Aquí el motivo por el cual amo a los perros: su fidelidad y amor incondicional.
Lestat de Lioncourt
Lo observaba descansar sobre el sofá,
con sus enormes patas delanteras cruzadas y el hocico sobre ellas.
Aquel hocico negro y húmedo que guardaba esa gran lengua con la que
llenaba todo de babas. Esos ojos bonachones, tan distintos a muchos
humanos, mostraban comprensión y tristeza. Sabía que era hora de la
despedida, pero no lo deseaba. Él lo visitaba cada noche, jugaban
como si el tiempo no pasara, y aquel enorme edificio era su hogar, su
territorio, aunque le gustaría cambiarlo por estar junto al ser que
tanto adoraba.
—Mojo, es la hora—dijo acercándose
a él para pasar sus manos por su pelaje—. ¿Por qué siempre me
haces estos dramas? Sabes que mañana regresaré, jugaremos a
revolcarnos y guardar huesos. Además, Susan te trata bien—murmuró
suspirando pesadamente.
—Siempre es igual, cada noche—comentó
la joven desde la puerta.
Era una mujer delgada, de piel blanca y
mejillas rosadas con una sonrisa radiante. Además, tenía una mirada
profunda y café, un cabello rubio muy espeso y siempre iba
impecablemente vestida. Parecía una jovencita, pero no lo era.
Rondaba ya los cuarenta y debido a su soledad, como si fuese un
vampiro que huye de un igual, necesitaba a Mojo.
—Lo sé—se inclinó sobre él y lo
abrazó. Pudo sentir como aquel enorme animal hundía su hocico en su
cuello y suspiraba. No podía hacerse cargo de él en casa, pues era
imposible, pero visitarlo le daba cierta esperanza.
Según su teoría la nobleza de los
animales era algo que faltaba en el mundo, igual que la auténtica
belleza de la hermandad que éstos poseía. Para él, todos
deberíamos ser perros o animales en sí. Un animal menos
evolucionado hacia el cinismo, la mentira y el ego profundo. Incluso
él. Sí, él también. Sentía que ni siquiera él podía decirse
bueno comparado con un animal como ese.
—Te amo—le dijo apartándose de él
para mirarlo a los ojos.
Poco sabía que aquella noche sería
una de sus últimas visitas. Memnoch lo asaltaría, quedaría
postrado por algunos meses en una capilla y perdería la noción del
tiempo. Al despertar Mojo no viviría, aunque había dejado
descendencia y de esa descendencia, en su honor, tomaba un cachorro y
lo bautizaba igual que el anterior.
Ahora, esta misma noche, persigue a uno
de esos Mojo, el más parecido a su Mojo, que corretea por el jardín
persiguiendo los aspersores.
—¡Mojo!—gritó—¡Maldita sea!
¡Te acababa de dar un baño!—echó a correr tras él, sin
importarle demasiado el mojarse, llenarse de barro y caer por un
descuido. Pues, era Lestat y le encantaba revolcarse en el césped
con él mientras le confesaba todos sus extraños sueños.
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