Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

Mostrando entradas con la etiqueta El príncipe Lestat. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta El príncipe Lestat. Mostrar todas las entradas

viernes, 17 de febrero de 2017

Cyril

Un ser extraño y antiguo... sabremos más de él.

Lestat de Lioncourt 


Despertó.

Abrió los ojos y observó aquel desastroso techo, lleno de humedales y desconchones, para acabar suspirando molesto. Sus manos acariciaron las vetas de la madera, así como los pequeños y mohosos clavos de esta, mientras se decía que estaba cometiendo un error. Aquella voz vibraba con fuerza, impacientándolo. Había dejado atrás Japón, viajado a Indonesia y después recorrido en una noche las grandes ciudades de China hasta llegar a Rusia. Y allí, en Moscú, intentaba hacer acopio de fuerzas tras caer debido a una ventisca. Aún no podía siquiera imaginar cómo alguien podía vivir en zonas tan frías y desagradables.

Se incorporó, pasó sus manos por su redondo rostro y carraspeó. Estaba molesto.

Había tomado una decisión estúpida tras otra, pero no había remedio ya. Era algo inevitable. Tendría que apechugar con todo lo que había ocurrido desde hacía varios meses. Incluso tendría que admitir, pese a que era algo desagradable, que fue un consuelo despertar y escuchar a alguien que le hablase en susurros, aunque le hiciese cometer una monstruosidad tan terrible como quemar a jóvenes vampiros, ya que apenas recordaba cuando tuvo una conversación decente.

Esa casa, donde se encontraba, había sido abandonada, saqueada y olvidada. Ya carecía de puertas, los cristales estaban rotos, y ese sótano era el único lugar seguro. Podía sentir que alguna vez ocurrieron cosas horribles en este lugar, pero no le importaba. Los espíritus intranquilos no eran problemas para un ser como él.

Por algún motivo sintió deseos de llorar, pero no lo hizo. Sólo se empezó a mover, como si fuese un autómata, por la casa. Tenía miedo y a la vez no. Era una sensación extraña de no pertenecer a este mundo y a la vez aferrarse con fuerza. Sólo quería dormir, pero le estaban exigiendo que apareciese y ofreciese su verdad. Estaban obligándole a dejar de huir.


Ya nadie huía.  

domingo, 12 de febrero de 2017

En la lluvia

En fin, que se aclaren estos dos...

Lestat de Lioncourt 


—Todo ha ocurrido de nuevo.

Escuché sus palabras sorprendiéndome de su presencia. Había escuchado sus pasos, así como el latido de su corazón, por toda la avenida. Estaba desierta. La lluvia y el frío nocturno, de este otoño pluvioso y cruel, estaba logrando encerrar en sus jaulas de hormigón y cemento a todos los humanos. Se ocultaban en los nichos modernos que eran los altos y grises apartamentos, los cuales cada vez se asemejaban más unos a otros.

—Pero no del mismo modo—respondí.

Mis enormes ojos castaños se perdieron en los suyos. Me había girado hacia él para verlo bien. Tenía un aspecto juvenil, algo desaliñado, en comparación conmigo. Él seguía usando los pantalones algo amplios, casi caídos, y desgastados por los bajos. Tenía una sudadera cualquiera, algo gruesa, de color gris plomizo y una chaqueta tejana de solapas forradas en lana. Faltaban sus enormes gafas de pasta para volver a ser mi Daniel, pero eso no importaba. Estaban esos impresionantes ojos violáceos recorriendo mi rostro.

—Aún así, volvemos a tener la culpa por desinteresarnos por el pasado, el cual tiene proyección en este presente y en cualquier futuro—dijo metiendo sus grandes manos en los bolsillos de los pantalones.

—Sí, tienes razón—susurré.

—Debí investigar—me sorprendió esa afirmación. Parecía seguro de sí mismo. Quizá creía que él podía haber dado con la clave del problema, pero ni siquiera Talamasca logró hacerlo. ¿Cómo lo iba a hacer él?—. Siempre he amado saber qué hay más allá de la punta de mi nariz.

—Has estado ocupado—dije—. No te fustigues más.

—¿Ocupado?—murmuró antes de echarse a reír a carcajadas.

—Perdiste algo más que el tiempo, Daniel—coloqué mis manos enguatadas en cuero negro sobre las solapas de su chaqueta. Yo vestía un traje formal de Armani con un elegante chaquetón de paño negro. Era como ver a un joven empresario con insuflas de dios sabe qué—. Dejaste de ser tú—mi voz se quebró unos segundos y carraspeé—. Te convertiste en un ser decrépito lleno de miedos.

—Precisamente, esos miedos debieron impulsarme a encontrar la verdad, a investigar—frunció el ceño y me tomó de las caderas. Amaba que lo hiciera, pero no iba a ser estúpido y decírselo a viva voz.

—El miedo coacciona siempre—aseguré.

—A Lestat no—dijo.

—Lestat es distinto—dije riendo disimuladamente—. Se vuelve valiente cuanto más miedo tiene pues busca la forma de escapar del aplastante problema, saliendo airoso y logrando a su vez, aunque parezca imposible, salvar a los que ama.

Lo había visto actuar decenas de veces. Podía palpar su miedo, pero era un miedo distinto al de los demás. Un miedo que le llevaba a enfrentarse a todos porque su mayor miedo era el fracaso y el desconocimiento.

—Supongo que tienes razón—susurró dando un paso hacia mí, pegándose más a mi figura.

Llovía. No llevábamos paraguas. Estábamos empapándonos. ¿Importaba? No. En ese momento no importaba nada excepto su fragancia. Olía a bar, a sudor de discoteca, pero no me interesaba saber dónde había estado. Tenía las mejillas sonrosadas, así que se había alimentado. Era mi Daniel. Volvía a ser parte de mi historia, ¿pero hasta cuándo?

—Daniel, ¿por qué has venido a pasear conmigo?—pregunté asombrándome por decir algo como aquello.

—No lo sé—dijo encogiéndose de hombros—. Tal vez no hay motivo.

—Siempre hay un motivo—sentencié.

—¿Eso crees?

Una risa nerviosa se escapó de sus labios y me dio la impresión de estar frente a un adolescente. Daniel era muy joven, aunque no tanto como yo, cuando le di mi sangre tras empeñarse en que debía ser inmortal. Estaba obsesionado. Sin embargo, una vez se la ofrecí todo desencadenó en una tragedia tras otra.

—Por supuesto—murmuré.


Me había quedado perdido en sus ojos, pero cuando aprecié que se inclinaba a besarme bajé los párpados. Acabé aferrándome a las solapas de su chaqueta, asiéndolo hacia mí, entretanto abría la boca para recibir un beso cálido de su parte. Un beso que acabó con su lengua palpando la mía, mezclando su sabor con el de mi saliva, provocando que un calor sofocante recorriera todo mi cuerpo. Se cortó la lengua, pude apreciarlo, y me ofreció su sangre. La lluvia seguía cayendo, el murmullo de las gotas salpicando era la mejor canción romántica de todos los tiempos, y por un instante me olvidé de todo lo que habíamos vivido. Volvíamos a ser Armand el vampiro que perseguía por distintas ciudades, de distintos países, al periodista que tuvo la oportunidad de entrevistar a un viejo amigo, compañero y amante.  

miércoles, 8 de febrero de 2017

Dolor


Debió ser horrible ver como tu familia se desmorona...

Lestat de Lioncourt



—Ojalá se equivocara Faared—dijo tomando un mechón de sus largos y sedosos cabellos pelirrojos.

Sus dedos de mármol retiraba pequeños pedazos mientras la mano contraria movía con gracia un cepillo de cerdas naturales. De esos cepillos clásicos de madera y que dicen que distribuyen los aceites del cabello, recuperan su brillo natural, y le dan volumen. Sin embargo, el cabello de su hermana no necesitaba volumen o brillo, pues era hermoso como el suyo.

—¿Por qué? Te vi caminar, Mekare—decía a punto de romper a llorar—. Con esos ojos que robé aquella noche, tan distintos a los tuyos, y ahora que vuelvo a ver sin necesidad de estar robando a mis víctimas, que puedo ser más autónoma, me dicen que nunca hablarás y que no hay nadie en este hermoso receptáculo. Sólo es un recipiente, un ánfora, una bella escultura automatizada... ¡No lo quiero creer!—terminó rompiendo a llorar, dejando que el cepillo cayese al suelo y sus manos cubrieran su rostro.

Mekare estaba allí sentada, observando el fresco paisaje nocturno, mientras las aves, sobre todo loros y cacatúas, llamaban la atención con sus plumas cargadas de llamativos colores. Al fondo se podían ver los árboles, de densas copas, alzándose hacia el cielo nocturno cargado de estrellas.

Khayman llegó entonces. Olía a humo, fuego, sangre y horror. Su vieja cazadora de cuero estaba dañada y su sombrero de ala ancha no se hallaba en su cabeza. Sus largos cabellos negros ondeaban como una bandera pirata y su piel, tan blanca como el mármol, le confería un aspecto de estatua. Se acercó a ellas, las saludó acariciando el rostro de ambas y finalmente se arrodilló llorando.

Las lágrimas sanguinolentas de aquellos milenarios, de esos hijos de la Oscuridad, se vertían en mitad de la jungla. Mekare, por su parte, echaba a correr tras un pequeño roedor. Empezaba la caza de la gemela cuyo cerebro estaba dañado, pero en apariencia seguía ahí interactuando con el mundo.

Había ocurrido una nueva Quema. La tragedia pronto se narraría en la radio. ¡Qué demonios podían hacer! Era imposible controlar a esa criatura que se apoderaba de Khayman.

miércoles, 1 de febrero de 2017

Amistad, música y salvación

Le quiero. Aún le quiero. Pensé que estaba muerto, pero no. ¡Oh, Antoine! ¡Viejo amigo! 



Lestat de Lioncourt

Mis dedos se movían rápidos por el piano, aunque mi mente no estaba para nada clara. Estaba algo ebrio, la habitación me daba vueltas y sentía que de nuevo había sido contagiado por alguna enfermedad. Me sentía febril, cansado y borracho. Tenía náuseas y quería dejar de mover los dedos, pues me dolía al hacerlo. Era como si fuese un cadáver que se ha convertido en autómata, buscando quizá la absolución de su alma tocando una última vez con la “gracia” que le otorgó Dios al nacer.

—No te detengas. Sigue tocando—decía.

Finalmente me desplomé sobre las teclas. Olía a sudor, bourbon y sangre seca. Había estado peleándome de nuevo en un callejón. Un tipo dijo que me invitaría a una última copa, pero lo que hizo fue intentar propasarse conmigo nada más cruzar la calle e internarnos en una estrecha calle mal iluminada. Recordaba sus manos acariciando mis caderas, llamándome ramera y exigiendo que colaborara en sus delirios. Decidí usar los puños, para luego hacerlo con mi navaja recordando mis movimientos de esgrima. Entonces apareció él. Ese dichoso vampiro. Ese caballero que me consentía y adoraba como si fuese un hijo, hermano o viejo amante.

Pude sentir sus brazos rodeándome mientras el cadáver de aquel tipo caía, como caen los tiranos. Aprecié más que nunca esa respuesta tan cercana y cariñosa, aunque la piel fría y las carnes duras de Lestat siempre me habían provocado sentimientos encontrados. Era como si una escultura besara mi mejilla, como si un monstruo de mármol me rodeara. Sin embargo, me sentía amado.

Pero él no venía sólo a rescatarme. Tal vez quien le rescataba era yo. Hizo que fuese a mi cuchitril y tocase en aquel viejo piano destartalado. Toqué y toqué mientras decía que me ayudaría. ¿Cómo me ayudaría? Ya me había dado dinero y lo había malgastado. Así que cuando me desplomé algo en mí sintió que me merecía la muerte.

Al despertar lo hice en el suelo. Pude ver su hermoso rostro envuelto en desafiantes rizos, esos ojos intensos clavados en los míos y la sonrisa de un demonio burlón. Quise atraparlo pero todo me daba vueltas. Me sentía igual que una peonza.

—¿Y si te digo que puedo hacer que tu vida cambie?—preguntó—. Me recuerdas a alguien, te he tomado estima y creo que lo mereces. He oído tu historia, amado tus composiciones y tengo fe en ti. ¿Acaso un soñador no debe ayudar a otro?—decía ayudándome a recostarme contra la pared más cercana—. Te amo como a un hermano, como a un viejo amigo. Tengo que salvarte de la destrucción, pues se lo debo a alguien. No lo hice con él, pero lo haré contigo.

—¿Quién fue ese pobre diablo?—logré farfullar.


—Mi primer amor, mi hermoso Nicolas. Un violinista que conocía desde niño y que dejé atrás en París. Murió porque no supe ayudarlo, pero a ti te ayudaré. Haré que seas grande—comentó colocando sus frías manos en mi rostro—. Ahora debo marcharme con Louis y Claudia. Ellos me esperan. Espérame tú mañana más sobrio, por favor. Tenemos que hablar.  

jueves, 26 de enero de 2017

Sin ceder a la muerte

Bianca, ¿no la aman? Algunos lo odian.

Lestat de Lioncourt 


He aprendido cosas terribles sobre esta vida miserable. Ha sido poco a poco. Sin embargo, parece que fue ayer cuando me hallaba en aquel palacio veneciano, rodeada de hombres que me devoraban con la mirada y creían que era demasiado fácil conquistarme. Qué equivocados estaban. Era dueña de mi corazón y orgullo. Muy pocos podían tener el placer de conocerme en mis alcobas, pero él hizo que no fuese dueña de mí misma. Me convertí en una estúpida mujer enamorada. De hecho, me enamoré de él y su discípulo más amado. Qué ironía.

Temblaba como una hoja cuando él aparecía. Era imponente. Medía algo más que un simple metro noventa. Tenía unos rasgos hermosos y muy simétricos. Se apodaba “Marius Romanus”. Su apellido real era un misterio, como el origen de su fortuna. No obstante era un excelente pintor, orador y mecenas. He visto como desembolsaba grandes cantidades de dinero sobre una mesa, monedas resplandecientes de oro y plata, para que un chiquillo aceptase estudiar junto a él. En pocos meses lo convertía en un excelente pintor y un apasionado filósofo, conocedor de leyes y absurdos protocolos.

Solía invitarlo a conversar en salones privados, lejos del bullicio habitual de mis fiestas, para que me hablase de la vanguardia en el arte. Deseaba saberlo todo. Amaba la pintura, la escultura y la música. Él me seducía hablándome en susurros, muy cerca de mi cuello, mientras me sostenía desvergonzadamente por la cintura. Su aroma me enloquecía, igual que parecía que el mío seducía a ese hermoso espécimen de artista.

Sabía de sus juegos con sus discípulos, del amor que profesaba a su joven Amadeo, pero también me hablaba de su corazón roto por una tal Pandora. Por mi parte, él sabía que no había logrado darle mi corazón por entero a ningún hombre, que mi cuerpo era tributo a la libertad y mi alma era veneno para el enamoradizo. No obstante, también supo lo rápido que caí cuando me besó aquella noche. Sus labios eran duros y fríos, como los de una estatua de mármol perfecta, y la mía demasiado carnosa y caliente. Fue una mezcla explosiva. Incluso me dejé abrir las piernas para que palpara más allá de mis ingles. Me volví una descarada en cada encuentro. No me arrepiento incluso tras su traición.

Supe que era un inmortal después de sufrir una emboscada que le costó parte de su belleza, su palacio, sus alumnos y su Amadeo. No me importó. Me quedé a cuidarlo y soportar sus lamentos, así como la ira que sentía al saber que sus muchachos habían muerto. Pero me usó para poder hallar a la vampiro que creó, aquella Pandora.

Por eso mismo, herida de muerte en mi orgullo, me fui. Decidí que estaba mejor sola que acompañada. Recorrí toda Europa, Asia y también América. Me dejé llevar por los ritmos de distintas canciones y pintores, así como por las novelas más románticas y las más detestables. Hace algo más de un siglo que regresé a Italia. Pude notar a otros inmortales tan antiguos como yo, pero la mayoría eran jóvenes atrevidos. Allí perdí conocí a mi gran amor, un joven artista, que introduje en la Sangre para verlo morir en pocos años. Me trasladé a París, intentando olvidar, y la tragedia me persiguió.


Quise avanzar en mi vida, pero sólo logré hundirme. Fue terrible. Ahora intento remendar las heridas, lograr que mi camino no se trunque de nuevo, por él y por mí. Mi vida no puede detenerse. Por eso acudí a la reunión de aquella noche y luché por mi vida.

miércoles, 27 de julio de 2016

We are the children

Digamos que entiendo a Killer y sus sentimientos hacia Davis. Me alegro que estén juntos.

Lestat de Lioncourt


Estaba sentado en el alfeizar de la ventana, como si fuera una puta paloma, a varios kilómetros de Nueva York. No podía creer lo que estaba escuchando. Era increíble que al fin todo hubiese acabado con un comunicado lleno de orgullo y pasión por parte de Lestat. Las Quemas habían acabado y el mundo parecía en paz. La armonía volvía, por así decirlo, y era una jodida suerte que ese imbécil hubiese hecho algo bueno por todos nosotros. Se había sacrificado.

Escuchaba de fondo el murmullo de aquella enorme avenida. Estaba seguro que había más de un vampiro joven celebrándolo por las calles como si hubiésemos ganado algún jodido premio. Me encogí sobre mí mismo agarrándome las piernas y me eché a llorar. No podía dejar de creer que hubiese sido tan cobarde. Dejé a Antoine a su suerte para que encontrara a ese gilipollas, hablara con él y lo convenciera. Pudo haber muerto.

Sin embargo, empecé a escuchar de fondo su violín. Estaba vivo. Todos parecían haber tenido las pelotas de reunirse y hablarse tras tanto tiempo. Las fuerzas oscuras, por llamalos de alguna jodida forma, se estaban dando la mano para abordar problemas habituales. Incluso Lestat había dicho que habría nuevas reglas y libros para que aprendiéramos a caminar solos sin miedo a cagarla. Me reí a carcajadas mientras mis lágrimas sanguinolentas descendían por mis mejillas. No sabía si era de rabia, tristeza o emoción y aún no lo sé. Palabra.

Abrí la página de la radio mientras seguía la misma por la aplicación. Comencé a ver fotografías de la reunión de horas atrás. Quería ver a Antoine gozar de la compañía de quien llamaba “amigo” y “padre”, pues Lestat eso era. Pero entonces vi algo que me llamó la atención y acabó encogiéndome el alma, arrugándola y rompiéndola a trizas. Davis estaba allí bailando con un tipo de piel dorada, bastante alto y fornido. De inmediato me bajé del alfeizar, sequé mis lagrimas y agarré las pocas cosas que tenía.

En tres horas estaba aporreando como un puto desquiciado la jodida puerta. Si tenía que echarla abajo la echaría. Quería ver a quien siempre iba a amar, a quien creía muerto, al que había llorado destrozado cada amanecer y del cual sólo conservaba una vieja fotografía mil veces manoseada. Tenía que abrazarme a quien amé tanto que lo transformé en lo que somos, en lo que siempre seríamos, porque ese hijo de puta y yo éramos como uña y carne.


Ahora escribo esto desde un hotel en Illinois. Davis ha decidido pasar una temporada conmigo para volver a unir lazos, pero aún así siento ganas de patear al cretino con el que vivía. Siento que ese bastardo hijo de puta me hará sus puñeteros dramas porque estamos juntos. Si bien, siendo absolutamente sincero, me la suda muchísimo lo que ese cabrón pueda hacer o decir. Yo sé que Davis siempre será el chico que conocí.  

jueves, 12 de mayo de 2016

Paternidad

Mi hijo es un impertinente como su padre. ¡Lo amo! 

Lestat de Lioncourt


—Deja de comportarte como un niño malcriado—decía Fareed deteniéndome en seco.

Siempre entraba en el laboratorio a hurtadillas para intentar averiguar más sobre ellos, mi nacimiento y el origen de la vida. Era un niño adelantado a mi edad con una curiosidad demasiado fuerte. No había lugar donde no pudiese meterme a husmear. Estaban buscándome desde hace horas porque deseaban hacerme algunos estudios sobre la evolución de mi ADN por si tenía problemas en un futuro. Pero estaba harto de inyecciones y no tener respuestas a mis preguntas.

—No quiero hacer eso. No quiero—dije revolviéndome en los brazos de quien siempre consideré parte de mi familia, pues era el creador de mi madre. Él me dio mi educación y me ofreció su cariño como si fuese su hijo.

—Viktor, ¿por qué no?—preguntó Seth apoyado en la puerta.

—¿Por qué los adultos toman siempre las decisiones? ¿Qué hay de mi autoridad?—pregunté logrando apartarme de ambos para quedarme de pie, girado hacia ellos, con los puños cerrados y una fiereza terrible en los ojos.

Era un niño terrible. Obedecía sólo cuando tenía que ir al colegio porque me maravillaba poder estar con niños de mi edad. Siempre tenía que ocultar el secreto. Me sentía como si fuese parte de una organización de superhéroes que salvan el mundo de innumerables peligros. Leía cómics, de hecho los devoraba con ansiedad, pensando que nosotros éramos como los poderosos mutantes de Marvel y DC. Imaginaba que los poderes se podían transmitir como los del hombre araña, pero no estaba del todo seguro. Sin embargo, me ilusionaba leer ese tipo de historias. También sobre vampiros, brujos y hadas. Amaba la literatura “fantástica” que adquiría Fareed para mí y que mi madre a veces me leía para fortalecer lazos.

Deseaba saber qué era y qué hacía en este mundo, pero sólo me hacían pruebas. Odiaba las agujas, los sitios cerrados, y también otros calvarios por los que pasaba revisando si mi crecimiento intelectual era normal o un prodigio.

—¡Tienes diez años!—gritó Fareed.

—Sí, los suficientes para saber que no sois humanos—respondí mirándole a los ojos.

Fareed tiene unos ojos oscuros muy profundos. Siempre me gustaba mantener duelos de mirada con él hasta que se daba por vencido. Sabía que yo era tan importante, tanto científicamente como sentimientalmente, que no podía negarme nada.

—Somos parte de la especie humana, pero en otra escala debido a diversas mutaciones de nuestro código genético—comentó Seth.

Seth era más calmado y el más viejo. Sabía que había nacido en Egipto cuando se llamaba aún Kemet. Nunca hablaba demasiado de sus orígenes pero amaba que me contara historias sobre los dioses de su civilización, las leyendas que había escuchado sobre diversos lugares del mundo y los viajes que había hecho en los últimos años.

—Sois vampiros—respondí.

—Sí, eso es—aseguró—. No es algo que te ocultemos.

—Mi madre no lo era cuando yo era pequeño—respondí a Fareed que me había atrapado de nuevo agarrándome de los brazos con suavidad.

—No, no lo era—me contestó.

—¿Y mi padre?—de nuevo esa pregunta que resultaba ser peliaguda para ambos.

—Viktor, tu padre hace mucho tiempo que es un vampiro y no es momento de preguntar por él—intentó sonreír pero no pudo. Fareed siempre se ponía visiblemente nervioso.

No me había percatado, pero Seth se marchó dejándonos a solas. A veces se movía tan rápido que me provocaba vértigo. Aunque esos poderes me gustaban y pensaba en todo lo que haría con ellos. Imaginaba los viajes, libros y experiencias que viviría gracias a esa velocidad.

—¿Por qué no lo conozco? ¿Lo expusieron a la luz del sol? ¿Decapitamiento? ¿Fuego?—pregunté sin miedo.

Si mi padre estaba muerto quería saberlo. Era lógico querer saber a quién te parecías. Todos los trabajadores de ambos decían que era muy similar a él, que mis genes eran fuertes y que cada vez me parecería más a ese rebelde sin causa.

—Está vivo y estos son sus libros—dijo Seth incorporándose de nuevo a la conversación. Traía consigo una caja con numerosos libros y yo estuve a punto de lanzarme como si fueran regalos bajo un árbol.

—¡Seth cómo se te ocurre!—gritó furioso su compañero, su hijo, su amante...

—Ya es hora que sepa que es hijo de Lestat de Lioncourt—respondió dándole una palmada suave en la espalda mientras miraba sus profundos ojos. Fareed admitió la derrota, pero era sólo porque Seth deseaba que así lo fuese.



miércoles, 16 de diciembre de 2015

Mis errores

Rhosh no me cae mal, pero tampoco me agrada excesivamente. Acepto sus disculpas, como el resto, porque comprendemos la situación. Estaré encantado de ir conociéndolo y apreciándolo poco a poco, aunque recuerdo que según él... yo soy un imbécil.

Lestat de Lioncourt


Aceptar tus errores te hace valiente y fuerte frente a los demás, pero sobre todo cuando tus errores han provocado una terrible catástrofe entre aquellos que aprecias, admiras o simplemente tienes un ligero respeto. Durante estos dos últimos años he aprendido a meditar en silencio cada frase dicha, cada gesto ofrecido y también las lágrimas que he podido contemplar en ojos ajenos. Sé que es inútil pedir disculpas ante un hecho que ya ha ocurrido, pues aunque me las acepten las heridas aún permanecen y jamás serán subsanadas.

Hace miles de años era un joven, como otro cualquiera, deseando de vivir nuevas aventuras en mitad de los océanos. Había aprendido a luchar y valerme por mi mismo mucho antes de los diecisiete años. A esa edad, algo temprana para los mortales en ésta época, ya me consideraba un guerrero experimentado en algunas batallas y navegaba por las aguas de los distintos mares. Me sentía orgulloso de mis hazañas, pero aún más de las monedas que había logrado para sobrevivir. Tenía pensado encontrar un lugar agradable donde curar mis heridas, proporcionarme algunos caprichos y comodidades, y tal vez vivir como mercader. Sin embargo, nada es como uno se imagina y los sueños se pueden truncar demasiado rápido.

Muchas veces he recorrido mis últimos pasos en el muelle, preguntándome qué fue lo que ella vio en mí para llevarme ante su corte, acariciar mis mejillas como si fuese una madre amorosa y convertirme en un monstruo adorador de su sangre, su persona y sus caprichos. Me gustaría saberlo, pero lo desconozco. Puede que fuese sólo mi físico y las historias que yo había acaparado, como pequeñas medallas, en los distintos enfrentamientos. Quizás era lo fácil que me parecía mercadear y ofrecer nuevos productos, dialogar con personas de cualquier origen, y hallar confort incluso en tierras cuyo idioma desconocía. No lo sé.

De algo que sí puedo estar seguro es que ella estaba equivocada, al igual que lo estuvo cuando despertó milenios después imponiendo su criterio. Nadie debe imponer su opinión, por muy fuerte que se sienta o interesante que sea su propuesta. Yo lo olvidé. Me dejé convencer por una voz que me susurraba que era la solución a un gran mal. Según aquella voz, que me embaucaba como si fuese una sirena, podía dejar sufrir viendo a los jóvenes derramar su sangre, arder en el infierno y perecer antes de concluir alguno de sus sueños. Como viejo soñador, hombre de paz, y amante de la libertad pensé que podría traer al mundo algo bueno después de todo. Creí que alzándome, ejerciendo mi derecho frente a todos, haría que el dolor cesara y me convertiría en bálsamo para las heridas. El orgullo es un mal que se enraíza en los más antiguos, en algunos guerreros y en todo aquel que se cree ligeramente poderoso. Y mi orgullo me cegó, desplomando a la razón y matando cualquier duda.


Me convertí en un asesino. Maté a una mujer inocente, sabia y pacífica decapitándola en su propia casa, entre sus libros y recuerdos, para hacer lo mismo con su amado creador. Una mujer cuyo nombre es Maharet y que llevo presente conmigo, noche tras noche, rogando por la paz de su espíritu. Y un guerrero, un igual, que había caído en las mismas redes en las que yo me encontraba. Fui un estúpido. Maté a dos seres ensuciando mis manos, las cuales habían estado pulcras desde hacía cientos de años. Volví a ser escuchado, pero para ser temido.  

martes, 10 de noviembre de 2015

Distintas formas de luchar

Gregory es casi tan viejo como el mundo. Desde los inicios de Egipto está con nosotros, convirtiéndose en una biblioteca viviente.

Lestat de Lioncourt


En un segundo la vida puede cambiar. En lo que malgastamos con un pestañeo alguien puede morir, nacer, lograr un increíble triunfo que no aparezca en los medios, un político puede caer en desgracia, una empresa quebrar o un científico encontrar la cura para una terrible enfermedad que se haya convertido en pandemia. Un segundo es la espada que corta el tiempo, la verdad, la mentira, los sentimientos más profundos del ser humano, la sociedad y cada trozo de lo que somos. Es la medida de tiempo con la cual los enamorados cuentan la distancia de sus corazones, cuerpos y almas.

Todo cambió para mí hace miles de años. Han transcurrido billones de segundos. He visto imperios caer, levantarse y olvidarse. Conozco el secreto de la vida, pero a la vez desconozco en plenitud su significado. Reconozco bien el llanto de un niño recién nacido, de un enfermo y de la maldad. Comprendo la importancia que poseen todos y cada uno en éste mundo, incluso aquellos que no merecen nada.

Hace siglos me planteé qué hacer con mi vida. Tenía siglos por delante, un mapa increíble en blanco. Decidí viajar, conocer y experimentar; pero de todo uno se cansa. Opté por encontrar un lugar cómodo donde descansar, echar raíces y crear una máscara única que me diese la posibilidad de ser feliz. Quería hacer algo más que vivir. Muchos sólo viven, pero respirar no es lo único que pueden hacer. Tomé absurdas decisiones, con terribles consecuencias, hasta que comprendí que había un negocio que podía reportarme beneficios y paz espiritual.

Conozco bien el mundo de los negocios porque ha sido parte de mí, como un pedazo de mi cuerpo, ya que he sido siempre un hombre inquieto. Sí, me considero un hombre y no un monstruo. Aún poseo sentimientos y virtudes que tienen como capacidad muchos mortales. La salud siempre ha estado en riesgo. El ser humano ha jugado con ella en guerras homenajeando a Dios, sea cual sea el nombre que le dieran en esos momentos y con sus diversas lenguas. Recuerdo a los nazis utilizando a gente joven, sana y fuerte para sus violentos virus y terribles consecuencias. Todavía oigo la radio hablando de los crímenes de guerra de numerosos lugares del mundo, pues aún hoy se cometen actos así de bárbaros. El ser humano ha aprendido a luchar con virus, creando nuevas armas, para matar a otros. Por eso creé una empresa farmacológica para generar curas eficientes, a bajo costo y de rápida distribución. Aún así los grandes gobiernos son reacios y todavía, aún hoy, tengo patentes que no me permiten sacar a la luz.


Decidí ser el salvador del mundo, creando una nueva guerra, sin necesidad de derramamiento de sangre y mentiras terribles. Yo soy Gregory, el vampiro que fue amante de la Reina Akasha, fiel y leal servidor de su ejército de inmortales, general de un batallón de almas sedientas de muerte y empresario arrepentido por una lucha llena de mentiras, falsos ídolos y lágrimas.  

jueves, 29 de octubre de 2015

Je suis ton assasin et vous l'idiot.

Estaba allí de pie como un maldito espantapájaros con esa ropa que nadie se pondría ya, ni siquiera yo, tres tallas más grandes, de una tela barata y de confección en fábrica. Podría decirse que era ropa de Carnaval, no para pasear en una noche ligeramente pluviosa y húmeda. La humedad calaba mis huesos y me refugiaba en mi gabán de cuero negro, con las solapas alzadas rozando mis mejillas marcadas y mi gentil mentón. Ni siquiera se había percatado que lo observaba como si fuese un pequeño, sucio y perdido roedor en mitad de una ciudad demasiado brillante y estrafalaria incluso para él.

Las luces de neón incidían sobre sus cabellos teñidos en un tono demasiado, por así decirlo, chabacano. Era uno de esos tintes baratos que se encontraban en los supermercados de los barrios más bajos, los cuales podían terminar dañando tu pelo y provocando heridas en tu piel. Si bien, los estúpidos mortales se dejan guiar por el consumismo, las gangas y las ansias de ser quienes no son. Se había olvidado teñir sus cejas, como no, y las tenía ligeramente gruesas y desproporcionadas. Sus ojos no eran claros, pero usaba unas lentillas que cualquier engreído de tres al cuarto podía adquirir en Internet.

Merodeaba mi mansión haciendo aspavientos, creyendo que algún mortal querría hacerse una foto con el genuino Lestat. Sólo un idiota, aún más idiota y ciego que él, se aproximó para pedirle un autógrafo. Él se regocijó, aplaudió como un imbécil y se vanaglorió. Por mi parte me mantenía en las sombras, alejado ligeramente de la farola que iluminaba la calzada. Cerca de mí había un par de charcos y rogaba que ningún idiota me salpicara, pues me las haría pagar caro.

Mis ropas, por supuesto, eran elegantes y poseía la chaqueta roja de ante que tanto amaba. ¡Oh! Esas hermosas solapas negras, esos bonitos botones cuadrados tan clásicos y extraños a la vez, conjugaban bien con aquellos tejanos de vestir, elegantes y caros, que había adquirido en una de las tiendas más prestigiosas de Londres. Sí, Londres. Me gustaba viajar, observar la moda, elegir a mi gusto y embriagarme con el consumismo más caro. Elegía con cuidado, eso sí, porque no podía soportar cualquier tela, ni corte y ni mucho menos color. Mis botas eran elegantes, puntiagudas y nuevas. Podría decirse que solía comprar un par cada pocos meses, pues odiaba tener un look destruido. ¡Yo era Lestat! ¡Era el Príncipe de los Vampiros!

Tenía subida las lentes tintadas de aviador. Amaba ese toque extraño y elegante que me ofrecían, igual que mis nuevas mechas blancas gracias a la exposición solar. Mis ojos grises de tonalidades violetas y azulados estaban ocultos, como si fuese un truco de magia simple, al alcance de cualquier cretino. Me gustaba seducir con la mirada, pero sólo cuando era preciso.

—Míralo, se llena de orgullo imitándote—susurró Amel.

—Sí, lo estoy viendo—dije con los brazos cruzados a la altura del pecho.

—¿Y qué harás? ¿Observar como siempre? Siempre observas para reírte en privado de ellos, contándoselo a Louis como una comadre mientras aplaudes al aire, mueves tu cabeza y abres los brazos girando como una peonza. Ah, la última vez te reíste más de cinco noches—me hizo rememorar aquello al instante y no dudé en carcajearme.

—El muy idiota ni era vampiro—susurré.

—Ni éste—chistó.

—Lo sé—dije con una sonrisa traviesa en los labios.

—Hace cuatro noches que no te alimentas, ¿no tienes sed?—preguntó incitándome.

No, no tenía sed. No, no quería beber. Sin embargo, algo en mí me pedía que lo hiciera. Era delicioso acercarme a él, fingir ser un fan de Lestat y un imitador más. Pero era un truco ya muy viejo para mí, así que cuando se marchó el patético insecto que le reía las gracias, decidí acercarme tal y como era.

La lluvia arreciaba, pero no la humedad. Mi pelo estaba más rizado que nunca, pero pegado a mi frente y algo revuelto. Tenía algunas hojas sobre la coronilla, pero ni me había preocupado por ellas. Mis botas se escucharon como si fuera el taconeo clásico de una dama, pues tenían suela gruesa y la acera resonaba. Él me miró altivo, como si le molestara mi sola presencia, y al sonreír vio mis colmillos, los cuales creyó que eran apliques como los suyos.

—¿Qué haces aquí?—preguntó—. ¿Cómo te atreves a venir hasta donde yo estoy? ¡Cómo!

—Vaya, no hace falta que me presente. Veo que me conoces—dije inclinándome suavemente hacia delante.

—¡Claro que sí! ¡Un maldito desgraciado que lleva noches asustando a mis neófitos! ¡Tú no eres Lestat! ¡Ni siquiera eres digno de llevar mi nombre!—puse los ojos en blanco cuando escuché esa verborragia tan estúpida, estridente y llena de preocupación. En realidad estaba muerto de miedo, como los perros de pequeño tamaño que ladran a otros de mayor tamaño, aunque se creía valiente. Ah, el olor del miedo. El dulce y pestilente olor a sudor.

—Eres un ladrón de identidades, pero me acusas a mí de robar—coloqué mi dedo índice y pulgar, de la mano derecha, sobre la fina patilla metálica de mis gafas y las bajé hasta la punta de mi nariz.

—¡Zafio! ¡Me insultas! ¡Eres un inconsciente! ¡No sabes con quién te estás metiendo!—gritó.

—Con un pelele que ni a payaso llega, ¿tal vez?—dije quitándome mi abrigo, para mostrar mis hermosas prendas. Abrí mis brazos como si llamara a las nubes y sonreí encogiéndome de hombros—. ¿Ven espíritus de la noche? ¿Observan como es tratado su príncipe?—comenté para luego mirarlo.

—¡Yo soy Lestat! ¡Tú ni a neófito llegas! ¡Me cansé de pelear contigo! ¡Adiós!—dijo intentando huir como la rata que era, pero lo agarré fuertemente del brazo derecho y lo pegué a mi torso.

—Je suis Lestat de Lioncourt, Je suis le vampire plus imposante—pegué mis labios a su oreja izquierda y susurré—. Je suis ton assassin—perforé su piel clavándome como si fueran dos dagas al rojo vivo, acabadas de salir de la fragua, y me fundí con su alma ponzoñosa. Llevaba años estafando a cientos de jóvenes, robando y secuestrando verdades retorciéndolas hasta convertirlas en mentiras, y provocando la ira de muchos escritores, artistas y gente de toda índole—. Au revoir, idiot.


Dejé su cuerpo en mitad de la calle, con el cráneo partido por una pisada, como si le hubiesen robado el dinero y luego la vida. Huí rápidamente, sin ser visto, mientras Amel prácricamente bailaba con cada gota de sangre. ¡Oh! ¡El éxtasis de la muerte!

Lestat de Lioncourt  

martes, 22 de septiembre de 2015

Amor a primera vista

Ahora comprendo porqué estos dos terminaron juntos... En fin... mi hija adoptiva y mi hijo, ¿se puede considerar incesto?

Lestat de Lioncourt


Llegó a mí tullida, como un jardín arrasado por un salvaje, completamente ciega y con terribles cicatrices. Apareció como si fuese un sueño. Era hermosa, pero frágil. Habían destrozado su vida, arruinado su futuro y convertido su historia en un borrón en mitad de un libro demasiado extenso. Él cretino que había convertido en un infierno sus pasos por éste mundo, tan hermoso como salvaje, estaba muerto. Sin embargo, su muerte no me reconfortó ni me provocó placer alguno. Tan sólo me hizo despreciarlo aún más.

Siempre he sido un hombre impulsivo. Según mi madre tengo a quién parecerme. Soy de ese tipo de chicos poco reflexivos, aunque intento pulirme y comprender el mundo que me rodea. Mi curiosidad no posee límites, pero eso también me hace ser impulsivo y temerario. He vivido a la sombra de miles de recuerdos, libros, música tocada por un diablo en su mejor momento y la fascinación de una figura de leyenda. Sin embargo, frente a mí tenía a alguien que reconocería mis rasgos y me hablaría de él de forma íntima. No pude contenerme y fui a verla. Ella, la rosa más hermosa del Jardín Salvaje, estaba recuperándose como si fuese un ángel que intentaba volver al cielo.

Me senté junto a ella, tomé su mano entre las mías y jugué con sus finos dedos. Algo en mí me pedía quedarme a su lado. Creo que comprendí las miles de novelas románticas que abarrotan algunas repisas de la extensa biblioteca de mi vivienda. Aprendí a amar casi sin conocer, simplemente porque ella tenía un aura distinta a los demás. No era un vampiro. Estaba tibia y olía a vida. Era muy distinta a mi madre, aunque una vez fue como ella. Todos a mi alrededor poseían colmillos, pero ella era una mujer simple con miles de sueños muy similares a los míos, tan comunes como especiales.

El día que despertó algo comenzó. Ella y yo nos conocimos sin la intimidad de un café, aunque sí con la pulcritud de un hospital. Nos sentamos frente a frente. Por supuesto, me habló de él, de mi padre, y comprendí que realmente era algo excepcional. Acepté el hecho de ser su hijo y de parecerme demasiado a él. Nunca se lo había confesado a nadie, pero en parte se convirtió en mi héroe. Hay niños que tienen a Superman, pues yo tengo a Lestat de Lioncourt. Es irónico, ¿verdad? Un padre ausente que siempre ha estado ahí, aunque él lo desconociera.


Recuerdo su cuerpo desnudo bajo el mío, sus besos dulces, sus caricias indecentes y mis salvajes movimientos. Nos amamos como nunca lo habíamos hecho, del mismo modo que nos dejamos llevar por la necesidad de ser amados. El flechazo se convirtió en amor y el amor en un vínculo que perdurará para siempre.  

sábado, 25 de julio de 2015

De nuevo te abrazo

Si la amistad es buena se puede recuperar pase el tiempo que pase. Armand ha recuperado a Bianca y parece que se perdonan el tiempo perdido.

Lestat de Lioncourt


Jamás creí volver a verla. Había olvidado el lozano aspecto de sus redondas y llenas mejillas, su pequeños labios carnosos, sus intensos ojos claros, sus perfectos cabellos perfectamente peinados y sueltos sobre sus hombros. Estaba ante la viva imagen del Renacimiento, de la época de luz que viví en Venecia, y lo hacía prendado de aquella perfecta muñeca de estrecha cintura, generoso escote y hermosas manos de porcelana que sujetaban con majestuosidad un pequeño abanico azul pastel. Vestía con un traje similar al que solía llevar, con un encantador y tentador corsé, una amplia falda pomposa y llena de flores bordadas en plata sobre una tela del mismo color que su abanico.

Sentí deseos de llorar. Me sentía sobrecogido por la belleza de aquella mujer. Siempre la tuve en mi corazón, y a ratos la desprecié. Ella no había venido a buscarme, tampoco Marius. Ambos me habían dejado rodeado de demonios que terminaron alzándome como su Dios y único líder. Volví a ser un chiquillo estúpido y desesperado. Me sentí el muchacho que fui y quise ir a llorar sobre su falda. Sin embargo, tan sólo me acomodé mi chaqueta de terciopelo celeste, así como el pañuelo de seda que llevaba al cuello.

Permanecí inmóvil escrutándola como si fuese un cuadro. Pude ver cambios en su expresión. A ratos parecía que reía, pero también parecía conmovida. Me movía suavemente con aquellas elegantes ropas de hombre de negocios de altos vuelos, como si fuese un hombre hecho y derecho y no la imagen infantil de un jovencito descarado.

—Parece que fue ayer cuando viniste a llorar a mi alcoba—aquellas palabras me ruborizaron de sobremanera—. Y mírate. Más bien, míranos. Estamos aquí, frente a frente, en un mundo cargado de belleza oscura, tecnología imposible de manejar y frivolidad. No hemos cambiado demasiado. Tus gustos siguen presentes en los objetos y la decoración de ésta casa—sonrió de una forma tan seductora que quedé inmóvil, como una estatua de mármol.

—Así es...—dije frunciendo ligeramente mi ceño, pues intentaba calmarme. No deseaba estar nervioso y cargado de emociones que no servirían demasiado—. ¿Por qué no viniste a verme? ¿Por qué huiste de mí?

—Ya no eras tú—respondió—. Y yo estaba perdida. Preferí ser yo misma, encontrarme nuevamente en mitad de la soledad. Además, me sentía en deuda contigo—. Abrió entonces el abanico y empezó a mover suavemente su muñeca. Una risa fresca se escapó de sus labios mientras coqueteaba conmigo descaradamente. Lo hacía como antaño.

—Bianca...—murmuré dando un paso atrás. Temía caer en su juego, pero ella se retiró antes de hacer otro movimiento.

—Es divertido ver como todavía tengo cierto poder sobre ti—suspiró cerrando su abanico, para luego mirar hacia el suelo de mármol. Observaba las baldosas como si fueran una hermosa obra de arte—. Me siento triste y la tristeza ahoga mi corazón.

—Sé que es eso—susurré acercándome a ella.


Tomé asiento en el sofá a su lado. Mis manos se mezclaron entre las suyas, el abanico cayó y sus brazos me rodearon rápidamente. Noté como lloraba. Yo también lloré. Era el primer abrazo que tenía de ella en mucho tiempo.

sábado, 4 de julio de 2015

Recuerdos de aquella noche

Yo estaba fuera cuando la reunión comenzó. Luchaba contra Maharet, ¿recuerdan? Esto es parte de esa conversación. 


Lestat de Lioncourt


—Los sueños a veces se convierte en pesadillas y se confabulan en tu contra. Te condicionan. Te aíslan. Finalmente te matan. Debes saber elegir cuales son los idóneos, cuales los que debes alcanzar para llegar a la felicidad y finalmente, y aquellos que no debes tocar. Hay que ser realista—decía mirando la hoguera encendida. Las llamas lamían la piedra y la chimenea se tragaba el oscuro humo negro de la leña. Fuera llovía. El rostro de Arjun era iluminado fugazmente por las llamas dándole un aspecto siniestro, pero atractivo. Aquellos ojos oscuros y almendrados, su piel tostada y ese cabello negro, sedoso y largo cayendo sobre sus prendas blancas. Era hermoso, pero era un soñador arruinado por los siniestros deseos de Amel.

—Te confundes—dijo Flavius sentándose a su lado—. Los sueños no tienen la culpa de tu desgracia, ni de la desgracia de otros tantos—tomó sus manos entre las suyas y las apretó con cierta fuerza, haciéndole sentir que estaba allí y que no le temía—. Tú ya no eres un soldado, ni un príncipe, ni un ser convertido en dragón dormido entorno a sus viejos recuerdos y pertenencias. Eres un ser distinto a los demás, pero igual a todos. Formamos parte de una tribu. Los sueños son ahora conjuntos, son sueños bondadosos y los sueños individuales, los cuales he podido vislumbrar cuando contemplas a Pandora, no son los de un villano—soltó sus manos y se mantuvo firme mirando al frente. Los ojos de Flavius eran claros, de un verde intenso, y su cabello era castaño con reflejos dorados. Era hermoso, tan hermoso como Arjun.

Pandora se sentía satisfecha que ambos dialogaran. Los observaba desde el otro rincón de la sala. Marius derrochaba entusiasmo, ni siquiera la miraba, y ella guardaba un profundo silencio, muy respetable, al igual que Armand. La música ascendía y descendía como si fuera un relámpago en medio de la noche. El resto de inmortales conversaban de temas menos profundos. Tan sólo se ponían al día. Reían, bailaban, soñaban y olvidaban el trágico suceso que los había reunido. Armand simplemente aguardaba escuchando a ambos inmortales.

—He matado inocentes...—susurró a punto de llorar.

—Fue Amel. No fuiste tú—sonrió girando su rostro hacia él. Un rostro griego, hermoso y perfecto.


Ambos se miraron unos segundos y luego se echaron a reír. Amaban la poesía, la música y contaban con cierto talento en las artes escritas. Pandora los eligió por su nobleza, por la fuerza que emanaban y el amor hacia el arte. Ellos eran sus hijos, sus creaciones, y los amaba. No dejaría de amarlos jamás. Se sentía orgullosa y digna de estar a su lado, de ser amada de distinto modo por ambos. Flavius tenía un amor de hermanos, un amor para nada romántico, que la envolvía en sus fuertes brazos con un cariño inmensurable. Arjun era distinto, pues él la amaba como mujer y como compañera.   

sábado, 13 de junio de 2015

Miedo y amor

Se recuperaron algunos trozos de los escritos de Maharet. Aquí uno.

Lestat de Lioncourt


Por amor se cometen muchos crímenes y se silencian demasiadas monstruosidades. Cuando él regresa manchado de sangre, cubierto con esa pátina de locura, desconozco como actuar. Frente a mí sigue siendo el dulce y complaciente hombre arrepentido, lleno de amor y bondades que siempre ha deseado ser. Frente a otros, los más inocentes, termina siendo un peligro, un auténtico criminal y el guerrero que jamás dejó las armas. Él fue llamado el Benjamín del Diablo únicamente por su firmeza a la hora del combate, mató a miles para mantenerme a salvo y para sobrevivir frente a una reina malvada. Sin embargo, ya no hay tal guerra y él sigue rugiendo frente al fuego, provocando desolación, miseria y muerte.

Debo creer sus palabras cuando me dice que una voz lo impulsa a cometer esos delitos. Creo lo que dice porque yo también la he escuchado, pero he sabido detenerla. Sin embargo, él cae una y otra vez en sus complacientes palabras y sus duros encargos. Él ha sucumbido a un monstruo cuyo nombre aún no conozco, pero sospecho quien puede ser. Temo que ese ser, que todos llevamos dentro, sea el origen del dolor y el padecimiento que estamos sufriendo.

Aún veo en sus ojos el amor que tiene hacia mí, su lealtad y la forma amable de contemplarme cuando tejo. Puedo ver en sus dedos la capacidad innegable de caricias cómplices. En sus brazos he encontrado la paz muchas veces, pero ahora huele a guerra y sangre inocente. He vuelto a tener esperanzas, a ver el mundo con nuevos ojos, y sólo ha sido para contemplar su declive.


Tan sólo espero un milagro, pero la noche es demasiado larga y la eternidad parece acabarse.  

miércoles, 6 de mayo de 2015

Nostalgia

Estaba allí, frente a la ventana, como si perteneciese a ese pequeño rincón. La tenue luz de la hoguera de la chimenea iluminaba parcialmente su rostro. Tenía el cabello negro, algo ondulado y caía alegremente por su espalda desnuda. Su piel tenía rasguños de mis uñas y mordiscos. Jamás teníamos una conversación decente. “Nuestra conversación” se basaba a veces en un torbellino de placer y en miles de reproches. Sabía que él no era feliz. Se sentía como un ave atrapada en una jaula de oro, pero ésta jaula era un pueblo perdido en un valle y lleno de ignorantes que ni siquiera sabían soñar.

Mis hermanos me habían estado buscando horas. Lo sabía. Mi padre siempre pedía que regresara pronto a casa. Los golpes llegarían al cantar el gallo y ver que regresaba al castillo, con las ropas mal colocadas y una sonrisa traviesa. Desconocían dónde podían encontrarme. La tabernera cobraba buenas piezas de caza por despistarlos durante horas. Esos malditos zopencos jamás aprenderían. Ellos sólo sabían golpearme para inculcarme las normas que mi padre solía dictar. Esas normas que sólo eran para el menor de sus hijos, pero no para los restantes.

Nicolas estaba allí conmigo. Ambos nos encontrábamos desnudos, cansados y somnolientos. Aún así, pese a todo, era incapaz de dormirme si él no tocaba para mí. Me complacía con la música ascendiendo hacia el techo, hundiéndose en mi corazón y tranquilizándome. Él abría nuestra jaula, la emoción se desbordaba y nos veía a ambos en París recorriendo esos cafés donde la filosofía, la política y el arte llenaban copas cargadas de un vino distinto, pues el vino siempre sabe distinto si no se toma para olvidar penurias.

—¿Alguna vez te has planteado si Dios ve bien todo lo que hacemos?—preguntó acariciando el marco de la ventana.

—¿Dios? Ya te dije que no existe Dios. Y si existe, Nicolas, estoy seguro que no depara en nosotros. ¿Qué le hemos dado a él para que se fije en dos motas de polvo en mitad del universo? Nada. Cuando triunfemos quizás ese Dios, ese en el que todos parecen creer, nos de una señal—dije incorporándome.

—Entonces... llévame lejos de aquí—se giró y me miró decidido.

Esos ojos oscuros calentaron mi alma encendiendo los fuegos de los infiernos. Noté como caminaba hacia mí y se hacía hueco entre mis brazos. Noté el aroma de su cabello, la fragancia del sexo pegada a su piel salada por el sudor y sus manos acariciando mi torso. No hicimos nada más. Pero algo germinó en mí: una idea. Si queríamos ser libres, alejándonos de miradas indiscretas y consiguiendo nuestros sueños, teníamos que ir mucho más allá del valle. Debíamos irnos a París.

Ahora, en mi cómoda biblioteca, observaba aquellos recuerdos como un suspiro. Amel estaba allí, como si fueran unos dedos que apretaban mi nuca. No decía nada. Pero él sufría como yo. Quería decir algo, pero no encontraba las palabras idóneas.

—Querías sentir. Ahora sientes nostalgia—murmuré.

—Nostalgia—dijo con un tono melancólico.




Lestat de Lioncourt 

domingo, 3 de mayo de 2015

Mezcla de emociones

—Siempre has sido un irresponsable—decía caminando por la sala—. Terriblemente rebelde. Nunca has pensado en mis sentimientos o en la preocupación de tu madre—comentaba mientras yo le seguía con la mirada—. Creo que ni me estás escuchando... —dijo deteniéndose.

Hacía calor. Fuera los campos estaban floreciendo. Había logrado que se plantaran viñedos y esperaba que en septiembre me dieran alguna sorpresa satisfactoria. Las estrellas iluminaban todo. Podía verlas y contarlas a la perfección. Tan lejos de París, del mundo ruidoso y rutilante, provocaba que sintiera cierta nostalgia de las abarrotadas ciudades, pero en realidad me encontraba en paz escuchando cada una de sus palabras. Era una sinfonía de sentimientos, una amalgama de colores porque el dolor puede verse, casi palparse, en la expresión de su verde y hechizante mirada. Ese discurso podía haberlo dado cualquiera. Desde Marius hasta David, incluso Benji o Armand. No importaba realmente quien de todos ellos lo hiciese, pues tenía razón. No solía pensar en los sentimientos de los demás al verme expuesto a mis fechorías, a mis estúpidos sueños y baratas fantasías, pero así era yo. Había aprendido a jugar con la muerte desde que era un muchacho, a cazar estrellas con una carcajada y desear ser el foco de atención de todos. Gozaba la salvaje sensación que provocaba en otros, la humillante derrota que podía traer en mis manos para aquellos que no dieron nada por mí y recordaba vivamente ese momento para siempre. Otras cosas pueden que se me olviden, pero no esas sensaciones tan deliciosas.

Sin embargo, cuando él pronunciaba esas palabras era como escuchar la verdad más cruda y terrible. Quizás era su expresión tan humana, esas mejillas sonrojadas por haber bebido algo de sangre y sus manos delicadas moviéndose ligeramente. Cuando me miraba lo hacía con un ruego, como si realmente creyese que yo pudiese ofrecerle un milagro. Sabía que si yo decidía algo, si hacía algo o comentaba cualquier cosa, lo hacía con todas las consecuencias y no me detenía, ni flaqueaba o reprochaba nada.

—Louis, ¿tú me amas?—pregunté.

—¡Por supuesto! ¡Qué tontería!—gritó.

—No te pregunto por un amor que surge de la admiración, como puede ser el de Gregory. Tampoco por un amor que brota de un sentimiento paternalista como el de Marius. Te pido, o más bien te ruego, que me digas qué clase de amor tienes hacia mí—hice que mis palabras detuviesen sus pasos, se quedase frente a mi escritorio francés y se apoyase como si le faltase aire.

—¿Tras tantos siglos te atreves a decirme eso?—dijo achicando los ojos—. ¡Bien! Creo que ya debo de irme.

—¡Louis!—grité impulsándome de detrás del escritorio, para tomarlo entre mis brazos y detener sus pasos acelerados hacia la puerta—. Louis...

—Suéltame—masculló intentando enfocarse en su rabia, pero no en los sentimientos que me tenía. Yo lo conocía bien. Amel podía decirme ahora todo lo que sentía. Cuchicheaba sobre el amor, la belleza y la singularidad de mi creado. No hacía falta. No necesitaba que estuviese contándome nada de eso. Era innecesario—. ¡Suéltame! ¡Estoy cansado de tus juicios!

—Y yo cansado de perderte—susurré girándolo, para besar sus mejillas acariciando su rostro. Observaba su belleza. Veía en él algo que otros no podían siquiera vislumbrar. Louis era una de mis mejores creaciones—. Yo te amo. Te amo.

—Si me amas, ¿por qué juzgas mis sentimientos? Te he dicho siempre que te amaba—dijo intentando apartarse de mí.

—Pues por el mismo hecho de siempre...

—Porque eres un imbécil—respondió frunciendo el ceño, para luego dejar escapar un ligero suspiro exasperado.


Noté que mi madre estaba en la puerta escuchándonos. No había entrado para no interrumpir. Ella guardaba silencio aguardando su turno de reproches y halagos. Todos querían verme. Querían decirme que me amaban y necesitaban. Eso ya lo habían hecho durante varias noches. Yo sólo quería abrazarlos a todos largamente, quedarme dormido durante unas horas y permitir que ese amor, el amor que ahora sentía por todos y hacia todos, se hundiera en mi alma y no se desvaneciera.


Lestat de Lioncourt 

domingo, 29 de marzo de 2015

La justicia

Recuerdo bien ese momento. Leí sus memorias con ansias. Dijo cosas hirientes hacia mí, pero también hacia otros inmortales... Fue terrible su final. 

Con ustedes una discusión entre Maharet y Marius. La narra Khayman. 

Lestat de Lioncourt

Ambos se observaban a los ojos. Ella cada vez parecía más fatigada. Intentaba explicar por enésima vez que no podía imponerse de ese modo. Ella no permitiría que un asesinato se diese bajo el techo de nuestra casa, ni siquiera bajo el techo de cualquier otro. Maharet tenía la vista nublada, los ojos de su víctima estaban estropeándose, y el nerviosismo de Marius provocaba un malestar en su alma, en sus revueltos sentimientos, que la dejaba agotada.

—Estoy bien, Khayman—dijo aferrándose a mis manos, las cuales sostenían su delicada cintura—. Querido, estoy bien—murmuró con la voz quebrada.

—¡Debes hacer algo! ¡Exijo justicia!—bramó enérgico. Movía sus brazos como un molino de viento, sus cabellos parecían unirse a su furia, y esos ojos fríos, como el hielo, emitían un fuego abrasador.

—Son viejas rencillas que debes olvidar. La venganza es innecesaria—murmuró apretando sus dedos—. Querido, deberías ir a ver como se encuentra mi hermana. Deseo que esté cómoda.

—No me apartaré de ti. Mekare es fuerte—dije cerca de su oído—. Es terco, permite que hable con él. Te encuentras fatigada. Sé que detestas éstos enfrentamientos.

—¡Vosotros tuvísteis vuestra venganza!—gritó.

—Estábamos dispuestos a perdonar, pero ella quería el mundo a sus pies. Ya no es tiempo de imperios, Marius—respondí—. Sólo queríamos detenerla, que nos escuchara y volviese a ser la mujer a la cual amé como reina—mis brazos rodearon con firmeza a Maharet y ella estaba a punto de romper a llorar. Sabía que Marius impondría sus deseos. Haría que Santino muriera pese a todo. No permitiría que tuviese siquiera justicia o unas palabras, aunque fuesen breves, para defenderse. Él quería muerte y destrucción, pero la muerte y destrucción sólo genera más muerte, más dolor, más heridas y más problemas. Nosotros queríamos mantenernos al margen. Ella sólo deseaba la compañía de su hermana—. Akasha se vio sobrepasada por el poder antes y después de...

—¡No me importa! ¡Quiero justicia!

—Justicia no es igual a venganza—respondió Maharet—. No lo haré.

Aquella discusión se prolongó durante semanas. Se convirtió en algo habitual. Marius estaba enfervorecido. Deseaba un juicio justo a favor de sus intereses, por lo tanto no era ni justo ni un juicio. Quería aplicar unas normas que él mismo no había seguido. Santino estaba en peligro, pero poco o nada podíamos hacer.

Finalmente nos reunimos bajo su techo. El antiguo líder de la Secta de la Serpiente en Roma, aquel que lo dio todo por unas creencias que ya no practicaba, se personó para intentar dialogar. Sus ojos oscuros, su tez blanca y su voz amable no duraron demasiado: acabó incinerado por Thorne, un vampiro vikingo creado por Maharet hacía milenios.

Desconozco si realmente murió o si Maharet logró hacer algo. Jamás hablamos más de ese tema. Era doloroso. Yo no estaba presente cuando ocurrió. Me hallaba fuera, junto a Mekare. Era el guardián de ambas, quien tenía que proteger el secreto y el poder. Para mí, aquello, fue un asesinato y no justicia.



miércoles, 25 de marzo de 2015

Príncipe

No pediré jamás disculpas por mi silencio. No tengo porque pedir disculpas a nadie. No me veo en la necesidad de doblegarme, ponerme de rodillas y rogar porque perdonen los años de abandono. Ustedes me abandonaron a mí. Prefirieron darme la espalda. Me juzgaron por mis amoríos, hablaron a mis espaldas de mis grandes sueños y esperanzas, no creyeron en mis revelaciones y permitieron que me sumiera en un silencio similar al de otros inmortales. Dejé el mundo a un lado, el sendero del Diablo que llevé por el jardín salvaje que siempre fue mi territorio. Soy un cazador, un lobo, y no un cordero. No permitiré jamás que me acusen de mayores delitos que mis crímenes y mi incredulidad, mis deseos de superación y la verdad que he expresado siempre. Quizás soy demasiado visceral, actúo antes de pensar, pero mis corazonadas valen más que cualquier tesoro que puedan ofrecerme.

Nací en otro tiempo, en el cual tenías que crecer mucho antes. Te convertías en una herramienta de trabajo, una mercancía o simplemente una carga. Yo era una carga. Era el tercer hijo que sobrevivía a una larga lista de siete, los cuales terminaron en un foso antes de tiempo. Sobreviví porque me enseñaron a luchar con mis uñas, con mis dientes y con la esperanza depositada en un futuro mejor. Mi madre me hablaba del mundo como si fuese una caja llena de pequeños pedazos mágicos, los cuales tenía que unir con los viajes y sueños que ella había depositado. En estos tiempos, donde la tecnología es un gran avance, tienen al alcance de la mano una cultura, un conocimiento y una verdad menos oscura. Habéis aprendido a iluminar el mundo de forma muy fácil, tan fácil como apretar un interruptor, pero eso no fue así cuando yo era un muchacho. La verdad la he tenido que ir descubriendo tanto como mortal como vampiro.

Sigo siendo humano. Tengo los mismos defectos que tú y que cualquier otro. Tal vez mis virtudes son más destacadas, pero son los defectos quienes relucen como el oro ante los ojos de una urraca. Me han señalado como el pecado, la causa de su dolor, la ruptura de una creencia y la amargura en los labios de cientos. También he sido la luz, el impulso necesario para poder despertar, el aliento que muchos esperaban, el milagro y el artífice de una heroicidad que les han hecho buscarme, conocerme y apreciarme. Poseo tantos enemigos como amigos. Los amigos son amados, pero yo aprecio mucho más a mis enemigos. De mis enemigos aprendo más que de los amigos que siempre me estarán apoyando. Muchos de esos enemigos, que tanto he odiado y maldecido, se han convertido en mis amigos, casi hermanos, y también en un amor tan intenso que no puedo explicar. Soy contradictorio, pero me muestro tal como siento. Por eso, y por mucho más, no daré mis disculpas al mundo. Algunos las apreciarían, pero la mayoría no las creerían.


Me he movido por lugares donde jamás me habrían buscado. He vivido aislado conmigo mismo, casi sin poder soportarme a ratos, y conozco bien la soledad como la he conocido siempre. Pues, en la mayoría de las épocas, he vivido a solas. He sabido que es moverme en soledad pese a estar acompañado. Mi único deseo era tener un lugar, mis raíces, y ahora lo tengo. Vivo en mi castillo, un lugar que fue una maldición más a mis espaldas, y espero que Louis me acompañe, como siempre me ha acompañado su recuerdo, junto a otros inmortales que han sobrevivido al caos, el dolor, el pánico, el miedo, las lágrimas, el duelo y la verdad.  

Lestat de Lioncourt 

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt