Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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jueves, 20 de julio de 2017

Hermandad

Arjun y Flavius haciendo amistad en plena guerra... 

Lestat de Lioncourt 

—Oí de tu en muchas ocasiones—dijo iniciando de forma improvisada una conversación.

Jamás había pensado que nos encontráramos. Supe que Pandora lo abandonó, pero poco más. De hecho, fue inesperado volver a verla porque creí que no nos cruzaríamos de nuevo en este mundo tan convulso. Siempre la mantuve en mis pensamientos como a una diosa hecha mujer. La pasión de sus ojos, la belleza de su voz, la elegancia de su risa y sobre todo la verdad de sus palabras. Me sentía aturdido y acongojado. Sabía que pertenecía a esta mujer, la cual me dio libertad dentro de la esclavitud, y que amé como a una hermana. Si bien, no había imaginado el conversar con otra de sus creaciones ni reflejarme en sus ojos.

Arjun parecía un hombre sensato a pesar de tener un aire de soñador innegable. Sabía que era un príncipe por sus maneras. Se sentó a mi lado pidiendo permiso con un ademán muy cortés y sonrió maravillado observándome. Estuvo a punto de decir algo, pero guardó respetuoso silencio ante mis lágrimas. Finalmente me ofreció un pañuelo para que me las enjugara e intentó una charla que esperaba que fuese fructífera.

—Yo leí sobre ti, pero no comprendí jamás porqué ella te temía.

—No era a mí, sino a mis sentimientos—confirmó alguna de mis sospechas, aunque había demasiadas. Podía haber sido por cualquier motivo.

—Ojalá nos hubiéramos conocido en un mejor momento.

—No hay mejor momento. Este es el mejor de todos. Ahora tenemos que unirnos y ser fuertes—dijo estirando sus manos para estrechar las mías, las cuales sostenían el pañuelo húmedo con el cual sequé mis lágrimas.

—¿Puedo llamarte hermano?—pregunté con timidez.

—Lo somos. Tenemos la misma sangre. Todos aquí somos hermanos.

Hablaba pausadamente con una sonrisa en su rostro lampiño. Era de aspecto joven, esbelto, largos cabellos negros y una tez todavía ligeramente dorada. Veía en él al hombre honesto y amable que creía que debía ser. Pandora no cometía errores. Ella sabía tomar buenas decisiones. Podía ser temperamental, pero jamás se comportaba como una estúpida.


Al final de esa conversación, la cual duró algunas horas, acabamos abrazados. Necesitaba su amistad, su compañía y sobre todo la bondad que hallaba en cada una de sus acciones. Él requería a alguien que le escuchase y también conocer a otros más allá de los relatos de nuestra creadora.  

jueves, 16 de febrero de 2017

Fuerza


De verdad, tiene fuerza.

Lestat de Lioncourt 


Muchos jamás comprenden el dolor y las acciones que nos motivan a ello hasta que lo sufren. Cuando se ven en nuestra posición, hundidos por la desesperanza y la humillación, entonces aparecen las condolencias. Brotan de la nada, como amapolas en los campos, y dejan que sus lágrimas sean el agua que riegue sus palabras sin consuelo.

Hablan muchas cosas sobre mí. Critican mi vieja venganza hacia un cobarde sin actitud, con miedo al compromiso y decidido a usarme como si fuese un trapo viejo. Soy Bianca y maldije a Marius por sus mentiras e hipocresías. Usó mi cariño, respeto y lealtad para conseguir averiguar donde estaba Pandora y, una vez allí, abandonarme. Sin embargo, el machista pensamiento que aún hoy en día germina en todos vosotros, arraigándose profundamente en vuestra lengua y sentir, os hace verme como si fuese la mayor villana de este mundo.

Cuando era mortal podía tener cualquier hombre en mi cama. No importaba su posición social o si estaban casados. Ellos venían a mis fiestas con la sencilla razón que era una concubina y deseaban llegar al cielo. Marius yació demasiadas veces en mi colchón, dejé que jugara con mis sentimientos y me robara el corazón de una forma vil.

Pero él, un muchacho que conocí en París, me salvó el alma. Hacía años que vagaba sola. Un vampiro solo, sin sentimientos agradables o recuerdos amistosos, prácticamente se inmola día a día al sol en sus pensamientos sin atreverse a intentarlo sólo por si sobrevive. Por eso él fue mi pilar. Me levanté de mis propios escombros y volví a ser la mujer atrevida, fuerte y feliz. Él me hizo percatarme que estaba sufriendo las consecuencias de otros, pero no las mías. Yo debía decidir quien quería ser y no lo que me habían hecho ser.


Me enamoré apasionadamente, durante décadas fui feliz, y a mano un apoyo digno. Si bien, las quemas destruyeron todo lo que tenía. Hundieron mi hogar, mataron a mi pareja y llenaron mi alma de desconsuelo. Ahora hago acopio de mis fuerzas por él. Voy a vivir el tiempo que a él le han arrebatado.  

miércoles, 8 de febrero de 2017

Dolor


Debió ser horrible ver como tu familia se desmorona...

Lestat de Lioncourt



—Ojalá se equivocara Faared—dijo tomando un mechón de sus largos y sedosos cabellos pelirrojos.

Sus dedos de mármol retiraba pequeños pedazos mientras la mano contraria movía con gracia un cepillo de cerdas naturales. De esos cepillos clásicos de madera y que dicen que distribuyen los aceites del cabello, recuperan su brillo natural, y le dan volumen. Sin embargo, el cabello de su hermana no necesitaba volumen o brillo, pues era hermoso como el suyo.

—¿Por qué? Te vi caminar, Mekare—decía a punto de romper a llorar—. Con esos ojos que robé aquella noche, tan distintos a los tuyos, y ahora que vuelvo a ver sin necesidad de estar robando a mis víctimas, que puedo ser más autónoma, me dicen que nunca hablarás y que no hay nadie en este hermoso receptáculo. Sólo es un recipiente, un ánfora, una bella escultura automatizada... ¡No lo quiero creer!—terminó rompiendo a llorar, dejando que el cepillo cayese al suelo y sus manos cubrieran su rostro.

Mekare estaba allí sentada, observando el fresco paisaje nocturno, mientras las aves, sobre todo loros y cacatúas, llamaban la atención con sus plumas cargadas de llamativos colores. Al fondo se podían ver los árboles, de densas copas, alzándose hacia el cielo nocturno cargado de estrellas.

Khayman llegó entonces. Olía a humo, fuego, sangre y horror. Su vieja cazadora de cuero estaba dañada y su sombrero de ala ancha no se hallaba en su cabeza. Sus largos cabellos negros ondeaban como una bandera pirata y su piel, tan blanca como el mármol, le confería un aspecto de estatua. Se acercó a ellas, las saludó acariciando el rostro de ambas y finalmente se arrodilló llorando.

Las lágrimas sanguinolentas de aquellos milenarios, de esos hijos de la Oscuridad, se vertían en mitad de la jungla. Mekare, por su parte, echaba a correr tras un pequeño roedor. Empezaba la caza de la gemela cuyo cerebro estaba dañado, pero en apariencia seguía ahí interactuando con el mundo.

Había ocurrido una nueva Quema. La tragedia pronto se narraría en la radio. ¡Qué demonios podían hacer! Era imposible controlar a esa criatura que se apoderaba de Khayman.

martes, 12 de julio de 2016

Debió ser terrible para el pobre Thorne. 

Lestat de Lioncourt 



La nieve fría crujiendo bajo mis pies, helados y húmedos, me ofrecía mayor confort y sosiego que los murmullos que siseaba Khayman, como si fuese el viento perdido entre las ramas, en aquellas perversas noches. Las estrellas brillaban bajo la densa oscuridad. Era más brillantes y atractivas que las que escasas que todavía podían verse desde la ciudad. Los árboles dificultaban a veces el poder emprender el Don de la Nube, pero aún así no importaba en absoluto. Allí éramos felices hasta esos tristes días donde toda la calma se convirtió en una tempestad.

—¿Qué ocurre?—pregunté observando como mi compañero regresaba a nuestro asentamiento perdido entre la maleza y una vieja ciudad indígena del Amazonas.

—Nada—respondió con la vista perdida.

—Algo pasa. Puedo sentir que algo pasa—murmuré.

Entonces la radio confirmó mis sospechas. Mi canal regional que solía ofrecer música clásica empezó a emitir un bando informativo. Hablaba de un fuego que estaba consumiendo una de las discotecas más importantes de la ciudad de São Paulo. La columna de humo era tan impresionante que ocultaba de la vista los grandes rascacielos. Dentro muchos jóvenes había sufrido grandes quemaduras. Solía ser conocida como una discoteca para gente afín a un tipo de estética y música que solía ayudar a que jóvenes vampiros, seres como nosotros dos, pasaran desapercibidos.

—Has vuelto a hacerlo...

—Yo no he sido—dijo acercándose a mí.

Las cenizas y el olor a carne quemada, sangre y sudor lo delataba. Había sido él. No había otro. Él lo había hecho con sus poderes mentales sobre el fuego. Khayman, aquel sabio pacífico que yo admiraba, se había convertido en un monstruo sediento que cometía los mismos pecados que su creadora y fallecida enemigos: Akasha.

No pude delatarlo aquella vez. Sólo me eché a llorar horrorizado. Fareed me había regresado la vista para ver como todo se derrumbaba a mi lado. Mis latidos golpeaban con fuerza dentro de mi pecho y la voz se reía satisfecho. Ya me había advertido que si no lo hacía yo haría que otro lo hiciese por mí. Me aferré fuertemente a mi compañero y él hizo lo mismo acariciando mis largos cabellos pelirrojos.

—No se lo digas a Maharet...—rogó rompiendo llorar también.


La música regresó y la noticia se dispersó. Aún así podía recordar el número de muertos porque una voz, la voz de aquel dichoso espíritu, la repetía como un mantra. Al fondo pude escuchar los pies rápidos y salvajes de Mekare agitándose en una danza extraña. Fue terrorífico y doloroso.

jueves, 5 de mayo de 2016

El despertar del periodista

El despertar de Daniel fue gracias a las ondas de la radio de Benji y los cuidados de Marius. 

Lestat de Lioncourt


Estaba allí concentrado leyendo la pantalla del ordenador, la cual iluminaba parcialmente su rostro y le daba un toque lúgubre a sus rasgos aún dulces, de hombre joven y atractivo, mientras sus ojos se entrecerraban quizás intentando procesar la información que estaba acumulando con paciencia, poco a poco, sin descanso alguno para comprender qué demonios estaba ocurriendo en su mundo.

Estuvo desconectado de la realidad por años y ahora intentaba asumir las culpas, así como las causas de una vida vacía. Él siempre estuvo activo y se dedicó a involucrarse en cada noticia que acontecía en las calles oscuras de San Francisco. Como si fuese una especie de superhéroe moderno, un Clark Kent cualquiera, se paseaba por los peores barrios con unas deportivas por si tenía que salir corriendo y anotar después todo lo que había llegado a ver y oír. Pero durante las últimas décadas se sumió en miles de preguntas que no pudo contestar, sueños que le perturbaban tanto que agitaban cada partícula de su alma y provocaban que se echara a temblar cada segundo que permanecía despierto. No quedó nada del hombre joven inquieto que vivía a base de comida rápida, whisky barato y espeso café matutino junto a varios periódicos del día. Nada.

Ahora intentaba remontar el vuelo. Llevaba semanas asumiendo todos los acontecimientos del mundo y había dado con un pequeño tesoro. Cada noche conectaba a la misma hora el ordenador, tecleaba la página web de aquella radio online y se colocaba los audífonos de botón mientras leía las noticias colgadas junto a los audios de programas anteriores. Había todo tipo de archivos que demostraban que no estábamos solos y no me refiero a los humanos, me refiero a los vampiros. Somos inmortales y somos distintos a lo que un humano común puede o llega a ser.

Esa noche no era distinta. Había despertado pronto incluso para ser joven, se dirigió a la ducha para asearse y recorrió las calles aledañas por una o dos víctimas, para luego entrar en la biblioteca y escuchar con cierta adicción la voz suave, aniñada y profunda de Benjamín. Admiraba su trabajo aunque era un reportero joven y casi inexperto. Él estaba dándole voz a todos los vampiros del mundo e intentaba explicar lo que ocurría ahí fuera, lejos de los muros que nos ocultan del resto y nos protegen de nosotros mismos.

—Daniel—dije—. ¿No crees que es hora de conversar?

—Sólo queda diez minutos de programa—comentó sin apartar la vista de la pantalla.

—¿Qué noticias hay?—pregunté desde el marco de la puerta.

—Unos jóvenes han sido atacados por un vampiro indeterminado pero de edad elevada, quizás un milenario, provocando un terrible incendio y la muerte de todos los que estaban en el local. Ha sido en el sur de Brasil, muy cerca de aquí—aquello me provocó cierta angustia. Él lo decía como si nada pero yo pensé de inmediato en mi joven pupilo convertido en grasa negra derramada en el suelo.

—Mañana te compraré uno de esos teléfonos móviles para poder contactar contigo—dije—. No quiero que nada te pase cuando sales a divertirte.

—¿Qué puede pasarme?—preguntó quitándose por completo los auriculares para venir hasta mí.


Dejó atrás su dichoso programa de radio y se pegó a mi cuerpo pasando sus brazos por mis hombros. Me miró como sólo un amante sabe mirar y se echó a reír. Daniel deseaba entrar en acción y no le importaría ya arriesgar su vida con tal de disfrutarla al cien por cien. En ese momento me percaté que estaba harto de hacer siempre lo que otros decían.  

miércoles, 6 de abril de 2016

Correos electrónicos

—¿Qué haces?—preguntó acercando una silla para sentarse a mi lado.

Apenas era un adolescente cuando fue conservado para siempre con ese rostro casi infantil. Sus pequeñas manos jamás dejaron de ser hábiles, pero ahora demostraban otra clase de habilidad más allá del hurto y los rápidos engaños en los cuales la mayoría caía sin percatarse. Bejamín era uno de esos vampiros jóvenes que habían logrado convertirse en un referente importante para el pasado, presente y futuro de la comunidad vampírica global. Comprendía bien cuál era sus funciones y lo pesado que podía ser un cargo tan importante como mantener conversaciones y comunicaciones fluidas entre las distintas generaciones.

—Investigo ciertos rastros...—dije intentando acceder sin éxito a mi correo electrónico—, pero creo que antes tendré que llamar a mi agente. He olvidado la clave otra vez—murmuré recostándome en mi sillón ejecutivo mientras él se reía bajo por mi torpeza—. ¿Acaso recuerdas mi clave?

—Yo mismo te hice el correo electrónico para que no ocurriera esto—comentó—. Además, si la olvido siempre está el recurso de colocar mi número telefónico y acceder a una clave nueva—dijo girando suavemente el ordenador portátil hacia él. La pantalla iluminó parcialmente su rostro oculto bajo el sombrero.

—Haces que todo suene fácil—musité arrugando la nariz— ¡Pero es complicado!

—No, sólo se te olvida su uso porque no practicas. Maharet era alguien con quien se podía conversar durante horas vía teléfono móvil, mails e incluso en redes sociales. Tenía un perfil falso como si fuese parte de sus descendientes y conectaba a todos los familiares vivos que existían en el mundo—decía aquello mientras tecleaba un par de números y letras tanto en mayúsculas como en minúsculas, para luego dejar que la clave se aceptara sólo con un pequeño movimiento de ratón y en un pestañeo estaba la bandeja abierta—. ¿Qué querías mirar?

—Mona tenía un correo electrónico—respondí—. Mi agente tenía apuntada la dirección tras buscarla por la red durante meses un detective privado. Rastreó todo lo que tenía en su ordenador gracias a un compañero suyo informático...

—Haker, ¿no?—preguntó tamborileando sus pequeños dedos por el borde de la mesa.

—No lo sé y no me importa. Sólo sé que pagué cien dólares por toda la información que me hicieron llegar—contesté mirando el enorme listado de correos sin leer. Llevaba meses sin abrir la cuenta porque no había tenido tiempo y porque tenía miedo a no tener una respuesta agradable.

—¿Encuentras el correo?—dijo viendo los más de mil sobres amarillos y cientos de páginas sin leer. La mayoría era “SPAM” o “correo basura” promocionando gafas de sol, complementos, seguros de vida, nuevos vehículos deportivos y productos de librería o perfumería—. Tomaré tu silencio como un no rotundo—volvió a hacerse con el ordenador acercándolo más hacia él para pulsar una pequeña lupa—. Dime la dirección.

Saqué del bolsillo derecho inferior de mi chaqueta un papel donde se podía leer con elegante y carismática caligrafía inclinada su dirección. Él la colocó en la lupa escribiendo en el hueco apropiado y esta rastreó las páginas sin leer hallando un sólo sobre. Sin preguntar lo abrió y luego me miró a mí.

—Dice que la dirección ya no existe o no es válida—contestó.

—Sacaron esta dirección de correos electrónicos a Quinn—dije rabioso.


—Puede que la eliminara o al quedar suspendida durante mucho tiempo, sin uso alguno, el correo ha podido quedar desactivado temporalmente hasta que ella lo reactive—tomó mi papel y examinó cada letra—. Sí, este servicio cambió hace algunos años, ¿sabes? Ya ni siquiera existe “hotmail” como tal. Es posible que lleve años sin usarse.

—¿Cuántos?—pregunté intranquilo.

—Puede que no lo use desde hace casi una década o un par de años. No lo sé. Son cosas que no se pueden saber salvo si eres el propietario legítimo de la cuenta—confesó incorporándose del asiento—. Lestat, creo que deberías asumir que es posible que no estén vivos. Nadie los ha visto en años.

—Estás siendo muy cruel con este viejo idiota... —susurré casi sin esperanza. Yo había apostado que encontraba a Mona ahora que todo estaba más calmado, pero al parecer fue imposible.

Jamás me había planteado la posibilidad de ver destruida una de mis obras después de lo ocurrido con Claudia. Tras Merrick extremé la seguridad entorno a mis creaciones, pero con mi madre era casi imposible aunque ella jamás haría tal cosa ni se pondría en peligro si no fuese por mi culpa, y creía que enviándolos con Maharet, Khayman, Mekare, Thorne, David y Jesse era lo correcto. Yo había jurado firmemente, sin titubeo alguno, que estaba haciendo lo que era mejor para ellos pero los envié posiblemente a la muerte.

—No es tu culpa si ellos han muerto—me dijo girándose hacia mí con una ligera sonrisa—. Hiciste bien en enviarlos a buscar más información, a descubrir el mundo por sí mismos, porque es algo que tú has hecho siempre y te ha fortalecido. ¿Cómo ibas a saber que Amel sufría y volvería locos a los vampiros más antiguos, pacíficos y sabios? Olvida eso, príncipe. Si están vivos aparecerán pronto y podrás abrazarlos. Si están muertos permanecerán en tu memoria por siempre... —se encogió de hombros y se marchó—. Por cierto, la clave es “LouisYouAreMyHeart1791” ¿Te suena la fecha, príncipe?

Claro que me sonaba la fecha. Era algo importante para mí como para Louis. Recordé que cuando la puse deduje que no olvidaría algo así. Me eché a reír como un idiota y luego miré toda la bandeja de entrada. Decidí entonces eliminar uno a uno cada correo hasta que llegué a uno sospechoso. Abrí el documento y leí la carta. Era un correo extraño que sólo decía: “No estoy muerto. Nos veremos cuando tenga una buena historia que contar. Hemos vivido momentos duros. Gracias por todo. T.B.”


Lestat de Lioncourt 

domingo, 13 de septiembre de 2015

Dolor, dolor...

Esto lo encontró Jesse hace unas noches y me lo envió por Fax. Creo que es de las últimas noches de Khayman. Lo comparto con ustedes.

Lestat de Lioncourt


Busco el remedio para éste dolor. Intento encontrar en sus palabras la verdad que creía olvidada, desterrada de mi camino y enterrada en la cuneta de una vieja carretera. Eché cal a mis heridas, dejé que apareciera el hueso y acepté el dolor como único camino. El amor vino precedido de una muerte, igual que la paz. La locura no me deja pensar. Escucho una voz. La voz me habla con ímpetu, me seduce, hace que crea que todo está bien y lo que yo deseo sólo es hipocresía barata. Quiero llorar. Te juro que quiero llorar. Ahora mismo estoy llorando. Redacto ésta carta y estoy llorando. La vista se emborrona, las letras se pierden y el hilo de mis pensamientos parece confuso.

Ya no sé el motivo por el cual redacto ésto en una vieja libreta. La he tomado de la repisa, me he sentado en la mesa y he empezado a escribir. Ni siquiera sé cuál es el idioma en el que me expreso. No es mi idioma natal, es uno extranjero, pero desconozco su nombre. No sé quién soy ahora mismo, sólo sé que tengo sed y quiero matarlos a todos. Ellos causan mi dolor. ¿Cuál dolor? Sólo siento un terrible dolor de cabeza. Un terrible dolor. Alguien agujerea mi alma, mi pecho... ¿o es mi cerebro?

Sangre. Tengo sed. Quiero sangre. La sangre se acabó. Pero noto su delicioso sabor en mi lengua, entre mis dientes y rezumando de mi camiseta. Huele a humo. También huele a humo. Me pierdo. Debo leer las líneas anteriores para entender lo que quería contar. Tengo miedo. Estoy perdiendo el juicio y ya no sé si lo merezco. Noto el cansancio en mi cuerpo, pero no quiero dormir. Si duermo al despertar estaré frente a una pira funeraria de miles de vampiros. Ellos chillan, me culpan de su muerte, pero no entiendo porqué lo hacen.

Que alguien me ayude. Que alguien ayude al mundo.


Creo que soy Khayman. ¡Sí! ¡Así me puso mi madre!  

miércoles, 22 de julio de 2015

Despertar y tenerte a mi lado...

Marius debería aprender de Arjun... ¡Sólo digo!

Lestat de Lioncourt

La vida puede ser un sueño convertido en pesadilla. Cuando te despiertas en un mundo de caos, dolor, hambre de libertad y mentiras desesperadas sientes que debes regresar a la cama, cerrar los ojos e intentar enfocarte en aquello que te hacía feliz lejos de la aplastante realidad. Una realidad terrible y desesperada.

Desperté cuando Akasha lo hizo. Me sumí en los sueños más dulces porque Pandora ya no estaba a mi lado, el mundo carecía de la belleza primigenia y estaba envuelto en una vorágine de sucesos que no lograba comprender. El mundo moderno me asustaba. Se sentían poderosos aplastando al pueblo, el arte y la belleza. No podía concebir tal brutalidad. Las industrias se alzaban ennegreciendo los cielos, contaminando los ríos y llevando peores grilletes a sus obreros que en la época en la cual la esclavitud estaba permitida en todo el mundo. Decidí dormir, pero desperté de nuevo en un mundo más tecnológico que se arrancaba el corazón, miraba hacia otro lado y seguía disfrutando de sus fiestas sin sentido.

Akasha destrozó a miles, pero no logró encontrarme a mí. Yo era insignificante, quizás. Sólo era un viejo príncipe hindú lamentándose porque la mujer que amaba, esa por la cual abandonó todo, estaba lejos de su lado. Pandora vino a por mí, pero no me sentía con fuerzas para reunirme con el resto. Preferí quedarme a un lado observando el mundo, sintiendo el caos bullir como hormigas saliendo de una pequeña grieta, aceptando que los muertos quedaban olvidados. Nadie me recordaba, salvo ella.

Ahora muchos murieron recordándome como un monstruo. Soy quien les arrebató la vida. Soy el ser que los destrozó. Soy quien les arrebató la inmortalidad. Yo soy el que destruyó sueños e hice arder parte del mundo. Pero también soy el poeta que intenta escribir sobre el dolor, la muerte y la ira. Soy el hombre que conversa pacíficamente con otros inmortales, que sonríe ante la impaciencia de los jóvenes y abre sus brazos a todo aquel que quiera conocerme.

Hoy he caminado entre la multitud, como un muchacho más, vistiendo ropa occidental y con un corte de cabello mucho más moderno. Nadie ha reparado en mí. Los pocos que me miraron, aunque de reojo, vieron a un apuesto hombre de negocios, un nuevo rico o un muchacho que se engaña así mismo con un traje caro y unos buenos gemelos de oro blanco. Me he paseado por las grandes calles de Nueva York. He permitido que me deslumbren sus grandes escaparates de joyería, prendas de ropa, tecnología o librerías con abundante información. Me deleito con el aire moderno y cosmopolita, pero también extraño los viejos tiempos. Si bien, todo es más dulce porque ella está a mi lado, aferrada a mi brazo derecho, mientras murmura sobre las grandes obras de arte que se hallan en los diversos museos, las exposiciones de fotografía, los libros que debo leer o las películas que aún no hemos podido admirar.


Hoy me siento afortunado.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt