Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

jueves, 10 de julio de 2014

Bella época

El siguiente fragmento es parte de la vida de Julien y Stella junto a Lasher, espero que les agrade. Julien se ha esmerado por mostrar su lado menos cruel.

Lestat de Lioncourt 



—¿Qué es lo que ves cuando me miras?—preguntó, tras un largo silencio.

Había entrado de puntillas en aquella habitación. La excelsa colección de libros que poseía Oncle Julien era sin duda alguna su mayor divertimento. La música suave del victrola, tan elegante como sutil, un buen libro a media noche y el encantador aroma del chocolate caliente. Era una niña traviesa y muy despierta. Lasher la perseguía a veces, pues comenzaba a ser necesario para él el vínculo con la nueva bruja.

—Veo, veo... —susurró alzando los ojos de su libro, dirigiendo sus manos hacia aquel juvenil y pizpireto rostro—. Veo a una preciosa mujer que vivirá muchos años. Serás tan hermosa que todos desearán tenerte a su lado—comentó echándose a reír—. Serás una rompecorazones. ¿Romperás también el mío?

—Nunca Oncle Julien—respondió riendo y arrugando su nariz. Stella era tan expresiva y hermosa que era el ojito derecho de aquel hombre tan temido, tan de negocios y también tan viejo.

Aquel cabello negro, espeso y cargado de rizos siempre estaba alborotado. Tenía una mirada muy sabia y profunda para sus siete años. Lionel era más calmado, menos atento, y siempre apegado a su hermana como si fuese un complemento de sus hermosos trajes de encaje y algodón. Stella no sabía siquiera, y tampoco lo sospechaba, que su tío Julien no era ni más ni menos que su padre y a su vez su abuelo.

—¿Quieres un poco de mi chocolate?—preguntó subiéndola a sus rodillas.

—Sí—respondió afirmando incluso con la cabeza—. ¿Qué haces?

—Mis memorias, mi legado—respondió ofreciéndole la taza, para luego pasar sus manos por su cintura y abrazarla.

Stella era el orgullo de Julien. Sin duda alguna se sentiría feliz de verla crecer, pero no sabía cuánto tiempo podía quedarle. El verano había llegado rápido, los años cada vez eran más cortos y su edad más larga. Siempre había odiado a la gente vieja, pues para él eran personas que ya no tenían fuerzas siquiera para vivir. Odiaba verse viejo. La juventud de Lionel o Stella le hacían sentirse joven. Richard no paraba de comentarle lo atractivo que se veía, aunque cuando miraba su reflejo se sentía un anciano.

—Hazme un juramento, Stella—dijo apoyando su barbilla en su hombro—. Júrame que siempre me vas a querer y siempre, siempre, harás caso a lo que yo te diga.

—Sí—respondió con los labios manchados de chocolate.

—Que risa—escuchó decir tras él.

—Lasher, es un momento familiar—murmuró con molestia—. ¿Por qué no te vas?

—Yo soy de la familia, pronto seré de carne y hueso. Pronto comeré y beberé como tú, Julien. Seré uno más de la familia—dijo bailoteando por la habitación, aunque ya no había música—. Seré un hombre de verdad.

—¿Cómo Pinocho?—preguntó divertida.

—Sí, pero aún más idiota—susurró Julien a su oído.


Si lo hubiese sabido Julien. Si hubiese sabido que pocos años después estaría enterrado y que Stella moriría joven, de forma trágica y terrible, posiblemente esa noche se hubiese echado a llorar. Sí, sin duda alguna hubiese llorado amargamente.  

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Lestat de Lioncourt