Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

sábado, 5 de julio de 2014

Mi infierno personal

Detestaba la soledad. Siempre he detestado el murmullo incesante de mis pensamientos. El susurro de mis recuerdos se mezclaban con las voces habituales. Nunca sabía cómo callar tanto ruido, sin embargo sabía que era necesario. Sí, era un mal necesario. Deseaba ayudar a otros e impulsarlos hacia el buen camino, aunque eso sin duda alguna era imposible. Siempre he sido un egoísta y miserable que ha decidido su destino a golpe de orgullo y deseos, los cuales si no satisfago me hace sentirme vacío. Tengo suerte de tener aún a un grupo reducido de iguales que me recuerdan que el amor está ahí, es algo vivo y puedo contar con ellos. Sin embargo, cuando llego a mi mansión siento la fría soledad abrazándome.

He decidido vivir solo. Antes las habitaciones estaban plagadas de inmortales. Había decidido hacer lo mismo que Armand, como acto desesperado de fundar una asamblea de vampiros. Quería tener cerca a mis más preciadas creaciones, viejos amigos y nuevos compañeros. Actualmente es rara la noche que coincidimos todos. Si bien, las fiestas se siguen celebrando. Amo las fiestas. Me encanta observar el lujo de colocar la mejor vajilla y cristalería, acariciar los manteles de algodón blanco y sentarme en uno de los sillones para escuchar la música que sonará en la fiesta. Me enloquece invitar a mi Jardín Salvaje a todo mortal que quiera brindar conmigo.

Quien suelo ver con asiduidad por los pasillos, como si fuera un fantasma, es David Talbot. Él suele esconder en mi biblioteca grandes misterios, escribe con destreza en su portátil las últimas aventuras que ha vivido, para luego escribir anotaciones a mano para guardarlas en las carpetas de cuero y archivadores que aún conserva. Aún hoy tiene una puntualidad británica. Suele aparecer a media noche, recorre las estancias observando los altos muros y las perfectas molduras, conversa conmigo unos minutos y se encierra en la biblioteca por unas horas. Después, como tiene acostumbrado, se marcha. Siempre se despide.

Aquella noche había estado fuera algún tiempo más de lo habitual, llegando a la vivienda entorno a media noche. Pensé que me tropezaría con mi viejo amigo y conversaríamos sobre objetos malditos, antigüedades que podían considerarse reliquias o historias tan terribles como fascinantes. Sin embargo, todo estaba en silencio. La mayoría del servicio que tenía contratado descansaba. Tan sólo uno de los mayordomos me dio la bienvenida.

Era un joven inglés, muy espigado y formal. David me había ayudado a contratar a ciertas personas que él consideraba perfectas para el puesto, además tenían ciertos talentos que en su juventud también poseía. Pensaba que podía ayudarlos encauzándolos y tenerlos cerca, o al menos a su disposición, en cualquier momento para que colaboraran activamente en sus proyectos. Sus ojos zafiros me miraron enmarcados en unas terribles ojeras, cierto estupor y preocupación.

—Bienvenido monsieur—dijo con cierto nerviosismo—, hay alguien que le espera—añadió rápidamente mientras me señalaba con el brazo derecho extendido el pasillo hacia la biblioteca.

—Gracias por avisarme que David ha llegado, ¿pero por qué me espera?—pregunté frunciendo el ceño.

—No es David—murmuró sacudiendo suavemente la cabeza en forma de negación—. No me dijo nombre.

El pasillo se encontraba a oscuras, salvo una luz suave y diáfana que iluminaba sutilmente un espejo situado en el muro derecho, justo frente donde comenzaba la escalera. Sentí una ligera sospecha de quién podía ser, pero no podía huir. Ya nos habíamos visto en otra ocasión justo en ese mismo lugar. Nadie pudo salvarme. No puedo huir de él. Vaya donde vaya, me encuentre con quien me encuentre, él estará ahí esperando el momento adecuado. Podía sentir su presencia en la oscuridad, alentándome a cruzar el pasillo y abrir las gigantescas puertas de roble de la biblioteca.

—Por favor, que nadie nos moleste—dije echando a caminar hacia la biblioteca.

—Tenga cuidado, no es humano y no es uno de los suyos—murmuró, quedando atrás aún sin cerrar la puerta principal de la vivienda.

Mis pasos parecían huecos sobre el piso de mármol y al pasar frente al espejo, tuve el impulso de mirar mi reflejo descubriendo que proyectaba una imagen distinta. Allí no estaba yo, sino él. Él me sonreía con mi ojo en la mano, su hermosa túnica blanca y sus cabellos dorados cayendo despreocupados sobre sus hombros. Fueron unas décimas de segundos, pero sé lo que vi. Contuve mi frío y muerto aliento, para después apretar la mandíbula y continuar con mis pasos hacia la puerta. Cuando coloqué mis manos temblorosas sobre los pomos supe que no volvería a tener una vida ligeramente tranquila, sino que desandaría mis pasos y recuperaría el frenesí que viví después de aquellas terribles confesiones.

Tras abrir las puertas las cerré yo mismo, quedando con los brazos a mi espalda y las manos acariciando los fríos pomos dorados de las pesadas hojas. Aquella puerta era el conducto a los infiernos, lo supe cuando las adquirí en un anticuario y pedí encarecidamente que las acomodaran para ser la entrada a la biblioteca. La sala es un palacio de libros, recuerdos y pequeñas obras de arte que muchos matarían por poder tener en sus residencias o museos; sin embargo, las puertas destacan sobre cualquier estantería, pues tiene un hermoso retablo tallado de forma artesana sobre los infiernos de Dante.

La habitación estaba vacía aparentemente. La mesa del despacho estaba bien ordenada, y a la vez cargada de documentación. El ordenador portátil estaba apagado, pero no así la luz de la lamparilla metálica ligeramente inclinada gracias su soporte dorado. Si bien, no era la única luz encendida. La lámpara de lágrimas de cuarzo estaba encendida también. Los libros parecían estar todos, bien ordenados y colocados. Lo único extraño era la silla girada hacia las estanterías y el pequeño pasillo que daba al cuadro de Rowan. Sí, un hermoso cuadro de Rowan presidía aquella sala. Ella era la mujer que más había amado después de mi madre, y sin duda alguien que me había hecho cambiar profundamente mis principios, mi egoísmo y mi alma.

—Hacía tiempo que no sabíamos nada el uno del otro—comentó—, aunque yo lo sé todo de ti—dijo girando suavemente la silla cómoda de despacho que David poseía.

Llevaba un impecable traje negro, con una corbata con un nudo simple y una camisa blanca de seda. Tenía un pisacorbatas de oro, con dos pequeños topacios que brillaban suavemente gracias a la luz que incidía en ellos. Su cabello estaba recogido en una coleta atada con un pasador negro.

—¿A qué se debe tu visita?—pregunté, dando unos pasos hacia la mesa y dejando atrás la puerta.

—Te echaba de menos, ¿tú no?—esbozó entonces una sonrisa insufrible.

—Recordare, Jesu pie, quod sum causa tuae viae...—comencé a rezar mientras dejaba que mis pasos me situaran frente a él.

—Jesús no está contigo—respondió—, y nunca lo estará—añadió.

—Al menos debo intentarlo—susurré—, pues quiero encomendar a Dios mi alma—mi voz se hizo más temblorosa, aunque intentaba que no se notara. Mis puños estaban cerrados y prácticamente me clavaba las uñas.

—Pareces todo un príncipe, ¿no es así como te aclama la masa enfervorecida? Tantas jovencitas rindiéndose a tus encantos y muchachitos suplicando que los tomes entre tus brazos, los aplastes contra tu pecho de mármol y bebas de ellos. ¿No te parece increíble?—su tono cínico de expresar aquello me provocaba. No sabía si se burlaba de mí o simplemente jugaba—. Oh, Lestat. Mi hermoso príncipe, dime ¿te has vestido así para mí? Porque realmente te encuentro terriblemente seductor—dijo colocando los codos sobre los brazos de la silla, así como su mentón sobre el dorso de sus manos—. Haces que quiera pecar y la verdad, yo también quiero ser santo.

—¡Basta!—estallé alzando los brazos, para colocarlos sobre mis orejas y presionar mis manos contra ambos lados—. Calla tu perorata y dime a qué has venido— murmuré agitado.

—Vengo en busca de algo que he perdido—respondió—. Algo preciado.

—¿Qué?—pregunté— Aquí no hay nada tuyo.

—Tú eres mío, pero te resistes a aceptar que es así—dijo inclinando suavemente su cabeza hacia delante, para luego levantarse casi de un impulso.

Me quedé estático, como si fuese una de las raras y hermosas esculturas que había adquirido para mi jardín. Siempre ofrezco una reacción similar. Siento miedo y a la vez unos deseos inconmensurables de tocarlo, apreciar que no estoy delirando y que nadie puede negarme que el demonio está frente a mí.

Salió de detrás de la mesa, me colocó las manos sobre el rostro y acarició mis pómulos marcados. Parecía fascinado con el brillo de mis ojos, igual que un cuervo, y pude ver como sus siniestras alas salían tras su espalda alzándose hacia el techo, acariciando las piedras preciosas de la lámpara y provocando en mí cierto estupor. Algunas plumas cayeron hacia el suelo de mármol, igual que copos de nieve, y quedaron cerca de nuestros pies.

—Quiero marcarte de nuevo, Lestat—me confesó—. Romper tu caro traje de sastre, aunque el azul marino te favorece, y deshacer la corbata celeste como si fuera una cinta de regalo. ¿Eres mi regalo?—rió bajo deslizando sus manos hacia mi cuello, tentando con sus dedos cada milímetro, para dejarlas sobre mi torso—. Aún recuerdo tus gemidos y cómo gritabas mi nombre, ¿lo harías de nuevo para mí?

—¡Aparta!—dije con las mejillas enrojecidas, a punto de llorar y tener un ataque de pánico. Me eché hacia atrás con pasos torpes, provocando que cayera de espaldas y me moviera como un niño que recién aprende a caminar.

—Si me complaces tendrás grandes beneficios en tu vida, ¿a caso no deseas estar cerca de tu doctora? ¿Por qué crees que sigue viva?—esbozó entonces una siniestra sonrisa que me preocupó. Tenía un brillo cruel en sus ojos azules que parecían más vivos, voraces y destructores que nunca. Él podía doblegar naciones con tan sólo un susurro. Era el opuesto a Dios, tan fuerte como él y a la vez tan caprichoso.

—¿Eso es una amenaza?—pregunté tembloroso.

—Es una respuesta a tus grandes dudas, pues bien sabes que sé dónde puedo encontrarte y qué haces en cada momento. ¿Crees que me provoca alguna satisfacción observar como retozas con ella? Tan sudoroso y descontrolado, completamente hechizado por el tacto de su piel y roce de su sexo contra el tuyo. ¡La detesto!—elevó el tono de su voz y enarcó sus cejas, tan finas y doradas como las mías, dándole un aspecto terrible—. Tú eres mío y si te dejo estar con ella es para que no termines cometiendo alguna estupidez, además me divierte ver como te deprimes. El dolor que tú sientes es el que yo tengo que soportar todos los días. Tú, mi más bello y erótico juguete, me desprecias sin siquiera comprender que podría ponerte el mundo a tus pies.

Hubo cierto silencio tras sus ultimas palabras. Yo jadeaba, como si mis pulmones necesitaran recobrarse de una terrible carrera contrarreloj.

—Ya tengo todo lo que quiero—musité.

—Tú, pero yo no—dio un par de pasos hacia mí, estiró su brazo derecho y me agarró de la corbata para levantarme, aunque sólo fueron unos centímetros del suelo—. Abre tu corazón para mí, ámame y dejaré que puedas estar con ella. De otro modo morirá, igual que Hazel y todo lo que te he permitido tener. Todo. Incluso Mona Mayfair morirá, aunque es una bonita marioneta en mis manos al igual que Julien. ¿No crees? Todos bailan como yo deseo y decido.

—Porque tú eres el demonio—dije cerrando los ojos—. Y lo que Dios da tú puedes quitarlo.

Soltó una carcajada tan fuerte que todo mi cuerpo se estremeció y pude sentir los infiernos abriéndose paso bajo mi figura, la cual parecía la de un pelele si vida, aunque sólo fue una sensación. Seguíamos en la biblioteca, notaba el fresco suelo de mármol bajo mis finas manos.

—Correcto.

—No puedes obligarme a quererte, pero sí conquistarme—abrí mis ojos y miré directamente a los suyos—. Haz que desee tus caricias y tendrás una victoria, pues de otro modo sólo tendrás un esclavo que te odiará a cada paso que de por éste mundo.

Soltó mi corbata cuando me escuchó. Parecía que algo se había quebrado en él. Sus labios se abrieron dándole a su rostro una expresión de sorpresa, pero borró ese gesto rápidamente y sonrió. Tenía una sonrisa algo infantil, casi bobalicona, cuando noté que algo cambiaba. En aquella habitación algo ocurría y lo descubrí rápidamente.

Pronto pude oler el azufre impregnándolo todo, aunque no era un olor muy fuerte, y como el suelo cambiaba hacia un aspecto más rugoso, como el de roca volcánica, para luego poder observar la tierra negra, como si fuese abrasada continuamente por largas lenguas de fuego, bajo mi cuerpo y sus pies. Me incorporé sacudiéndome mientras él cambiaba de atuendo frente a mí, llevando su digna túnica blanca, algo sucia en los bajos por el roce contra el suelo, para luego acercarse a mí tomándome del rostro. Cuando me besó el truco final concluyó. Mientras enredábamos nuestras lenguas pude ver las numerosas almas lamentándose a nuestro alrededor.

—Te llevaré a mi palacio—susurró hundiendo su rostro en el lado derecho mi cuello—. Allí te haré mío una vez más.

Me tomó del brazo izquierdo, como si fuera un preso que va camino de la sala de ejecuciones, mientras sentía como el calor sofocante de aquel lugar me hacía sudar. Él soltó una ligera risilla me perturbó, sobre todo cuando comprobé que su palacio no estaba lejos. Su vivienda en los infiernos parecía un viejo templo ateniense, poseía diversas columnas gruesas, muy firmes, y un aspecto solemne. Sin embargo, no era mármol blanco sino negro. Había una alfombra en la entrada, de color rojo, que posiblemente era algún tipo de tela poco convencional para que soportase el calor y las inclemencias de aquel sitio.

Caminamos por pasillos que sólo tenían una ligera iluminación, la cual era producida por diversas antorchas de aspecto retorcido como si fueran cuernos de carnero. La sala donde me condujo tenía una gigantesca cama con ropas color carmín. El suelo era de mármol, pero estaba cubierto de diversas alfombras.

Sin delicadeza me tiró contra la cama y se arrojó sobre mí. Sus labios eran suaves, pero bruscos. Aquellos besos eran sin duda los de un hombre, por llamarlo de alguna forma, necesitado de atenciones. Era fogoso, ardiente y decidido. No era la primera vez que me besaba con ese hambre, como si yo fuese un aperitivo. Sus manos se movían sobre mi ropa destrozándola, arrojándola a un lado y dejando mi piel rasguñada. Sus largas uñas me arañaban cuando tiraban de las prendas. Su lengua se hundía rabiosa en busca de mayores juegos. Intentaba seguir su juego por todos los medios, mis manos acariciaban su torso y las suyas rápidamente alzaron mis caderas.

—Aún no...—balbuceé echando la cabeza hacia atrás, hundiéndola en el grueso y mullido almohadón, mientras él concedía unos segundos de libertad a mi boca—. No, no... —fruncí mi ceño y cerré mis ojos, pues no quería saber siquiera si se había transformado en el dantesco ser que solía mostrarme.

Sus dientes atacaron mis pezones rosados y pequeños, tan sensibles como los lóbulos de mis orejas y mi propio cuello. Él sabía donde acariciar, pues rápidamente, con su mano derecha comenzó a estimular el pezón libre, mientras la izquierda me agarraba del cuello, presionando con el dedo pulgar mi mentón para alzar mi rostro.

—Tienes un cuello tan largo y apetecible—dijo—. Tan parecido al de tu madre—añadió, antes de abandonar un par de besos en mi pecho y buscar de nuevo mis labios.

Mi miembro se endurecía bajo el roce de su túnica, pues notaba el suyo también duro clavándose en mi cadera. Suspiré cuando apartó su boca de mí, y aquello le alentó a besarme de nuevo mientras movía su pelvis para provocarme. Se bajó de mi cuerpo, recostándose a mi lado, para luego subirme sobre él.

—Mírame Lestat—había colocado ambas manos en mi rostro, con sus pulgares dejaba caricias circulares en mis pómulos mientras con los restantes dedos, salvo el meñique, agarraban mis mejillas—. Mírame con esos profundos ojos de pobladas y gruesas pestañas, como si fueras un muñeco perfecto. Por favor, mírame. Quiero que veas a tu amo y señor—dijo con una sonrisa pérfida.

Hice lo que quería, pero parecía disgustarse. En mis ojos había deseo, pues estaba excitado, pero también temor y odio. Apartó sus manos de mi rostro para soltarme una bofetada. Fue tan fuerte el impacto que me tiró de la cama. Mi mejilla derecha ardía y mi pómulo estaba roto, pero eso no le detuvo para tomarme del suelo y tirarme contra el colchón.

Sólo mi torso estaba sobre la cama, mis piernas se encontraban abiertas y apoyadas en el suelo, con mi espalda suavemente arqueada. Colocó su mano izquierda sobre mis cabellos dorados, enredando sus dedos, para después sentir como me penetraba ayudándose de su otra mano. Solté un gemido en contra de mi voluntad, cosa que le hizo reír disfrutando del momento.

Podía sentir como aquel miembro duro y grande, cubierto de numerosas venas gruesas, invadía mi entrada. Escuchaba sus jadeos que eran como cánticos, o alabanzas, a Dios por tal derroche de placer. Notaba su mano diestra acariciando mis nalgas, pellizcándolas, golpeándolas y también deslizando los dedos por mi columna vertebral. Sus testículos emitían un fuerte sonido cuando golpeaban contra mis redondas y duras nalgas, tan blancas y suaves que lo enloquecían. Su vello púbico, rizado y espeso, se humedecía con mi sudor y el suyo, rozándose entre mis piernas. Mi sexo estaba duro, pero no sufría otras atenciones más allá de la fricción de las sábanas. Sus dedos se enredaban más en mi espeso cabello y no podía girar mi rostro para verlo por encima del hombro. Sus gigantescas alas se movían, pues podía escuchar el murmullo del aire a nuestras espaldas y la suave brisa contra mi figura.

Tras varios minutos dejó en paz mis cabellos, liberándome de esa presión contra mi cráneo, y metió su mano bajo mi torso para pellizcar mis pezones. Podía notar su dedo índice y pulgar moviéndose en círculos en mi pezón izquierdo, tirando de éste para luego hundirlo, después hizo lo mismo con el derecho y por último deslizó su mano hasta mi entrepierna. Mientras, como es lógico, gemía recitando su nombre como si fueran salmos de la Biblia.

Me pregunto si Dios veía todo aquello y si estaba de acuerdo con aquellos depravados actos. Él decía hacer el trabajo sucio, pues las almas del sheol merecían ascender a los cielos hasta pulgar sus pecados. Sin embargo, ¿estaba de acuerdo con aquello? ¿Era cierto? Aún no lo sé. Lo único que tengo seguro es que gemía pidiendo mayores atenciones cuando comenzó a masturbarme.

Sus penetraciones eran cada vez más fuertes. El lado izquierdo de mi rostro quedó contra el colchón y al fin pude verlo. Aquel rostro algo anguloso, aunque de aspecto algo femenino, con esos labios carnosos y de ojos maldito, me estremeció. Tuve que cerrar los ojos emitiendo un fuerte gemido, pues el cosquilleo que nacía en mi bajo vientre se transformó en un latigazo, el calor se volvió insufrible y todo mi cuerpo se tensó. Me aferré a las sábanas cerrando mis manos en puño, arqueé mi espalda como gato erizado y me terminé en su mano.

Salió de mí, me giró arrodillándome, y se masturbó frente a mi rostro. Podía ver su túnica mal colocada, pues en ningún momento decidió quitarse la dichosa prenda, completamente pegada a él manchada con mi sudor sanguinolento y el suyo propio. Observé sus pezones duros, marcados bajo la fina tela, y parte de su cincelado torso. Por unos instantes deseé arrancarle la ropa y lamer su figura, como si fuese una bendición divina. Sin embargo, me tenía agarrado de la nuca, aunque me soltó para que su zurda apartara los mechones que se pegaban a mi cara, despejándola, y finalmente acercando su pene a mis labios. Eyaculó con un fuerte y espeso chorro de semen, el cual cayó en mi boca abierta y que rápidamente tragué.

—En las iglesias dan el vino como la sangre de Cristo, pero aquí tendrás mis fluidos como muestra de amor eterno y salvación de tus intereses... Lestat—susurró sofocado.


Creo que me desvanecí y al despertar estaba en mi habitación, completamente desnudo y con el aroma evidente de haber tenido sexo. Me encogí en la cama abrazándome a mi almohada y comencé a llorar. No sabía que me ocurría. Quería librarme de él y no podía. Tenía miedo. Tenía un miedo terrible.  


Lestat de Lioncourt 

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Estas memorias han sido realizadas conjuntamente con Memnoch. 

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Lestat de Lioncourt