Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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domingo, 1 de octubre de 2017

Unión de dos

Y por esto, chicos y chicas, Marius no quiere saber nada de los dos...

Daniel x Armand...

Lestat de Lioncourt 

—Él cree que tienes la culpa de todo lo que ha sucedido entre nosotros.

Al fin habló. Había entrado en la biblioteca donde me encontraba leyendo con ese aspecto de joven trasnochado. Ya no llevaba esas gafas redondas de montura endeble, sino que dejaba a la vista sus ojos violetas. Tenía el flequillo revuelto, algo pegado a la frente por el sudor sanguinolento que recorría esta como pequeñas estrellas dispersas en el firmamento, y la vista cansada. Parecía fatigado, pero a la vez su piel lucía lozana por haber bebido una buena cantidad de sangre. Su camiseta estaba algo arrugada, mal metida dentro de su pantalón vaquero, y los cordones de una de sus deportivas oscuras estaban sueltos.

—Marius siempre cree que el resto del mundo tiene la culpa de sus desgracias.

Comenté dejando a un lado “Historia de dos Ciudades” mientras me acomodaba mejor en el sillón reclinable que había instalado para mayor comodidad. Tal vez era un “parche” en un lugar tan refinado como el que había logrado recuperar y embellecer con esculturas talladas en madera de caoba, frescos y numerosas estanterías repletas de libros que ya no se veían en las librerías. Sin embargo, vi esta maravilla y no me pude resistir a adquirirla. Por otro lado, yo también vestía como un elegante burócrata, uno de esos yuppies neoyorquinos. Había adquirido un nuevo traje diseñado en exclusiva para mí con una línea clásica, era de lana y tenía un tacto muy agradable. También llevaba chaleco a juego, zapatos oxford, camisa de algodón blanca y el cabello largo peinado hacia atrás atado en una coleta y con algo de gomina.

—Pero, ¿y si tiene algo de razón?

Razón, ¿Marius? Ni hablar. En ese caso no. Tal vez sobre la necesidad de incorporar reglas, establecer prioridades y sobre arte. Sin embargo, ¿sobre lo demás? Nunca. Era un hombre que siempre se basaba en su propia opinión y jamás tenía la ajena en cuenta.

—Tú no eres un objeto, yo tampoco—. Respondí alto y claro con la mayor brevedad posible—. Cada uno es libre de estar donde desee estar. ¿No es eso libre determinación? ¿No es eso la libertad que él tanto promulga?

—Armand, lo sé. Sin embargo, siento que le debo el haber cuidado de mí.

—No le debes nada, Daniel—contesté apoyando los codos en los brazos del sillón—. Él cuidó de ti porque así lo quería y sentía, por lo tanto no puede exigirte retribución alguna al respecto.

Hablaba la voz de la experiencia. Durante muchos años pensé que le debía la vida por haberme salvado en dos circunstancias muy precarias. Una de ellas fue cuando me adquirió como esclavo, la otra cuando no me permitió morir envenenado después de la refriega con ese maldito imbécil que me quería como si fuese su puta privada. Sin embargo, me di cuenta que lo hizo por egoísmo. Él quería ser amado aunque nunca logró abrir del todo su corazón. Deseaba idolatrarme como si fuese la figurita de uno de sus viejos dioses o un querubín auténtico, para que yo lo alabara como se alaba a Dios de rodillas y completamente ciego.

—¡Pero me siento un cobarde!—gritó—. Yo aún le amo y respeto.

—Pues corre a sus brazos—dije tras arquear las cejas y sentirme confuso. Si tanto le amaba, ¿qué hacía aún aquí? Debía ir a la Corte donde estaba Marius esperándolo.

—Sí, sé que puede parecer esa la solución, pero no es tan fácil—comentó acercándose a la mesa con aires dubitativos—. Yo no lo amo de ese modo.

—¿Y cómo lo amas?—pregunté.

—No tanto como a ti. Me he dado cuenta que donde debo estar es a tu lado.

En otro tiempo hubiese reído como un adolescente y corrido a sus brazos. Estoy seguro que lo hubiese besado y pedido que no se marchara de mi lado. Incluso habría llamado al servicio para que preparara una habitación espléndida para que se quedase. También le habría comprado una nueva máquina de escribir, ordenador o lo que quisiera para que siguiera ejerciendo como periodista a las órdenes de Benjamín. Pero, ¿ahora? Lo miraba con suspicacia. Podía decir que me amaba, por supuesto, aunque no iba a creerlo con la suma facilidad de otros tiempos.

—Felicidades—dije tras aclarar la voz.

—Armand, por favor—su tono sonó a ruego, un ruego similar al que yo solía hacer a Marius—. Quiero que me escuches como yo nunca lo he hecho contigo.

—Exacto. No lo hiciste—. Me incorporé y eché a caminar sin vacilar ni un segundo en dirigirme hacia donde se encontraba y quedar a escasos centímetros. Alcé mi rostro y lo miré a los ojos con los míos pardos, al borde de la ira y la derrota—. Decidiste que hiciese algo obligado. Sabía que no estabas preparado y queme aborrecerías. Tenía tanto miedo, Daniel. ¡Y me obligaste!—grité finalmente sin pudor porque sentía que mi alma se hacía añicos. Además me aferré a él, lo hice como si fuese mi todo y yo me fuese a convertir en un mero fantasma.

—Ya basta... ¡Basta de reproches!—dijo agarrándome de los brazos provocando que me quedara aún más pegado a él, aunque no moví los pies de mi lugar.

—Yo no he sido quien ha empezado—. Susurré aquello a pesar de saber que sí había sido quien inició todo.

—Armand...—balbuceó mi nombre tras un largo suspiro. Tenía la voz quebrada.

—Dime—dije alzando de nuevo la mirada.

—Yo te amo a ti por encima de todos.

Aquello hizo que mi corazón comenzase a latir desbocado. De nuevo ese sentimiento, otra vez esa pasión que no podía controlar ni remediar. Creí que me volvería rematadamente loco.

—¿Y qué quieres decirme con esto?—pregunté.

—Quiero estar contigo... —susurró.

—Oh, vaya. No esperaba algo así.

Realmente no lo esperaba. Él siempre había huido de mí.

—¿Por qué eres tan duro?

—Porque mi corazón está lacerado y nadie ha deseado cuidarlo. Siempre he sido abandonado y perjudicado. Nunca me han querido escuchar—iba diciendo cuando de repente comenzó a besarme y a quitarme la ropa.

En segundos estábamos desnudos mientras retrocedía hacia la mesa de escritorio bellamente tallada con motivos del cielo y el infierno, en representación de mis pesadillas y carencias religiosas. Quería recuperar la cordura, pero era imposible. Además ambos seguíamos un tratamiento de recuperación del deseo sexual, el cual estaba marchando demasiado bien. Ya no sólo éramos adictos a la sangre, sino que podíamos hallar placer en tocarnos y tocar a otros.

Sus manos, firmes y mucho más grandes que las mías, se aferraron a mis glúteos y los azotaron antes de tomarme de las caderas y subirme a la mesa. Sus ojos eran los de una fiera y los míos también eran bastante salvajes. Ambos miembros se irguieron como flechas hacia el techo y pude notar como su diestra bajaba hasta el interior de mis glúteos, acariciaba mi entrada y hundía un sólo dedo para acabar jadeando cerca de mi boca entretanto yo cerraba los ojos, mis mejillas se coloreaban de un rojo vivo y mi boca dejaba escapar un quejido junto a un pequeño gemido.

No quería pensar en las noches que él habría vivido con Marius. Sentía celos de no haber sido él, de no haber sido salvado una vez más por mi maestro, pero también por no haber sido yo quien le recuperase y amase durante todo este tiempo. Rabia, miedo, desesperación y todo convertido en un deseo sexual que no podía controlar. Mis piernas se abrieron más mientras él me estimulaba y besaba. Su boca soltaba la mía únicamente para mordisquear mi cuello y pezones, los cuales estaban tan duros como mi hombría y la suya.

Al final, él decidió sacar su mano, abofetearme, girarme en la mesa, acomodarme como le pareció oportuno y tomarme del cabello jalando fuertemente de mí a la vez que me penetraba. No hubo paciencia ni ternura, sólo una directa penetración mientras gruñía mi nombre. Yo, por supuesto, me aferré a la mesa como un gato que se afila las uñas en un mueble nuevo. Las embestidas eran rápidas, fuertes y profundas. Abría bien mis piernas, me aferraba como podía y movía mis caderas al mismo ritmo pero de forma contraria. Mi próstata era estimulada por su glande y mis ojos se embarraron en lágrimas sanguinolentas. El libro cayó de la mesa hacia el suelo quedando abierto con las pastas de bella encuadernación hacia arriba.

Pronto lo único que se escuchaba en la biblioteca eran sus testículos y el chapoteo de la fricción de su miembro en mi entrada que ya estaba llena de fluidos. Sentía como mis pezones se rozaban sobre la superficie de la mesa, así como mi miembro lo hacía. No era capaz de acariciarme como me hubiese gustado, como siempre me ha gustado, porque la violencia de aquel sexo me impedía moverme. Era una presa en manos de una bestia hambrienta que había convertido mi traje en guiñapos arrugados junto a su ropa barata.

De un momento a otro, sin saber cómo, se inclinó y me mordió mientras eyaculaba provocando que yo también lo hiciera. Su boca en mi nuca me había hecho sentir el paraíso bajo mis pies, además también estaba su eyaculación presionando con un fuerte chorro mi próstata.


A partir de esa noche Marius me ha dejado de hablar y él ha decidido instalarse en Nueva York.  

miércoles, 8 de marzo de 2017

Ayer y hoy

Daniel era un hombre abandonado de sí mismo y Armand alguien que fue abandonado demasiadas veces.

Lestat de Lioncourt

Saqué el brazo de debajo de las numerosas mantas que el duro invierno me hacía utilizar. Manoteé por encima de la mesa de noche para tomar las gafas y colocarlas mientras maldecía, después apagué el despertador que vibraba con ímpetu y me senté en el borde izquierdo de la cama. Sólo penetraba la luz de la marquesina de neón del hotel adyacente al cuchitril que llamaba hogar. Busqué mis viejas zapatillas y eché a caminar por la habitación en dirección a la cocina.

La luz del pasillo se encontraba encendida y al entrar el salón lo vi. Estaba en mi cocina sentado frente al frutero mientras jugaba a rodar una naranja por la mesa. Intenté ignorarlo. Detestaba que me hiciese esas visitas. Tenerlo allí era tener un grano en el culo.

Decidí hacer café, busqué por entre los muebles la botella que aún quedaba de whisky y la de bourbon. Encendí un cigarrillo, de la cajetilla que estaba en la encimera cerca de la tostadora, y comencé a fumar profusamente mientras me decía que mi vida se había ido al infierno. Aquello tenía que ser el purgatorio y sentía que me lo merecía.

Él no dijo nada. Sólo hacía rodar la puñetera fruta y de vez en cuando, con cierto cuidado y en silencio, me miraba con el rabillo del ojo intentando averiguar si iba a decirle algún improperio o no. Por supuesto que quería insultarlo, amedrentarlo y ponerlo de patitas en la calle. Sin embargo, guardaba las energías hasta que hiciese alguna pregunta estúpida mientras fumaba. Y cuando el cigarrillo se acabó me encendí otro.

Agarré el cuenco de cereales, lo llené con galletas rotas, boubon y dulce leche que había calentado en el microondas entretanto. Luego acabé dejándolo todo en la mesa y me serví café humeante con lo que quedaba de whisky. ¡Y ya estaba preparado para intoxicarme con un enérgico desayuno! Sin olvidar, claro está, el periódico que él había adquirido para mí y que yacía enrollado sobre la mesa.

—¿No me vas a decir nada?—preguntó con timidez.

—¿Y qué carajo quieres que diga?—dije apagando el cigarro en un cenicero atestado de colillas.

—No sé. ¿Buenos días?—comentó con una sonrisa estúpida.

—Son las ocho de la noche, ¿qué coño buenos días?—dije arqueando una de mis cejas, para luego fruncir el ceño y abrir el periódico tapando mi cara. No quería verlo.

—Bueno, te acabas de levantar...—murmuró incorporándose para arrastrar sus zapatillas deportivas, con pequeñas luces en los laterales, hasta mí.

—Y tú acabas de llegar para incordiarme—contesté bajando el periódico para luego dar un trago enorme al café y comenzar a comer mis galletas empapadas en ese mejunje similar al Manhattan Milk.

Se rascó su alborotada cabeza pelirroja, colocó sus codos sobre la mesa y apoyó su mentón bajo sus puños cerrados. Me miraba como un gato curioso con sus enormes ojos castaños. Creo que me volvía loco. No podía soportar que me viese de ese modo.

—¿Cómo se supone que vas a hacer una columna sobre lo que ocurre en la ciudad si no has salido de casa?

—Imaginación—dije.

—Oh...—masculló y añadió—, pero la gente quiere la verdad.

—Mi columna es sobre...—empecé a decir, pero luego me callé—. ¡No lo entenderías!— Exclamé.

—Tengo cinco siglos, ¿no crees que tengo capacidad para ello?—decía eso moviendo su nariz como un conejo. Supongo que estaba algo confuso. Además se irguió e intentó tocarme, aunque afortunadamente se lo impedí.

—Armand, aún me pides ayuda con el mando a distancia del televisor—chisté dejando el periódico a un lado—. ¿Qué demonios quieres hoy?

—No lo sé—susurró encogiéndose de hombros—. Tal vez un abrazo—dijo agachando la mirada.

En ese momento dejé todo mi mal humor, retiré unos centímetros mi silla de la mesa y lo coloqué sobre mis piernas. Tenía el aspecto de un adolescente y en ocasiones se comportaba como un niño, pero no dejaba de ser un adulto en busca del amor, respeto y admiración que todos requeríamos. Era un ser milenario al que nunca habían amado realmente, provocando que nunca comprendiese lo que era el amor.


Escuché entonces un gimoteo y me percaté que lloraba. Su corazón seguía lacerado. Creo que aún tiene el corazón hecho trizas. Su comportamiento distante conmigo en estos momentos se debe a que se percató que tengo nula capacidad para amar, al menos para hacerlo como él pretende. A veces echo de menos estos gestos cómplices que creía tan innecesarios en mi vida.   

domingo, 12 de febrero de 2017

En la lluvia

En fin, que se aclaren estos dos...

Lestat de Lioncourt 


—Todo ha ocurrido de nuevo.

Escuché sus palabras sorprendiéndome de su presencia. Había escuchado sus pasos, así como el latido de su corazón, por toda la avenida. Estaba desierta. La lluvia y el frío nocturno, de este otoño pluvioso y cruel, estaba logrando encerrar en sus jaulas de hormigón y cemento a todos los humanos. Se ocultaban en los nichos modernos que eran los altos y grises apartamentos, los cuales cada vez se asemejaban más unos a otros.

—Pero no del mismo modo—respondí.

Mis enormes ojos castaños se perdieron en los suyos. Me había girado hacia él para verlo bien. Tenía un aspecto juvenil, algo desaliñado, en comparación conmigo. Él seguía usando los pantalones algo amplios, casi caídos, y desgastados por los bajos. Tenía una sudadera cualquiera, algo gruesa, de color gris plomizo y una chaqueta tejana de solapas forradas en lana. Faltaban sus enormes gafas de pasta para volver a ser mi Daniel, pero eso no importaba. Estaban esos impresionantes ojos violáceos recorriendo mi rostro.

—Aún así, volvemos a tener la culpa por desinteresarnos por el pasado, el cual tiene proyección en este presente y en cualquier futuro—dijo metiendo sus grandes manos en los bolsillos de los pantalones.

—Sí, tienes razón—susurré.

—Debí investigar—me sorprendió esa afirmación. Parecía seguro de sí mismo. Quizá creía que él podía haber dado con la clave del problema, pero ni siquiera Talamasca logró hacerlo. ¿Cómo lo iba a hacer él?—. Siempre he amado saber qué hay más allá de la punta de mi nariz.

—Has estado ocupado—dije—. No te fustigues más.

—¿Ocupado?—murmuró antes de echarse a reír a carcajadas.

—Perdiste algo más que el tiempo, Daniel—coloqué mis manos enguatadas en cuero negro sobre las solapas de su chaqueta. Yo vestía un traje formal de Armani con un elegante chaquetón de paño negro. Era como ver a un joven empresario con insuflas de dios sabe qué—. Dejaste de ser tú—mi voz se quebró unos segundos y carraspeé—. Te convertiste en un ser decrépito lleno de miedos.

—Precisamente, esos miedos debieron impulsarme a encontrar la verdad, a investigar—frunció el ceño y me tomó de las caderas. Amaba que lo hiciera, pero no iba a ser estúpido y decírselo a viva voz.

—El miedo coacciona siempre—aseguré.

—A Lestat no—dijo.

—Lestat es distinto—dije riendo disimuladamente—. Se vuelve valiente cuanto más miedo tiene pues busca la forma de escapar del aplastante problema, saliendo airoso y logrando a su vez, aunque parezca imposible, salvar a los que ama.

Lo había visto actuar decenas de veces. Podía palpar su miedo, pero era un miedo distinto al de los demás. Un miedo que le llevaba a enfrentarse a todos porque su mayor miedo era el fracaso y el desconocimiento.

—Supongo que tienes razón—susurró dando un paso hacia mí, pegándose más a mi figura.

Llovía. No llevábamos paraguas. Estábamos empapándonos. ¿Importaba? No. En ese momento no importaba nada excepto su fragancia. Olía a bar, a sudor de discoteca, pero no me interesaba saber dónde había estado. Tenía las mejillas sonrosadas, así que se había alimentado. Era mi Daniel. Volvía a ser parte de mi historia, ¿pero hasta cuándo?

—Daniel, ¿por qué has venido a pasear conmigo?—pregunté asombrándome por decir algo como aquello.

—No lo sé—dijo encogiéndose de hombros—. Tal vez no hay motivo.

—Siempre hay un motivo—sentencié.

—¿Eso crees?

Una risa nerviosa se escapó de sus labios y me dio la impresión de estar frente a un adolescente. Daniel era muy joven, aunque no tanto como yo, cuando le di mi sangre tras empeñarse en que debía ser inmortal. Estaba obsesionado. Sin embargo, una vez se la ofrecí todo desencadenó en una tragedia tras otra.

—Por supuesto—murmuré.


Me había quedado perdido en sus ojos, pero cuando aprecié que se inclinaba a besarme bajé los párpados. Acabé aferrándome a las solapas de su chaqueta, asiéndolo hacia mí, entretanto abría la boca para recibir un beso cálido de su parte. Un beso que acabó con su lengua palpando la mía, mezclando su sabor con el de mi saliva, provocando que un calor sofocante recorriera todo mi cuerpo. Se cortó la lengua, pude apreciarlo, y me ofreció su sangre. La lluvia seguía cayendo, el murmullo de las gotas salpicando era la mejor canción romántica de todos los tiempos, y por un instante me olvidé de todo lo que habíamos vivido. Volvíamos a ser Armand el vampiro que perseguía por distintas ciudades, de distintos países, al periodista que tuvo la oportunidad de entrevistar a un viejo amigo, compañero y amante.  

miércoles, 27 de abril de 2016

Yo sólo quería...

Lo mejor de todo lo que he leído de estas memorias es: No sé qué salió mal. 
¿No sabes? ¡Dios santo, Armand!

Lestat de Lioncourt 


La cocina era un desastre pero para mí aquel lugar lleno de mugre, de azulejos grasientos y electrodomésticos básicos, era un paraíso. La tecnología había avanzado considerablemente en las últimas décadas y yo había estado demasiado desconectado hasta el punto de haber caído en mi propio pozo de oscuridad, silencio y abandono. Observaba la tostadora como si fuera un artículo infernal porque me parecía asombroso que pudiese calentar rebanadas de pan, el cual podía durar semanas gracias a unos compuestos químicos que se les añadía en la producción, en menos de un minuto e incluso llegar a carbonizarlo. Sin embargo mi favorito era el microondas, la licuadora y la trituradora de carnes.

Daniel descansaba después de patearse la ciudad huyendo de sus propios temores, de sus amargos deseos e intentando sobrevivir de algún modo a la locura que caía sobre sus jóvenes hombros. Hacía algo más de un año que nos habíamos conocido y la persecución acabó en carrera para terminar en una convivencia extraña. Solía visitar su apartamento en pleno centro de San Francisco y merodeaba cada una de las calles aledañas.

La ciudad era atractiva y parecía brillar por ella misma. Me gustaba ir a los salones recreativos a mezclarme con muchachos de quince a dieciocho años que jugaban sin cesar casi toda la noche. Los videojuegos eran atractivos y tenían sonidos estridentes, así como nombres sugerentes y misiones que te hacían ser violento de forma legal. Pero lo que más me gustaba era mi compañero.

No había elegido a ese pobre periodista de vagabundos pensamientos racionales únicamente por haber conocido a Louis. Me había centrado en él porque tenía información de primera mano al ser periodista, él se movía como pez en el agua en zonas peligrosas buscando noticias de interés e informadores que diesen veracidad a los relatos que iban recorriendo la ciudad. Poseía contactos en la policía, ladrones de medio pelo, camareros de tugurios y otros empresarios destacados de la ciudad. No era un gran periodista, pero le gustaba retratar el caos urbano en sus sinceras descripciones.

Yo me esforzaba por ser algo más que una carga y por eso esa misma noche planeé ofrecerle un banquete. Pese a encontrar restos de comida china en la basura, unas latas de refresco y un cartón de leche abierto en la desértica nevera creí que debía alimentarlo. Mi madre siempre creyó que mi padre se había enamorado de su talento para la cocina más que en su fortaleza o belleza física. Siendo sinceros siempre pensé que se había enamorado de ella porque aguantaba mejor que él el alcohol.

Salí del apartamento y regresé cargado de varias bolsas de carne, vino para guisar y otros productos que encontré de oferta en el supermercado. Seguí las instrucciones de la pasta, los tomates fritos y la receta que venía en el libro de cocina que había adquirido minutos atrás. Pero yo soy un creativo así que empecé a echar productos que había agarrado de distintas zonas del supermercado y que tenían nombres llamativos, poderosos colores y aromas agradables. Algunos eran especias, otros líquidos de colores y diversas pastas dentífricas que creí que serían idóneas para cuidar sus dientes.

—¿Qué demonios estás haciendo?—dijo entrando en la cocina.

Había acabado por despertarlo quizá por el ruido o tal vez por el aroma de la deliciosa comida que estaba preparando. Se frotó el rostro con las manos, se colocó las gafas y me miró de arriba hacia abajo. Vestía unos jeans desgastados, una camisa con las mangas mal cortadas por unas tijeras casi oxidadas, un delantal blanco con pequeños fresones decorándolo y unas zapatillas de peluche con forma de gatitos púrpuras.

—He ido al supermercado y he comprado algo para que comieras bien...—dije girándome con la cuchara de madera en mi mano derecha, como si fuera una barita mágica—. También me he comprado estas cómodas zapatillas, ¿quieres probarlas?

—No—respondió mirando todo el desastre del fregadero, los numerosos platos sucios, el tomate salpicándolo todo por los borbotones, los envases en la basura y la pasta humeante en un escurridor de verduras—. ¿Qué coño estás preparando?

—Pasta con carne de ternera y tomate... ¡Tiene mi toque personal!—dije orgulloso.

—No pienso comerme esa mierda.

Nada más decir eso me sentí herido, rechazado y humillado. Había estado horas en la cocina para que él comprendiera que era todo para mí. No sólo era mi experimento humano, sino que yo le amaba.

—Pensé que te gustaría...—balbuceé a punto del llanto.

—¿Comer algo que tú has cocinado? ¡Ni loco! A saber qué mierda habrás echado—dijo rascándose el culo por dentro de la ropa interior.

Él estaba casi desnudo mostrando su cuerpo delgado con los huesos de sus costillas marcados, tanto como el de sus clavículas y rodillas. Siempre me pareció un chico muy enclenque en muchos sentidos. Yo sólo deseaba que ganara peso y fuerza.

—Estás hiriendo mis sentimientos...—susurré agarrando la cuchara de madera con ambas manos.

—Mierda, no—suspiró—. No te pongas a llorar y no me mires así.

—Yo sólo quería que vieras que te quiero...—rompí a llorar en silencio dejando que mis mejillas se mancharan por lágrimas sanguinolentas. Mi corazón se había desquebrajado en menos de unos minutos.

—¡Está bien! ¡Me comeré esa porquería!—contestó acercándose a mí para apartarme del fuego y poder servirse.

Cinco minutos después estaba vomitando aferrado al retrete y clamando que llamara a urgencias. Supongo que no fue buena idea usar limpiasuelos perfumado con lavanda para hervir los macarrones, que tampoco fue idóneo salpimentar la carne con polvos de talco y pasta de dientes, aunque creo que lo que le cayó realmente mal fue el tabasco y el wasabi del tomate frito. ¡Pero juro que todo olía bien! A día de hoy no sé bien en qué fallé.

—¡Llama a urgencias!—gritó molesto aunque su rostro estaba pálido. Tenía las venas del cuello muy marcadas y los ojos enrojecidos. Creo que ni siquiera veía bien porque cuando corrió al baño se tropezó y perdió sus gafas por alguna parte del salón.

—¡Urgencias! ¡Urgencias!—grité correteando por el pasillo.

—¡Al teléfono!—dijo aún más furioso antes de colocar de nuevo la cabeza en el borde del inodoro. Sus manos se aferraban a la frágil tapa de plástico y su espalda se encorvaba.

—¡Urgencias! ¡Urgencias!—inicié mi llamada garrando el teléfono inalámbrico mientras gritaba.

—¡Marcando el número!—respondió a mis gritos mientras se giraba mareado y sin fuerzas.

—¡Marcando el número de Urgencias!—dije con el aparato entre mis manos.

—Dame ese maldito teléfono... ¡Dámelo!—se incorporó temblequeando y me lo arrebató cayendo de bruces mientras marcaba el número.

Varios minutos después las sirenas viajaban por la avenida generando un estruendo terrible. Eran casi las dos de la mañana y muchos vecinos se asomaron curiosos. Yo bajé con él con su chaqueta sobre mis hombros y aún con mis cómodas y hogareñas zapatillas. No quería apartarme de él pero cuando entré en la ambulancia, para marcharnos al hospital, me miró como si quisiera asesinarme.

—¡Tú no me quieres a menos que me quieras muerto! ¡Maldito psicópata! ¡Cómo pudiste echarle esas porquerías a la comida!—decía mientras le inmovilizaban e iniciaban el viaje al centro hospitalario más cercano.

Creo que desde esa noche Daniel comenzó a odiarme y nunca he podido solucionar mis errores. Sin embargo sigo preguntándome qué pudo salir mal. Yo sólo quería que él se alimentara adecuadamente.



domingo, 9 de agosto de 2015

Conversaciones necesarias

Armand y Daniel deberían hablar largo y tendido a solas. 

Lestat de Lioncourt


Hoy ha ocurrido algo que todavía intento asimilar. Ha sido un suceso realmente extraño y extraordinario. Hacía varios años que no conversaba con Armand de la forma en la cual lo hemos hecho hoy. Desde hace algún tiempo todos estamos conectados. Hemos comprendido que no vale la pena despreciarnos, odiarnos y olvidarnos. Comprendo perfectamente los sentimientos encontrados de mi creador, así como sus necesidades de encontrar afecto inclusive en objetos inanimados. Codicia lo que otros tienen porque a él le han negado en infinidad de ocasiones un respeto puro, sin miedo u odio.

A primera hora me encontraba frente a mi vieja olivetti, pues reconozco que me es imposible concentrarme frente a un ordenador. Organizo mejor mis ideas frente a mi vieja amiga. Los ordenadores está bien para difundir información, pero amo lo clásico y acorde a mi época. Él apareció súbitamente emocionado, me estrechó y se subió a la mesa moviendo sus piernas. Parecía un adolescente caprichoso y feliz, para nada el ser siniestro que puede llegar a ser. No era el ángel de la iglesia, harapiento y sucio, que vio Lestat. Tampoco el líder que descubrió Louis. Ni siquiera era el niño moribundo que Marius tomó entre sus brazos. No. Jamás podrías creer que ese muchacho pudiese contener un alma antigua y siniestra. Su boca generosa, sus pómulos llenos y esos ojos profundos, aunque castaños, arrebatarían el aliento a cualquiera. El pecado hecho carne, supongo.

—Hola—dijo tras unos segundos de silencio—. ¿Qué haces?—preguntó husmeando con curiosidad mis documentos.

—Me dispongo a escribir sobre un tema que me resulta muy interesante. Quiero subirlo a la web en unas horas. Es el tema sobre la mitología que nos envuelve—respondí—. ¿Acaso necesitas algo?

—No. No necesito nada.

Me encuentro en su edificio en Nueva York. Marius ha decidido que debemos vivir cerca los unos de los otros. Lestat pidió que estuviésemos, los más cercanos a él, concentrados en pequeños grupos y dispuestos a llevar el peso de las decisiones que él tomaría de acuerdo al consejo principal. El consejo está basado, o formulado, en base a los más antiguos y también, por supuesto, a todos aquellos que conocen bien su forma de pensar. Aunque decir que conoces bien a Lestat es una utopía. Es demasiado impredecible nuestro “gobernante”. Digamos, que Lestat es una caja de sorpresas que no podemos controlar y tampoco debemos hacerlo.

—De acuerdo—. Decidí continuar con mi trabajo, pero sus ojos no se apartaban de mí. Por eso volví a realizar la misma pregunta una vez más—. ¿Necesitas algo?—pregunté apartando las manos de mi máquina de escribir, para colocarlas sobre las suyas.

Vestía muy informal. Sabía que había estado por los barrios bajos cazando alguna presa. Tenía las manos cálidas, igual que las mejillas algo ruborizadas. Llevaba puesto una camisa de cuadros negros y azul cielo, camiseta sin mangas blanca, unos tejanos deslavados claros algo sucios, unas deportivas Converse en el mismo tono de azul que la camisa y un colgante que me resultaba familiar.

—Armand, ¿ese colgante de madera fue mío?—pregunté estirando mi mano derecha hacia su cuello. Toqué el cordón de tela cola de razón y deslicé los dedos hasta la madera. Era una cruz de madera. Siempre la había llevado conmigo cuando era un adolescente. No creía en Dios, pero la encontré en la calle y decidí que la llevaría conmigo. Jamás pensé que me protegería, diese suerte o fuese algo importante. Pero, allí estaba. Esa cruz me trajo recuerdos y él pareció perdido en sus pensamientos, al igual que yo lo hice por unos instantes.

—Estaba entre tus pertenencias cuando decidió Marius cuidarte—explicó apartando mi mano con cuidado, para luego quitársela y tendérmela—. Ahora estás aquí. No tengo porqué llevarla para recordarme que el amor y los deseos tienen un alto precio—susurró. Tomó mis manos entre las suyas, dejó el colgante entre mis dedos y se bajó—. Vine porque deseaba verte. Quería ver con mis propios ojos que sigues siendo el mismo hombre que una vez fuiste. Ya no eres un ratón temeroso en un rincón de la habitación. Mi presencia no te resulta incómoda, al igual que yo no me siento abatido cuando te miro—rió como lo haría un niño y se bajó de la mesa—. He mentido muchas veces, sobre todo en lo que respecta a nosotros, y ahora no tengo porqué hacerlo. No hay motivos.


Los inmortales solemos mentirnos para poder superar los momentos más terribles, oscuros y dolorosos que vivimos día a día. Es una forma de afrontar lo que sufrimos. Algunos nos centramos en tareas mecánicas, como fue mi caso, y otros intentan engañarse con falsos testimonios, como es el caso de Armand, Louis o Marius. Tal vez debí impedir que se fuese de la habitación, pero permití que se marchara y buscara cierta paz lejos de mi presencia. Si bien, desde aquí, aclaro que no le odio, aunque es imposible que podamos vivir sin discutir. Aceptaría sus abrazos, aunque no del todo sus consejos. No suelo seguir los consejos de nadie, pese a que los escucho con cuidado y los tengo presentes a la hora de decidir qué hacer o qué sentir. Quizás medito demasiado las cosas... Sí, lo hago. La próxima vez no le permitiré salir de la habitación sin abrazarlo y darle las gracias por admitir que yo fui importante para él, del mismo modo que él lo fue para mí.  

jueves, 21 de mayo de 2015

Tú y yo

Armand y Daniel empiezan a tener la relación que no tenían. 


Lestat de Lioncourt 


La habitación era una amalgama de carteles de exitosas películas de Hollywood, había algunos libros sobre periodismo en una de las estanterías y una máquina de escribir en un pequeño rincón sobre una mesa que se sostenía a duras penas. Era un cuarto minúsculo, pero parecía tener cierto encanto. Las botellas de whisky vacías cerca de la cama, el cenicero a rebosar de colillas y la papelera llena de notas arrugadas daban una idea de la clase de persona que vivía allí. El desorden era su orden.

Permanecí allí de pie observando su cama revuelta, las sábanas arrugadas, las almohadas mal colocadas y la colcha cayendo por los pies. Su armario estaba cerrado con llave, pero sospechaba que no tenía más de unas camisas mal planchadas y unos jeans desgastados.

La cisterna del cuarto del inodoro estaba rota, pues se escuchaba un constante goteo, y la bombilla rota. En la penumbra había podido ver un espejo sucio, un par de maquinillas de afeitar sobre el lavabo y el bote de espuma de afeitar abierto. La bañera estaba oculta por las cortinas de baño, las cuales eran casi transparentes. No me interesaba demasiado ese lugar. Como tampoco me interesaba el pequeño armario del pasillo.

Era un apartamento pequeño que ni siquiera tenía cocina. Aunque, a decir verdad, Daniel no sabría siquiera encender alguno de los hornillos. Él era escritor y los escritores como él, columnistas en un periodicucho de nada, vivían de comida basura y restaurantes de mala muerte.

Él no estaba. Posiblemente estaba machacándose el hígado en algún tugurio. Había conseguido una historia única que me involucraba a mí y a otros tantos inmortales. Me había llamado la atención. Mi curiosidad se había despertado tras siglos aletargada. Deseaba conocer el mundo moderno a través a las gafas de pasta que él llevaba.

Recuerdo que me encontraba ilusionado cuando él estaba frente a mí. Quería a traerlo. Necesitaba que él comprendiera que sería importante para ambos. Mi amor por él crecía, pero yo le causaba ciertos estragos que no sabía calmar. Fue terrible. Ahora lo tengo frente a mí completamente sereno, moviendo un caballo sobre el perfecto tablero de ajedrez que he dispuesto entre nosotros y no puedo creer que ese hombre, delgaducho de ojos violetas, sea el vampiro que me mira sin miedo ni odio.


—Si gano tendremos que ir a ese local que tiene Benjamín—dijo riendo bajo hace unos minutos—. Si ganas tú saldré contigo a pasear donde tú desees.  

jueves, 25 de diciembre de 2014

Tiempo

Bueno, no todos se besan bajo el acebo. Si no me creen pregunten a Daniel. 

Lestat de Lioncourt


Las calles parecían vacías, el silencio era impenetrable, las pequeñas puertas tenían colgados sus adornos y las farolas iluminaban con sus luces pálidas algunos rincones. La vida parecía haberse detenido en un segundo exacto, como si el mundo contuviese el aliento, mientras en algún lugar el reloj marcaba un nuevo segundo crucial en la vida de todos. La nieve comenzó a caer sobre la ciudad, copo a poco, amontonándose en las aceras mientras la estampa puramente invernal conmovía a quien la observaba. Los grandes edificios parecían no inmutarse, las pequeñas construcciones se adornaban como en un cuento de Navidad y, posiblemente, un moderno Dickens escribía todo en su cuaderno para inspirarse segundo a segundo.

Sólo una maqueta.

Las calles estaban desiertas porque era una maqueta. Una maqueta perfecta. Unas manos blancas, casi marmóreas, daban su último toque añadiendo algunas luces festivas a un bar olvidado en una esquina. Sus ojos, casi violetas, se concentraban en cada milimétrico detalle. Quería reír, cantar y brincar ante aquella maravilla. Sin embargo, él solo guardaba silencio.

A sus espaldas un ángel de cabellos rojizos observaba todo. Parecía frágil, con un rostro de porcelana propio de una escultura delicada instalada en una fría iglesia. Sus labios eran pétalos de rosa pintados con maestría. Tenía un aspecto majestuoso, pero simple. Era un jovencito contemplando a un genio enloquecido por su propio talento. El suéter cálido tenía un cuello de cisne que cubría su garganta y le daba un aspecto delicado. Parecía un ángel.

Daniel vestía con una simple camiseta, desabotonada, y unos pantalones grises arrugados. No tenía zapatos. El pelo estaba revuelto y parecía cansado. Había estado creando esa maqueta durante semanas. Sin embargo, había terminado. La última nota de color había caído sobre la puerta. Un adorno común y corriente. Algo que le diera el toque final. Había creado una urbe en plena navidad.

—¿Qué quieres?—dijo áspero.

—Vine a verte, ¿no puedo?—preguntó Armand.

—Claro que sí, pero tus visitas no son comunes—explicó—. No sueles venir a contemplar mi ociosidad.

—¿Y qué quieres que contemple? ¿Los adornos del árbol?—inquirió.

—No estoy dispuesto a conversar—susurró incorporándose de la silla, para caminar unos tambaleantes pasos agotados y sigilosos, mientras le miraba—. Sólo quiero descansar.

—¿Desde cuando no bebes sangre?—preguntó ligeramente preocupado, aunque intentó ser discreto.

—¿Y a ti que te importa? Soy un experimento que te salió mal, ¿no es así? Mírate, ahí plantado como un ángel sacrificado—. Se maldijo internamente al encontrarse solo. Igual que maldijo a Marius. ¿Dónde estaba? Lo había dejado solo con ese lunático. No quería regresar a la Isla de la Noche ni quería sacrificarse por un estúpido.

Armand lo tomó de los hombros, apretando ligeramente estos, para dejar un beso suave en sus labios. En ese beso le ofreció su sangre e instintivamente bebió de él. Daniel se aferró al pequeño cuerpo que se presentaba como un regalo. Un mágico regalo del primer día de Navidad. Tal vez sí se amaban, pero de forma extraña. Tal vez sí había esperanza enterrada bajo la nieve.



martes, 21 de octubre de 2014

Desesperación

Daniel Molloy, ese periodista, aparece de nuevo para reportar su locura. No es locura, según vemos, es más bien una desesperación abrumadora. Pobre Daniel. 

Lestat de Lioncourt


Contemplaba los tejados de las pequeñas viviendas. Muchas de ellas parecían estar con la luz encendida desde el principio de los tiempos. Los árboles parecían no sucumbir al viento. Las calles parecían abandonadas, pero estaban pulcras. No se escuchaba ni un insecto en aquella ciudad. Nada cambiaba. De vez en cuando, con una habilidad pasmosa, se adhería una nueva vivienda. Las casas eran demasiado perfectas, el césped recién cortado y no muy lejos se derramaba la silueta oscura de la ciudad. Cada detalle, como los pequeños comercios, era algo siniestro. Todo estaba en su lugar, pero no había ruido. Tal vez, no había ruido porque aquella ciudad era una maqueta minúscula, con miles de detalles que se habían elaborado con paciencia y esfuerzo.

Daniel ni siquiera pestañeaba. Pintaba con cuidado una de las últimas farolas que pronto iluminarían, ligeramente, una de las zonas más transitadas. El semáforo que había logrado terminar hacia unas horas ya funcionaba con un pequeño cableado. No sólo hacía maquetas exactas, sino que además lograba añadirle cierto encanto con luces y pequeños sonidos. Por supuesto, aún quedaban semanas para decir que aquel gigantesco trabajo, tan reducido en unos cuantos metros cuadrados, estaba finalizado.

Hacía más de dos décadas perdía el hígado en los bares, con los labios húmedos por el whisky más barato, y sus dedos se movían inquietos sobre el papel. Mucho más de dos décadas. Ya eran más de tres. Y, sin embargo, nadie le había extrañado su desaparición. La escasa familia que tenía le daba por muerto, y, por supuesto, estaban celebrando desde hace tiempo el descanso de su alma. Los policías corruptos que perseguía con sus elocuentes preguntas, esas que le llevaron más de una vez a calabozo o a un callejón oscuro, estuvieron a punto de acabar con él, pero sobrevivió. Tenía que toparse con ese vampiro, dejarse cautivar por sus ojos verdes y aceptar todo lo que le decía como cierto. Fue un iluso. Pero, sin duda alguna, más de uno querría vérselas en esa emocionante aventura.

Ya se había olvidado del peso de su fina montura de pasta, del chaleco oscuro que tenía un bolsillo oculto para los cigarrillos, de sus zapatos desgastados de imitación a los mocasines italianos y del reloj de pulsera que había heredado de su padre. Todo lo había olvidado. No quedaba nada de esa silueta de joven de espíritu soñador, aquejado por la bebida y la mala suerte. Una pequeña rata escurridiza que se movía por la ciudad como si fuera un asesino. Olfateaba el aire, buscaba la noticia, pero sólo tenía desengaños. En esos momentos, frente a la maqueta, todo le parecía lejano y falso.

Barrios residenciales en miniatura, gigantescos colosos del hormigón reducido a unos centímetros, hermosos parques abarrotados de árboles y columpios, una licorería, varios pequeños supermercados, un centro juvenil, pistas de baloncesto, una boca de metro y más detalles cotidianos como paradas de autobús, aparcamientos o un taxi cruzando una avenida cerca de una iglesia. Una de tantas ciudades que había visto. Después de haber escrito el libro hizo su propio peregrinaje. Deseó ir a New Orleans desde San Francisco y tardó semanas. A veces no podía conducir. En ocasiones, no podía siquiera levantarse de la cama. Todo lo que había sucedido lo torturaba. Y luego estaba él, el vampiro que había aparecido en su camino surgiendo de la nada. Armand.

El ruido de una puerta abriéndose, la del ascensor, lo sacó de su ensimismamiento. Sus ojos violetas recorrieron las baldosas que daban a la entrada. Cuando el pomo se giró, tras un pequeño sonido de llaves, la puerta cedió y vio entrar a su mayor verdugo. Él estaba allí, como una encantadora camisa de algodón blanco, y unos pantalones jeans negros. Llevaba las típicas converses que cualquier muchacho llevaría hoy en día. Su cabello estaba recién cortado, pero su aspecto era el de siempre. Parecía un ángel. Ese maldito demonio era un ángel.


Cuando ambos cruzaron la mirada sintió un escalofrío. Decidió regresar a su labor y él tomó la decisión de sentarse a observar. No había cambios en su actitud. No quería hablar con él. Realmente, Daniel, hacía mucho tiempo que no deseaba saber nada de ningún otro inmortal. Sólo quería olvidar. Deseaba desterrar sus pesadillas y el griterío que aún existía en su cabeza.  

jueves, 2 de octubre de 2014

Esperanza

Armand no desfallece en sus intentos, ¿eh? Yo desistiría. Pero claro, yo no soy él.

Lestat de Lioncourt 


Se hallaba frente al televisor de plasma, en el cual se proyectaba su imagen recitando poesía con gran entrega. Armand contemplaba sus facciones con una ligera sonrisa de satisfacción. Había mejorado. Se sentía capaz de recitar esos poemas con elegancia en cualquier fiesta, aunque era ajeno a la multitud y últimamente sólo se centraba en diversos asuntos financieros. La soledad le hacía desear tener una voz amiga, una voz que le recordara el motivo de su sufrimiento y la fortaleza que éste le había dado. Tenía sus enormes ojos castaños clavados en la imagen de su persona, una silueta menuda de cintura estrecha. Deseaba acariciar sus mejillas, hundir sus dedos en la carne y sentir que estaba vivo. Sólo era una imagen. Una simple grabación.

Los edificios resplandecían a sus espaldas. Toda la Isla de la Noche parecía rendir tributo a las estrellas. Los casinos, teatros, elegantes boutiques, cines y bares de moda estaban abarrotados. La noche era sin duda muy llamativa. Podía verse como una joya que resplandece con un efecto deslumbrante en el cuello de una mujer, muy cerca de su prominente escote.

Escuchó el ascensor mucho antes que este se deslizara hasta su planta. Sabía quien estaba dentro. No se movió de su asiento de orejas y permitió que entrara desafiante en la sala, aunque con la misma mirada de niño perdido. ¿No era él Peter Pan en ese lugar? Un niño que nunca crecería rodeado de jóvenes como él, como Daniel, que siempre estaría perdido.

—¿Por qué?—dijo arrastrando las palabras.

—¿Qué cosa?—murmuró sin siquiera mirarle.

—¡Has tirado mis maquetas!—se aproximó a él para abalanzarse sobre su menuda figura. Las grandes, aunque finas, manos de Daniel lo agarraron de la camisa arrugándola—. ¡Qué has hecho!

—Las he enviado a un pequeño museo en la planta inferior y he pedido que te envíen nuevos materiales—una sonrisa de expresión amable le dio un toque encantador a su rostro de ángel.

—¿Por qué?—preguntó titubeante, como si estuviese delirando. Tenía los ojos hundidos, posiblemente de no beber sangre en días, y sus manos temblaban. Su aspecto era nefasto. Aunque, para ser sinceros, era mucho mejor que cuando era un simple mortal. Para Armand esa decadencia tenía un toque erótico—. ¡Por qué no avisas! ¡Por qué nunca me dices nada! ¡Vienes a mí con preguntas retorcidas y te sientas en mis rodillas! ¡Pero nunca me dijiste de tus planes! ¡Por qué!

—Porque te amo—aquellas palabras aplastaron la ira de Daniel, aunque sólo momentáneamente—. Y no entiendo que tiene de retorcido preguntarte si me amas. ¿Eso es retorcido?

—¡Tú no me amas! ¡Nunca lo hiciste!—espetó saliendo de la habitación.

Iba descalzo, con la camisa blanca de algodón abierta, sus pantalones tejanos estaban sucios de pintura y pegamento y su pelo era indomable. Era la viva imagen de la locura. Sin embargo, Armand sólo se fijó en sus palabras, las cuales le hirieron profundamente. Claro que le amaba, por supuesto. Había dicho que no en sus memorias, pero siempre demostraba lo contrario. Amaba a ese imbécil que acababa de llamarlo prácticamente monstruo.

—Yo sólo quería hacer algo bien... algo bueno... por amor... —susurró deseando que Benji y Sybelle hubiesen viajado con él, pero en ésta ocasión decidió hacerlo solo. No debió hacerlo.


Se hundió en el sillón y se echó a llorar manchando su camisa de seda blanca, así como el forro del asiento. Lloró amargamente durante horas. Daniel nunca le daría su amor, Marius le apartaba continuamente y se sentía perdido. Era un náufrago cargando tristeza en una isla llena de placeres.

domingo, 21 de septiembre de 2014

Seducción mortal

Y aquí, niños y niñas, tenemos a un periodista medio loco y a su torturador. ¡Quiero decir! Daniel y Armand. Con todos ustedes la persecución de bar más extraña. 

Lestat de Lioncourt 


El cigarrillo se consumía lentamente en el cenicero. Sus ojos, cansados y desganados, observaban como la colilla caía gris casi negra. Se preguntó por un momento cuándo empezó a fumar, pero lo había olvidado. Igual que había olvidado ya los motivos por los cuales ser periodista. El honor ya no existía. No había orgullo. Todo se reducía a una caza silenciosa. Su vida se había convertido en un salón lleno de almas, todas cubiertas por palabras pintadas con tinta fresca, que le observaban distraidamente mientras él las elegía. Era un asesino con la pluma, pues al elegir a uno de ellos y sacarle toda su vida, derramándola en cintas de cassette y libretas, se convertía en un monstruo. Se alimentaba de ellos. El poder de la información y el deseo era suyo, aunque era un poder muy limitado.

La nicotina no funcionaba hoy, tampoco el whisky. Nada iba bien. Tenía un montón de cintas con una buena historia, la mejor de su vida, en la guantera. Su editor había dicho que la haría público en cuanto la tuviera transcrita. Se haría rico y famoso. Tendría todo lo que quisiera. Las chicas no volverían a dejarlo de lado, podría ir a Las Vegas y correrse la fiesta que siempre ha deseado, incluso podría pagar al casero todo lo que le debía y comer en un buen restaurante sin esperar a que no escupieran en la comida. Pero no era suficiente.

Él estaba ahí. A pocos pasos. Sabía que lo estaba mirando. El vello de su nuca se levantaba y eso era mala señal. Pronto lo tendría a su lado, seduciéndolo con esa sonrisa cándida y unos cojos castaños tan profundos como su ponzoñosa alma. No comprendía que sucedía con él. Detestaba su presencia, era horrible porque rezumaba muerte, pero a la vez se sentía atraído y quería poner sus manos temblorosas en él.

—Ponle otra a mi amigo—dijo dándose impulso para subir al taburete.

—Niño, no es sitio para estar aquí—comentó la camarera—. No somos niñeras—masticaba chicle con la boca abierta, olía a fresas, pero su colonia de canela estaba mezclada con tabaco y cerveza. Sus labios eran carnosos y rojos, su minifalda muy estrecha y su escote exagerado. El sonido de sus tacones era algo que le taladraba el cerebro, aunque la música estaba ligeramente alta—. ¿Viene contigo este mocoso? No aceptamos menores, nos pueden cerrar.

—No es un niño, es un monstruo—chistó.

—¿Así me tratas Daniel?—susurró divertido, pues se notaba en su expresión cándida. Pestañeó lentamente y meneó suave su cabeza—. Quiero invitarte a un whisky de mejor calidad, algo que te ayude a olvidar—su voz era ligeramente femenina, por su timbre, pero sin duda era la de un hombre. Su aspecto caminaba entre su lado adulto y una frescura salvaje. Algunos hombres lo miraban con cierto deseo, ya que era carne nueva y algunos no miraban que tenían entre las piernas. Esa boca ligeramente abierta, de labios sensuales, apetecía. Incluso a él le estaba apeteciendo. Llevaba ropa vulgar. Una camisa negra abierta, otra sin mangas debajo de color blanco y de algodón, unos jeans desgastados y unas deportivas converse con uno de los cordones sueltos. Era el disfraz perfecto—. Daniel Molloy, periodista—dijo sacando una tarjeta de su bolsillo—. Me gusta que eligieras este papel, es muy suave.

—¿Quién te la dio? Porque yo no he sido—se la arrebató frente a la chica y la miró a los ojos—. No viene conmigo, me sigue que es distinto. Este mocoso no es más que un monstruo. Lo que tiene aquí delante sólo es ficción. Es un disfraz.

—Pues es un disfraz muy logrado—contestó ella mirándolo de arriba hacia abajo.

—Ponle un whisky—señaló una botella. Uno de esos whiskys que casi ni se vendían. Eran de las botellas caras, de esas que daba hasta lástima abrir—.Yo no beberé, pero puedo invitar—comentó colocando sus pequeñas y finas manos sobre la barra.

—No deberías seguirme—dijo tomando lo que restaba del cigarro, tirando la colilla en el cenicero y llevando la húmeda boquilla a sus labios. Dio una calada y apagó el cigarro, lo miró a los ojos y soltó el humo por la nariz—. Necesito paz.

—Te veo desmejorado, aunque esa chaqueta de cuero me gusta—se apoyó bien en la barra quedando girado hacia él. Sus pies no rozaban el suelo. ¿Cuánto podía medir? ¿Un metro setenta quizás? Algo así. Molloy le rebasaba en altura, pero no en fuerza. Si intentaba empujarlo terminaría con los brazos rotos—. Tienes un aire muy bucólico.

—¿Bucólico?—se echó a reír escuchando como el vaso se colocaba frente a él, aunque ni lo miró—. Llevo dos días sin poder dormir, la ropa la he lavado mal en una de las lavanderías de por aquí y ni siquiera la he planchado. Mira mis jeans, están rotos. Tengo el pelo revuelto y los ojos ojerosos. ¿Bucólico? Soy un desastre. Deja de halagarme.

—A mí me gustas así—sonrió como lo haría una mujer. Esa seducción peligrosa y tentadora que te llama, sugiriéndote más.

—¿Qué buscas?—dijo al fin tomando el vaso con su mano izquierda, apoyado en la barra de costado y con sus ojos, casi violetas, clavados en aquel aparente muchacho. El vampiro sonreía, seducía y se dejaba ver. Él no lo comprendía.

—A ti—respondió.

Daniel soltó el vaso y sintió un súbito mareo. Se levantó a duras penas del taburete y tambaleando se marchó al baño. Un ataque de pánico en toda regla. Tomaba conciencia que podía morir. Aquel vampiro le seguía y parecía jugar. ¿Los vampiros juegan con la comida? Tal vez ese sí.

El baño apestaba a orines. No esperaba nada bueno de un lugar donde la limpieza de la barra brillaba por su ausencia. Era un tugurio, como cualquier otro, en un mal barrio y con una pésima iluminación. Si había entrado era porque su coche se quedó sin gasolina, necesitaba una copa y alejarse de las cintas. Todo le daba nauseas. Incluso su propio reflejo le arrancaba arcadas. La puerta se cerró y quedó frente a los urinarios, el espejo sucio le mostraba su rostro pálido y su barba algo crecida por días sin afeitarse, sus zapatos parecían tropezar con todo y terminó apoyado contra una de las puertas de los inodoros. Quería huir. Deseaba ir a casa. Pero él hacia mucho tiempo, desde que tuvo la suficiente edad para montarse tras un volante, dejó de tener un sitio fijo donde vivir.

La puerta se abrió de improviso. El sonido de sus pequeños pies sonaron sobre las sucias y pringosas baldosas. Sus ojos chocaron con los suyos y notó su diversión. El sonido de la puerta cerrándose otra vez se camufló con las pisadas, el sonido de la tela crujiendo y sus manos se apretaron en puño golpeando la puerta. Quería gritar y no podía.

—Daniel—su nombre otra vez en esos labios—. Daniel—labios insistentes y mortíferos.

—¡Qué!—empezaba a sentir dolor de cabeza y ya no veía bien. El hedor era insoportable, su cuerpo tiritaba y pronto fue arrastrado hacia los lavabos.

Quedó apoyado en éstos, con la espalda pegada a los espejos, y las manos de aquel ser recorriéndole el rostro. Tenía las manos frías, igual que fría era la muerte, pero aún más fríos eran sus labios. Cuando lo besó no pudo dar crédito. Él cedió casi al instante. Era la primera vez que besaba a un hombre, aunque ¿podía considerarse esa criatura un varón? Parecía más bien una muchacha, pero con otro empaque. Era un ser siniestro y poderosamente seductor.

—Me he enamorado de ti—dijo con sencillez.

—¿De mí?—balbuceó.

—De ti.

Sus manos se movieron rápidas y bajó la cremallera. Pronto surgió su miembro de entre sus pantalones y ropa interior. Él se quedó paralizado por unos segundos y cuando recobró el aliento, así como un breve segundo de cordura, notó el aliento frío del vampiro. Su lengua se deslizaba por su glande y pronto sus labios apretaron ligeramente el resto de su longitud. Tenía los ojos entrecerrados, la camisa mal abrochada y el pelo revuelto. Era la viva imagen de un moribundo sintiendo las caricias de un ángel. Los ojos de aquella bestia brillaban de lujuria y sus dedos, largos y finos, apretaban sus caderas. Daniel estaba siendo tentado y la perdición era deliciosa.

—¿Qué demonios haces?—balbuceó aún mareado.

La excitación le hacía sudar, aunque ya sudaba. Parecía febril, como si hubiese contraído el dengue, y sentía la boca pastosa. El sabor del whisky y la nicotina se mezclaba. Estaba perdiendo el juicio. Sus manos se pegaron a sus sedosos cabellos que parecían fuego, sobre todo bajo la ligera luz ambiental que parpadeaba. Jadeaba, gemía y buscaba auxilio para su condenación. Su alma quedaría marcada, lo sabía. Aquella boca era demasiado seductora y parecía saber como tocar. ¡Esa maldita lengua! Estaba por perder todo en lo que creía, incluso en el miedo que lo mantenía alerta y concentrado en sus pequeñas divagaciones.

«Es sólo un truco, no caigas en él. No aceptes la seducción. Es un demonio. Un demonio. Deja que se vaya. Olvídalo. Huye mientras tengas fuerzas. ¿Tienes fuerzas Daniel? Yo creo que aún te quedan. Sé valiente.» Su mente era una olla a presión. Su mundo se desvanecía. Tenía una poderosa erección y sus caderas se movían sigilosamente. Terminó por levantarse y doblegar al ser que lo seducía. Fue sencillo, pues sólo tuvo que besarlo y pegarlo contra los lavabos. Bajó sus pantalones, buscó su blanco trasero y entró furioso. No había huido, no hizo caso a su cerebro racional. Sólo actuó. Sexo, sexo y más sexo. El movimiento de su pelvis. El placer exacerbado. La confusión dio paso a la lujuria y la lujuria a la necesidad.

—Daniel—dijo su nombre girando su rostro, con el lado izquierdo apoyado en la puerta, y con unos ojos que parecían los de un demonio. Seducía y calentaba. Veía el fuego quemándole.

La puerta se abrió. Un hombre corpulento quedó en el marco de la puerta, observando el espectáculo, y a pesar de su sofoco, como de sus fiebres, pudo ver en su expresión cierta gula. Armand no parecía una mujer, tampoco una niña y ni mucho menos un hombre. Era un ángel. Un ángel que se lamía los labios incitando incluso a ese borracho.

—Yo te puedo dar mejor—esa voz lóbrega, áspera y sucia le molestó. Era un tono lascivo demasiado recurrente en un hombre que solía tratar con putas, pues ninguna mujer en su sano juicio besaría esos labios mugrientos de dientes amarillos.

—Daniel—emitió un gemido lastimero y apretó el miembro de su interior—. Daniel...

—¡Largo!—gritó furibundo.

Daniel se apartó de su víctima, porque el vampiro había llegado a ser su víctima y no su cazador, para empujar al borracho y atrancar la puerta como buenamente pudo. Después, tambaleante, se acercó a él y ofreciéndole un beso rudo. Armand se abrazó a él lamiendo sus labios, cortando ligeramente su lengua y hundiéndola en la boca del reportero. Aquello le calentó mucho más. Era un elixir perverso. Sus manos palparon la estrecha cintura del pelirrojo y lo empujó contra la puerta de entrada, se hundió entre sus redondos glúteos y eyaculó.

Cuando acabó estuvo a punto de caer, pero Armand lo retuvo. Estaba febril y tuvo miedo, pero el calor que ahora tenía no era por el pánico, no era sudor por el miedo que le había provocado, sino por el placer que había liberado al fin. Rápidamente se vistió y colocó bien la ropa del muchacho, para salir de allí arrastrándolo. Dejó en la barra un par de billetes, lo sacó por la puerta y lo empujó dentro del coche.

—¿Te quedarás conmigo?—preguntó bajando ligeramente sus gafas—. Me necesitas...

—Tú me necesitas—respondió—. Soy la conexión a la nueva era de la tecnología.

—Daniel, me necesitas—repitió tomándolo del rostro—. Me amas, aunque no lo quieres aceptar. Serás mi amante mortal—decía besándolo ligeramente de forma tierna en las mejillas—.Te daré todo lo que me pidas.

—Tu sangre—musitó.

—Todo menos eso—dijo apoyando su cuerpo pequeño contra el suyo. Su semblante se entristeció. Había logrado tenerlo para él, retener unos minutos casi mágicos en un sucio retrete.


Tenía miedo. Ambos tenían miedo. Armand temía perderlo y él temía morir. El miedo los unió durante un tiempo, pero finalmente los actos más románticos pueden acabar con todo. Pero aquella noche, dentro de aquel tugurio y después en aquel coche, todo parecía ajeno. Un sueño. ¿Eso podía ser posible? Para Daniel sí. Estaba comenzando a quedar perturbado e inconsciente de todo.  

jueves, 14 de agosto de 2014

En voz baja

Un nuevo escrito de Armand. Parece que está de humor para escribir, así que dejemos que sus traumas vengan a nosotros.

Lestat de Lioncourt 


Si bastase una sola palabra para que comprendieras mi sufrimiento, o simplemente sintieras todo lo que albergo en mi pecho, la gritaría tan fuerte que haría estallar todos los cristales del apartamento, explotarían las bombillas, también los espejos y los viejos cristales de tus gafas. Haría que todo explotara, incluso el microondas. Rompería las barreras que nos dividen como si fuesen paradógicamente todo lo que nos rodea.

Una vez pedí que fueran mi Dios, mi salvación, que me tuvieran como la ofrenda a un ente superior que me cuidaría y resguardaría incluso de sí mismo. Lo hice. Pedí con fuerzas, o más bien rogué con toda mi alma, que así sucediese. Sin embargo, nada ocurrió. No se obró milagro. Caí como cualquiera en una red de dulces mentiras, preferí los hilos de seda que aquel maestro de frías manos de mármol me ofreciera y me dejé hundir por la pomposa vida que me rodeaba. Pero no me amó lo suficiente. No tuvo el arrojo necesario, ni la hombría mínima, para rescatarme del dolor, limpiar de nuevo mis lágrimas y lamer todas mis heridas. Él me abandonó, como lo has hecho tú. Has abandonado éste mundo y aún así tengo que observarte.

He mentido tantas veces sobre porque te mantengo vivo, yo un ser despreciable que arrojaba a los que eran como tú al fuego. Sí, no he podido destruirte. Eres mi única obra maestra. Fue un terrible pecado el creer que podía ser feliz contigo, que jamás te cerrarías a mí y que siendo bondadoso con tus caprichos conseguiría tu corazón. Pero hice que tus manos se alejaran de mis mejillas, para comenzar a construir casas como si fuese lo único que te ata a éste mundo.


Me he sentado sobre tus rodillas, cuando has terminado esa gigantesca ciudad llena de rascacielos imposibles. He visto que era Barcelona. Recuerdo cuando te perseguí por sus calles, incluso bajo éstas por el metro, y te detuve en uno de los vagones para besar tus labios. No te sorprendió, pero sí te alarmó sentir mis colmillos. Nos habíamos encontrado mil veces, no era fruto de las coincidencias. Insistía en tenerte a mi lado, en mantenerte conmigo. Nunca pude superar esa necesidad de acariciar la piel de tu cuello, deslizando mis dedos por tu nuca y perderme por completo, como si fuera un niño en un jardín, en esos enormes ojos violetas que posees. Y lo he estado haciendo toda la noche, ¿no es así? Tocar tu cuello, deslizando mis dedos por tu nuca y luego palpar, como quien toca algo extremadamente delicado, tus párpados lisos y pestañas espesas. Hoy, como cada noche que te visito, cortaré mi lengua y te besaré. Sólo de ese modo reaccionas a veces, me rodeas como si fueras a dejarme sin una gota y apartas tu rostro consternado. Vienes al mundo, me ves siendo tu diablo con rostro de ángel, y prácticamente me apartas para huir lejos de todo, incluso de ti mismo. Permite que aún no lo haga, que pueda tocarte y decirme a mí mismo que no te irás, que tú serás mi Dios.  

sábado, 2 de agosto de 2014

El ángel, el monstruo, Dios y el Diablo.

El siguiente fragmento de texto que está a vuestra disposición pertenece a Daniel Molloy. Daniel ha decidido dejar claro su tortura... nunca había hablado de ello con tanta pasión y certeza. 

Lestat de Lioncourt 


Puedo escuchar sus voces surgiendo de cada esquina. Es como si hablaran para mí, en murmullos desconcertantes y voraces de silencio. He aprendido a caminar por las calles con los ojos inquietos, la cabeza gacha y los hombros encogidos. Puedo notar sus caricias rozando mis mejillas, tirando de mi camisa y colándose por mis bolsillos. Llenan cada trozo de mí, alertan a mis miedos más profundos y cantan plegarias a los demonios que habitan en mi cabeza. Ellos me están volviendo loco. Soy un monstruo y me ruegan ayuda. Noto el aliento de sus bocas en mi nuca, sus tortuosos ojos clavados en mí como si fuera el salvador de toda la humanidad y percibo sus manos blancas moviéndose en cada callejón. Son las atormentadas almas de toda la ciudad, una ciudad que parece no dormir jamás debido a su esplendor nocturno.

Y luego está él. Siempre está él. Él me observa con ese rostro perfecto que parece una máscara. Sonríe con una inocencia falsa y me abraza con sus delicados brazos de mármol. Él, que siempre estará mezclado conmigo en cada partícula, me susurra palabras de amor que ya no creo. Sus besos son ardientes, pero para mí es Judas con las ropas de un ángel.

Mis viejas libretas cargadas de noticias que ya no interesan, con frases ingeniosas que se niegan a surgir de las sombras azules de mi bolígrafo barato y algún garabato de mis sueños más desquiciados. Aún la conservo. La tomo entre mis manos y paso las hojas con mis temblorosos dedos. Puedo acariciar el trazo de mi letra, reconocerme en cada línea y aspirar aún la nicotina adherida a ellas. La máquina de escribir sigue en un lugar privilegiado, aunque ya no dicta columnas periodísticas sino sueños extraños que me persiguen sin compasión. Para liberarme tengo mis hermosas casitas. Ciudades llenas de pecado, humo de tabaco, espectáculos dantescos y contaminación. El reflejo del pecado, de los más bajos placeres, y del cielo lejos de las iglesias donde se condenan a los pecadores más pobres. Allí reúno a todos los que cantan en mi cabeza, me observan convertidos en pequeños muñecos que puedo pulverizar como si fuese Dios mismo.


Pero él. Él me pregunta el sentido de todo y no respondo. Se sienta a mi lado tomando mis manos, limpiando la pintura de éstas y hablándome de cosas que ya no me interesan. Lee para mí periódicos, me pone la radio que es sólo un murmullo comparado con las voces de nuestro alrededor y me mira con una compasión que no sé si merezco. Odio cuando me toca el cabello, deslizando sus finos dedos, para luego palpar mis labios como si estuvieran tallados en hielo o mármol delicado. Habla de amor y esperanza, él que me quitó la cordura y me entregó un preciado regalo que ya no quiero, ¿cómo se puede ser tan cínico? Después le dice a todos que ya no siente nada por mí, le habla a todos de mi locura, pero no es capaz de confesar que llora abrazado a mí y ruega porque regrese. ¿Regresar? Siempre he estado aquí, no me he movido, porque las cadenas son demasiado pesadas. Ya no sé que es la libertad y no sé si la quiero. Sólo deseo que se callen, que exista silencio en mis noches y en cada uno de mis días.  

viernes, 11 de julio de 2014

Sí tú me quisieras...

Armand lanzó un texto desesperado a la nada y yo lo he atrapado para ustedes.

Lestat de Lioncourt


Aún intento comprender cuál es el motivo de éste sufrimiento, el cual bombea al ritmo de tus palabras decadentes y tus ojos violáceos cargados de frialdad. Llevo rogando el milagro de tu amor desde que nos conocimos. Nunca me quisiste como yo te quiero y me convertí en una marioneta en tus manos. Sin embargo, sigo implorando las migajas que jamás me quisiste dar. Ni siquiera sé si eres capaz de amar a alguien más allá de ti mismo, tus propias necesidades y esas malditas maquetas que me hacen tener celos porque las tocas y contemplas con pasión. Sí, aún lo intento. Todavía codicio tu frío calor.

Hoy me he armado de valor y he terminado a tu lado abrazándote, en una cama de frías sábanas de algodón blanco bien almidonadas y con la ropa manchada por mis propias lágrimas. Podía ver tus cabellos rubios rozando la almohada y mi nariz, parecían haber perdido su color debido a la penumbra que reina en la habitación. Te abrazaba por la espalda, con mis delgados brazos bajo tus axilas. Sabía que seguías despierto, pero no decías nada; ni una palabra ni para bien ni para mal.

Me pregunto cuán perturbado debes de encontrarte. Dije mil veces que antes prefería la muerte que verte morir, pero aún más que pensar que podrías quedar así. Te quiero tanto que he perdido por completo la razón. Busco motivos para olvidarme por completo de ti, deshacerme de tu presencia tan dolorosa, pero regreso implorando un milagro de tus labios. No he amado a nadie tanto como a ti, salvo a Marius. Los dos me condenáis al olvido y los silenciosos reproches. Confieso que me he portado mal, pero también admito que no puedo dejar de amarte.

—Armand, apártate. Me das calor.

—¿No me puedo quedar un poco más?

Silencio. Rico y doloroso silencio. El aroma de tu cuerpo contra el mío, mi nariz hundida en el hueco de tu cuello y mis dedos acariciando tu vientre por debajo de la camisa. Sí, silencio.

—Me das calor.

—Pero...

—Aparta, o te empujaré contra los cristales y saldrás despedido hacia el pavimento.


Dolor. Dolor por tener que obedecer tus caprichos, como si fuera el mago de la lámpara. Acatando cada orden con una lágrima.Aún intento comprender cuál es el motivo de éste sufrimiento, el cual bombea al ritmo de tus palabras decadentes y tus ojos violáceos cargados de frialdad. Llevo rogando el milagro de tu amor desde que nos conocimos. Nunca me quisiste como yo te quiero y me convertí en una marioneta en tus manos. Sin embargo, sigo implorando las migajas que jamás me quisiste dar. Ni siquiera sé si eres capaz de amar a alguien más allá de ti mismo, tus propias necesidades y esas malditas maquetas que me hacen tener celos porque las tocas y contemplas con pasión. Sí, aún lo intento. Todavía codicio tu frío calor.

Hoy me he armado de valor y he terminado a tu lado abrazándote, en una cama de frías sábanas de algodón blanco bien almidonadas y con la ropa manchada por mis propias lágrimas. Podía ver tus cabellos rubios rozando la almohada y mi nariz, parecían haber perdido su color debido a la penumbra que reina en la habitación. Te abrazaba por la espalda, con mis delgados brazos bajo tus axilas. Sabía que seguías despierto, pero no decías nada; ni una palabra ni para bien ni para mal.

Me pregunto cuán perturbado debes de encontrarte. Dije mil veces que antes prefería la muerte que verte morir, pero aún más que pensar que podrías quedar así. Te quiero tanto que he perdido por completo la razón. Busco motivos para olvidarme por completo de ti, deshacerme de tu presencia tan dolorosa, pero regreso implorando un milagro de tus labios. No he amado a nadie tanto como a ti, salvo a Marius. Los dos me condenáis al olvido y los silenciosos reproches. Confieso que me he portado mal, pero también admito que no puedo dejar de amarte.

—Armand, apártate. Me das calor.

—¿No me puedo quedar un poco más?

Silencio. Rico y doloroso silencio. El aroma de tu cuerpo contra el mío, mi nariz hundida en el hueco de tu cuello y mis dedos acariciando tu vientre por debajo de la camisa. Sí, silencio.

—Me das calor.

—Pero...

—Aparta, o te empujaré contra los cristales y saldrás despedido hacia el pavimento.

Dolor. Dolor por tener que obedecer tus caprichos, como si fuera el mago de la lámpara. Acatando cada orden con una lágrima.  

martes, 1 de julio de 2014

Él

El siguiente escrito está realizado por Daniel Molloy y es un encuentro extraño que tuvo poco después de conocer a Louis.

Lestat de Lioncourt


Tecleaba compulsivamente perdiéndome en la historia que debía narrar. Aquello era una locura. Jamás pensé que una simple noche cambiara tanto mi vida. Lo que tenía en aquellas cintas era un magnífico tesoro, por eso me aferraba a él como si fuera un clavo ardiendo, el cual me salvara de ir al purgatorio, y mis pies rozaran las ascuas del infierno.

Durante toda mi vida había creído en cosas que podía demostrar con facilidad. Mi mundo consistía en la practicidad de una información, su veracidad e interés en el público. Sin embargo, con quienes me topaba era con fracasados, antiguos genios desechados por la sociedad y alcohólicos. Aquello no tenía mucho interés para mi público, aunque algunos lectores tenía. De hecho, no llego a tener lectores y me hubiesen puesto de patitas en la calle.

El humo del cigarrillo se consumía. Era una marca específica que me caracterizaba y que su sabor, como su aroma, me alejaban de la realidad durante unos instantes de placer. Tenía un vaso de whisky, con dos hielos que se derretían, a pocos centímetros de la máquina olivetti que pulsaba con desesperación.

Entonces sentí algo que me alarmó. Después de aquella historia, de percibir el aliento del vampiro en mi cuello y de como mi corazón latió de tal modo que parecía tambores en medio de una jungla, notar como alguien te observa, sin perder detalle, te intranquiliza. Me volteé rápidamente y lo vi.

Sobre mi cama, sentado de forma elegante con las piernas cruzadas, había un muchacho. Sus cabellos eran rojizos, pero tenía reflejos castaños. No era un pelirrojo demasiado llamativo, pero sí era un color que destacaba su rostro algo pálido. Tenía las mejillas algo sonrojadas, algunas pecas y ojos color café con destellos miel. Poseía una fragancia muy agradable que se topó conmigo golpeando mi nariz. Sopesé que no debía llevar mucho tiempo allí, pues esa colonia hubiese penetrado junto al olor del tabaco y no lo hizo. Sus pantalones eran unos tejanos desgastados, con barro en el filo del dobladillo, y que hacían destacar sus zapatos deportivos blancos, también algo sucios de fango. Llevaba una camiseta blanca y una camisa celeste abierta, con las mangas remangadas y el cuello almidonado. No era un chico común y lo supe en cuanto sonrió.

—¿Quién carajos eres?—pregunté con voz temblorosa.

—Ah, pues... nadie en particular—comentó—. ¿Cuándo publicarás la historia de Louis?—su acento me hizo sospechar. Podía ser de cualquier parte, pero tenía cierta influencia rusa e italiana; también había algo de francés.

—Louis...

—Sí, Louis—dijo alzando sus perfectas cejas—. Muero, aunque no es el término exacto, por saber toda su historia. Ya que hay cosas que siempre se guarda para sí—inclinó suavemente hacia la izquierda su cabeza y asintió lentamente un par de veces—. Sí, Louis, siempre será así.

—¡Quién eres! ¡Qué eres!—exclamé llevándome las manos a la cabeza.

—Tengo tantos nombres... ¿me pones uno nuevo o simplemente te lo digo?—explicó sacándome de quicio. Necesitaba saber que no estaba alucinando.

—Tranquilo, no estás alucinando. Hoy no has tomado tus opiáceos, calma—se echó a reír y se puso de pie.

Era mucho más bajito que yo, tenía andares elegantes y sobre todo parecía un gato merodeando su nueva vivienda. Inspeccionaba todo como si meditase quedarse o marcharse. Incluso olisqueó las cortinas de forma disimulada.

—Fumas mucho...

—¡Y a ti qué te importa! ¡Dime tu jodido nombre!—estaba histérico y él tan tranquilo que aquello era absurdo, o al menos me lo parecía.

Se colocó erguido, se giró completamente hacia mí y estiró su brazo derecho para tocar con la punta de sus dedos la montura de mis gafas. Sonrió maravillado, como si yo fuese un espécimen único y él un científico chiflado. Y a lo largo de los años, por supuesto, eso fui.

—Mi nombre es Armand—aquello me heló la sangre—. Nos volveremos a ver Dani—musitó.


Yo tuve que cerrar los ojos unos instantes, pues quería creer que eran alucinaciones mías por el cansancio y el estrés. Cuando los volví a abrir, para fijarme bien en él, no estaba. Louis lo había descrito como moreno, pero sí había dicho que era prácticamente un niño. Durante horas sopesé que había sido mi imaginación, si bien... aquello no lo fue y lo supe tarde.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt