Detestaba la soledad. Siempre he
detestado el murmullo incesante de mis pensamientos. El susurro de
mis recuerdos se mezclaban con las voces habituales. Nunca sabía
cómo callar tanto ruido, sin embargo sabía que era necesario. Sí,
era un mal necesario. Deseaba ayudar a otros e impulsarlos hacia el
buen camino, aunque eso sin duda alguna era imposible. Siempre he
sido un egoísta y miserable que ha decidido su destino a golpe de
orgullo y deseos, los cuales si no satisfago me hace sentirme vacío.
Tengo suerte de tener aún a un grupo reducido de iguales que me
recuerdan que el amor está ahí, es algo vivo y puedo contar con
ellos. Sin embargo, cuando llego a mi mansión siento la fría
soledad abrazándome.
He decidido vivir solo. Antes las
habitaciones estaban plagadas de inmortales. Había decidido hacer lo
mismo que Armand, como acto desesperado de fundar una asamblea de
vampiros. Quería tener cerca a mis más preciadas creaciones, viejos
amigos y nuevos compañeros. Actualmente es rara la noche que
coincidimos todos. Si bien, las fiestas se siguen celebrando. Amo las
fiestas. Me encanta observar el lujo de colocar la mejor vajilla y
cristalería, acariciar los manteles de algodón blanco y sentarme en
uno de los sillones para escuchar la música que sonará en la
fiesta. Me enloquece invitar a mi Jardín Salvaje a todo mortal que
quiera brindar conmigo.
Quien suelo ver con asiduidad por los
pasillos, como si fuera un fantasma, es David Talbot. Él suele
esconder en mi biblioteca grandes misterios, escribe con destreza en
su portátil las últimas aventuras que ha vivido, para luego
escribir anotaciones a mano para guardarlas en las carpetas de cuero
y archivadores que aún conserva. Aún hoy tiene una puntualidad
británica. Suele aparecer a media noche, recorre las estancias
observando los altos muros y las perfectas molduras, conversa conmigo
unos minutos y se encierra en la biblioteca por unas horas. Después,
como tiene acostumbrado, se marcha. Siempre se despide.
Aquella noche había estado fuera algún
tiempo más de lo habitual, llegando a la vivienda entorno a media
noche. Pensé que me tropezaría con mi viejo amigo y conversaríamos
sobre objetos malditos, antigüedades que podían considerarse
reliquias o historias tan terribles como fascinantes. Sin embargo,
todo estaba en silencio. La mayoría del servicio que tenía
contratado descansaba. Tan sólo uno de los mayordomos me dio la
bienvenida.
Era un joven inglés, muy espigado y
formal. David me había ayudado a contratar a ciertas personas que él
consideraba perfectas para el puesto, además tenían ciertos
talentos que en su juventud también poseía. Pensaba que podía
ayudarlos encauzándolos y tenerlos cerca, o al menos a su
disposición, en cualquier momento para que colaboraran activamente
en sus proyectos. Sus ojos zafiros me miraron enmarcados en unas
terribles ojeras, cierto estupor y preocupación.
—Bienvenido monsieur—dijo con
cierto nerviosismo—, hay alguien que le espera—añadió
rápidamente mientras me señalaba con el brazo derecho extendido el
pasillo hacia la biblioteca.
—Gracias por avisarme que David ha
llegado, ¿pero por qué me espera?—pregunté frunciendo el ceño.
—No es David—murmuró sacudiendo
suavemente la cabeza en forma de negación—. No me dijo nombre.
El pasillo se encontraba a oscuras,
salvo una luz suave y diáfana que iluminaba sutilmente un espejo
situado en el muro derecho, justo frente donde comenzaba la escalera.
Sentí una ligera sospecha de quién podía ser, pero no podía huir.
Ya nos habíamos visto en otra ocasión justo en ese mismo lugar.
Nadie pudo salvarme. No puedo huir de él. Vaya donde vaya, me
encuentre con quien me encuentre, él estará ahí esperando el
momento adecuado. Podía sentir su presencia en la oscuridad,
alentándome a cruzar el pasillo y abrir las gigantescas puertas de
roble de la biblioteca.
—Por favor, que nadie nos
moleste—dije echando a caminar hacia la biblioteca.
—Tenga cuidado, no es humano y no es
uno de los suyos—murmuró, quedando atrás aún sin cerrar la
puerta principal de la vivienda.
Mis pasos parecían huecos sobre el
piso de mármol y al pasar frente al espejo, tuve el impulso de mirar
mi reflejo descubriendo que proyectaba una imagen distinta. Allí no
estaba yo, sino él. Él me sonreía con mi ojo en la mano, su
hermosa túnica blanca y sus cabellos dorados cayendo despreocupados
sobre sus hombros. Fueron unas décimas de segundos, pero sé lo que
vi. Contuve mi frío y muerto aliento, para después apretar la
mandíbula y continuar con mis pasos hacia la puerta. Cuando coloqué
mis manos temblorosas sobre los pomos supe que no volvería a tener
una vida ligeramente tranquila, sino que desandaría mis pasos y
recuperaría el frenesí que viví después de aquellas terribles
confesiones.
Tras abrir las puertas las cerré yo
mismo, quedando con los brazos a mi espalda y las manos acariciando
los fríos pomos dorados de las pesadas hojas. Aquella puerta era el
conducto a los infiernos, lo supe cuando las adquirí en un
anticuario y pedí encarecidamente que las acomodaran para ser la
entrada a la biblioteca. La sala es un palacio de libros, recuerdos y
pequeñas obras de arte que muchos matarían por poder tener en sus
residencias o museos; sin embargo, las puertas destacan sobre
cualquier estantería, pues tiene un hermoso retablo tallado de forma
artesana sobre los infiernos de Dante.
La habitación estaba vacía
aparentemente. La mesa del despacho estaba bien ordenada, y a la vez
cargada de documentación. El ordenador portátil estaba apagado,
pero no así la luz de la lamparilla metálica ligeramente inclinada
gracias su soporte dorado. Si bien, no era la única luz encendida.
La lámpara de lágrimas de cuarzo estaba encendida también. Los
libros parecían estar todos, bien ordenados y colocados. Lo único
extraño era la silla girada hacia las estanterías y el pequeño
pasillo que daba al cuadro de Rowan. Sí, un hermoso cuadro de Rowan
presidía aquella sala. Ella era la mujer que más había amado
después de mi madre, y sin duda alguien que me había hecho cambiar
profundamente mis principios, mi egoísmo y mi alma.
—Hacía tiempo que no sabíamos nada
el uno del otro—comentó—, aunque yo lo sé todo de ti—dijo
girando suavemente la silla cómoda de despacho que David poseía.
Llevaba un impecable traje negro, con
una corbata con un nudo simple y una camisa blanca de seda. Tenía un
pisacorbatas de oro, con dos pequeños topacios que brillaban
suavemente gracias a la luz que incidía en ellos. Su cabello estaba
recogido en una coleta atada con un pasador negro.
—¿A qué se debe tu
visita?—pregunté, dando unos pasos hacia la mesa y dejando atrás
la puerta.
—Te echaba de menos, ¿tú no?—esbozó
entonces una sonrisa insufrible.
—Recordare, Jesu pie, quod sum causa
tuae viae...—comencé a rezar mientras dejaba que mis pasos me
situaran frente a él.
—Jesús no está contigo—respondió—,
y nunca lo estará—añadió.
—Al menos debo intentarlo—susurré—,
pues quiero encomendar a Dios mi alma—mi voz se hizo más
temblorosa, aunque intentaba que no se notara. Mis puños estaban
cerrados y prácticamente me clavaba las uñas.
—Pareces todo un príncipe, ¿no es
así como te aclama la masa enfervorecida? Tantas jovencitas
rindiéndose a tus encantos y muchachitos suplicando que los tomes
entre tus brazos, los aplastes contra tu pecho de mármol y bebas de
ellos. ¿No te parece increíble?—su tono cínico de expresar
aquello me provocaba. No sabía si se burlaba de mí o simplemente
jugaba—. Oh, Lestat. Mi hermoso príncipe, dime ¿te has vestido
así para mí? Porque realmente te encuentro terriblemente
seductor—dijo colocando los codos sobre los brazos de la silla, así
como su mentón sobre el dorso de sus manos—. Haces que quiera
pecar y la verdad, yo también quiero ser santo.
—¡Basta!—estallé alzando los
brazos, para colocarlos sobre mis orejas y presionar mis manos contra
ambos lados—. Calla tu perorata y dime a qué has venido— murmuré
agitado.
—Vengo en busca de algo que he
perdido—respondió—. Algo preciado.
—¿Qué?—pregunté— Aquí no hay
nada tuyo.
—Tú eres mío, pero te resistes a
aceptar que es así—dijo inclinando suavemente su cabeza hacia
delante, para luego levantarse casi de un impulso.
Me quedé estático, como si fuese una
de las raras y hermosas esculturas que había adquirido para mi
jardín. Siempre ofrezco una reacción similar. Siento miedo y a la
vez unos deseos inconmensurables de tocarlo, apreciar que no estoy
delirando y que nadie puede negarme que el demonio está frente a mí.
Salió de detrás de la mesa, me colocó
las manos sobre el rostro y acarició mis pómulos marcados. Parecía
fascinado con el brillo de mis ojos, igual que un cuervo, y pude ver
como sus siniestras alas salían tras su espalda alzándose hacia el
techo, acariciando las piedras preciosas de la lámpara y provocando
en mí cierto estupor. Algunas plumas cayeron hacia el suelo de
mármol, igual que copos de nieve, y quedaron cerca de nuestros pies.
—Quiero marcarte de nuevo, Lestat—me
confesó—. Romper tu caro traje de sastre, aunque el azul marino te
favorece, y deshacer la corbata celeste como si fuera una cinta de
regalo. ¿Eres mi regalo?—rió bajo deslizando sus manos hacia mi
cuello, tentando con sus dedos cada milímetro, para dejarlas sobre
mi torso—. Aún recuerdo tus gemidos y cómo gritabas mi nombre,
¿lo harías de nuevo para mí?
—¡Aparta!—dije con las mejillas
enrojecidas, a punto de llorar y tener un ataque de pánico. Me eché
hacia atrás con pasos torpes, provocando que cayera de espaldas y me
moviera como un niño que recién aprende a caminar.
—Si me complaces tendrás grandes
beneficios en tu vida, ¿a caso no deseas estar cerca de tu doctora?
¿Por qué crees que sigue viva?—esbozó entonces una siniestra
sonrisa que me preocupó. Tenía un brillo cruel en sus ojos azules
que parecían más vivos, voraces y destructores que nunca. Él podía
doblegar naciones con tan sólo un susurro. Era el opuesto a Dios,
tan fuerte como él y a la vez tan caprichoso.
—¿Eso es una amenaza?—pregunté
tembloroso.
—Es una respuesta a tus grandes
dudas, pues bien sabes que sé dónde puedo encontrarte y qué haces
en cada momento. ¿Crees que me provoca alguna satisfacción observar
como retozas con ella? Tan sudoroso y descontrolado, completamente
hechizado por el tacto de su piel y roce de su sexo contra el tuyo.
¡La detesto!—elevó el tono de su voz y enarcó sus cejas, tan
finas y doradas como las mías, dándole un aspecto terrible—. Tú
eres mío y si te dejo estar con ella es para que no termines
cometiendo alguna estupidez, además me divierte ver como te
deprimes. El dolor que tú sientes es el que yo tengo que soportar
todos los días. Tú, mi más bello y erótico juguete, me desprecias
sin siquiera comprender que podría ponerte el mundo a tus pies.
Hubo cierto silencio tras sus ultimas
palabras. Yo jadeaba, como si mis pulmones necesitaran recobrarse de
una terrible carrera contrarreloj.
—Ya tengo todo lo que quiero—musité.
—Tú, pero yo no—dio un par de
pasos hacia mí, estiró su brazo derecho y me agarró de la corbata
para levantarme, aunque sólo fueron unos centímetros del suelo—.
Abre tu corazón para mí, ámame y dejaré que puedas estar con
ella. De otro modo morirá, igual que Hazel y todo lo que te he
permitido tener. Todo. Incluso Mona Mayfair morirá, aunque es una
bonita marioneta en mis manos al igual que Julien. ¿No crees? Todos
bailan como yo deseo y decido.
—Porque tú eres el demonio—dije
cerrando los ojos—. Y lo que Dios da tú puedes quitarlo.
Soltó una carcajada tan fuerte que
todo mi cuerpo se estremeció y pude sentir los infiernos abriéndose
paso bajo mi figura, la cual parecía la de un pelele si vida, aunque
sólo fue una sensación. Seguíamos en la biblioteca, notaba el
fresco suelo de mármol bajo mis finas manos.
—Correcto.
—No puedes obligarme a quererte, pero
sí conquistarme—abrí mis ojos y miré directamente a los suyos—.
Haz que desee tus caricias y tendrás una victoria, pues de otro modo
sólo tendrás un esclavo que te odiará a cada paso que de por éste
mundo.
Soltó mi corbata cuando me escuchó.
Parecía que algo se había quebrado en él. Sus labios se abrieron
dándole a su rostro una expresión de sorpresa, pero borró ese
gesto rápidamente y sonrió. Tenía una sonrisa algo infantil, casi
bobalicona, cuando noté que algo cambiaba. En aquella habitación
algo ocurría y lo descubrí rápidamente.
Pronto pude oler el azufre
impregnándolo todo, aunque no era un olor muy fuerte, y como el
suelo cambiaba hacia un aspecto más rugoso, como el de roca
volcánica, para luego poder observar la tierra negra, como si fuese
abrasada continuamente por largas lenguas de fuego, bajo mi cuerpo y
sus pies. Me incorporé sacudiéndome mientras él cambiaba de
atuendo frente a mí, llevando su digna túnica blanca, algo sucia en
los bajos por el roce contra el suelo, para luego acercarse a mí
tomándome del rostro. Cuando me besó el truco final concluyó.
Mientras enredábamos nuestras lenguas pude ver las numerosas almas
lamentándose a nuestro alrededor.
—Te llevaré a mi palacio—susurró
hundiendo su rostro en el lado derecho mi cuello—. Allí te haré
mío una vez más.
Me tomó del brazo izquierdo, como si
fuera un preso que va camino de la sala de ejecuciones, mientras
sentía como el calor sofocante de aquel lugar me hacía sudar. Él
soltó una ligera risilla me perturbó, sobre todo cuando comprobé
que su palacio no estaba lejos. Su vivienda en los infiernos parecía
un viejo templo ateniense, poseía diversas columnas gruesas, muy
firmes, y un aspecto solemne. Sin embargo, no era mármol blanco sino
negro. Había una alfombra en la entrada, de color rojo, que
posiblemente era algún tipo de tela poco convencional para que
soportase el calor y las inclemencias de aquel sitio.
Caminamos por pasillos que sólo tenían
una ligera iluminación, la cual era producida por diversas antorchas
de aspecto retorcido como si fueran cuernos de carnero. La sala donde
me condujo tenía una gigantesca cama con ropas color carmín. El
suelo era de mármol, pero estaba cubierto de diversas alfombras.
Sin delicadeza me tiró contra la cama
y se arrojó sobre mí. Sus labios eran suaves, pero bruscos.
Aquellos besos eran sin duda los de un hombre, por llamarlo de alguna
forma, necesitado de atenciones. Era fogoso, ardiente y decidido. No
era la primera vez que me besaba con ese hambre, como si yo fuese un
aperitivo. Sus manos se movían sobre mi ropa destrozándola,
arrojándola a un lado y dejando mi piel rasguñada. Sus largas uñas
me arañaban cuando tiraban de las prendas. Su lengua se hundía
rabiosa en busca de mayores juegos. Intentaba seguir su juego por
todos los medios, mis manos acariciaban su torso y las suyas
rápidamente alzaron mis caderas.
—Aún no...—balbuceé echando la
cabeza hacia atrás, hundiéndola en el grueso y mullido almohadón,
mientras él concedía unos segundos de libertad a mi boca—. No,
no... —fruncí mi ceño y cerré mis ojos, pues no quería saber
siquiera si se había transformado en el dantesco ser que solía
mostrarme.
Sus dientes atacaron mis pezones
rosados y pequeños, tan sensibles como los lóbulos de mis orejas y
mi propio cuello. Él sabía donde acariciar, pues rápidamente, con
su mano derecha comenzó a estimular el pezón libre, mientras la
izquierda me agarraba del cuello, presionando con el dedo pulgar mi
mentón para alzar mi rostro.
—Tienes un cuello tan largo y
apetecible—dijo—. Tan parecido al de tu madre—añadió, antes
de abandonar un par de besos en mi pecho y buscar de nuevo mis
labios.
Mi miembro se endurecía bajo el roce
de su túnica, pues notaba el suyo también duro clavándose en mi
cadera. Suspiré cuando apartó su boca de mí, y aquello le alentó
a besarme de nuevo mientras movía su pelvis para provocarme. Se bajó
de mi cuerpo, recostándose a mi lado, para luego subirme sobre él.
—Mírame Lestat—había colocado
ambas manos en mi rostro, con sus pulgares dejaba caricias circulares
en mis pómulos mientras con los restantes dedos, salvo el meñique,
agarraban mis mejillas—. Mírame con esos profundos ojos de
pobladas y gruesas pestañas, como si fueras un muñeco perfecto. Por
favor, mírame. Quiero que veas a tu amo y señor—dijo con una
sonrisa pérfida.
Hice lo que quería, pero parecía
disgustarse. En mis ojos había deseo, pues estaba excitado, pero
también temor y odio. Apartó sus manos de mi rostro para soltarme
una bofetada. Fue tan fuerte el impacto que me tiró de la cama. Mi
mejilla derecha ardía y mi pómulo estaba roto, pero eso no le
detuvo para tomarme del suelo y tirarme contra el colchón.
Sólo mi torso estaba sobre la cama,
mis piernas se encontraban abiertas y apoyadas en el suelo, con mi
espalda suavemente arqueada. Colocó su mano izquierda sobre mis
cabellos dorados, enredando sus dedos, para después sentir como me
penetraba ayudándose de su otra mano. Solté un gemido en contra de
mi voluntad, cosa que le hizo reír disfrutando del momento.
Podía sentir como aquel miembro duro y
grande, cubierto de numerosas venas gruesas, invadía mi entrada.
Escuchaba sus jadeos que eran como cánticos, o alabanzas, a Dios por
tal derroche de placer. Notaba su mano diestra acariciando mis
nalgas, pellizcándolas, golpeándolas y también deslizando los
dedos por mi columna vertebral. Sus testículos emitían un fuerte
sonido cuando golpeaban contra mis redondas y duras nalgas, tan
blancas y suaves que lo enloquecían. Su vello púbico, rizado y
espeso, se humedecía con mi sudor y el suyo, rozándose entre mis
piernas. Mi sexo estaba duro, pero no sufría otras atenciones más
allá de la fricción de las sábanas. Sus dedos se enredaban más en
mi espeso cabello y no podía girar mi rostro para verlo por encima
del hombro. Sus gigantescas alas se movían, pues podía escuchar el
murmullo del aire a nuestras espaldas y la suave brisa contra mi
figura.
Tras varios minutos dejó en paz mis
cabellos, liberándome de esa presión contra mi cráneo, y metió su
mano bajo mi torso para pellizcar mis pezones. Podía notar su dedo
índice y pulgar moviéndose en círculos en mi pezón izquierdo,
tirando de éste para luego hundirlo, después hizo lo mismo con el
derecho y por último deslizó su mano hasta mi entrepierna.
Mientras, como es lógico, gemía recitando su nombre como si fueran
salmos de la Biblia.
Me pregunto si Dios veía todo aquello
y si estaba de acuerdo con aquellos depravados actos. Él decía
hacer el trabajo sucio, pues las almas del sheol merecían ascender a
los cielos hasta pulgar sus pecados. Sin embargo, ¿estaba de acuerdo
con aquello? ¿Era cierto? Aún no lo sé. Lo único que tengo seguro
es que gemía pidiendo mayores atenciones cuando comenzó a
masturbarme.
Sus penetraciones eran cada vez más
fuertes. El lado izquierdo de mi rostro quedó contra el colchón y
al fin pude verlo. Aquel rostro algo anguloso, aunque de aspecto algo
femenino, con esos labios carnosos y de ojos maldito, me estremeció.
Tuve que cerrar los ojos emitiendo un fuerte gemido, pues el
cosquilleo que nacía en mi bajo vientre se transformó en un
latigazo, el calor se volvió insufrible y todo mi cuerpo se tensó.
Me aferré a las sábanas cerrando mis manos en puño, arqueé mi
espalda como gato erizado y me terminé en su mano.
Salió de mí, me giró arrodillándome,
y se masturbó frente a mi rostro. Podía ver su túnica mal
colocada, pues en ningún momento decidió quitarse la dichosa
prenda, completamente pegada a él manchada con mi sudor
sanguinolento y el suyo propio. Observé sus pezones duros, marcados
bajo la fina tela, y parte de su cincelado torso. Por unos instantes
deseé arrancarle la ropa y lamer su figura, como si fuese una
bendición divina. Sin embargo, me tenía agarrado de la nuca, aunque
me soltó para que su zurda apartara los mechones que se pegaban a mi
cara, despejándola, y finalmente acercando su pene a mis labios.
Eyaculó con un fuerte y espeso chorro de semen, el cual cayó en mi
boca abierta y que rápidamente tragué.
—En las iglesias dan el vino como la
sangre de Cristo, pero aquí tendrás mis fluidos como muestra de
amor eterno y salvación de tus intereses... Lestat—susurró
sofocado.
Creo que me desvanecí y al despertar
estaba en mi habitación, completamente desnudo y con el aroma
evidente de haber tenido sexo. Me encogí en la cama abrazándome a
mi almohada y comencé a llorar. No sabía que me ocurría. Quería
librarme de él y no podía. Tenía miedo. Tenía un miedo terrible.
Lestat de Lioncourt
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Estas memorias han sido realizadas conjuntamente con Memnoch.
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