En estas breves memorias veréis cuanto me "ama" el maldito de Louis.
Lestat de Lioncourt
Hacía horas que se había escapado de
Lestat. Sus pasos eran lentos y torpes, para nada eran elegantes y
rápidos como debían ser. Louis se torturaba al contemplar como cada
noche Lestat, sin importarle nada, robaba la vida, y a veces la bolsa
del dinero, a los pobres incautos que deseaban acercarse a él. No
soportaba su verborrea barata, odiaba su sonrisa y ese sarcasmo tan
venenoso, también detestaba su pose elegante y su voz alzándose por
las calles hacia las estrellas. Si bien, lo que más odiaba era saber
que era incapaz de alejarse demasiado tiempo de él. En el fondo de
su corazón no había odio, sino un amor tan intenso que le quemaba.
Al girar en una calle, justo cuando se
estrechaba el trazado, vio a Lestat frente a él. Tenía su mano
derecha en la cadera, apartando suavemente su chaqueta abierta de
terciopelo azul, con su otro brazo relajado sujetando un pañuelo de
encaje. Sus largos dedos blanquecinos tenían unas uñas terribles,
igual que las suyas, aunque aún no eran demasiado brillantes bajo la
luz. Sus botines estaban impolutos, igual que sus medias blancas y
sus calzas. Era la imagen de la perfección. Esos encajes, ese
terciopelo, el bordado y por supuesto la elegante cinta de raso que
recogía su cabello rizado, espeso y rubio.
—Te contaré un chiste—dijo
esbozando una sonrisa—. Un caballero se encuentra a otro en la
calle y le dice, ¿qué tal la comida? Y el otro caballero le
responde... algo rápida. El hombre, extrañado, pregunta el motivo
de esa rapidez; el otro le responde... sí, es que fui al callejón a
conseguir un par de ratas—se echó a reír a carcajadas llevándose
el pañuelo a los labios mientras caminaba hacia él—. No entres
ahí—susurró aseverando la mirada—. Larguémonos.
—¿Qué has hecho?—preguntó entre
ofendido y alarmado.
—Cumplir el papel de Dios y el
Diablo—murmuró inclinándose hacia él, rozando su pómulo con el
suyo, para dejar que sus labios acariciaran su oreja—. Vamos a
casa, mi estimado mártir, ya es tarde.
El aroma que llevaba impregnado Lestat
hablaba de una mujer. Una de esas mujeres de risa escandalosa, muslos
blancos y cálidos, con unos labios rojos muy sensuales y unas manos
inquietas. Sí, sin duda alguna, era el aroma de una puta. Louis
sintió lástima por ella, pero sobre todo se llenó de ira por los
celos.
—¡Qué has hecho!—gritó rabioso
agarrándolo por la solapa de la chaqueta—. ¡Maldito demonio! ¡Me
condenas al infierno día y noche! ¡Maldito seas!
—Maldíceme, Louis. Maldíceme porque
no sabes cuanto me excita que lo hagas...—murmuró en tono jocoso
colocando sus manos sobre las muñecas de Louis—. No sabes cuánto
me recuerdas a él, tú eres la respuesta a mis plegarias. Tal vez te
pusieron frente a mí para enmendar mi error. Tan hermoso, tan
maldito, tan encerrado en la oscuridad y a la vez tan
luminoso—aquello no lo comprendía. No entendía a quién decía
que se parecía.
—Olvídate de mí. Ésta noche me
marcho—dijo soltándolo con rabia.
—¿Y dónde irás?—preguntó—.
¿Te encerrarás en uno de los cementerios ocupando una tumba
vacía?—en sus labios se formó una mueca de satisfacción al ver
la mirada de Louis. Él no sabía qué decir a eso. Sintió un miedo
terrible—. No sabes ni puedes vivir solo. Louis, me necesitas.
—Déjame...—susurró con el labio
inferior tembloroso.
No se marchó. Caminó a pocos pasos
detrás de Lestat preguntándose de quién había hablado. Sentía
una curiosidad alarmante por sus palabras, pero a la vez esos celos
estaban ahí. Se preguntó si lo había dicho para molestarlo, pero
los ojos de Lestat brillaban por la nostalgia y había creído ver en
ellos dolor. Un dolor que no había visto en el tiempo que habían
vivido juntos. Pasaría más de cien años antes de saber la verdad.
Comprendió entonces, con cierto estupor, que Lestat hablaba de su
primer amor.
En estos momentos, cuando todos están
reunidos, puede observar ese mismo dolor en Lestat. Sin embargo, lo
único que siente al ver esa tristeza en sus ojos es satisfacción.
Actualmente le detesta y no siente nada especial por sus lágrimas.
Si la bruja está en peligro a él no le interesa.
—Louis, ¿deseas salir a tomar el
aire?—preguntó David apartando un mechón de sus largos cabellos
negros, los cuales caían sueltos sobre sus hombros y pecho—.
Louis, ¿me prestas tu atención?
—Sólo quiero que sufra—murmuró
clavando sus ojos verdes en los cafés de David.
Talbot sólo suspiró apartándose de
él, para luego volver a tomar asiento en la silla contigua. Louis lo
miraba en silencio. Posiblemente su compañero se sentía defraudado
con él, pero no movería un dedo por la felicidad de Lestat cuando
él no lo era. Lo lamentaba por Rowan, pues ella no tenía la culpa,
sin embargo no era su asunto y no se mancharía las manos... y menos
por Lestat.
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