuando pude sentirme protegido de cualquier mirada mortal. Aquellos ríos escarlatas siempre surgían por su culpa, ya fuese en recuerdos hermosos o momentos tan horribles como estos—. Pagaste los pecados de mi alma.

—¡Sólo provocas más dolor y más grietas en mi corazón!—grité tras ofrecerle un empellón.

Aquello significaba que no quería que me tocara, pues sabía que si lo hacía acabaría en sus brazos rogándole que nuevamente me amase. Pero no podía pedir su amor, pues lo que él consideraba amar era traicionarme. Me había traicionado al convertir a mis dos amigos humanos, los cuales me amaban de forma pura, en vampiros que quizá, con el paso del tiempo, se deslindaran de mí cansados por mi forma de proceder o simplemente porque así era la mayoría de las veces. Siempre era el niño que lloraba solo en un callejón porque se sentía pobre de amor, aunque vistiese los mejores trajes y pudiese asistir a las mejores obras teatrales.

—¡Sufría terriblemente al verte en sus brazos, tomando sus lecciones, aceptando su camino y olvidándote de mí!—dijo aferrándose a mí. Pegó mi cuerpo al suyo e intentó besar mi rostro, pero me aparté. Logré deshacerme de nuevo de su envolvente aroma masculino mezclado con las pinturas, con sus delicados hijos de lienzo.

Me moví por la sala, aún primorosamente decorada con sus mejores obras y con aquel monigote que observaba sus casitas a escala, rugiendo un llanto similar al de un animalillo herido. Él había dicho que no era lo que en un principio quiso. Que era un hombre con prendas de niño, que jamás fui el joven adolescente que tanto codiciaba. ¡Qué sabría él! Era un cobarde que ponía mil excusas para no retenerme, para no amarme. Igual que hizo con Pandora, Bianca, Lestat o con cualquiera. Yo no era diferente.

—¿Olvidarme de ti?—dije tras una ácida carcajada—. ¡Contaba las estrellas rezando a Dios para que regresaras a mi lado!—dije furioso—. Siempre volvías. Siempre. Lloré amargamente cada noche y por las mañanas soñaba que me rescatabas, abrazabas con ternura y me besabas la frente. Dios... ¡Cómo puedes ser tan hipócrita!


El cuadro entonces salió ardiendo, igual que las cortinas. La furia le envolvía como un perfecto guante y yo decidí marcharme. Pero no era sólo furia lo que vi en él. Observé una amargura propia de un hombre que se percata de su propia maldad.  

martes, 19 de abril de 2016

Amor animi arbitrio sumitur, non ponitur.

Marius y Armand... aunque ahora ha querido ser de nuevo su "Amadeo". Veo celos y frustración por parte de Antoine y Daniel por mucho que intenten mostrar comprensión ante estos encuentros.

Lestat de Lioncourt 



—¿Qué haces aquí?—preguntó.

Realmente no sabía qué hacía plantado frente a la puerta del edificio. Miré hacia arriba y comprobé que había varias habitaciones iluminadas. El sonido del piano llegó a mi corazón tocando cada fibra de mi alma provocando que me sintiera perdido por unos instantes. El edificio estaba lleno de vida en mitad de esa sombría y tormentosa noche de primavera. Toda la avenida estaba siendo arrasada por un aguacero terrible, al igual que la ciudad por completo estaba sumida en el caos del tráfico y de numerosas ramas rotas de los distintos parques de los diversos distritos, mientras que yo parecía firme como la estatua de un coloso frente a los escasos peldaños de la escalera que daba con la entrada.

—Pasa y sécate. Pediré a los sirvientes que traigan ropa seca—dijo abriendo por completo el portón.

¿Por qué tuvo que abrir él la puerta? Ni siquiera sabía porque había ido allí. Se suponía que sólo había salido a pasear disfrutando de mi soledad, pero emprendí un viaje de varias horas pensando en él y deseando tenerlo entre mis brazos como si eso solucionara algo que estaba mal en mí. ¿Pero qué era lo que estaba mal? ¿Qué mecanismo se había roto por completo? ¿Había algo que fallara realmente? Quise echarme a llorar desesperado ante sus ojos castaños recorriendo con indiferencia mi rostro empapado.

Acepté su ofrecimiento colándome en el hall. Miré las hermosas y ricas molduras del techo recordando que ya no se estilaba pedir semejantes obras en las viviendas actuales. Todos los jóvenes preferían vivir en espaciosos edificios con muebles sencillos y con obras monocromáticas. A mí, como a él, nos gustaba el dorado, el color, lo complicado y la luz. Aunque él dijera que era un monstruo que habitaba la oscuridad podía ver todavía luz a su alrededor. Aún la veo.

—¿Por qué has venido? No me has contestado—decía acercándose a mí para ayudarme a quitarme el abrigo por cortesía.

—Si te soy sincero simplemente quise venir—respondí—. Deseaba escuchar la música de Sybelle, conversar quizá con el joven Benji y divagar por tus bibliotecas tal vez en tu compañía—contesté apoyando mi mano derecha sobre su hombro.

Estábamos frente a frente como aquellas noches de pecaminosos placeres en Venecia. Mis manos volvían a ser de mármol en comparación con su piel suavemente tostada debido a su exposición al sol. Tus mejillas llenas aún tenían el rubor de las manzanas porque posiblemente se había alimentado temprano esa noche y sus ojos castaños brillaban más que las perseidas. Deseé desnudar su piel para palpar la dureza de sus músculos suavemente marcados, deslizando mis dedos por sus caderas pronunciadas y dejar mis manos sobre sus firmes glúteos. Quise atraerlo hacia mí y saborear sus labios sintiendo que rompía el maleficio de tantos siglos, pero me controlé mostrándome frío.

—Avisaré al servicio para que traigan alguna de tus túnicas. Dejaste algunas prendas la última vez que viniste y que dejaste tras la reunión sobre los nuevos caminos que va tomando nuestra diversa sociedad—comentó apartándose sin miramientos.

Las gotas que caían de mis ropas bárbaras empapaban el suelo de mármol. Podía sentir la tela de los pantalones pegándose a los músculos de mis muslos y pantorrillas. Mis pies tenían los calcetines completamente húmedos y sentía que la camisa se estaba convirtiendo en mi segunda piel. Di gracias a ser inmortal porque de ser un humano común habría terminado con neumonía esa misma noche.

Permanecí allí unos minutos hasta que una joven mortal se aproximó a mí. Llevaba entre sus brazos algunas de mis túnicas y sonreía con cierto encanto. Yo sólo tomé las prendas y subí por las escaleras acariciando la balaustrada de hermosa madera de roble. Deseaba que la lluvia cesara para marcharme y olvidarme de mi estúpido deseo de encontrarme con él.

Armand siempre fue dependiente y jamás permitió que pudiese tener cierta libertad. Comprendo que tuve la culpa de llenar su alma de promesas hechas en plenas noches de pasión y felicidad. Aprendí que no se debe prometer nada cuando se es feliz porque luego es posible que no se puedan cumplir. Quebré mi palabra en tantas ocasiones que ni siquiera sé como él me ha podido perdonar. Aunque no creo que lo haya hecho. Él simplemente no quiere hablar del asunto provocando un abismo entre ambos.

Decidí que debía tomar un baño caliente para entrar en calor, por eso acabé en uno de los magníficos aseos buscando toallas limpias y jabón de un aroma que fuese agradable para mí. La bañera pronto se llenó provocando que cada parte de mí quisiera sumergirse en sus cálidas aguas.

Él tardó más de media hora en dar conmigo. Supuse que estaba intentando evitarme hasta que su conciencia, o quizás alguna pequeña parte de su alma, le hicieron entrar en razón y mover sus pies hasta donde me encontraba. Entró sin llamar, cerró la puerta con pestillo y me tendió una pequeña caja de metal. No dudé en tomarla entre mis manos y percatarme que estaba helada.

—Póntela—su voz era un murmullo—. Hazlo... por favor...

Levanté la tapadera y vi que había varias dosis de testosterona en pequeños tubos listas para ser aplicadas con una jeringuilla. Mientras desvelaba ese misterio él desvelaba su cuerpo despojándose de cada una de sus prendas. Noté como su miembro palpitaba ligeramente inclinado hacia la derecha. Seguía siendo el mismo muchacho que miles de veces dibujé desnudo y que me miraba sin pudor alguno retorciéndose en mi lecho de rojizo satén.

Tomé la inyección y me apliqué dos de las tres dosis que había en aquella pequeña caja, para después tendérsela. Él miró la dosis que quedaba, tomó la jeringuilla y se aplicó la restante. No sabía bien cuántas se había aplicado pero estaba seguro que eran algunas más de las que él me había ofrecido.

—Ven aquí, Armand—dije estirando mis brazos hacia él.

—Por hoy te permito que me llames nuevamente Amadeo—susurró con la voz quebrada.

No dudó en introducirse junto a mí permitiendo que mis brazos y mi boca sintieran su deliciosa piel. Su lengua se enroscó con la mía como si fuera una serpiente mientras nuestros sexos se rozaban. Sentía la tirantez de una terrible erección y una emoción agradable cosquilleando por todo mi vientre. Él movía sus caderas sugerente mientras le permitía que sus manos acariciaran mis pectorales.

—Maestro...—dijo apartando su boca de la mía.

La misma mano que se había posado con frialdad sobre su hombro acabó con sus dedos enredada en sus ondulados cabellos pelirrojos, para luego tirar de estos con firmeza provocando que su cabeza cayera hacia atrás y me mostrara su largo y apetecible cuello. Lo empujé hacia atrás y giré su cuerpo dejando su estrecho torso contra el borde contiguo de la bañera. Con la mano izquierda levanté su cadera y abrí ligeramente sus glúteos. Observé entonces su entrada estrecha y sin vello provocando que lo codiciara como en aquellos tiempos. Ahora no usaría mi lengua, sino un miembro que realmente percibía cada caricia que le ofrecieran. El mismo miembro cuyo glande deseaba sentir la presión de sus músculos y el deseo de su cálido cuerpo. Sin embargo decidí rozarme entre ambos glúteos, la sensación fue tan placentera que acabó provocando de inmediato que comenzara a azotarle con la mano bien abierta, mientras la otra tiraba aún de varios de sus mechones de hebras cobrizas.

El agua nos salpicaba y salía de la bañera empapando el suelo mientras él jadeaba bajo mi nombre intentando no ser escuchado por el resto de inmortales. Sabía que el violinista no estaba lejos y quizás estaba siendo infiel a un amor que estaba floreciendo en su pecho. Pero ni ese amor ni ningún otro podría arrebatarme a mí el privilegio de ser su primer gran amor, la mayor de sus pasiones y el peor de sus delirios.

Me puse en pie por completo en esa bañera y lo arrodillé frente a mí pudiendo ver en sus ojos un deseo insaciable. Coloqué la zurda sobre sus mejillas y bajé la diestra hacia sus labios. Jamás he podido olvidar sus labios tan carnosos como los de una mujer porque han estado siempre presentes en mis más tórridos sueños, en los deseos más provocadores y en las fantasías que últimamente he tenido gracias a los fármacos que nos ha concedido el científico y médico inmortal Fareed. Introduje dos de mis dedos en su boca acariciando su lengua, bajando su mandíbula y viendo sus pequeños colmillos ocultos para no lastimar mi sexo. Sus manos se colocaron rápidamente sobre mis testículos y comenzaron a jugar con el escaso vello dorado que los recubría, para luego hacer lo mismo con la base y el cuerpo de mi sexo.

Impuse entonces mis manos sobre su cabeza como si le ofreciera mis bendiciones y él no dudó en llevarse a sus fauces aquel trozo de carne que tanto ansiaba. Arrodillado como si estuviese ante el mismísimo Dios me miró con los ojos cargados de lágrimas sanguinolentas, las cuales cayeron suavemente por sus mejillas hasta su mentón y corrieron libremente por su garganta. Mis dedos se deslizaron por su largo cabello castaño cobrizo, introduciéndose entre diversos mechones espesos y suaves, para luego llegar hasta la coronilla donde ambas manos se entrelazaron. Él abrió aún más su boca bajando su mentón y aceptando que entrara por completo. Noté su aliento rozar mi vello púbico y en ese momento inicié un suave movimiento con mi cadera que acabó descontrolándose. Sus ojos no perdían detalle de mi expresión aunque acabó cerrándolos igual que yo terminé echando hacia atrás la cabeza. Los movimientos eran bruscos y desesperados pero no me saciaban, pues lo único que podía saciarme estaba más allá de sus amplias caderas.

Finalmente lo aparté dejándolo nuevamente contra el borde de la bañera, lo penetré con fuerza y comencé a morder sus hombros, los lóbulos de sus orejas, su cuello y a golpear sus glúteos así como a arañar sus costados. Él gemía mientras la bañera se convirtió en un mar revuelto, tibio y perfumado. Mi mente se trasladó a Venecia y mis sentimientos se involucraron aún más con la labor. En aquellos días era imposible que le ofreciese algo como lo que estábamos haciendo y me reprimía los celos enviándolo a los burdeles. No quería que me odiase porque no podía hacerme con su cuerpo, aunque algunas noches le regalaba mi compañía pese a que no significaba nada para mí. No había placer en la unión de su cuerpo con el mío salvo si le mordía perforando su cuello, alguno de sus pezones o sus delicados hombros.

—Maestro... Maestro...—decía repetidamente cada vez más alto hasta que llegó al momento final donde alcanzó la gloria tocando los cielos. Noté como un líquido blancuzco y espeso manchaba el agua mezclándose con esta hasta casi camuflarse con la espuma, las sales de baño y la laca que cubría la bañera. Decidí entonces que debía sacarlo de la bañera y salir de él.

Me incorporé y salí de la bañera arrastrándolo conmigo. Busqué entonces entre mis prendas sacando mi cinturón. Él me miró aturdido sobre el suelo como una sirena varada frente a una sosegada orilla. Envolví aquel trozo de cuero por la hebilla entre entre los dedos de mi mano derecha y levanté mi brazo para comenzar a azotarlo. Él gimió ofreciéndome su espalda y su trasero ligeramente levantado. Fueron más de veinte azotes descontrolados llenos de furia antes de arremeter de nuevo con mi miembro. Él gritó terriblemente notando que llegaba otra vez al orgasmo sin rastro de aquel pudor inicial. Por mi parte llegué súbitamente notando un fuerte latigazo eléctrico por toda mi columna, igual que percibí como mis testículos ya no daban más de sí y mi miembro le ofrecía el premio a los placeres que me había entregado.

En ese momento comprendí todos y cada uno de los motivos por los cuales había ido a su encuentro. Por más que amase a Daniel y me sintiese complacido por su amor más adulto, libre y desinteresado necesitaba que aquella pequeña fiera me mostrara lo domesticable que era bajo mis atenciones. Recurría a Armand porque el placer carnal era insuperable y eso quedaba constancia en cada uno de mis jadeos, gruñidos y gemidos. Podía ver su cuerpo mucho más frágil y flexible doblegarse como la meretriz más complaciente de la mancebía más sofisticada.

Él se apartó obligándome a sentarme en aquel frío suelo encharcado para colocar su cabeza entre mis piernas y comenzar a lamer los restos de mis fluidos. De inmediato mis manos regresaron a sus cabellos y mis jadeos volvieron a ser entrecortados. Mis ojos de hielo se fundían en su cuerpo sutilmente afeminado mientras mis piernas se abrían aún más dejando que él hiciese todo el trabajo. Cuando acabó se incorporó cerrando mis piernas, subiéndose sobre mis muslos y tomando mi rostro entre sus manos finas y mucho más pequeñas que las mías.

—Por mucho que nos entreguemos a otros nos pertenecemos. No eres capaz de olvidarme como yo no soy capaz de no doblegarme—dijo antes de lamer mis labios de comisura a comisura, para luego rodearme con sus delicados brazos y hacerme sentir así culpable.

Era culpable de haberlo dejado en el arrollo, de las promesas incumplidas, de todas y cada una de sus lágrimas, de las noches vacías y frías, de las mañanas terribles en soledad y de haberlo apartado de mi camino cuando volvimos a encontrarnos. Era culpable y él me lo mostraba cada vez que tenía una misera oportunidad. Sus palabras me hicieron llorar aunque no lo demostré manteniendo mi rostro estoico y mis manos a ambos lados de mi cuerpo. No quería abrazarlo porque sabía que si lo hacía sería difícil apartarme de él.


Supongo que es cierta la frase “Amor animi arbitrio sumitur, non ponitur” de Publio Sirio. Pues es cierto que elegimos amar, pero no podemos elegir dejar de hacerlo. Elegimos amar porque decidimos aceptar que lo hacemos, que no podemos resistirnos, pero dejar de hacerlo es complicado. Cuando ya estamos envenenados no hay cura pues incluso la indiferencia puede provocar un mayor deseo de retenerlo.  

miércoles, 30 de septiembre de 2015

Maestro

Armand y Marius, Marius y Armand... ¿cuándo aprenderán éstos dos?

Lestat de Lioncourt

No cambias. Pase el tiempo que pase, jamás lo harás. Te mantendrás como un dios soberbio, con los ojos fríos llenos de belleza y sonreirás como si lo supieras todo, aunque eres un pobre diablo como el resto. Serás el hombre perfecto, pero en realidad sólo eres emperador de tus malas palabras. Has fracasado miles de veces, aunque cubres bien tus tropiezos. Yo, sin embargo, sigo siendo el niño interesado por todo y por nada. Me he convertido en una especie de excéntrico que se conmueve con nuevas experiencias, por nefastas que puedan llegar a ser, mientras tú te mueves en tu mundo lleno de arte y prepotencia.

Desearía pintar en tus labios palabras dulces, amables y apasionadas sobre mi persona. Amaría volver a vestirme con mis viejas alas negras y alzar mi rostro aniñado con la chispa de la inocencia perdida. Porque he perdido y lo seguiré estando. Jamás encontraré la luz, pues mi mundo es oscuro. El tuyo carece de sombras, pues éstas vinieron conmigo.

¿Qué ha sido de nosotros? Somos un viejo borrón en la historia. Nos hemos convertido en dos desconocidos. La dureza de tu carácter es distinto a tu corazón sensible y apasionado, pero ya estoy cansado de intentar acercarme a ti. Me rechazas y yo me he convertido en una estatua de mármol quebradizo. No depositaré más sueños en ti.


Maestro... lo fuiste todo para mí y yo hubiese hecho cualquier cosa por ti.  

jueves, 11 de septiembre de 2014

Life in your lies

Life in your lies es un texto de Armand para Marius. No sé ¿el título no os da una idea de qué será? Sí, reproches.

Lestat de Lioncourt 


Ya no me sorprenden tus mentiras, ni esos discursos elaborados, tampoco puedo aceptar tus caricias como si fueran las de un salvador bondadoso. Para mí todo el misterio que ocultabas en tus fríos ojos, tu seductora voz y tu elegante sonrisa, se ha disipado quedando sólo un pobre hombre torturado por su propio orgullo. No serás jamás capaz de amarme vestido con venenosas sedas de mentiras y desprecio. Sé que no crees mis palabras, como yo no puedo creer en las tuyas. Sin embargo, hay una diferencia. Yo sé cuando tengo que pedir disculpas, cuando me he equivocado y cuando he cometido un acto de venganza. El alumno hace tiempo superó al maestro y tú sigues despreciando mis vanos intentos de ser amado.

He intentado aceptar que el mundo jamás será como yo lo deseaba. Me he adentrado en las colinas y valles profundos, allá donde ni siquiera las almas vagan, para terminar en un cementerio de tumbas vacías, un cementerio de desesperanza y olvido. Allí, en el panteón del rencor y el dolor me he recostado, para luego asesinar a la última de mis sonrisas. Seré una máscara, una mera ilusión, para que tú me tomes como una marioneta y me hagas danzar.

Me has tratado como un ángel al cual le has arrancado las alas. No has sido misericordioso. He podido notar como me arrebatabas pluma a pluma cada trozo de libertad, después has esparcido sal y has cosido las heridas con sutiles besos para hacerme creer que era en mi propio beneficio. No soy un niño. Tendré por siempre la apariencia de un joven, pero hace mucho que soy un monstruo ansioso oculto entre las sombras. Mi único deseo, amor mío, es ver tu sufrimiento cuando veas en mis ojos a un extraño.

Mi alma está caminando por el páramo helado de la soledad. He conocido demasiadas lunas de hielo, sangre y dolor. Yo soy el niño que aún vaga por las sucias calles de París. Me he liberado de los despojos de tu amor y he llenado mi aliento de amargura. En mis sueños venías como un redentor, pero ahora veo que sólo eres un monstruo de innegable belleza. No pienso doblegarme, pues tengo mis oraciones. Hoy rezaré por ambos. Pediré a Dios que no me haga caer en tus trampas por elaboradas que sean.


El mayor de los pecados será volver a tus brazos. No quiero ir al infierno. Deseo alejarme del demonio seductor que puedes llegar a ser. Tortura a otro, pues yo estoy acabado.  

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt