Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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miércoles, 9 de julio de 2014

Un odio demasiado intenso

En estas breves memorias veréis cuanto me "ama" el maldito de Louis. 


Lestat de Lioncourt



Hacía horas que se había escapado de Lestat. Sus pasos eran lentos y torpes, para nada eran elegantes y rápidos como debían ser. Louis se torturaba al contemplar como cada noche Lestat, sin importarle nada, robaba la vida, y a veces la bolsa del dinero, a los pobres incautos que deseaban acercarse a él. No soportaba su verborrea barata, odiaba su sonrisa y ese sarcasmo tan venenoso, también detestaba su pose elegante y su voz alzándose por las calles hacia las estrellas. Si bien, lo que más odiaba era saber que era incapaz de alejarse demasiado tiempo de él. En el fondo de su corazón no había odio, sino un amor tan intenso que le quemaba.

Al girar en una calle, justo cuando se estrechaba el trazado, vio a Lestat frente a él. Tenía su mano derecha en la cadera, apartando suavemente su chaqueta abierta de terciopelo azul, con su otro brazo relajado sujetando un pañuelo de encaje. Sus largos dedos blanquecinos tenían unas uñas terribles, igual que las suyas, aunque aún no eran demasiado brillantes bajo la luz. Sus botines estaban impolutos, igual que sus medias blancas y sus calzas. Era la imagen de la perfección. Esos encajes, ese terciopelo, el bordado y por supuesto la elegante cinta de raso que recogía su cabello rizado, espeso y rubio.

—Te contaré un chiste—dijo esbozando una sonrisa—. Un caballero se encuentra a otro en la calle y le dice, ¿qué tal la comida? Y el otro caballero le responde... algo rápida. El hombre, extrañado, pregunta el motivo de esa rapidez; el otro le responde... sí, es que fui al callejón a conseguir un par de ratas—se echó a reír a carcajadas llevándose el pañuelo a los labios mientras caminaba hacia él—. No entres ahí—susurró aseverando la mirada—. Larguémonos.

—¿Qué has hecho?—preguntó entre ofendido y alarmado.

—Cumplir el papel de Dios y el Diablo—murmuró inclinándose hacia él, rozando su pómulo con el suyo, para dejar que sus labios acariciaran su oreja—. Vamos a casa, mi estimado mártir, ya es tarde.

El aroma que llevaba impregnado Lestat hablaba de una mujer. Una de esas mujeres de risa escandalosa, muslos blancos y cálidos, con unos labios rojos muy sensuales y unas manos inquietas. Sí, sin duda alguna, era el aroma de una puta. Louis sintió lástima por ella, pero sobre todo se llenó de ira por los celos.

—¡Qué has hecho!—gritó rabioso agarrándolo por la solapa de la chaqueta—. ¡Maldito demonio! ¡Me condenas al infierno día y noche! ¡Maldito seas!

—Maldíceme, Louis. Maldíceme porque no sabes cuanto me excita que lo hagas...—murmuró en tono jocoso colocando sus manos sobre las muñecas de Louis—. No sabes cuánto me recuerdas a él, tú eres la respuesta a mis plegarias. Tal vez te pusieron frente a mí para enmendar mi error. Tan hermoso, tan maldito, tan encerrado en la oscuridad y a la vez tan luminoso—aquello no lo comprendía. No entendía a quién decía que se parecía.

—Olvídate de mí. Ésta noche me marcho—dijo soltándolo con rabia.

—¿Y dónde irás?—preguntó—. ¿Te encerrarás en uno de los cementerios ocupando una tumba vacía?—en sus labios se formó una mueca de satisfacción al ver la mirada de Louis. Él no sabía qué decir a eso. Sintió un miedo terrible—. No sabes ni puedes vivir solo. Louis, me necesitas.

—Déjame...—susurró con el labio inferior tembloroso.

No se marchó. Caminó a pocos pasos detrás de Lestat preguntándose de quién había hablado. Sentía una curiosidad alarmante por sus palabras, pero a la vez esos celos estaban ahí. Se preguntó si lo había dicho para molestarlo, pero los ojos de Lestat brillaban por la nostalgia y había creído ver en ellos dolor. Un dolor que no había visto en el tiempo que habían vivido juntos. Pasaría más de cien años antes de saber la verdad. Comprendió entonces, con cierto estupor, que Lestat hablaba de su primer amor.

En estos momentos, cuando todos están reunidos, puede observar ese mismo dolor en Lestat. Sin embargo, lo único que siente al ver esa tristeza en sus ojos es satisfacción. Actualmente le detesta y no siente nada especial por sus lágrimas. Si la bruja está en peligro a él no le interesa.

—Louis, ¿deseas salir a tomar el aire?—preguntó David apartando un mechón de sus largos cabellos negros, los cuales caían sueltos sobre sus hombros y pecho—. Louis, ¿me prestas tu atención?

—Sólo quiero que sufra—murmuró clavando sus ojos verdes en los cafés de David.


Talbot sólo suspiró apartándose de él, para luego volver a tomar asiento en la silla contigua. Louis lo miraba en silencio. Posiblemente su compañero se sentía defraudado con él, pero no movería un dedo por la felicidad de Lestat cuando él no lo era. Lo lamentaba por Rowan, pues ella no tenía la culpa, sin embargo no era su asunto y no se mancharía las manos... y menos por Lestat.

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt