Esta escena se la presentamos como unas de las memorias más intensas. Espero que comprendan a Pandora, Armand y el resto contra Marius.
Lestat de Lioncourt
—¿Por qué?—preguntó, con mirada
desafiante, como si de aquello dependiera su vida—. Dímelo, ¿por
qué lo hiciste? Aún espero tu disculpa—sus labios, tan carnosos
como siempre, parecían cargados de rabia.
—¿Por qué tengo que darte
explicaciones?—respondió—. ¿Por qué? Tú no lo haces, y como
ves yo tampoco.
—¡Pero yo no he mentido!—dijo
furiosa— ¡Marius, por favor, has dicho que era prácticamente una
fulana!—entonces, como de la nada, sintió como dos manos la
tomaban de la cintura, pegándola contra un torso duro como el mármol
pero de color moreno.
Arjun estaba allí para calmarla, y
protegerla incluso de ella misma. Él la amaba por encima de muchas
cosas, como su propio bienestar. Daría por su señora cualquier
parte de su cuerpo, su alma y futuro.
—¿Y? No iba a decir toda la verdad,
¿comprendes?—parecía calmado, pero comenzaba a estar inquieto y
lleno de ira.
—¡Sobre ese mocoso tuyo no has
mentido!—exclamó.
—Tómalo como una venganza por
dejarme solo—argumentó evidenciando el motivo, con sus ojos fríos
cargados de fuego y su túnica moviéndose al fin.
Ambos estaban a punto de lanzarse al
cuello. Armand, situado en una esquina de la habitación, observaba
todo junto a Benji, que estaba tomado de su mano, y Sybelle que
incrédula, con el mentón tembloroso, acudía a la primera pelea de
esos dos.
—¡Alto!—expresó Flavius, a las
espaldas de Arjun—. Amigo, lleva a nuestra señora a refrescarse y
permite que yo hable con él.
—¡Ya!—gritó desesperada—.
¡Aparta Arjun! ¡Y tú, Flavius, no necesito que me defiendas! ¡Con
ese maldito patán puedo sola!—se expresaba con una rabia imposible
de controlar, por ese motivo Arjun la soltó y se colocó al lado del
otro creado de Pandora, otro compañero de oficio por así decirlo.
Arjun guardó silencio intentando ver
como mediar sin que su furia cayera sobre él, Armand se mordía los
labios sintiéndose herido sin saber porqué, los jóvenes vampiros
temblaban de miedo tras él y Flavius simplemente contemplaba a
Marius, el cual estaba a punto de estallar.
—¡Pídeme perdón!—gritó.
—¡Nunca!—dijo él.
—¡Te mato!—ella se arrojó hacia
él enterrando sus largas uñas en su duro rostro. La sangre emanó
rápido de las heridas que cicatrizaban segundos después. Marius
intentaba apartarla, pero ella seguía chillando. Finalmente, él
cayó al suelo y ella quedó encima furiosa, a punto de arrancarle la
tráquea como si aquellos dedos fueran un bisturí.
—¡Maestro!—dijo, al fin, Armand
intentando acudir, pero fue apartado por Flavius debido a lo
peligroso que podía ser todo aquello.
—¡Pídeme perdón, maldito
inútil!—decía agarrándolo de la túnica para golpearlo contra el
piso, él intentaba controlar esa furia pero era imposible. La
agarraba del brazo, la movía de encima suya y ella regresaba con
mayor impulso—. ¡Dilo!
—¡Nunca!—gritó—¡Tú no me has
pedido perdón por dejarme solo!
—¡Pero si tú te lo
buscaste!—respondió abofeteándolo.
—Mi señora, la violencia no...
—comenzó a decir Arjun, quien fue callado por una de aquellas
terribles y sofocadas miradas.
—Marius...—balbuceó Armand
comenzando a llorar.
—Arruinas la vida de aquellos que
dices amar, inclusive el de ese patético muchacho que tienes ahí.
Nos has hecho tanto daño que no eres capaz de pedir disculpas. Eres
un miserable—comentó incorporándose mientras se miraba las
manos—. Debería abrirte el pecho, sacarte el corazón y beber de
él; pero creo que tú no tienes corazón, pues careces de
sentimientos.
Aquellas palabras provocaron en Marius
una conmoción. La rabia le envenenó aún más, como si le
consumiera, y la tomó de los brazos clavando sus uñas. Ella soltó
un chillido e intentó zafarse, pero sus labios quedaron sellados. Él
la besó frente a todos. Arjun puso los ojos en blanco, Flavius negó
suavemente y Armand se llenó de cólera mientras los dos más
jóvenes, Sybelle y Benji, lo abrazaban.
—Te amo—susurró al apartar sus
labios—. No puedo dejar de amarte. Mis venganzas son las de un niño
y no pediré jamás disculpas por ello. Sé que tengo que hacerlo, al
igual que con Armand, pero no estoy hecho para ellas—expresó
apartándose para secar su rostro con la manga de aquella túnica
roja, la cual usaba para caminar por el palazo como en otras épocas.
Daniel había escuchado todo tras la
puerta. Muchos creían que había sucumbido a la locura, pero sólo
deseaba concentrarse en un trabajo arduo, y detallado, para olvidar
las voces que hablaban dentro de su cabeza. Se aferró al pomo de la
puerta y pegó bien la oreja durante esos valiosos minutos. Sus ojos
violetas relampagueaban mientras miraban por la cerradura.
—Si no puedes pedir disculpas, por
algo que has propagado a los cuatro vientos, creo que estoy de más
aquí—comentó con un tono serio, muy elegante y firme.
—Pandora, no puedes irte—susurró
boquiabierto.
—¿No? Pues mira como lo hago—dijo
girándose para tomar del brazo a Arjun, con su mano derecha, y con
la izquierda agarrar la camisa de Flavius.
Ambos la siguieron, como si aún fueran
sus lacayos, caminando un paso atrás de ella. Los dos se miraban
presos de la confusión y la necesidad de mejorar las circunstancias,
pero una vez rebasaron la puerta principal perdieron cualquier ánimo
de enmendar la solución.
—Lamento la...—susurró girándose
hacia Armand, el cual tenía en el rostro pintado sus celos y el
brillo de la furia en sus ojos—. Verás, es algo que...
—Sybelle, Benji... ¡Daniel!—gritó
ese último nombre provocando que la puerta se abriera—. Daniel,
vamos a la Isla de la Noche. Allí tienes grandes maquetas por
construir, he decidido obsequiarte con los mejores materiales— el
joven vampiro sólo sonrió maravillado, aunque marcharse con él no
era precisamente lo que más deseaba en el mundo. Sin embargo, las
maquetas eran ahora su vida.
—No puedes irte—susurró Marius
asombrado, pues él también se iba.
—¿No? Pues mira como lo hago—dijo
tirando de las manos suaves de sus dos grandes amores para ser
acompañado, por Daniel y ellos dos, hacia la puerta.
Marius quedó solo con sus
pensamientos, su furia, su incapacidad para pedir disculpas y una
sensación sofocante de dolor. Lo había perdido todo otra vez, salvo
su orgullo.
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