Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

Mostrando entradas con la etiqueta Bianca Solderini. Mostrar todas las entradas
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domingo, 10 de septiembre de 2017

Bianca...

Ahora entiendo muchas cosas...

Lestat de Lioncourt 


Las reglas básicas de las relaciones interpersonales humanas no son las habituales entre los vampiros, pues con el paso de los siglos estas se deterioran y comienzan las fracturas. Algunas grietas son irreparables y otras se pueden resolver aguardando unos años antes de confrontar nuevamente las almas. Ella y yo habíamos decidido olvidarnos. Me abandonó dejándome el alma destrozada después de haberme impedido volver a estar al lado de Pandora y lo hizo porque lo merecía. Reconozco que no fui honesto con ella, que me convertí en un hombre destructivo para su alma y por eso decidió hacer pedazos la mía. 

Mi vida y la suya tomaron rumbos distintos. Ella decidió recorrer el mundo, libre de mi persona y de la carga que arrastraba, convirtiéndose en una mujer más fuerte, decidida, apasionada y auténtica. Se destruyó pedazo a pedazo y dentro de esos pedazos se halló a sí misma. Al fin esculpió la mujer que era realmente y que muchos decidieron contener entre lisonjas, joyas y vestidos de seda. Incluso llegó a vivir en París, lugar donde Armand destruyó aún más su alma convirtiéndose en un fantasma de otra época, en una imagen entre lo grotesco y lo celestial, entre las tumbas de Saints-Innocents. 

Durante ese tiempo ella encontró a alguien a quien amar, pero lo hizo en un mundo moderno y el joven tenía ideas vanguardistas. Era un joven artista, un hombre cuya pasión excedía los límites de lo conocido, y, en definitiva, se parecía al hombre que fui en otras épocas. 

Por mi parte, me convertí en una sombra del hombre que fui. Ese hombre aguerrido, dispuesto a conocer y deslumbrar al mundo con sus conocimientos. Transformé lo que fui en un reflejo difuso y me encerré en mí mismo buscando un refugio que jamás lograría realmente. Nunca me hallé en mis actos. A veces, por casualidad, encontraba cierto parecido al temerario que se enfrentó a la Secta de la Serpiente, pero poco a poco me transformé en cólera, rabia y vergüenza. La tristeza se apoderó de mi alma y también de mis obras. Estar aferrado al cuidado de Padre y Madre me había dado un sustento de cómo vivir, pero al faltar ellos, tras esa terrible catástrofe, decidí centrarme en cuidar a otro semejante. El amor que sentía por Daniel Molloy estaba basado en un deseo de cuidar a otro, en pura dependencia, y me odié. Tras la última Gran Quema, que fue una cadena de acontecimientos y muerte, mi nuevo discípulo decidió retomar el rumbo que había iniciado hacía algún tiempo. Se percató que lo necesitaba sólo para no encontrarme solo y que al tener ya un motivo nuevo, el ser el guardián y creador de las nuevas leyes para los vampiros así como ser la mano derecha de Lestat, él debía encontrar el suyo. 

Solo, sin saber como afrontar la soledad que sentía en mi pecho, decidí recapitular en mi historia y percatarme que la única persona que me amó sin dependencia, sólo porque realmente me amó firmemente y quiso ayudarme, fue ella. Bianca Solderini, la joven que siempre me pareció una magnífica obra de Botticelli, no me ayudó porque ella realmente necesitase hacerlo para sentirse realizada. Ella me ayudó porque realmente me amaba. Incluso me pidió en alguna ocasión que buscase a Armand, cosa que me negué a hacer por miedo y vergüenza, y que al descubrir que era sólo una brújula que me ponía en el camino adecuado hacia Pandora me dejó. 

La Bianca que encontré, enlutada debido a la muerte de su compañero, era mucho más desafiante y tenía un claro aroma de mujer que embriagaba endulzando algunas noches a cualquiera que se acercase. Sin embargo, ella los rechazaba. Rechazaba cualquier ayuda o compañero. Incluso rechazaba la unión fraternal, o desde otro prisma, de mujeres. Y a pesar de sus cambios de vestuario, a veces tachados de masculinos, seguía siendo una mujer auténtica que miraba como un gato salvaje a su presa. 

Me vigilaba, por supuesto que lo percibía. Vigilaba cada uno de mis movimientos. Y yo, claro está, me negaba a sumir que tuviese que corresponder sus miradas, el sonido de sus tacones o la elegancia de sus camisas de algodón. 

Aclaro en este punto que Faared, el creado por Seth el hijo de Akasha, ha hecho grandes proezas. Actualmente no necesitamos inyectarnos testosterona o estrógenos previamente para poder tener deseo sexual. Es una dosis que va funcionando y modificando nuestra apetencia haciéndonos funcionales. Somos más parecidos a los humanos que antes, ya no somos una evolución que únicamente llega al orgasmo mediante besos de sangre. 

Hace menos de un mes entró en una de las bibliotecas de la fortaleza de Lestat en Auvernia, concretamente la que suelo usar habitualmente, entretanto daba una rápida lectura a la propuesta de nueva ley para nuestra constitución vampírica, la cual debía ser aprobada de manera consensuado por todos y cada uno de los vampiros presentes en la corte. Somos alrededor de dos mil y los dos mil deben votar.

Ella entró con un hermoso abrigo que imitaba a la piel de los lobos, sin ser piel de lobo auténtica ni de otro animal, cerró la puerta y se quedó mirándome. Por supuesto yo alcé la vista y la observé. Ya habíamos tenido otro encuentro similar a ese en el lugar donde se reúne el consejo, lugar donde también suelo pasar largos ratos, pero esta vez fue más allá. Su rostro lucía un maquillaje discreto, pero sus labios eran rojos. Era una tonalidad de rojo muy encendido que me dejó sin aliento. Sus cabellos estaban suelos, ondulados y desparramados por su espalda. No había clásico recogido, sólo melena suelta al natural. Calzaba unos tacones de aguja de más de diez centímetros y que hacían un ruido muy peculiar, sobre todo porque abrió un poco sus caderas, pasó sus manos por la falsa piel y la arrojó a sus pies. Me quedé sin habla. El sonido fue estremecedor y la vista lo fue más. 

No llevaba ropa interior, sino un juego de ropa típica de sumisa que eran puras tiras de latex bordeando sus pechos, jugando en su cintura a modo de corsé y aferrándose a su cuello como una pequeña cinta oscura. Eran tiras finas y otras más gruesas, resaltando así la blancura de su piel. 

Por mi parte sólo llevaba una túnica roja de lana gruesa que comenzó a sobrar. El fuego de la hoguera era suficiente junto al mío propio. La chimenea daba la luz propicia al momento, pues estaba en ligera penumbra ya que sólo tenía una pequeña lámpara estilo años XX en el escritorio. 

Me levanté como si tuviera un resorte y me acerqué a ella hipnotizado. Mis manos no dudaron en acariciar su cuerpo lentamente y mi boca se aferró a su pezón derecho. Sólo un niño lactante se aferra así al pecho de su madre, pues succionaba desesperado. Su pezón, rosado y grueso, se endureció rápido con la presión de mi boca y el jugueteo de mi lengua. 

Con su diestra tomó la mía y la llevó a la abertura de sus labios vaginales, ayudándome a hundir mi dedo índice en su vagina. Una vagina húmeda, estrecha y caliente que se contraía jugando esperando que comprendiera que un sólo dedo no iba a ser suficiente. Sus jadeos y gemidos se elevaban por encima del crepitar de la leña. 

De un momento a otro mi túnica salió despedida y ella cayó al suelo de espaldas a mí, con sus pechos pegados al suelo. Escuché como siseaba igual que una serpiente ante la sensación del mármol frío sobre sus pezones, así como pude ver sus piernas abrirse mientras sus manos se aferraban al borde del abrigo. Ni una palabra de sus labios, tampoco de los míos. El sonido de mis manos golpeando sus glúteos una y otra vez, hasta dejar la señal de estas sobre ambos, era como el repique de campanas para la oración a un Dios falso, vacío, pueril e inexistente. 

Tomé mi miembro con la diestra y acaricié con mi glande, aún encapuchado, sobre sus labios manchando este con su humedad. Después lo metí entre sus piernas, que no en su vagina, para masturbarme con ambas que rápidamente se cerraron dejando las rodillas juntas y el resto de piernas en “v”. 

—Maestro...—decía con los labios abiertos y la cabeza ligeramente girada sobre su hombro izquierdo. Sus ojos tenían una mirada encendida en un azul turbio. Noté que tenía incluso pestañas postizas y se había perfilado con maquillaje sus perfectas cejas. Sí, había decidido resaltar el rol típico de una mujer fatal. 

Me incorporé por completo, pues estaba algo agazapado sobre ella, para girarla y colocarla de rodillas. Pronto agarré su larga melena en una coleta alta y la usé como una cuerda, o más bien una rienda, con la zurda mientras la diestra dirigía mi miembro contra su boca, golpeándolo y manchándolo ligeramente con el labial. Después lo hundí en su garganta y la obligué a hacer una garganta profunda desde la primera arremetida. Literalmente violaba su boca. 

De vez en vez sacaba mi sexo y golpeaba duro sus mejillas, las cuales se encendía, y ella gemía complacida dando gracias. Siempre supe que sentía un extraño placer ante la tortura. Sus gracias se convirtieron en mantras como si lograse de ese modo iluminar su alma junto a la mía, elevándola de entre nuestros cuerpos y llevándolas ambas a otro plano superior. El plano superior del placer, por supuesto. 

Finalmente la levanté, llevé contra uno de los pilares principales de la habitación, muy cerca de una de las estatuas que yo había adquirido para Lestat y la decoración de la sala, y la penetré. La penetré dejándola de espaldas a mí, de pie y con el mal equilibrio en esos tacones. Su vagina, estrecha como la de una virginal criatura, aceptó de buen agrado la penetración. 

Cada mi hombría entraba en su delicioso sexo, hundiéndose por completo, mientras mi diestra azotaba su glúteos, clavaba de vez en cuando mis dedos en su cadera y arañaba sobre su vientre. Sin embargo, acabé estimulando su clítoris porque las suyas se aferraban a la columna. Ella gimió aún más alto y movió sus caderas con las piernas temblorosas. De un momento a otro, sin poder evitarlo por su parte, su vagina se humedeció tanto que manchó mi sexo y mis dedos mientras llegaba a un fuerte orgasmo. Sus músculos se contrajeron y yo eyaculé. La eyaculación fue abundante y ella se echó hacia atrás, recostándose en mi pecho sudoroso, logrando que su cabello se mezclase con el mío, se pegasen ambos a nuestros cuerpos y mis manos la rodearan rápidamente antes que se desvaneciera. 

Esa noche decidí que sería mi compañera. 

viernes, 25 de agosto de 2017

De regreso

—Así que has decidido venir—dije observándola desde el marco de la puerta a uno de los salones privados, allí donde nos reuníamos algunos para conversar lejos del barullo del salón de baile.

Ella estaba enfundada en un traje masculino. Supongo que para mí, como para otros, era una imagen atípica. Siempre la recordaba como una mujer enfundada en trajes ajustados, realzando su escote y mostrando a todos la cintura estrecha que poseía. En las memorias de aquellos que aprecio Bianca era una de esas mujeres fatales, que amaban las joyas y los perfumes de fragancias florales. Si bien, no siempre parecía vestirse de ese modo. Estaba frente a mí con un traje negro de cachemir gris, con su hermoso cabello rubio recogido y oculto bajo un sombrero y con unas botas bajas bastante peculiares.

—Necesitaba verlo—confesó—. Siempre discutimos, pero no puedo evitar sentir un profundo amor hacia Marius. Es como...

—Un veneno—repuse.

—Un veneno no, pues un veneno mata prácticamente al instante. Más bien como una pequeña droga que no te mata, pero te engancha—comentó incorporándose con la elegancia y majestuosidad que recordaba. La última vez que la había visto hacía tan sólo seis meses durante aquella crisis que se generó entre los de nuestra especie.

Era demasiado seductora. Para mí una mujer fuerte, que sabía lo que deseaba, me provocaba un deseo inmenso de conocerla, comprenderla, amarla y codiciar cada segundo que pasaba a su lado. Mi madre me había hecho admirar a las mujeres con sus defectos y virtudes, convirtiéndolas en adalides de la libertad cuando se mostraban tal y como eran, sin tapujos ni bajo criterios de los hombres, porque realmente mostraban la diversidad que había en nuestra sociedad.

—Veneno o droga, como sea—dije acercándome con los brazos abiertos para rodearla—. Espero que puedas ayudarlo—susurré cerca de su oreja, para luego dejar un beso en su mejilla derecha y luego otro en la izquierda—. Estoy feliz porque estés aquí con todos nosotros. Ven siempre que quieras, pues mi casa es tu casa.

—Tu casa... ¡Dirás tu castillo! Es impresionante lo que han logrado tus magníficos arquitectos—dijo echándose a reír de inmediato.


¿Cómo no lo veía Marius? Bianca se moría por estar a su lado, por comprenderlo y cuidarlo como nadie lo había hecho asta el momento. Ella quería rescatar al hombre que se había hundido en su propia tragedia.  

Lestat de Lioncourt 

domingo, 13 de agosto de 2017

Sex for you

Yo sólo voy a decir que tengo miedo de lo que pueda hacer Armand con todo esto... 

Lestat de Lioncourt 


La última vez que la había visto fue para confrontarnos como siempre. Al parecer, no teníamos remedio. Ella siempre me retaba con su mirada, su forma airada de contestarme cada impertinencia y esa forma de caminar tan firme que tanto me provocaba. Insisto que no soy un bendito y tampoco pretendo serlo, pues sólo intento ser justo aunque en ocasiones peque de ser intransigente y totalitario. Con independencia de haber convertido en una guerra nuestro anterior encuentro, estaba extrañándola. No podía dejar de imaginar todas las calamidades y disquisitudes que había superado hasta convertirse en una mujer mucho más fuerte, firme y entregada.

Aquella noche subí a la torre norte del castillo de Lestat, justo a la sala que acababa de terminar de pintar. Si lo hacía era porque los muebles para la reunión del consejo acababan de ser instalados y quería contemplar como había quedado aquella maravilla. Subí la intrincada escalera de metal que daba acceso a este recóndito lugar del castillo y entretanto subía la presencia que se hallaba arriba, situada en el centro de la sala, la sentía más conocida. Evidentemente había presentido que había alguien arriba, pero el castillo siempre está lleno de jóvenes y milenarios en convivencia plena. No obstante, cuando giré el pomo de la puerta y accedí la vi.

Estaba allí con un encantador vestido entubado negro como si fuese a ir a una cena de gala. El largo llegaba hasta sus rodillas y marcaba perfectamente sus caderas. Poseía un escote en forma de corazón con pequeñas pedrerías que formaban un dibujo similar a constelaciones, aunque sin su precisión. Como siempre lucía joyas. Poseía un magnífico collar de perlas doble que quedaba embriagado por su perfume francés. Los tacones que realzaban sus piernas eran de aguja y hacían un sonido muy característico al andar. En sus manos había un bonito abanico de nácar con elegantes flores silvestres en un fondo blanco en aquella tela, además parecían estar pintadas a mano. Por supuesto, no podía faltar las perlas desperdigadas en su recogido y los pendientes a juego.

—Increíble—murmuré—. Has venido sin que yo lo supiese, ¿lo sabe Lestat?

—Por supuesto—respondió moviendo sus labios pintados de un rojo carmín que le daba una expresión soberbia y decidida.

—Será mejor que me marche—dije—. Vendré en otro momento más adecuado para admirar los muebles.

—Tonterías—respondió acercándose a mí de una forma que me resultó muy erótica—. Vistes una túnica como en los viejos tiempos y del mismo tono que mi labial—. Se había percatado de ese detalle, pero era algo usual en mí. Detestaba las prendas que la sociedad ahora imponía, pues los pantalones para mí eran prendas bárbaras—. No te has cortado el cabello y lo llevas suelto, así como rizado a partir de la mitad de tu prodigiosa melena dorada. Ni siquiera recordaba ese detalle y ahora no puedo dejar de hacerlo—dijo colocando sus manos, pequeñas y delicadas, sobre mi pecho—. Desde que él murió estoy muy sola.

—¿Tu compañero?—pregunté con el ceño algo fruncido.

—Ahora Fareed ha logrado que podamos tener sexo y yo estoy sola.

—Prueba con humanos—respondí colocando mis manos sobre las suyas con afán de separarla de mí, pero no pude. Sus hermosos ojos claros se fundían con los míos.

—Quiero que tú seas el primero. Deseo que vuelvas a ser quien me haga gemir como ningún otro hombre—dijo con el rostro a pocos centímetros del mío, pues los tacones eran bastante altos y la elevaban unos quince centímetros, y, además, yo me había inclinado inconscientemente.

Como un idiota besé sus labios probando su labial, hundiendo mi lengua y paseando esta por toda la cavidad de su boca apreciando la suya, luchando con esta y ofreciéndole mi saliva entrenando sus manos se giraban y llevaban las mías a sus caderas. Por supuesto las deslicé y apreté sus glúteos hundiendo sobre la tela el dedo corazón en la pequeña abertura entre estos. Ella separó su boca y me miró como una pequeña fiera.

—Llévame a tu cripta, maestro—susurró.

No dudé. Tomé su cuerpo entre mis brazos y bajé raudo por la escalera, la cual pareció quejarse por los golpes de mis sandalias, y después crucé un enorme pasillo donde afortunadamente no había nadie. Luego descendí hasta la zona de las criptas y pude sentir a uno de nosotros en la suya, el cual era Fareed trabajando en su ordenador, pero nada más.

Al llegar a la mía la hice pasar. El fresco cargado de ángeles y guiños a aquella época que ambos vivimos era sobrecogedor. Ella descendió de mis brazos, caminó unos pasos y se giró frente a la cama con dosel cubierta de satén rojo. Yo poseía cama, pero también ataúd. Había pedido a Lestat ambos tipos de descanso, pues disfrutaba del lujo de la cama aunque sólo fuera para recostarme en ella a leer algunos libros. A un lado había un pequeño despacho con una mesa, una silla y diversos libros desperdigados; también había un arcón, un pequeño armario oculto y una silla extra donde dejaba mis prendas perfectamente colocadas.

Su pecho se movía debido a la respiración entrecortada por la excitación, sobre todo cuando me vio cerrar la puerta con seguro y acercarme a ella. Ahora era ella la presa y yo era un cazador muy impaciente.

Coloqué mis manos sobre su escote de pedrerías y lo bajé sacando sus generosos pechos. Hundí mi rostro en ellos sintiendo su calidez rozar mis mejillas y lamí el espacio que se formaba entre ellos, después lamí la aureola de su pezón derecho y lo mordí sin llegar a perforar. Ella gimió.

Pronto mis manos rasgaron su vestido e hice jirones con él, así como con su erótica y minúscula ropa interior. Todo aquello lo hice mordiendo, lamiendo, succionando y besando sus senos. Sus ojos centelleaban por la lujuria y desbordaban un deseo que bien recordaba de nuestras noches en Venecia cuando ella era una mujer mortal, la concubina más deseada, y pocos hombres eran capaces de hacerla gemir de ese modo.

Me aparté para quitar mi túnica y demostré que ya estaba algo endurecido. Ella miró mi hombría y rápidamente se agachó para besar mis testículos, lamer desde la base a la punta y comenzar a jugar con la pequeña membrana que aún recubría mi glande. Sonrió, escupió en la punta justo en el centro donde se halla el meato, y comenzó a succionar deslizando su lengua, retirando el pellejo hacia atrás y jugando con sus manos sobre mis testículos y muslos. La derecha jugueteaba con estos y la izquierda arañaba mis ingles y vientre. Yo la contemplaba extasiado y ayudaba sus succiones hundiendo bien su cabeza contra mi sexo, así como también movía rápido mis caderas. Finalmente ella retiró su boca y usó sus pechos apretando mi miembro entre estos, pero no se detuvo ahí sino que se fue hacia la cama y se abrió para mí.

Observé sus glúteos y escuché sus tacones golpear el suelo, entonces yo me saqué las sandalias y dejé que mis pisadas no se escucharan al seguirla. Cuando estuvo recostada besé su ombligo, lamí su vientre y abrí sus labios vaginales para comenzar a besar su clítoris, lamer este y comenzar con movimientos circulares para luego succionar suavemente. Por último lamí su orificio, hundí mi lengua y pasé mis manos por sus muslos acariciándolos. De vez en vez sacaba la lengua y mordisqueaba alguno de sus labios mientras la miraba. Ella no dejaba de gemir, jadear y alentarme. Sobre todo cuando decidí meter dos de mis dedos en su interior, moviéndolos lentamente y abriéndolos como una “V”; mientras hacía eso, mi boca no dejaba en paz sus otras zonas y sus piernas cada vez temblaba más con las contracciones bruscas e involuntarias que sacudían toda su figura. Su respiración aún era más entrecortada y sus pechos tenían un delicioso vaivén.

Ambos estábamos perlados de sudor sanguinolento, el cual se veía como diminutas gemas de color rosáceo. Mis ojos se fundieron en los suyos al incorporarme y ella sabía que estaba listo para entrar, abriéndome paso en su interior de una sola penetrada. Ella gritó entre complacida y adolorida, para luego ofrecerme gemidos largos y angustiosos.

Decidí privarla de respiración y aumentar el placer usando una técnica que pocos saben usar en la realidad. Coloqué mi mano derecha sobre su delicado cuello y apreté su garganta aplastando su tráquea. Ella abrió la boca intentando encontrar aire, pero no lo halló. Sus ojos también se abrieron por la sorpresa, pero sus manos no me detuvieron. Ella se aferró a mis costados, encajando sus uñas como garras, y apretó bien mi cuerpo contra el suyo al rodear firmemente con sus piernas. Su vagina era estrecha y parecía la de una muchachita virgen, aquello me enloqueció.

En ese momento era un guerrero sin armas, sin ejército y sin honor. Ella me había derrotado. Olvidé por completo el motivo principal por el cual había ido al castillo y era porque quería reunirme con Armand. Me estaba comportando de nuevo como el hombre promiscuo y estúpido que siempre he sido. Admito mi error, pero disfruté demasiado de ese momento. Sobre todo cuando solté su cuello y ella acabó llegando al orgasmo tras unas cuantas arremetidas certeras, profundas y rápidas. Yo sentí fuego dentro de mi alma y este hizo que me convirtiera en un volcán llenando sus entrañas.


Recuerdo haber caído desplomado sobre ella, como si fuese una pesada losa sobre una tumba, y ella decidió pasar sus manos por mi espalda haciéndome sentir lo filosas que eran sus uñas. Mis ojos se cerraron al igual que los ojos de un niño recién traído a este mundo miserable. Busqué su cuello y lo besé, mordí el lóbulo de su oreja derecha y susurré en italiano que era demasiado hermosa, seductora y poderosa como para estar sola. Me había rendido ante sus pies otra vez, o más bien ante sus tacones, logrando que mi cabeza se perdiera por completo en un abismo lleno de ingratitud hacia mi adorado y eterno Amadeo. Sin duda era igual que en aquellos tiempos donde lo hacía salir con alguna excusa y la visitaba, la llevaba a algún rincón recóndito de la propiedad y la hacía gemir con mis dedos.  

jueves, 26 de enero de 2017

Sin ceder a la muerte

Bianca, ¿no la aman? Algunos lo odian.

Lestat de Lioncourt 


He aprendido cosas terribles sobre esta vida miserable. Ha sido poco a poco. Sin embargo, parece que fue ayer cuando me hallaba en aquel palacio veneciano, rodeada de hombres que me devoraban con la mirada y creían que era demasiado fácil conquistarme. Qué equivocados estaban. Era dueña de mi corazón y orgullo. Muy pocos podían tener el placer de conocerme en mis alcobas, pero él hizo que no fuese dueña de mí misma. Me convertí en una estúpida mujer enamorada. De hecho, me enamoré de él y su discípulo más amado. Qué ironía.

Temblaba como una hoja cuando él aparecía. Era imponente. Medía algo más que un simple metro noventa. Tenía unos rasgos hermosos y muy simétricos. Se apodaba “Marius Romanus”. Su apellido real era un misterio, como el origen de su fortuna. No obstante era un excelente pintor, orador y mecenas. He visto como desembolsaba grandes cantidades de dinero sobre una mesa, monedas resplandecientes de oro y plata, para que un chiquillo aceptase estudiar junto a él. En pocos meses lo convertía en un excelente pintor y un apasionado filósofo, conocedor de leyes y absurdos protocolos.

Solía invitarlo a conversar en salones privados, lejos del bullicio habitual de mis fiestas, para que me hablase de la vanguardia en el arte. Deseaba saberlo todo. Amaba la pintura, la escultura y la música. Él me seducía hablándome en susurros, muy cerca de mi cuello, mientras me sostenía desvergonzadamente por la cintura. Su aroma me enloquecía, igual que parecía que el mío seducía a ese hermoso espécimen de artista.

Sabía de sus juegos con sus discípulos, del amor que profesaba a su joven Amadeo, pero también me hablaba de su corazón roto por una tal Pandora. Por mi parte, él sabía que no había logrado darle mi corazón por entero a ningún hombre, que mi cuerpo era tributo a la libertad y mi alma era veneno para el enamoradizo. No obstante, también supo lo rápido que caí cuando me besó aquella noche. Sus labios eran duros y fríos, como los de una estatua de mármol perfecta, y la mía demasiado carnosa y caliente. Fue una mezcla explosiva. Incluso me dejé abrir las piernas para que palpara más allá de mis ingles. Me volví una descarada en cada encuentro. No me arrepiento incluso tras su traición.

Supe que era un inmortal después de sufrir una emboscada que le costó parte de su belleza, su palacio, sus alumnos y su Amadeo. No me importó. Me quedé a cuidarlo y soportar sus lamentos, así como la ira que sentía al saber que sus muchachos habían muerto. Pero me usó para poder hallar a la vampiro que creó, aquella Pandora.

Por eso mismo, herida de muerte en mi orgullo, me fui. Decidí que estaba mejor sola que acompañada. Recorrí toda Europa, Asia y también América. Me dejé llevar por los ritmos de distintas canciones y pintores, así como por las novelas más románticas y las más detestables. Hace algo más de un siglo que regresé a Italia. Pude notar a otros inmortales tan antiguos como yo, pero la mayoría eran jóvenes atrevidos. Allí perdí conocí a mi gran amor, un joven artista, que introduje en la Sangre para verlo morir en pocos años. Me trasladé a París, intentando olvidar, y la tragedia me persiguió.


Quise avanzar en mi vida, pero sólo logré hundirme. Fue terrible. Ahora intento remendar las heridas, lograr que mi camino no se trunque de nuevo, por él y por mí. Mi vida no puede detenerse. Por eso acudí a la reunión de aquella noche y luché por mi vida.

jueves, 8 de diciembre de 2016

La mujer que no supe amar.

Yo también me hubiese ido.

Lestat de Lioncourt


Radiante como un sol al amanecer, hermosa y perfumada como las flores de un jardín en primavera, delicada igual que las caricias que ofrecía a sus amantes y fuerte... eso era Bianca. Una mujer dura y desafiante. Si bien ella sabía hacer negocios mejor que cualquier otra dama de la sociedad. Aquella época en la cual la mujer era meramente un objeto decorativo, un florero hermoso para deslumbrar a las visitas, ella hacía tratos con la nobleza y artistas indeterminados que acababan siendo codiciados. Era la musa de poetas, pintores, escritores y filósofos. Mujer de miles, pero sólo abierta de par en par para unos pocos. Se dejaba amar, adorar y halagar; pero ella no era fémina que vendiera barato su corazón ni el yacer entre sus sedosas sábanas.

La amé a mi modo. Aunque mis modos son siempre egoístas. Adoraba ir a su palacio, recorrer sus salones, conversa con otros hombres, degustar las conversaciones poéticas y las de simple política. Escuchaba historias sobre naufragios, pero también sobre asaltos en los caminos y grandes eventos que iban ocurriendo a lo largo y ancho de Italia. Estaba en casa, pero a la vez me hallaba fuera de tiempo. Mientras me movía entre los hombres con aquellos trajes tan estrafalarios, con pelucas empolvadas y zapatos de tacón echaba en falta mis túnicas simples, mis sandalias de cuero cómodas y el hablar de guerra. Ya nadie hablaba de Alejandro Magno, pero sí de rutas de comercio.

Fui cruel. Admito que la usé. Usé a la mujer que me salvó de aquel monstruoso incendio, la que rezó día y noche por la salud de nuestro Amadeo, esa que se desvivía en atenciones y que me besó cientos de veces los labios llamándome maestro. Hice su cuerpo mi templo, de sus muslos surgieron los mejores versos y entre sus pechos recordé como olía una mujer. Su piel pálida, como la nieve o las azucenas, me recobró la esperanza y a la vez fue lienzo de caricias indecentes. Sus ojos, que eran hermosas gemas, se clavaban profundamente en mi corazón hablándome sugestiva y excitante. Fue un revulsivo. Durante algunos años me apoyé tanto en ella, en la mujer a la que le di la oscuridad e hice hija mía, que se convirtió en mi lazarillo. Se lo pagué mal. No le dije el motivo por el cual buscábamos a Pandora y ella se sintió herida. Realmente me amaba. Me amó tanto como Amadeo, como Pandora y como yo mismo me mamo. Mi ego, mi orgullo insano y mis mentiras me hicieron volver a estar solo.


A veces me pregunto qué fue de ella, pero no se deja buscar. Tampoco me he puesto a remover los cielos y la tierra. Se fue porque me odiaba, porque no soportaba lo que yo era realmente, ya que se vio desencantada. Si no quería quedarse, ¿para qué buscarla? ¿Con qué fin? Con ninguno. Por eso guardé silencio y rogué a este que me perdonara.  

domingo, 11 de septiembre de 2016

Derrota y lágrimas

Yo comprendo a Marius, pero también debo admitir que comprendo a Bianca y al resto. ¡Ah! Demonios...

Lestat de Lioncourt 




Derrotado, cansado como estaba, y, con el corazón tan destrozado que no sabía si algún día mi alma podría descansar, me senté en aquel diván a observar los frescos del techo. Había estado trabajando en ellos durante días. El palacio había recobrado su esplendor. Cada muro, puerta, ventana y rincón había sido restaurado con esfuerzo y una dedicación que jamás di a mis amantes. Me sentía un canalla, un hipócrita y un sucio rastrero que no había logrado en momento alguno retener lo que amaba entre sus brazos.

Imaginé sus pasos por la galería, su risa fresca reverberando en alguna de las numerosas alcobas y sus manos suaves jugueteando con mis cabellos. Ese maldito querubín de cabellos castaños me había arruinado y, sin embargo, jamás lo admitiría. No obstante pude percibir que no estaba solo. Alguien había entrado. Sus pasos eran cortos y elegantes, su perfume era femenino y rápidamente pude apreciar que era un vampiro. Un vampiro que yo conocía bien.

—Bianca...—murmuré incorporándome de inmediato.

Bajé hacia la planta inferior como una exhalación. Ella me había maldito hacía tan sólo unos meses. Recordaba cada una de sus palabras y esa mirada de fuego, llena de rabia y odio, que me envenenaron. Cuando llegué al final de la escalera la observé del mismo modo que me observó ella. Ambos parecíamos inquietos, pero ella hizo acopio de todas sus fuerzas para mantenerse firme e indiferente.

—¿Qué haces aquí?—pregunté—. Bien que dijiste que no volverías a buscarme—dije furibundo.

—Dije eso—respondió—. Pero no vine a verte a ti, sino a este lugar. No sabía que lo habías recuperado—comentó abriendo su abanico para darse un poco de aire.

Vestía con un elegante traje negro bastante ajustado, de hermoso escote, y su cabello estaba recogido con algunos mechones sueltos. Parecía haber salido de alguno de los frescos que yo alguna vez pinté o que pintó algún enloquecido genio de otra época. Esa mujer era demasiado hermosa y como todo lo demasiado hermoso provoca peligro, ruina y dolor.

—Márchate—dije aferrado a la balaustra.

—Hermosos querubines—contestó caminando hacia la salida con una elegancia llena de indiscreta soberbia—. Lástima que el original no quiera volver a saber de ti—susurró antes de tomar el pomo, tirar de la puerta hacia sí y marcharse dando un portentoso portazo.

—¡Maldita seas! ¡Maldita seas!—quité antes de romper a llorar.


sábado, 25 de julio de 2015

De nuevo te abrazo

Si la amistad es buena se puede recuperar pase el tiempo que pase. Armand ha recuperado a Bianca y parece que se perdonan el tiempo perdido.

Lestat de Lioncourt


Jamás creí volver a verla. Había olvidado el lozano aspecto de sus redondas y llenas mejillas, su pequeños labios carnosos, sus intensos ojos claros, sus perfectos cabellos perfectamente peinados y sueltos sobre sus hombros. Estaba ante la viva imagen del Renacimiento, de la época de luz que viví en Venecia, y lo hacía prendado de aquella perfecta muñeca de estrecha cintura, generoso escote y hermosas manos de porcelana que sujetaban con majestuosidad un pequeño abanico azul pastel. Vestía con un traje similar al que solía llevar, con un encantador y tentador corsé, una amplia falda pomposa y llena de flores bordadas en plata sobre una tela del mismo color que su abanico.

Sentí deseos de llorar. Me sentía sobrecogido por la belleza de aquella mujer. Siempre la tuve en mi corazón, y a ratos la desprecié. Ella no había venido a buscarme, tampoco Marius. Ambos me habían dejado rodeado de demonios que terminaron alzándome como su Dios y único líder. Volví a ser un chiquillo estúpido y desesperado. Me sentí el muchacho que fui y quise ir a llorar sobre su falda. Sin embargo, tan sólo me acomodé mi chaqueta de terciopelo celeste, así como el pañuelo de seda que llevaba al cuello.

Permanecí inmóvil escrutándola como si fuese un cuadro. Pude ver cambios en su expresión. A ratos parecía que reía, pero también parecía conmovida. Me movía suavemente con aquellas elegantes ropas de hombre de negocios de altos vuelos, como si fuese un hombre hecho y derecho y no la imagen infantil de un jovencito descarado.

—Parece que fue ayer cuando viniste a llorar a mi alcoba—aquellas palabras me ruborizaron de sobremanera—. Y mírate. Más bien, míranos. Estamos aquí, frente a frente, en un mundo cargado de belleza oscura, tecnología imposible de manejar y frivolidad. No hemos cambiado demasiado. Tus gustos siguen presentes en los objetos y la decoración de ésta casa—sonrió de una forma tan seductora que quedé inmóvil, como una estatua de mármol.

—Así es...—dije frunciendo ligeramente mi ceño, pues intentaba calmarme. No deseaba estar nervioso y cargado de emociones que no servirían demasiado—. ¿Por qué no viniste a verme? ¿Por qué huiste de mí?

—Ya no eras tú—respondió—. Y yo estaba perdida. Preferí ser yo misma, encontrarme nuevamente en mitad de la soledad. Además, me sentía en deuda contigo—. Abrió entonces el abanico y empezó a mover suavemente su muñeca. Una risa fresca se escapó de sus labios mientras coqueteaba conmigo descaradamente. Lo hacía como antaño.

—Bianca...—murmuré dando un paso atrás. Temía caer en su juego, pero ella se retiró antes de hacer otro movimiento.

—Es divertido ver como todavía tengo cierto poder sobre ti—suspiró cerrando su abanico, para luego mirar hacia el suelo de mármol. Observaba las baldosas como si fueran una hermosa obra de arte—. Me siento triste y la tristeza ahoga mi corazón.

—Sé que es eso—susurré acercándome a ella.


Tomé asiento en el sofá a su lado. Mis manos se mezclaron entre las suyas, el abanico cayó y sus brazos me rodearon rápidamente. Noté como lloraba. Yo también lloré. Era el primer abrazo que tenía de ella en mucho tiempo.

jueves, 25 de septiembre de 2014

Una última conversación.

¡Pelea de gatas en La Isla Nocturna! ¡Pelea de gatas! Quiero decir... Armand y Bianca se han reencontrado. 

Lestat de Lioncourt 

Las noches de apariencia apacible pueden ser las más complicadas. La lluvia había arreciado hacía tan sólo unos minutos. Las calles volvían a llenarse, los comercios parecían estar abarrotados y la clientela se impacientaba mientras las típicas melodías sonaban por los altavoces. En las cafeterías había bohemios soñadores, chicos esperando que su primera cita fuera la idónea, mujeres tomándose un café para despejar sus sentimientos, hombres rudos pidiendo un par de cervezas y refinados hombres de negocio tomando un aperitivo. En los casinos iban entrando y saliendo los adictos al sonido de las monedas en las diversas máquinas, pero no muy lejos había una iglesia donde el sacerdote hablaba de la ira divina sobre los pecadores. Una isla nocturna, donde la noche lo es todo, está llena de corazones rotos y teatros donde representar miles de tragedias. En alguna de las salas de cine se publicitaban viejas películas y estrenos de última hora. No era una noche violenta, los crímenes eran sencillos y las prostitutas gozaban de cierta libertad. En mi edificio principal, donde aún tenía la mayor parte de las plantas, se congregaban algunos inmortales cuyo nombre desconocía.

Mis pasos se perdían entre la muchedumbre. Se perdían sin sonido aparente. La noche lo envolvía todo. No sentía sed. No había nada que necesitara. Me aburría. Mis ojos castaños se movían inquietos por cada una de las fachadas, las cuales parecían fantasmagóricos hologramas de tiempos mejores. Las mujeres pasaban a mi lado cargadas de perfumes, algunas con bolsas y otras con café en sus manos. La tarde estaba ya muerta, pero la noche empezaba a vivir latiendo con fuerza en las estrellas y las luces de neón. La luna parecía crecer a cada paso. El mundo deslumbraba, pero yo seguía cansado y aburrido. No había nada emocionante. Daniel estaba cerca, no me esperaba y yo no sabía si visitarlo. Los chicos, Sybelle y Benji, se habían quedado en uno de los apartamentos cerca de la playa. Yo simplemente quería ser libre, pero sentía mis alas atadas.

—Creí que no estarías aquí—su voz llegó a mí como una bofetada.

Sabía que seguía viva. Estaba oculta de todos, de todo, y salía a flote como si fuera un madero a la deriva. Esa frase provocó que me detuviera y girara mi rostro buscando su rostro. La encontré vestida con un traje de noche blanco, elegantes zapatos de tacón con diamantes y un abrigo de pieles negro. Parecía la viva imagen de Marilyn Monroe aunque con un rostro que habría podido pintar Caravagio o Botticelli. Su rostro tenía ese aspecto de pintura al óleo que siempre tuvo. Tal vez era porque siempre la vi pintada en cientos de cuadros de sus múltiples amantes. Tenía unos pendientes elegantes, aunque largos como su cuello, y su cabello estaba recogido con un coqueto broche de mariposa en oro blanco.

—Sigues tan hermoso como siempre, Amadeo—mi cuerpo se estremeció y los recuerdos aparecieron.

Era como abrir una caja llena de misterios, los cuales no son del todo agradables. Me sentía perdido.

—Hace mucho tiempo que dejé de ser Amadeo—dije girándome por completo, pues no quería darle la espalda.

Llevaba un abrigo de cachemir negro, muy elegante, con unos jeans de vestir que me habían costado una fortuna. Parecía un muchacho de familia acomodada perdido en un mar de gente, de voces chillonas y deseos poco prácticos, que buscaba el consuelo en los brazos de alguien. Ella no era mi consuelo, aunque una vez lo fui. La camisa despuntaba por su blancura, también porque una pequeña brisa me despejó del todo el cabello de la cara y los hombros.

—Para mí siempre serás Amadeo—respondió.

—Una vez viniste a verme, en el Teatro de los Vampiros, pero algo te impidió hablarme—comenté deslizando una mirada torva hacia ella. Estaba furioso. La furia vino como una bofetada gélida.

Ella no vino a mí cuando la necesitaba, sino que huyó. Siempre huía. No aceptaba sus pecados. Me ayudó una vez, pero también me negó su auxilio. En ese momento estaba allí, uno de mis viejos ardientes amores mortales e inmortales. Ella, con su elegante presencia, desprendía el mismo aroma cálido que siglos atrás. Sin embargo, había cosas que jamás perdonaría.

—¿Qué podía decirte?—preguntó dando un par de pasos, dejando que todo a nuestro alrededor no significara nada, y cuando quedó a mi altura suspiró pesadamente—. En aquellos días, mi querido niño, todo era mucho más complicado. Tú no sabías que él vivía y tampoco quería ser la paloma de la desgracia.

—Mensajera, o no, de malas noticias, ¿no crees que hubiese preferido que me dijeras la verdad?—reprimí por un breve instante mi rabia. Ella debió decirme. Hubiese ido a buscar a Marius, aunque él no deseara verme. En aquel entonces había dejado de soñar con mi maestro, sus pinturas, sus besos, las caricias frías en su cómodo colchón y el dorado del bordado de sus chaquetas de terciopelo rojo. Todo. Había dejado de soñar con fantasías absurdas, de creer y no creer.

Posiblemente, de haber sabido la verdad, mi vida habría tenido un recorrido distinto. Tal vez me hubiese encontrado con Lestat en medio de su búsqueda. Quizás habría añadido un mensaje nuevo a los garabatos que dejaba en cada muro que se encontraba. No lo sé. Sin embargo, ella me arrebató esa posibilidad. Aunque, viéndola vida me hizo pensar que sí estaba vivo. Era una muestra evidente. Nadie más le hubiese dado la sangre. No había duda.

—¿Qué verdad?—una leve y misericordiosa sonrisa surgió en sus labios, aunque su mirada brillaba cierta preocupación—. ¿Cuál?—levantó sus cejas, pero luego relajó su rostro—. Marius te abandonó, del mismo modo que me abandonó a mí mucho antes que iniciáramos el viaje.

—Admiro tu deslealtad—expresé con voz rasposa. Me costaba muchísimo controlarme.

—¿Cómo te atreves a decirme eso? Te dejó atrás—sus ojos hablaban más que sus palabras. Esperaba que la comprendiera, pero no podía hacerlo.

—Porque pensó que podría morir—intenté defenderlo, aunque en parte detestaba hacerlo. Él nunca me defendió demasiado después de todo lo ocurrido, pero comprendía sus miedos y también su orgullo para pedir disculpas. A veces no es necesario pedirlas, ni siquiera a tiempo, cuando sabes que el arrepentimiento y los remordimientos están ahí.

—¿Leíste sus memorias? Dijo que no sufrías—me lanzó aquello a la cara, como si quisiera provocarme. Si bien, no lo logró.

—Sufrí toda mi vida—dije—. Siempre he sufrido—me acerqué un poco más, quedando muy cerca de su hermoso rostro. Seguía siendo bellísima. Ella era como una muñeca de una hermosa vitrina. Tenía una figura espectacular, unos ojos penetrantes y unos rasgos muy sensuales. Pero, no podía olvidar lo que hizo. A mí mente llegaba el dolor de Marius y ese dolor me taladraba a mí—. Sé aceptar el sufrimiento como la redención de mi alma— sobre todo, sabía aceptar el sufrimiento por amor—. Pero, ¿tú alguna vez has podido soportarlo? Sigues amándolo, sólo hay que ver como me miras cuando hablas de él. Ni siquiera puedes pronunciar su nombre sin titubear unos segundos. Mírate, Bianca, estás llena de rabia.

Cerró los ojos unos breves segundos y pude ver lo tupidas que eran sus pestañas. Tenía el maquillaje perfecto, para asemejar vida. Sus labios tenían un delicado carmín que le daba un aspecto provocador. Era una mujer especial, pero también un ser lleno de reproches. Posiblemente, también había reproches hacia mí. No le dije la verdad en su momento, pero estaba obligado a mantener silencio.

—¿Por qué tú sí y yo no?—esa pregunta me desconcertó—. ¿Por qué ella sí y yo no? ¿Por qué?—me miraba directamente a los ojos y pude ver su desesperación. Le amaba. Aún le amaba.

—En el amor no se elige—susurré—. No se puede ser sensato. Sólo se siente. Bianca, sólo se siente.

—Yo te amo a ti—la sinceridad de sus palabras eran ardientes, igual que un fuego intenso. Pude notar como me deseaba y necesitaba. Posiblemente debí abrazarla, pero no lo hice. Si la tocaba caería rendido a sus deseos. No. No podía perdonarla tan fácil. N o iba a perdonarla.

La ciudad seguía su ritmo. Estábamos en mitad de una de las aceras más concurridas. Los vehículos pasaban a toda velocidad, el parloteo era insufrible, y, sin embargo, sólo la escuchaba a ella.

—Yo te amé, Bianca—dije apretando los puños dentro de los bolsillos de mi abrigo—. Te amé con todo mi corazón. Si hubieses venido esa noche a mí, sin huir y sin pretender ser quien no eras, posiblemente te abría abierto los brazos y te habría besado como aquellas noches en tu palazzo.

—¿Y ahora?—murmuró apesadumbrada.

—No soy ese niño perdido—respondí.

—Me sigues pareciendo un niño perdido—sus manos se estiraron hacia mí, permitiendo que la punta de sus dedos jugaran con mis rasgos. Me estaba reconociendo como un igual, como su amante, como el chico que siempre la codició y cantó bajo su balcón.

¿Cuántas serenatas le ofrecí? Cientos. No podía dejar de cantar a su belleza. Estaba obnubilado por su dulzura y su forma magistral de dominar a los hombres. Ella me seducía cruelmente, pero a la vez era bondadosa al permitirme yacer en su lecho cuando me apetecía. Era apenas un niño y ella una mujer. Me concedió muchos secretos. Pero no podía ni debía. La alejé dando un par de pasos hacia atrás y decidí mirarla con frialdad.

—Aburrido, no perdido—le aseguré—. Pero sólo estoy aburrido esta noche, mañana quizás estaré satisfecho con todo lo que haga—eché un vistazo a mi alrededor y negué suavemente—. No hay noches iguales.

—¿Hay hueco para mí en tu vida?—esa pregunta me derrumbó por unos segundos, pero me mantuve firme.

—No, creo que no—dije, encogiéndome de hombros.

—¿Y en la de Marius?

—¿Después de todo lo que hiciste?—pregunté frunciendo ligeramente el ceño.

—Tienes razón—asintió suavemente, aunque le dolía aceptar su derrota—. ¿Eres feliz?

—A ratos, igual que cualquier mortal. Uno nunca es feliz del todo, aunque esa chispa existe. Me encanta esa chispa—no era mentira. Era feliz, pero no siempre. Hay noches brillantes y otras más apagadas, de esas que ni las estrellas brillan.

—Entonces, no hay nada que pueda hacer por ti—declaró.

—Sí, vive tu vida y no arruines a otros por tu egoísmo. Soy leal a Marius—quería que lo supiera, que no había cambiado al respecto—. A pesar de todo, de mis sentimientos y de los suyos, acepto que no puedo desvincularlo de Pandora. Ella es una mujer excepcional y comprendo que la ame. El amor no tiene que tener límites. No hay límites para los sentimientos y ni mucho menos para nosotros que somos eternos.

—Espero que encuentres diversión—susurró apartándose, para echar a caminar por la avenida.

—Y tú la felicidad—dije sinceramente.

Los pasos acelerados de los hombres y mujeres de mi alrededor, así como el tráfico cotidiano, la engulleron como si fuera un fantasma. Quedé allí, de pie, con los ojos llenos de esperanzas y dolor. Recordé los buenos tiempos, tan lejanos, cuando beber, comer y disfrutar del arte, tanto amatorio como en los lienzos, era mi modo de vida. Pero también recordé el fuego, el dolor, la pérdida, la soledad y el misterio del rencor. Huí entonces calle arriba, buscando el edificio donde estaba Daniel y al llegar obtuve silencio.

Se encontraba casi desnudo, tan sólo llevaba unos pantalones de pijama blancos con rayas azules, y el pelo revuelto. Colocaba un nuevo tejado a una de sus casas. Estaba realizando una nueva maqueta. Su concentración era desoladora, pero a la vez me calmó. Mi amor por él estaba intacto, pese a todo, igual que mi amor por Marius, Lestat y por todos aquellos que alguna vez fueron algo importantes en mi mundo.


Mi teléfono móvil sonó. Un mensaje de Benji. Nada importante, pero al menos fue agradable ver que me extrañaba. La noche seguía húmeda, pero sin nubes pesadas proclamando tormenta. El mundo parecía agradable, aunque no lo fuera. Esa conversación significó un cambio, pero pronto la olvidaría y la achacaría a uno de mis tantos sueños. Nada que rememorar demasiado.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt