Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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jueves, 13 de julio de 2017

Orgullo

Mi madre me enseñó que puedo alcanzar mis sueños siempre y cuando me esfuerce. Tal vez es algo idealista y estúpido para muchos, pues hay quienes creen que eso no siempre sucede. Sin embargo, prefiero creer que tarde o temprano, quien se esfuerza y trabaja con ahínco para alcanzar sus metas, las logra. Hay quienes se rinden al principio al ver lo empinada que es la montaña que tienen que subir, pero no yo. Yo soy de los que cuando ven un reto increíble se remangan las mangas de la camisa, sacuden sus manos y sonríen empezando a subir hasta la cumbre. Cuando empiezo algo lo termino y cuando lo termino busco otra cima.

La noche que ella se durmió por primera vez en mis brazos, tan frágil y diminuta, me dije a mí mismo que la cuidaría y le enseñaría a ser fuerte como una roca. Haría de ella una mujer similar a mi madre. Quería que aprendiera a valerse por sí misma y a alcanzar cualquier meta que ella imaginase. Si puedes imaginarlo es porque puede alcanzarse, por muy lejano que parezca todo.

Rose era una niña diminuta, de mirada intensa y cabello salvaje. Su piel era algo tostada debido al sol y muy cálida. Me recordó a Claudia, pues ambas estaban igual de desamparadas cuando las tomé entre mis brazos y caminé con ellas buscando una solución. Una se moría, la otra simplemente estaba asustada debido a la terrible muerte de su madre y de cientos de personas a su alrededor. Ambas tenían edades similares y me hicieron desear ser padre.

Como padre no soy el mejor ejemplo, pero he intentado serlo. De verdad que me he esforzado por ser el ejemplo a seguir, el hombre en el que mirarse porque quiero que vea en mí un ser humano como cualquier otro. Los vampiros poseemos una simple mutación, pero eso no lo sabía por aquel entonces. Sólo sentía que era tan humano como cualquier otro y que ella se merecía un futuro distinto al para nada prometedor en una institución para niños sin hogar. Sus abuelos no la querían, pues desaprobaban la forma en la cual la madre la gestó y educó. Para ellos era defectuosa, para mí era perfecta.

Su sonrisa iluminó mi mundo y sus ojos hicieron que toda mi alma se removiera. Me juré cuidarla y eso he hecho durante mucho tiempo.

Ahora la veo feliz hablando animadamente con mi hijo. Mi verdadero hijo. Un hijo que desconocía de su existencia hasta hace unos años. Es muy parecido a mí, pero a la vez es profundamente distinto. Su sonrisa es la mía, pero tiene un toque de ingenuidad que ni siquiera yo poseía. Uno y otro rozan los veinte, tienen una vida eterna por delante gracias a aceptar el “Don Oscuro”, y yo siento que he ganado un pedazo de paz al verlos unidos. Ella y él son mis hijos. Ella lo es ahora como hija de sangre, pues es mi creación más preciada de los últimos tiempos. Y él posee mis genes, los genes poderosos de un Lioncourt que batallará siempre ante cualquier injusticia. Al menos, eso quiero creer.

Hoy escribo esto en una pequeña hoja de papel algo sucia, arrugada y de forma improvisada. Si lo hago es porque siento la intensa necesidad. Fuera hace calor, pero pese al cielo despejado no se ven las estrellas. La contaminación lumínica hace imposible ese hermoso fenómeno que siempre existió. Pero aún así ellos son estrellas en mi firmamento, en mitad de la calle más poblada de la ciudad de París, sonriéndose uno al otro y tomándose de la mano.


Definitivamente me siento orgulloso. Ambos están logrando grandes cosas juntos, conociendo el mundo viajando y luchando contra lo impredecible. ¿Por qué no sentirme orgulloso?  

Lestat de Lioncourt 

viernes, 3 de febrero de 2017

Orgullo

Magnus... oh, Magnus...

Lestat de Lioncourt 


Muchos creen extrañamente que sólo se puede tener orgullo hacia un hijo cuando este nace de tu vientre, es parte de tu genética o has convivido con él durante años. Para mí no fue fácil abandonarlo después de unas horas. Estaba maldito. Me encontraba terriblemente enajenado. Creía firmemente que tras realizar aquella proeza debía desaparecer. Mi nombre es Magnus y mi hijo es Lestat.

Durante décadas busqué la forma más apropiada para ser inmortal. Nací deforme y feo, como si fuese Quasimodo, pero sin campanario ni Víctor Hugo tras mis desgracias e infortunios. No era bienvenido en una sociedad donde siempre la belleza física ha sido de lo más apremiante. Mi intelecto y conexión con los espíritus no valían. Era un monstruo y merecía la muerte. Era un pecado andante. Mi familia pronto me abandonó. Mi vida era huraña y me comportaba como un animal salvaje. Mi actitud agreste se evaporaba cuando una hermosa criatura llamada Rhoshmade me invitaba a su casa, me sentaba cerca de la hoguera y exigía conversar frente a un hermoso ajedrez tallado por un gran artesano.

Quise ser inmortal. Como he dicho era mi gran deseo. Pensaba que si lo era, si lograba vivir y triunfar, tendría el miedo de todos aquellos que me trataban como si fuera escoria. Me equivoqué. Secuestré a Benedict porque Rhoshmade me negó tal favor. El muchacho era joven y apenas pudo resistirse a mis triquiñuelas. Una vez convertido en vampiro empecé a deambular y acabé creyendo en las mentiras de un hermoso muchacho llamado Armand.

La Secta de la Serpiente fue mi hogar. Rendía tributo a Satanás y creía que todo lo que hacía era por el bien. La maldad es necesaria para apreciar la bondad, los buenos actos y, por ende, a Dios. Miserable y estúpido. Sí, eso era yo.

Después de varios siglos busqué la forma de mejorar el mundo y destruir dicha religión. Quería alguien hermoso, fuerte, valeroso y que no tuviese miedo a quebrar normas. Durante años me dediqué a secuestrar a muchachos hermosos que me hubiese gustado ser. Rubios, robustos, sanos, de ojos azul con tonalidades violetas y grises, de encantadora sonrisa, altos y con una presencia arrolladora. Si bien, cuando los convertía se transformaban en algo similar a zombies o mediocres lloricas.


Oh, pero ese muchacho. ¡Ese Matalobos! Ese noble proveniente de un pueblecito en las montañas logró lo que ningún otro. Se ha convertido en una leyenda. He creado un monstruo perfecto. La belleza de Lestat es arrolladora, pero no sólo la física. ¿Cómo no puedo estar orgulloso de él? ¡Si cuando me di cuenta que era un fantasma he seguido muchas de sus pericias! No abandoné este mundo, sino que me aferré a él sólo para contemplar como lograba destruir la Secta de la Serpiente, las normas baratas que otros le imponían y asumía riesgos. ¡Oh! ¡Dios mío! Creo que estoy más orgulloso de él que su propia madre.  

miércoles, 10 de febrero de 2016

Sofá

Nada tiene que ver con las Crónicas. De nuevo un texto sin más.

SOFÁ.

Durante largos minutos no pudo apartar sus ojos de él observando como al fin descansaba, y su respiración subía y bajaba lentamente, mientras que algunos mechones, de su cabello oscuro, caían irremediablemente sobre su frente. Se preguntó reiteradamente qué demonios podía estar soñando, sobre todo porque esa sonrisa delataba que no estaba siendo una pesadilla. Imaginó los diferentes motivos, enumerándolos de menor a mayor probabilidad, mientras daba algunos sorbos a su café, oscuro y cargado, para poder empezar la jornada.

Aquel cuerpo, ni grande ni pequeño, ligeramente estilizado y absolutamente relajado era su talón de Aquiles. En realidad, lo era él. No sólo su cuerpo, sino el alma que lo animaba. Lentamente se había colado en sus venas ese maldito veneno llamado amor. Nunca había sido romántico, ni se consideraba que lo era, aunque sí era detallista. Intentaba que él supiera que estaba ahí, aunque pareciera distante, y que podía contar con su hombro si necesitaba desahogarse. En definitiva, había llegado la persona idónea para preocuparse y meditar cada una de sus estúpidas y torpes acciones.

Acabó por levantarse, llevar la taza hasta el fregadero y encerrarse en el aseo. Necesitaba despejarse y la mejor forma, a su parecer, era una ducha caliente que terminara en un aguacero helado. Quería quitarse los malos augurios de encima y disfrutar al fin de esa paz, esa pequeña porción cedida desde un cielo distinto al habitual, porque sentía que realmente se lo merecía tras tantos años luchando, parando cientos golpes y esquivando otros.

Él sabía que quizá no era el mejor partido, ni el más atractivo, tampoco la persona más sensata o apropiada. Podía ser demasiado orgulloso, testarudo, perfeccionista y egocéntrico; pero también sabía que perseveraba demasiado y sabía aprovechar al máximo cada oportunidad en ésta vida. Había aprendido bien que era sufrir y por eso ahora no podía dejarse llevar, ni rendirse de ninguna forma. Sabía que debía aprender a escuchar, a no dejarse llevar por impulsos inútiles y a sonreír, quizás, un poco más.


Nada más terminar salió fuera, eligió cualquier prenda y se sentó al otro extremo del sofá. Entre sus manos llevaba un libro de poesía y leía para sí cada verso, saboreándolo como había saboreado el café. Comprendió que aquello no era un trozo del paraíso, sino el cielo en sí mismo. Sobre todo cuando él se incorporó y besó su recién afeitada mejilla.  

domingo, 8 de noviembre de 2015

Revolución

Daniel Molloy habla aquí de los miedos y como evitan revoluciones. 

Lestat de Lioncourt 


Los miedos son un lastre que nos evita seguir hacia delante. Conozco bien la sensación de querer huir y esconderse en una trinchera, esperar que la guerra pase y rezar porque sea rápido. Intentas evadirte, evitar enfrentamientos y lágrimas. Aceptas las explosiones y metralla como algo más de la vida, pero a la vez curas tus heridas alejado de todos y sin queja alguna. Es aceptar unas cadenas que no te pertenecen y terminan hiriéndote en lo más profundo. El miedo es lo peor que puedes tener, pues coartan tu libertad y tu deseo de superarte. Los miedos son asesinos de la creatividad y las mentes brillantes, castigo injusto y peligrosos aliados.

Hay quines tienen miedo a decir lo que piensan porque temen ser castigados con la diabólica soledad. Ésta sociedad te juzga en pocos segundos y te clasifica. Evidentemente es un lugar competitivo y todos quieren ser líderes, aunque no posean cualidades. Nadie quiere ser un borrego más en la manada. Sin embargo, terminamos siéndolo al intentar agradar a otros. Somos animales sociales y buscamos el confort. Aunque hay quienes salen de ese círculo de confort, por mucho que desee ser amado, porque sus mentes son inquietas y aún más sus lenguas. Un claro ejemplo es Lestat.

¿Cuántas veces hemos visto a Lestat quedarse de brazos cruzados ante una posible disputa? Las discusiones son frecuentes, las guerras internas que posee su alma son insaciables y es un monstruo imposible de contener. Ha experimentado consigo mismo y los límites de la eternidad. Sus palabras han movido el corazón de miles, ha logrado inspirar a artistas y ha invocado a seres diferentes de ésta, tuya y nuestra, tribu.

La revolución son actos y palabras, ideas que surgen y germinan en corazones dispuestos a todo. El miedo puede que devore muchos sueños, pero hay soñadores que no permiten quedarse estancados. Siempre habrá alguien que hable mal a tus espaldas, personas sin valores que detesten que tú poseas cierto orgullo y gente sin honor que se dediquen a humillar a otras buscando la fama fácil. Hay quienes se han labrado un nombre en éste mundo gracias a guerras, mentiras y programas de televisión donde despiezan a otros como cadáveres. También tenemos el ejemplo perfecto en páginas de las diversas redes sociales. Actualmente los gobiernos están controlando más y más la información, evitando éstos casos pero también a las personas que intentan abrir una brecha. El problema no es la falta de legislación, sino la falta de educación. Muchos buscan guerras con otros en vez de abrir guerras consigo mismo.


La verdad prevalece, lo justo acaba convirtiéndose en algo esencial y lo demás, que son las mentiras y la falta de honor, acaba destrozando el alma de aquellos que inician miedos, sacuden los cimientos ajenos o provocan aversión. Hay que salvarnos de los miedos y de aquellos que los crean. Debemos olvidarnos de la opinión ajena, sacrificar consejos y arriesgarnos. Quien no arriesga no gana. No se puede vivir con supuestos y remordimientos de no haber vivido lo suficiente.  

sábado, 27 de junio de 2015

Orgullo.

Tú y yo tenemos un problema Louis y se llama orgullo. Eso lo sé. Aunque siempre terminamos doblegándonos.

Lestat de Lioncourt


—Deberías salir y conversar con él—dijo apartando el libro que estaba leyendo—. Louis...

—¿Yo soy quien tiene que dar su brazo a torcer? ¿Yo?—pregunté frunciendo el ceño. Mis cejas oscuras prácticamente se juntaron, las ligeras arrugas dieron a mi rostro algo de vida y mis ojos se llenaron de recuerdos que a duras penas lograba dominar—. No deseo doblegarme con tanta facilidad.

—El orgullo...—suspiró.

Su rostro no era el de un niño, pero tampoco el de un hombre. Ante mí tenía a un ángel con los labios carnosos, el cabello pelirrojo perfectamente cepillado y los ojos cafés cálidos que me observaban con curiosidad. Era hermoso, pero ni siquiera su belleza podía evitar que contuviese cierta maldad, la misma que yo poseía y que todos teníamos germinando en nuestra alma junto a nuestros dones. Si bien, tenía razón. Me dejaba arrastrar por mi orgullo.

Ese orgullo me estaba matando. Podía sentirlo cerca. Escuchaba su corazón y, en ocasiones, incluso podía oler la fragancia que siempre utilizaba. Me sentía arrinconado contra la espada y la pared. Regresar a él sería tolerar sus andanzas, sus meses sin saber noticias suyas, sus mentiras y la hipocresía de su sonrisa a la hora de decirme que me había necesitado. No me necesitaba. Él estaba bien en su extraña soledad, pues es experto de tener siempre imbéciles que corean su nombre.

—Te recuerdo que el orgullo mató todo lo que había entre Marius y yo—aquella frase me sorprendió.

No había hablado jamás con él sobre esas cuestiones. Para mí era habitual escuchar sus discusiones telefónicas, así como verlos en persona dialogando durante horas intentando llegar a un acuerdo. La última vez había sido una explosión, un caos terrible, y Marius se había marchado vociferando que con él era imposible de llegar a un término aceptable. ¿Qué era lo aceptable? No lo sabía. Jamás lo sabré. Nunca me he propuesto desenmarañar todo ese entuerto de palabras llenas de un pasado que ellos únicamente podían comprender.


Dejé el libro a un lado y decidí salir de la habitación. La noche era agradable y él no estaba lejos, pero ya había dado media vuelta a sus pasos. Se marchaba de la ciudad. Él se marchaba de mi vida otra vez. Mi orgullo nos estaba dividiendo, pero también el suyo. Tenía que ocurrir una tragedia para que él y yo nos encontráramos de nuevo. Una tragedia como siempre. Un hecho doloroso, algo que nos impactara de lleno y nos tuviésemos que hablar como no deseábamos hacer.  

domingo, 15 de marzo de 2015

El orgullo nos ciega

Marius y Pandora son tan tercos que prefieren vivir alejados a vivir juntos dándose amor. No lo entiendo.

