Debido a los últimos acontecimientos, los cuales pueden conocer leyendo las entradas anteriores, les ponemos en contacto de nuevo con la historia, el legado del dolor y el terror. Michael nos lleva nuevamente a nuestra actual realidad.
Lestat de Lioncourt
La observaba en silencio. Meditaba
sobre todo lo que había pasado en sus vidas. El colchón se hundía
hacia su lado, arrugando la colcha que ella misma había elegido para
la habitación, la luz diáfana de la lámpara de la mesilla le
ofrecía un aura distinta a la habitación y ella parecía estar
esperando ser despertada como cualquier princesa de cuento de hadas.
Tenía sus finos brazos contra la enorme almohada, igual que sus
rizos rubios que también rozaban sus pómulos, nariz y mentón. Él
simplemente la observaba sin atreverse siquiera a decir algo.
Se inclinó hacia delante apoyando sus
codos sobre los muslos, giró su rostro hacia la ventana y observó
las estrellas. Habían vuelto a esa casa. Parecía una maldición que
caía sobre ellos arrancándoles el aliento. Se preguntaba si debía
explicarle la nueva situación, o sólo guardar silencio y dar
respuesta a los problemas que fuesen sucediéndose. Simplemente tenía
miedo. El miedo atenazaba su corazón.
Estiró el brazo hacia la mesilla, tomó
el móvil y miró el listado de últimas llamadas. El último número
era el de Lestat, esa misma noche y hacía tan sólo treinta minutos.
No le había llamado ella, sino él. «Debemos ser fuertes.» le
dijo, pero también le causó cierto impacto que pidiese sinceridad
hacia Rowan con «Tiene que saberlo, pues si no lo sabe estará más
indefensa que nunca. Ésta noche nos vemos.»
Dejó de nuevo el móvil en su lugar,
frunció el ceño suavemente y se llevó las manos a la cara. Debía
hacerlo. Debía decirle el peligro que corrían. Sin embargo, se giró
y la vio dormir de nuevo en la quietud de la noche. Pronto se
despertaría, pues aún no eran ni siquiera las once. Cuando lo
hiciera vería en sus ojos el desconcierto y el dolor. No obstante,
su mejor y mayor recuerdo era aquella tímida sonrisa, cargada de
nerviosismo, que vio el día de su boda. Intentaba pensar en ella, en
la iglesia, el coro y las ilusiones que habían guardado en el cajón
de alguno de los muebles de la vivienda.
—El amor no es suficiente para
proteger, pero más allá del Valle de las Sombras estará el Valle
del Edén. Encontraremos la solución en cada verso no escrito, los
poemas se alzarán como aves majestuosas en un sensual rito. El
milagro de la vida es tan importante como el de la muerte,
conoceremos ambos si hay suerte. Toma mi mano con fuerza, tómala. No
te dejaré jamás—tarareó bajo mientras se incorporaba de la cama,
dejando tan sólo la silueta de su presencia sobre ella, y se
aproximó a la ventana—. Hay monstruos crueles allí, que matan con
crueldad, pero con esa crueldad también se les puede matar.
Se percató entonces que ella había
despertado y lo miraba en silencio. Se giró hacia ella y la miró
con ese amor que jamás había muerto, sino que estaba ahí más
intenso que nunca. Quiso llorar, pero se contuvo. Rowan era lo único
bueno que le quedaba ya en la vida, salvo el ser que caminaba
inquieto en su habitación y estaba a punto de echarse a gritar por
quinta vez en una hora.
—¿Qué hora es?—preguntó.
—Temprano—respondió acercándose a
ella para dejar un beso en su frente.
Esperaría a Lestat, pues el vampiro
podía manejar mejor la situación que él y que cualquiera. En esos
momentos se sentía inútil e incapaz, pero Rowan tendría su apoyo y
afecto para luchar. Un apoyo en forma de martillo y manos ásperas
que no dudarían en actuar de nuevo.
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