Armand lanzó un texto desesperado a la nada y yo lo he atrapado para ustedes.
Lestat de Lioncourt
Aún intento comprender cuál es el
motivo de éste sufrimiento, el cual bombea al ritmo de tus palabras
decadentes y tus ojos violáceos cargados de frialdad. Llevo rogando
el milagro de tu amor desde que nos conocimos. Nunca me quisiste como
yo te quiero y me convertí en una marioneta en tus manos. Sin
embargo, sigo implorando las migajas que jamás me quisiste dar. Ni
siquiera sé si eres capaz de amar a alguien más allá de ti mismo,
tus propias necesidades y esas malditas maquetas que me hacen tener
celos porque las tocas y contemplas con pasión. Sí, aún lo
intento. Todavía codicio tu frío calor.
Hoy me he armado de valor y he
terminado a tu lado abrazándote, en una cama de frías sábanas de
algodón blanco bien almidonadas y con la ropa manchada por mis
propias lágrimas. Podía ver tus cabellos rubios rozando la almohada
y mi nariz, parecían haber perdido su color debido a la penumbra que
reina en la habitación. Te abrazaba por la espalda, con mis delgados
brazos bajo tus axilas. Sabía que seguías despierto, pero no decías
nada; ni una palabra ni para bien ni para mal.
Me pregunto cuán perturbado debes de
encontrarte. Dije mil veces que antes prefería la muerte que verte
morir, pero aún más que pensar que podrías quedar así. Te quiero
tanto que he perdido por completo la razón. Busco motivos para
olvidarme por completo de ti, deshacerme de tu presencia tan
dolorosa, pero regreso implorando un milagro de tus labios. No he
amado a nadie tanto como a ti, salvo a Marius. Los dos me condenáis
al olvido y los silenciosos reproches. Confieso que me he portado
mal, pero también admito que no puedo dejar de amarte.
—Armand, apártate. Me das calor.
—¿No me puedo quedar un poco más?
Silencio. Rico y doloroso silencio. El
aroma de tu cuerpo contra el mío, mi nariz hundida en el hueco de tu
cuello y mis dedos acariciando tu vientre por debajo de la camisa.
Sí, silencio.
—Me das calor.
—Pero...
—Aparta, o te empujaré contra los
cristales y saldrás despedido hacia el pavimento.
Dolor. Dolor por tener que obedecer tus
caprichos, como si fuera el mago de la lámpara. Acatando cada orden
con una lágrima.Aún intento comprender cuál es el
motivo de éste sufrimiento, el cual bombea al ritmo de tus palabras
decadentes y tus ojos violáceos cargados de frialdad. Llevo rogando
el milagro de tu amor desde que nos conocimos. Nunca me quisiste como
yo te quiero y me convertí en una marioneta en tus manos. Sin
embargo, sigo implorando las migajas que jamás me quisiste dar. Ni
siquiera sé si eres capaz de amar a alguien más allá de ti mismo,
tus propias necesidades y esas malditas maquetas que me hacen tener
celos porque las tocas y contemplas con pasión. Sí, aún lo
intento. Todavía codicio tu frío calor.
Hoy me he armado de valor y he
terminado a tu lado abrazándote, en una cama de frías sábanas de
algodón blanco bien almidonadas y con la ropa manchada por mis
propias lágrimas. Podía ver tus cabellos rubios rozando la almohada
y mi nariz, parecían haber perdido su color debido a la penumbra que
reina en la habitación. Te abrazaba por la espalda, con mis delgados
brazos bajo tus axilas. Sabía que seguías despierto, pero no decías
nada; ni una palabra ni para bien ni para mal.
Me pregunto cuán perturbado debes de
encontrarte. Dije mil veces que antes prefería la muerte que verte
morir, pero aún más que pensar que podrías quedar así. Te quiero
tanto que he perdido por completo la razón. Busco motivos para
olvidarme por completo de ti, deshacerme de tu presencia tan
dolorosa, pero regreso implorando un milagro de tus labios. No he
amado a nadie tanto como a ti, salvo a Marius. Los dos me condenáis
al olvido y los silenciosos reproches. Confieso que me he portado
mal, pero también admito que no puedo dejar de amarte.
—Armand, apártate. Me das calor.
—¿No me puedo quedar un poco más?
Silencio. Rico y doloroso silencio. El
aroma de tu cuerpo contra el mío, mi nariz hundida en el hueco de tu
cuello y mis dedos acariciando tu vientre por debajo de la camisa.
Sí, silencio.
—Me das calor.
—Pero...
—Aparta, o te empujaré contra los
cristales y saldrás despedido hacia el pavimento.
Dolor. Dolor por tener que obedecer tus
caprichos, como si fuera el mago de la lámpara. Acatando cada orden
con una lágrima.
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