Lestat de Lioncourt

¿Cuántas veces hemos dejado que el orgullo nos hiera? ¿Cuántas veces hemos preferido alejarnos el uno del otro? Somos tan tercos que olvidamos que el amor nos unía. No vemos más allá de la herida hecha en el momento, la cual puede ser un arañazo sin importancia. Nos comportamos como fieras. Dejamos que el dolor nos invada. El veneno del orgullo se instala en nuestras almas y exhalamos rabia.

Hemos olvidado que las almas tienen muescas, recorrido, principio y final. Somos eternos. Sin embargo, no comprendo aún como podemos hacer eternas también nuestras ofensas. Nos vemos incapaces de perdonar. El dolor nos invade y nos presiona. Hemos perdido muchas veces la razón. En ocasiones ni siquiera tenemos motivos para discutir. Creo que sólo buscamos la excusa para distanciarnos, tal vez por miedo o necesidad.

Temo el día que la discusión sea tan fuerte que nos separe. No quiero perderte. Sin embargo, soy incapaz de pedir disculpas. Jamás he logrado doblegarme ante tus palabras. Mis acciones pueden considerarse la de un hombre de principios firmes, pero esos principios están haciendo peligrar mi felicidad. En mis pinturas pareces calmada, feliz y persuasiva. Sin embargo, cuando te tengo frente a mí te conviertes en Atila y arrasas con todo lo que yo he construido. Sé que no lo ves, del mismo modo que no veo tus necesidades. Estamos ciegos.


Desearía que fueses feliz a mi lado y dejásemos de discutir. Pero aquí estoy, pintando un cuadro, recordándote sin saber donde estás.  

jueves, 8 de enero de 2015

Orgullo

Hacer sentir orgullos a quienes amamos es algo que todos deseamos. Benji desea que se sienta orgulloso Armand y lo comprendo.

Lestat de Lioncourt


Todos a mi alrededor parecían tener algo especial, menos yo. Me encontraba perdido en un mar de libros y en una angustia constante por conocer lo que podía hallar a mi alrededor. Quería encontrar un lugar al cual pertenecer, mucho más allá de unos brazos amorosos y unos besos llenos de cariño. Había logrado tener lo que popularmente se llama hogar, una familia peculiar y miles de noches a mi disposición para sentirme acogido en su seno. Sin embargo, todo lo que creía se volvió turbio y mi inteligencia pedía algo más que la responsabilidad de portarme decentemente.

Conocía en secreto los sueños de Armand. Él deseaba verme como un universitario de éxito. Veía en mi a un hombre que no llegaría ya a conquistar el mundo, pero deseaba demostrarle que la sangre no me cambió. Nada cambió en mí. Hizo que mi agudeza aumentara y aún podía ser ese hombre que él había soñado. Un hombre que no dañaría su corazón, que acariciaría su juvenil rostro y besaría sus labios con cuidado.

Muchos le temen, otros le odian y miles dicen amarle. Sin embargo, todos decepcionan su corazón. He visto en sus ojos miles de lágrimas que no ha derramado. Es alguien muy complejo. No es un ser común. La vida le ha dado duras lecciones y las ha tomado con odio. Sé que tiene grandes recelos, guarda en sí secretos terribles que no ha confesado y reza porque nadie los encuentre jamás en el baúl del olvido.

Cuando me siento a su lado observo sus manos, tan pequeñas y finas como las mías. Tiene una pose desenfadada frente al televisor mientras emiten sus películas favoritas. Muchas veces ha dicho que ama la tecnología porque le hace comprender al hombre moderno. Por eso mismo yo hice mi radio. Quería que él me escuchara a través de Internet.

—Benji—me llamó apartando su vista del canal de noticias—. He estado escuchando tu programa—esbozó una sonrisa dulce que pocas veces he visto. Era una sonrisa de orgullo. Sybelle tocaba en el piano una melodía muy animada, distinta a la que solía hacer. Ambos parecían celebrar mi logro—. Amor mío, cariño, tienes un talento innato para narrar tus sentimientos. Eso es lo que me hizo amarte. Esa fuerza—dijo abriendo sus brazos que enseguida acepté. Un abrazo firme y fuerte. Una merecida recompensa.


Besó mis mejillas, mis labios y mis manos de un modo cuidadoso. Después me arropó con la manta que cubría sus piernas y me susurró al oído palabras llenas de amor. Sabía que para siempre sería parte de su corazón, un corazón maltrecho pero que aún bombeaba buenos sentimientos. Armand sólo era un incomprendido y yo deseaba comprenderlo. Siempre lo he deseado. Y a veces, sólo a veces, creo que le comprendo del todo.  

viernes, 4 de julio de 2014

Solo, pero con el orgullo intacto

Esta escena se la presentamos como unas de las memorias más intensas. Espero que comprendan a Pandora, Armand y el resto contra Marius.

Lestat de Lioncourt 


—¿Por qué?—preguntó, con mirada desafiante, como si de aquello dependiera su vida—. Dímelo, ¿por qué lo hiciste? Aún espero tu disculpa—sus labios, tan carnosos como siempre, parecían cargados de rabia.

—¿Por qué tengo que darte explicaciones?—respondió—. ¿Por qué? Tú no lo haces, y como ves yo tampoco.

—¡Pero yo no he mentido!—dijo furiosa— ¡Marius, por favor, has dicho que era prácticamente una fulana!—entonces, como de la nada, sintió como dos manos la tomaban de la cintura, pegándola contra un torso duro como el mármol pero de color moreno.

Arjun estaba allí para calmarla, y protegerla incluso de ella misma. Él la amaba por encima de muchas cosas, como su propio bienestar. Daría por su señora cualquier parte de su cuerpo, su alma y futuro.

—¿Y? No iba a decir toda la verdad, ¿comprendes?—parecía calmado, pero comenzaba a estar inquieto y lleno de ira.

—¡Sobre ese mocoso tuyo no has mentido!—exclamó.

—Tómalo como una venganza por dejarme solo—argumentó evidenciando el motivo, con sus ojos fríos cargados de fuego y su túnica moviéndose al fin.

Ambos estaban a punto de lanzarse al cuello. Armand, situado en una esquina de la habitación, observaba todo junto a Benji, que estaba tomado de su mano, y Sybelle que incrédula, con el mentón tembloroso, acudía a la primera pelea de esos dos.

—¡Alto!—expresó Flavius, a las espaldas de Arjun—. Amigo, lleva a nuestra señora a refrescarse y permite que yo hable con él.

—¡Ya!—gritó desesperada—. ¡Aparta Arjun! ¡Y tú, Flavius, no necesito que me defiendas! ¡Con ese maldito patán puedo sola!—se expresaba con una rabia imposible de controlar, por ese motivo Arjun la soltó y se colocó al lado del otro creado de Pandora, otro compañero de oficio por así decirlo.

Arjun guardó silencio intentando ver como mediar sin que su furia cayera sobre él, Armand se mordía los labios sintiéndose herido sin saber porqué, los jóvenes vampiros temblaban de miedo tras él y Flavius simplemente contemplaba a Marius, el cual estaba a punto de estallar.

—¡Pídeme perdón!—gritó.

—¡Nunca!—dijo él.

—¡Te mato!—ella se arrojó hacia él enterrando sus largas uñas en su duro rostro. La sangre emanó rápido de las heridas que cicatrizaban segundos después. Marius intentaba apartarla, pero ella seguía chillando. Finalmente, él cayó al suelo y ella quedó encima furiosa, a punto de arrancarle la tráquea como si aquellos dedos fueran un bisturí.

—¡Maestro!—dijo, al fin, Armand intentando acudir, pero fue apartado por Flavius debido a lo peligroso que podía ser todo aquello.

—¡Pídeme perdón, maldito inútil!—decía agarrándolo de la túnica para golpearlo contra el piso, él intentaba controlar esa furia pero era imposible. La agarraba del brazo, la movía de encima suya y ella regresaba con mayor impulso—. ¡Dilo!

—¡Nunca!—gritó—¡Tú no me has pedido perdón por dejarme solo!

—¡Pero si tú te lo buscaste!—respondió abofeteándolo.

—Mi señora, la violencia no... —comenzó a decir Arjun, quien fue callado por una de aquellas terribles y sofocadas miradas.

—Marius...—balbuceó Armand comenzando a llorar.

—Arruinas la vida de aquellos que dices amar, inclusive el de ese patético muchacho que tienes ahí. Nos has hecho tanto daño que no eres capaz de pedir disculpas. Eres un miserable—comentó incorporándose mientras se miraba las manos—. Debería abrirte el pecho, sacarte el corazón y beber de él; pero creo que tú no tienes corazón, pues careces de sentimientos.

Aquellas palabras provocaron en Marius una conmoción. La rabia le envenenó aún más, como si le consumiera, y la tomó de los brazos clavando sus uñas. Ella soltó un chillido e intentó zafarse, pero sus labios quedaron sellados. Él la besó frente a todos. Arjun puso los ojos en blanco, Flavius negó suavemente y Armand se llenó de cólera mientras los dos más jóvenes, Sybelle y Benji, lo abrazaban.

—Te amo—susurró al apartar sus labios—. No puedo dejar de amarte. Mis venganzas son las de un niño y no pediré jamás disculpas por ello. Sé que tengo que hacerlo, al igual que con Armand, pero no estoy hecho para ellas—expresó apartándose para secar su rostro con la manga de aquella túnica roja, la cual usaba para caminar por el palazo como en otras épocas.

Daniel había escuchado todo tras la puerta. Muchos creían que había sucumbido a la locura, pero sólo deseaba concentrarse en un trabajo arduo, y detallado, para olvidar las voces que hablaban dentro de su cabeza. Se aferró al pomo de la puerta y pegó bien la oreja durante esos valiosos minutos. Sus ojos violetas relampagueaban mientras miraban por la cerradura.

—Si no puedes pedir disculpas, por algo que has propagado a los cuatro vientos, creo que estoy de más aquí—comentó con un tono serio, muy elegante y firme.

—Pandora, no puedes irte—susurró boquiabierto.

—¿No? Pues mira como lo hago—dijo girándose para tomar del brazo a Arjun, con su mano derecha, y con la izquierda agarrar la camisa de Flavius.

Ambos la siguieron, como si aún fueran sus lacayos, caminando un paso atrás de ella. Los dos se miraban presos de la confusión y la necesidad de mejorar las circunstancias, pero una vez rebasaron la puerta principal perdieron cualquier ánimo de enmendar la solución.

—Lamento la...—susurró girándose hacia Armand, el cual tenía en el rostro pintado sus celos y el brillo de la furia en sus ojos—. Verás, es algo que...

—Sybelle, Benji... ¡Daniel!—gritó ese último nombre provocando que la puerta se abriera—. Daniel, vamos a la Isla de la Noche. Allí tienes grandes maquetas por construir, he decidido obsequiarte con los mejores materiales— el joven vampiro sólo sonrió maravillado, aunque marcharse con él no era precisamente lo que más deseaba en el mundo. Sin embargo, las maquetas eran ahora su vida.

—No puedes irte—susurró Marius asombrado, pues él también se iba.

—¿No? Pues mira como lo hago—dijo tirando de las manos suaves de sus dos grandes amores para ser acompañado, por Daniel y ellos dos, hacia la puerta.


Marius quedó solo con sus pensamientos, su furia, su incapacidad para pedir disculpas y una sensación sofocante de dolor. Lo había perdido todo otra vez, salvo su orgullo.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt