Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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sábado, 16 de septiembre de 2017

Últimas horas

Julien y Richard... ¿Acaso no es amor? Yo diría que es el más puro.

Lestat de Lioncourt 


—Te pondrás bien.

Había despertado después de horas dormitando. La noche había sido agitada debido a la irrupción del Hombre en la habitación. Él, como siempre, apareció para intentar consolar su miserable existencia acompañándome de forma sentimental y arrojando contra mí toda una perorata de amor falso, como las perlas baratas que un hombre tacaño adquiere para sus ilusas amantes.

Richard estaba vestido de forma varonil, dejando atrás el maquillaje, las medias de red, los bonitos y sofisticados tacones o el sujetador con relleno. Ante mí había un muchacho de tez clara con mejillas de color de los duraznos maduros y una boca carnosa, algo trémula, que no dejaba de murmurar que me amaba sin decir siquiera palabra alguna. Tenía unos ojos tan profundos que a veces me ahogaba en ellos como ocasionalmente lo hacía Lasher en el whisky, el ron o cualquier vino barato cuando nos obligaba a ir al puerto a disfrutar de las tabernas y las putas que allí se arremolinaban. Mujeres que eran como abejas en un panal de miel, zumbando de un lado a otro, buscando un hombre que las mantuviese esa noche en sus camas y dejasen un buen fajo de dinero en las mesillas de noche de los moteles más baratos y nauseabundos que puedas imaginar.

—Eres un iluso—respondí sintiendo la boca pastosa debido al medicamento.

—Siempre te he visto superar cualquier problema con tus empresas, solventar cualquier enfrentamiento y te has burlado de tus años. Lo lograrás.— Decía aquello convencido. Estaba absolutamente convencido que no me moriría. Él creía que podría luchar contra el mundo entero y salir victorioso cual Alejandro Magno, pero no. Ya tenía ochenta y cuatro años aunque él ni siquiera lo podía imaginar ya que jamás había aparentado mis años, pero aquella caída había hecho que mi vida se convirtiera en un infierno.

—Ni siquiera te he dicho jamás mi edad—dije con una sonrisa cargada de coquetería.

Mi cabello negro y rizado, muy rizado, ya no existía y en su lugar había una cabellera cana. Mis ojos era lo único que aún conservaba como cuando era un muchacho, unos ojos azules inquietos y llenos de preguntas. Apenas tenía arrugas, pero se podía intuir que no era un cuarentón ni un cincuentón.

—Ni lo necesito. La edad son cifras que no me interesan—dijo tras una fresca carcajada.

Suzette Mayfair, mi esposa, me odió muchísimo por mis infidelidades. Yo la amé de forma egoísta, pues nunca la amé como a una mujer sino como una compañera. Amé su temperamento, su belleza, sus virtudes y el amor que desprendía hacia nuestros hijos. No obstante, jamás pude amarla como amé a Richard.

—Sabes que siempre te he sido fiel a mi mod.

—Sí, a tu manera—susurró buscando mi mano derecha para tomarla entre las suyas. Estaba sentado casi al borde de la cama, pero se acomodó un poco en esta para estar muy cerca de mí—. Siempre has hecho las cosas a tu manera.

—¿Y eso no te ha hecho sentir jamás traicionado?

—Me has dado los mejores años de mi vida, pues a tu lado he aprendido demasiadas cosas. — Sentí un extraño deseo de desnudarlo y hacerle el amor, pero apenas tenía fuerzas esa mañana.


Me quedé mirándolo y recordé a Victor Gregoire, el mestizo oficinista que había trabajado para mí y que el Hombre mató, sentí miedo por un momento porque ese espíritu pudiese matarlo cuando yo me muriese debido a sus celos insanos. Aún así no dije nada y sólo dejé que las lágrimas surcaran mi rostro mientras lo miraba agradecido por todo el amor que me ofreció aunque no me merecía siquiera una caricia de sus virtuosas manos.  

martes, 29 de agosto de 2017

Egoísta

Sí, Julien, era un egoísta... Pero yo le entiendo.

Lestat de Lioncourt 

—¿Qué se supone que debo hacer? ¡Dime!

Había sacado toda la ropa de su armario y la arrojaba contra la cama, algunas prendas caían al suelo a sus pies y otras cerca de mis mocasines. Yo me mantenía aparentemente impasible con la pipa colgada de mis labios y los ojos fijos en ella. Estaba furiosa y lo entendía, pero no la detendría ni calmaría. Merecía ese trato y lo aceptaba.

—¿Desde cuándo?

Sus ojos estaban llenos de lágrimas cargadas de decepciones. Estaba cargada de furia y la lanzaba contra los muebles, la ropa, los caros perfumes que le había regalado para compensar mis deslices y las flores que estaban en el jarrón que coronaba la cómoda que presidía la habitación... Todo estaba por el suelo como su alma, como sus ilusiones, como su verdad y como nuestro matrimonio. Regado, roto, ultrajado y lleno de manchas.

—¡Julien!—gritó—. ¿Acaso no vas a decir nada?

Me encogí de hombros y di una calada a la pipa, para luego dejar que el humo se extendiera por la habitación lejos de mi nariz. Agaché la mirada unos segundos e intenté reunir fuerzas, pero rápidamente un sonoro bofetón cruzó mi cara. Me había pegado con la diestra marcando mi mejilla contraria, para luego caer de rodillas y llorar aún más.

—No merece la pena llorar por mí—susurré para luego agacharme e intentar incorporarla—. No merece la pena, mujer.

—Creí que me amabas... ¡Lo creí!

—Lo sé, lo sé... —dije levantándonos a ambos para quedar de pie, aunque ella parecía temblar demasiado—. Te he decepcionado, pero también me he decepcionado yo. Te amé de forma egoísta. Nunca te amé como esposa, pero sí como madre. Fuiste y eres una madre ejemplar para nuestros hijos, pero yo nunca te amé del modo romántico y entregado que tú me querías.

—¡Por qué estás con esa fulana!—exclamó.

—Porque es un hombre.

Mis palabras grietaron más si cabían su corazón y de inmediato salió de la habitación sin mirar atrás. Se subió al coche y pidió al chófer que la llevase lo más lejos posible. Antes apenas había vehículos a motor, pero nosotros teníamos uno. Amaba ese coche y ella se fue montada en él. Después de varios días pidió que se llevasen sus cosas y rogó a nuestros hijos, ya adolescentes, que se fueran con ella. Ninguno quiso. Todos decidieron quedarse conmigo.


¿Y qué iba a hacer? ¿Ir tras ella? Después de ese jovencito vinieron otros y hasta que no llegó Richard, hasta que él no me embriagó del todo, no me detuve. Ahí fue cuando yo perdí parte de mi alma. Me enamoré de él y no hubo marcha atrás.  

jueves, 24 de agosto de 2017

Todo tú

Admitamos que Julien tenía labia. 

Lestat de Lioncourt 

Inesperadamente al abrir la puerta de su apartamento, pequeño y para nada diáfano, encontró aquellas flores sobre el escritorio que usaba para comer y estudiar algunos libros que lograba adquirir con gran esfuerzo. Las flores eran frescas y reconocí la banda lavanda de su floristería favorita. Junto a las flores había una nota doblada que dudó durante unos segundos en tomarla y leerla. Al final, lo hizo.

Reunió fuerzas, respiró profundamente y se encaminó al escritorio para tomarla. Eso sí, primero acarició algunos pétalos de las diversas flores que allí estaban reunidas, en un ramo heterogéneo y abundante. Después agarró la nota y se sentó a leerla. Sus manos temblaban, las letras se emborronaban mientras leía y acabó llorando. Algunas lágrimas salpicaron el papel, pero este se reproducía una y otra vez con la voz del hombre que le había robado el corazón, por no decir el alma y todos sus pensamientos cuerdos.

«Desnudé tu alma más allá de la primera capa, inoculé tu recuerdo en cada pensamiento y dejé que el virus nos contaminara a los dos. La droga del amor se convirtió en lo único que teníamos para combatir los malos momentos, la tortura de una sociedad ciega y convulsa en años difíciles, oscuros e imposibles para que germinara cualquier sentimiento que no fuese odio, decepción, soledad y desarraigo. La sociedad que yo conocía no era la misma en la cual naciste, la diferencia era abismal entre ambos y aún así me tomaste de la mano, me sonreíste y decidiste manchar de carmín mi boca; la misma boca con la cual te he recitado canciones como si fueran poemas, te he dicho reproches para que te embravecieras y he confesado el tormento que sentía cuando te hallaba lejos de mis brazos, del borde de mi cama o no escuchaba tus tacones marcando un compás casi sagrado.

Aquí me tienes con los brazos abiertos, el alma en un puño y las lágrimas convertidas en flores. Me tienes de rodillas, rogándote que me creas, porque tal vez no soy el mejor de los hombres, ni el perfecto amante y ni mucho menos el honesto hombre de negocios que todos ven. Tras mi fachada de hombre con carisma, de soberbio y filibustero hay un pobre diablo que sólo piensa en tu sonrisa, en el encanto de tus pensamientos y en la pasión de tu mirada.


Me tienes en tus manos suaves y perfumadas. Lo sabes. Me tienes ahí, al alcance de tus dedos y a un sólo “te quiero”. »

martes, 15 de agosto de 2017

Julien Mayfair

Julien vs Lasher...  ¡Ah! Tentación.

Lestat de Lioncourt 

—Hay verdades disolutas como una pipa cargada de tabaco y una taza de chocolate humeante. Verdades que provocan cáncer de nostalgia y un agujero en la sien de un revolver que nunca llegó a dispararse. Certezas que no se confirman, pero que están ahí acariciando el vello de tu nuca y sonriendo como la chica más bonita del baile y que nadie quiere sacar a bailar, pues para ellos y sus cánones no es suficiente. Realidades como el golpe que un terrón de tierra que cae sobre tu propio ataúd mientras lo contemplas. Tú, yo y cualquiera somos verdades y podemos ser tóxicos como beneficiosos—. Decía aquello convencido de cada una de sus palabras. Sobre todo, porque se giró hacia mí y me observó sin pudor alguno, sin miedo, sin orgullo y tampoco sin necesidad de mostrar cierta fragilidad. Era él mismo. Su alma resplandecía tras sus ojos profundamente azules y que mostraban ya alguna arruga, así como su cabello estaba cada vez más cano.

No recuerdo la edad que podría tener por ese entonces, pero creo que ya rozaba los cuarenta. Su cabello rizado, bien peinado siempre y con corte a la moda, era una marea de colores. Su cuerpo era flexible aún, pero se hallaba laxo sobre el sillón como si estuviese muerto o careciese de emoción, aunque su sonrisa mostraba todas y su voz la propulsaba más allá de su cuerpo, de su figura, de su innegable hombría a pesar de sus coqueteos con hombres y grandes pasiones a escondidas de una sociedad aún anclada en creencias católicas llenas de misoginia y homofobia. Él era un héroe entre muchos hombres, un símbolo para la familia y un ejemplo para sus hijos. Él era Julien Mayfair y estaba explicando lo tóxico que podía ser pese a que muchos lo amaran.

Era la divina tentación para cualquiera, sobre todo para alguien que ansiaba tener un cuerpo y estaba anclado en un no-existir, en un no-vivir, observando a los demás disfrutando de su existencia, de su vida y, en definitiva, de “ser”. Yo no era nada salvo una sombra, un viento entre las ramas o un hombre bien vestido, con cierta belleza, caminando por el jardín de la mansión de First Street.

Me quedé dubitativo aunque siempre he mostrado una personalidad juguetona, algo infantil, pero sólo es una muestra y no una realidad. Me senté en su cama sin apartar los ojos de encima de su cuerpo, de la forma elegante que se llevaba la pipa a los labios y daba una calada. Él sabía que podía morir en cualquier momento, él sabía que sus poderes tenían un límite, él se sabía distinto e igual a los demás hombres y mujeres de la familia.


Abrí la boca como para decir algo, pero finalmente guardé silencio. Era mejor no decir nada. Sólo lo dejé pasar.

sábado, 29 de julio de 2017

Amor... ¿Qué es el amor?

Un nuevo recuerdo de Lasher. 

Lestat de Lioncourt 

El humo de la pipa se extendía por todo el pasillo endulzando el ambiente con su detestable aroma. Sus pasos sonaban sosegados, elegantes y contundentes; podría decirse que pisaba con la misma fuerza que sus ojos azules. Algo en él había cambiado y yo podía apreciarlo. Estaba más decidido que nunca averiguar la verdad. Ya no era un niño al cual usar como títere, sino un adulto con algunas canas otorgándole una nota de distinción a su enrizada cabellera negra bien peinada. En el regazo de su brazo izquierdo llevaba un ramo de rosas recién abiertas y poseía un hermoso papel color negro con un lazo tan rojo como los pétalos de estas. El traje era nuevo y le sentaba como un guante, pues su sastre era el mejor de toda la ciudad.

Al llegar al hall de la mansión se colocó la pipa entre sus labios, la pellizcó con sus dientes, y buscó su juego de llaves para cerciorarse que la llevaba, así como tenía la cartera en el interior de su americana. Después abrió la puerta y se marchó dando un suave portazo. El sol incidió rápido en su rostro y él sonrió tomando la pipa con la diestra, echando el humo por la nariz y posiblemente pensando en ese amante que tanto le reconfortaba.

Decía que le hacía sentir vivo. Eso decía. “Vivo”. ¿Acaso alguna vez estuvo muerto? Tal vez lo estuvo en su conciencia. Discretamente había cambiado sus sentimientos hasta que al final había estallado todo como cuando la dinamita abre la entrada de una mina. Supongo que eso podía explicar que se escapara temprano del trabajo en algunas ocasiones y no regresase pronto para almorzar.

Me situé a su lado y caminamos juntos por el jardín. Pude escuchar como tarareaba el último vals que habíamos bailado. Digo habíamos porque usé su cuerpo y fue espectacular, pues creo que deslumbramos en el salón de baile a todas las damas presentes. Claro que él no había sido plenamente consciente, pero la melodía se había quedado de algún modo adherida a su alma.

—¿Por qué lo amas?—pregunté con cierta curiosidad.

—Otra vez tú con tus preguntas estúpidas—respondió enseriando sus facciones.

—¿Por qué te molesta decirme lo que ocurre?

—Impulsor, dices que amas a la familia y no puedes entender esta clase de amor—dijo sin siquiera mirarme.

Tenía ya más de sesenta años, aunque no estaba seguro si ya había cruzado los setenta. A mí eso no me interesaba, pues el tiempo que tenía con él lo bebía a grandes sorbos hasta emborracharme.

—Es porque a mí nunca me han amado.


Mi respuesta hizo que girara el rostro y me observara minuciosamente durante unos segundos. Creo que sintió lástima por mí, pero pronto suspiró y volvió a sonreír oliendo las rosas. Sabía que estaba pensando en ese muchacho de rostro dulce y piernas demasiado largas. Lo envidié. Envidié que pudiese saber lo que es amar y me juré que al regresar amaría, pero finalmente no logré más que un nuevo calvario.  

martes, 11 de julio de 2017

Secretos

La amistad es así, ¿no? Tú me cuentas y yo te cuento.

Lestat de Lioncourt 

—Sinceramente, no sé como lo logras.

—Es fácil cuando eres un Mayfair.

Habíamos tenido esa conversación en varias ocasiones. La última fue aquella noche. Fue poco antes que todo empezase a ser más truculento alrededor de nuestras vidas. Dejamos de hablar de ello, por supuesto. También nos olvidamos de las apuestas demasiado cuantiosas. Ya teníamos cierta edad y no nos conformábamos con una vida cómoda, pero tampoco deseábamos arriesgar la escasa tranquilidad y felicidad que ambos teníamos. Creo que fue poco antes de marcharse a Italia, concretamente a Nápoles, cuando se desencadenó una profunda charla que aún hoy recuerdo.

Parecía entusiasta con su última conquista. Era una joven de la calle que ejercía el oficio más antiguo del mundo. Había venido de Gran Bretaña, era irlandesa, y poseía una belleza increíble. No hablé jamás con ella, pero la sonrisa maliciosa que tenía en sus labios cuando se acercaba a él tras las partidas de poker jamás me agradó. Era como si supiera que sería traicionado.

Por mi parte me hallaba envuelto en diversos amoríos. Todos sabían que era un hombre que no tenía miedo a conquistar una cama tras otra. Me revolcaba con cualquiera según las suposiciones de los que creían conocerme. Pero era falso. No lo hacía yo. Era el Impulsor, ese que llamaban “El Hombre”, quien manejaba mi cuerpo y lograba hacer tales pericias. En realidad era un amante adorador de los libros, las tazas de chocolate caliente y los bailes tranquilos. También me perdía el juego pero sólo por la adrenalina del momento. Él era quien bebía, fumaba el triple que yo en mi hermosa pipa y se dejaba la piel en las relaciones amatorias. Al menos lograba ocultar mi verdadera sexualidad en un tiempo donde todo se veía prohibido.

Apenas se estaba eliminando la esclavitud. Por mi parte jamás fui un esclavista nato. Siempre había ofrecido algunos billetes a mis empleados. Para mí era ingrato no darles algo del beneficio que adquiría día tras día gracias a sus manos y el sudor de su frente. Así que no se podía exigir demasiado a una sociedad que veía la mano de obra infantil como algo normal y la mujer como alguien sometida al marido. Tenía que aparentar y ese maldito fantasma lo hacía por mí.

—Los Mayfair sois extraños. Jamás he visto a un hombre como tú en vuestra familia. Son las mujeres quienes llevan el peso del apellido. Tu hermana, por ejemplo, no parece muy por la labor y tú asumes el riesgo. Es muy extraño—opinó recostado hacia atrás en la silla.

Manfred jamás fue atractivo. Ni siquiera en aquella época. Era un hombre de entorno a los cuarenta años, con alguna entrada, ojos pequeños que parecían canicas y una boca generosa. No, definitivamente no era el canon de belleza griego. No obstante conseguía amantes desde antes que enviudara, pero él siempre las rechazó. Por aquel entonces se dejaba querer. Estaba solo, arrepentido y buscaba una mujer que pudiese cuidar de sus hijos. Un error garrafal si me lo preguntan.

—Te contaré algo ahora que estamos a solas—dije notando que nadie nos escuchaba. Estábamos en una pequeña habitación, con un par de copas de más, las cartas regadas sobre la pequeña mesa y el sonido de los cánticos de los borrachos a nuestras espaldas tras una puerta mal encajada. Me sentía en ese momento libre y cómodo para decirlo—. Hay un espíritu o fantasma que nos acompaña. Él dicta las normas. Quien lo ve queda a su cargo y le ayuda a enriquecer a la familia. Mi hermana es una pobre desdichada que jamás lo ha visto y yo sí. Lo veo desde siempre. Con tres años asumí mi papel y hace tiempo que tengo las manos manchadas de sangre. No soy un hombre honesto y además hago trampas. Él me ayuda, Manfred. Eso es todo.

—Te diría que estás loco, pero he visto fantasmas rondando por las viejas vigas de las distintas alcobas que he visitado con mis jovencitas—respondió—. Y también he visto un monstruo distinto. Uno hermoso y que camina por la tierra aunque juraría que está muerto.

—¿Un monstruo?—pregunté con intriga.

—Un vampiro.

Ambos nos miramos durante algunos segundos y sentí que mi corazón se aceleraba tanto como el suyo. Sonaban como tambores de guerra.

—Ella me dio la fortuna que poseo a cambio de hacerle un Santuario para descansar de su compañero. De vez en vez necesita alejarse de la criatura que lo hizo. Y digo lo hizo porque a veces es hombre y otras veces es mujer. Me resulta confuso darle un género o un sexo—dijo asumiendo que podía tacharlo de loco como hacían todos, pero no fue así.

—Ni una palabra del Hombre a nadie—dije.


—Lo mismo te digo de Petronia.  

lunes, 26 de junio de 2017

Felicidad

Felicidad... qué fácil suena ese título y qué difícil debió ser para Julien escribir esto.
Lestat de Lioncourt


Nos hicieron creer que el amor era cosa de locos y que la felicidad era demasiado breve, frágil y difícil de alcanzar. Nos llenaron el alma de objetos inútiles, frases grandilocuentes e insensibles momentos de consumismo descerebrado. Caminamos por los infiernos de esta ciudad bebiendo de cada botella pensando que el alcohol lograría cicatrizar nuestras almas, así como ayuda a cicatrizar las heridas. Nos evadíamos en las miradas que provocábamos y nos reíamos de nuestro patético destino. La muerte estaba siempre presente rezando oraciones. Nos conformamos con un momento, pero este se alargó en el tiempo y nos dimos cuenta que nos habían mentido.

No es tan difícil ser feliz, del mismo modo que el amor no es pura locura. El amor a veces es lo único que hace falta para unir dos almas que zozobran en un mar injusto, lleno de pecados que son llorados por ángeles egoístas y de miradas impías. Mírate ahora, lee mis líneas y suspira una vez más. ¿Recuerdas el tono de mi voz cuando te pedía disculpas? Apenas lo hice en un par de ocasiones, pero fue porque realmente las merecías. ¿Vienen a tu mente las palabras de amor que te regalé la primera vez? Por supuesto, así como las últimas y las más cotidianas. Cierra los ojos, recupera el aroma de mi colonia y sonríe una vez más. ¿Eres dichoso ahora? Tal vez no en estos momentos, pues el duelo es reciente. Sin embargo, estoy ahí. No sé como explicarte las cosas que nunca pude, pero sólo créeme. Estoy ahí, estoy aquí.

Todo lo que nos hicieron creer es basura. Los grandes miedos que ambos vivimos debieron ser dilapidados al grito de libertad. Sin embargo, la sociedad nos llenaba de miedos. Pero no debíamos temer, pues nada teníamos que perder y sí mucho que ganar. Debimos romper los preceptos sociales y decirles a todos que su cultura del odio, de la normalidad y la honra, eran fruto de un Dios egoísta y una religión pueril de sádicos engreídos.

Dios dijo que nos amásemos y lo hicimos. Dios dijo que debíamos perdonarnos y lo hicimos. Dios dijo tantas cosas, Richard. Si bien, ¿merecemos ser llamados hijos de Dios? Mejor te lo planteo de otro modo... ¿Crees que merece Dios ser nuestro creador, padre todopoderoso y guía? No. No lo merece. No merece este amor tan puro, pues es más puro que el batir de alas de sus ángeles. Tal vez nunca fui tan cursi como ahora, pero tal vez me arriesgo porque no me estás viendo escribiendo estas líneas, completamente tullido y desesperado porque se que me muero.

Hoy has venido tan hermoso y encantador como siempre. Has sonreído como si el día no estuviese nublado. Te has sentado a mi lado, has tomado mis manos y te has engañado a ti mismo. Sabes que físicamente nunca te he sido fiel, pero mi alma te ha pertenecido desde la primera vez que nos vimos. Sin embargo, has negado incluso eso. Has enterrado en el jardín todo lo que no querías de mí para quedarte con lo puro, con lo bueno, con lo necesario, con lo que tú y yo teníamos.

¿Cuántos años? Creo que son más de diez. Eras apenas un niño y ahora puedes considerarte todo un joven apuesto, con dotes empresariales y un sueño demasiado honesto entre tus manos. Y yo me he convertido en un anciano al borde de la muerte. El gran Julien Mayfair se apaga y su verdadero amor no podrá llorar en su funeral como una de tantas viudas. ¿Lo crees justo? Yo no. No lo veo justo, cariño.


Aún así esta carta está escrita con los pocos alientos y fuerzas que tengo. Tal vez me marche mañana, pasado mañana o dentro de tres días. Sin embargo, mi fin está cerca. Sólo quería tener agallas para decir todo lo que no te dije. Ahora simplemente se libre y feliz. Por favor, hazlo por todos esos llantos que te hice pagar por mi estupidez.  

viernes, 9 de junio de 2017

Mujer fatal

De encuentros eróticos va la cosa.

Lestat de Lioncourt 


El sonido de sus tacones repiqueteaban como campanas llamando a misa. Mi pluma se detuvo sobre el talonario y mis ojos se alzaron en dirección a la puerta que daba al pasillo central. Tras el cristal de la puerta se dibujaba un escenario tentador. Su figura envuelta en algún elegante vestido, el perfume francés más caro embriagando su delicada piel y un cigarrillo manchado de carmín en dirección a sus labios intentando calmar sus nervios. Pude ver su sombra proyectándose contra el cristal rugoso y opaco donde podía leerse “Director Julien Mayfair”.

Era el director de mi propia empresa. Había fundado “Mayfair and Mayfair” con el sólo propósito de gestionar nuestro patrimonio y conseguir hacer lo mismo con el de convecinos. Nuestra experiencia en inversiones, influencia entre jueces y políticos, así como el prestigio de ser una familia arraigada en la ciudad les hacía venir con asiduidad. Justamente terminaba un cheque que tenía numerosos ceros y era sobre los beneficios que habían obtenido uno de nuestros clientes. Justo lo hacía cuando la tentación llegaba a la hora del cierre.

Todos mis empleados se habían marchado. La mayoría eran familia. Estaban mis hijos mayores, sus primos y un par de familiares lejanos que apenas tenían vínculos habituales con los que vivíamos en First Street. Lo sabía, estaba seguro, así como tenía conocimiento de mi vicio más común y peligroso: el trabajo.

Abrió de forma enérgica la puerta. No necesitaba decir que estaba allí. Entró mientras me acomodaba tomando mi pipa y daba una calada sintiéndome el hombre más afortunado. Ante mí tenía una preciosa imagen cargada de erotismo. Una gabardina gris plomo cubría sus curvas y unos elegantes tacones de aguja, bastante altos para cualquiera, envolvían sus delicados pies. Tenía un rojo carmín muy llamativo dibujando su bonita y perversa sonrisa. Tiró la colilla al suelo y la apagó con su pie derecho. Sus ojos oscuros se clavaron como dagas en los míos y colocó sus manos en el cinturón que ataba su abrigo.

—Vine porque no eres capaz de venir tú. Ya te faltan agallas, ¿o tal vez ganas?—preguntó con un tono de voz indecente antes de abrir de par en par su gabardina y mostrarme una lencería fina traída de París.

Era un corsé púrpura con encajes y bordados de rosas en tono negro perla, medias de red, delicadas bragas y liguero a juego con el corsé. Por supuesto, sentí como una tremenda erección empezaba a despertar bajo el pantalón de mi traje gris humo. Me incorporé como si tuviese un resorte en la silla, apagué la pipa y me acerqué.

Rápidamente mi boca bebía de la suya. Mi lengua empezó a paladear su labial y mis manos recorrían su cintura, viajaban por la espalda y agarraban sus glúteos. Podía sentir al hombre cerca observándolo todo. No me importaba. Él podía ver lo que realmente codiciaba. No me gustaban las putas y fulanas que él rondaba, tampoco mis primas o sobrinas. Sólo lo quería a él.

—Richard...—susurré entre jadeos mientras él intentaba deshacerse de mi chaqueta, corbata y camisa. Cuando lo logró enterró sus uñas largas contra mi piel algo más pálida que la suya, pero más gruesa.

Mis cabellos ya estaban teñidos de canas, pero mis ojos eran bravos como los de un hombre mucho más joven. Él reía bajo entretanto colaba su mano dentro de mi pantalón, pues había bajado la bragueta. Cuando menos lo esperaba lo tenía contra la mesa, por supuesto de espaldas, mordisqueando sus hombros y bajándome el pantalón.

—Cariño, déjate probar primero—dijo antes de gemir sobresaltado por un par de azotes contra sus glúteos.

Entonces lo giré y lo miré. Sus ojos eran hermosos pozos de poder. Sí, poder. Podía conmigo y con cualquiera. Podía volver loco al más cuerdo. Su mano derecha comenzó a manipular mis testículos mientras hacía una caída de ojos demasiado erótica. Volví a besarlo, pero esta vez lo agarré del cuello con la diestra y deslicé mis dedos hasta la parte inferior de su mandíbula. Cuando paré el beso escupí en su boca y luego mordí, tirando con cierta violencia, de su labio inferior. Di un par de bofetadas bien fuertes, las cuales hubiesen tumbado a cualquiera, mientras lo agarraba bien por el brazo con la otra mano. Por último metí mis dedos en su boca y presioné su lengua. Él no dudó en cerrar sus labios y comenzar a succionar como si fuese mi miembro. Hacía aquello en el mismo momento que sus dedos apretaban con deseo la base de mis testículos.

—Saborea entonces—dije empujándolo hacia el suelo.

Quedó de rodillas con su boca pegada a mi glande, el mismo que lamió mirándome lascivamente. De nuevo una caída de ojos hizo que mi miembro palpitara aún más. La erección era casi absoluta. Su lengua humedecía desde la base hasta la punta y de la punta a la base. Incluso dejó un par de besos en mi vientre y muslos antes de iniciar una garganta profunda. Mis dedos se enredaron sus largos cabellos ondulados y mi cadera se volvió loca. Perdí la cabeza y la noción del lugar donde nos hallábamos.

El fantasma seguía mirándonos desde uno de los rincones. Reía encantado ante el espectáculo que le ofrecíamos. Era sin duda alguna algo que cualquiera disfrutaría.

El sonido del chupeteo se convirtió en la mejor melodía y la acompañaba con el eco de mis gruñidos. Sólo lo incorporé porque quería bajar un poco su ropa interior. Al hacerlo lo senté en la mesa y eché a un lado sus braguitas, sacando por el lateral derecho su miembro erguido. Por supuesto, retiré la piel sobrante de su glande y jugué con ella. Por último succioné un par de veces logrando que sus piernas se abrieran.

—Julien, Julien, Julien... amor mío...—decía recostándose en la mesa entretanto me empujaba. Ya estaba harto de juegos y dispuesto a todo. Ni siquiera había acomodado su entrada, pero eso no importaba. Sabía que él había estado jugando en el coche que había decidido traerlo hasta mi despacho de abogados e inversionistas.

Abrí bien sus piernas, tomé el abre cartas y rompí la lencería para envolverme con sus muslos. Finalmente me introduje en su interior y bombeé con rabia, destreza y deseo. Él buscó agarrarse de cualquier forma, pero la única que halló fue incorporarse ligeramente y colocar sus manos en mis brazos, justo por debajo de mis hombros, mientras yo me aferraba a su encorsetada cintura.

—Zorra, di lo que eres—dije en medio del éxtasis.

—Soy tu puta, tu muñeca, tu zorra... Soy todo tuyo—balbuceó echando la cabeza hacia atrás, dejando los ojos en blanco y finalmente cerrando estos mientras todo su cuerpo se tensaba. Elevó la cadera, apretó su trasero estrangulando mi sexo, mientras sus uñas se enterraban en mis brazos. Eyaculó. Yo hice lo mismo.

Fue la primera vez, aunque no la última, que lo hicimos en mi despacho. El descaro fue en aumento. Todos sabían que el joven que a veces me acompañaba a ciertos recados por la noche, cuando ya gran parte de la ciudad dormía, se travestía para cumplir mis fantasías eróticas más pronunciadas.


viernes, 28 de abril de 2017

Experimentar es creer

Bueno... digamos que Julien quiso contar algo.

Lestat de Lioncourt 


Siempre he sido un ferviente defensor que nada es real hasta que se experimenta. Durante muchos años creí que el amor no existía más allá de las hermosas, a la par que extensas, descripciones de los libros, los cuales usualmente leía con avidez desde una edad muy temprana, que abarrotaban los baldes de mi biblioteca. Observaba los diversos tomos y me decía a mí mismo que debía ser maravilloso creer en el amor como se cree en Dios: ciegamente. Pero yo carecía de fe en uno y otro. Para mí Dios estaba tan muerto como el amor, pues jamás lo había tenido. Al menos, no el amor romántico. Por supuesto que conocía el amor familiar, a pesar que mi madre me veía como una carga, y la complicidad que se tiene con amigos que hacen juramentos de sangre y alma. No obstante, el amor de pareja era para mí una fachada bien maquillada de miedo a la soledad.

Como he dicho, soy defensor de creer a pies puntillas sólo lo que se experimenta. Las cosas vividas pueden ser contadas -ya sea con una descripción perfecta o más vacua- y las que no se viven son mera suposiciones o supercherías. No se puede dar por válido algo que se imagina. Y yo el amor lo imaginaba. Alguna vez creí tenerlo, pero se esfumó rápido. Una cosa es el deseo sexual y otra cosa el amor. Se pueden tener ambas cosas, una o ninguna. Incluso se puede confundir el amor con el cariño, respeto y necesidad de no verse solo. En mi caso era la absurda necesidad de tener un heredero, no estar solo y tener a una mujer que me recordara a diario lo maravilloso que podía ser como empresario de éxito, padre y esposo. Un amor, o más bien un cariño, muy egoísta.

Rebasaba los sesenta cuando conocí a un hombre. Había tenido fugaces escarceos con hombres de toda condición. Incluso con los esclavos que una vez sembraron mi algodón, pero eso es otro tema. También me revolqué con mujeres que no eran mi esposa y que ni siquiera recordaba, aunque eso era cosa del Impulsor. En mi familia había un fantasma que generación en generación se ocupaba de vincularnos unos con otros, creando una red perfecta de parentesco y unos vínculos perversos. Sin embargo, jamás conocí a un hombre como él. Se llamaba Richard.

La historia ya la conocen. Saben muchos detalles. Sin embargo, quiero contar algo que todavía no he dicho. Muchas veces se ha comentado sobre mis juegos sexuales, mi diversión y coquetería. No obstante pocas se ha dicho que él sabía como encenderme. A veces me hallaba en el despacho de abogados que fundé, trabajando hasta altas horas de la noche cuando ya nadie más rondaba el edificio, y aparecía enfundado en uno de sus elegantes trajes. Se sentaba frente a mí sonriendo con coquetería y me relataba algún hecho divertido, para de inmediato añadir que llevaba una fina lencería femenina bajo sus prendas masculinas.


Richard se convirtió en mi tormento, pero también en aquello a lo que aferrarme antes de perder las fuerzas. Era la esperanza en mitad de la tragedia y si no lo hubiese tenido me hubiese hundido en la más honda miseria.  

martes, 25 de abril de 2017

Mary Beth Mayfair

Bueno yo a ella no la conocí, pero sí al fantasma de Julien. Asumo que no era tan mal hombre, sin embargo lo quiero mejor lejos.

Lestat de Lioncourt 


Fuera diluviaba. Era la segunda noche en la cual llovía de ese modo. Temía que fuese el advenimiento de una tragedia. Las veces que Nueva Orleans se cubría de ese modo, que sentía la furia huracanada de una tormenta en sus calles, alguien en mi familia moría. Aún era joven, pero recordaba como había llovido cuando mi abuela partió en busca de una paz distinta, nueva y dulce. Ya no tendría que escuchar a los músicos entonando como grillos canciones absurdas para mantener a raya al Impulsor.

Estaba apoyado en la chimenea de mi habitación encendiéndome una pipa. Sobre mi despacho había una taza de chocolate caliente y algunos folios amontonados. Mi letra esa noche era casi ilegible. Tan sólo eran palabras sueltas llenas de reproche. Me culpaba a mí mismo de todo lo que estaba sucediendo en la habitación opuesta a la mía. El pasillo se escuchaba algo intranquilo. Una enfermera iba y venía buscando al servicio para conseguir toallas limpias. El doctor cerraba de inmediato la puerta y se acercaba a la cama de mi hermana. Podía escuchar en las habitaciones restantes a mis sobrinos llorando. Debí ir a buscarlos, subirlos a mis piernas y confesarles que todo lo que iba a ocurrir era un milagro.

Entonces di una calada a mi tabaco y me acerqué a mi silla, di un sorbo al chocolate y me dije a mí mismo que era un condenado a muerte. La niña que pronto saldría de su vientre, llorando y agitándose como un pescado recién capturado, era mía y fruto de un incesto. Aún así sabía por Lasher que no era la primera vez que eso sucedía.

Miré a mi alrededor cuando lo sentí muy cerca de mí. Sonreía satisfecho. Había logrado que yo me condenase al infierno. Aún así yo no le increpé esta vez. Tan sólo eché mi espalda hacia atrás y pensé en mi madre, mi abuela, los libros de la biblioteca de la vieja casa cercana al pantano, la primera vez que asumí el riesgo de coquetear con “el diablo” y bailar con él pagando el precio más caro...

—Ve a ver a tu hija—me susurró en un tono que podría decirse dulce, pero también demasiado burlón.

—¿Cómo has logrado que hiciese tal cosa?—pregunté tembloroso—. Ni siquiera me atraen las mujeres... Siento un profundo respeto por ellas, pero...

—Deja de buscarle sentido a todo y ve a verla. Madre e hija te necesitan—respondió marchándose.


Me quedé allí unos minutos hasta que un relámpago me sobresaltó y escuché con más fuerza el llanto de mi hija. No dudé en ir a verla. No dudé en asumir mi condena otra vez.

martes, 17 de enero de 2017

Vida en el amor

Algunos creen que decir "Te amo" es todo por romanticismo. Yo amo a muchos. Amar a Rowan es fácil porque los hombres de verdad amamos a las mujeres que luchan por sus sueños, por salvar a otros y comprender este mundo.

Lestat de Lioncourt 


Conocía algunos misterios de este mundo, los cuales me habían sido un fuerte impacto que dejaron cicatrices muy profundas en mi alma. Mi vida cambió radicalmente después de conocer a mi marido Michael Curry y buscar mis raíces más allá de la adopción que ocurrió ya hace más de cuatro décadas. Era una mujer joven todavía, con grandes planes de futuro y una fortaleza extraña que se debía a un duro caparazón. Evitaba mostrar mis verdaderos sentimientos y me había convertido en una figura fría, ligeramente enigmática y decidida a realizar los cambios necesarios para alcanzar algunas metas. En mis manos había sangre, pero no de mis pacientes a la hora de intervenir quirúrgicamente. Había sangre de mis asesinatos provocados por mis poderes en circunstancias penosas.

No soy una santa. No quiero serlo. No deseo que nadie me vea como una mujer buena. Eso sería pueril y barato. Agradezco al mundo en general el haberme hecho como soy. Tengo sentimientos, que muchas veces oculto, y poseo unas habilidades superiores a la de cualquier humano. He decidido hacer con mis poderes psíquicos el bien, no el mal. Desde hace tiempo dirijo mi propio hospital fruto de una herencia descomunal y descompensada. Me convertí en la heredera de una familia llena de misterios, fantasmas, monstruos y dolor. Fue una hecatombe. Muchos lo saben. Mi historia se convirtió en libro y el libro en trilogía.

Hablemos ahora de la sucesora en mi cargo, en el cargo de ser la máxima representación de la familia. Ella se llamaba Mona Mayfair y era mi prima. Una prima de tan sólo trece años asumiendo las responsabilidades de un adulto. Lamento sonar apática y miserable, pero sabía que no iba a llegar demasiado lejos. Sobre todo cuando decidió arrojarse a los brazos de lo único que me sustentaba en esta vida. Logró cautivar a mi marido, el cual cayó como un imbécil, y le dio una hija tan monstruosa como el hijo que yo le ofrecí.

Michael cayó en un extraño bucle de dolor cuando tuvo que asumir que Morrigan, como llamaron a la criatura, se marchara de su lado y del lado de su madre en busca de algo más que una familia. Morrigan era un Taltos como lo era el hombre que se la llevó. Los Taltos se reproducen rápido, crecen aún más rápido y viven durante miles de años si no se ven afectados por enfermedades peligrosas o armas.

Mi vida no fue sencilla desde mi nacimiento, pues fui arrebatada de los brazos de mi madre. Ella fue sedada y tratada como enferma mental muchos años. La madre de Mona Mayfair era una mujer alcoholica, igual que su esposo y su abuela, Evy, no era capaz de corregir a esa maleducada que no lograba dar amor a la pobre niña. Un hogar desecho, en una ciudad demasiado activa y demoledora, dio como resultado a un animal salvaje que no dudó en hacer de las suyas desde temprana edad. Admito que la adoro. Que adoré a esa niña de ojos verdes tan vivos como los mechones rojizos de su cabello, pero estaba enferma debido a los múltiples abortos de Taltos que tuvo.

Desde que conoció a Tarquin Blackwood pareció descender su forma de vivir. Ya no quería encontrar sólo a Morrigan, sino que deseaba aferrarse a un jovencito que se parecía demasiado a Julien Mayfair. Nada más verlo en el entierro de su tía Queen, allí parado de pie sollozante y lleno de amargura, contemplé en sus rasgos y movimientos al líder indiscutible de la familia. Todos sabíamos ya que era un Mayfair, pero hasta ese momento no me di cuenta que sus rasgos eran idénticos.

En ese mismo funeral, a esa misma hora, apareció otro joven que jamás había visto. Creo que nunca pude calificar un encuentro de altamente tóxico y extraño. Era muy atractivo, pero llevaba cubierto sus ojos con unas estridentes gafas con tintado violáceo. Me quedé impactada por sus cabellos rubios alborotados y ondulados cayendo sobre su levita con camafeos por botones. Era como si hubiese salido de una de esas extrañas revistas para jóvenes inconformistas amantes del rock, la moda más extrema y los vampiros. Su piel no era humana. Él no era humano. Pude percatarme de inmediato.

Mi lado científico se avivó. Quería saber qué clase de ser era. Profundizando en esto me enamoré de él pero simbólicamente. Creí que él lo era todo. Pensé que solucionaría mi angustia por no poder darle un hijo a mi marido, por verme cada vez más vieja y frágil. Ashlar Templeton, el Taltos que se llevó a Morrigan, me dijo que yo era femenina; porque lo femenino no era tener hijos y haber jugado con muñecas cuando se es muy joven sino sentirse mujer. Lestat, como así se llamaba este hombre de aspecto no mayor a los veinte años, me hizo sentirme deseada y eso me agitó. Todas mis hormonas se agitaron. Incluso cuando supe que Mona era un vampiro ahora, gracias a él, siguieron agitadas. Quise ser uno de esos monstruos milenarios con colmillos y adictos a la sangre. Dejé atrás todo lo que soñaba en este mundo por ser parte de ese selecto club. Fui estúpida.

Cuando Lestat me rechazó regresé a casa. Entré en la vieja mansión de First Street, me senté en el sofá en el cual suele aparecerse Julien, y suspiré. Michael estaba despierto. Se encontraba en la cocina bebiendo una cerveza y garabateando algunos pensamientos en su libreta. A veces lo hacía. Los días más ocupados, debido a las reformas y los nuevos proyectos en su empresa de arquitectura, se los pasaba en aquella enorme mesa de madera escribiendo sobre proporciones, tipos de madera o la forma más precisa para recuperar la belleza desgastada de alguna mansión sureña.


En el momento que rompí a llorar como una tonta él vino, corrió a mí como si fuese un héroe y me habló dulcemente al oído. No me lo merecía. Él mismo vio como jugueteaba con aquel monstruoso y seductor ser. Él mismo sabía que había ido en busca de Lestat para ser uno de los suyos. Pero no le importó. Me perdonó. Como perdonó la vez que le abandoné para salvar a Lasher, nuestro extraño hijo, y los gritos de horror cuando regresé. Esos gritos fruto de un trauma severo debido a las múltiples palizas y sometimiento que me ofreció Lasher. Yo, por mi parte, admití sus errores con Mona para después ver como él lo hacía con Ashlar y con Lestat. Deseaba sentirme amada por alguien más que Michael, al cual no le podía dar hijos. Él siempre quiso hijos. Si bien me di cuenta esa noche que lo único que le interesaba en esos momentos era mi felicidad. Me sentí estúpida y poco a poco he olvidado muchas cosas. Sólo me he permitido quedarme con el amor intenso de Michael. 

lunes, 16 de enero de 2017

Abandóname

Se lo tuvo que decir Stella... ¡Se estaba volviendo como Carl! 

Lestat de Lioncourt

Jamás me había sentido de ese modo. Había dejado constancia de mi negativa ante el hecho que Mona Mayfair, una de mis descendientes más poderosos, se convierta en vampiro. Estaba absolutamente seguro que esa nueva vida no era para ella. Quería volver tras nuestros pasos e impedir que se enamorara perdidamente de Tarquin Blackwood, otro de mis descendientes pese a no llevar mi apellido. Admito que él es muy parecido a mí físicamente y posee una bondad absurda, pero no era el momento ni la situación que ella merecía. Prefería verla marchitarse, uniéndose a nosotros los fantasmas de la familia, antes que convertida en un monstruo.

Usualmente me aparecía para ella. Me sentaba a los pies de su cama y teníamos largas conversaciones. Podía ver en sus hermosos ojos la tristeza y la dureza de una vida dedicada a no ser escuchada ni amada, pero sí usada casi como criada. Ella había cuidado a mi hermosa Evy, su bisabuela, que apenas hablaba y cuando lo hacía era para sentenciar a más de uno en esta vida.

Tendida en la cama, con esos hermosos cabellos de fuego y esa piel tan pálida cubierta de pecas, parecía una muñeca aguardando el momento de cobrar vida. Una vida que se escapaba de entre sus dedos. Podía observar el gotero bajar hasta su intravenosa y como los médicos iban y venían, entre ellos mi otra descendiente Rowan Mayfair, que se preocupaba por sus análisis y comodidad de la joven.

Ocasionalmente el padre Kevin Mayfair venía a verla. Rezaba el rosario con ella y le aseguraba que había un lugar mejor. A mí me obviaba. Sé que me podía ver ese maldito pelirrojo mea pilas, pero hacía como si yo no existiera. Quizá porque le imponía demasiado respeto o tal vez porque si me sentía tras él, observando su ancha espalda, no era capaz de mirar con apetito a una pobre muchacha enferma.

—Tío Julien—dijo aquella noche en la que estaba a punto de marcharse.

—Ya no soy tu tío—respondí molesto sin hacer acto de presencia de mi físico fantasmagórico.

—Oh, vamos... Sabes que es mejor que pueda vivir para siempre cumpliendo mis sueños, viviendo la vida que no he vivido. No puedes ser tan egoísta—susurró lo último como si temiese mi reacción.

Entonces aparecí frente a ella con uno de mis elegantes y sofisticados trajes hechos a medida, con el reloj de plata en mi bolsillo y el bastón en la diestra. Aparentaba unos cuarenta años. El cabello oscuro estaba ligeramente canoso, bien peinado y parecía las ondas que deja sobre la arena las olas del mar. Tenía un aspecto pulcro y gallardo, el cual no se puede comparar con el imbécil de Lestat.

—Dejas la familia—dije golpeando suavemente el césped crecido de aquel trágico cementerio—. Mira como quedó Merrick... ¡Ah, pero ella se involucró mucho antes en todo esto!

—No voy a morir—su sonrisa era la de una niña, no la de una mujer. Parecía tan ilusionada y segura que sólo pude apartar mis ojos azulados de los suyos, los cuales parecían el mismo césped que pisábamos ambos.

—Me dejas, me dejas... —respondí con congoja—. Quería estar a tu lado como ocurre con Stella. Nos abandonas. ¿Qué será de ti sin que yo pueda cuidarte?

—Tengo a mi Noble Abelardo—respondió orgullosa—. Además, voy a tener los conocimientos más antiguos sobre vampirismo.

—¿Y qué hay de los conocimientos antiguos de los brujos de tu familia?—pregunté ligeramente indignado.

—Los sé todos gracias a ti.

Escuché como soltó una risa fresca y se aproximó hasta mi aparición. Entonces hizo algo que hacía mucho tiempo no intentaba. Colocó sus manos sobre la mano de mi bastón. Sólo podía sentir el calambrazo de mi energía, pero no mi vieja piel. Ambos nos miramos con amor y desconsuelo, para luego desaparecer.

Stella me aguardaba en la habitación que habían preparado para Lestat. Estaba hermosa esa noche. Vestía con aquel bonito vestido blanco y el cabello negro con hermosos lazos. Sabía que usaba su etapa más feliz, aquella que vivió cuando era una niña, para recordar los buenos tiempos que habíamos vivido.

—Se marcha—dije apenado.

—Sí, se marcha. Me alegra que se vaya. Deja de ser tan cascarrabias. Te estás convirtiendo en algo similar a Carl—decía bailando por la habitación con su falda del vestido ligeramente remangada en el borde. Movía sus zapatos de charol de un lado a otro en pequeños brincos y arrugaba la nariz. Se divertía.

—Mujeres...—siseé—. Jamás os entendí del todo.

—Ni te hacía falta, tío Julien. Tenías a Richard para consolarte ante tu falta de comprensión, ¿o mejor interés?—dijo deteniéndose para luego echarse a mis brazos.


—Oh, diablillo—suspiré.  

viernes, 11 de noviembre de 2016

Dulces recuerdos

Julien Mayfair es un hombre que no me sorprende ya, pero a veces me enternece pese a todo.

Lestat de Lioncourt


Quedé sin ilusiones. Una vida como la mía, sujeta a mentiras y problemas de todo tipo, termina degradándose y convirtiéndose en un pozo oscuro. La perversión siempre va unida de la mano de las necesidades de verdadero afecto. Jamás creí que pudiese tener la más mínima oportunidad de ser feliz en un mundo como el mío. El afecto venía por parte de mis hijos, pero a veces se diluía en el fondo de un vaso de whisky con hielo.

Para soportar el sufrimiento de una vida impía me sentaba por las noches en mi despacho, sacaba algunos folios en blanco, mi hermosa estilográfica y colocaba mi disco favorito en el Victrola. Dejaba que la música envolviera la habitación acariciando cada rincón, mientras él bailoteaba bajo la luz tenue de mi lámpara.

Entonces, una noche cualquiera, apareció en mi vida. Estaba en uno de esos locales de mala muerte que solía acudir, con o sin Lasher, para festejar un negocio que se había cerrado con éxito. Me había hecho con una pequeña fábrica que convertiría en fundamental para la industria local, después la vendería y el dinero lo invertiría en el fondo de la heredera Mayfair. Ese fondo ayudaría a Stella en un futuro. Ella sería la gran heredera, pues su madre no era más que una pobre infeliz. Mary Beth no sabía moverse en el mundo de los negocios, además su marido era sólo un estúpido alcohólico lleno de problemas.

Richard, así se llamaba, se convirtió en la pieza fundamental en mi vida. Él me ayudaba a olvidarme de todos los problemas que caían sobre mis hombros. Mi mujer decidió abandonarme, mis hijos estuvieron a punto de darme la espalda y Lasher era cada vez más exigente. Estaba en un periodo delicado. Sabía que no me quedaban muchos años más. Había cumplido ya los sesenta años y llevaba demasiado tiempo alargando mi vida, postergando mi marcha de los negocios y evitando que alguien más joven quedase bajo las garras despiadadas de ese fantasma.

Quise protegerlo. Nada más verlo deseé retenerlo entre mis brazos y no soltarlo jamás. Me convertí en un hombre lleno de celos que cuidaba con caprichos, atenciones y dulzura a un muchacho que en cualquier momento podía ser destruido por la rabia incontenible de un monstruo hecho de sombras, ambición y refrescante lluvia.


No dejé de sentarme en el despacho, pero esta vez mis memorias tenían un matiz distinto. Los niños correteaban por la sala, aún eran muy pequeños para comprender la importancia de mis memorias, y él bailaba ensimismado en los ritmos de aquella melodía tan sugestiva. Mis pensamientos estaban con aquel muchacho, delgado de cintura ligeramente estrecha, que me había hecho caer a los infiernos del deseo, de un amor demasiado apasionado como para dejarlo escapar, pese a rondar los setenta y ser un anciano en comparación con sus carnes de apenas veinte años. Él desconocía la verdad, sólo sabía que era un caballero fuera de la cama y una bestia sobre el colchón. Nos amábamos, nos codiciábamos, y eso era lo que yo quería que supiera. Jamás deseé que supiera que estaba con un poderoso brujo que era capaz de asesinar mediante el fantasma que contaminaba su vida.  

¿Cuántas cosas quedaron cuando desaparecí? Quizá mi amor por él, por Stella y el dinero que amasé. 

domingo, 14 de agosto de 2016

Venganza Mayfair

Me ha encantado esto. ¡Vaya memorias!

Lestat de Lioncourt 




La vida nocturna siempre había sido extremadamente tentadora, pero a mis años estaba siendo demasiado provocadora y me incitaba a no abandonar los muelles. Allí podía desinhibir y olvidar por completo la complicada vida de hombre de negocios que solía llevar. Las cartas, el alcohol, las conversaciones sobre todo y nada, sus glúteos sobre mi rodilla y sus besos de buena suerte mientras pegaba su perfume a mis prendas de dandy.

Mi época de esplendor se había iniciado pasados los sesenta, pues ya tenía más de setenta años cuando el humo de mi pipa calmaba mis ansias de retener a ese muchacho entre mis brazos. Él tenía grandes sueños y desconocía por completo mi edad. Solía decir que le encantaba mi cabello canoso y que disfrutaba de mis palabras, a veces dulces y otras demasiado calientes, al oído bajo la tenue luz del local.

La mayoría de allí me temía. Se decía que era un jugador excepcional y que cobraba sus deudas de juego sí o sí. Esa fama no le inquietaba. Tampoco le asombraba que fuera rico por mi trabajo e inteligencia. Amaba que le recitara poemas, se quedaba con los labios entreabiertos jadeando cuando mi mano derecha se colaba bajo su falda y apretaba suavemente su miembro. Nadie de los presentes se enteraba de nuestro juego. Sólo veía a un hombre temible con una jovencita algo descarada, pero también hermosa y bien educada, incitando así a más de uno a odiarme por mi condenada suerte.

Admirado, temido y odiado pero también respetado. Me respetaban. Supongo que era un respeto diferente al que sentían mis hijos cuando entraba por el negocio, apoyado en mi inestimable bastón de mango de plata, mientras blasfemaba por verlos holgazanear mientras los casos se acumulaban en sus imponentes escritorios y sus secretarias se arreglaban el maquillaje con esas dichosas polveras.

—¿Por qué lloras?—pregunté una noche que llegué tarde a nuestra cita habitual, fuera del local y fuera por completo del ambiente.

Él estaba allí con los ojos como un mapache, aunque lo intentaba arreglar a duras penas mirándose en un pequeño espejo que siempre llevaba. Era imposible que limpiara bien su rostro para reconstruirlo, pues seguía llorando. Lloraba como una magdalena. Su pequeño pecho se encogía y temblaba de pies a cabeza. Creí que se iba a caer de aquellos tacones de aguja que siempre realzaban sus piernas.

—Richard, te estoy preguntando—dije intentando no imponerme—. Contéstame—añadí frunciendo el ceño antes de agarrarlo de sus delicados y blancos brazos. Él me miró sin saber qué decir, pero esos ojos hablaban demasiado bien.

—Un cretino se ha sobrepasado conmigo—la furia me hizo gruñir como un perro rabioso y más cuando noté que tenía marcas en el cuello y una de las tirantas de su vestido había sido rota, pero él la había arreglado a duras penas con un imperdible—. Se marchó dentro cuando comencé a llorar y gritar, pero...—me agarró de las solapas y me miró angustiado como si me temiese. Ese temor me rompió el corazón. Algo más había pasado y él no quería decírmelo—. Me arrodilló ante él con una navaja y...

No tuvo que decir más. Me aparté para tomar aire y di un par de pasos. Él me vio tan sólo murmurar, pero en realidad hablaba con el espíritu que me acompañaba. Lasher estaba allí algo agotado porque había ocupado mi cuerpo la noche anterior para yacer con una pobre monja estúpida, pero eso no importaba ahora. Me escuchaba, me entendía y comprendía que debía actuar.

—Mátalo. Destrózalo. Haz que sufra mientras lo haces. Necesito que sufra—dije mirándolo a los ojos cuando se apareció sólo para mí, únicamente para mis ojos azules cargados de rabia.

Él se tocó la barba y sonrió como un niño encantado con la idea. Corrió dentro, comenzó a susurrar al oído perversiones a ese pobre infeliz y lo sacó fuera. Supo que era él porque olía al perfume de mi Richard. Era un buen sabueso, un buen camarada, y a la vez lo odiaba. Yo odiaba a ratos a Lasher, pero reconozco que para estas cosas era maravilloso.


Lo último que se supo de ese idiota es que iba corriendo por las calles diciendo que le perseguía un fantasma, se tiró del muelle y se ahogó porque no sabía nadar. Encontraron su cuerpo flotando tres días después. Richard nunca pensó que fui yo, pero mi conciencia estaba tranquila después de ver como sufría aquel descerebrado que intentó tocar lo que era mío. 

Sin embargo, aunque Richard no tuviese ni la más mínima sospecha de lo que yo había hecho, otros allí sabían que yo podía hacer enloquecer a la mayoría de los presentes. Corrían rumores sobre mis actos de vudú con mi madre, la cual llamaban "La vieja bruja". Aunque ella había muerto hacía décadas todavía había quienes la recordaban como una aparición terrible por las calles de aquella próspera ciudad al sur de Estados Unidos, de una nación que aún se definía. 

sábado, 6 de agosto de 2016

Una fiesta

Hay que aceptar a los que amamos tal cual son. Creo que Julien lo hacía, aunque su sobrina y nieta no.


Lestat de Lioncourt


La fiesta había comenzado hacía más de una hora. Todos los invitados estaban arremolinados en la planta inferior escuchando a la banda tocar. La mayoría eran familiares y otros eran amigos muy cercanos a nosotros y a nuestros negocios. Lionel aún no levantaba más de un palmo del suelo y ya intentaba seguir la música con su torpe baile. Stella, con su cabello lleno de lazos de color turquesa como sus encantadores y vivarachos ojos, ya había cumplido cinco años y se negaba a marcharse de la fiesta, estaba agarrada a la mano de su hermano mayor mientras Carl, con algo más de ocho años, refunfuñaba sentada en un sillón moviendo sus pequeños pies enfudados en unos delicados zapatos de charol. Eran los únicos niños de la fiesta. La mayoría eran jóvenes y parejas de mediana edad.

—Me alegro que no viniera ese—dijo mi hija y sobrina Mary Beth parecía complacida porque Richard no había podido asistir.

—Estás muy confundida—respondí apoyado en la pilastra de la escalera. Tenía la pipa entre mis manos y colocaba con cuidado dentro el tabaco para apretarlo con suavidad.

—No quiero a ese engendro en mi casa—comentó—. Menos frente a todos, tío Julien.

—¿Qué tiene de malo?—pregunté alzando mi ceja derecha—. ¿Acaso no estaba siempre invitado el borracho irlandés de marido?

Jamás me gustó ese hombre para mi hija. Sentía que era un imbécil que sólo traería problemas a la familia. Estaba desesperado pensando en que jamás me libraría de él y un día apareció muerto. Lasher se había librado de él como me prometió.

Aquel hombre estaba siempre ebrio e intentaba estafar a todo aquel que se acercaba a la mesa de poker donde se encontraba. Sentía que la culpa era mía. Ella lo conoció cuando me acompañó a una de esas timbas donde se apuesta el dinero, la vida y al alma a un par de cartas. Por eso mismo decidí que debía rogarle al supuesto demonio, el fantasma que caminaba por el jardín meditabundo los días más sobrios y como hoy bailoteaba de un lado a otro con esa estúpida sonrisa, que acabara con mi sufrimiento.

—¿Cómo puedes meterte con los muertos?—dijo indignada.

—Ah, ¿cómo puedes meterte con el hombre de vida?—contesté llevando la pipa a mi boca.

—Tu mujer está aquí—chistó indignada.

Ella estaba indignada. Hija de un incesto, amante mía para poder a la pequeña revoltosa de Stella y mujer de varios hombres en esta maldita ciudad. Ella se hacía la digna frente a todos.

—Ah, esa. Me ha pedido el divorcio esta mañana—dije encendiendo la pipa.

Entonces apareció él. Me había hecho caso. No tenía por qué ocultarse entre la muchedumbre. Llevaba un espléndido vestido que se ceñía a su pequeña cintura y su sonrisa era radiante. Sus labios eran voluptuosos, su piel era perfecta y sus ojos tenían un brillo especial.

—Sácalo de aquí, Julien—respondió hecha basilisco.

—No—respondí antes de dar una calada a mi pipa.

Sólo nos separaba algunos metros y mis pasos rápidos, aunque elegantes, hizo que en menos de un minuto, pese a que tuve que esquivar camareros y borrachos, lo tuve entre mis brazos. No me importaba en absoluto lo que pudieran pensar de mí. Él era la persona más importante en mi vida después de mis nietos y mis hijos.

La pequeña Stella correteó hasta donde nos encontrábamos y acabó aferrada a los bajos del vestido de Richard. Sonreí al contemplarla tan fascinada con aquel jovencito. Era mi pequeña, mi adoración, y no tenía nada que ver con la amargada de su madre. Aquella niña era adorable y mi corazón palpitaba fuertemente cuando la tenía entre mis brazos. Sabía que moriría joven como muchas de nuestros antepasados. Pero tenía la esperanza que no fuese así. Tenía la ilusión de vivir algunos años más hasta que ella no me necesitara.

—Me gusta como le queda ese vestido—dijo con aquella sinceridad infantil—. Y me gusta que te haga sonreír. Sonríes como Lionel cuando le doy un beso en la mejilla.

—Tu sobrina me odia—susurró bajo aferrándose a mí con cierto temor.

—Vaya, una pena—dije inclinándose sobre él rozando con mis labios su oreja derecha—. Pero mi nieta te adora—chisté—. Aunque no tanto como yo—añadí.

Estuvimos bailando durante algo más de una hora. La música era encantadora. Los familiares reían, bebían y bailaban con torpeza cada pieza. Aún el charlestón no era moda, pero el jazz y el blues hacían las delicias de los presentes. También las canciones tristes llenas de amores imposibles hacían la vida más atractiva en mitad de una fiesta donde lo más importante era relajarse y disfrutar.

La casa estaba repleta de vida. El jardín olía a dondiego y jazmín, igual que él ya que había conseguido un perfume francés fresco y atrayente que me recordaba a mi hogar, a la verdad y la mentira, que yacía en cada rincón de la mansión. Por mi parte disfrutaba de un jovencito lleno de encantos mientras mi mujer se había marchado indignada, completamente ofendida, por mi descaro y desplante. Mis hijos sólo murmuraban entre ellos dejándome hacer, pues sabían que yo estaba simplemente siendo yo mismo. Ellos me aceptaban del mismo modo que yo acabé haciéndolo.

—Julien—susurró mientras le retenía por la cintura bailando lentamente. La cantante daba toda su alma a una canción llena de sensualidad—. ¿Por qué me has hecho venir así? Podía usar ropa masculina y no demostrar lo que soy ante todos. Muchos nos están mirando.

—Claro, amor, ¿acaso no mirarían a un chico con estas piernas mucho mejores que las de sus mujeres?—dije echándome a reír—. Soy viejo, Richard, y no te imaginas siquiera la edad que ya tengo. El descaro es lo único que me queda. No me importa decirles a todos en la cara lo que ya saben—sus ojos brillaban como perlas oscuras mientras yo lo sostenía como si fuera un clavel frágil recién abierto.

Él me besó dulcemente con timidez y yo no dudé en atraparlo con rabia. Aquel beso confirmó que lo amaba como él me amaba a mí.  

sábado, 30 de julio de 2016

Más allá del infierno

No hay nada más erótico que ver a un hombre rendido a sus pecados. Y por cierto, bonitos pecados eran los de Julien. 

Lestat de Lioncourt 





Esperaba siempre apostado en una esquina recargándome de mi lado derecho observando con detenimiento toda la avenida. Mis ojos azules se movían sobre las baldosas contándolas una a una, mirando sus grietas y admirando los zapatos de aquellos que iban y venían. A veces era terrible tener que esperar allí aquellos apurados pies que se movían con destreza en unos elegantes zapatos de tacón. Sin embargo, no me importaba. Jamás me importó gastar mi tiempo en algo así.

Ese día simplemente subí a su apartamento. Ya lo había hecho en otras dos ocasiones. Yo mismo le ayudaba a pagar el alquiler para que no fuese una carga excesiva en su ajustado salario. Por un lado me lo echaba en cara diciendo que no era su querida, por otro me lo agradecía cuando veía que las facturas se acumulaban y no había dios que las pagara. Él sabía que tenía dinero siempre dispuesto para echarle una mano y ayudarle en lo que fuera. No lo hacía para comprar su amor o su deseo, era simplemente porque sabía que el dinero me sobraba y que no lo disfrutaría una vez muerto. Así que los billetes me quemaban en las manos y él los aceptaba a regañadientes.

Cuando subí el último tramo de la escalera escuché el fonógrafo de la compañía Victrola que yo mismo le había comprado en un arrebato de melómano. Aida de Verdi se colaba por aquellos estrechos muros mientras otros vecinos del edificio, menos afortunados en educación, vociferaban sus tragedias. Al llegar a su puerta golpeé con fuerza para que me escuchara. Él no abrió de inmediato la puerta aunque noté como observaba por la pequeña mirilla que yo estaba allí. Al final abrió parcialmente para dejar ver sólo un poco de su dulce rostro.

—Estoy molesto, ¿por qué no te vas con tu mujer?—preguntó con voz ligeramente exasperada.

—Me iría si no hubiese firmado los papeles del divorcio—dije.

—Seguro que no ha sido idea tuya. ¿Qué fue eso de un Mayfair sólo puede estar con un Mayfair?—dijo frunciendo el ceño.

—¿Qué fue eso de no voy a fruncir el ceño porque me saldrán arrugas y sólo tengo veinte años?—mis palabras lograron que perdiera cierta compostura y malhumor. Siempre encontraba las palabras mágicas a las cuales aferrarme para que él se sosegara.

—¿Qué quieres? No tengo ganas de verte—se recargó mejor sobre el pomo de la puerta y suspiró—. Estoy molesto—dijo aceptando lo evidente.

—¿Por qué me esperas entonces con esa lencería que te compré?—pregunté—. Sabías que si no aparecías subiría e intentaría colarme en tu apartamento.

La música paró y noté como Lasher surgía aún bailoteando. No era un melómano cualquiera, pues usaba cualquier melodía, a veces hermosas composiciones musicales y otras autores muy simples, para despistar a un espíritu que me perseguía allí donde fuera.

—Vamos a jugar a las cartas—dijo apoyando sus manos invisibles sobre mis hombros—. No te va a entender nunca, Julien. ¿No ves que es sólo un muchacho? Qué risa...

—Me la puse porque me parece bonita—murmuró sonrojándose mientras se pensaba quitar o no la gruesa cadena dorada que evitaba que pudiese pasar.

—Abre—comenté deseando entrar para poner de nuevo en marcha el gramófono y evitar de ese modo que ese imbécil estuviese parloteando. Quería ponerle una mordaza a ese maldito desgraciado que sólo me aconsejaba de la peor de las formas y me traía terribles dolores de cabeza.

—Está bien...

Cerró de golpe y abrió de inmediato para dejarnos pasar. Lasher se quedó callado porque sabía que había perdido. Siempre perdía. Cuando era estar con Richard se quedaba sin un discurso decente, pero me molestaba que me envolviera como si fuese una soga. Así que simplemente me acerqué al aparato e hice que la pieza comenzara de nuevo.

Él se quedó allí de pie esperando que calificara su endiablada belleza mientras la puerta se cerraba. Cuando me giré para verlo bien tuve deseos de arrancarle aquellos delicados encajes. Llevaba un corsé que habían hecho a medida para él a juego con una lencería de encaje que cubría escasamente su sexo oculto, con cierto ingenio, un liguero y unas medias que se ajustaban perfectamente a sus hermosas piernas. Todo era en un único color, el negro, y el encaje era de aguja porque era el más fino, aunque también el más costoso, que llenaban su cuerpo con elegantes flores salvajes. Su piel quedaba resaltada al igual que su figura.

Era como ver a una mujer sabiendo que tras esa pose casi celestial, de labios pintados de rojo y largos cabellos negros, había un hombre tentándome con cada milímetro jóvenes carnes y prietas nalgas. El pelo lo llevaba suelto y caía en bucles bien formados sobre sus hombros, aunque no todo ese pelo era suyo. De hecho, llevaba peluca porque usualmente tenía un corte algo masculino. Fuera de esos muros pocos habían logrado verlo con esas prendas. Cuando lo veían bajar por la escalera pensaban que era su hermana que había ido a verlo.

—¿Deseas que me ponga también el vestido o me quedo así?—dijo mientras percibía que estaba descalzo.

—Ponte los tacones que tanto me gustan. Esos que te compré hace unos meses—contesté—. Los que fueron un regalo por tu cumpleaños.

Él sólo sonrió echando casi a correr hasta el zapatero que había en su dormitorio. Al regresar lo hizo marcando el paso al ritmo de la música. Lasher sólo bailoteaba de un lado a otro y pronto dejé de pensar en su presencia cuando Richard se acercó a mí, pegándose como una gatita mimosa deseando caricias. Mis brazos lo acogieron estrechándolo contra mí mientras hundía mi nariz en su cuello. Olía al caro perfume francés que a veces se obsequiaba gracias a pequeños contactos con amigas en las perfumerías más elegantes, caras y populares de la ciudad.

—Tu hombre está en casa—dije mientras mordisqueaba su cuello—. ¿Por qué no le das la bienvenida como se merece?—pregunté provocando que se mordiera sus voluptuosos y carnosos labios ensalzados con ese color carmín tan llamativo.

Él simplemente puso sus manos sobre mi torso jugando sutilmente con mi la punta de mi corbata. Sus largas pestañas postizas parecían infinitas y enmarcaban una mirada salvaje. Sonrió suavemente con picardía mientras permitía que mis manos acariciaran su cintura hasta sus caderas marcadas. Era delgado y tenía una belleza sutilmente femenina. Verlo a él era ver a un ángel jugando a ser un demonio tentador. Y, realmente, jugaba muy bien sus cartas.

Dejó de mover sobre mi corbata aquellos dedos, de uñas largas y bien cuidadas, para apoyarlos en mis caderas entretanto se arrodillaba. No tardó en abrir la correa, quitar el único botón de mi pantalón y echar abajo el cierre de la cremallera. De entre mi ropa interior sacó mi sexo ya algo despierto sólo con verlo y olerlo. Mi corazón comenzó a bombear rápido cuando sentí su aliento acercarse a mi glande. Sus labios se posaron con cariño sobre mi miembro ofreciéndole dulces besos que terminaron siendo entregadas lamidas. Me miraba mientras lo hacía quizá recordándome que no había mujer sobre la tierra que lo hiciera mejor.

Suspiré mientra sonreía dichoso. Realmente apreciaba que se comportara tan sumiso conmigo, pero sobre todo me enloquecía notar como poco a poco su destreza se desarrollaba con cada una de mis visitas. Lograba endurecer a un hombre que ya traspasaba la mediana edad, aunque no lo aparentaba, como si fuera un adolescente. Mis manos fueron a su cuello, justo bajo su mentón, cuando empezó a succionar lentamente hasta llegar casi a la base de mi pene. Me manchaba con su labial pero no me importaba. Que dejase restos allí era una marca más que él dejaba por algo más que puro capricho. Al final mi diestra se colocó sobre su coronilla y la zurda lo agarró por la nuca. Él dejó de mover libremente la cabeza para sentir la furia de mis embestidas. Sólo abría la boca para que yo lograra incluso atragantarlo con algunos movimientos bruscos.

Cuando estuve absolutamente duro, dispuesto para él, lo levanté agarrándolo del brazo, hasta casi marcar mis dedos, para arrastrarlo hasta uno de los muros del salón. No era la primera vez que no tenía cuidado al sentirme pletórico. La música acabó y Lasher guardó silencio sólo porque el espectáculo le fascinaba. No tardé demasiado en colar mi mano dentro de sus bragas de encaje para tocar su miembro ya abultado, casi queriendo salir de aquella estrecha tela, mientras con la mano que tenía libre, la izquierda, recogía su cabello para morder su nuca. Él gimió con el tono de una mujer y eso me encendía. Tenía las características que tanto me incitaban en un hombre y las que me enloquecían de las mujeres. Un hombre no sabía seducir de ese modo y tampoco era capaz de gemir tan desesperado.

—Julien... —dijo tembloroso notando mis dientes tirar de su carne, pellizcar con fuerza su piel, patéticamente masticándolo—. Julien... —su voz cada vez se quebraba más sobre todo cuando bajé sus bragas hasta los tobillos e introduje mi lengua en su deliciosa entrada. Aquel agujero se había convertido para mí en la abertura al placer, en la pequeña grieta al paraíso. Cuando mi lengua se colocó dentro soltó un jadeo entretanto curvaba sus piernas y se apoyaba desesperado en la pared, rasguñando el papel pintado que él había elegido para decorar nuestro pequeño nido.

No dudé ni por un momento en sacar mi rostro de entre sus glúteos para morderlos, besarlos y lamerlos mientras colaba un dedo. Él me miraba girando su rostro esperando el momento que llegó cuando me incorporé y lo penetré sintiendo la dulce presión de su recto. Mi glande buscaba golpear justo en el lugar exacto de su próstata y logré hallarlo con cierta facilidad porque ya conocía sus puntos débiles.

—Gime putita—dije agarrándolo del cuello con la diestra mientras mordía uno de sus hombros. Él sólo contestó moviendo sus caderas y abriendo mejor sus piernas. La zurda bajó los finos tirantes de su sujetador para poder moverlo hacia abajo. Deseaba poder pellizcar sus pezones y de hecho acabé haciéndolo entretanto mi boca marcaba la cruz de su espalda, su nuca, sus hombros e incluso sus orejas desnudas debido a las prisas que se había dado al vestirse.

Sus gemidos y jadeos cada vez eran más levados convirtiéndose en la mejor ópera jamás estrenada. Mis gruñidos y gemidos bajos se unían a mis palabras indecentes que le forzaban a estar cada vez más duro. Quitó entonces el apoyo de su mano derecha para poder masturbarse, pero rápidamente agarré ese brazo para echarlo hacia atrás. Quería que llegara al orgasmo sin tocarse, sólo con mis penetraciones.

Tras varios minutos de forcejeo, movimientos duros de pelvis y lenguaje sucio él llegó apretándome contra él, dejándome sumido en un éxtasis casi religioso. Segundos después de notar como eyaculaba salpicando la pared y el suelo, incluso su fina lencería, lo hice yo. Entonces me aparté sofocado para sentarme en el sofá con el miembro aún algo duro y el rostro empapado en sudor, con mi cabello cano revuelto sobre mi frente y mis manos apoyadas contra el brazo del asiento y los cojines.
Él caminó a duras penas porque le temblaban las piernas, lo cual provocó que se cayera y se arrastrara hasta mí. Quedó con su rostro sumergido entre mis piernas lamiendo cada gota de semen que no había llenado sus entrañas.

—Es cierto que ella me ha dejado—dije aún con la voz tomada—, pero también es cierto que no me importa. Tengo en ti todo lo que busco en una mujer y en un hombre—susurré levantando su rostro al sostenerlo entre mis manos—. Tú eres provocación, erotismo puro...


Jamás me interesó qué pudiesen pensar de mí al tener un amante masculino que, para más inri, travestía en un juego peligroso donde los sentimientos estaban a flor de piel y el placer caminaba más allá de la frontera del infierno.  

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Dedicado al pequeño tesoro que he encontrado hace unos días. Logras que quiera volver a cometer pecados por este mundo. 

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt