Armand vuelve a desnudar su alma para Marius. Marius, por el bien de todos, dale amor a ver si así deja de lloriquear o intentar matarnos. Gracias.
Lestat de Lioncourt
Me convertí en una sombra de aquello
que tanto amabas. Una imagen desdibujada en un espejo que no querías
contemplar. Mi cuerpo débil, como el de cualquier niño que
prácticamente es un hombre, se retorcía junto a mi alma. En los
sueños te buscaba, perseguía y lograba alcanzarte; sin duda, eran
los momentos más agradables que podía tener. Tú eras mi esperanza.
Pero fui perdiéndola, sumiéndome en la oscuridad, quedándome atrás
suplicante mientras lloraba por mi destino.
Acepté doctrinas que nunca hubiesen
sido mías, dejé que otros pensaran por mí y me moldearan a su
gusto. Crecí protegido por la oscuridad de una siniestra figura que
fue bondadoso conmigo sólo porque yo parecía un ángel, y porque
mis ruegos le hicieron amarme. Ruegos que tú no escuchabas. Incluso
fingiste que nunca existieron. Me sentí desprotegido. Creía en ti y
me abandonaste. Y, aún así, sigo aquí con los brazos abiertos
esperando que me tomes entre los tuyos. No hay remedio a mi
estupidez. Acepto todas esas disculpas baratas de un discurso hecho a
tu medida, pero no a la mía.
Muero cada vez que tú apareces ante
mí. Cuando te siento cerca creo que mi alma se convertirá en polvo.
La maldición de tus besos es tan terrible que soy una marioneta
entre tus dedos. Creo todo lo que salga de tus labios, aunque sé que
son mentiras imperfectas y perecederas. Te aproximas a mí, me abres
supuestamente tu corazón y termino dejándome llevar a las
profundidades de tu infierno. No eres el Mesías que esperaba, sino
el mismísimo Príncipe de la Oscuridad. Un demonio cruel de rostro
perfecto, ojos fríos y cabellos de color de la paja que tú vuelves
oro. Sangre y oro, eso eres. Sangre del color de tu túnica, que es
la que yo te he ofrecido en más de una ocasión. Amor mío, ¿no ves
que sigues siendo el único culpable a mi terrible sufrimiento?
Quisiera creer cuando dices que nunca
me dejarías otra vez, pero ya he madurado. Puedo ver que tus
palabras son hermosas como las estrellas, pero imposibles de atrapar
o que te concedan tus deseos. Por eso caigo otra vez. Me arrodillo
ante ti con lágrimas en el rostro. Busco tu consuelo. Necesito que
me abraces para no sentirme tan muerto. Yo sé que me defraudarás
otra vez, lo sé. Aún así, quédate. Por favor, te necesito.
Quédate conmigo. Ya las lágrimas no me permiten ver más allá de
mi reflejo borroso frente a mi espejo, de la imagen turbia del ayer.
Soy un recuerdo que aún ruega ser rememorado una vez más. Por
favor, bésame.
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