Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

miércoles, 7 de diciembre de 2016

El hombre más hipócrita del mundo.

Sabía que estas discusiones eran intensas... ¿pero así?

Lestat de Lioncourt

Su maldito libro llegó a mis manos una turbia noche. Había salido a caminar por los barrios colindantes a mi vivienda en Nueva York. No nos habíamos movido de esa ciudad porque Sybelle la amaba, Benjamín estaba acostumbrado a ella y yo sentía cierto deseo de establecerme en una gran manzana con cientos de almas podridas. Quería conocer todos los secretos, pasar por los escenarios de las mejores películas y reírme como un idiota ante cualquier recuerdo bullicioso, como sus calles y ciudadanos, me asaltara.

Pasé junto a una vieja librería y vi en el escaparate un libro que me llamó poderosamente la atención. La portada tenía una escultura, algo oscurecida, como si meditara y las letras doradas, bajo un fondo borgoña, decían “Sangre y Oro”. Me pequé al cristal y vi otro ejemplar girado, donde se podía apreciar a duras penas una introducción. Sentí que mi cuerpo se convertía en estatua de sal y mi corazón palpitaba raudo como un caballo de carreras. Pegué mis manos al vidrio y dejé que mi aliento golpeara este condensándose.

No lo pensé demasiado. Entré y adquirí un volumen. Nada más salir de la librería me escondí en un callejón cercano y devoré el libro a velocidad sobrehumana. Cuando acabé mis manos temblaban por la ira y mi libro cayó al suelo, lo pateé con fuerza y acabé prendiéndole fuego. Tenía suficiente.

Sabía donde encontrarlo. Por eso regresé a casa, dejé una nota y expliqué a los empleados que debían entregársela a Sybelle y Benji, en cuanto regresaran de la ópera. Ellos habían ido a una función a la cual ya les había acompañado, por eso no estaba con ellos. Todo parecía una oscura premonición.

Viajé nuevamente hasta donde se encontraba Marius junto a Daniel. Estaban empacando algunos enseres, pues se trasladaban a otro clima más cálido. Molloy estaba aún ensimismado con sus pequeñas y patéticas obras de arte. Tenía cientos de ciudades regadas a sus pies esperando que un monstruo, uno similar a mí, lo pateara todo. Mi adorado y cruel maestro estaba de pie terminando de envolver un cuadro que representaba la caída de Lucifer.

—¡Qué no sufrí! ¡Dijiste que no sufrí!—grité antes que dijese nada.

—Amadeo...—dijo casi sin aliento. Estaba atónito por mi llegada e irrupción.

—¡Armand!—espeté con rabia— ¡Has dicho que no sufrí!

—Mi pequeño querubín...—susurró soltando de inmediato el cuadro, de bonito y enrevesado marco dorado, para venir hacia mí, pero me escabullí hasta el otro lado de la habitación.

—¡Eres un hipócrita!

La rabia me consumía como una llama a una vela. Jamás había sentido tanto dolor, tanta furia, tanto despecho, tanto... desasosiego.

—¡No!—su ceño se frunció y gritó elevando su tono de voz al mío. Sus largos cabellos rubios caían a ambos lados de su pecho, cubriendo ligeramente su chaqueta borgoña y su camisa blanca. Tenía un aspecto elegante, como si fuese un hermoso líder empresarial o un abogado a punto de declarar a favor del diablo. Sus pantalones de pinza eran negros, como sus zapatos. Jamás lo había visto vestirse tan occidental, tan bárbaro como solía decir. Me quedé sin aliento cuando se abalanzó sobre mí para agarrarme de los brazos, como si fuese un muñequito, intentando contener mi resquemor y angustia—. Sólo no puedo admitir que fue mi culpa—sus manos fueron de mis brazos, por encima del codo, a mis mejillas que ardían. No me di cuenta hasta ese momento que estaba llorando. Posiblemente al fin alcancé al llanto cuando pude sentirme protegido de cualquier mirada mortal. Aquellos ríos escarlatas siempre surgían por su culpa, ya fuese en recuerdos hermosos o momentos tan horribles como estos—. Pagaste los pecados de mi alma.

—¡Sólo provocas más dolor y más grietas en mi corazón!—grité tras ofrecerle un empellón.

Aquello significaba que no quería que me tocara, pues sabía que si lo hacía acabaría en sus brazos rogándole que nuevamente me amase. Pero no podía pedir su amor, pues lo que él consideraba amar era traicionarme. Me había traicionado al convertir a mis dos amigos humanos, los cuales me amaban de forma pura, en vampiros que quizá, con el paso del tiempo, se deslindaran de mí cansados por mi forma de proceder o simplemente porque así era la mayoría de las veces. Siempre era el niño que lloraba solo en un callejón porque se sentía pobre de amor, aunque vistiese los mejores trajes y pudiese asistir a las mejores obras teatrales.

—¡Sufría terriblemente al verte en sus brazos, tomando sus lecciones, aceptando su camino y olvidándote de mí!—dijo aferrándose a mí. Pegó mi cuerpo al suyo e intentó besar mi rostro, pero me aparté. Logré deshacerme de nuevo de su envolvente aroma masculino mezclado con las pinturas, con sus delicados hijos de lienzo.

Me moví por la sala, aún primorosamente decorada con sus mejores obras y con aquel monigote que observaba sus casitas a escala, rugiendo un llanto similar al de un animalillo herido. Él había dicho que no era lo que en un principio quiso. Que era un hombre con prendas de niño, que jamás fui el joven adolescente que tanto codiciaba. ¡Qué sabría él! Era un cobarde que ponía mil excusas para no retenerme, para no amarme. Igual que hizo con Pandora, Bianca, Lestat o con cualquiera. Yo no era diferente.

—¿Olvidarme de ti?—dije tras una ácida carcajada—. ¡Contaba las estrellas rezando a Dios para que regresaras a mi lado!—dije furioso—. Siempre volvías. Siempre. Lloré amargamente cada noche y por las mañanas soñaba que me rescatabas, abrazabas con ternura y me besabas la frente. Dios... ¡Cómo puedes ser tan hipócrita!


El cuadro entonces salió ardiendo, igual que las cortinas. La furia le envolvía como un perfecto guante y yo decidí marcharme. Pero no era sólo furia lo que vi en él. Observé una amargura propia de un hombre que se percata de su propia maldad.  

1 comentario:

Elany Mandujano dijo...

Es hermoso, desde que leí Sangre y Oro he fantaseado con esto, fantaseaba que pasaba con Lestat tirado y en alguna otra habitación, habían tenido la gran discusión, pero así como lo planteaste está perfecto, como siempre

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt