Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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lunes, 7 de noviembre de 2016

Cielo e infierno

Fui a buscarlo. Recorrí cielo e infierno buscándolo. Jamás pensé que haría algo así por alguien. Incluso siempre he creído que los sentimentalismos de este tipo no eran para mí, pero lo han sido. Buscaba quizá satisfacer mis dudas, creer firmemente que él estaba muerto y en un lugar distinto a este mundo lleno de horrores. Desconozco si sufría alguna de estas enfermedades mentales que actualmente toda la población tiene bajo control, o quizá cierto conocimiento sobre cómo actuar en caso de pérdida de conciencia. No lo sé. Nicolas era tan distinto a mí, tan convencido sobre el sufrimiento y la verdad que entraña este mundo, que nunca creí que lo pudiese amar de esa forma.

Nos conocimos cuando éramos niños, como muchos saben. No era una amistad profunda, aunque reconozco que siempre me sentí cómodo junto a él. Para el resto yo era prácticamente un salvaje que debían tratar bien si no querían saber a qué sabía una paliza. Yo era el hijo pequeño de un gran noble arruinado, aunque muchos en el pueblo ni siquiera se percataban de la precaria situación por la cual pasábamos. Él era el único hijo de un peletero con insuflas de noble. Su madre murió en el parto, su padre se casó por segunda vez y la mujer que lo criaba lo hacía a puro golpe.

Debido a su educación tenía la mente demasiado cuadriculada al respecto de la bondad y la malicia. No le culpo. Muchos en nuestra época creía firmemente en la línea divisoria de dos caminos: la ascensión a los cielos, junto a Dios, así como la caída en desgracia y posterior descenso a los infiernos, al lado de Lucifer que emplearía sus peores trucos para castigarte eternamente. A decir verdad, siempre pensé que si ese arcángel caído te castigaba, como si fuese tu madre o padre, implicaba cierto amor porque deseaba verte reformado para ascender a un lugar mejor.

Por eso, cuando se me brindó la oportunidad de poder recorrer el infierno y el cielo, lo busqué. Busqué a mi viejo amigo y amante. Quería escuchar su violín torturándome y calmándome una vez más. Una pasión descontrolada o una melodía amarga que me despejase las dudas. Aún hoy pienso en él. No lo hallé en ningún lugar. Ni siquiera ahora, que las almas parecen rondarnos continuamente, ha aparecido.


Estuve por rogar a Memnoch que lo encontrara por mí. Deseaba ver sus ojos castaños castigando mi alma. Me merezco un pedazo de ese supuesto infierno sólo porque no supe cuidarlo, ni siquiera comprendí todo el dolor que había dentro de su alma. Incluso lo desprecié una vez transformado en mi criatura, mi responsabilidad. Fui torpe y deshonesto.  

viernes, 11 de marzo de 2016

Carta al Diablo

¿Cómo debería empezar esta carta? Es una carta a la nada. No sé siquiera cuál debería ser su dirección y si alguna vez llegará a tus crueles manos. Tampoco sé cómo dirigirme a ti y si deseas que lo haga. Han pasado muchos años desde la última vez que nos miramos directamente a los ojos manteniendo una guerra dialéctica casi imposible. Tú mencionabas de tu dolor y yo te recordaba que sabía cómo era ser el desterrado. Hablábamos ambos en idiomas similares pero distintos. Querías contar tu historia, pero suponía que podías estar mintiéndome. ¿No es lo que dicen de ti? Dicen que mientes continuamente para atrapar a incautos y hacer caer cientos de almas a tu alrededor.

Has cambiado mi forma de contemplar este “Jardín Salvaje”. Ahora veo que puede ser más terrible, impredecible, horrible y fascinante. Ni siquiera yo estoy a salvo, ¿verdad? Ni ahora que me han proclamado “Príncipe de los Vampiros” siendo el más poderoso de todos. Camino inseguro y meditabundo. He recorrido el mundo esta última década pensando en ti. Cuando cerraba los ojos veía tu rostro y podía perfilar cada uno de tus rasgos. Después de conocernos, en esa aventura tan perturbadora, Amel pareció despertar con fuerza y clamar atención.

Memnoch, ya no estoy tan seguro que tú seas un demonio. ¿Cómo puedo estar seguro que tú eres el “Príncipe de los Infiernos”? Ni siquiera sé si esas terribles tragedias que cayeron sobre ti, con todo el peso de “Las leyes celestiales” o “Leyes Divinas”, son ciertas o sólo un intento llamativo para poder capturarme robándome el cuerpo como han hecho otros? Ni siquiera Amel tiene respuesta para lo que ocurrió.

Llevo varios meses conversando arduamente con él. Me he sentado en mi biblioteca favorita, incluso hemos hablado en la de Armand en Nueva York, y en las ruinas reconstruidas de Maharet y Khayman. He observado las estrellas contándolas una a una pacíficamente mientras escuchaba la voz sobrenatural que hay en mí. Él me ha contado tantas cosas, Memnoch. Cosas que tú no me contaste en su día. Me ha hablado de un abismo similar al que tú haces continuas referencias en nuestro relato, pero no hay nada sobre ti. ¿Tal vez fue después tu caída? ¿Quizá sólo eras otro espíritu similar al de Amel? ¿Puede que quisieras lo mismo que él ha conseguido? Todos los días me dice que es feliz porque puede vivir conmigo las sensaciones más maravillosas. Ambos somos uno y a la vez somos dos seres diferentes. ¿Y tú? ¿Qué ha sido de ti? ¿Sigues buscando esas almas para presentar ante Dios? ¿Existe realmente Dios? Otros vampiros dicen hablar con ángeles, pero estos también coinciden que soy un estúpido y un estrafalario.


Tal vez debería dirigirme a los vampiros anteriormente mencionados, ¿verdad? ¿Pero y si están confundidos como yo lo estuve en su momento? ¿Y si lo que ve son espíritus que toman la semejanza de los ángeles de los viejos frescos italianos? Debería alejarme de estas ideas, pero no puedo. Intento hacerlo continuamente porque son rematadamente inútiles ya que nadie me dará una solución válida. Ni siquiera tú podrías darme la solución a mis interrogantes. Nadie ha podido. Sin embargo estoy aquí en mi despacho en mi fortaleza en Auvernia, redactando con buena letra una carta que es una plegaria a un vacío insondable, mientras que tú quizás ya sabes todo lo que siento y te burlas de mí sintiéndote satisfecho por haber sembrado dudas en mi alma.  


Lestat de Lioncourt 

miércoles, 16 de septiembre de 2015

Cry in the heaven's door

Las luces de las velas creaban un ambiente mágico, casi único, el olor a cera se extendía por toda la capilla. El banco crujió bajo mi peso. Deseaba tumbarme en el suelo de mármol blanco y negro, extender mis brazos y rezar como no había hecho en años. Quería hacerlo y terminé por arrojarme a las baldosas, acariciar el polvo y llorar como un niño. Estaba allí. No me encontraba ni en el cielo ni en el infierno.

Mis cabellos dorados rozaban mis mejillas, caían sobre mi frente y rozaban mis hombros desnudos. Me encontraba sin camisa, tan sólo con aquellos pantalones manchados de hollín y barro. También estaba descalzo, pero desconocía donde había dejado mis zapatos. Allí, bajo la implorante mirada de Cristo crucificado, oraba por mi alma. Imploraba por ser bueno. Quería ser bueno. Deseaba ser bondadoso y no regresar jamás al lado del demonio, el cual me aguardaba frotando sus garras e intentando arrancarme nuevamente parte de mi orgullo, mi honor y mi vida por entero.

Escuché los vacilantes, pero elegantes, pasos de Louis por el corredor. Las vidrieras tenían unos matices maravillosos. Creo que le entusiasmó contemplarlas. Si bien, mi estado le conmovió como jamás lo había hecho. Estaba allí, tumbado bocabajo, rezando por todos los demonios de éste mundo. Mi espalda estaba ligeramente encorvada y él no dudó en acariciarla, pasando sus dedos lentamente por mis vértebras y costillas, para luego sentarse a mi lado.

—Ahora eres un mártir—susurró sentándose a mi lado.

—Estoy condenado por todos mis pecados. Deseo ser bueno—mascullé sin dejar de llorar.

—Eres bueno siendo malo, tú mismo lo dices—dijo tras un prolongado suspiro. ¡Ah! ¡Amo que haga eso! Esos suspiros largos que me hacen sentirme en casa.

—Tú no has visto lo que...

—No, pero no importa. Si quieres puedo quedarme contigo si te hace sentir más seguro—comentó deslizando sus largos dedos entre mis cabellos.


—No te apartes de mi lado, Louis.

sábado, 4 de abril de 2015

Pecados

Paul fue el motivo por el cual Louis se llenó de dolor y ese dolor me pareció atractivo en él. SI no hubiese muerto Paul posiblemente él y yo no nos habríamos conocido.

Lestat de Lioncourt


Con las manos juntas, tus ojos azules clavados en el altar y tu cabello dorado, como el trigo o centeno de otras tierras, parecías un ángel. Recuerdo que durante días no te movías de esa posición. Me preocupabas. Tu obsesión se volvió insoportable. Madre lloraba por ti día y noche. Ella quería para ti grandes proyectos, pero tú sólo tenías la obsesión de vestir tu sotana y lucirte como un santo. No descansabas y sentía que empezabas a perder el juicio. Creí que sería bueno para ti construir ese maldito oratorio, pero fue tu tumba y mi perdición.

Tenías dieciséis años y toda una vida por delante. Eras mucho más maduro y educado. Tenías un físico perfecto, mucho más masculino que el mío a tus años, y te veía con los ojos de un padre. Yo te cuidaba en nombre de nuestro padre, el cual había fallecido años atrás. Era el culpable de tu educación y tenía el derecho a protegerte.

Aún recuerdo como conversabas con tus supuestos ángeles. Llamaba aporreando tu puerta y no abrías. Mucho antes de tu muerte comenzó para mí el luto y el dolor en mi corazón. Te perdía, Paul. ¿Cuántas noches lloré por ti? ¿Cuántas mañanas amanecí borracho tirado en tu puerta? La preocupación me hizo caer por un precipicio terrible. Llegué a los infiernos antes de verte caer por las escaleras, salir disparado por la vidriera y terminar en el suelo como una marioneta con las cuales nos divertíamos de pequeños.

Quise ahogar mis sentimientos con el alcohol. Quería olvidar todo, inclusive las lágrimas, con cada partida de cartas, prostituta barata y botella de vino. Aprendí que nada de eso merecía la pena. Las mujeres jamás me saciaron, y tan sólo tenía la excusa perfecta para llorar pegado a sus escotes y abrazarlas por la cintura. El vino era cada vez más agrio. Las cartas eran una excusa para quedar en banca rota y poder ser asesinado. Deseaba la muerte, pero era demasiado cobarde para suicidarme. Madre sufría, pues se enterró en el luto, mientras que nuestra hermana creía que podía tocar el clavicordio intentando alejar tu fantasma.

Para ti la religión fue un refugio, pero para mí siempre fue una incógnita. Después vino él. Tenía esa pasión febril en sus ojos, muy similares a los tuyos, y ese cabello rubio que caía sobre sus hombros. En un primer momento creí que me mataría, pero no fue tan amable. Él no me mató. Decidió concederme una oportunidad y la aproveché. Éste mundo para mí es un purgatorio y sigo caminando con las penas en mi pecho, la malicia en mi mente y una pose cínica, además de terrible, frente al hombre que amo. Porque aún me siento hombre, igual que él, pues nuestros pecados no son tan diferentes a los pecados de los mortales.



jueves, 13 de noviembre de 2014

El demonio

Memnoch se presenta de nuevo tal cual es... teman por sus almas. 

Lestat de Lioncourt 



Puedes escuchar las campanas del infierno abriéndose a mi paso. Mis manos tomarán tu alma entre sus dedos, acariciando la fina lámina que eres en realidad, mientras observo cada mancha y sonrío fascinado por la caída de una nueva alma. Me puedes imaginar de mil formas. Posiblemente has visto mi rostro en algún escaparate, en la sonrisa de una seductora ejecutiva o en la mirada angustiosa de un mendigo. Es posible que me veas frente a frente en el espejo y en la cajetilla de tus cigarrillos. Incluso me habrás rezado mientras vacías tu botella de whisky en tu garganta. Soy el demonio.

He venido a relatar para ti las místicas palabras del adiós. Disfruta del último salmo. Vengo para que te despidas de éste escenario y vengas conmigo. Hemos acabado aquí. No habrá marcha atrás. La carretera al infierno se abre a nuestro paso. No te preocupes por los gritos que escuches, pues eres mi invitado y tendrás el trato que te mereces. Será un trato justo. Un duelo de igual a igual. Por favor, sonríe porque hoy es tu día de suerte.

Nunca un demonio nadie te dirá de forma más dulce que te ama. Pues yo amo a todos los que se unen en mi sufrimiento. Pues yo sufro cuando os contemplo llorar, pero a la vez creo que tengo la oportunidad de elegir un alma pura para llevarla a Dios. Si padeces conmigo, si te conviertes en mi aliado, verás que somos iguales. Somos los viejos rebeldes que cayeron en desgracia.


Por favor, no hagas preguntas. No es necesario que preguntes nada. Sólo toma lo que te ofrezco, pues es la única oportunidad que tienes. Nadie más vendrá a ofrecerte otro trato. Estás condenado a verme cada día, así que sé simpático con el demonio.  

sábado, 18 de octubre de 2014

Brinda conmigo

Nicolas de Lenfent y sus cartas extrañas... Creo que fue antes que le amputaran las manos. Aunque después también hizo diferentes obras cuando se las devolvió Armand.

Lestat de Lioncourt


Me arrancaría el corazón, pero soy incapaz. La locura me invade. Creo que ya está en cada una de mis venas, cruzando todo mi cuerpo y convirtiéndose en una tela de araña pegajosa, imposible de eliminar y olvidar. Puedo sentir su cálido aliento en mi nuca. Sus manos acarician delicadamente mi piel, el murmullo de su voz se instala en mi cabeza y quiero gritar. Sólo me consuela las múltiples partituras manchadas con sudor y tinta, los folios revueltos de mi escritorio donde narro incansablemente las diferentes obras y el violín. Sí, el violín. Él me calma. Él me hace olvidar. La sed es terrible, triste, agónica, insaciable y asombrosa. Me siento vivo cuando agarro a una de mis víctimas, clavando mis garras y colmillos, para drenar su alma a través de la roja, purificadora y gloriosa, sangre que calienta mi piel y le da un aspecto sonrosado, como el de un ángel, mientras me precipito a los infiernos.

¡Soy un demonio! ¡Me arrancaría las alas si tuviera! ¡Y el corazón si aún latiera!

Deseo volver a verlo. Tener frente a mi a mi desdichado creador. Él sabía que éste páramo oscuro, con ese ave inmortal graznando, sería terrible para mí. Un páramo baldío lleno de voces que suenan aquí y allá. No puedo dejar de pensar. No puedo dejar de sentir. No puedo dejar de beber. Él lo sabía. Él sabía todo y no me detuvo. Yo quería el poder, pero el poder sin conocimiento es nada. No puedo controlarlo. Necesito la música para calmar mi nerviosismo y mi corazón herido. Debió ofrecerme mayor consuelo, un abrazo inmortal mucho antes que ese engendro me tocara. ¿Ahora qué soy? Soy un enajenado que cuenta historias sobre la muerte, bailarinas delicadas como crisálidas y pozos llenos de oscuridad.


¡El misterio de la vida lo lleva impreso el demonio en su torso! ¡Él me mira y me señala su corazón!


¿Y yo? ¿Tengo corazón? ¿Ese terrible ser se llevará mi alma? ¿O ya la tiene cautiva? Sí, la tiene. Vendí mi alma hace mucho por un violín. La vendí. Ofrecí todo por ser libre. Quería liberarme y terminé atado. Un demonio mucho más terrible que un vampiro y su sed. Todos moriremos, pensé, no me importará sentir su aliento, creí, pero ahora estoy aquí, con él, y deseo huir. ¡Quiero la muerte! Y a la vez, como no, ansío la vida eterna y para ello debo vestir de rojo mis labios con la sangre de una nueva víctima.  

sábado, 20 de septiembre de 2014

Sheol

Memnoch me dio esto. ¿Tengo que tener miedo? ¿Puedo salir corriendo? ¿Puedo gritar llamando a mi madre? ¡Mamá, el coco me persigue!


Maldito demonio...


Lestat de Lioncourt 


Las almas son arrastradas aquí, empujadas hacia mí, mientras contemplo como unos y otros aún se desafían. Parece que fue ayer cuando éste lugar era lóbrego, casi vacío, y las almas que estaban aquí tan sólo lloraban su penosa suerte. El infierno se ha convertido en un lugar concurrido donde todos se acusan con el dedo, señalándose furiosamente, mientras se miran con desprecio. Políticos corruptos y opulentos, banqueros sin escrúpulos, empresarios que amasaron fortuna torturando a sus empleados, jóvenes descreídos enfermos por las drogas, mujeres que decidieron quitarse la vida, hombres que mataron con sus propias manos a sus hijos, mercenarios, asesinos en masa, crueles déspotas y demás despojos. Todos unidos en un grito imposible de soportar.

Dios me dio una misión. Estoy aquí observando a todos intentando decidir las diez almas. No sé aún como elegir siquiera estas. Tal vez por los arrepentidos, los descreídos, aquellos que tuvieron una vida dura y tuvieron que robar las migajas que otros lanzaban a sus caras. No lo sé. Tan sólo observo. Y mientras miro a los ojos a esos condenados, perdiéndome en sus rostros lacerados por el miedo y el dolor, recuerdo los suyos. Él, ahí de pie, intentando ser el príncipe valiente mientra sus piernas temblaban queriendo huir.

Lestat siempre me pareció idóneo para lanzar mi mensaje. Él llegaría a las masas. Cuando él habla es como un Mesías. Todos callan, guardan sus pensamientos, y agitan sus manos hacia el cielo esperando un milagro. Todos. No hay nadie que no crea que él pueda traer un mensaje propicio. Muchos le detestan, pero cientos le veneran. El amor se hizo de odio, o quizás es el odio, cuando él apareció triunfante mostrando su mejor sonrisa. Es un vampiro con corazón de niño, pues aún tiene inocencia y la malicia que desprende, esa que siempre dice tener, no es más que la travesura de un niño. Quiere ser libre y eso lo hace diferente, pues muchos dicen desear la libertad pero la temen. Él no teme a nada, salvo a la soledad. Sin embargo, aprendió a caminar por sus calles y se hizo eco de su voz. Él sabe estar solo, pero no es agradable escuchar sus pensamientos a cual más atrevidos.

Lo elegí a él. Como Dios eligió crear a los hombres, las aves o las plantas. Yo lo decidí. Fue bueno que lo hiciera. Sin embargo, ¿sabía yo que lo amaría? Tal vez ya lo amaba. Sentía una atracción casi magnética cuando deposité mis ojos en él. Siempre sería ese muchacho que cabalgaba entre los bosques, con su escopeta cargada, buscando una nueva pieza de caza para llevar a la mesa. Nunca fue cobarde, salvo en contadas ocasiones porque temió por todos. El miedo fue su jaula, pero pronto fue arrancando barrotes. Ya casi no hay nada que lo retenga, ni siquiera la soledad.

Sentado aquí me compadezco. Amar no es propio de demonios. La obsesión no es aceptable. Mi reino se derrumba entre sollozos y gritos de horror, pero yo sigo siendo el príncipe que se recrea con la visión del mundo, que no es el que se postra ante él, donde Lestat es otro monarca, uno muy distinto, con colmillos y capa.


Lestat, ven a mí una vez más.  

domingo, 31 de agosto de 2014

Mi odio es todo tuyo

Otra carta de Louis... que casual... de odio. Y yo que lo agradezco. Mejor que me odies a que me ignores, así puedo seguir molestándote hasta hacerte estallar. 

Lestat de Lioncourt 


Odiarte no es suficiente.

El odio no nace de la nada. Detesto odiarte porque sé que la llama de éste sentimiento surge de mi pasión, recuerdos y desesperación. Te adueñaste de mí. Me atrapaste como se atrapa a una polilla que camina hacia la luz. Me hiciste creer que todo era posible, que el dolor desaparecería y que la muerte no sería una salida digna. Tú, codicioso y vengativo, me arrancaste de mi destino en éste mundo. Hiciste que el tiempo se detuviera, que los colores estallaran con una fuerza insoportable y la noche estalló cargada de estrellas.

Me convertiste en un miserable.

Creaste a un monstruo lleno de dolor, para luego susurrarle que su tragedia sólo había comenzado. Debía vivir con la pena colgando en mi pecho, condenado a soportarte y aceptar que nunca podría morir. La sed laceraba mi garganta, se adueñaba de mi alma y me empujaba a cometer el peor de los crímenes. Yo no pude quitarme la vida, pero debía quitársela a otros. Decías que mi piedad era insufrible, pero te regodeabas cuando lloraba y sentías placer ante mi angustia. Eras un monstruo, siempre lo fuiste y lo serás. Un cobarde que jamás quiso decirme la verdad, y que cuando la supe sólo pudo escudarse en sentimientos que no tienes.

Todo por amor. ¡Qué bonito suena! Y que lamentable es saber que es tan falso como tus sonrisas.

¿Realmente me amabas? ¿Querías protegerme? ¿De quién? ¿De ti, de mí o de todo lo que somos? Aún no lo sé, pues no sé cuales son tus juegos a pesar de los siglos. Siempre sabes como saldrán los dados, tienes las cartas marcadas y la suerte besa tus mejillas mientras acaricia tus cabellos dorados. He visto en tus ojos la verdad desbordarse, las lágrimas sanguinolentas más cálidas que he conocido y aún así no te creo.

Quise ver el sol, pues el pasado que vivimos era demasiado amargo.

Ella era todo para mí. Prácticamente la vi morir. Pude palpar el aire cubierto de sus llantos y lamentos. Sentí como la arrancaban de mis brazos y hundían cada recuerdo en brea caliente. Tuve que vivir preso del dolor. Ya no sólo era un asesino, lo que fui incluso antes que tú me impulsaras a ello, sino un padre con los brazos vacíos y viejas cuentos infantiles amontonados en la memoria. Pero tuviste que aparecer tú. No me dejaste hacer lo que quería. Siempre haces lo que tú quieres, pero no permites que otros hagamos lo que necesitamos. Que me salvaras no significa que yo quisiera ser salvado.


Eres despreciable. Ni siquiera me dejaste morir. ¿Y debo estar agradecido? Púdrete en el infierno y no regreses. No quiero saber nada de ti, pues si acabas frente a mí posiblemente conocerás lo cálidas que son las llamas de una antorcha.  

sábado, 16 de agosto de 2014

Peón como tú.

Me ha llegado esta carta, no sé si reír o llorar. Memnoch sigue buscándome. 

Lestat de Lioncourt

Mi gran especialidad es observar los laberínticos pasillos de la maldad, los pasos de la humanidad hacia la destrucción, lo cual me molesta tanto que termino irritado frente a cada alma que pretende rebajarse por miserables triunfos. Algunos gozan de un estatus tan alto que ya es imposible frenar sus pies. Suben para después bajar. Debo castigar cada acción con contundencia, pues de mí se espera sólo ruindad. Soy el mejor amigo de la humanidad, pero he sido acusado y juzgado sin pruebas a miles de cargos en contra de ésta.

Caí como el titán Prometeo. Él fue encadenado a una roca en el Cáucaso donde cada día venía un águila para picarle el hígado, ese fue el castigo por sus pecados cometidos. Él, guardián y amante de la humanidad, que le concedió el poder del fuego a los miserables humanos que nunca le agradecieron suficiente su osadía. El amor de Prometeo fue en vano. El mío también lo es. He visto deformado mi cuerpo ante otros, mis ojos claros han llorado por cada alma que crece torcida a pesar de mis intentos. Hay libre elección, pero Dios sólo permite la suya.

En todos estos siglos jamás he encontrado algo emocionante, realmente tentador y liberador de mis cadenas. Salvo él. He podido contemplar sus pasos por éste mundo desde que conoció la vida, sintió como quedaba atrapado en una situación devastadora en su pequeño pueblo, y la sensación de euforia al saberse libre en París. Es el ser más fuerte e irracional que conozco. Sus ojos azules son tan profundos y vivos porque su alma aún goza como la de un adolescente, no adormece ni flaquea. Sus lágrimas son demasiado dulces para mí, su forma elegante y medida de desenvolverse es pura euforia.

«Te doy el mundo. El mundo no es lo que tú ves ahí, con sus edificios despampantes y la vida nocturna que tanto disfrutas. No. No es la sociedad que adolece ante cualquier tentación, hundiéndose en las turbias aguas del placer más barato que puedas imaginar. No es droga, destrucción, felicidad momentánea, lujo, dinero, amor, las caricias de una madre o las canciones que tanto te gustan. Lo bueno y lo malo de ese mundo, el mundo que tú crees que salvas con tus descabelladas acciones, no es lo que pretendo darte. Te daré todo. El cielo, el infierno y eso que llamas hogar. Todo. El universo caerá ante ti. Te ofreceré la verdad. Con la verdad podrás abrir cualquier cerradura.»


Aún espero que tome la sensata decisión de aceptar un lugar a mi lado. Mientras, estoy usando los viejos trucos que me obligaron a comprender, estudiar y usar en tantas ocasiones. Él debe ser mío. Es lo único que deseo en estos momentos. Quiero concederme un capricho después de miles de años sufriendo.  

sábado, 5 de julio de 2014

Mi infierno personal

Detestaba la soledad. Siempre he detestado el murmullo incesante de mis pensamientos. El susurro de mis recuerdos se mezclaban con las voces habituales. Nunca sabía cómo callar tanto ruido, sin embargo sabía que era necesario. Sí, era un mal necesario. Deseaba ayudar a otros e impulsarlos hacia el buen camino, aunque eso sin duda alguna era imposible. Siempre he sido un egoísta y miserable que ha decidido su destino a golpe de orgullo y deseos, los cuales si no satisfago me hace sentirme vacío. Tengo suerte de tener aún a un grupo reducido de iguales que me recuerdan que el amor está ahí, es algo vivo y puedo contar con ellos. Sin embargo, cuando llego a mi mansión siento la fría soledad abrazándome.

He decidido vivir solo. Antes las habitaciones estaban plagadas de inmortales. Había decidido hacer lo mismo que Armand, como acto desesperado de fundar una asamblea de vampiros. Quería tener cerca a mis más preciadas creaciones, viejos amigos y nuevos compañeros. Actualmente es rara la noche que coincidimos todos. Si bien, las fiestas se siguen celebrando. Amo las fiestas. Me encanta observar el lujo de colocar la mejor vajilla y cristalería, acariciar los manteles de algodón blanco y sentarme en uno de los sillones para escuchar la música que sonará en la fiesta. Me enloquece invitar a mi Jardín Salvaje a todo mortal que quiera brindar conmigo.

Quien suelo ver con asiduidad por los pasillos, como si fuera un fantasma, es David Talbot. Él suele esconder en mi biblioteca grandes misterios, escribe con destreza en su portátil las últimas aventuras que ha vivido, para luego escribir anotaciones a mano para guardarlas en las carpetas de cuero y archivadores que aún conserva. Aún hoy tiene una puntualidad británica. Suele aparecer a media noche, recorre las estancias observando los altos muros y las perfectas molduras, conversa conmigo unos minutos y se encierra en la biblioteca por unas horas. Después, como tiene acostumbrado, se marcha. Siempre se despide.

Aquella noche había estado fuera algún tiempo más de lo habitual, llegando a la vivienda entorno a media noche. Pensé que me tropezaría con mi viejo amigo y conversaríamos sobre objetos malditos, antigüedades que podían considerarse reliquias o historias tan terribles como fascinantes. Sin embargo, todo estaba en silencio. La mayoría del servicio que tenía contratado descansaba. Tan sólo uno de los mayordomos me dio la bienvenida.

Era un joven inglés, muy espigado y formal. David me había ayudado a contratar a ciertas personas que él consideraba perfectas para el puesto, además tenían ciertos talentos que en su juventud también poseía. Pensaba que podía ayudarlos encauzándolos y tenerlos cerca, o al menos a su disposición, en cualquier momento para que colaboraran activamente en sus proyectos. Sus ojos zafiros me miraron enmarcados en unas terribles ojeras, cierto estupor y preocupación.

—Bienvenido monsieur—dijo con cierto nerviosismo—, hay alguien que le espera—añadió rápidamente mientras me señalaba con el brazo derecho extendido el pasillo hacia la biblioteca.

—Gracias por avisarme que David ha llegado, ¿pero por qué me espera?—pregunté frunciendo el ceño.

—No es David—murmuró sacudiendo suavemente la cabeza en forma de negación—. No me dijo nombre.

El pasillo se encontraba a oscuras, salvo una luz suave y diáfana que iluminaba sutilmente un espejo situado en el muro derecho, justo frente donde comenzaba la escalera. Sentí una ligera sospecha de quién podía ser, pero no podía huir. Ya nos habíamos visto en otra ocasión justo en ese mismo lugar. Nadie pudo salvarme. No puedo huir de él. Vaya donde vaya, me encuentre con quien me encuentre, él estará ahí esperando el momento adecuado. Podía sentir su presencia en la oscuridad, alentándome a cruzar el pasillo y abrir las gigantescas puertas de roble de la biblioteca.

—Por favor, que nadie nos moleste—dije echando a caminar hacia la biblioteca.

—Tenga cuidado, no es humano y no es uno de los suyos—murmuró, quedando atrás aún sin cerrar la puerta principal de la vivienda.

Mis pasos parecían huecos sobre el piso de mármol y al pasar frente al espejo, tuve el impulso de mirar mi reflejo descubriendo que proyectaba una imagen distinta. Allí no estaba yo, sino él. Él me sonreía con mi ojo en la mano, su hermosa túnica blanca y sus cabellos dorados cayendo despreocupados sobre sus hombros. Fueron unas décimas de segundos, pero sé lo que vi. Contuve mi frío y muerto aliento, para después apretar la mandíbula y continuar con mis pasos hacia la puerta. Cuando coloqué mis manos temblorosas sobre los pomos supe que no volvería a tener una vida ligeramente tranquila, sino que desandaría mis pasos y recuperaría el frenesí que viví después de aquellas terribles confesiones.

Tras abrir las puertas las cerré yo mismo, quedando con los brazos a mi espalda y las manos acariciando los fríos pomos dorados de las pesadas hojas. Aquella puerta era el conducto a los infiernos, lo supe cuando las adquirí en un anticuario y pedí encarecidamente que las acomodaran para ser la entrada a la biblioteca. La sala es un palacio de libros, recuerdos y pequeñas obras de arte que muchos matarían por poder tener en sus residencias o museos; sin embargo, las puertas destacan sobre cualquier estantería, pues tiene un hermoso retablo tallado de forma artesana sobre los infiernos de Dante.

La habitación estaba vacía aparentemente. La mesa del despacho estaba bien ordenada, y a la vez cargada de documentación. El ordenador portátil estaba apagado, pero no así la luz de la lamparilla metálica ligeramente inclinada gracias su soporte dorado. Si bien, no era la única luz encendida. La lámpara de lágrimas de cuarzo estaba encendida también. Los libros parecían estar todos, bien ordenados y colocados. Lo único extraño era la silla girada hacia las estanterías y el pequeño pasillo que daba al cuadro de Rowan. Sí, un hermoso cuadro de Rowan presidía aquella sala. Ella era la mujer que más había amado después de mi madre, y sin duda alguien que me había hecho cambiar profundamente mis principios, mi egoísmo y mi alma.

—Hacía tiempo que no sabíamos nada el uno del otro—comentó—, aunque yo lo sé todo de ti—dijo girando suavemente la silla cómoda de despacho que David poseía.

Llevaba un impecable traje negro, con una corbata con un nudo simple y una camisa blanca de seda. Tenía un pisacorbatas de oro, con dos pequeños topacios que brillaban suavemente gracias a la luz que incidía en ellos. Su cabello estaba recogido en una coleta atada con un pasador negro.

—¿A qué se debe tu visita?—pregunté, dando unos pasos hacia la mesa y dejando atrás la puerta.

—Te echaba de menos, ¿tú no?—esbozó entonces una sonrisa insufrible.

—Recordare, Jesu pie, quod sum causa tuae viae...—comencé a rezar mientras dejaba que mis pasos me situaran frente a él.

—Jesús no está contigo—respondió—, y nunca lo estará—añadió.

—Al menos debo intentarlo—susurré—, pues quiero encomendar a Dios mi alma—mi voz se hizo más temblorosa, aunque intentaba que no se notara. Mis puños estaban cerrados y prácticamente me clavaba las uñas.

—Pareces todo un príncipe, ¿no es así como te aclama la masa enfervorecida? Tantas jovencitas rindiéndose a tus encantos y muchachitos suplicando que los tomes entre tus brazos, los aplastes contra tu pecho de mármol y bebas de ellos. ¿No te parece increíble?—su tono cínico de expresar aquello me provocaba. No sabía si se burlaba de mí o simplemente jugaba—. Oh, Lestat. Mi hermoso príncipe, dime ¿te has vestido así para mí? Porque realmente te encuentro terriblemente seductor—dijo colocando los codos sobre los brazos de la silla, así como su mentón sobre el dorso de sus manos—. Haces que quiera pecar y la verdad, yo también quiero ser santo.

—¡Basta!—estallé alzando los brazos, para colocarlos sobre mis orejas y presionar mis manos contra ambos lados—. Calla tu perorata y dime a qué has venido— murmuré agitado.

—Vengo en busca de algo que he perdido—respondió—. Algo preciado.

—¿Qué?—pregunté— Aquí no hay nada tuyo.

—Tú eres mío, pero te resistes a aceptar que es así—dijo inclinando suavemente su cabeza hacia delante, para luego levantarse casi de un impulso.

Me quedé estático, como si fuese una de las raras y hermosas esculturas que había adquirido para mi jardín. Siempre ofrezco una reacción similar. Siento miedo y a la vez unos deseos inconmensurables de tocarlo, apreciar que no estoy delirando y que nadie puede negarme que el demonio está frente a mí.

Salió de detrás de la mesa, me colocó las manos sobre el rostro y acarició mis pómulos marcados. Parecía fascinado con el brillo de mis ojos, igual que un cuervo, y pude ver como sus siniestras alas salían tras su espalda alzándose hacia el techo, acariciando las piedras preciosas de la lámpara y provocando en mí cierto estupor. Algunas plumas cayeron hacia el suelo de mármol, igual que copos de nieve, y quedaron cerca de nuestros pies.

—Quiero marcarte de nuevo, Lestat—me confesó—. Romper tu caro traje de sastre, aunque el azul marino te favorece, y deshacer la corbata celeste como si fuera una cinta de regalo. ¿Eres mi regalo?—rió bajo deslizando sus manos hacia mi cuello, tentando con sus dedos cada milímetro, para dejarlas sobre mi torso—. Aún recuerdo tus gemidos y cómo gritabas mi nombre, ¿lo harías de nuevo para mí?

—¡Aparta!—dije con las mejillas enrojecidas, a punto de llorar y tener un ataque de pánico. Me eché hacia atrás con pasos torpes, provocando que cayera de espaldas y me moviera como un niño que recién aprende a caminar.

—Si me complaces tendrás grandes beneficios en tu vida, ¿a caso no deseas estar cerca de tu doctora? ¿Por qué crees que sigue viva?—esbozó entonces una siniestra sonrisa que me preocupó. Tenía un brillo cruel en sus ojos azules que parecían más vivos, voraces y destructores que nunca. Él podía doblegar naciones con tan sólo un susurro. Era el opuesto a Dios, tan fuerte como él y a la vez tan caprichoso.

—¿Eso es una amenaza?—pregunté tembloroso.

—Es una respuesta a tus grandes dudas, pues bien sabes que sé dónde puedo encontrarte y qué haces en cada momento. ¿Crees que me provoca alguna satisfacción observar como retozas con ella? Tan sudoroso y descontrolado, completamente hechizado por el tacto de su piel y roce de su sexo contra el tuyo. ¡La detesto!—elevó el tono de su voz y enarcó sus cejas, tan finas y doradas como las mías, dándole un aspecto terrible—. Tú eres mío y si te dejo estar con ella es para que no termines cometiendo alguna estupidez, además me divierte ver como te deprimes. El dolor que tú sientes es el que yo tengo que soportar todos los días. Tú, mi más bello y erótico juguete, me desprecias sin siquiera comprender que podría ponerte el mundo a tus pies.

Hubo cierto silencio tras sus ultimas palabras. Yo jadeaba, como si mis pulmones necesitaran recobrarse de una terrible carrera contrarreloj.

—Ya tengo todo lo que quiero—musité.

—Tú, pero yo no—dio un par de pasos hacia mí, estiró su brazo derecho y me agarró de la corbata para levantarme, aunque sólo fueron unos centímetros del suelo—. Abre tu corazón para mí, ámame y dejaré que puedas estar con ella. De otro modo morirá, igual que Hazel y todo lo que te he permitido tener. Todo. Incluso Mona Mayfair morirá, aunque es una bonita marioneta en mis manos al igual que Julien. ¿No crees? Todos bailan como yo deseo y decido.

—Porque tú eres el demonio—dije cerrando los ojos—. Y lo que Dios da tú puedes quitarlo.

Soltó una carcajada tan fuerte que todo mi cuerpo se estremeció y pude sentir los infiernos abriéndose paso bajo mi figura, la cual parecía la de un pelele si vida, aunque sólo fue una sensación. Seguíamos en la biblioteca, notaba el fresco suelo de mármol bajo mis finas manos.

—Correcto.

—No puedes obligarme a quererte, pero sí conquistarme—abrí mis ojos y miré directamente a los suyos—. Haz que desee tus caricias y tendrás una victoria, pues de otro modo sólo tendrás un esclavo que te odiará a cada paso que de por éste mundo.

Soltó mi corbata cuando me escuchó. Parecía que algo se había quebrado en él. Sus labios se abrieron dándole a su rostro una expresión de sorpresa, pero borró ese gesto rápidamente y sonrió. Tenía una sonrisa algo infantil, casi bobalicona, cuando noté que algo cambiaba. En aquella habitación algo ocurría y lo descubrí rápidamente.

Pronto pude oler el azufre impregnándolo todo, aunque no era un olor muy fuerte, y como el suelo cambiaba hacia un aspecto más rugoso, como el de roca volcánica, para luego poder observar la tierra negra, como si fuese abrasada continuamente por largas lenguas de fuego, bajo mi cuerpo y sus pies. Me incorporé sacudiéndome mientras él cambiaba de atuendo frente a mí, llevando su digna túnica blanca, algo sucia en los bajos por el roce contra el suelo, para luego acercarse a mí tomándome del rostro. Cuando me besó el truco final concluyó. Mientras enredábamos nuestras lenguas pude ver las numerosas almas lamentándose a nuestro alrededor.

—Te llevaré a mi palacio—susurró hundiendo su rostro en el lado derecho mi cuello—. Allí te haré mío una vez más.

Me tomó del brazo izquierdo, como si fuera un preso que va camino de la sala de ejecuciones, mientras sentía como el calor sofocante de aquel lugar me hacía sudar. Él soltó una ligera risilla me perturbó, sobre todo cuando comprobé que su palacio no estaba lejos. Su vivienda en los infiernos parecía un viejo templo ateniense, poseía diversas columnas gruesas, muy firmes, y un aspecto solemne. Sin embargo, no era mármol blanco sino negro. Había una alfombra en la entrada, de color rojo, que posiblemente era algún tipo de tela poco convencional para que soportase el calor y las inclemencias de aquel sitio.

Caminamos por pasillos que sólo tenían una ligera iluminación, la cual era producida por diversas antorchas de aspecto retorcido como si fueran cuernos de carnero. La sala donde me condujo tenía una gigantesca cama con ropas color carmín. El suelo era de mármol, pero estaba cubierto de diversas alfombras.

Sin delicadeza me tiró contra la cama y se arrojó sobre mí. Sus labios eran suaves, pero bruscos. Aquellos besos eran sin duda los de un hombre, por llamarlo de alguna forma, necesitado de atenciones. Era fogoso, ardiente y decidido. No era la primera vez que me besaba con ese hambre, como si yo fuese un aperitivo. Sus manos se movían sobre mi ropa destrozándola, arrojándola a un lado y dejando mi piel rasguñada. Sus largas uñas me arañaban cuando tiraban de las prendas. Su lengua se hundía rabiosa en busca de mayores juegos. Intentaba seguir su juego por todos los medios, mis manos acariciaban su torso y las suyas rápidamente alzaron mis caderas.

—Aún no...—balbuceé echando la cabeza hacia atrás, hundiéndola en el grueso y mullido almohadón, mientras él concedía unos segundos de libertad a mi boca—. No, no... —fruncí mi ceño y cerré mis ojos, pues no quería saber siquiera si se había transformado en el dantesco ser que solía mostrarme.

Sus dientes atacaron mis pezones rosados y pequeños, tan sensibles como los lóbulos de mis orejas y mi propio cuello. Él sabía donde acariciar, pues rápidamente, con su mano derecha comenzó a estimular el pezón libre, mientras la izquierda me agarraba del cuello, presionando con el dedo pulgar mi mentón para alzar mi rostro.

—Tienes un cuello tan largo y apetecible—dijo—. Tan parecido al de tu madre—añadió, antes de abandonar un par de besos en mi pecho y buscar de nuevo mis labios.

Mi miembro se endurecía bajo el roce de su túnica, pues notaba el suyo también duro clavándose en mi cadera. Suspiré cuando apartó su boca de mí, y aquello le alentó a besarme de nuevo mientras movía su pelvis para provocarme. Se bajó de mi cuerpo, recostándose a mi lado, para luego subirme sobre él.

—Mírame Lestat—había colocado ambas manos en mi rostro, con sus pulgares dejaba caricias circulares en mis pómulos mientras con los restantes dedos, salvo el meñique, agarraban mis mejillas—. Mírame con esos profundos ojos de pobladas y gruesas pestañas, como si fueras un muñeco perfecto. Por favor, mírame. Quiero que veas a tu amo y señor—dijo con una sonrisa pérfida.

Hice lo que quería, pero parecía disgustarse. En mis ojos había deseo, pues estaba excitado, pero también temor y odio. Apartó sus manos de mi rostro para soltarme una bofetada. Fue tan fuerte el impacto que me tiró de la cama. Mi mejilla derecha ardía y mi pómulo estaba roto, pero eso no le detuvo para tomarme del suelo y tirarme contra el colchón.

Sólo mi torso estaba sobre la cama, mis piernas se encontraban abiertas y apoyadas en el suelo, con mi espalda suavemente arqueada. Colocó su mano izquierda sobre mis cabellos dorados, enredando sus dedos, para después sentir como me penetraba ayudándose de su otra mano. Solté un gemido en contra de mi voluntad, cosa que le hizo reír disfrutando del momento.

Podía sentir como aquel miembro duro y grande, cubierto de numerosas venas gruesas, invadía mi entrada. Escuchaba sus jadeos que eran como cánticos, o alabanzas, a Dios por tal derroche de placer. Notaba su mano diestra acariciando mis nalgas, pellizcándolas, golpeándolas y también deslizando los dedos por mi columna vertebral. Sus testículos emitían un fuerte sonido cuando golpeaban contra mis redondas y duras nalgas, tan blancas y suaves que lo enloquecían. Su vello púbico, rizado y espeso, se humedecía con mi sudor y el suyo, rozándose entre mis piernas. Mi sexo estaba duro, pero no sufría otras atenciones más allá de la fricción de las sábanas. Sus dedos se enredaban más en mi espeso cabello y no podía girar mi rostro para verlo por encima del hombro. Sus gigantescas alas se movían, pues podía escuchar el murmullo del aire a nuestras espaldas y la suave brisa contra mi figura.

Tras varios minutos dejó en paz mis cabellos, liberándome de esa presión contra mi cráneo, y metió su mano bajo mi torso para pellizcar mis pezones. Podía notar su dedo índice y pulgar moviéndose en círculos en mi pezón izquierdo, tirando de éste para luego hundirlo, después hizo lo mismo con el derecho y por último deslizó su mano hasta mi entrepierna. Mientras, como es lógico, gemía recitando su nombre como si fueran salmos de la Biblia.

Me pregunto si Dios veía todo aquello y si estaba de acuerdo con aquellos depravados actos. Él decía hacer el trabajo sucio, pues las almas del sheol merecían ascender a los cielos hasta pulgar sus pecados. Sin embargo, ¿estaba de acuerdo con aquello? ¿Era cierto? Aún no lo sé. Lo único que tengo seguro es que gemía pidiendo mayores atenciones cuando comenzó a masturbarme.

Sus penetraciones eran cada vez más fuertes. El lado izquierdo de mi rostro quedó contra el colchón y al fin pude verlo. Aquel rostro algo anguloso, aunque de aspecto algo femenino, con esos labios carnosos y de ojos maldito, me estremeció. Tuve que cerrar los ojos emitiendo un fuerte gemido, pues el cosquilleo que nacía en mi bajo vientre se transformó en un latigazo, el calor se volvió insufrible y todo mi cuerpo se tensó. Me aferré a las sábanas cerrando mis manos en puño, arqueé mi espalda como gato erizado y me terminé en su mano.

Salió de mí, me giró arrodillándome, y se masturbó frente a mi rostro. Podía ver su túnica mal colocada, pues en ningún momento decidió quitarse la dichosa prenda, completamente pegada a él manchada con mi sudor sanguinolento y el suyo propio. Observé sus pezones duros, marcados bajo la fina tela, y parte de su cincelado torso. Por unos instantes deseé arrancarle la ropa y lamer su figura, como si fuese una bendición divina. Sin embargo, me tenía agarrado de la nuca, aunque me soltó para que su zurda apartara los mechones que se pegaban a mi cara, despejándola, y finalmente acercando su pene a mis labios. Eyaculó con un fuerte y espeso chorro de semen, el cual cayó en mi boca abierta y que rápidamente tragué.

—En las iglesias dan el vino como la sangre de Cristo, pero aquí tendrás mis fluidos como muestra de amor eterno y salvación de tus intereses... Lestat—susurró sofocado.


Creo que me desvanecí y al despertar estaba en mi habitación, completamente desnudo y con el aroma evidente de haber tenido sexo. Me encogí en la cama abrazándome a mi almohada y comencé a llorar. No sabía que me ocurría. Quería librarme de él y no podía. Tenía miedo. Tenía un miedo terrible.  


Lestat de Lioncourt 

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Estas memorias han sido realizadas conjuntamente con Memnoch. 

miércoles, 2 de julio de 2014

Vengan a mí pecadores

Bonjour... 

Este idiota, llamado Memnoch, siempre me perseguirá. Es un maldito desgraciado que no me dejará en paz jamás. 

Lestat de Lioncourt 

Cuando miras hacia el mundo no te devuelve una sonrisa carismática, sino un lamento lleno de un insufrible dolor. Es terrible la falta de ética en la política y la ambición de la banca, así como los hilos hacia las grandes empresas que manipulan todo, y a todos, sin importarles nada. A veces, me siento un espectador más ante un Tv Show, pues simplemente miro y espero el momento álgido para presentarme.

—Mi señor, ¿saldrá hoy?—preguntó uno de mis leales súbditos—. ¿Desea dejar algún recado?

—Simplemente que mis secuaces no toquen nada. Hoy necesito más que nunca saber que no ocurrirá nada en mi ausencia—expresé levantándome del trono mientras caminaba por la sala.

Allí, en la penumbra, había estado sopesando como hacer caer a todos en mi juego. El demonio siempre juega, y nunca lo hace limpio. Me he convertido en un experto en tirar los dados y recogerlos con gracia. No hay azar, todo está planeado con antelación. Mis generales siempre vigilan, las almas que ruegan por una segunda oportunidad purgan sus pecados y comienzan a sentir rabia, dolor, impotencia o ira. Me nombraron custodio de todos sus pecados, los absorbo y expulso sobre ellos. Algún día todas las almas habrán sido salvadas, pero mientras tengo una legión sirviéndome.

Mi cuerpo desapareció como si fuera una bruma densa y gris, igual que las emisiones tóxicas de la industria de la metalurgia. Y aparecí, con elegancia, en la superficie terrestre. Mi camiseta de algodón era negra, perfecta para el logotipo de una banda de rock que rápidamente apareció, mis pantalones terminaron de ser unos vaqueros destrozados y de zapatos unas botas militares. Tomé aire y sentí en él la codicia, corrupción y mentira de siempre.

Era una ciudad común, de edificios grandes y grises, con mendigos invisibles en las aceras, iglesias atestadas de fieles carentes de escrúpulos, alguna mezquita donde se codicia tanto como en los púlpitos, miedo, odio, depravación, judíos ocasionalmente llenos de rencor, chicos de distinta raza increpándose y en definitiva una red de mentiras, rabia y opulencia cargada de miseria y desesperación. Podría decir el nombre de cualquier ciudad y todos se darían por aludidos. Sin embargo, dejaremos el nombre a parte.

Caminaba discreto, con el cabello rubio largo y suelto, mis ojos se clavaban en cada par que quedaba a mi altura. Todos estaban envenenados por un motivo u otro. Me aproximé a un mendigo, que estaba tirado en la acera apoyado en un perro y en sus ojos, en los ojos de aquel hombre, brillaba bondad, dolor y, pese a todo, esperanza. Son esos pequeños diamantes, tan minúsculos y carentes de importancia para muchos, los que me animan a creer que el mundo tiene segundas oportunidades.


Entonces, sentí algo agitar mi alma, Lestat estaba nuevamente moviéndose por el mundo. Las informaciones que me llegaban, como leve y cálidos susurros, era muy inquietante. Sonreí con una chispa de crueldad y me perdí entre la multitud. Si había alguien que podía ayudarme, aunque terminara loco y desdichado, era él. El príncipe purgaría sus delitos sirviéndome como había hecho ya una vez. Porque no se puede creer en la bondad, pero sí en la maldad. El mundo necesita un villano para poder salvarse y yo, simplemente yo, soy el más experimentado. Además, dicen que la letra con sangre entra. 

sábado, 7 de junio de 2014

Sympathy for the devil

Este texto es de Memnoch, un texto donde deja caer su rencor en cada recuerdo. 

Lestat de Lioncourt 


—¿Es que no vas a hacer nada?—preguntó frente a su creador—. Hay almas que sufren ¿y no harás nada?—repitió la pregunta frunciendo sus cejas doradas, tan perfectas como sus orbes azules. Apretó el mentón, pues le temblaba de la impotencia, mientras sus puños se cerraban queriendo golpear al omnipotente hombre que estaba echado en la silla, observándolo como si fuera una mosca a la que pudiese arrancar las alas, con una sonrisa leve, ya que se divertía, y los brazos colocados a ambos lados del trono.

—¿Qué quieres que haga mi acusador?—preguntó—. Siempre acusándome, siempre. ¿A caso no crees que tengo derecho a tomar mis decisiones?

—Jugar con tus creaciones no son decisiones, son simples juegos—arremetió contra él sintiendo como todo su cuerpo temblaba de ira, pero también de preocupación.

—Eso crees—susurró.

Ahora, sentado en soledad y rodeado de lamentos, observa su alrededor y siente la misma impotencia. El amor le fue negado, pues su amor por Dios era intenso aunque no ciego, en más de una ocasión. Todos, allí arriba, le negaron su apoyo y él cayó precipitándose a un mundo donde las almas no tienen nombre, rostro y prácticamente quedan sin recuerdos.


—Algún día... —murmuró cerrando sus ojos claros, poblados de pestañas que parecen espigas de trigo, mientras sus cabellos rozan su espalda desnuda de horribles alas—. Lestat... —dijo al notar que despertaba, cosa que le hizo salir de sus pensamientos más íntimos. Sonrió para sí, con cierta malicia, y se encaminó hacia la penetrantes oscuridad, la cual le abrazó, para dirigirse hacia donde se hallaba el vampiro, ajeno a sus planes como él estuvo ajeno a los de su Padre.  

lunes, 26 de mayo de 2014

Como Dante

Bonjour

Hoy abrimos con una poesía dedicada a Memnoch. El diablo tiene un amante, o más bien alguien que le ama. No, no soy yo. Hablo de Nicolas, por supuesto.

Lestat de Lioncourt

Quiero alzarme a los cielos de tu boca
y precipitarme a los infiernos de tu cintura.
Que se alcen una a una las siniestras notas...
Esas que hablan de ti, mi extraña y diabólica criatura.

Por favor, no condenes más mi alma
te lo ruego porque he perdido todo lo que tenía.
Ya no recuerdo que es descansar en calma
y tampoco la libertad del aleteo de la poesía.

La melancolía ha sido secuestra y torturada
a cambio de ofrecerme una felicidad distinta.
No sé como tomarme tus crueles miradas
y tus labios carnosos pintados con una sonrisa.

¿Qué somos? No puedo considerarnos amantes,
pero sí puedo tacharte de amo de los infiernos.
El mismo amo que domina a este Dante
que camina a su lado por los caminos de lo eterno.  

sábado, 22 de marzo de 2014

Mendigando amor

Bonjour 

Nicolas desea dejarme este texto y yo lo comparto. La verdad es que sí, aún la amo. 

Lestat de Lioncourt 


Reconozco tus miedos porque también son los míos. He visto tus demonios danzar al son de la descerebrada música que invade mis sentidos. Yazco entre las viejas estructuras de un amor que perdura, como si fuera un eco burlón, y que no puedo abandonar. Me duele el alma, porque el cuerpo hace tiempo que se hizo demasiado fuerte y se convirtió en coraza inaccesible. He aprendido a incendiar mi dolor para que entre en combustión cada palabra que he dicho, olvidándome así de lo delicioso que fue decirlas. Sin embargo te miro y comprendo que la vida es injusta.

¿Cuántas veces he querido abrazarte? Estás tan lejos y a la vez tan cerca. Siento que mi venganza no tiene remedio, principio o final. Sin embargo ¿podré cumplirla? He esperado tanto y ahora me detengo. Mis mayores temores provocan que tiemble y palpe a ciegas cada trozo de tu cuerpo. Te has convertido en un verdadero príncipe con aspecto gallardo y perfecto. Yo soy un condenado a muerte que se ha librado debido a un pacto infernal, el mismo que me ata a otro amor tóxico que no consigo olvidar.

Naufrago entre aguas pantanosas, lo sé. He quedado conmovido por el dolor y la entrega, también lo sé. Pero aún así, tras mis afirmaciones, divago sobre lo maravilloso que hubiese sido todo de forma distinta. Tú y yo tomados de la mano, sin importar nada, dejando que mi corazón se entregara al tuyo al fin.

¿Recuerdas que te dije? Te dije que eras la persona que más había querido en ésta vida. Pero en silencio, ese que a veces era preciso entre ambos, te juré amor eterno como a mi violín y eso te hacía aún más especial. Y sin embargo ambos terminamos odiándonos.

Tan iluso, siempre tan iluso. Me conmueve tu ilusión hacia la vida y la bondad. Buscas ser malo, pero terminas siendo puras palabras llenas de belleza que hacen suspirar a cualquiera. Incluso han hecho suspirar al mismísimo rey de los demonios. Tú has hecho que Dios te ame y el demonio te desee. ¿Y yo qué hice? No hice nada. Tan sólo permanecí encerrado en mi odio cubierto de rabia. Sabía que no vendrías a por mí, cuando yo hubiese hecho cualquier cosa por ti, y sin embargo aquí estoy rogándote una nueva oportunidad.

Estoy siendo esclavo de mis juegos y tú estás siendo libre. Puedo ver como el dolor te lame las heridas y las infecta. Lloras por esa mujer como por ninguna otra. ¿Alguna vez lloraste así por mí? Por favor, dime que sí aunque sea mentira. Permite que te toque el cabello rubio, rizado y suave mientras me consuelas confesándome que me amaste de igual modo. Sé que me quisiste ¿pero era algo más que un capricho o un juguete? Creo que no. Ambos éramos demasiado jóvenes y tú tan terco. Nunca me escuchabas y cuando rogaba que me amaras, condenándonos en cualquier acto salvaje, me despreciabas en medio de una discusión. ¿Y con ella? ¿Con ella discutiste alguna vez? Ya veo que no... No lo hacías. Eras feliz como un niño travieso jugando al amor en el paraíso. Y yo soy el infierno ¿verdad? Soy el infierno porque soy un demonio y siempre lo fui. Creado para el deseo, pero no para el amor más puro.


Tengo lágrimas en los ojos otra vez porque te veo frío, inapetente, con una sonrisa melancólica y vestido como si fueras un príncipe. Te has convertido en un dios para tantos que podrías fundar tu propia religión con tus santos y apóstoles como tus creaciones divinas. No obstante ahí estás, en silencio y con los ojos vidriosos porque te he recordado a ella. He hecho que la recuerdes. Llevo días deseando que me ames para vengarme de ti y lo único que he logrado es comenzar a recordar. Ese maldito sentimiento que me provocabas de odio y amor, de pasión y veneno, mientras me seducías con tus estúpidas palabras de actor desatado. ¿Algún día me amarás así? Quiero tu corazón y ya no sé si para torturarte o simplemente mantenerlo como si fuera un secreto prohibido. Pero es ella quien lo tiene ¿no es así? Sigue siendo ella...  

sábado, 2 de noviembre de 2013

Regresé

Nicolas de Lenfent
El Jardín Salvaje

Los infiernos se abrieron para que caminara sobre ellos sosteniendo tu recuerdo como única condena. Mis manos, ya libres del dolor, palparon mi rostro y se hundieron en mis mejillas mientras reía y lloraba girando sobre mí. La desnudez de mi cuerpo era visible, pero mi alma estaba vestida con la túnica de la ira. Caminé entre los muertos, escalé el otro mundo y hallé una grieta donde perseguir la miserable vida que tú llevas. Canté, bailé, sufrí y lloré en otra vida pero en ésta pienso reír mientras tú sufres. Prepárate para la venganza y saborea el salino sabor de tus lágrimas.


Y me alzaré en el fuego
con el corazón latiendo
y el violín en las manos.

Me alzaré entre las llamas
para devorar tu alma
y conquistar los cielos.

Mírame, soy la pesadilla
que tanto has temido

y ya no hay vuelta atrás.


He regresado a la vida con el destino de tomarte entre mis brazos, susurrar en tu oído y explicarte cuanto daño me has hecho. Te hundiré en la miseria de la culpabilidad y sentirás como tu pecho se desquebraja mientras tu verdad, esa que tanto te hace mantenerte en pie, cae derrumbada como si fuera un viejo castillo hecho con terrones de azúcar. Vas a llorar las lágrimas que yo ya no he podido verter. No te confundas conmigo, pues no regresé para vivir la calma de la eternidad.

sábado, 29 de marzo de 2008

Alma en pena


Dedicado a todo aquel que se sintió frustrado, que deseó cambiar el mundo y le rechazaron...pero que jamás se cansó de intentarlo.



Desde que nací fui condenado a un destino que mi padre marcó con su dedo, me dijo que tenía que hacer e hizo que no pensara. Soy una marioneta del supuesto bien de Dios y me siento ofuscado. Mi espada se ha blandido con demonios que tan sólo pedían libertad de pensamientos, sentimientos o un concilio con la verdad. Dios guarda todo celosamente en un pequeño cofre, lo llama el cofre de Pandora y ríe mientras ve las desgracias del mundo. Habla de que le dio a los humanos libertad y que por ello no puede ni debe intervenir, sin embargo se la niega al infierno. Los alaridos de dolor de Lucifer aún retumban en mi cabeza y yo estoy tan confuso como ese día. Mis ojos arden de tanto insomnio y fijar la vista en un mañana demasiado oscuro.

En las noches deambulo por la tierra, llevo ropa actual y los cabellos alborotados sobre mi rostro. Intento pasar desapercibido, oculto todo mi poder y me aferro a un cigarrillo. Mis ojos grises se clavan en la cenicienta ciudad, tal polvorienta y turbulenta que marea. Mi chupa de cuero negro, bastante larga cae hasta mis pies, se entalla a mi cuerpo y deja poco que ver de mi silueta. Mis pantalones son amplios, aunque a la vez algo ajustados, vaqueros y oscuros como el vacío que dejó mi corazón. Yo carezco de sentimientos, eso dice Dios, los verdaderos ángeles no tienen que desechar su vida en estos impulsos emotivos. Somos como máquinas, máquinas de guerra y exterminio. Mis labios gruesos, mi rostro frío y algo aniñado junto a un color pálido dan la imagen de un vampiro. Si supieran los escritores que todos somos criaturas de dios, que todos nos parecemos de cierto modo, no remarcarían tanto el aspecto de ciertas criaturas.

Usualmente me percato poco de lo que sucede a mí alrededor, me centro más bien en un suceso y lo sigo. He visto asesinatos, pero no he entrado en el fragor de la batalla, hasta que una noche tuve que socorrer a un muchacho. No pude soportarlo más, antes de que llegara el ángel de la muerte para otorgarle su condena le tomé en mis brazos. Abrí mis alas y corrí por los edificios para alzar el vuelo. Él se encontraba inconsciente, lo dejé en las escaleras de un hospital y durante días estuve visitándolo a la unidad de cuidados intensivos. Decía que era un amigo, me preocupaba por él como si fuera tal y al final cuando despertó había perdido la memoria. Dios en ese instante me había condenado, había borrado la historia de aquel humano por mi culpa. Desde entonces menos hago y más odio retengo.

El amor, la libertad, la furia, el sexo, el placer de un buen pitillo…todo lo ve mal. Es un viejo amargado y ha olvidado los dictámenes que dio a su hijo. Jesús está de nuestro lado, nos apoya, pero no puede hacer demasiado. En el cielo y en el infierno hay revueltas continuas, todas contra el llamado Padre de todo. No se puede llamar rey de la creación a alguien que no sabe imponer sus reglas, que no sabe controlar al rebaño y se pasa el día ajusticiando a niños a la hambruna.

Pero hoy ya fue suficiente, hoy corro por la arboleda verde de Galicia. He bajado a este trozo de paraíso tan sólo para correr por sus bosques. He desenvainado mi espada, porto orgulloso su brillo y grito cortando ramas. No iré contra Dios con ella, sino con mi lengua. Después de cortar leña me he sentado ante una pequeña fogata, he respirado el aire puro de aquel lugar y luego he apagado el fuego. Me he encaminado al cielo y me he presentado ante él, sin hacer reverencias.

“Eres peor que el peor de los hombres. Te escudas en falsas creencias, dejan que tus sacerdotes roben el cepillo de las iglesias y cada vez sea más orondos. Eres necio, das desprecio a lo que claman libertad, justicia y paz…luego te escudas en ello. Yo creo en la palabra que una vez diste, creo en ti, creo en el diálogo y odio la guerra junto a todo lo que acarrea. ¿Por qué no me escuchas? ¿Por qué no escuchas? El mundo es un desastre y no es culpa de tus criaturas, sino de quien las creó.”

Tras esto he sentido una paz enorme, mi cuerpo ha estallado y mi alma ha quedado disipada. Qué hermosa sensación…sobretodo la del vientre de una mujer, y la sabia de la vida que me otorga. Su condena es que nazca en la tierra y conviva con el hombre, que tenga sueños que no pueda conseguir y una libertad que realmente no existe. Pero es mucho mejor que ser un ángel y no poder interponerse ante sus designios.

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt