Durante años la quietud parecía
haberse apoderado de New Orelans, pero en cuestión de meses había
sido arrasada por situaciones trágicas y especiales. David Talbot,
amigo mío, seguía ofreciéndose como parapsicólogo experto, pero
aún así aquello que nos perseguía jamás fue parte de éste mundo.
Memnoch había secuestrado la calma y arrojado parte de su territorio
sobre las calles de la ciudad. Por supuesto, ésta revolución tenía
un coste en todos y cada uno, pero había beneficiados. La familia
Mayfair volvía a destacar como hacía décadas que no brillaba.
Desde Stella no se había escuchado con tanta fuerza el apellido por
las calles más lujosas. First Street era un hervidero de curiosos
deseando de ir a las fastuosas cenas que se realizaba en los locales
de la familia, donde amigos y personas de interés se codeaban con
nuevos miembros que hacía mucho estaban enterrados. Los humanos, a
veces tan simples, creían que el nuevo Julien Mayfair sólo era un
descendiente que había estado oculto públicamente y que en estos
momentos, debido a la coyuntura creada porque Mona no daba hijos,
había tomado los negocios para dejar una nueva heredera. El hospital
se llenaba cada noche, los pacientes habían escuchado de milagros
dentro de los muros de aquel lugar, y Rowan se sentía agotada,
frustrada y encadenada a un proyecto que antes era su tabla de
salvación. Por mi parte, me sentía aturdido y temeroso.
Había decidido acudir a una llamada de
teléfono realizada por Michael Curry. David me había advertido que
ocurriría. Hacía tan sólo dos noches que él y David habían
tenido una conversación algo acalorada, pero no entró en demasiados
detalles. Me confesó que tan sólo tendría que ser fuerte y prestar
mi disponibilidad a Rowan, e incluso a Michael, si hacía falta.
Aquello me dejó con ciertas dudas, pero conociendo el designio que
estaban llevando los cauces de la vida, social y económica de los
Mayfair, supuse que tendría que ver con Lasher, Morrigan, Ashlar y
con todos los Taltos en sí. Si había algo que le causara pánico a
Rowan era Lasher, o más bien su recuerdo. También sabía, y muy
bien, que Lasher era una marioneta perfecta cuando Julien tenía
dominio sobre sus instintos.
Recordé que amar era sacrificar tu
felicidad, así como tu propia libertad, cuando la persona amada caía
frente a ti en medio de un terrible dolor. Pues, no se puede ser
feliz ni libre viendo algo así. Yo sacrificaría la paz de mi vida,
esa que me permitía narrar mis aventuras como un anciano,
rememorando los buenos momentos, en el confortable hogar que tenía
en French Quarter o en las afueras, muy cerca de Blackwood Manor.
Como he dicho acudí a First Street.
Dejé atrás mi traje más formal y decidí vestir como cualquier
muchacho. Llevaba una camiseta de un grupo de rock, en concreto de
los Rolling Stones, sin mangas y unos pantalones tejanos con algunos
rotos, los cuales encajaban bien con las botas militares que había
decidido calzar. No era un atuendo para un vampiro, pero ¿cuál es
el atuendo idóneo? ¿Capa y sombrero de copa como solía hacerse en
la época de la elegancia, el glamour y decoro? Necesitaba ropa
cómoda si tenía que moverme por lugares turbios, aunque esperaba no
hacerlo esa misma noche.
La candela estaba abierta, el pequeño
camino de piedra hasta la vivienda me dio la bienvenida como si fuera
uno más, y observé la fachada como si jamás la hubiese
contemplado. Habían pasado tantas cosas terribles allí, tanto
dentro como en el Jardín, que sentía que esa casa tenía vida
propia y su alma era torturada continuamente por su horrible memoria.
Me llevé las manos a los bolsillos y
eché a caminar sin mirar atrás, llamé al timbre y en cuestión de
segundos estaba abierta la puerta por Dolly Jean Mayfair. Esa mujer
era pura dinamita, estaba algo loca y siempre bebía whisky, vodka,
cerveza o cualquier licor que la mantuviera viva. Creo que el alcohol
era su único combustible y en cuanto no lo tuviera moriría.
—Hola seductor—me dijo con una
sonrisa fascinante. Era una anciana muy coqueta, tenía pintado los
labios y el pelo bien arreglado. Juraba que se había adecentado para
darme la bienvenida. Desde hacía algún tiempo había ocupado la
casa mientras se arreglaba la vieja mansión de Fontrevault, proyecto
que se estaba llevando con éxito por parte de Julien—. ¿Has
venido a cortejarme? ¿O tengo que ponerme celosa? Piénsalo, celosa
soy terrible.
—Hola Dolly—respondí tomándola
del rostro con mis manos frías. No había bebido aún, pero no lo
necesitaba—. Sigues con tanta fuerza a pesar de los años.
—Yo voy a enterrar a toda esta
familia, mis genes son mucho más fuertes y lo estoy demostrando.
Pero ya me llegará la hora, me echarán de menos y se lamentarán de
no escuchar mis viejos chistes—me guiñó un ojo y se echó a reír
antes de abrazarme.
—Eres un encanto—dije acariciando
sus cabellos canos, dejando que la punta de mis dedos se perdieran en
su nuca—. He venido a ver a...
—¿Morrigan? Si es a la hija de Mona
se la llevaron—aquello me heló. Ella se apartó y me miró a los
ojos—. No lo sabías, ¿verdad cielo? Mona aún no lo sabe. Michael
quiere mantenerla oculta aún algún tiempo, sobre todo ahora que ha
sabido que su macho está vivo.
—Ashlar...—balbuceé sorprendido,
aunque no debería estarlo pues ya imaginaba que algo así debía
ser.
—Sí, ha puesto negocios de todo
tipo—comentó cerrando la puerta mientras me empujaba hacia el
interior—. Pasa, Michael quería hablar contigo de eso.
—Sí...—susurré sintiendo la casa
en calma, como si todas las presencias que solían revolotear entre
los muros de la vivienda se hubiesen consumido como una colilla, para
no dejar siquiera el aroma o el recuerdo de su estancia entre los
nuestros.
—Está arriba—dijo señalando con
el dedo—. Donde el viejo despacho de Oncle Julien—comentó—.
Está muy perturbado, así que ten cuidado. No digo que te pueda
golpear o hacer daño, pero sí herirte con sus palabras. Michael
puede ser muy dulce, pero también es torpe cuando se expresa.
—Sobre todo si tiene entre sus manos
esa bomba de relojería.
Me aparté de la dulce anciana y eché
a correr escaleras arriba. Por primera vez las tablas no crujían, la
casa era otra porque los cuadros no te devolvían la mirada y no
había tanta humedad en el ambiente. Sí, algo había pasado.
Al llegar al despacho lo vi con
claridad, pues la puerta estaba abierta y él se movía frenético
por la habitación. Michael meditaba en calzoncillos, con tan sólo
una bata que le cubría un poco el cuerpo, mientras se frotaba la
barba y fruncía el ceño.
—Ella está en el hospital, allí
puede defenderse de él si aparece. Está Oberon, y Oberon es leal a
Rowan casi desde que la conoció—explicó sin siquiera mirarme,
pero finalmente se detuvo y se giró hacia mí—. Lestat, no puedo
decírselo a ella. No puedo.
—Lasher ha vuelto—dije sintiendo
como el miedo comenzaba a subirse por mis pies, se aferraba a mis
piernas y me agarraba con fuerza—. Era eso.
—He tenido aquí a Morrigan unos días
desde que Julien la hizo regresar, en el cuerpo de otra niña Mayfair
ofreciéndole su alma y el demonio modificó sus rasgos. Es idéntica
a Mona, idéntica a ella cuando era mi niña a pesar de todo, y no
quiero que le hagan daño. Ella es algo salvaje, pero es mi hija.
Quiero protegerla. ¿Y si Julien le hace daño por oponerme a Lasher?
¿Por qué lo ha traído de regreso? ¡Él me dijo que lo matara! Es
un peligro para la familia.
—Pero beneficioso para los negocios y
ahora él puede controlarlo, sabes bien que representa Julien para
Lasher—comenté cerrando la puerta para sentarme en una de las
sillas frente a la mesa del despacho.
Era un sitio agradable y elegante.
Estaba lleno de referencias al trabajo de Michael, había planos
enrollados en las esquinas y algunas replicas en pequeñas maquetas
de viviendas que estaba reconstruyendo. Sin embargo, también vi
cierto libro que ya conocía bien. Era el libro de los Taltos. Allí,
frente a nosotros, se hallaba el libro de los Taltos que había
escrito Lasher. También había numerosas muñecas de porcelana,
todas con un parecido terrible a Morrigan, pero con distintos
cabellos y vestidos.
—Las compró ella—respondió—.
Tiene varias tiendas, una online y varias físicas en todo el país.
Ha vuelto con sus malditas muñecas, sus empresas de construcción y
sus proyectos cargados de ambición, fuerza y poder—dijo
acercándose al minibar para sacar una lata de cerveza, que no dudó
en abrirla rápidamente y darle un largo trago.
—A Rowan no le gustará saber que
tienes cerveza aquí arriba—comenté.
—Tú haces cosas más terribles y no
se molesta, pero conmigo es distinto—reí cuando dijo eso, no pude
evitarlo—. Eres alocado, entrometido, testarudo y evidentemente no
estás cuerdo.
—¿Y quién lo está? Dime. ¿Quién
demonios lo está?—pregunté encogiéndome de hombros mientras me
recargaba en la silla—. Rowan no sabe que Lasher está vivo, pero
creo que tú tampoco lo sabías. Si lo hubieses sabido no estarías
tan nervioso, preocupado y molesto. Te noto muy molesto.
—¡Claro que lo estoy!—gritó—.
Maldita sea, yo lo maté para que no volviera—se quejó amargamente
tomando asiento frente a mí.
Silencio. De nuevo el silencio. Sus
ojos azules, tan penetrantes como atractivos, me mostraban una fuerza
terrible. Tenía apretado el mentón y sostenía cerca de su boca la
lata. Estaba inclinado hacia delante, con el papeleo por todas partes
y aquellas replicas de hermosas jovencitas. En el tiempo que habían
estado separados, aproximadamente una semana, había sucedido grandes
cambios.
—¿Y Hazel?—pregunté.
—En su cuna—respondió—. Tengo
varios aparatos para escuchar si le sucede algo, también hay una
niñera con ella todo el día y parte de la noche.
Ambos entonces nos miramos alarmados.
Algo en nosotros nos decía que no iba bien, que algo se había roto
y destrozado para siempre. Dolly empezó a gritar en el salón y
ambos salimos disparados hacia la planta inferior. Primero salí yo,
usando mi velocidad de vampiro, y después salió Michael bajando
todo lo rápido que podía. Allí, frente a Dolly, estaba Rowan
temblorosa y llorosa. Parecía un espectro y tenía la ropa rasgada,
la bata llena de sangre y los ojos abiertos como si estuviese
poseída.
—Rowan...—balbuceé—. Rowan,
cariño—dije con mayor firmeza en la voz—. ¿Qué ocurre?
—Él vino—dijo temblorosa—. Él...
vino... —murmuró cayendo en redondo frente a nosotros.
Con cuidado Michael la levantó del
suelo, pues yo no me atrevía. Pensó que era él quien debía
hacerlo. Con dulzura, cosa atípica en un hombre rudo y hecho a sí
mismo como él, besó su frente y echó a caminar hacia la habitación
que ambos compartían. Miré a Dolly, aún espantada por como la
había visto entrar, y caminé hacia ella para estrecharla entre mis
brazos. La pobre estaba muy conmocionada, pero rápidamente me apartó
y me señaló la habitación de la pequeña.
—Si la atacó a él, atacará a la
niña. Ve por la niña—comentó apartándose de mí, para darme un
leve empujón hacia la escalera—. Tómala y llévala al cuarto,
junto con su madre, porque es de lo poco que la calma y la hace
regresar a la normalidad.
—¿Ha sucedido antes algo
así?—pregunté.
—Sí, con el olor de Ashlar en las
muñecas. Por unos instantes recordó a Lasher y se hizo daño así
misma. Eso pasó hace tres días, estuvimos a punto de llamarte pero
Michael decidió que él se haría cargo, que sólo te llamaría si
era necesario—tomó aire juntando sus manos y comenzó a rezar—.
Ay San Judas, San Judas... San Miguel Arcángel... cuídanos, por
favor.
No pude controlarme y besé la sien
derecha de Dolly Jean, después subí apresurado por la escalera para
entrar en la habitación. Allí una mujer, de ojos cafés y largo
cabello negro, mecía suavemente la cuna para tranquilizar a la
pequeña. Era una enfermera del hospital, la cual había pertenecido
al área de maternidad. Nos conocíamos de vista, pero jamás supo
que era yo realmente.
—No puede estar aquí, el padre no lo
permite—comentó—. Y la doctora Rowan no le ha dado permiso,
¿cierto?
—Es curioso—susurré provocando que
me mirara confusa—, muy curioso—añadí con una sonrisa algo
burlona—, que diga que el padre no permite verla.
—¿Por qué?—preguntó visiblemente
alterada al notar que me acercaba, aunque lo hacía lentamente y con
cierta gracia. Ella se derretía por mí, lo sabía. En más de una
ocasión había leído su mente y visto sus feroces fantasías, cosa
que nunca tendría la satisfacción de hacer conmigo—Dígamelo.
—Porque yo soy el padre de la
niña—mis palabras tuvieron efecto en ella. Abrió los ojos como
platos, la boca se torció en una mueca de sorpresa y llevó su mano
derecha a los labios—. No se sorprenda tanto. Además, Michael hace
bien sus funciones como padre. Se puede decir que es afortunada al
tener dos padres.
—Pero, es usted muy joven para...—se
sentía ofendida. De la sorpresa pasó a la molestia. Era mucho más
joven que Rowan, y según ella más bonita, y por lo tanto merecía
ser amada por mí más que la doctora—. ¿Cómo pudo? Es terrible.
—No haga que le cuente el cuento de
las abejas y las flores, pues creo que ya tiene una edad que debería
saber como funciona la reproducción humana—comenté acercándome a
la cuna. En realidad, habíamos podido gracias a proyectos genéticos
en el Centro Médico Mayfair, el mismo lugar donde estaba ocurriendo
la resurrección de los Taltos. Sin embargo, esa estúpida criatura
no lo sabía—. Hola amor, ¿me has extrañado?
La niña estaba despierta con aquellos
enormes ojos azules, con cierto tono grisáceo. Tenía las mejillas
llenas y rosadas, que realzaba su piel lechosa de terciopelo. Sus
rizos cada vez eran más largos, caían sobre la almohada y rozaban
el cuello de su pequeño y fresco pijama. Poseía una sonrisa
preciosa, aunque todo padre puede decir eso de su hija.
Alcé a la pequeña de la cuna y caminé
hacia la puerta sin impedimento alguno, después crucé el pasillo y
entré en la habitación de Michael y Rowan. En la cama estaba ella,
ya limpia aunque aún no le había puesto su camisón rosado, y él
desabrochaba su chaleco para poder liberarla de aquellas prendas que
olían a Lasher. Quería quitar su aroma de inmediato.
—Cada vez se parece más a ti—comentó
cuando se giró y nos vio—. Sin duda es tu hija.
—Sí, es una niña fuerte y
guapa—contesté—. Pero yo digo que se parece a su madre.
—Mamá—dijo señalándola—. Mamá.
Ya tenía casi un año y medio, sabía
algunas palabras y comenzaba a intentar dar sus pequeños pasos. Era
tan hermosa que podía jurar que jamás había visto una niña con
tanta vida, fuerza y pasión concentrada en unos pequeños bracitos
que me rodeaban el cuello. No podía dejar de pensar en Claudia y el
amor que llegué a sentir por ella, un amor que quedaba en nada
comparado con mi amor por Hazel.
Rowan despertó aturdida justo cuando
la niña repetía de nuevo su nombre. Abrió sus ojos y estiró sus
brazos hacia mí, en señal que quería cargarla. Cuando la tuvo en
sus brazos se echó a llorar. Besaba el rostro de la pequeña con
cuidado y mimo. Michael y yo tomamos asiento en la cama, él en el
lado derecho y yo en el izquierdo.
—Te queríamos avisar. Hemos sabido
de Lasher hace dos días, pero no hemos podido confirmarlo antes.
Ésta noche, cuando a penas eran las ocho de la tarde y tú aún
dormías, llamé a Lestat para que viniera. Queríamos hablar contigo
de todo éste asunto, pero él ha dado contigo antes que nadie—ella
no dijo nada cuando Michael habló, es más ni lo miró. Estaba
perdida en los ojos claros de la niña—. Morrigan ya está en un
lugar seguro, custodiada por Miravelle y Lorkyn—expresó—. Ella
ya no corre peligro, pero tú sí.
—Hay que buscar a Ashlar—dijo con
firmeza—. Él podrá luchar contra Lasher. Él y Oberon, que me ha
salvado la vida—comentó con la voz muy ronca y quebrada—. Llama
al hospital, se hirió la mano en la pelea. Quiero saber si el corte
fue limpio o no, también si puede venir a casa.
—Será que venga mañana o más
tarde, ahora debes descansar—comentó Michael.
—¿Qué sucederá si viene por el día
mientras descanso?—sus ojos se llenaron de lágrimas—. ¿Qué
sucederá si se lleva a la niña?
—No se la llevará, pues reforzaremos
la seguridad—le aseguró.
—Yo puedo traer por mi parte algunos
guardias—expliqué—. Tengo personal que cuida mis fincas y
bienes, siempre consigo nuevas personas para que custodien aquello
que amo y aprecio.
Ella se recostó bien en la cama y no
dijo nada más. Nosotros decidimos mantenernos en silencio. Cuando
llegó el amanecer decidí marcharme dejando un beso en su mejilla.
Rowan se iba a sumir de nuevo en un estado desastroso. Tenía que
ayudarla. Debía buscar al demonio, quizás, y aceptar un trato mejor
que el ofrecido a Julien. Arriesgaría mi seguridad, libertad y
felicidad por ella, la pequeña e incluso por Michael y Dolly Jean.
Lo daría todo por aquellos que me apreciaban y que formaban parte de
mi corazón. No, no permitiría que el dolor llegara de nuevo
invadiéndolo todo. Michael y yo lo haríamos todo por ella.
Lestat de Lioncourt
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Agradezco profundamente a Dolly Jean por sus consejos. Así como espero que Ashlar y yo podamos hablar pronto... muy pronto.
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