Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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jueves, 3 de agosto de 2017

El hombre de los misterios

David y su deseo de saber... ¡Ah! Lo amo.

Lestat de Lioncourt 


En más de una ocasión me he preguntado si hay más criaturas no-humanas además de los dichosos Taltos. Esos hombres y mujeres con corazón de niño, ojos sabios y extraños poderes. Aquellos que una vez se alzaron en el mundo para intentar quedar ocultos, satisfechos con su vieja y pacífica religión hermanada con la naturaleza y el amor mutuo, y que lentamente fueron masacrados, olvidados y sepultados como si fueran viejos santos o monstruos terribles.

Recuerdo vagamente la primera vez que Aaron me habló de los Mayfair y del espíritu que se hallaba rondando la familia. Sopesé largo rato si era factible que esa criatura fuese sólo un fantasma. Yo era el experto en lo paranormal, pero la labor de investigación y la paciencia desmesurada era de mi buen amigo.

Pasados unos años el tema volvió a surgir con fuerza. Él se sentó al otro extremo de la mesa de mi despacho y me habló emocionado por haber hallado algunos documentos más, cartas tan sólo, de Julien Mayfair a algunos empresarios que terminaron desapareciendo o muriendo en penosas circunstancias.

No se me puede olvidar la inquietud que tenía en su alma y la insatisfacción de sentir rondar a la muerte, pues ya iba envejeciendo tanto como yo, sin lograr hallar resultado alguno. Y cuando lo halló fue para encontrar la muerte siendo asesinados por traidores a la patria, nuestra patria, la patria de todo sabio de nuestra orden: Talamasca.

Desde entonces he recorrido el mundo escuchando interesantes historias, conversando con fantasmas y también con espíritus que han logrado tener un cuerpo físico. Durante más de dos décadas me he desplazado a las distintas bibliotecas del mundo, he dormido cerca de las pirámides del Valle de Gizeh y he afrontado el reto de marcharme a climas muy adversos, demasiado fríos y húmedos, sólo para contemplar los distintos núcleos vampíricos. No he hallado más criaturas como las descritas por Lestat en su última aventura en Nueva Orlenas.

Aún así creo firmemente que existen más seres extraños ahí fuera. Mis hermanos y hermanas de Talamasca, pues aún los siento como tales, siguen estudiando dentro de su limitada capacidad humana, debido al poco espacio en el tiempo que logran vivir, los misterios de este mundo. Hay algo más que reencarnaciones, fantasmas, espíritus y fenómenos inexplicables. Tiene que haber más.

Sobre todo estoy muy concentrado ahora en Memnoch. Lestat dice que sigue escuchándolo con sus palabras en un tono seductor, aunque a veces se agita, así como solía escuchar y escucha a Amel día a día. Es un espíritu malvado, ¿pero de dónde proviene? ¿Qué pretende realmente? ¿Cómo es posible que creó su propio infierno basado en las distintas religiones? ¿Qué hay de cierto en estas conjeturas? ¿Cuántas almas caen al día en sus manos? ¿Qué ocurre con las que logran salir como hizo Lestat? Diablos, y nunca mejor dicho, me siento tan perdido y a la vez maravillado que mi corazón palpita como un potente tambor.


Ojalá un día sepa todo lo que hay en este mundo, ¿pero qué me pasará entonces? ¿Qué ocurrirá con David Talbot? El tiempo lo dirá.  

domingo, 12 de marzo de 2017

Fantasmas del pasado

Archivos de Talamasca... ¡De nuevo! 

Lestat de Lioncourt 




El contacto con la muerte para muchos es lejano y desagradable, aunque es algo tan cotidiano como necesario. En nuestro cuerpo hay una continua lucha entre la vida y la muerte. Hay células que mueren cada día y dejan su puesto a otras nuevas. Muchos creen que empezamos a morir desde el momento de la concepción, pues empezamos a restarle tiempo a nuestro reloj biológico. Sencillamente no se puede concebir esta vida sin su contrario. Las apabullantes ciudades llenas de miles de personas tendrán sepelios cada día, las ambulancias recogerán heridos o enfermos cada hora y las funerarias harán caja con el dolor ajeno. Drogas, conducción temeraria, problemas de seguridad en el trabajo, asesinatos o suicidios son tan sólo parte de algunos hijos que posee la muerte.

Nadie quiere morir. Pocos son aquellos que desean realmente que llegue el momento. No obstante, pocos son tan bien los valientes que desean ser inmortales. Hay quienes piensan que se aburrirían y pedirían su exterminio. También están los que sienten que se confundirían terriblemente al verse al espejo sin cambiar ni un ápice. Por eso hay muchos que han rechazado esta idea y han olvidado que la ciencia nos está postergando. Al menos, a los que no son inmortales del mismo modo que nosotros, los vampiros.

Si estoy contándote esto es porque me parece interesante y necesario. Hay cientos de científicos que como Jekyll inyectan y modifican su cuerpo, es decir, experimentan con ellos mismos. Es peligroso, pero a veces la ciencia sólo avanza de este modo. También hay mentes enfermas, o supuestamente enfermas, que pasan años encerrados en centros, que para mí son penitenciarías, para enfermos mentales y da la casualidad que esos monstruos, esos seres terribles y deformes, no son parte de su torturada mente. Son parte de una verdad incómoda y ellos son sensitivos. No siempre es así, pero a veces ocurre.

Hace unos años conocí a un científico al cual se le había tildado de loco. Estaba en su celda rodeado de la nada, del más auténtico vacío, aunque él decía que sus viejos pacientes le visitaban para torturarlo. Había estado experimentando a espaldas de ellos, usando sus cuerpos aún jóvenes y sanos, porque no entendía otra forma de avanzar. Los chimpancés se habían quedado inservibles y las ratas no eran idénticas a los resultados que se podía dar en el cuerpo humano. Ni siquiera los cerdos. Para él era necesario de la confianza y fe ciega de personas enfermas, a las cuales condenó a una muerte más rápida y dolorosa. Los medicamentos probados eran para la tuberculosis y otras afecciones pulmonares serias.

Quería salvar vidas usando el tiempo restante de otras. Condenó a decenas. Y, según él, ellos le visitaban torturándoles. Hablaba en voz baja pidiendo perdón y a veces, que no siempre, gritaba arrepentido por sus malos actos. Sus lágrimas parecían sinceras, igual que sus ojos llenos de miedo. Todos creyeron que su mala conciencia le habían hecho entrar en ese estado. No. No fue su mala conciencia.

Lestat estaba arrojado en la capilla tras el evento con Memnoch y Pandora estaba terminando de escribir sus memorias esa noche. Merodeaba el centro, pues estaba en las afueras de Londres, y escuchaba a los guardias comentar sobre el caso. Si podía inmiscuirme en Talamasca, con una seguridad más elevada, podía rondar los pasillos de la institución como si fuese un joven aprendiz de psiquiatría. Me coloqué una bata blanca y eché a caminar bajo los flexos fluorescentes de los distintos pasillos. Olía a muerte, a insalubridad, pese al aroma predominante de antisépticos.

Al llegar a su celda abrí la ventana y lo vi gimoteando. A su alrededor había varias mujeres, un niño y un muchacho larguirucho. Todos le maldecían y gritaban por su muerte, por la esperanza de vivir algunos años más, por el horror a la hora de llegar el último estertor y este rogaba morirse. Prefería la muerte a seguir vivo.


Los rumores eran ciertos, aunque no como los guardias pretendían creer. Aquel hombre no estaba loco, sino que estaba siendo carne de fantasmas. Se merecía esa tortura y por eso yo no intervine. Sólo observé con mis ojos castaños el dolor y la miseria que habitaban en su alma. Así que se puede decir que la muerte se vengaba de su vida constantemente.  

jueves, 9 de marzo de 2017

Imprudencia

Ah, David...

Lestat de Lioncourt 


—¿En qué demonios estás metido?—preguntó irrumpiendo en mi habitación.

Estaba preparando la maleta. Me iba con Lestat. No podía soportar el saber qué iba a pasar con su cuerpo. Además había sido mi relación con él, así como con Talamasca, la causante o el origen del acercamiento de Raglan.

—En algo demasiado grande para que tú puedas entenderlo—contesté para enfurecerlo y lograr que fuera azotando la puerta. Pero lo único que tuve como respuesta fue una mirada llena de rabia. Me giré con una sonrisa de oreja a oreja y él estuvo a punto de golpearme. Pude apreciar como se crispaban sus ánimos y apretaba sus puños.

—Sí lo entendería, ¿cierto?—respondió—. Simplemente no deseas verme involucrado en una de tus absurdas luchas contra lo racional—comentó abriendo sus manos para colocarlas sobre mis hombros. Apretó sus dedos, como si intentara darme un masaje, y después deslizó sus manos hacia mi pectoral. Me tocaba intentando hacerle a la idea que era real, que estaba aún ahí. Tal vez él había tenido la misma premonición que yo, aunque las suyas eran muy diferentes.

—Aaron, ¿ya me estás llamando alocado?—dije carcajeándome.

—Te estoy llamando absurdo—dijo dándome un par de golpes en el pecho y luego apartarse.

—Se supone que eres mi amigo y deberías...—iba diciendo cuando se giró para recapacitar y buscar alguna palabra que me hiciese cambiar de opinión, pero de inmediato se giró y me enfrentó otra vez.

—¿Apoyarte? ¡Cómo voy a hacerlo!—exclamó—. Puedes morir.

—Al menos moriré haciendo algo interesante y no tras un escritorio, rodeado de viejos recuerdos y ambicionando ser de nuevo el hombre que fui—dije.

—Idiota—chistó dándome un empellón.

Caí de espaldas quedando recostado en la cama. Mi maleta estaba sin terminar a un lado. Aún quedaba que introdujese mi pasaporte, algunas camisas y unos zapatos de repuesto. Por lo demás, ya casi estaba listo para mi última aventura.

—Sí, un poco—contesté carcajeándome—. Admito que soy un idiota, pero mi peor estupidez la cometí con Merrick—mi voz sonó más ronca y pesimista. Siempre pensaba en ella, aunque posiblemente nadie me creería si lo decía.

—Deberías llamarla—dijo.

—No serviría de nada—respondí incorporándome.


Debí hacerlo. Debí llamarla para despedirme correctamente. Sin embargo, mi orgullo masculino y mi estupidez afloraron. No me siento orgulloso de ello. Nunca me he sentido orgulloso de mi estupidez, pues hasta el hombre más viajado y culto puede ser imbécil.  

domingo, 5 de marzo de 2017

De nuevo TALAMASCA

Regresa David y su vinculación con TALAMASCA

Lestat de Lioncourt 


—Ahora vuelves a tener acceso a todos los archivos sin necesidad de inmiscuirte en alguna de las Casas Madre de la Orden—decía de pie junto a mí.

Estaba allí como si fuese un humano más, pero en realidad era un espíritu imponente y hermoso. Su belleza era casi soñada. Podía ver en sus ojos el brillo de la perspicacia y una mente bien elaborada. No tenía miedo, más bien era asombro. Siempre tenía asombro cuando lo veía moverse. Había visto decenas de miles de espíritus y fantasmas, pero ninguno como él.

—¿Y será ilimitado?—pregunté comenzando a pulsar las teclas para acceder a mi cuenta.

La Orden había llevado todos los archivos a una base de datos ingente que se compartía en todo el mundo. La página web era segura, había grandes recursos tras su seguridad y la limitación de los flujos de información, y los archivos estaban completos.

—¿Qué comprendes por ilimitado? —dijo en un tono serio y algo confundido.

—Los archivos donde aparezco—expliqué con brevedad y rotundidad.

—Oh...—una expresión de asombro se formuló en su rostro generando unos rasgos nuevos, algo infantiles, que rápidamente se borraron para dejar paso a una mirada seria y algo imperturbable.

—¿Podré acceder a ellos?—pregunté.

—No, David—dijo.

No iba a darme por vencido. Necesitaba saber qué datos conocían. Además, estábamos en contacto. Si algún dato estaba mal enfocado tendría que advertirlos a todos. Ahora éramos una tribu y en la tribu no debíamos tener secretos. Yo seguía siendo fiel a la orden.

—Sabes que no tocaré la información ni modificaré su veracidad—decía mirando la pantalla mientras cargaba la siguiente sección de la web—. Sólo surge en mí una malsana curiosidad.

—Está bien...

Ante mí tenía el escudo de la orden, así como una breve introducción a la sección que había señalado. Él me desplazó de inmediato y comenzó a teclear a gran velocidad una serie de comandos. Entonces, me permitió el acceso. Había entrado en su cuenta, cambiado mis parámetros y ofreciéndome nuevamente mi ordenador.

—¿Podré tener acceso?—decía no muy seguro.

—Sí, pero los archivos estarán en modo sólo lectura para ti.

—Gracias, Gremt—sonreí eufórico.


Pronto habría nuevos archivos que saldrían a la luz para poder colaborar con la mayoría silenciosa, esa que estaba ahí leyendo cada aventura. Necesitaban saber qué ocurría.  

martes, 8 de noviembre de 2016

Esperanza...

Maldito Armand... aunque tiene razón en mantener cierta ¿esperanza? ¿Fe? Quizás es necesario mantenerla.

Lestat de Lioncourt 



Quedé atónito cuando Lestat llegó hasta nosotros con ese aspecto tan poco favorecedor. Había perdido un zapato, sus prendas estaban sucias, le faltaba un ojo y se veía visiblemente alterado. David Talbot de inmediato se comunicó con Maharet, la cual no dudó en trasladarse hasta donde nos encontrábamos. Aunque no fue la única. Muchos milenarios aparecieron asombrados por la narración de Lestat y el velo de la Verónica que había traído consigo.

Al principio balbuceaba, pero luego empezó a contar una historia impresionante sobre una criatura que ya creía mitológica. No era una fábula para que los niños se portaran bien y se marcharan temprano a la cama, sino algo real. Al menos, él lo había visto y no se contradecía ni una vez en su relato. No obstante, no somos crédulos. David intentó hacerle llegar su oposición a creer que existía de verdad dicho ser, el tan temido demonio o enemigo de Dios.

Allí, entre ambos, recordé a Santino frente al fuego contándome la historia de la fundación de la secta a la cual pertenecimos. Las llamas se alzaban hasta el cielo nocturno cargado de estrellas. Las ascuas tenían un aroma que no puedo olvidar. Soy incapaz de borrar situaciones así de mi mente, pues se quedan tatuadas y es imposible que las deje a un lado. En ese momento, recordar aquello, me dio fe.

Santino solía decir que un vampiro es un ser oscuro, criado y alimentado para obedecer a sus instintos asesinos. Somos la muerte misma, pero también seguidores de las sombras. Vagamos por estas, nos involucramos terriblemente con el mundo y arrebatamos la cordura. Hacemos el mal en la tierra para enderezar algunas almas, las mismas que luego juzga Lucifer y son enviadas a Dios o dejadas en el infierno.


Supongo que es una teoría demasiado idílica. No obstante, Lestat contaba algo similar sobre Memnoch. Sí, así se presentaba. Decía que creó el infierno por amor. Aunque él no lo llamaba infierno, sino que le daba la denominación clásica: Sheol. Sus argumentos me convencieron, pero aún más cuando habló sobre la discusión con Jesús y cómo limpió su rostro aquella mujer llamada Verónica. Fue extraño y terrible, pero también maravilloso. De nuevo la fe se instaló en mi corazón.

viernes, 4 de noviembre de 2016

Inicio complicado

Así es como le conté todo a David... 

Lestat de Lioncourt



—Recuerdo el repicar de las campanas en Auvernia y cómo mi madre se marchaba a misa. Ella iba cada día a rezar con el resto de mujeres—decía mirándome con el único ojo que se había salvado. No quería decirme aún cómo lo había perdido ni dónde había estado. Sólo balbuceaba—. Se reunían bajo la supuesta cada de Dios y aguardaban que las llamaran pecadoras—masculló incorporándose un momento, dando un par de pasos por la sala, para volver al sillón y recargar su espalda por completo en el espaldar del asiento—. El sacerdote jamás aceptó a mi madre como una de sus feligresas, pero no podía evitar que cruzara la puerta y se sentara a un extremo, escuchando así sus discursos y blasfemias—recordé las zonas destinadas a las mujeres. Ellas seguían siendo señaladas como símbolo de Eva, como una alegoría a la maldad y la intransigencia—. Todavía puedo aspirar el olor húmedo del musgo, mientras retozaba en la hierba, y veía llegar a mi madre. Es una imagen renuente que explota en mis recuerdos y me hace sentir cierto miedo. No viene sola. La imaginación es poderosa y aunque jamás vi a un campesino arder, sobre todo a sus mujeres, sí podía fraguar ese símbolo, de poder y miseria, fijándolo en mi alma.

Hizo un leve descanso. Yo anotaba alborotado cada palabra que él pronunciaba. Armand sólo estaba sentado en el sillón, con la cabeza recargada en su mano derecha, cuyo codo se clavaba en el brazo de su asiento, entretanto movía ligeramente su nariz arrugándola. No quise interesarme por sus sentimientos encontrados en esos momentos, tampoco lo hice más tarde. Deseé que aquella expresión quedase ahí, en aquellas cuatro paredes, mientras Lestat sollozaba y farfullaba toda la historia.


—Cuando esa criatura apareció frente a mí no pude dejar de compararlo con las siniestras gárgolas que colgaban de la iglesia, de cualquiera de ellas, y empecé a rezar el rosario que mi madre me había enseñado. Siempre pensé que Dios y el Diablo no existían, que eran meras figuras inventadas para poder alejar el profundo miedo a la muerte. No obstante, ese ser era real y yo temblaba lloroso en un rincón—se arrojó a mis pies y me tomó de las manos—. No tomes notas aún, hazlo en breve. Sólo te estoy dando unos datos de mi vida, de por qué sentí tanto pavor. Por favor...—dicho aquello agachó la cabeza, apoyó su frente entre nuestras manos entrelazadas, y lloró.  

Decidí en ese mismo instante que liberaría mi alma de cualquiera de mis creencias, lo escucharía y creería todo lo que me contaba. Era posible que hubiese visto y sentido todo aquello, aunque sólo fuese un engaño de un monstruo más terrible que nosotros mismos. Aguardé unos minutos antes que se recompusiera y al fin tomase la palabra, así como algo de cordura. Podía ver en sus ojos su agitada alma y sus deseos de ser comprendido, amado y cuidado como nunca lo había exigido. Vi al Lestat más humano. Al hombre, no al Príncipe de la Oscuridad y la tragedia.   

miércoles, 2 de noviembre de 2016

El diablo

Durante años quise ver algo sobrenatural que me asombrara. Con mi madre recorrí el mundo con el impulso innecesario de entrar en supuestas casas abandonadas y presenciar, con nuestros poderosos ojos inmortales, algún ente o demonio. La realidad era francamente desfavorable a poder creer en lo que allí sucedía, salvo por ráfagas de aire y algún olor extraño. Así que desistimos.

Cuando conocí a David Talbot profundamente, más allá de superfluas conversaciones al filo de la madrugada, comprendí que despertaría de nuevo en mí el deseo de ver. No obstante sabía que Maharet y Mekare, las poderosas Gemelas Pelirrojas, dejaron de ver espíritus en el momento que Khayman les concedió el Don Oscuro, el preciado regalo de la vida eterna. Por ende, sabía que no vería jamás un fantasma. Al menos, así lo creía.

Habiendo vivido un cambio de cuerpo, o más bien un hurto por descuido, pude ver a un fantasma. Era el fantasma de mi víctima más reciente. Quería contarme su vida. Era un momento excepcional, pero él era un cretino. No mato monjas de la caridad, aunque su hija prácticamente lo era. Podríamos decir que él me importaba una mierda, pero admitamos que la chica era atractiva y tenía cierto encanto. Ella se llamaba Dora. Y por Dora, únicamente por ella, decidí escuchar los delirios de un alma condenada.

Más tarde, en su lujoso departamento, observé todas esas chucherías que eran sus obras de arte. Había unas magníficas, otras mediocres y una estatua horrible. Creo que quería tenerla en mi jardín sólo para espantar a los chicos por Halloween. Entonces, de la nada, esa cosa horrorosa me habló.

¡Imaginad! Estáis mirando una estatua y esta cobra vida. Me burlé de Louis al decir que aquel ángel de piedra se había movido, lo admito. Cuando leí su libro me carcajeé durante horas. Pero en ese momento no pude reírme, sólo echarme a temblar y desear que mi madre me cogiera en brazos como cuando era un niño.


Entonces, todo empeoró. Él se presentó como “Memnoch, el diablo” pues Lucifer le parecía un nombre lleno de infortunio. Dios se lo había dado, pero ya no era la luz en este mundo. Por lo menos, para los hombres era pecado, dolor y una sombra desagradable que tiraba de sus almas hacia el infierno. No obstante, acepté su oferta tras días de divagar. Quería saber. Necesitaba la verdad.


Lestat de Lioncourt 

jueves, 13 de octubre de 2016

Siempre nos quedará Talamasca

Espera, espera... ¿ha dicho algo más que amigos? ¡Leed! 

Lestat de Lioncourt 

Hacía algún tiempo que David solía discutir a altas horas de la noche en su despacho. En ocasiones pasaba por la puerta y veía la luz encendida surgiendo bajo la puerta, indicativo que él seguía allí dentro, y de vez en cuando, no siempre, era capaz de sentir a un segundo mientras él hablaba condescendientemente o algo acalorado. No le había dado demasiada importancia pues pensaba que si era algo realmente peligroso contaría conmigo, cosa que acabó haciendo desvelándome el misterio. Aunque ya sabía que había contactado con Lestat dudaba que siguiese conversando con él, sobre todo porque ese vampiro podía ponernos a todos en serio e inminente peligro.

—Me marcho—me dijo—. Confío en ti para que me vigiles el fuerte.

—Espera...—le detuve en mitad del pasillo. Habíamos chocado por casualidad, o eso creía, y necesitaba una explicación.

—No iba a decirte nada en persona, pues sabía que te preocuparías y querrías enjaularme en mi despacho, pero sí estaba por dejarte una nota. No obstante, me estaba arrepintiendo de irme sin decirte adiós—comentó soltándose para luego colocar sus manos sobre mis hombros—. Tengo que hacerlo, ¿sabes? Irme.

—Pero, ¿adónde? ¿Qué se supone que es tan importante?—pregunté frunciendo ligeramente el ceño, para luego arrugar la nariz—. ¡Ah! ¡No! ¡Tú vas a seguir a ese vampiro a una de las suyas!

—Algo así...—dijo con aquella encantadora sonrisa.

Odiaba ese rostro bondadoso pese a ser un descarado. Siempre lo fue. Recuerdo haber asistido a más de una pelea en un bar. Sonreía, hablaba de forma cortés y la pelea proseguía hasta que se remangaba las mangas, salía fuera con el susodicho y le ofrecía su mejor golpe. David había sido educado como todo un caballero, pero durante años vivió en lugares salvajes e inhóspitos para gente de su distinguida posición. Su padre viajaba demasiado debido a sus empresas y su hijo acabó acompañándolo. Los Talbot eran hombres con corazón aventurero y eso le llevó a caminar, casi en soledad, por las densas selvas y junglas de este dichoso mundo. Había estado en la India, América del Sur y África. Buscaba civilizaciones antiguas, rituales que ya eran parte de la historia de la humanidad y en ocasiones cazaba animales para sobrevivir. Si bien, ya no era un niño. Ninguno de los dos lo era.

—Explícate—dije algo furioso porque me estuviese guardando algunos detalles.

—Lestat ha hecho una mala transacción con Raglan James, ¿lo recuerdas? Ese filibustero que ensució la orden y que no pudimos atrapar. Se marchó un día y vimos el desastre que nos había dejado—comentó haciéndome recordar a ese sinvergüenza.

—¿Qué transacción hizo con esa joya?—pregunté algo sorprendido porque Lestat hubiese dado con él o viceversa.

—Ha cambiado su cuerpo. Un cuerpo humano por otro, aunque no es el físico original de James—respondió dejándome anonadado. Al final ese granuja lo había conseguido—. Debo ayudarlo. Imagina lo peligroso que es para los vampiros y la humanidad, sobre todo para la humanidad, que ese imbécil tenga esos poderes tan destructivos.

—¿Y qué quieres que haga? ¿Te puedo acompañar?—estaba nervioso. De inmediato me empezaron a sudar las manos. Era un viaje de improvisto, pero iría con él. Dejaría mis indagaciones sobre los Mayfair, enviaría una carta a Merrick que se hallaba investigando para la orden en París y le pediría a un viejo amigo de la sede de México que estuviese en contacto con nosotros continuamente.

—Quiero que estés aquí y vigiles que todo va bien, Aaron—sus ojos brillaban cuando decían mi nombre y eso me emocionaba. En el pasado fue más que un amigo y en el presente era igual que un hermano.


—Lo haré, pero tú debes regresar—me contuve las lágrimas porque sospechaba que quizá lo perdía.

domingo, 9 de octubre de 2016

Confesiones de un director de la Talamasca

David tuvo que ir a confesarse... uuh...

Lestat de Lioncourt


Después de ver a Lestat, aquella noche, decidí confesar mis pecados a mi viejo amigo y compañero Aaron Lightner. Me dirigí a su despacho, toqué dos veces la puerta con mis nudillos y esperé. Quizá debí ir a su habitación esa misma noche, pero aguardé a la hora del té del día siguiente. Solíamos conversar largas horas con un magnífico y humeante té, aunque a veces era ponche o café, hablando sobre nuestras indagaciones.

Él llevaba décadas tras los Mayfair, una familia de brujos situada en Nueva Orleans, y yo, por el contrario, me dedicaba únicamente a fantasmas y sus manifestaciones más violentas. También había estado ante posesiones y problemas con supuestas entes malignas. Vampiros, no. Para ambos los vampiros, pese a existir, no era nuestro terreno. Conocíamos bien las historias vinculadas con Lestat y toda la camarilla que le adoraba u odiaba, pues era algo sumamente interesante. Si bien, quienes indagaban sobre vampiros solían ser muy jóvenes porque eran ágiles, podían seguirlos por el mundo y enviar correos electrónicos, cartas o hacer llamadas telefónicas sobre lo que habían visto u oído. No obstante Lestat nos evitaba el trabajo duro. Él aparecía constantemente en los medios desde que decidió contraatacar las memorias de Louis de Pointe du Lac.

—Adelante—dijo sentado en su escritorio.

Al entrar lo miré, como quien ve a la mujer que ama o un magnífico tesoro, sintiendo un amor y una fraternidad inmensa hacia él. Iba a contarle algo que nadie sabía. Me iba a confesar como si fuese un chiquillo que había cometido un gran delito.

—¿Qué quieres contarme? Te veo muy nervioso—comentó logrando que me echase a reír.

—Eres extraordinario—dije caminando hasta una de las sillas frente a la mesa donde escribía. Me senté en ella y sonreí maravillado—. He conocido a Lestat en persona.

—¡Qué!—exclamó.

—Oh, sí. Vino a mí. Estaba en mi despacho y...

—¡Qué! ¡Cómo pudo vulnerar nuestras medidas de seguridad!—se echó hacia atrás en la silla y tembló—. David, eres el director de la orden y esto debería preocuparte. ¡Guardamos muchos misterios aquí!—dijo horrorizado.

—Y un vampiro en el sótano—añadí.

—Estás loco, loco de verdad... ¿cómo le has dejado descansar aquí? ¿Sabes todos los misterios y artilugios que tenemos de otros vampiros? Él ahora sabrá que...

—Él ya sabía de nosotros, pero no ha sido hasta ahora que le hemos despertado cierta curiosidad—confesé logrando que se sosegara—. Creo que ha sido sólo una gran idea para molestar a Marius, pero ahora quiere saber. Desea saber de nosotros y tener una relación satisfactoria—comenté con una sonrisa espléndida esperando que él lo viese bien, aunque no tenía porqué verlo bien para que yo prosiguiera con esa amistad.


—Nos va a traer problemas, sobre todo a ti.

viernes, 23 de septiembre de 2016

Talamasca vs El vampiro Lestat

La noche del concierto fue importante para muchos, así como los días previos. 

Lestat de Lioncourt 


Quedé atónito al saber que Jesse Reeves, una de mis más eficaces y jóvenes ayudantes, había logrado encontrar el diario de Claudia. Gracias a ese diario, de frases envenenadas de dolor o confabulaciones, daríamos con una fuente de información veraz y detallada, aunque sólo en ocasiones, de la vida de Lestat, Louis y la niña eterna.

Acababa de colgar el teléfono, tras oírla ligeramente alterada en la habitación de su hotel. Me sentí confuso, inquieto y algo rabioso. Debí haberla acompañado, sólo para vigilar que ningún fantasma poderoso se atreviese a acorrarlarla. Ella era fuerte, decidida y tenía una genética que llegaba hasta el origen de los vampiros. Nadie, salvo yo, conocía la verdad sobre su tía. Jesse aún estaba comprendiendo el mundo en el que se movía. Por algún extraño motivo, mis estudios antropológicos y geológicos junto a viejos conocidos, habían dado con pinturas antiquísimas. Había contactado con ellos, o más bien ellos conmigo, para informarme.

No podía salir de ese momento de estupefacción, sobre todo cuando escuché los murmullos de un viejo espectro que recorría, y que supongo que aún recorre, Talamasca. Podía escucharlo lamentarse, como si estuviese buscando un lugar idóneo donde dejar sus quejas, mientras el resto lo ignoraba corriendo de un lado a otro con las informaciones del próximo concierto de Lestat. En el despacho adjunto, donde se encontraba mi joven becario, se escuchaba su disco una y otra vez. Mtv no dejaba de mostrar sus videoclips, los periódicos hablaban de un concierto de proporciones gigantescas, los jóvenes llevaban su música allá donde iban y la radio emitía sus declaraciones.

“Os digo que soy un vampiro. Soy un vampiro de verdad. Os lo demostraré en mi concierto. ¡Venid a mi aquelarre!”

Recordaba sus palabras y sentía que nada bueno iba a ocurrir. Me sentía tan intranquilo que apenas comía. El hombre que hablaba con los espíritus, que se sentaba a discutir con ellos sobre profundas preguntas sobre el universo y su creación, decía que debía estar alerta para protegerlos a todos; el aventurero se sentía frustrado porque no podía estar en mitad de la acción; y, el hombre que ahora era, pedía calma y confianza para sus allegados, todos los jóvenes discípulos de la orden.


Aquellas noches no podré olvidarlas. Fueron una pesadilla anticipada.  

jueves, 8 de septiembre de 2016

Argumentos





—Eres un idiota.

Esas fueron sus primeras y brillantes palabras nada más cruzar la puerta de mi despacho. Me acababa de reunir con mi abogado en Nueva York. Había alquilado una coqueta y discreta oficina para tener ciertas juntas administrativas y de negocios. Poseía inversiones en empresas que buscaban nuevas vías tecnológicas aplicadas a la ciencia, editoriales, empresas teatrales y otros negocios que tenían que ver con la moda y el automovilismo. Por eso mismo no esperaba que mi buen amigo David Talbot apareciera de la nada.

—Gracias por la obvio—respondí alzando mis finas cejas rubias entretanto le sonreía como si fuese un bufón. Me causaba gracia. Siempre se indignaba por todo.

—¡Demonios! ¡Es que ni siquiera te duele admitirlo!—gritó arrojando sobre mi mesa una revista donde se detallaba que iba a explorar la Atlántida. Aunque claro, la mayoría de los lectores tomarían esa información como un “April Fools' Day” adelantado.

—¿Para qué negarlo? Estoy harto de escucharos a todos decirme siempre que sólo cometo irresponsabilidades. ¡Cómo demonios queréis que viva! Estar atado a normas es algo imposible. Siempre ocurren momentos en la vida en los cuales debes actuar fuera de la ley.

—¡No son momentos! ¡Contigo es siempre!—gritó espantado por mi “brillante” idea.

—¡Ah! ¡Ya empezamos a ponernos limítrofes!—dije colocando mis ojos en blanco mientras me recargaba en aquel cómodo sillón de oficina.

Ambos vestíamos como elegantes caballeros con sobrios trajes veraniegos, pues aún ahí fuera el calor era sofocante incluso en las noches, pero nos comportábamos como niños. Estábamos peleando ahí como dos mocosos por un trozo de pastel.

—¡Ni se te ocurra llamarme victimista!—de nuevo gritó. Estaba furioso y eso me encantaba. Verlo así de encendido, con ese rostro de rasgos tan exóticos y esos ojos de un alma vieja, tan vieja como los más de setenta años que tenía cuando cayó en mis alocados juegos de azar con la vida, la fortuna y la casualidad.

—¿No? ¿No puedo?—pregunté sonriendo maliciosamente mientras me incorporaba, daba la vuelta a la mesa y quedaba a su lado— Es cierto que no alcanzas los niveles de Louis o Armand, pero...

—¡Cállate!—dijo agarrándome de los brazos como si quisiera detenerme por completo, congelándome en ese momento, pero yo sólo reí a carcajadas.

—Cállame con algún argumento de peso, David—respondí.


Entonces lo hizo. Me calló con un argumento de peso. Ese argumento fue un beso que provocó que me callara aferrándome a su rostro y permitiendo que su lengua se enredara con la mía. Después, al separarse, me miró a los ojos completamente furioso, tomó su revista y se marchó dando un portazo.  




Lestat de Lioncourt 

domingo, 24 de julio de 2016

Otra vez II

Esta es la segunda parte de estas memorias de Merrick y David. Disfrutadla. 

Lestat de Lioncourt 

—¿Acaso crees que las visitas de Aaron y sus llamadas las hacía sólo porque surgían de él? No, Merrick. A veces lo llamaba angustiado queriendo saber de ti. Quizá me comporté como un cobarde a tus ojos, pero lo hice siempre pensando en tu futuro. Jamás dejé de pensar en tu futuro—dije agarrando de nuevo la muñeca de aquella mano que una vez me acarició, que incluso rasguñó mi espalda, pero que ahora sólo sabía propinarme bofetadas cada vez más sonoras—. ¿Qué quieres que haga? Ya no puedo cambiar nada, pero te empeñas en restregármelo.


—Pero lo que necesitaba era estar a tu lado. Tus palabras, tus caricias, te necesitaba a ti. No tu maldita ausencia. No a ti preguntándole a secundarios por mí.

Por primera vez en mucho tiempo parecía sentirse débil en una discusión, porque sé que era capaz de revivir cada herida del pasado. Aunque también podría decirse que realidad nunca habían cerrado. Dejó que tomara nuevamente su mano, pero al poco tiempo se encontraba luchando por deshacerse del agarre.

—Nada David—dijo resignada—. La verdad ya no espero que hagas nada más que irte otra vez en algún momento. Porque siempre juegas a lo mismo, a decir que me quieres pero luego huir. Tirar la piedra y esconder la mano.

—¡Huyo por estos dramas!—decía mientras forcejeaba.

El hombre que estaba allí luchando era el de siempre, el que nunca cambió ni cambiará, pero con un cuerpo joven que parecía adaptarse a cada vieja arruga, cada pliegue de mi alma, mientras ella luchaba por huir lo antes posible. Me aferraba a los recuerdos, a las heridas, al deseo común que aún albergábamos y al ruego interno de no volver a meter la pata. Era torpe, como la mayoría, porque era humano pese a los poderes de la inmortalidad. Me sentía débil ante ella porque siempre lo había sido. Quise mil veces huir, pero no podía. Siempre terminaba regresando sobre mis pasos. Ella se había convertido en algo más que un oscuro objeto de deseo.

Sus párpados se levantaron bastante ante esas palabras, pero entonces su ceño se frunció. Sabía que la discusión volvería a instantes atrás donde la furia arrasaba todo.


—¡Entonces por qué sigues aquí!—gritó—. Lárgate como tienes acostumbrado hacer, vete y déjame. O mejor...—dijo mirándome a los ojos como si quisiera matarme—mejor me voy yo y así no tendrás que encontrarme nunca más porque igualmente para ti sólo soy eso ¿No? ¡Un manojo de dramas!

—¡Para!—dije apretando con furia sus muñecas—. Merrick, para de una vez... ¡Para, por favor! ¡Deja de decir estupideces! Sólo intentas arrancarme el corazón cada vez que dices algo así, ¿verdad? Sólo lo haces para torturarme aún más.


La expresión de su rostro se perturbó al sentir esa fuerza sobre sus muñecas, era curioso como aquellas manos le habían protegido en un principio para después abandonarla y terminar de esa manera. Aquellos apretones dolían pero no iba a demostrarlo, ya había demostrado demasiada debilidad por esa noche. Yo sabía que era incapaz de mostrar lo que realmente le ocurría.

—¿Por qué te afecta tanto? Si según tú lo mío es puro drama, siempre subestimándome desde el día en que me conociste.

—¿Yo a ti? Jamás—dije masticando una rabia inmensa—. Siempre creí que llegarías lejos y por eso me aparté. Me aparté porque no quería ser un estorbo. ¿Por qué no te das cuenta, mujer?—intenté no apretar tan fuerte las muñecas, pero no podía. La ira me dominaba.


—¿Por qué haces esto David? —preguntó entonces con una mezcla entre tristeza y rabia en el tono de su voz—.Me dices que no querías ser un estorbo, pero es que para mí nunca lo fuiste. Hablas como si te hubiese recriminado la diferencia de edad, cómo si alguna vez me hubieses escuchado quejándome por eso ¿Por qué es tan difícil entender que te amaba? —apretó sus puños.—Y es frustrante porque sigo teniendo sentimientos por ti, pero cada vez que veo ese nuevo rostro que tienes sólo puedo recordar todo el tiempo que me dejaste atrás.

—¿Acaso crees que esto lo hice porque quería?—pregunté soltándola mientras me acercaba a la mesa para apoyarme de espaldas a esta—. No, Merrick. Esto no lo hice queriendo. Yo ya esperaba la muerte, ¿no lo viste? Sabía que llegaría pronto—dije mirándola directamente a los ojos.


Sé que en ese momento pudo respirar más tranquila al ver que por fin la soltaba, pero por otro lado todavía estaba llena de miles de sentimientos encontrados. Ambos los teníamos. No podía dejar de amarla y detestar todo lo que hacía en ese instante. Quería que dejara de gritar, de hablar, de sufrir y, a la vez, deseaba llegar al fondo de todo para desatar por completo a la bestia y así saber qué pasaba.

—Nadie te obligó a hacerlo David, hablas como si yo te hubiese exigido algo de eso cuando lo único que quería era que me amaras. —seguía mirándome como yo lo hacía con ella—. Yo hubiese sostenido tu mano en tu lecho de muerte si con eso te ibas a quedar conmigo.


—¿Te has planteado lo que suponía para mí verte sufrir porque me moría?—había soltado un largo suspiro sintiéndome cansado—. Merrick, ponte en mi maldito lugar por una vez. Yo contigo lo he hecho aunque no me creas, lo he hecho. Sé todo el daño que te hice y me arrepiento, pero ponte en el mío.


—No te moriste, pero de igual manera me dejaste sola. Solamente que no te quedaste a observar mi sufrimiento. Eres tan valiente —aquellas palabras las había soltado con todo el sarcasmo del mundo, cada palabra que salía de mi boca no hacía más que decepcionarla más—. Al principio me ponía en tu lugar David, pero no puedo hacerlo porque cada vez que intento pensar en algo para justificarte sólo encuentro que tus acciones no tuvieron sentido.


—Porque en realidad no deseas ponerte en mi pellejo—respondí—. Es fácil de ver el miedo cuando sabes que envejeces, que no tienes nada bueno para ofrecer y que la persona que amas puede hacer de su vida un imperio. Ni te das cuenta ni lo harás nunca. Sólo un hombre acabado se habría dado cuenta de algo así.


—Tienes razón, no deseo ponerme en tu pellejo y aunque lo quisiera hacer me resulta imposible entenderte porque claramente tendría que pasar por tu situación—a pesar de todo el revuelo anterior, esas palabras sonaron bastante mecánicas de su boca—. Sinceramente ya no puedo con ésta situación, con tu presencia y tus excusas cobardes. Estoy cansada de todo...

Me acerqué de nuevo a ella tomándola del rostro, mirándola a los ojos como si fuese la primera vez que lo hacía, sintiéndome tan débil como siempre que ella empezaba a llorar o hundirse. Podía ser un cobarde, pero jamás lo había hecho con intención de huir o dañarla. Nunca quise que ella padeciera. No era un maldito desgraciado como otros tantos. Yo aún la quería.


Aunque permitió le tomara del rostro sabía que para ella mis manos eran totalmente diferentes a las cuales se había enamorado. Eran otras que pretendían sostenerla como la primera vez, pero eso era un hecho imposible. No se alejó porque añoraba ese cariño, aunque no fuese igual, pero por otra parte sentía que lo odiaba, que su piel se quemaba ante el contacto ajeno y el ardor se trasladaba por su cuerpo hasta invadir hasta el más recóndito lugar. No dijo una palabra, porque quería absorber un poco de ese silencio, pero tampoco le respondía la mirada, porque no quería ver amor en esos ojos, no quería seguir viendo sentimientos que sólo habían servido para dañarla.

Recordé por un instante a la niña descalza con ese vestido blanco cargado de flores. Pude verla de nuevo parada frente a mí esperando que Aaron dejara de parlotear, como siempre, sobre sus amados Mayfair y la belleza que yo mismo podía contemplar. Una belleza idílica que aún podía ver en ella pese al paso de los años. Me sentí sucio ese día cuando noté que una muchacha, casi una niña, era capaz de despertar oscuros deseos por mi parte. Tan sucios como deseables. Fue terrible darme cuenta que la codiciaba demasiado. Ella fue un regalo envenenado por parte del destino o la vida misma. 

Deslicé mis pulgares por sus mejillas y acabé besando su frente antes de estrecharla contra mí. Rompí a llorar en silencio como un niño extraviado. Sus parpados se cerraron al sentir ese suave contacto en su frente, era un gesto amable y cálido pero en realidad le hubiese gustado haber sentido aquello un tiempo atrás. Percibió mis lágrimas y a pesar de que siempre parecía buscar herirme con sus palabras, le era insoportable verme llorar. Se separó un poco para limpiarme rostro con ambas manos, paseando los dedos por el rastro que habían dejado las lágrimas sanguinolentas que no fui capaz de frenar. Quiso decirme que me amaba en esos momentos, lo supe porque sus ojos hablaban para mí cuando su boca guardaba silencio, pero también se vería obligada a hablar de su odio, de su rabia. Suspiró cansada, cansada de mí, de ella misma, de esas cuatro paredes y posiblemente de la discusión. Acercó sus labios a los míos, fundiéndolos en un infantil roce que duró apenas unos segundos, era lo máximo que podría hacer sin caer en la locura.


—Adiós David.

—¿Esto es un adiós definitivo?—casi no me salían las palabras.

Por un momento me sentí peor que ante mi propio cuerpo en mi funeral. Fue como enterrar otra parte de mí. Una parte que no quería soltar y a la cual me aferraba aunque las discusiones fueran casi eternas. Entretanto ella asintió a mis palabras sin bajar la mirada.


—Ahora soy yo quién debe irse por el bien de ambos.

Al final se estaba rebajando a hacer lo mismo que hice yo, pero de alguna forma ella lo sentía diferente. Porque ésta vez de verdad era necesario para ambos. Yo también lo veía. Veía que era necesario separarnos, pero el egoísmo me podía. Sintió su corazón arrugarse, porque sentía que siempre supo sobre ese final aunque hubiese querido posponerlo un poco más. 

—No. Me niego—dije sosteniéndola de inmediato por la cintura.


En ese momento crucial de mi vida temía más que nunca salir a recopilar información. Temía tener que escuchar que había cometido alguna locura. No quería saber en qué iba a desencadenar todo eso.

—Déjalo ya David. No dificultes más las cosas—no quería seguir escuchando mis ruegos, mis disculpas, porque aunque decía que no significaban nada, era mentira. Como siempre ella decía que no le importaba porque así creía que no veía sus heridas, pero no era así. Su cuerpo tembló al sentir como la tomaba, pues pude notar como le traía recuerdos felices y era irónico como ahora parecían ser más dolorosos que la tragedia misma. 

Sin importarme si se molestaba, si me empujaba o abofeteaba acabé besándola mientras seguía tomándola de la cintura. Odiaba esa discusión y el dolor que nos hería a ambos. Aunque creo que para ella era irritante porque parecía querer frustrar todas sus intenciones. Pudo golpearme, insultarme, quejarse y, sin embargo, terminó optando por dejar que sus labios continuaran con ese contacto. Tomó fuerza y con sus manos sobre mi pecho e hizo presión para alejarme.


—Ya no sigas con esto. Solamente déjame ir —aquello había sonado más como una súplica y se reprendió mentalmente por ello.

Por mi parte simplemente me aparté quedando a pocos centímetros de ella con el corazón hecho trizas, pero sabía que no era el único. Podía notar el daño que me estaba haciendo, después de todo siempre me había mostrado tan transparente ante ella que le resultaba imposible no leer mis sentimientos. Eso también me ocurría con ella como ya he dicho. Podía ver sus sentimientos con claridad. Apartó su mirada de mí y en suaves movimientos terminó por apartarme por completo, yéndose al apenas estar libre de mi agarre.



Dejé que se fuera con la esperanza de su regreso. Esperanza que estuvo ahí hasta el último día. Pero fue una esperanza estúpida llena de vacío. Poco tiempo después, como si sólo hubiese sido un pestañeo tras esa discusión, tomó la opción de morir salvando a un espíritu que llevaba años torturándose. 


jueves, 16 de junio de 2016

David deseó hacer esto recordando a Merrick. 

Lestat de Lioncourt


—¿Alguna vez pensaste que sería tan difícil aceptar un silencio entre ambos?—pregunté con las manos metidas en los bolsillos.

Estaba allí de pie, intentando ser firme y fingir cierto sosiego, esperando que apareciese como otras veces. Sin embargo sabía que no vería sus pies descalzos desplazarse sobre la madera del suelo, ni sus hermosos ojos esmeralda mirarme inquisitiva entretanto su boca se torcía molesta. No estaba allí esa figura casi salvaje de piel morena y ardientes pasiones.

Frente a mí había una vieja fotografía en una mesilla de un salón que muchas veces compartimos. Sobre el regazo del sofá había dejado su viejo vestido blanco lleno de flores, flores tan silvestres como ella misma, y una nota donde pedía perdón de nuevo. Quería volver a sentirla cerca tan obstinada como llena de ira y de amor. Deseaba sostenerla por las caderas notando como sus manos golpeaban con fuerza mis hombros y me gritaba lo estúpido que había sido.

—Es la primera vez que digo una frase sin que me interrumpas—dije con una sonrisa amarga mientras tomaba asiento en un viejo sofá de una pieza.

Me eché a reír porque aún tenía su encaje de la espalda y brazos sobre ese sofá color crema y estampado de flores, ese que muchas veces usó para recostarse frustrada ante mi estúpida perorata sobre el bien, el mal, los espíritus y los límites de tus acciones. Es curioso como los pequeños detalles que antes no echábamos cuenta nos golpean con saña mientras intentamos seguir con la supervivencia más básica, ¿verdad?

—Hoy es tu cumpleaños—susurré—. Ya no recuerdo bien cuales eran tus flores favoritas, pero creo que eran las que nacían libres y fuertes—suspiré apoyando mis codos sobre mis muslos echando mi torso hacia delante mientras me encorvaba como un gato asustado—. Feliz cumpleaños, Merrick—dije clavando mis ojos oscuros en su fotografía.

Habría dado cualquier cosa porque ella regresase como un fantasma. Cientos lo habían hecho. Quizá sólo venían los que aún tenían cosas pendientes o deseaban quedarse para colaborar como antaño. Regresaban más libres, fuertes e intrépidos que nunca. Pero ella no. Yo sabía que ella había huido de este mundo y no regresaría como yo ansiaba. Aún así iba a esa vieja casa donde Talamasca aún tenía su residencia, me sentaba en aquel sillón en plena madrugada y conversaba con la única fotografía que quedaba suya entre aquellos viejos muros. Parecía un joven de rasgos hindúes algo desquiciado pero en realidad era Mr. Talbot, David Talbot, ex-director de la Orden y amante eterno de una mujer cuyos besos eran peores que los de una viuda negra.

—Bien, tengo que marcharme—dije levantándome—. Sé que esta visita ha sido más breve que nunca, pero estoy empezando a perder la esperanza—susurré tomando el marco para besar su imagen. Después me marché.


Recorrí aquel sendero de Oak Heaven como lo haría cualquier bucólico del romanticismo deseando que sus múltiples vicios se lo llevara. Igual que un fantasma. ¿Quién me iba a decir a mí que iba a caer derrocado ante el castigo de tu partida? Sin embargo regresaré como cada año a postrarme como un perdedor, como un maldito idiota, ante tu imagen como si fuese un altar.  

miércoles, 1 de junio de 2016

David Talbot

Nunca he pensado demasiado en las cosas que tenía que hacer o evitar. De hecho, soy impulsivo. Siempre estoy metiéndome constantemente en líos. La verdad es que me apasiona investigar y comprender por mí mismo. No me importa las señales que aparezcan en mi camino, ni las advertencias de los múltiples consejos que puedan darme y ni mucho menos saber que voy a terminar maltrecho. Lo hago. No puedo evitarlo. Yo soy así. Por mucho que los años pasen voy a seguir arrastrando este impulso tan apasionado.

Hace décadas que conocí al hombre más paciente sobre la tierra. Mi amistad con él no le ha traído demasiados beneficios. Yo he perjudicado muchas veces su bienestar y he provocado que se preocupara por mí. Quizás en parte me expongo tanto porque quiero que él se fije en mí como hacen cientos en todo el mundo. Me gusta saber que él está ahí aunque sea en silencio. Es agradable saber que tienes amigos que te quieren y que protegerán tus pasos pese a ser un completo desastre. Admito que lo soy. Soy un desastre.

Recuerdo las primeras noches en su compañía. No dejaba de fijarme en cada uno de sus rasgos y movimientos. Era increíble. Me gustaba ver como se desenvolvía por la habitación intentando comprender todo lo que yo decía. Yo ya era conocido pero él era un pequeño tesoro que sólo yo sabía dónde estaba, cuánto valía y por qué era necesario que nadie más supiese de su existencia. Soy un egoísta en todos los sentidos. Quería acaparar su atención porque pensaba que lo merecía, pero en realidad merecía que me echase de su despacho y diese un portazo tras mi espalda.

Han pasado muchas cosas desde que nos presentamos como dos auténticos caballeros, y es curioso porque yo jamás me he considerado uno. Tantos años que ya no soy capaz de contarlos con facilidad. A veces se me escapan los detalles de ciertos recuerdos, pero no podré olvidar jamás su colonia masculina y su fuerte abrazo. No temió en abrazarme. Un simple humano no puso barrera alguna a estrecharme como si fuese un hermano o un hijo. Creo que me eché a llorar por el sentimiento hogareño que me ofreció. Hacía mucho tiempo que no sentía un abrazo tan fraternal y no pude controlar las lágrimas.

Ahora él ya no es un destacado miembro de la Orden de Talamasca. Por mi culpa perdió su cuerpo, su empleo, su identidad y parte de sus propiedades que poco a poco ha podido recuperar. Podía haber provocado un gran desastre, pero él supo solventar esa difícil situación tras convertirlo en vampiro. Recuerdo que se echó a reír, me dio las gracias y me abrazó con euforia. Tal vez porque sabía que iba a morir después de todo, ya que era un hombre que rondaba los setenta años y los achaques de la edad empezaban a dejarlo tirado como un objeto que no sirve.

En estos momentos lo tengo frente a mí redactando algunas cartas. He pedido que sea mi secretario personal y consejero. Es cierto que no siempre he escuchado sus palabras, que me he enfrentado a sus deseos, que soy un caprichoso y además no pienso demasiado mis acciones. ¡Es cierto! ¡Qué le voy a hacer! ¡Soy así! No puedo evitarlo. Pobre de aquel que intente corregirme porque no lo va a lograr y sólo malgastará su tiempo. Él lo sabe, lo acepta y se ríe ante ello. Acepto que jamás he visto a un hombre tan feliz como él de perseguirme por el mundo gritando: ¡Estás loco! ¡Vas a matarnos a todos! ¡Si lo vas a hacer al menos llévame contigo!


¡Ja! ¡Es increíble! David es increíble. ¿Os he dicho que adoro a ese vampiro? ¡Lo adoro! Creo que es mi mejor amigo y la conciencia que nunca tuve. Tal vez soy el Pinocho de ese Pepito Grillo.


Lestat de Lioncourt 

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Todos tenemos un David Talbot y yo tengo uno desde hace 13 años. Fue extraño como nos conocimos y sé que muchas amistades van y vienen. Él me ha aceptado en mis momentos de euforia, en mi ratitos de pena y también me ha acompañado a la aventura de muchos proyectos. Me ha escuchado reír y llorar. Creo que nunca le he dado como se debe las gracias. Es cierto que siempre me acuerdo de él cuando me pasa algo bueno o malo, que corro a buscarlo y le pido consejo aunque ya sepa que me va a decir que no lo haga o que es una tontería. Lo hago porque necesito escuchar su voz o leer sus palabras. Todos necesitamos a nuestros amigos y más aún si estos han estado a tu lado en lo bueno y en lo malo, en la salud y en la enfermedad y sin tener que tener una relación de matrimonio... Porque los matrimonios discuten y los amigos pueden ser un "matrimonio" pero los matrimonios pueden divorciarse y yo no querría dejar atrás a alguien tan valioso para mí. 

Estos últimos años han sido muy complicados para mí. Los últimos meses lo han sido aún más. Tengo muchos problemas que no cuento salvo a mis mejores amigos... Él siempre está ahí entre ellos. La verdad es que puedo contar a mis buenos amigos con los dedos de las manos. Sólo son seis. Luego están los amigos que son unos pocos más y el resto son conocidos. No tengo muchos amigos porque la vida no tiene mucho tiempo y no me gusta malgastar mi tiempo en personas que no lo valen, en gente que no tiene paciencia o que no sabe apreciar mi compañía. Ellos se merecen todo mi tiempo y el mejor de mis esfuerzos. 

Este texto en concreto está dedicado a uno de ellos pero también quiero dedicárselo un poco a esos amigos que tanto quiero. Gracias chicos por todo. Gracias Rose, Merrick, Mekare y Xanxus por el apoyo de estas semanas. Pero sobre todo gracias a ti Javi.   

martes, 31 de mayo de 2016

Pedazo de cielo

Creo que todo hombre vende su alma por un trozo de cielo, pero este termina siendo el mismo infierno. Yo conocí el infierno hace algunos años y aún no me arrepiento. No puedo arrepentirme de tocar esa piel morena mientras deslizaba peligrosamente mis manos por sus caderas amplias de mujer negra. Sin duda alguna me enamoré perdidamente de ella mucho antes que fuese una mujer. Era sólo una niña pero su alma tenía la sabiduría y la madurez de una mujer apasionada. Guardé mis instintos más primarios y horribles durante mucho tiempo encerrados en un cajón lleno de frustración, deseo, rabia, pasión y fantasmas. Sí, fantasmas. Espíritus que me recordaban que estaba siendo tentado por una mujer que jamás podría tener ni retener por unos unos minutos. Ella como el fuego porque quemaba sólo con su recuerdo y como océano más profundo porque te ahogaba sólo con un beso en la mejilla.

La recuerdo descalza, con el pelo enmarañado y ese vestido blanco de estampados de flores de mil colores. Esos ojos verdes fueron mi perdición. Malditas esas esmeraldas que parecían ser lo único que tenía en ese rostro de muñeca perfecta. Supe que sería hermosa con el paso de los años y que yo debía protegerla. Cualquier desalmado, mucho peor que yo, la destruiría con tal de contar una conquista en una selva oscura de suave piel. Era pantera y a mí las panteras siempre me dieron cierto respeto hasta que una casi me mata.

Intenté que tuviese los mejores estudios y se centrase en una vida menos extraña, con horarios definidos y un trabajo estable. Sin embargo, decidió ser de Talamasca, la Organización de Detectives de lo Paranormal a la que pertenecía. Me sentí feliz porque tomase esa decisión, pero a la vez sabía que no sería feliz y yo me sentiría arrastrado por los demonios que controlaba a duras penas.

Muchos creerán que contar su historia fue suficiente. Ese libro donde hablo de ella y de como me conquistó no es nada. Sólo son páginas llenas de frases que ocultan una pasión desbordada. Se vengó de mí porque cuando se entregó a mis bajos instintos, a los bajos instintos de cualquier hombre, la rechacé alejándome de ella con la excusa más barata que pude hallar.


Había vendido mi alma al Diablo. Ella poseía cada hilo de la estopa de mi alma. Sabía que me condenaría por siempre sólo por amarla de forma cobarde. Porque lo soy. Soy un cobarde. Amo entregarme a las aventuras más difíciles y me enfrento a enemigos invisibles, pero luego no tengo agallas de amar sin barreras. Quizás en esos momentos era viejo y estúpido, como todos los viejos lo son, pero ahora que soy un vampiro no tenía excusa. Podía haber convertido mi mente en un refugio nuevo para empezar a ser joven más allá de mi físico y vivir una aventura de amor apasionado, pero no tuve agallas y ahora ya es tarde. Ella no está. Ella se fue y se llevó parte de mi alma.  

martes, 17 de mayo de 2016

Tristeza

Esto fue cuando los dejé unas noches para conocer a Tarquin...

Lestat de Lioncourt 




—Louis, ¿qué estás pensando?—preguntó sentado en aquel enorme sillón de orejas que había comprado recientemente.

La casa tenía un aspecto acogedor y magnífico. Había reformado el salón y la biblioteca dándole una apariencia más abierta y cálida. David se había instalado en el piso superior, cerca de un pequeño despacho que solía usar para comunicarse con Jesse Reeves y otros vampiros mientras recopilaba información, haciéndome compañía. Lestat se había marchado desapareciendo otra vez dejándonos a solas, sin saber bien hacia dónde movernos, mientras que Merrick se dedicaba a recorrer las calles sin nuestra ayuda. Parecía perdida y dolida con el mundo, con ella misma y con los espíritus que alguna vez sintió como parte propia.

—¿Crees que Merrick es feliz?—dijo con la vista perdida en la nada.

Esos ojos castaños con destellos dorados parecía amargos y desesperados. Su semblante parecía hundido en una melancolía similar a la que yo había padecido años atrás. Mis nuevos poderes, el saber que Claudia me detestaba y que el mundo no era del todo como yo creía, me había convertido en un monstruo menos sensible. Apoyé mi frente contra el cristal de la ventana y cerré los ojos. No sabía como asumir el riesgo de animar su miserable alma, pues él había logrado experimentar todas las etapas de la vida y yo sólo podía ofrecerle mi experiencia como vampiro.

—La felicidad es muy relativa—murmuré apartándome de la ventana para acercarme a él.

—Lo sé, para cada uno la felicidad se define de formas distintas y no se puede decir que tu felicidad, o los hechos que te hacen feliz, es igual a la mía. Eso lo sé, Louis—dijo moviendo suavemente su cabeza para quedar recostado sobre el sillón. Parecía un hombre agotado de setenta años aunque su rostro, y el resto de su apariencia, mostraba a un hombre de treinta años con los rasgos aún demasiado extraños para él. Todavía se miraba al espejo buscando al hombre que fue, al director de la Orden de Talamasca, y luego se echaba a reír como un maníaco dándose cuenta que había tenido mucha suerte y que su vida, su nueva vida, era un milagro oscuro que disfrutaría cada segundo. Pero Merrick no era así—. Sin embargo, ella me mira, sonríe apática y dice que todo va bien. Yo no me creo que vaya bien. Esos poderes que ha acumulado no son los que ella esperaba y creo que tampoco es lo que realmente la completa.

—No ha conseguido lo que quiere y eso no lo va a tener nunca—dije.

Deseaba ser suave con él porque no era su culpa. A veces dañamos a las personas sin que nos lo propongamos. Admito que he dañado en varias ocasiones a Lestat e incluso a Armand, que es mucho más frágil de lo que todos pueden llegar a pensar.

—¿Y qué quiere?—murmuró.


—Seguramente creía que siendo uno de los nuestros haría su vida más estable y lograría calmar su dolor. Ya no se sentiría sola y aislada, sino que sería parte de un mundo donde tú estás. Ella deseaba ser igual o mejor que tú, pero lo único que ha logrado es verse nuevamente en la alargada sombra de tu figura. Tú no la miras como deberías hacerlo y no has perdonado como ella esperaba. Sí, la quieres, pero no la amas de esa forma tan desesperada como ella a ti. David... ha intentado vengarse de mil formas porque aún está herida. Es como tú dijiste... un gato... un gato salvaje y negro que se camufla con su pelaje en mitad de la noche, se mueve por los callejones y arranca pequeños momentos de libertad, para no recordar que la única mano amable la torturó y ella acabó arañándola—suspiré sentándome a su lado en otro sillón similar.  

lunes, 16 de mayo de 2016

Ghost

Preparen motores para la próxima "Voz de la Tribu" porque se hablará sobre este archivo.

Lestat de Lioncourt


De nuevo estábamos frente a aquel impresionante edificio. Observaba cada uno de sus piedras colocadas con total precisión, puestas una a una para ser la fortaleza de pensadores y creyentes fervientes en un mundo extraño y singular. Podía decir sin miedo alguno que el mundo estaba hecho un caos y que ellos intentaban comprender cada pedazo sin desenmarañarlo. Dentro había hombres y mujeres llenos de coraje, valores clásicos y curiosidad. Cuando hablo de valores clásicos me refiero al valor, honor y orgullo de pertenecer a un grupo selecto de pensadores. No se admitía la traición.

—Deseo enseñarte un archivo—confesó.

—¿De qué trata?—dije con los ojos fijos en la única ventana iluminada de toda la fachada frontal.

—Stuart Townsend era un miembro joven de Talamasca. No poseía poderes sobrenaturales, pero un buen día despertó de una pesadilla—explicó brevemente sin entrar en detalles.

—¿Pesadilla? Su nombre me es familiar—comenté con las manos en los bolsillos de mi holgado pantalón.

—Por su puesto que te debe ser familiar. ¿Recuerdas que hace tiempo te ofrecí los Archivos de las Brujas de Mayfair?—preguntó mirándome de soslayo.

—Sí, pero...

—Él fue asesinado por “tía Carl” cuando aún era una mujer muy joven. Fue poco antes del asesinado de Stella a manos de Lionel, hermano de ambas, aunque se sospecha que quien ideó el crimen fue la mayor de los hermanos—decía aquello como si él hubiese escrito cada uno de los acontecimientos en aquellas líneas algo borrosas por ser escritas hacía décadas gracias a una elegante máquina de escribir.

Sabía bien que esos archivos habían sido la muerte de su amigo Aaron. No me gustaba profundizar en la herida, pero en esos momentos coloqué mis manos sobre sus hombros como apoyo moral. Después, sin decir nada, entramos en la Orden colándonos por una de las puertas que solían usarse para el personal de servicio.

Corrimos por las escaleras moviéndonos tan rápido que nadie pudiese vernos, con la mente cerrada e intentando que no pudiesen ni escuchar nuestras pisadas. Al llegar a los archivos, en la parte inferior de la Orden, sacamos el documento rápidamente porque él recordaba donde estaba amontonado. La mayoría de los archivos ya habían sido informatizados y nadie echaría en falta una carpeta como esa.

—¿Por qué deseas esto?—pregunté frunciendo el ceño.

—Indagando más en su caso podríamos comprender como Raglan aprendió a robar cuerpos. ¿No te preocupa que ahora con tantos fantasmas hagan algo similar?—dijo pasándome la carpeta.

“Stuart Townsend

Resumen breve:
Stuart era un niño sano y fuerte que una mañana despertó exigiendo vestidos de niña. Tenía recuerdos de una vida que no poseía, lloraba porque su cuerpo no era el apropiado para “ella” y se frustraba cuando alguien le recordaba que su género era masculino y no femenino. Padeció este suceso durante algunos años, pero una noche se acostó para levantarse de nuevo siendo Stuart.
No recordaba nada de lo sucedido y creía que tenía apenas diez años. Fue un suceso muy extraño que escandalizó a la familia. El chico tuvo que aprender todo lo que se había perdido en los años de posesión. Todavía se desconoce quién era la niña, dónde fue, por qué usurpó su cuerpo y si lo ha hecho en otras ocasiones no constatadas.
De esto hace seis meses y no han ocurrido más problemas.

Estado mental: Notable.
Estado físico: Sin enfermedades físicas.
Historial de enfermedades: Algún catarro alguna vez y un par de dioptrías en ambos ojos.”

—Faltan hojas—murmuré.

—Posiblemente se han extraviado—dijo tras chasquear la lengua.

—¿Ese fantasma aún está en First Street?—pregunté.

—Sí, pero dudo que nos abran sus puertas.


Teníamos un documento antiguo, sellado por el director de aquel entonces, y con una rubrica ilegible del hombre que había realizado el informe. No había nada más. Sólo existía una vieja fotografía algo desgastada donde se veía al chico delgaducho, con gafas y pelo revuelto en la humilde vivienda de sus padres. Habíamos entrado en Talamasca para nada, pero al menos podíamos demostrar que la historia de Stuart era cierta y alertar quizás en el programa de Benjamín que podrían darse casos similares ahora que muchos vampiros jóvenes regresaban como fantasmas.

lunes, 28 de marzo de 2016

Literatura III

Continua el dichoso tema sobre el Diablo, la literatura... Están viviendo una aventura... ¡Sin mí!

Lestat de Lioncourt


Estaba allí a la hora acordada frente al edificio donde residía. La calle estaba más silenciosa que noches atrás. La luz de la farola incidía suavemente sobre el casco de mi moto aparcada próxima a la acera. Todavía no había decidido subir y ponerme en contacto con él cuando el teléfono sonó. No necesité siquiera ver su número en la pantalla junto a su nombre pues sabía que era él, David Talbot. Me saqué el casco y lo dejé sobre el depósito de gasolina, pues aún estaba sentado sobre el cómodo sillín.

—Sé que llevas ahí abajo algo más de media hora—dijo con un tono educado.

—Buenas noches, David—contesté bajándome del vehículo—. No sabía si podía subir antes—me disculpé—. ¿Puedo subir?

—Sí, nuestro invitado está dispuesto a conversar—respondió e inmediatamente colgó la llamada.

Breve, conciso y misterioso. No creí que fuésemos a tener compañía en aquella insólita reunión, pero supuse que podía ser algún experto en el tema u otro de sus compañeros de Talamasca. Desconocía bien cómo iba a abordar un tema que parecía delicado y peliagudo. Era complejo desentrañar algunos escritos que había sobre Oscar Wilde, así como otros grandes escritores de su época o cercanos él. Eran ilustres caballeros que habían logrado plasmar el horror y la seducción a partes iguales. Las aventuras de sus demonios, por llamarlos de algún modo, eran muy tentadoras y cualquiera se atrevería a emularlas de saber que eran demasiado ciertas.

Entré al edificio sorteando al portero, pues detestaba su mal aliento murmurando un apático “Buenas noches”, para subir al ascensor pulsando el último piso. David había comprado la planta superior, pero sólo habitaba una de las tres viviendas. Siempre había sido discreto y de gustos sencillos además de prácticos. Podría decirse que era un hombre cerrado que ocultaba bajo su disfraz una mente brillante y sofisticada que prefería malgastar su dinero en conservar documentos y conseguir información antes que obtener elegantes muebles o lujosos vehículos donde desplazarse. Si yo tenía esa moto, con la que había llegado a la cita, era porque decidí alquilarla para moverme cómodamente por la ciudad. No soy el primero ni el último de los vampiros que prefiere vehículos poco pesados y de escaso tamaño.

No tuve que pulsar el interruptor ni golpear la puerta con mis nudillos. Noté que estaba abierta, ligeramente encajada, para que yo entrase sin hacer más ruido que el de mis pasos sobre el suelo de madera.

—Cierra, por favor—dijo David.

La puerta se cerró tras mi espalda y me moví entre la maraña de cajas, libros y pequeños archivadores de fotografías que ya eran parte de la intrahistoria de cientos de naciones. Me colé en el salón y noté que el invitado era un hombre joven, atlético y con una mirada poco usual. Noté en un escalofrío que recorrió toda mi médula espinal y electrocutó cada una de mis neuronas. No me agradó la sensación ni el ambiente turbio que se movía alrededor de aquel chico de ojos verdes, similares a las gemas preciosas que lucía Louis, y de tentadora boca carnosa.

—Siéntate—me ordenó mi compañero.

—¿Quién es?—pregunté sosteniendo entre mis manos el casco.

—Una leyenda viva—me confesó—. Deseabas saber si era cierto lo que había escrito Oscar Wilde, así como otros escritores. La venta de las almas al Diablo, así como los trucos sucios en objetos encantados. Él ha sido presa de una maldición desde hace varios cientos de años, ¿cuántos son?—dijo girando su rostro hacia el de nuestro compañero. En un primer momento me miraba a mí, como si intentara apaciguarme, pero luego lo hizo con él como si estuviese inquieto porque yo supiese una verdad que debía quedarse oculta por siempre.

—El objeto de mi maldición se encuentra hundido en las profundidades del océano Atlántico junto a otros codiciados enseres. Posiblemente en una de las cajas fuertes más importantes del poderoso trasatlántico Titanic—su acento era británico y formal. Pude percatarme que ese hombre no era humano, pero tampoco era vampiro. Aquello que estaba ahí sentado podía catalogarse como un “UFO” entre nuestra sociedad actual. Sin embargo, ¿cuántos monstruos y seres de leyenda se mueven por la ciudad sin que sean señalados por los humanos? Cientos. Yo apenas estaba descubriendo que no sólo existíamos los vampiros, brujos y Taltos.

—¿Está bromeando?—pregunté inquieto.

—Es un cuadro y la pintura estaba enrollada en un tubo de metal que lo protegería para siempre, introducido en una de las más resistentes cajas fuertes que encontré y a su vez metido en otra perteneciente al barco. Todavía recuerdo la combinación de números y letras—aseguró.

—¿Qué demonios eres?—dije dando un paso atrás.

—Daniel, intenta mantener la calma y la educación—susurró David.

—Realmente no lo sé—explicó con una sonrisa cortés—. ¿Qué crees que soy?

—No pareces vampiro pero tampoco humano. Los humanos no viven tanto tiempo y menos conservándose jóvenes—contesté sentándome en uno de los sillones que David recientemente había adquirido al fin.


—No lo sé. Una vez fui humano y pretencioso. Deseaba conservar mi posición, belleza, riqueza y poder. Estaba obsesionado con la belleza que reflejaba mi espejo y quería ser el Adonis eterno que muchos contemplaban—dijo inclinándose sobre una pequeña mesilla auxiliar donde había una copa de whisky. Recordé en ese momento lo mucho que amaba esas bebidas y las noches de borrachera que había tenido cuando era mortal. Extrañé el sonido de las tragaperras, a los trasnochadores y el barman empujándome por si estaba muerto o sólo había bebido de más—. En 1529 vendí mi alma al Diablo, o quizás a algo similar al que podemos llamar de ese modo, porque desde entonces me conservo vivo pese a todos los vicios que he sufrido y todos los pecados que sigo acumulando. He conocido más pecados que los bíblicos y profundizado en ellos hasta la inconsciencia—susurró dejando de nuevo el vaso tras dar un pequeño sorbo—. Oscar Wilde me dio por muerto en su novela porque pensé que era un final perfecto para mí, pero sigo vivo y hallando la forma de morir—se echó a reír como si aquello fuese gracioso, pero en realidad lo era de una forma un tanto macabra. Quería morir y no podía. Su cuadro se hallaba en las profundidades de un barco hundido casi inaccesible—. Además, supongo que aunque destruya el cuadro, si no lo ha hecho ya el paso del tiempo, podría no ser mi final. El Demonio jamás me dijo cómo deshacerme de este pecado—confesó encogiéndose de hombros para luego mirarme a los ojos—. Tu historia me recuerda a la mía. Deseabas ser vampiro y cuando lo fuiste perdiste el juicio. Yo lo perdí durante un tiempo.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt