El siguiente fragmento es parte de la vida de Julien y Stella junto a Lasher, espero que les agrade. Julien se ha esmerado por mostrar su lado menos cruel.
Lestat de Lioncourt
—¿Qué es lo que ves cuando me
miras?—preguntó, tras un largo silencio.
Había entrado de puntillas en aquella
habitación. La excelsa colección de libros que poseía Oncle Julien
era sin duda alguna su mayor divertimento. La música suave del
victrola, tan elegante como sutil, un buen libro a media noche y el
encantador aroma del chocolate caliente. Era una niña traviesa y muy
despierta. Lasher la perseguía a veces, pues comenzaba a ser
necesario para él el vínculo con la nueva bruja.
—Veo, veo... —susurró alzando los
ojos de su libro, dirigiendo sus manos hacia aquel juvenil y
pizpireto rostro—. Veo a una preciosa mujer que vivirá muchos
años. Serás tan hermosa que todos desearán tenerte a su
lado—comentó echándose a reír—. Serás una rompecorazones.
¿Romperás también el mío?
—Nunca Oncle Julien—respondió
riendo y arrugando su nariz. Stella era tan expresiva y hermosa que
era el ojito derecho de aquel hombre tan temido, tan de negocios y
también tan viejo.
Aquel cabello negro, espeso y cargado
de rizos siempre estaba alborotado. Tenía una mirada muy sabia y
profunda para sus siete años. Lionel era más calmado, menos atento,
y siempre apegado a su hermana como si fuese un complemento de sus
hermosos trajes de encaje y algodón. Stella no sabía siquiera, y
tampoco lo sospechaba, que su tío Julien no era ni más ni menos que
su padre y a su vez su abuelo.
—¿Quieres un poco de mi
chocolate?—preguntó subiéndola a sus rodillas.
—Sí—respondió afirmando incluso
con la cabeza—. ¿Qué haces?
—Mis memorias, mi legado—respondió
ofreciéndole la taza, para luego pasar sus manos por su cintura y
abrazarla.
Stella era el orgullo de Julien. Sin
duda alguna se sentiría feliz de verla crecer, pero no sabía cuánto
tiempo podía quedarle. El verano había llegado rápido, los años
cada vez eran más cortos y su edad más larga. Siempre había odiado
a la gente vieja, pues para él eran personas que ya no tenían
fuerzas siquiera para vivir. Odiaba verse viejo. La juventud de
Lionel o Stella le hacían sentirse joven. Richard no paraba de
comentarle lo atractivo que se veía, aunque cuando miraba su reflejo
se sentía un anciano.
—Hazme un juramento, Stella—dijo
apoyando su barbilla en su hombro—. Júrame que siempre me vas a
querer y siempre, siempre, harás caso a lo que yo te diga.
—Sí—respondió con los labios
manchados de chocolate.
—Que risa—escuchó decir tras él.
—Lasher, es un momento
familiar—murmuró con molestia—. ¿Por qué no te vas?
—Yo soy de la familia, pronto seré
de carne y hueso. Pronto comeré y beberé como tú, Julien. Seré
uno más de la familia—dijo bailoteando por la habitación, aunque
ya no había música—. Seré un hombre de verdad.
—¿Cómo Pinocho?—preguntó
divertida.
—Sí, pero aún más idiota—susurró
Julien a su oído.
Si lo hubiese sabido Julien. Si hubiese
sabido que pocos años después estaría enterrado y que Stella
moriría joven, de forma trágica y terrible, posiblemente esa noche
se hubiese echado a llorar. Sí, sin duda alguna hubiese llorado
amargamente.
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