Un texto de Ashlar para explicar ciertas fantasías, o mejor dicho malos pensamientos.
Lestat de Lioncourt
Aquella imagen me perseguía allá
donde fuera, intentara lo que intentara. Esa fotografía se había
convertido en mi mayor tormento. Era tan sólo una niña, con un
rostro angelical salpicado de pecas. Sin embargo, esa niña, poseía
una mirada penetrante llena de dolor, sufrimiento y una inteligencia
insondable. Saber que era bruja lo complicó todo. Ardía en deseos
de conocerla y estrechar su menudo cuerpo contra el mío.
Yuri fantaseaba con tenerla a su lado,
ser su esposo y mil plegarias más que no serían oídas ni
satisfechas. Pude comprender, o al menos hasta que punto, que su
historia de amor era aún más trágica, desafortunada e imposible
que Romeo y Julieta. No, no había fundamento alguno para que él se
enamorara de ella. No podría tener el beneplácito de sus familiares
y posiblemente tampoco de la orden a la cual pertenecía. Talamasca
era un grupo serio de eruditos que buscaban la verdad, así que no
iban a permitir a un muchacho que se enamorara de una niña y
complicara el juego que se veía sobre el tablero. No, no podía. Un
peón no podía conquistar la torre donde se encontraba la bruja, una
hermosa bruja, esperando ser rescatada de sí misma.
Sin embargo, el más perjudicado con su
belleza era yo. Era imposible poder desprenderme de sus ojos fijos a
la nada, sus labios llenos y rosados, aquella pequeña nariz y esa
piel lechosa que pedía ser acariciada. Era como tocar nieve cálida,
o al menos eso me decía a mí mismo, cuando recordaba la pequeña
fotografía que Yuri guardaba celosamente en la cartera.
Me sentía sucio y desesperado. Hacía
tanto tiempo que no sentía el calor de otro cuerpo, la sensualidad
femenina dándome paso y cediéndome un poco de su suavidad. Llegué
a excitarme de tal modo que intenté pensar en la contabilidad de mis
empresas, me aparté de todos y pedí un vaso de leche helada. Fuera
hacía un frío de mil demonios, pero la habitación estaba caldeada
y podía sentir la pesada mirada de Samuel clavada en mi nuca.
—Piensas en esa bruja mientras ese
chico se está muriendo ahí, con ese balazo—me reprendió.
—No se morirá—respondí—. ¿Y
qué importa si pienso en ella?—cerré los ojos echando mi cuerpo
hacia atrás, dejando que el respaldo de la silla se clavara en la
mitad de ésta y pudiera ver el techo blanco, perfectamente pintado,
mientras me llevaba el vaso a los labios—. No comprendes.
—Sí que comprendo, sí que lo hago.
Sé tus impulsos, Ashlar—su voz era áspera, sobre todo cuando
acababa de dar un buen trago a su petaca de whisky.
—Hace tanto... que no tomo leche de
los senos de una mujer...
—¡Ashlar!—exclamó sacándome de
mis ensoñaciones.
—¿Qué quieres? ¡Qué! Maldito
enano, ¿qué quieres?—dije girándome para verlo allí,
completamente deforme, apoyado contra los cojines cercanos a la
chimenea—. ¿Qué?—susurré.
—Las brujas son atractivas, pero
también son humanas.
—Podría tener genes Taltos y darme
un hijo—expresé mi deseo, más allá del placer—. Podría tener
de nuevo aquello que...
—Las pérdidas deben superarse, jamás
suplantarlas—dijo, negando suavemente con su cabeza—. Ashlar,
deja de pensar en cosas absurdas y céntrate.
—Sí, debo ir a Talamasca y poner fin
a todo—comenté levantándome.
—Claro, clar... ¡Qué!—clavó sus
ojos pequeño y juntos en mí, con inquietud.
—Eso haré.
Recuerdo que lo hice. Fui a Talamasca.
Indagué por mi cuenta la verdad y salió a flote como un corcho. Sin
embargo, la vez que conocí a Mona Mayfair fue para arrebatarle a
Morrigan. Su Morrigan, su hija.
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