Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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miércoles, 16 de agosto de 2017

Fluye

Aquí Arjun el poeta de nuevo.

Lestat de Lioncourt 

Fluye. La vida fluye.
Fluye entre las apariencias
y las asperezas.
Fluye en tus aromas,
y en la belleza indómita
de palabras no dichas
y frases inacabadas.

Fluye. La vida fluye.
Fluye deliberadamente libre,
pero a la vez cautiva
de tus quizás, de mis melancolías.
Fluye entre los verbos,
adjetivos y sinónimos
de las noches eternas
y los sueños del insomne.

Fluye. La vida fluye.
Fluye siendo amarga
por el dulce sabor
de tu mirada esquiva.
Fluye con coquetería
alertando los sentidos
y enjaulando las emociones
entre las paredes de los cuerpos.

Fluye. La vida fluye.
Fluye como fluyen los deseos
de abrazarte en esta noche.
Fluye como el fuego
que abrasa mis recuerdos
y los convierte en espantos

que no deseo sostener.

Arjun

jueves, 20 de julio de 2017

Hermandad

Arjun y Flavius haciendo amistad en plena guerra... 

Lestat de Lioncourt 

—Oí de tu en muchas ocasiones—dijo iniciando de forma improvisada una conversación.

Jamás había pensado que nos encontráramos. Supe que Pandora lo abandonó, pero poco más. De hecho, fue inesperado volver a verla porque creí que no nos cruzaríamos de nuevo en este mundo tan convulso. Siempre la mantuve en mis pensamientos como a una diosa hecha mujer. La pasión de sus ojos, la belleza de su voz, la elegancia de su risa y sobre todo la verdad de sus palabras. Me sentía aturdido y acongojado. Sabía que pertenecía a esta mujer, la cual me dio libertad dentro de la esclavitud, y que amé como a una hermana. Si bien, no había imaginado el conversar con otra de sus creaciones ni reflejarme en sus ojos.

Arjun parecía un hombre sensato a pesar de tener un aire de soñador innegable. Sabía que era un príncipe por sus maneras. Se sentó a mi lado pidiendo permiso con un ademán muy cortés y sonrió maravillado observándome. Estuvo a punto de decir algo, pero guardó respetuoso silencio ante mis lágrimas. Finalmente me ofreció un pañuelo para que me las enjugara e intentó una charla que esperaba que fuese fructífera.

—Yo leí sobre ti, pero no comprendí jamás porqué ella te temía.

—No era a mí, sino a mis sentimientos—confirmó alguna de mis sospechas, aunque había demasiadas. Podía haber sido por cualquier motivo.

—Ojalá nos hubiéramos conocido en un mejor momento.

—No hay mejor momento. Este es el mejor de todos. Ahora tenemos que unirnos y ser fuertes—dijo estirando sus manos para estrechar las mías, las cuales sostenían el pañuelo húmedo con el cual sequé mis lágrimas.

—¿Puedo llamarte hermano?—pregunté con timidez.

—Lo somos. Tenemos la misma sangre. Todos aquí somos hermanos.

Hablaba pausadamente con una sonrisa en su rostro lampiño. Era de aspecto joven, esbelto, largos cabellos negros y una tez todavía ligeramente dorada. Veía en él al hombre honesto y amable que creía que debía ser. Pandora no cometía errores. Ella sabía tomar buenas decisiones. Podía ser temperamental, pero jamás se comportaba como una estúpida.


Al final de esa conversación, la cual duró algunas horas, acabamos abrazados. Necesitaba su amistad, su compañía y sobre todo la bondad que hallaba en cada una de sus acciones. Él requería a alguien que le escuchase y también conocer a otros más allá de los relatos de nuestra creadora.  

jueves, 4 de mayo de 2017

Poema Pandora

Arjun va ganando la jugada.

Lestat de Lioncourt 


Dulce y entusiasta sinfonía de afecto
la cual seduce con candor mi alma
más allá de lo físico, donde anida el intelecto...

Tú, Pandora.
Yo, tu discípulo.

En mis sueños siempre se te aclaman.
Pareces una diosa entre las féminas...
las mismas que con entusiastas voces te llaman.

Tú, la mujer.
Yo, tu hijo.

Eres un enigma que en mí germina
que logra que florezca el deseo
más allá de estas simples rimas.

Tú, mi aurora.
Yo, tu noche.

La canción de cuna que me hace reo,
entre tus brazos de madre bondadosa,
es la misma que yo con énfasis tarareo.

Tú, mi vergel.

Yo, tu desierto.


miércoles, 22 de marzo de 2017

Lujos y cárceles

Arjun es un buen hombre y todo un soñador.

Lestat de Lioncourt

Ya no me importa nada.
Sólo quiero soñar.
Soñar con algo que no existe.
Ya no me importa nada.
No quiero nada.
La nada será mi acompañante,
las nupcias serán esta noche.
Quiero transportarme lejos.
La nada, la nada.


Muchas veces he repetido esas palabras en el fondo de un pozo oscuro y casi sin aliento. Era como hundirse en la brea o en pavimento ardiente. Mis ojos estaban vendados por el dolor y mi alma parecía atada a un pesado lastre que se hundía por un mar podrido, que olía a muerte y locura. Mis manos, temblorosas, intentaban hallar vestigios del hombre que fui, del príncipe y primogénito que fui... del amante y del orador... No hallé nada. Sólo susurros. El murmullo de una fuente era lo que creía poder apreciar, como si fuese agua limpia discurriendo cerca de mi cuerpo y siendo transportado a otro lugar, uno más plácido y hermoso.

Lloraba. Más bien me lamentaba. Ella se había marchado dejándome atrás en aquel país frío, violento y lejano. Moscú no fue un buen sitio para una despedida cálida. De hecho, fue más fría que la propia nieve. Me quedé allí con mis joyas, los vestidos de seda y los perfumes caros. Los baúles se llenaron de recuerdos pesados y hermosas reliquias que nadie querría. Mi diosa me desamparaba. Los poemas de amor, escritos con todo mi corazón, habían sido despreciados. Yo le daba miedo, la aterraba, porque el propio amor la anulaba. Que alguien la amara hasta el último gramo de su ser la aturdía.

Ella era mi amante, mi amiga, mi madre y mi compañera. Yo era esclavo de un amor sincero y ella nunca fue sincera del todo. Jamás dejó de amar a un cobarde, hipócrita y artista del engaño. No sé como la convenció que cambiaría, pero los déspotas no cambian. Nunca cambian. Y yo me quedé allí aceptando sus deseos porque esperaba que fuese feliz. Sin embargo, algo me decía que jamás lo sería, que él no se presentaría, que el rencor y el odio aumentaría y mi dolor, el dolor de tantos amantes con tantos otros nombres, surgiría.

Regresé a la India. Me presenté como el descendiente perdido de ese príncipe que adoraban. Me llenaron de flores, perfumes e hicieron fiesta. Aplaudieron mi regreso como si fuese la reencarnación de mi propio antepasado y me dieron sus riquezas llamándome con el mismo nombre. Nada más. Era un dios y un dios que había sido benévolo con sus sirvientes, a los cuales les dio lujos y terrenos a cambio de custodiar su lugar de descanso.


Nadie tocó mi puerta, ni me alertó. Sólo me dejaron dormir mi pena y la pena me consumió como una vela. Pero ella volvió. Tras siglos lo hizo diciéndome que Akasha atacaba, que estaba dispuesta a todo, y yo la miré como quien mira a una aparición. Me negué. No iba a colaborar. Sólo me quería usar como me usó cuando era un tonto enamorado. Algo en mí me exigió que me desintoxicara de esa falsa creencia que ella me amaba. Pero años más tarde fui yo el desafortunado. Desperté de nuevo, quemé a jóvenes en Calcuta y en otras partes de la India. Entonces ella me permitió llorar aferrado a sus faldas y el sueño, ese pesado sueño, al fin se hizo trizas.  

miércoles, 28 de diciembre de 2016

Have yourself a Merry little Christmas

En la vida ocurren cosas extraordinarias todo el tiempo, pero no alcanzamos a verlas jamás. Nos centramos siempre en los grandes acontecimientos que, en muchas ocasiones, son aburridos o no ocurren como deberían. Las grandes celebraciones acaparan la atención de cualquiera con su opípara comida, su estruendosa música y las luces palpitando. Recuerdo cuando todo era más sencillo, pues la pobreza me rodeaba. No hacía falta poner hermosa mantelería y elegante cubertería. Sólo se precisaba asistencia, un plato, unos cubiertos aunque fuesen de madera y algo de comida. He tomado demasiada sopa con pan imaginando que es carne, muchas judías y tagarninas, también llamado cardo de olla, como si fueran un manjar. No era necesario todo esto.

La sencillez era la presente en estos días, si bien se reunía la familia entorno a la mesa y como siempre se daba gracias por llevarnos algo a la boca. Puede que yo fuera hijo de un marqués, pero no teníamos nada. Mi padre había dilapidado la fortuna mucho antes de perder la visión, las viñas estaban olvidadas y parecía un desierto más que un campo con una tierra rica y fértil, el dinero que entraba se malgastaba y yo tenía que salir a cazar algún conejo, ciervo o jabalí para poder sobrevivir. Mis hermanos no hacían nada, salvo quejarse y empujarse uno al otro. Los quería, pero eran torpes y demasiado fieros.

Ahora me siento frente a todos, en un pequeño rincón de esta ridícula fiesta, y los veo bailar entre algunos mortales que ellos aman por su vínculo con el pasado o presente. También observo a los espíritus. Ellos se hacen pasar por simples humanos. Todos bailan al son de la música de compañeros que fueron apartados de la vida mortal para proteger sus cualidades musicales. Hay muchachos que apenas tienen quince años y que están entonando canciones tan actuales, como también antiguas e incluso algunas que parecían haberse perdido en el tiempo. Observo a su creador, el cual está en mitad de la pista de baile riendo a carcajadas, y me dan ganas de preguntarle cómo es su vida rodeado de tantas criaturas hermosas, inquietas y con esas voces que parecen tritones o sirenas.

Louis ha decidido bailar con Pandora, como en la última fiesta, ella sonríe esperando que Arjun se atreva a entrar en la pista. Flavius ha decidido que Avicus baile con él, sin importar ser dos hombres y tener que hacer de mujer permitiendo, de ese modo, que su amigo y compañero lo guíe. Marius estuvo bailando también, pero ahora sólo observa a Armand. No pierde detalle mi maestro de la sonrisa pletórica que tiene ese diablillo ante la interpretación a piano de “Have yourself a merry little Christmas” de Michael Bublé en una versión más movida, perfecta para bailar.

También está Landen sentado, apoyado en su magnífico bastón con cabeza de cuervo, mirando todo como un niño mira los regalos bajo el árbol. A su lado está Benedict sentado en las piernas de Rhoshmade. David, mi buen amigo David, conversa insistentemente con algunos hombres de Talamasca, invitados únicamente porque tenemos que aunar fuerzas. Jesse Reeves al fin ríe, tras la tragedia que acabó con parte de su familia no lo había hecho. Mi madre está cerca junto a un grupo de mujeres vampiro, todas ellas conversan sobre la decoración y sobre como me queda el smoking. No sé si sentirme halagado o asustado.

El resto simplemente baila dejándose llevar o consume algo de la mesa, ya que no todos somos adoradores de la sangre o espíritus. Hablando de espíritus, el de mi creador ha llegado hace unos minutos y se ha sentado a mi lado mirándome con un amor similar al de un padre. Supongo que nos hemos perdonado y que ahora debemos gozar estos tiempos venideros.

Sin embargo, gran parte de mi atención la tiene la pareja que se mueve como si fueran uno. Ella lo observa con emoción y una sonrisa idílica. Él la toma por el talle como si fuese la flor más delicada y maravillosa, hace que gire sobre si misma y la estrecha con sus fornidos brazos. Nunca he visto una pareja bailar con ese énfasis y amor. Veo profundo respeto. Aunque a veces desvío la mirada hacia Louis que insiste, como no, que baile con él aunque no se atreve a decirlo a viva voz, sólo pequeños gestos. Es increíble cuánto me recuerda Rose en ciertas ocasiones, no siempre por supuesto, a Louis. Ambos se sonrojan del mismo modo cuando miran a los ojos perdiéndose en los nuestros, en los ojos de un Lioncourt.


Lestat de Lioncourt 


jueves, 15 de diciembre de 2016

Nuestro adiós

El adiós es... siempre doloroso.

Lestat de Lioncourt


—Debo dejarte.

Me dijo mirándose al espejo de su tocador. Estaba allí sentada observando su largo cabello negro disperso sobre sus hombros y espalda. Su cepillo de hermosa plata y rubíes se deslizaba sobre esta como si fuese un espeso mar salvaje. Sus ojos profundos subieron hasta mi figura, la cual estaba allí asomada con su hermosa ropa blanco marfil. Mi tono de piel contrastaba con el suyo, tan marmóreo. El traje rojo, ajustado en su cintura y que realzaba su busto, se desparramaba sobre su silla. La escena era idílica, pero sus palabras no eran llenas de amor y bondad.

Ella que era mi amiga, mi amante, mi compañera, mi mujer y mi diosa. Ella que me había dado la vida y la libertad más allá de la opulencia y respeto que me gané sólo por nacer. Ella se iba, se marchaba, y yo me quedaría solo y huérfano.

—¿Irás con Marius?—pregunté por un casual. Sólo quería saber si alguien la acompañaría.

—No—dijo—. Ya no.

—Pandora—suspiré aturdido—, ¿puedo cambiar algo que te parece ofensivo?—dije intentando aferrarme a una posibilidad.

—No puedo soportarte, no puedo soportar esto—contestó girándose para mirarme a la cara directamente. Esos ojos flameaban dolor—. No estoy acostumbrada a todo... todo...

—Mi respeto, apoyo incondicional y amor—dije con semblante serio, pues sabía cuál era el problema. Ella jamás había sido respetada, ni honrada, ni amada de ese modo. No sabía corresponderme y todo le aterraba de sobremanera. Sé que me amaba, pero amaba más a Marius y aún más su libertad—. ¿Te da miedo amar?

—No me obligues a decirte algo hiriente—respondió con los ojos llenos de lágrimas que no sabían si salir o quedarse en sus propios infiernos.

—No, lo lamento—susurré.

—Déjame marchame—. Se incorporó mirándome con esa angustia antes de agachar la mirada un segundo. Todo lo que llevaba puesto lo había elegido yo, con toda mi buena fe y sueños, deseando cumplir caprichos y necesidades. Había bañado en joyas, telas caras, flores, perfumes y libros su vida. La había acompañado allí donde ella deseaba ir.


—Puedes hacerlo, puedes irte—dije acercándome a ella para tomar sus trémulas manos. Las tenía cálidas. Había bebido recientemente en la fiesta, lo sabía. Allí, entre la marabunta de gente sin principios y enjoyados hasta el cabello, había sido partícipe de la muerte y las duras elecciones a las que estábamos implicados como hijos de la oscuridad y la sangre—. En esta fría noche puedes irte, pero quien se marchará soy yo—sentencié—. Quédate en esta hermosa Rusia—murmuré acercando mis labios, algo helados, a su rostro de porcelana—, helada y magnífica en muchos sentidos,—añadí sintiendo como una lágrima caía estropeando su maquillaje— y yo me iré a la India donde puedo refugiarme tras esta profunda pérdida—dije terminando por sellar mis palabras con un beso lleno de amor—. Allí te estaré esperando si en algún momento te cansas de viajar, de vivir aventuras palaciegas—me sentía triste, pero no podía dejar de amarla—, de indagar sobre la historia y el origen de la vida. Allí estaré para ti, venerándote en sueños como a una diosa—mis ojos se clavaron en los suyos antes de dar media vuelta y marcharme hasta mi recámara, donde comencé a empacar mis pocas pertenencias.  

sábado, 10 de diciembre de 2016

Soy Arjun, no un monstruo.

Es cierto que pronto sabremos más de él, pero por ahora quedaos con esto.

Lestat de Lioncourt 


Mi nombre es Arjun. Por ahora me conoceréis poco o nada. Sólo se han dado algunos datos sobre mi persona, más adelante seremos compañeros en un viaje trepidante y doloroso. Actualmente no os diré dónde o cómo estoy, sólo quiero que os centréis en estas líneas y que tracemos juntos una división entre mi cometido, mis sentimientos y la verdad.

Marius me retrató como un hombre algo distante, de rasgos hindúes y diplomático a la hora del trato. No obstante también aseguró que mis sentimientos no eran bondadosos y podía herir terriblemente a Pandora. Ella misma dijo en sus memorias que yo le causaba terror. El terror que ella sentía hacia mí era diferente a lo que muchos confabularon. Marius jamás la amó del mismo modo que yo lo hice. Nunca fue capaz de protegerla, escucharla y honrarla como mujer.

Soy la división de dos libros, dos historias, dos vidas, dos seres, dos almas y por lo tanto dos virtudes. La criatura que se doblegó ante Marius, aunque sabía que su amor era decadente y por mera necesidad. Akasha le había pedido que buscara a Pandora, inyectando en él un deseo insaciable por encontrarla, provocando que usara a Bianca, una hermosa mujer, como lazarillo. Por mi parte decidí no arriesgarme, no oponerme, no ser el monstruo que muchos serían en mi lugar por celos o envidia.

Sí lloré, sí sufrí y sí rogué para que escuchara bien su corazón; pero a la vez dejé que decidiera. Sabía que la dañarían y aún así los puse frente a frente, dejé que discutieran y ella escribiera unas simples líneas para asegurarse que se verían. Él no vino. Dice que sus motivos fueron porque la mujer que iba con él, esa hermosa criatura llamada Bianca, se vengó ocultando la carta. No sé cuanto de verdad hay en esas palabras, pero Pandora se desilusionó y emprendió otro camino conmigo.

Pasadas unas semanas nos desvinculamos. No podía estar con ella aunque la amaba. Sabía que su corazón no me pertenecía. Regresé a la India. Poseía un lujoso palacio y numerosos sirvientes. Tenía la vida resuelta. No obstante me induje en sueños. Y hasta aquí puedo contaros de mi historia, y de los motivos por los cuales Pandora estaba sola cuando apareció para liberar al mundo de Akasha, cuando resurgió para hablar con David o marchó a comprobar que Lestat se encontraba catatónico.

Cuando amas a alguien del modo que lo hago yo no te importa si está contigo o con otro, si está libre como un ave en el cielo o solitaria brillando como una hermosa estrella entre la multitud. No te importa. Tú sólo quieres que exista una hermosa sonrisa en sus labios y una paz inmensa en su alma. Es lo único en lo que reparas. Porque ni todas los hermosos vestidos, joyas, libros, caricias y palabras que le ofrezcas no valdrán nada si no es feliz. Por eso preferí que ella tomase la decisión de estar a mi lado o marcharse lejos.


Os recuerdo que mi nombre es Arjun y os tiendo una mano por el recuerdo final de Sangre y Oro y el inicio de Pandora.  

jueves, 7 de julio de 2016

Amistad

Es increíble que ellos se lleven bien y Marius se lleva mal con todos.

Lestat de Lioncourt 



Él estaba allí sentado frente al fuego. Había escuchado su nombre en varias ocasiones en mitad de soporíferas noches donde Pandora se sentía agotada y dormitaba en mitad del camino hacia nuestro destino. Ella lo llamaba con la dulzura de una madre y la entrega de una amante. Siempre me pregunté qué habría sido de aquel hombre bondadoso y leal que se había entregado en cuerpo y alma para ayudarla, comprenderla y protegerla. Me sentía en deuda con un hombre como él. Y allí estaba. Esa noche él resplandecía por la felicidad que emanaba. Nos habíamos reunido en aquel edificio neyorkino por una única razón: Las Quemas. Sin embargo, él estaba allí eufórico porque podía estrechar de nuevo a su gran amiga.

Percibí que entre ellos había un lazo sincero de hermandad y comprensión. Por unos instantes sentí celos, pero rápido maté a los demonios que danzaban en mi alma cantando salves a mi furia. La ira se calmó rápidamente como se sofoca un fuego insignificante al que le han arrojado un cubo de agua helada.

Me acerqué a él deseando presentarme, pero él se incorporó con elegancia abriendo sus brazos para rodearme como si yo también fuera un hermano suyo. Besó mis mejillas, me tomó del rostro y sonrió antes de romper en llanto amargo mientras notaba que ella lo rodeaba por la cadera con sus brazos. Éramos tres inmortales jugando a ser niños inocentes llenos de esperanza. Porque sí, teníamos esperanza pese a todo. Nada ni nadie podía arrancarnos ese sueño de profundo triunfo.

—Arjun, el compañero de aventuras de mi adorada Pandora—dijo con la voz quebrada por la emoción—. Mi nombre es Flavius. Me alegro de veros juntos porque cuando leí sus memorias sufrí muchísimo porque estuvierais separados—comentó antes de rodearla besando su frente y sus mejillas con amor familiar—. ¿Cómo estás? ¿Te quedarás con nosotros? Oh, no puedo dejar de llorar...

—Flavius eres un buen hombre. Siempre me pregunté si nos cruzaríamos para poder llamarnos hermanos pues procedemos de una misma fuente, amamos a Pandora con intensidad y ambos somos hombres que cultivamos la literatura como si fuera parte de nosotros—dije evidenciando mi acento proveniente de la India. Él colocó sus manos níveas sobre las mías y sonrió mientras hablaba.

—Podemos recitar los tres a Ovidio cuando todo esto pase. La maldad no tiene lugar en este mundo—aseguró—. Confío en la fuerza de Lestat y el poder de la unión de todos nosotros.

—¿Cómo has estado?—dijo ella sin reprimir las lágrimas pese a su fortaleza—. No debí permitir que te fueras solo...

—He vivido como un dios entre libros y buenos amigos. He tenido una vida digna. No puedo quejarme. La vida no me ha tratado mal y la eternidad de este tiempo sobre el mundo, envolviéndome en cada época, ha sido fascinante—después, como si se tratara de un tullido curado por el mesías judío, apartó a ambos y se levantó la toca comenzando a brincar—. Os presento a mi nueva pierna.

—¿Y este milagro?—preguntó ella absolutamente asombrada.

—Ah... un vampiro de la India, como mi hermano Arjun, lo logró. Se llama Fareed y ha logrado grandes milagros—susurró antes de echarse a reír abrazándonos y besándonos—. Tenemos que hablar... tenemos que hablar...


Cuanto más lo veía más contemplaba su parecido con el David de Miguel Ángel. Era asombroso. Creo que jamás he visto un cabello más rizado y dorado. Ni siquiera Lestat tiene rizos tan perfectos. Imaginé su cabeza laureada y su cuerpo envuelto en las telas más caras de todo el Imperio Romano. Deseé que fuese un patricio y no un pobre esclavo griego que lamentaba la muerte de su amo, el cual lo liberó aunque no lo aceptó, esperando pacientemente tener buena suerte pese a lo terrible que era la esclavitud.  

sábado, 14 de mayo de 2016

Corazón Roto

Pandora debería dejar de complicarse tanto la vida con Marius.

Lestat de Lioncourt


Jamás comprenderé los motivos que le mueven a estar pendiente de sus estúpidos pasos por este mundo. El recorrido errante de ese artista del engaño y las pinturas no debería ser de su incumbencia. Entiendo que una vez fue su mundo, pero no tolero que siga arrastrando su corazón allí donde él se encuentra. Debería haber aprendido hace tiempo a rechazar su presencia. Sin embargo, aún mantiene una estúpida esperanza en lograr que cambie definitivamente con ella y el mundo. Un sueño imposible que yo no puedo masacrar porque tengo corazón y mi corazón me impide ser cruel con quien amo.

Hace siglos tuve que aceptar que ella lo eligiera por encima de mí y de cualquier viaje. Se detuvo ante el escritorio, tomó algunos folios y un tintero para deslizar con habilidad la pluma que yo mismo le había obsequiado. En aquel documento plasmó su amor con intensas y únicas palabras que jamás me ha repetido a mí ni siquiera en mis sueños. Creí volverme loco en ese instante, pero me mantuve sereno con los puños cerrados y los ojos fijos en el espejo que reflejaba su espalda de cintura estrecha. Podía contemplar a una dama envuelta en sedas y oro que se entregaba como si fuera mercancía abarata a un zafio que no la apreciaba.

Después, como buen sirviente, llevé la carta ante la puerta de la vivienda de ese imbécil. Marius no abrió la puerta y fue una mujer de hermosos rizos dorados y profundos ojos claros quien aceptó el testigo. Sabía que yo, un príncipe hindú, estaba otorgando mi corazón en ese momento como si no valiese nada. Era capaz de ofrecer todos los diamantes, gemas preciosas y oro que poseía a cambio de una noche más junto a ella. Quería escuchar de sus labios que me amaba y que no podía vivir sin mí, pero era imposible. Yo sólo era un muchacho que tuvo la gran oportunidad de huir de sus obligaciones, de una boda que no deseaba y de una vida llena de lujos que me asfixiaba. Liberó un ave para que trinara y su trino se convirtió en canción de amor desesperada.

Él no vino a buscarla. Ella tenía todo previsto y él no asomó su arrogante nariz en la dirección proporcionada. Se mantuvo serena durante algunas horas, pero terminó envuelta en lágrimas sanguinolentas. Tras eso, tras ver humillado su corazón, decidió partir sola dejándome atrás. Yo me juré no amar a nadie más porque sabía que era imposible amar nuevamente de esa forma. Sólo acepté mi derrota y partí hacia la India.

Regresé como el hijo de un príncipe que osó trasgredir las normas. Mi familia me acogió con los brazos abiertos. Mi madre lloró mi muerte pero se alegró que su “nieto” estuviese allí para consolarla. No duré demasiado entre ellos porque me oculté bajo la casa para dormir buscándola a ella en mis sueños, deseando que estuviese radiante de nuevo entre mis brazos y bailara sin cesar junto a una de esos ritmos pomposos europeos llamados vals.


Tras tantos siglos sigue actuando del mismo modo aunque sabe que Marius jamás cambiará. Yo tampoco cambiaré porque la amo. Mi amor es puro y digno de una mujer como ella y eso la aterra. Quizá tiene miedo de amarme porque sabe que si lo hace jamás la soltaría y teme perder así la libertad.  

domingo, 6 de marzo de 2016

Daniel ha decidido hablar nuevamente de la familia, pero esta vez con otro matiz más importante e incluyendo la gran variedad que se da en nuestra sociedad.

Lestat de Lioncourt


Las familias y su concepto han evolucionado con el paso de los siglos. Lentamente el modelo tradicional ha dado un vuelco mostrando que cualquier núcleo con amor y recursos suficientes para una vida pacífica, digna y emocionalmente estable es apropiado para llamarlo familia. El ser humano ha demostrado que las barreras pueden romperse, sin embargo siempre habrá mentes retrógradas que aún increpen los nuevos modelos familiares.

Todavía hoy hay quienes alzan la voz exigiendo que un niño crezca con una figura materna y paterna, pues puede verse vinculado a problemas emocionales que eviten su buen desarrollo como ser humano y miembro activo de la sociedad. Señalan a los homosexuales, tanto hombres como mujeres, de ser el diablo y modificar a su antojo la sociedad. Posiblemente creen que esta forma de amar y sentir su sexualidad se produjo ayer. Sin embargo, la homosexualidad existe en la naturaleza en numerosas especies animales y la humana no iba a ser excepción. Además, hay familias de padres y madres divorciados, solteros o viudos que también entran en este nuevo concepto de familia.

Los vampiros también tenemos nuestro núcleo familiar. El más conocido es un grupo de vampiros que deciden unirse. Algunos serán creaciones del líder, indistintamente si es hombre o mujer, y otro serán amigos o aliados de épocas pasadas. Un claro ejemplo de este modo de familia es Gregory que bajo su techo está su mujer, su protegido y varios amigos. Flavius habla de familia cuando conversa con Pandora, pues los vínculos son similares al amor y respeto que se deben dar en los núcleos más básicos de la sociedad. Otro ejemplo podría ser Armand que durante décadas ha convivido con Sybelle, Benji y Louis. Actualmente vive con Sybelle, Benji y Antoine. El último ejemplo que podríamos destacar es la vieja familia que poseía Jessee y que se ha visto mermada tras las Quemas y sus terribles consecuencias. Khayman, Maharet, Mekare, David Talbot, Thorne y Jesse convivían bajo un mismo techo grandes épocas del año.

El segundo grupo más conocido es de una pareja de vampiros que se soportan, más o menos, conviviendo bajo un mismo techo. Es el caso de Pandora y Arjun que vivieron durante décadas viajando por el mundo o Marius y un servidor. Convivimos mostrando nuestras debilidades y encarando el desafío de soportarnos pase lo que pase.

Después está el tercer grupo que son vampiros que aman conversar con otros, pero no son capaces de convivir mucho tiempo juntos. Cyril creó varios vampiros aunque eso no le interesó demasiado. Prefirió ser su única familia. Puede mezclarse con otros, destruir o construir, pero al parecer ama la soledad y descubrir cómo cambia el mundo cada vez que despierta.

Pero todos recordarán un cuarto grupo. Es el grupo que tiene realmente vínculos más fuertes. Lestat creó a su propia madre ofreciéndole así una oportunidad mágica para esquivar a la muerte. Él logró algo que muchos desearíamos. Nuestras familias quedan atrás y tenemos que desvincularnos completamente de ellas. Tarquin Blackwood no lograba comprender ese punto. No se puede vivir cerca de humanos inocentes que desconocen tu verdad. Ellos no te verán envejecer ni morir, pero el tiempo pasará por ellos y acabarán en un ataúd. Debes asumir eso cuando eres un vampiro. No puedes convertirlos a todos. Sabes que eso es imposible y que no todos asumen la inmortalidad aceptándola. Hay quienes perdemos el juicio por el camino y podemos acabar como Nicolas de Lenfent.

El hecho anteriormente mencionado obligó a Lestat a alejarse de Rose. Rose era una niña de edad aproximada a Claudia cuando él la rescató. Esta vez no le dio la vida eterna y decidió conservarla entre algodones. La pequeña creció con los mejores tutores, en una familia de dos mujeres lesbianas que la atendían con cariño, y logró ser una mujer refinada e inteligente. Si bien Lestat no pudo ocultar lo que era para siempre. Ella se enteró de la peor forma que su tío Lestan era Lestat de Lioncourt, su amante Louis era Louis de Pointe du Lac y que no era humano.

Lestat siempre deseó tener una familia porque cuando era niño sólo tenía a su madre, pues sus hermanos sólo le ofrecían golpes porque eran igual que salvajes y su padre nunca le mostró amor o respeto. Lestat tuvo una madre con mano dura, pero que se desvivía porque su hijo al menos fuese feliz. Siempre quiso protegerlo como una leona aunque sus fuerzas se iban debilitando. Por eso cuando Lestat se marchó de París, dejando a su amante enloquecido en manos de Armand, se aferró a su madre que finalmente se marchó para que tanto él como ella pudiesen pasar página. Cuando Lestat llegó a América del Norte conoció un mundo nuevo, lleno de sensaciones, con gente refinada del viejo mundo intentando imponer sus principios a los “salvajes” y esclavos. Se enamoró nuevamente como jamás lo ha hecho y decidió tener una hija. Creó a Claudia para que Louis tuviese algo por lo que luchar, pero también porque él quería ser padre y poseer una familia. El concepto de familia era importante para aquel joven vampiro. Pues la familia es importante para cualquier humano y nosotros no dejamos de ser humanos del todo. Somos una mezcla, como ya he dicho en otros escritos, y necesitamos del contacto y cariño de aquellos que amamos.

El príncipe de los vampiros, como así lo hemos coronado todos, ahora también posee un hijo biológico gracias a la ciencia. Viktor de Lioncourt es idéntico a su padre en muchos aspectos, y no sólo físicos, porque posee ese arranque rebelde y temerario así como esa chispa de hombre de acción. Sus modales y conocimientos son más elevados. Él estuvo preparado para ser vampiro desde que era un niño. Pese a su claustrofobia deseaba con tesón ser como su padre, como los científicos que le rodeaban, como el milenario que le apoyaba en sus horas de estudio y como su madre. Seth, el hijo de Akasha, siempre comprendió este hecho aunque no tanto su creado.


Actualmente Viktor y Rose son vampiros formando parte de una familia mayor. El núcleo familiar de los vampiros se ha agrandado. Ya no convivimos en pequeños o medianos círculos de inmortales. Ahora Lestat desea que todos nosotros seamos una Gran Familia similar a la de Maharet pero incorporando a espíritus, humanos y cualquier ser que vague por la tierra. En realidad el mundo es una Gran Familia, pues es nuestro hogar, y deberíamos comenzar a darnos cuenta que aunque no tengamos vínculos de sangre deberíamos amarnos y respetarnos como hermanos. Quizás este concepto es muy hippie para muchos de vosotros, ¿no es así? No obstante os invito a reflexionar sobre ello en este domingo. 

miércoles, 24 de febrero de 2016

Grandes amistades

Arjun quiere compartirnos como es la amistad con Flavius. ¡Me encanta cuando dos inmortales se llevan bien! 

Lestat de Lioncourt

Había oído sobre aquel nombre de los propios labios de Pandora. Ella parecía ensimismada cuando recordaba la época en la cual fue humana. Aunque no sé si podemos decir que dejamos de serlo gracias a los recientes estudios del doctor Fareed, el cual logró regresar la pierna a este hombre. Flavius siempre destacó en los relatos de mi amada creadora. Era como una figura esencial en un acto teatral que tuvo que finalizar por miedo al monstruo de la función.

Frente a mí tenía un hombre que rondaba los treinta años, de rostro limpio de cualquier vello, con los ojos claros apuntando a los míos y una boca carnosa envolviendo una sonrisa fresca. Su piel era blanca como la leche, pero no parecía una estatua de mármol. Allí de pie se mostraba humilde aunque impresionante. Entre sus manos no había libro alguno, pero sabía que era un amante de la literatura. Conocía bien sus pasiones y sus buenos gustos. Sin duda el hombre ideal para muchas mujeres, pero que rechazaba a todas porque sus sentimientos no iban encaminado hacia ellas.

Fue un esclavo. Yo era príncipe. Dos vidas opuestas. Él no tuvo nada a lo que aferrarse jamás salvo al respeto de su amo. Yo, por el contrario, me encontraba sumido en una depresión porque las numerosas responsabilidades me agobiaban. Siempre detesté tomar un arma pues no era hombre de acción. Yo no deseaba matar a nadie. Flavius no le hubiese importado matar para sobrevivir, pues era un excelente cazador. Pero ambos teníamos algo que no poseía Marius y era el profundo respeto de Pandora. Nosotros la deseábamos libre para pensar y actuar, él la deseaba atada a un estilo de vida que era impropio ya de cualquier género.

No fue extraño que nos apartáramos para conversar. Él me dio un abrazo sincero rodeándome con sus fuertes brazos, acariciando mis oscuros cabellos y diciéndome en tono bajo que era un hombre bueno. Me sentía sucio y cobarde al haber asesinado vilmente a decenas de jóvenes, quizá cientos, aquella horrible noche. Pero no era yo sino Amel quien ocupaba mi cuerpo. Todos lo sabían. Pandora me había perdonado y Flavius parecía compadecerme.

He descubierto en este inmortal a un hermano, un amigo, un ser excepcional y un gran hombre. Comprendo bien porque Pandora lo transformó en vampiro para que fuese una leyenda. Alguien como él merecía un premio a su honradez y lealtad. Podía imaginarlo en la antigüedad con su pierna de mármol y su pose de erudito abrazándola, consolándola como buenamente podía, mientras ella sentía el peso del mundo sobre sus hombros. No sentía celos, sino un profundo afecto y agradecimiento.


Escuchar de labios de Flavius el amor puro y sincero que tenía hacia Pandora me animó a confesar el mío apasionado, puro y sincero. Hablé con él de mis largos sueños donde ella tomaba mi mano y bailaba conmigo; pero también de los poemas que imaginé ocasionalmente y de las palabras que no podía olvidar. Él reía contándome las historias de los libros que había leído, las distintas sociedades que había conocido y la sensación que era tener una nueva pierna. Jamás olvidaré esa conversación. 

domingo, 3 de enero de 2016

Fic regalo de reyes - 1 - Llámalo Amor.

No estaba muy convencido de ofreceros esto, puesto que hemos tenido problemas y muchos han sido desagradables, pero aquí va...
Lestat de Lioncourt


Estaba allí de pie observando el árbol iluminado, como si todavía hubiese tiempo para celebrar la navidad con alguien especial. El tiempo de hipocresía había terminado, poco a poco se iba desmantelando la ilusión del comercio y la inocencia infantil se iba devaluando, como cada año. Una nueva noche había comenzado. Otra velada más a solas. Había decidido vivir solo unas semanas. Necesitaba reorganizar su vida, pensar en todo lo que había ocurrido éstos años y en las numerosas reuniones mantenidas.

Ya no era el más sabio, ni el más viejo, ni el más importante y ni mucho menos el mecenas más prodigioso. Era un vampiro más, de una larga lista de inmortales con talento y tiempo libre para dedicarse a lo que más amaban. Sin embargo, no se sentía menospreciado. No podía ser ingrato. Muchos guardaban esperanzas en sus reglas, los jóvenes tenían fe en sus palabras y sus pinturas comenzaban a llegar al mercado de arte con gran aceptación.

Seguía pintando a pastel y óleo. Ocasionalmente usaba algo más que los clásicos caballetes. Amaba pintar en las paredes. Había conseguido encontrar una nueva técnica, la del spray, y estaba intentando aprender de los jóvenes artistas callejeros que plagaban las grandes ciudades. Durante días había estado observando a un muchacho que solía inspirarse en esos trabajos, que escribía sobre el arte urbano y tomaba fotografías a la ciudad con una cámara algo retro, pero con una calidad excepcional.

Persiguiendo al periodista descubrió un nuevo mundo. Un mundo que le pareció placentero. Sin embargo, seguía amando su pincel y dedicándose a pintar las obras clásicas a su modo, así como creando otras nuevas con las técnicas que aprendió en Venecia.

Pero en esos momentos, observando el árbol y el pequeño nacimiento que yacía bajo éste, recordó una obra que había pintado con meticulosidad. Su corazón sufrió un vuelco. La adoración de los Reyes Magos, el fresco que estaba en aquel palazzo que ardió hasta los cimientos, le hizo pensar en él. Armand era una constante en su vida. No podía sacarse de su cabeza la culpa, de su alma el deseo de buscarlo y de sus manos el tacto sedoso de su cabello de fuego. Una obsesión insana seguía en él, viva como siempre, pero no podía doblegarse y buscarlo con la excusa de saber si se encontraba cómodo, angustiado o pensando en las musarañas.

Su Amadeo, su querido Amadeo, había cambiado y en los últimos tiempos se convirtió en un ser mucho más adulto, más realista y lóbrego. Ya no era su querido niño, tampoco el frustrado sectario de París. Era un hombre de negocios con aspecto angelical, un muchacho que acudía a la ópera con sus mejores ropas o paseaba por Nueva York como cualquier jovenzuelo, sin levantar sospechas, buscando una víctima o simplemente queriendo ser libre.

Cada vez que escuchaba su nombre, en labios mortales o inmortales, algo en él se revolvía. Había demasiadas cosas que le recordaban a él. Demasiadas. Sobre todo las cosas que no podía eliminar del mundo o de sus cargos de conciencia. Había pedido disculpas, pero habían sido tomadas a la ligera. No podía hacer nada. Se sentía frustrado.

Entonces, como si sus pensamientos hubiesen alentado a Armand a buscarlo, lo vio reflejado en el escaparate donde estaba colocado aquel enorme árbol navideño. Pensó que sus deseos le jugaban una mala pasada, pero finalmente al girarse lo vio. Estaba allí de pie, como si fuese un ángel bajado del cielo para consolarlo, con el rictus de su rostro serio y sus manos metidas en el chaquetón de plumas azul oscuro que llevaba. La bufanda roja, tan roja como la chaqueta que él mismo llevaba, colgaba cerrada a un lado. Sus mejillas estaban iluminadas, así que significaba que se había alimentado con glotonería.

—¿Qué haces aquí?—dijo.

—Vivo en Nueva York. Es mi territorio. ¿Acaso empieza a fallarte la memoria, maestro?—preguntó con un retintín sarcástico que le molestó, pero no hizo amago de levantar su puño, o su ira, contra él—. Ven conmigo. En casa tenemos la chimenea encendida—miró hacia el cielo nocturno y luego lo miró a él—. Hoy es día cinco... es la adoración de los Reyes. ¿Quieres adorarlos conmigo frente al fuego y olvidarte de quedarte helado bajo los copos de nieve que ya están cayendo?

—Quizás...—susurró—. ¿Estará tu violinista?

—Está en la ópera con Sybelle y Benjamín—aseguró provocando que algo en él bailara de felicidad—. Sólo estoy yo, pues Daniel ha decidido salir a caminar acompañando a Jesse y David. Ellos vinieron ayer para dejar algunos informes...

Las calles parecían querer atraparlos entre el tráfico. Los logotipos de las rebajas empezaban a aparecer en los grandes almacenes y algunos operarios, con cierta torpeza y cansancio, retiraban las estridentes luces de colores. Los taxis pasaban sin atender las señales de algunos clientes, los semáforos parecían enloquecer y el ruido de los motores era ya un murmullo clásico en aquel enjambre de almas.

No estaba demasiado lejos el edificio de Armand. Era gris, imponente y poseía un ajardinado cercano bastante llamativo. Las luces estaban encendidas, pues el personal se estaba haciendo cargo del orden y la limpieza de cada planta.

Al llegar Marius se sintió tentado. Deseaba cuestionar algunos hechos a quien fue su joven pupilo, el niño que rescató de la muerte y la miseria. Él, que ahora parecía rey del mundo moderno, parecía perdido en mitad de sus dudas. El imponente romano acabó abrazándolo en mitad del hall. Allí, bajo la lámpara de lágrimas de pedrería, besó las mejillas encendidas de su muchacho.

—¿Y Pandora?—preguntó apartándose de él—. ¿Por qué no vas a buscarla como aquella noche? ¿Ya no la amas?

—Siempre la amaré, pero nunca podremos estar juntos. Es imposible—esa respuesta no complació en absoluto sus deseos, sino que aumentó su rabia y celos—. También te amo a ti.

—Pero yo soy más insignificante—replicó caminando por aquellas baldosas de mármol recién pulido.

Su pequeña espalda se estrechaba en una cintura similar al de una mujer. Poseía unas caderas tentadoras, pero no tanto como sus glúteos. Los ojos de Marius se deslizaban por aquel pequeño monumento ruso. Era como un animal salvaje a punto de saltar sobre él, clavando sus uñas en el rostro y gritando que no era justo ese trato. Exótico y peligroso. Él lo sabía. Sin embargo, aquel romano no era un amante convencional, él sabía ser cruel y terrible.

Se aproximó a su creación con calma y lo tomó de los hombros, apoyando ambas manos sobre éstos, para luego susurrar versos de poemas que una vez recitó entre sábanas de seda roja, e hilos de oro y plata. Armand cerró los ojos dejándose llevar por la belleza y pronunciación de cada palabra. Era como una canción dulce que alentaba a creer que le amaban, que había un lugar llamado hogar donde regresar. Se abrazó rodeando su cintura, clavando sus dedos en sus costados, mientras intentaba contener las lágrimas. Cuando él se acercaba, cuando lo tocaba y dejaba su aroma disperso sobre sus ropas, sentía que volvía a estar seguro en Venecia. Se sentía joven de nuevo, un hombre casi niño, correteando por los pasillos de un palazzo lleno de frescos hermosos y lienzos magníficos. Podía incluso saborear el cerdo asado, el vino y la fruta madura recién traída del mercado. Incluso podía saborear aquel pan tierno que saciaba su apetito con un poco de manteca y unos trozos de pollo. Volvía a ser mortal e inocente, si alguna vez lo fue.

Se giró para mirarlo. Quería ver aquella hermosa escultura cincelada con el paso de los siglos. De inmediato colocó sus dedos sobre sus duras mejillas, deslizó las puntas de éstos por cada arruga pasada por alto por el ojo humano y dejó estos cerca de la comisura de sus labios. La mirada azul glacial que poseía tenía una pasión distinta, muy llamativa y tentadora, a la de cualquier otro. Sus ojos castaños, llenos de dolor y miseria, cambiaban por completo cuando se hallaban contemplando los de su maestro. Pese a sus celos se sentía dichoso, vivo, eufórico y enamorado.

Había confesado una gran mentira, pueril y torpe, a Gregory. Le había dicho que jamás amó, que no sabía amar, pero sí lo sabía. Había amado a Marius cuando era sólo un muchacho. Aquello no fue un capricho. Era el amor que siempre guardaría en sus recuerdos. Unos recuerdos que se volvían trágicos y olían a humo, cenizas y lágrimas. Pero ahora amaba a Antoine, un músico que endulzaba sus noches arropando su cuerpo, así como su alma, con la música de su violín y la seducción de su piano. Aquellas manos finas y amables no podían compararse con las toscas caricias de Marius. Sin embargo, eran lo mismo. Amaba a ambos. No había duda. Su corazón de dividía en mil pedazos y Marius, sabedor de todo, se sentía vencedor.

Su maestro no perdió el tiempo. Mientras él se debatía, Marius había abierto su chaqueta y empezado a tirar de su ropa. Armand se vio convertido en un chiquillo, en un muchacho deseoso de ser acariciado, y cuando lo tuvo desnudo tomó su lugar entre sus brazos. Un abrazo cruel con unas manos grandes que se deslizaban por su espalda, tocaban sus caderas y se dejaba llevar por la pasión.

Se cortó la lengua y le ofreció sangre, cálida y espesa, a su excepcional creación. Rodeó con sus labios los cálidos y atentos de su criatura. Abrazó con fuerza su cuerpo y dejó que la mente de Armand se perdiera. Aprovechó entonces para alzarlo y subirlo por la escalera. Sin perder el tiempo lo llevó a uno de los baños.

La habitación poseía unas hermosas vidrieras, grifería de oro que imitaban a hermosos cisnes con las alas plegadas, y lujosos muebles de baño vintage. La bañera poseía unas patas doradas de grifo, las delanteras eran de ave con unas escamas terribles y las traseras de león. La luz era tenue y el agua salía caliente con facilidad.

Dejó introducido en la bañera a Armand, permitiendo que las sales de baño y la sangre lo dejaran extasiado. Su mirada mostraba a un joven embelesado, perdido en el momento, mientras Marius se marchaba dirigente a su habitación. Quería encontrar una dosis de testosterona, el producto milagroso que Fareed había creado, para poder hacerle el amor.

Sin embargo, a quien encontró fue a Antoine. El cual clavó sus ojos azules, profundos como el océano, en aquel imbécil que iba y venía robando el cariño de Armand. Allí estaba, sentado en la cama de Armand con el violín entre sus brazos. Poseía el torso desnudo, pero sus piernas estaban enfundadas en unos pantalones vaqueros comunes, algo vulgares, ligeramente rotos en sus bajos.

Se bajó de la cama, dejó el violín y salió corriendo buscando a su amante y compañero. Marius farfulló, pero se sentía ganador. Creí que no podría echarlo, que quien saldría derrotado era el joven. Por eso le permitió ir hasta el baño, para que encontrara a Armand hundido en su mundo.

Sin embargo, no fue como Marius supuso. Fue terrible comprobar como ambos se abrazaban y lloraban. Armand se sentía perdido aún, pero desilusionado. Había fallado a su nuevo amante, el cual había dado todo por conocerlo y protegerlo. Sabía que era joven, frágil y que posiblemente podía ser condenado a la muerte. Conocía bien la historia de Antoine.

Antoine era un joven músico, pero su alma parecía ser antigua. Había estado tocando en tugurios, dejado que el fuego lo consumiera en dos ocasiones, luchado por las terribles heridas causadas por las llamas y la soledad, admitido su fracaso y buscado el aliento en las viejas conversaciones con un patán como Lestat. Un hombre de honor y orgullo extraño. Un muchacho comparado con él. De aspecto débil, por lo esbelto, y ligeramente frágil por sus rasgos minimamente aniñados. Si bien, fuerte. Siempre fue bueno con los puños y ahora, sin duda alguna, era fuerte mentalmente. Había padecido demasiado para rendirse y no luchar, para no redimir su dolor.

Marius aguardó en el marco de la puerta, esperando que Armand reaccionara finalmente y echase de aquel lugar al joven vampiro. Quería proseguir con sus juegos, los cuales eran injustos. Sin embargo, Armand no dijo nada. No echó a Antoine. De hecho besó sus labios y lo introdujo con él en la bañera.

Los besos suaves, casi tiernos, que se profesaban llenaron de cólera a Marius. Una cólera que no pudo contener. El espejo del baño estalló dejando vacío su marco de oro, para luego azotar la puerta con gran indignación logrando que se rompiera el marco. Allí quedaron los dos amantes, mientras el maestro de las pinturas, el que se creía dueño de su corazón, huía lleno de rabia.

Recordó entonces la noche anterior, vino a él la imagen de Arjun y Pandora conversando amablemente en las escaleras de uno de los museos de Londres. Uno de tantos. Había cientos en aquella ciudad. Era uno de los museos de historia y ellos parecían conversar sobre la suya propia. Él la adulaba con cariño, arropaba sus hombros con su propia gabardina y sostenía una mirada dulce, sosegada y entregada a una mujer que deseaba ser retada constantemente. Pero allí estaba, dejando que él la amara.

Decidió aguardar el momento para lanzarse, para apropiarse de su propia mujer, pero al seguirlos hasta un hotel cercano, bastante discreto en apariencia aunque de ostentoso lujo en su interior, notó como ambos se deshacían en caricias en el ascensor. Corrió por la parte trasera, se elevó hasta la última planta donde tenían la habitación y los observó por la ventana. En medio de una habitación recargada de pinturas elegantes, muebles clásicos y sofisticados, así como esculturas similares a las helénicas.

La pasión de aquellos dos cuerpos desnudos, acariciándose mutuamente, mientras se miraban con cariño. Los besos eran suaves, elegantes incluso, como los de cualquier hombre locamente enamorado. Sus cuerpos se entrelazaban, los gemidos comenzaron y el movimiento suave de las caderas del hindú le llenaron de rabia. Ver sus senos desnudos y temblorosos, con sus pezones castaños y duros, bajo los dientes de aquel idiota le destrozó por dentro. Aún más al escuchar perfectamente los gemidos y ver como ella le arañaba, convirtiéndose en la bestia y él en el seducido. Si bien no era sexo duro, sino sexo lleno de amor. Un amor intenso, pero equitativo. Él no intentaba dominarla y ella no deseaba torturarlo. Sólo se ofrecían mutuo consuelo lleno de lujuria.

Ese fue el momento exacto en el que toda la ciudad quedó a oscuras. Siempre había intentado que la ira no le consumiese, que el dolor no le afectase, que el desastre no llegase a controlarlo pero era imposible. Desde aquel momento se encontraba rabioso, insoportable y lleno de rabia. Para colmo de sus males se había encontrado con Armand y éste le había rechazado.

Entonces, cuando más furioso estaba, me encontró a mí. Estaba allí de pie con los brazos cruzados sobre mi torso. Había decidido desprenderme del grupo. David y Jesse se hallaban ensimismados en una de las bibliotecas públicas leyendo viejos documentos, informándose de noticias mucho más antiguas que ellos mismos. Me apasionaba la historia, las noticias, el periodismo de calle y la investigación. Sin embargo, me acababa fastidiando todo aquello. Necesitaba salir y estirar las piernas.

Amaba comprar café caliente y sostenerlo entre mis manos. Siempre le echaba un poco de whisky y aspiraba su aroma. Era delicioso volver a sentir el calor entre mis dedos, el aroma embriagándome, y sobre todo la sensación de ser normal. Era un muchacho más comprando café, caminando por la calle con un vaso de plástico término y dejándose llevar por sabe dios qué pensamientos.

—¿Estás molesto?—pregunté arrojando el café a una papelera cercana.

—¿No estabas con esos dos eruditos?—murmuró.

—Sí, pero disfruto más de tu compañía.

Aquellas palabras le arrancaron una sonora carcajada. Ambos nos comprendíamos de algún modo. Era como si fuésemos dos almas que, através de los siglos, hubiesen conectado más allá de cualquier impedimento. No había muros, no había fronteras culturales o ideológicas. Habíamos sido seres dichosos de algún modo, pero a la vez solitarios y sombríos, cargados de excesos y de futuro nada prometedor según nuestros padres. Nos convertimos en lo que deseábamos ser, pese a las críticas y el entusiasmo de otros por vernos fracasar, creímos perder el juicio por el fracaso y finalmente nos levantamos de algún modo sacudiéndonos las heridas. Eso éramos. Dos hombres que habían luchado codo con codo contra sí mismos.

Pasó su brazo derecho sobre mis hombros y me pegó contra él. Pude sentir el peso de su miembro, la dureza de su pecho y el roce de sus rubios cabellos contra mi mejilla. Me dio un beso en la comisura de mis labios y yo reí de nuevo. Era divertido sentirse libre, sin un lugar determinado en el cual vivir. Sin embargo, los dos teníamos nuestros pecados y sabíamos bien que, pese a todo, volvíamos el uno con el otro. Libres para ir y venir, pero atados al deseo constante de saber el uno del otro. Vivir con él era delicioso, pues no sólo aprendías de arte sino también de una historia que no suele contarse. Apreciaba los matices de la vida porque él los realzaba.

—Aún no te he dado mi regalo navideño—murmuró.

—Cierto...

Pasábamos por un edificio en ruinas, a punto de ser derruido para construir uno de esos elegantes y consumistas centros comerciales. No lo pensé demasiado. Simplemente actué. Me giré pegándome a su pecho y lo besé. Mi lengua se introdujo en su boca como una serpiente y decidí enroscarme en ella. Mis manos lo lo dudaron y bajaron hasta su bragueta, mientras mis pasos provocaban que él me siguiera hasta el interior del edificio. La puerta estaba hinchada y vieja, no fue difícil abrirla.

En ese momento saqué un paquete de parches. Había parches de testosterona. Fareed me había enviado un cargamento de nuevos productos. A todos nos tenía como conejillos de indias. No sólo eran para probar el sexo, sino también para mejorar nuestra comunicación mental. Incluso estaba vislumbrando como poder comunicarnos creados con nuestros creadores, igual que hacía Amel, sin impedimento de estar cercanos en sangre. Esos parches eran tan efectivos como las inyecciones, los podías transportar sin riesgo y parecían pequeñas tiritas.

Él se dejaba hacer, como si necesitara reconstruir su orgullo herido. Un orgullo demasiado inmenso, como su sexo. Bajé sus pantalones y me arrodillé mientras colocaba varios parches en sus muslos y vientre. Deseaba un fuerte efecto en él, para que así olvidase incluso su nombre. Pero no estaba decidido a que fuese únicamente el tratamiento quien incitase su deseo, pues mi lengua comenzó a lamer su glande. Pasaba la punta en círculos, para luego hacer sentir mi aliento y provocar que notara mis colmillos a punto de hacerle algún rasguño, sin pretenderlo.

Marius echó su cabeza hacia atrás, dio dos pasos contra la pared y se dejó guiar. No había tiempo que perder, por eso le pasé los parches para que me los colocara él. Le di dos de los apliques, los cuales terminaron en mi zurda. Mi lengua pasó del glande hasta la base y subía, para luego enroscarse y dejar que entrara su sexo en mi boca, hasta mi garganta. Cerré los ojos y perdí el control. Él me agarró de la cabeza, por las sienes, apretando con sus dedos mi cráneo. Llevaba un ritmo rápido y desesperado con sus caderas, mientras me bloqueaba cualquier movimiento con mi cabeza. Su pene entraba y salía de mis labios, los cuales apretaban con deseo aquel músculo duro y henchido.

Rápidamente, cuando el efecto estaba dominándome también a mí, me tiró al suelo y me arrancó la ropa, para luego girarme contra las sucias baldosas. No tardó en alzar mis caderas y colocarme como a una vulgar puta. Mis brazos se apoyaron en el suelo, mi cabeza quedó entre mis hombros y él me penetró con rabia. Una rabia que me hizo gemir entre el dolor y el placer.

Se sacó el cinturón y me azotó la espalda, logrando herirme y haciendo que salpicara algo de sangre. Sus movimientos eran cada vez más fuertes y profundos. Eran demasiado placenteros. Mis muslos temblaban. Mi figura se perló de sudor y sangre. Los azotes pararon cuando el cinturón se convirtió en mi correa, alrededor del cuello, la cual tiraba con impetuosidad.

—Daniel... —balbuceó entre gruñidos.

—Amo... amo...—suspiré casi sin aliento.

Puso su pie derecho sobre mi espalda. Mi pecho se pegó al polvoriento y roto suelo. Su miembro se clavaba haciéndose notar. Cada vena, cada trozo de él, era delicioso. Aquello era el paraíso del pecado, el cual ardía a mi alrededor. Y, entonces, caí desvanecido llegando al orgasmo final. Él decidió salir, girarme y venirse sobre mi rostro.

No recuerdo más, sólo sé que desperté en la cama mullida de su palazzo con él a mi lado. Olía a flores de jazmín y lavanda. Las pinturas del fresco del techo eran muy hermosas y me recordaban a Armand, aunque con una bondad para nada comparable con la malicia de su alma inmortal.


domingo, 13 de diciembre de 2015

Cambios y manías

Daniel nos habla de las manías... ¡Ah! Tengo muchas.

Lestat de Lioncourt 

Los viejos vicios persisten tras la conversión. He sido testigo de ver, en diversos y numerosos compañeros, costumbres o comportamientos raros o con una alarmante preocupación injustificada. Se obsesionan con cifras, el arte o con un tipo de vestimenta. Forma parte de ellos, quizás, es como una forma de aferrarse a lo que fueron o pudieron ser. El caso más llamativo es el de Marius.

He convivido con Marius a lo largo de casi dos décadas. Armand se deshizo de mí, preocupado y molesto consigo mismo, porque era incapaz de controlar mis fobias y terribles momentos de descontrol. Había quedado prácticamente aislado cuando Marius accedió a cuidarme. Desde el momento que Akasha murió prácticamente fui sentenciado a convivir con un vampiro milenario, el cual no suele tener sobrada paciencia. Para él fue un reto y para mí un milagro.

Marius es incapaz de comenzar a pintar un lienzo sin salir antes a la calle, visitando museos y diversos antros, porque sólo así se siente inspirado. A veces pinta frescos y siempre lleva consigo algunos botes de pinturas, brochas y diverso material en un pequeño maletín de cuero. Ha intentado, por activa y por pasiva, dejar sus viejas vestimentas en el olvido. Sin embargo, desde la última reunión volvió a buscar sus túnicas dejando a un lado los formales trajes a medida que había ido adquiriendo. Para él los pantalones son incómodos y una ropa bárbara. Hay que tener en cuenta que son prendas que implantaron los celtas, raza que también está vinculada en sus orígenes en más de una ocasión, pero no lo soporta. También hay que reseñar su pasión por el rojo, cosa que provocó que acabase salvando a Armand cuyos cabellos le recordaban al fuego y al color que tanto ama.

Pandora también tiene sus pequeñas manías con la ropa y colores, pues el color rojo también predomina en su vestuario. Así como Arjun o Seth que visten acorde a sus diversas culturas y costumbres. Lestat tiene una peligrosa obsesión con las botas, pues ama tener botas similares a las que una vez llevó cuando era un joven hijo de un marqués, así como con camisas de chorreras. Petronia se obsesionó con su trabajo como artista y joyera, provocando que los camafeos fueran su mayor distracción y símbolo de distinción entre el resto. Armand está obsesionado peligrosamente con la tecnología y con diversos artistas. Khayman llegó a estar horas escuchando canciones de Lestat en su época de rock star. Por mi parte, como no, sigo pendiente de las noticias y me gusta colaborar con Benjamín, el cual posee una predilección terrible hacia los sombreros y objetos que pertenecen a otras personas. Maharet amaba tejer y se desentendía del mundo cuando lo hacía. David Talbot sigue adicto y activo en su viejo trabajo de recolectar historias. Louis colecciona crucifijos y Flavius o Avicus son muy dados a coleccionar libros.

Si destripara el comportamiento de todos y cada uno de mis compañeros, o conocidos por medio de otros, podríamos ver que tienen diversas obsesiones y características que los hacen únicos. Es cierto que puede llegar a ser complicado, e incluso un gran problema si sois mortales, pero éstas manías parecen mantenernos unidos a la inmortalidad. Es parte de nosotros. Sin duda alguna es una forma de no olvidar quienes fuimos.



martes, 1 de diciembre de 2015

Fanfic ESPECIAL DICIEMBRE

A mediados de Diciembre y finales del mes, por supuesto, tendrán otros dos memorias especiales. En total serán tres. Memorias, señores, memorias... Hay que contar lo que sucede, ¿no?

Lestat de Lioncourt 


Durante los últimos treinta años, aproximadamente, habíamos vivido un revuelo mediático importante. La primera vez que se habló de nosotros como criaturas existentes y dolientes, que alguien nuevamente alzaba la voz hablando de nuestras virtudes y defectos, como algo más que seres fantásticos, diciendo que éramos parte de éste mundo, fue con Louis de Pointe du Lac. Él rompió el silencio, pero se quedó su grito ahogado en murmullos desperdigados por el tiempo y los tugurios de mala muerte.

Muchos jóvenes se reunían en diversos lugares del mundo, los cuales eran como su refugio, cientos eran salvajes y atacaban a otros de forma libertina. No había reglas. Nadie sabía nada sobre las reglas necesarias para la convivencia, las cuales había ofrecido a Lestat hacía siglos. Louis no las transmitió porque era un desconocedor de ellas, igual que el resto. Llegué a pensar que hice mal al ocultarlas y rogarle al que fue mi pupilo por escasas horas, debido a sus imprudentes actos, que no las ofreciese tan a la ligera. Si bien, Armand sabía algunas también, pero su transmisión quedó corrupta y olvidada. Era algo del pasado, añejo y deslucido. Nadie seguía reglas algunas, ni siquiera las suyas propias, y los inocentes caían como moscas.

Cuando Lestat apareció en la prensa, escrita y audiovisual, creí que debía aparecerme ante él para increparlo. Sin embargo, algo en mí, rogaba que siguiera su show. Aquel número lleno de palabras seductoras, movimiento erótico de caderas y aullidos similares a los de un lobo herido, me dieron una idea de lo importante que era transmitir a las nuevas generaciones lo que sucedía. Me había quedado anticuado. Aquel idiota, lleno de grandes sueños y esperanzas, gritaba a los cuatro vientos que era un vampiro. La noche de su concierto fue la sentencia de muerte de cientos de jóvenes, los mismos que muy posiblemente estarían encantados de decir que dieron muerte al gran Vampiro Lestat.

Desde entonces tenemos una cruz que llevamos a cuesta. Sus aventuras se venden por cientos de miles en todo el mundo, se han traducido a numerosos idiomas, los jóvenes mortales lo tienen como una esperanza y un ejemplo de triunfo a pesar de no creer ni una sola palabra, por supuesto, del supuesto vampirismo que representa. Seguimos siendo un mito pese a todo. Las diversas guerras, y enfrentamientos, como problemas puntuales que hemos vivido no son nada, no han tenido repercusión alguna y no se ha informado adecuadamente en los medios de comunicación. Nosotros, los vampiros, tenemos celo ante la opinión pública y el exceso de conocimiento de los mortales. Dominamos muchas empresas, poseemos tentáculos en cualquier empresa gubernamental y podemos extorsionar a políticos de todo tipo. Hay, sin duda alguna, una mafia con colmillos dispuesta a todo. Aunque ahora queramos comunicarnos, pues Lestat ha pedido a Benjamín que él sea quien la difunda, tenemos especial cuidado sobre nuestras palabras y acciones.

Por mi parte, por supuesto, gozo de las noches más embriagadoras que conozco. Suelo pasearme por las calles más concurridas sintiéndome más seguro, aunque ligeramente agotado. Ya no soy el sabio que creía que era, pues me he dado cuenta que sigo siendo un niño estúpido soñando con ser un pensador reconocido. He llegado a ser como Sócrates totalmente descreído de mi conocimiento, pero también soy como Kant que creo que la filosofía no se estudia sino que se desarrolla. Y nosotros, los vampiros, tenemos una filosofía de vida, unas reglas y una historia que seguir desarrollando mientras meditamos y ofrecemos al resto nuestra mejor imagen.

La ciencia ha empezado, sin duda alguna, a cobrar cierta importancia. No sólo somos transmisores de verdades, sino también de nuevos conocimientos. Más de un vampiro se había hecho con negocios relacionados con la ciencia. Vampiros como el anciano Gregory Duff Collingsworth, que poseía un imperio farmacéutico increíble, o el cabal y brillante Faared Banshali, un científico que había logrado hacer numerosos injertos a vampiros y crear dosis perfectas para impulsar nuestros deseos sexuales dando a lugar, de ese modo, a Viktor Lioncourt. Si algo tenía claro es que todo era posible en éste mundo de tecnología, ciencia y razonamiento. Ahora sí existía un Dios y se gestaba en los laboratorios de todo el mundo.

Por mi parte, por supuesto, me dedicaba a la vida hedonista y contemplativa que siempre he amado. Mis empresas son galerías de arte, invierto en nuevos talentos y me dirijo siempre a museos para poder colaborar como restaurador de diversas piezas de gran valor. Nadie conoce bien esa faceta mía, pero no me importa. Tampoco conocen mis empresas dedicadas al cine o actos menos relevantes. ¿Y qué? No importa. Disfruto de las fiestas, me involucro con la vida más placentera que es recrear el alma con la belleza pragmática de un óleo, y nada más.

Hace unas noches me encontraba en Nueva York. Había decidido visitar aquella sede porque pronto nos reuniríamos todos allí, del mismo modo que lo habíamos hecho hacía algunas noches en el reconstruido palacio de Auvernia. Lestat solía hacer dos o tres reuniones mensuales, las cuales eran para aceptar propuestas, tener nuevos informes sobre los jóvenes desaparecidos o los que estaban apareciendo asustados, confundidos y heridos. También, por supuesto, solía hablar de su nuevo libro y nos intentaba convencer que todo iba bien, sin sobresaltos.

Como decía, me había desplazado hacia Nueva York. Hacía algunos meses que no pisaba Brasil y había decidido estar más activo a la hora de contactar con el resto. Admito que las nuevas tecnologías son aberrantes para mí, por muy interesantes y rápidas que parezcan. No soy como Lestat que desea aprender forzosamente. No. Yo no soy como él. Me gusta recibir cartas por correo ordinario y enviarlas del mismo modo. Se puede decir que amo ese tipo de cosas sencillas que me hacen sentir contacto con la vida.

Estaba allí, en aquella horrible ciudad llena de edificios nuevos cargados de almas insulsas o desquiciadas, intentando concentrarme frente a un lienzo en blanco. Me había recluido en una de las habitaciones de aquel edificio. Armand, por el cual siento todavía amor y respeto, había elegido los muebles y la decoración con una exquisitez terrible. Quién iba a decirlo de aquel muchacho que rescaté, pero que cayó en las garras de aquella deprimente, estúpida y cruel secta. Él seguía teniendo pasión por el arte, devoción por la belleza y se dejaba llevar a veces por la tecnología. Jamás he visto nunca mezclar lo nuevo con lo viejo como en éste edificio, el cual poseía grandes comodidades tecnológicas al servicio de hermosos frescos, elegantes muebles restaurados y frondoso jardín interior.

Bianca me había acompañado en silencio durante algunos minutos. Todavía no habíamos conversado como ella quizás esperaba. Desconocía si quería, o no, pedirme disculpas por su mala jugada. Si bien, conociéndola, sabía que no lo haría. Si yo era orgulloso y terco, ella lo era mucho más. Su belleza, sin duda alguna, seguía siendo la misma y, por supuesto, su alma era aún rebelde, apasionada y comprometida con sus ideas. Aún así notaba una tristeza infinita y profunda en ella. Por lo que supe, aunque no de sus labios, perdió a su compañero, al que realmente amó con toda su alma, y eso la marcó terriblemente desde ese momento.

Sin embargo, quedé a solas. Podía escuchar al resto conversar animadamente en el piso superior, junto a la música de Sybelle y aquel músico llamado Antoine, mientras Gregory reía y Avicus aplaudía como un niño pequeño ante las ocurrencias de unos y otros. Sin duda, aunque me pese, me estaba convirtiendo en un ser ligeramente huraño en ocasiones. Sólo quería sacar de mi cabeza la imagen de Pandora, la cual estaba allí reunida con aquel patético príncipe hindú que se había convertido en su sombra. Necesitaba mostrar mis sentimientos sin hacer daño a nadie. Daniel no me necesitaba, pues conversaba con Jesse Reeves y David Talbot en uno de los sofás de cuero de otra de las salas. Nadie había reparado en como me había escabullido, bajado las escaleras de mármol y encerrado en aquel estudio.

A mi alrededor había numerosos recuerdos de unos y otros, era como un pequeño trastero donde iban dejando algunas pertenencias que usaban durante las reuniones. Había abrigos de Bianca, bolsos de Sybelle, zapatos de varias de las damas que nos acompañaban, un maletín elegante y muy sobrio de Gegory, varios enseres de Fareed y Seth, un baúl de Viktor y Rose, varias cajas sin abrir de productos informáticos que había adquirido Armand y otros enseres que, por supuesto, ni me interesaban. Pese a lo revuelto del lugar todo tenía un orden. Incluso había un orden en los libros ajados, mil veces manoseados, de David Talbot. A mí lo que realmente me interesaba era la vista que había hacia el jardín. Había una enorme cristalera de marco de madera que daba al jardín interior, el cual poseía enredaderas hermosas y numerosas plantas que embriagaban con su aroma.

Tomé la paleta entre mis manos, y al alzar la vista, me vi reflejado en un espejo mediano que allí se encontraba. Yo, el demonio de las pinturas, con aquella ropa tan similar a la de otra época, de mi color favorito, y con mis habituales sandalias. ¿Realmente habían pasado más de dos milenios? Era absurdo. Aunque ahora tenía menos arrugas, por culpa de la sangre inmortal y los cambios drásticos en mi cuerpo, y el cabello ligeramente más claro. Por lo demás, claro está, seguía siendo aquel imponente romano de madre celta. Durante unos segundos, aunque muy breves, me pregunté si realmente Mael estaba muerto como decían. Yo sabía que ese imbécil estaba vivo y de verme así, vestido como cuando nos conocimos, se hubiese echado a reír diciéndome que vivía en el pasado. Ah, las viejas rencillas... eso y pintar a Pandora, durante horas y horas, era lo que más extrañaba.

Hacía algunos meses que sólo era capaz de pintar paisajes, personas desconocidas y algunos frescos similares a los de cualquier iglesia. Me hartaba ese arte. Todo arte tiene una belleza, pero no comprendía porque era incapaz de pintar lo que mi alma necesitaba. Fue como en 2013, hacía unos años, cuando sólo podía pintar lirios, rosas y enredaderas trepadoras. Amel había tomado el control de mi mente, de mis pensamientos y mi arte, y eso me había llegado a enfurecer. Sin embargo, la furia y el miedo se habían diluido como un terrón de azúcar en una taza de café caliente.

Entonces, cuando me disponía a concentrarme, ella entró sin llamar. Vestía un traje arrebatador en color guinda, el cual se ceñía a su estrecha cintura, y resaltaba su piel pálida. Tenía el cabello negro suelto, cayendo sobre sus hombros, y las joyas que lucía no restaban brillo a sus ojos oscuros. Hermosa, como siempre, y fuerte, como nunca, me miró con una sonrisa pintada en carmín. Deseé besarla, pero decidí mantenerme cauteloso.

—¿Qué deseas?—pregunté—. ¿Vienes a reprocharme que no hago lisonjas a tu querido compañero?—aquello provocó que su rostro se endureciera.

—No, venía a preguntarte si querías unirte a nuestra conversación, con el resto de amigos, pero veo que tu amargura sigue siendo tan eterna como tu estupidez—dijo alisando la falda de su vestido, aunque no veía arruga alguna.

—¿Yo soy un amargado?—dije arrugando la nariz—. ¿Cómo te atreves a decirme eso?—murmuré lleno de rabia, aunque me concentraba para aparentar normalidad. Si bien, mis ojos azules seguramente centelleaban.

—Tan amargado como tu amigo el druida, que por cierto ¿has averiguado si sigue vivo? Pues en tus crónicas afirmabas que lo estaba, llenando de esperanzas a la pobre Jesse, y ahora, claro está, no se debe dar más disgustos a una criatura que ha padecido tanto. Aún todos lloramos la muerte de Maharet, su gemela y Khayman—giró su rostro hacia el jardín, donde se hallaban las tumbas de aquellos pobres desdichados, para luego mirarme a mí a los ojos—. Dime, ¿lo has hecho? ¿O fue tan sólo otra de tus mentiras e incoherencias intentando llenar tu ego?

—¡Basta!—dije furioso tirando la paleta al suelo—. Yo que me he refugiado aquí, como una alimaña, intentando encontrar inspiración en mis recuerdos, mis sentimientos que aún hoy brotan por ti, para crearte un magnífico retrato y tú, maldita mujer, te dedicas a insultarme como siempre. Jamás debí haber llorado tu partida.

—¿Mi partida?—murmuró apretando sus pequeños puños, logrando que se tensara. Sabía que la discusión, como una tormenta violenta, se avecinaba— ¡Serás cínico! ¡Tú me dejaste abandonada! ¡Y lo hiciste dos veces!—empezó a gritar mientras su ceño se fruncía, su mandíbula se endurecía y me miraba como a sus víctimas antes de arrancarles el corazón.

—¡La segunda no fue intencionada!—dije girándome por completo hacia ella, provocando que mis perfectos cabellos cayeran ligeramente sobre mi frente. Movía mis brazos, mi cabeza y todo mi cuerpo porque la ira y la rabia vibraban encolerizadas dentro de mí.

—¡Vaya! ¡Así que admites que la primera sí lo fue!—otro reproche directo.

El pasado, como no, siempre era un arma de legítima defensa para ella. Un arma cruel que solía usar con las artes típicas de una mujer. Si una mujer no te lanza en cara, en cualquier lugar y sin motivo, una de sus quejas date por seguro, amigo mío, que eres un hombre afortunado. Os lo aseguro. Además, las mujeres siempre buscan cualquier pequeña discusión para doblegarte, someterte a sus caprichos y convertirte, como no, en un muñeco entre sus manos. Sin embargo, hay que ser inteligente y saber mantener la calma... cosa difícil.

—¡Fue por el bien de todos!—grité en respuesta.

—¡Fue por tu miedo al compromiso!—dijo acercándose a mí con una elegancia, así como un deseo terrible de abofetearme— ¡Admítelo, maldito idiota!—gritó estrellando la palma de su mano derecha, pequeña y rápida, en mi rostro.

—¿Me estás llamando idiota?—dije tomándola de las muñecas, pues sabía que era capaz de arañarme con sus puntiagudas uñas.

Todos los vampiros tenemos unas uñas tan fuertes y cortantes como navajas, podemos atravesar la piel y cortar la vena de cualquier mortal. Inclusive podemos atravesar el cuerpo de estos, arrancarles el corazón y beber de sus diversos vasos sanguíneos.

—¡Si quieres te llamo imbécil, una definición más acorde!—se movía intentando librarse de mí, pero yo no iba a permitir que lo hiciera.

—¡Pandora, te exijo que te disculpes!—había fruncido el ceño y sentía ese bofetón, tan fuerte y conciso, como una patada en mi orgullo.

—¿Tú y quién más? ¿Tu ego y tu látigo?—dijo con una sonrisa maliciosa— ¡Responde!

La solté de inmediato, provocando que diese un par de pasos hacia atrás, pero cuando intentó encontrar la salida, pues huía completamente indignada, la atrapé pegándola contra la puerta. Mi frente quedó contra la suya, mucho más pequeña y estrecha al igual que su cuerpo. Cubrí gran parte de su figura con la mía, noté sus manos pegarse a mis brazos e intentar apartarme, pero no pudo. La besé como hacía siglos que no la besaba. Mi boca atrapó la suya con hambre insaciable, y mi lengua, rápida y desenvuelta, agarró la suya convirtiendo el beso en una danza brutal entre ambos.

En las diversas plantas, como en el hall de entrada, se hallaban diversos compañeros riendo, conversando, haciendo sus menesteres o simplemente divagando en sus pensamientos. Y nosotros, como no, estábamos allí encerrados en un momento de pasión inusitada.

Tiré de ella, como si no pesara nada, y busqué entre los enseres de Fareed sus milagrosas agujas. Había frascos color turquesa y aguamarina. Sabía que los turquesas eran para las hembras, así que sin más, y aunque ella se resistía, apliqué una fuerte dosis de estrógenos y andrógenos. Ella, en ese momento, me miró confusa y me golpeó el torso a la altura del pecho. Sin embargo, no dijo ni hizo nada segundos después cuando le arranqué la ropa con furia.

Quedó desnuda, con sus senos de pequeños pezones cafés al aire, y su pequeño monte de venus con aquella minúscula mata de pelo oscura. Allí, desnuda, como la propia Venus salida de las aguas, me miró confusa y perdida. Sin embargo, se abalanzó a la caja y agarró una de las agujas turquesas inyectándome a la fuerza.

—Si creías que el único que iba a sufrir consecuencia era yo, estabas equivocado. Aquí los dos vamos a rendir cuentas—dijo antes de golpearme fuertemente el rostro otra vez, lo cual hizo que la empujara contra una de las diversas alfombras extendidas que tenía la sala. Alfombras nada baratas, pero deslucidas por el paso de los años.

Su cuerpo denudo llamó al mío, por eso mismo me deshice de mi túnica y caí rendido sobre ella. No suelo llevar ropa interior, salvo cuando debo vestir esas horribles prendas bárbaras que se ajustan tanto a mis pies. Odio los pantalones, las chaquetas y cinturones. Realmente sólo me encuentro cómodo desnudo o con mis túnicas.

Ella allí, arrojada como una fiera herida, me miraba decidida a todo. Sus uñas se clavaron en mis brazos, arañándome y afianzando éstas con fuerza, mientras sus muslos parecían tomar calor. Aquella boca inferior, con sus carnosos labios, pedían que la sometiera con mi hombría. Ella ya me había pedido hacía cientos de años, cuando tan sólo era una recién nacida en éste mundo, que la hiciera mía.

Entré sin preámbulos, el deseo era ciego y el calor que sentía, recorriendo cada parte de mi anatomía, era sofocante. Al entrar en aquella húmeda vagina me sentí apretado, honrado y complacido. El calor era delicioso, la humedad excitante y la estrechez me hacía delirar. Mis manos se aferraron al borde de la alfombra mientras mi boca buscaba la suya. Los besos eran los de dos bestias, mis embistes eran firmes y constantes, mientras ella gemía sin pudor palabras sucias.

No tardaron en acercarse a la puerta, como siempre, con la curiosidad innata en muchos de nosotros. Escuché los gritos de Armand furioso, para luego sentir un silencio terrible. Era la sentencia de muerte de sus sentimientos, de sus viejas ilusiones, y después de eso un ligero sollozo. No comprendía quién podía estar llorando, sin embargo no me interesó. Los pechos de Pandora, libres y de pezones erizados, llamaban mucho más mi atención. Atrapé uno de ellos con mis labios, lo retorcí con mis dientes y mamé de ellos un pequeño trago de sangre. Ella movía su pelvis desesperada, pero cuando noté que estaba a punto de llegar salí.

Rápidamente agarré la caja, tomé las inyecciones y calvé varias en ella. Su mirada se nubló y su piernas se abrieron fogosas, necesitadas, y deseosas de sentir placer. Mis manos, suaves y frías, se hundieron en su vagina acariciando fogosmente su clítoris. Gemía mi nombre y yo jadeaba al contemplarla de ese modo. Tenía el carmín deslucido, el cabello revuelto y los ojos cerrados dejándose llevar. Cuando me incliné para lamer su sexo, mordisqueando sus labios inferiores, pude saborear otras pequeñas gotas de su sangre. Bebía de ella, generando placer y espasmos, mientras que la dosis surtía efecto en su organismo.

En cierto momento volví a escuchar los llantos, ahora eran dos, mientras la puerta parecía caerse a bajo. No me importó. Ella estaba inconsciente en un mundo de placer erótico, casi pueril, mientras se tocaba para aliviarse. La arrodillé frente a mí, agarré del cuello y metí varios dedos de mi mano zurda en su boca. Su lengua comenzó a lamer, conocedora de como ofrecer placer con ella igual que una serpiente que sabe de su peligrosidad, y de inmediato introduje mi miembro ofreciéndoselo desde el glande hasta la base, rozando mis escrotos con su barbilla. La penetré duramente y pude notar como su cuerpo temblaba. En ese momento, cuando la puerta al fin se abrió, mi semilla llenaba su boca manchando su lengua.

Me giré sin importarme nada, sintiéndome triunfador de aquella pelea, pero al ver su rostro manchado de sangre, decepción y coraje me aparté como un criminal arrepentido. Si bien, algo en mí seguía celebrando aquel momento. Armand lloraba, mostrándose ante mí como aquel chiquillo perdido y desolado, mientras Antoine, ese músico delgaducho de cara demasiado dulce, se aferraba a él intentando calmarlo. El tercero en discordia de aquel grupo era Arjun, el cual tenía su traje de gala blanco manchado de sangre. Parecía que no le importaba su aspecto, ni su ropa, sino el dolor lacerante que sentía en su corazón.

Noté como Pandora volvía en sí, recogiendo los jirones de su vestido y cubriéndose, irremediablemente, con una de las cortinas que allí había colocadas. Escuché como se rasgaba la tela y como sus pasos se volvieron apremiantes cuando Arjun salió del marco de la puerta, dispuesto a salir del edificio.

—¡Cómo te atreves a hacer ésto en mi propia casa!—gritó furioso.

—¡Puedo hacerlo donde me plazca! ¡No eres mi dueño, pero olvidas que yo sí lo soy de ti!—no sentía esas palabras, pero indudablemente las dije. Acepto que fueron crueles y poco certeras, deshonestas y desalmadas, aunque ya es tarde para pedir disculpas.

—¡Yo te estuve esperando durante cientos de años, mi amor fue intenso y tú decidiste destruirlo! ¡Ni siquiera me diste el consuelo de una noche contigo! ¡Sin embargo, vienes aquí y tratas como una ramera a Pandora, a la misma que destruiste con tu puñetero orgullo! ¡Eres tan estúpido como los que llevaron al fracaso a tu patético Imperio Romano!—aquel ataque me vino de improvisto. Armand siempre se había mostrado ligeramente sumiso, pero estaba claro que él había cambiado mucho más que yo.

—¡Por qué no te vas a rezar a tu Señor para ver si alguien te ama! ¡Alguien a quien no vuelvas loco y provoques que te deje!—dije con malicia.

En ese preciso instante apareció Daniel. Él me miró sin importarle nada, indiferente. Noté entonces la diferencia entre él y Armand. Daniel Molloy, mi querido periodista, sabía que yo era libre para hacer lo que me placiera, del mismo modo que él se sentía libre para lo mismo. Aquello, sin duda alguna, me hizo sentirme aún más furioso. Los celos me carcomían el alma.

—¡No te atrevas a levantarle más la voz a Armand!—replicó el joven músico.

Su rostro, siempre calmado, se llenó de una furia increíble. En ese instante supe que lo amaba, y lo hacía de un modo que yo jamás había sido capaz de amar a Pandora, Armand, Bianca o a cualquiera de mis creados. Él lo amaba por encima de sí mismo. Podía destruirlo fácilmente, provocando un incendio y achacándolo a una ira desatada, pero no le importó.

De inmediato se interpuso entre mi viejo querubín y yo. Armand se aferró a él, por la espalda, y empezó a llorar ocultando su rostro en la chaqueta de Antoine. Las manos del músico dieron con las de mi adorado Amadeo. En ese instante recordé tantas cosas, todas las buenas y malas, y decidí vestirme. Daniel había recogido mi túnica y me la ofrecía, así que no tuve que buscar demasiado.

Salí de la habitación y vi a Pandora aferrada a su creación, la segunda y última que hizo, acariciando sus cabellos y jurándole que había sido un acto cruel, improvisado y que no se repetiría.

—Amo a Marius, pero somos incompatibles—escuché que decía—. Tú eres demasiado bondadoso y eso, amor mío, todavía me aterra.

—Tú eres mi sueño. Sin ti decidí ocultarme del mundo, pues me faltaba la luz. Era una noche sin luna ni estrellas, un día sin sol en el horizonte, y un jardín convertido en desierto. El mundo, Pandora, se volvió insípido e insoportable—se aferraba a ella, ocultando su rostro en el cuello de ésta, y mi mujer, a la cual nunca le quise dar ese título, lloraba amargamente junto a él.

—¿Qué has hecho, Marius?—murmuré para mí.

Daniel había salido de la habitación quedándose a mi lado, como si quisiera apoyarme en todo momento. Él sabía que había hecho mal, pero no me lo recriminaría. Entendía que todos debíamos aprender de nuestros errores y fracasos. Y yo, como no, debía comprender que jamás podría tener a Pandora por mucho que la deseara. Ella y yo éramos incompatibles, teníamos demasiadas rencillas e impedimentos. Pero, lo que más me dolió, fue ver a ese músico besando dulcemente el rostro de Armand al pasar a nuestro lado.

Eran casi de la misma edad, aunque el creado de Lestat era más espigado. Recordé a Riccardo y me di cuenta que hacía el mismo papel protector, el cual había aceptado Armand por necesidad y amor. Pude ver amor. Sentí unos celos insoportables. Celos por Arjun, celos por la pasividad de Daniel y celos porque Armand pudiese encontrar a alguien mucho mejor que yo. Asumir todo aquello, en esa noche, provocó que me marchara sin decir donde iba.

Caminé por las calles de Nueva York provocando que algunos me miraran, muchos pensarían que había salido de un rodaje tardío de alguna película. El viento gélido cuarteaba mi cara, provocaba que mis manos se congelaran y no sintiera mis pies. Al llegar a una de las calles, cuyo nombre desconozco, encontré a Thorne caminando sin rumbo. Una vez más, en una noche cualquiera, nos tropezábamos. Él se acercó a mí, no yo a él, me abrazó y ofreció dos besos. Después, como no, regresaos conversando a esa maldita sede. Pandora y Arjun ya no estaban, igual que no se encontraba ese ambiente acogedor y festivo, entré en mi habitación y me encerré solo.

—¿Realmente me estoy convirtiendo en un amargado?—dije tumbado en la cama de rojo satén—. ¿Qué puedo hacer? Siento celos por todo, pues sé que no soy el centro de nada... Me siento como Roma a punto de caer, destruido por completo.

Entonces la puerta se abrió, era Daniel, se acercó a la cama y se echó a mi lado desnudo. Su cuerpo delgaducho era atractivo. Sus cortos cabellos rubios rozaron mi mentón mientras apoyaba su cabeza sobre mi torso. Pronto noté sus besos en mi cuello, sus manos contra mis costados y su corazón empezó a bombear a la par que el mío.

—¿Crees que es cierto lo que dijo Pandora?—pregunté.

—Si ella lo dijo es porque así lo cree, aunque no sé bien a qué te refieres—su tono de voz pausado y, ligeramente, melancólico me sosegaron. La respuesta no fue la que yo esperaba, pero era la que bien conocía mi alma.

—Antoine... ese músico...

—Tiene agallas y ama a Armand, pues Armand logró que tuviese todo lo que una vez soñó. Está agradecido y admira poderosamente el alma torturada de mi creador—se incorporó y me miró en la penumbra. Allí, pese a la escasa luz, pude ver sus ojos violetas clavados en mí—. Con el paso de los años he entendido más y mejor a Armand. Somos incompatibles, pero me gusta pasar algunas noches cerca de él. No es como pensaba—suspiró pesadamente y se sentó sobre mis caderas—. Tú aún lo ves como el niño perdido en la secta, el muchacho con la cabeza revuelta de conceptos destructivos, pero no es así. A duras penas cree en sí mismo, pero aún tiene marcado a fuego el concepto de bien y mal. Aunque, Marius, no es un concepto que germinara gracias a Santino, sino un concepto creado cuando era un niño.

Tomé su rostro entre mis manos, deslizando mis dedos por sus mejillas, hasta llegar a su cuello. Era hermoso. Un hombre de unos treinta años, de una vida decadente y bohemia, que se había convertido en un loco en medio de un mundo tenebroso. Nadie daba nada por él. Armand no podía destruirlo, se veía incapacitado para ello, pero a la vez no soportaba tenerlo cerca. Me concedió el honor de cuidarlo, quizás porque se lo debía, y yo me enamoré de él con el paso de los años. Igual que le sucede a muchas enfermeras con sus pacientes, esa compasión infinita se convierte en amor y el amor une más que el odio.

—Te sabes libre para hacer lo que desees, para coquetear con quien quieras, y sabes que yo igualmente lo soy—dije incorporándome entre los almohadones.

—Te necesito, pero no soy dependiente—echó sus manos a mis hombros, para apoyarse y poder inclinarse hacia mí, y me besó. Fue un beso comedido, pero lleno de significado—. Ve a verlo, está en la sala aún. Antoine hace unos minutos que se tuvo que ocultar, pues es demasiado joven—rozó mi miembro con su prietas nalgas y sonrió perverso—. Mañana puedes ser mío, pero hoy puedes ser de quien desees.

Aquella invitación me tomó de sorpresa, pero la acepté. Salí de la habitación, no sin antes tomar mis propias dosis. Fareed nos había hecho llegar a todos un kit con dosis. Todos los meses teníamos varias a nuestra disposición. Él necesitaba saber los resultados, como un pequeño estudio, y nosotros nos beneficiábamos de ello.

Al entrar en la sala principal, donde todos se reunían usualmente, lo encontré sentado en la silla de Lestat, la cual tenía su escudo del león junto a la rosa sangrante. No había nadie más. El resto se había marchado u ocultado en las distintas habitaciones. Él parecía ensimismado, como si no quisiera hablar con nadie más salvo con él mismo.

—Vete—susurró cuando me acerqué—. No quiero verte, pues suficiente has hecho—murmuró.

Me acerqué más, lo levanté de la silla como si no pesara nada y él no opuso resistencia. Sabía que era inútil. Yo era mucho más poderoso que él y podría hacer cualquier cosa ante su desobediencia. Intentó apartarse cuando vio la aguja, como si se resistiera a ser mío. Sin embargo, acabó inyectado al igual que yo. Sin importarme nada, ni siquiera que alguien pudiese encontrarme de nuevo en esa situación, lo abofeteé y le saqué el cinturón de sus pantalones. El mismo cinturón que usé contra su piel, marcándolo durante unos breves segundos.

Él no daba crédito, pero también estaba excitado. Sabía sus puntos débiles. Comprendía sus celos, pues yo también los tenía, pero no los iba a aceptar. Él no tenía porque tener celos de Pandora, pues Pandora era mía mucho antes que él lo fuese.

—¡Por qué!—gritó con cierta rabia.

—Porque las putas como tú, querido querubín, no pueden sentir celos—lo arrodillé frente a mí, como hice con Pandora hacia unas horas, e introduje mi miembro en su boca.

Él atrapó el glande con sus labios, apretándolos con cierta rabia, y su lengua, rápida y húmeda, comenzó a enroscarse jalando de cada milímetro de piel. Succionaba con fuerza y glotonería, engullendo cada vez más mi sexo. Sus ojos, castaños y libertinos, me miraban con deseo y fascinación. La correa volvió a sonar contra sus manos, pues no deseaba que tocase mi cuerpo.

—Las furcias, como tú, no pueden tocar—susurré con rabia.

Acabé tomándolo del pelo, el cual siempre me recordaría al fuego y la sangre, enredando mis largos dedos en sus mechones. Él, quien fue mi devoción, volvía a serlo. Rápidamente lo empujé contra la mesa de reuniones y lo penetré con rabia. Cada embestida sacaba un gemido desgarrador de su garganta, sus manos se aferraron a la mesa y las mías a sus caderas. De vez en cuando hacía sonar aquel trozo de cuero marrón, de hebilla dorada, contra su espalda, sus nalgas, sus hombros y sus costados. Finalmente, como no, acabé usándolo como un collar apretando su garganta.

Las malas palabras provocaron mayor excitación en él, sus caderas se movían desesperadas y mi lengua se paseaba sobre sus heridas lamiendo las minúsculas gotas de su sangre. Él perdía el juicio, quedando a merced de mis deseos, y entonces lo vi entrar a Daniel, absolutamente desnudo salvo por su sonrisa suave. Él vino hacia nosotros, comenzó a acariciar a Armand, para luego ponerse a mi altura y comenzar a besarme. Su boca sabía dulce, igual que el momento que vivía. Me percaté que él también se había inyectado, que estaba erecto y deseoso de atenciones, así que le ofrecí la boca de quien fue su amante y compañero, así como mi criatura. Armand no dudó en succionar su sexo, mientras él tomaba asiento en la silla. Ya no estaba penetrándolo contra la mesa, sino contra el cuerpo de nuestro amante. La silla de Lestat, la que solía usar para mandar al orden, estaba siendo nuestra cama.

En cierto momento noté como el esfinter de Armand se estrechaba, apretando con fuerza sus músculos, síntomas de una inminente eyaculación. Esto provocó que yo llegara dentro de él, en lo más profundo, y al salir se lo ofrecí a Daniel. Aquel periodista, el cual fue torturado por sueños indeseables y una vida de tinieblas, ahora estaba más lúcido que nunca y más desesperado también. Sin escrúpulos introdujo su sexo en aquel cálido y mancillado orificio. Penetró a Armand subiéndolo a sus piernas, dejándolo con su espalda contra su torso, para que yo viera su cara de placer.

Los labios y mejillas sonrojadas de aquella criatura, el cual podía ser un terrible demonio, le daban un toque arrebatador. Parecía el ángel de algún fresco de la cúpula de una iglesia. Su cuerpo, pequeño y manejable, se retorcía y gemía ronco esperando que aquella delicia no acabara. Pero acabó. Daniel dejó derramar su simiente en su interior, quedándose satisfecho, para luego comprobar como la lengua viperina de aquella criatura nos limpiaba a los dos.


Esa mañana nos fuimos a descansar los tres, con los cuerpos enredados entre las sábanas. Pude tener mi pasado y presente sobre mi torso, sin rencillas ni celos. Armand parecía perdido en sus pensamientos a menudo, pero no podía reprocharme nada. Daniel, sin embargo, cayó agotado demasiado pronto.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt