Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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martes, 27 de junio de 2017

Bruja

Michael sobre Mona...

Lestat de Lioncourt

Los deseos ocultos que yacían en mi pecho eran tan intensos como su mirada. Podía ver sus ojos verdes seguirme en cada perversa palabra que le profesaba. Mis manos danzaban por su estrecha cintura y sus pechos se movían libres al fin, completamente empapados de sudor y temblorosos por su respiración agitada. Quise morder su cuello como si fuese un vampiro y hundir mi rostro en este para olvidarme del mundo, así como también olvidarme de mí mismo y todas las palabras que le ofrecí a mi corazón enamorado. Estaba embriagado por la locura del momento, por el calor de sus muslos, por la humedad que me ofrecían sus labios y por la verdad que me conferían sus piernas.

Sus largos cabellos de fuego se desparramaban sobre su lechosa piel, la cual parecía haber sido hecha con nieve pura. Su sonrisa era magia pintada en tonalidades cerezas. Sus manos, las manos delicadas y pequeñas de una mujer demasiado joven, se enterraban en mi torso y delineaban mis músculos intentando sujetarse correctamente.

Creí que mi mente se perdía en la oscuridad, así como lo había hecho mi alma. Mis ojos parecían perder color, fuerza y visión. Me sentía como una calavera hueca que acepta el desafío de la Parca, la misma que se concede el nombre de Caronte y me lleva de viaje por la laguna Estigia. Así me sentía. Sí, justo como un muerto a la deriva. Pero no fue así. No lo logré.

Podía notar mi miembro enterrarse en esa pequeña y húmeda abertura, la cual succionaba con fuerza mientras ella me miraba con una pasión desbordada. Ella era toda una revolución para mi sangre, la cual hervía igual que el caldero de las viejas brujas que pertenecían a nuestro linaje. Ante mí tenía una niña hecha mujer, pero no cualquier mujer. Ella era la descendiente de las brujas que no lograron quemar en la hoguera. Su poder era inmenso y, por algún extraño motivo, no me preocupaba morir ante sus caricias.

Galopaba sobre mi vientre haciendo chocar sus caderas, girando en círculos su cuerpo y mostrándose como una sirena perversa. Sonrió para mí, sólo para mí. Pude ver amor, pude ver cariño, pude ver necesidad y también odio. Odio hacia las cadenas que aún me ataban a mi mujer y también a los muros sociales que nos dividían. Si nos hubiésemos conocido en otro momento, en otra época, en otro lugar... ambos hubiésemos sido uno por siempre, pero estábamos en ese salón, en ese tiempo convulso, en esa verdad incómoda y tras un suceso demasiado terrible.


Fui un privilegiado y a la vez quedé maldito. Deshonré a la familia y también mi corazón. No obstante, no puedo jurar que me arrepienta de ello.

viernes, 10 de junio de 2016

Comienzo

Admito que David y Aaron hacen un buen equipo, pero yo también lo hago con David. 

Lestat de Lioncourt


—Te veo muy interesado en esos documentos—dije con las manos en los bolsillos apoyado en uno de los muros de carga del edificio.

Habíamos salido a despejarnos. Los novicios teníamos demasiadas ocupaciones en aquellas épocas. La orden era un hervidero de almas que iban y venían investigando determinados sucesos, mezclándose con la población de Gran Bretaña y convencidos absolutamente de todo lo que redactaban en sus pequeños despachos, la biblioteca o pasillos. No todos permanecían entre los grandes muros de este edificio.

—Hace aproximadamente dos semanas los encontré abandonados en la bodega—respondió con aquella carpeta marrón entre sus manos. Estaba husmeando desde hacía más de media hora las hojas amarillas que contenía.

—¿Fue el día que nos enviaron a ordenar las cajas abandonadas cerca de los archivos principales?—pregunté sacando mi pitillera para encendiendo un cigarrillo.

—Exactamente—dijo emocionado.

—Tardaste demasiado en regresar y pensé que me habías dejado abandonado con todo el trabajo por hacer—sonreí dejando que el humo saliera de mi nariz.

—Encontré una historia interesante abandonada hace décadas—dijo.

—¿De qué trata?—pregunté ligeramente interesado.

Aaron jamás me dejaba y era como mi sombra. Desde que nos conocimos nos convertimos en una y carne. Éramos amigos pero parecíamos hermanos. Sentía un gran amor por aquel muchacho de cabellos rubios absolutamente revueltos y de ojos iluminados siempre con una bondad casi mágica. Protegía a mi compañero de lo tangible y lo intangible. Alguna vez vi fantasmas aproximándose a él y no taré en espantarlos. Podía verlos pero era demasiado despistado y solía estar perdido en sus asuntos. Por aquella época era un muchacho de lo más informal y yo un noble que rechazaba la fortuna familiar.

—De una familia excepcional—dijo ofreciéndome dichosa carpeta. De inmediato la tomé entre mis manos y comencé a echarle un ojo con el cigarrillo tambaleando entre mis labios—. Ellos hace tiempo fueron perseguidos por brujería en algunas zonas de Europa—decía mostrando los documentos más antiguos. Algunos tenían cien años y estaban escritos a mano. Los originales, según ponía la hoja, habían sido extraviados—. Varios de nuestros miembros se mezclaron con ellos y acabaron falleciendo posiblemente a manos del espíritu que les acompaña.

—Parece peligroso—murmuré entretanto él recogía la carpeta y la cerraba pegándola a su pecho.

—Se llaman “Mayfair” y es una familia matriarcal. Sólo las mujeres importan. Ellas son las que poseen el poder, las riquezas y mayores beneficios—confesó.

—¿Y los hombres?—pregunté.

—Hasta el nacimiento de un tal Julien ni uno de ellos poseía voz y voto. Ellos sólo se dedicaban a algunos negocios, fiestas, engendrar hijos y visitar lugares de dudosa reputación—su sonrisa me hizo olvidar que podía correr peligro. A decir verdad no podía estar cuidándolo siempre.

—¿Por qué crees que fueron abandonados allí?—pregunté quitándome el cigarrillo de la boca.

—Descuido—respondió encogiéndose de hombros.

—¿Descuido o deseo que ningún otro miembro muriera?—susurré con cierta intriga.

—Quiero investigarlos—aseguró con estoicidad. Mostrar esa fortaleza ante las dificultades es lo que provocó que nos hiciéramos amigos. Era un buen chico y con un deseo inmenso de comprender todo lo que le rodeaba. Era normal que quisiera investigar aquel misterio.

—Envía un informe a los Ancianos y espera noticias—respondí.

¿Cuántas veces me había comunicado con ellos? Muchas. Era un rebelde y me había marchado a Brasil a ser sacerdote del Candomble. Ellos tuvieron que soportar mis correrías y la forma desesperada de encontrar solución o comprensión a mis poderes. Pero David Talbot se había vuelto manso en cuanto conoció el amor. Amaba a mi amigo por encima de mí mismo. Creo, sin duda alguna, que lo amé siempre. Pude enamorarme de muchos, desear a cientos, pero amar sólo a uno. Aaron Lightner era mi debilidad.

—Estoy emocionado. Si aceptan que estudie este caso, David, será el primero—dijo alborotado.

—Va a llevarte toda una vida, pero realmente me hubiese gustado a mí encontrar estos documentos—guiñé un ojo mientras veía un espíritu aproximarse a nosotros. Él y yo nos cruzamos una mirada calma y decidió ir a molestar a otro.

—Tú ya ves demasiados espíritus... ¡Deja algo a los demás!—dijo ajeno a mis trapicheros con los espíritus que rondaban incluso templos del misterio como la Sede en la que vivíamos.



viernes, 30 de octubre de 2015

Tú eres todo

Michael y Rowan, Rowan y Michael... ¡Ah! ¡Los amo! Me gustaría volver a verlos. Aquí un trozo de las confesiones de éste gran hombre.

Lestat de Lioncourt


Allí estábamos frente a frente en un inmenso mar de silencio. Era unmar más profundo y oscuro que aquel del cual recuperó mi cuerpo, salvando mi vida y mi alma. Ella, como siempre, parecía estar sobre el bien y el mal. Una mujer única, excepcional, y adicta a la tragedia aunque no lo supiera. Sus labios carnosos parecían amargos, como el humo del tabaco que exhalaba, y sus ojos demasiado tristes. Estábamos allí, en aquella sala, aguardando que alguno de los dos hiriera los segundos sin respuesta.

Estiré mi brazo derecho hacia ella, intentando tocar su mano con la mía, pero ella apartó las suyas dejándolas bajo la mesa. Una lágrima surgió como una puñalada, recorriendo su fino rostro, mientras sostenía su cuerpo a duras penas. Sabía que un dolor terrible la quebraba convirtiéndola en pedazos y éstos, como no, en polvo. La mujer que había conocido se desvanecía y dejaba escombros de su pasado. Era sólo un reflejo infiel de un hermoso retrato. Sin embargo, mi amor era ahora más fuerte que nunca. Estaba decidido a recuperar a la mujer que había llevado al altar, jurado amor eterno y cansado entre las sábanas de nuestra cama de matrimonio.

—Rowan...—dije.

Ella sólo me miró cansada, inapetente, mientras hacía el intento de sonreír. Pocas veces la había visto sonreír, pero sabía reconocer sus sonrisas y esa, sin duda alguna, era un reflejo de dolor y un intento, prácticamente nulo, de consolarme como si fuese un niño pequeño al que puede mentir. Quería hacerme creer que todo estaba bien, que dentro de ella no había un mundo devorándose a otro. Las sombras de la tragedia la atrapaban del mismo modo que la sedujo, atrapó y destrozó aquel maldito fantasma. Ahora mi mujer era sólo un envoltorio, una cáscara, un muro de piel recubriendo un alma atormentada y eso no podía soportarlo.

Me lancé a la nevera y agarré una cerveza que bebí impunemente frente a ella. Me había regañado miles de veces por mi adicción al alcohol como medio para fugarme de una realidad terrible, pero era lo que había vivido y visto en mi humilde casa del barrio irlandés de la ciudad. Ni siquiera me había planteado cuántos años habían pasado desde la última vez que había pisado esa casa, pero en ese momento me pregunté cómo pude abandonar la ciudad sin sentir un profundo aguijonazo. Mi padre había muerto, no me quedaban demasiadas buenas cosas en la ciudad y mi futuro esperaba a la vuelta de la esquina. Decidí tomar mi oportunidad, mi camino, mi lugar en la vida y había regresado a la mansión que siempre había codiciado para ser su propietario, pues la heredera me había elegido entre todos los hombres del mundo. Pero, ¿había sido ella? Mientras daba un trago de cerveza, paladeando su amargura, me eché a reír percatándome que éramos marionetas de aquel indeseable. Sin embargo, ¿no era amor lo que sentía por ella? Claro que sí. La amaba profundamente y no podía evitarlo. Nadie podría evitarlo.

—Rowan, no importa lo que ha sucedido—comenté apoyándome en la nevera—. Podemos salir de ésta.

—No podré darte hijos y tú quieres hijos, Michael. He matado la única oportunidad para ofrecerte algo dulce en la vida—hablaba, por supuesto, de aquella mujer tan dócil que había dado muerte. Una mujer que había sido fruto de la violación de nuestro propio hijo, que no era más que el fantasma que siempre había tirado de los hilos del destino de la familia. Emaleth estaba muerta, enterrada junto a su padre y hermano, convirtiéndose en abono para el árbol que había presenciado tantas desgracias y carnavales.


—No importa—respondí encogiéndome de hombros—. Sólo quiero estar contigo. No importa que no seamos padres—dejé la lata sobre la mesa y me acerqué a ella, tomándola del rostro con mis grandes y ásperas manos, para entonces decirle con toda la dulzura que pude que la amaba—. Te amo. Te amo a ti, no tu fertilidad. Amo tus breves sonrisas y tu rostro serio, amo tu profesionalidad, tu temeridad, tus deseos de superarte y amo que estés viva porque sin ti, Rowan, yo me moriría. Te has convertido en los latidos de mi corazón.  

domingo, 13 de septiembre de 2015

Quiero agradecerte...

Michael ha escrito estas palabras a Rowan. Yo también le agradezco a ella todo el amor que me ha dado, así como los recuerdos que todavía poseo de ella.

Lestat de Lioncourt


Hoy quiero dejar constancia de mis sentimientos. No sé porqué lo hago. Quizás creo que necesito expresar de nuevo la gratitud y el amor que siento por ti. Puede que estés cansada, quizás no lo creas necesario y tal vez mis palabras las conozcas demasiado bien. No importa. Creo que necesito expresar todo lo que siento en éstos momentos. Deseo liberar mi alma y que vaya a ti, como siempre ha hecho, para rodearte mientras te contemplo.

Todo matrimonio tiene sus buenos y malos momentos, pero los nuestros prácticamente nos costaron la vida y la felicidad que todavía queremos salvar. Los monstruos llamaron a nuestra puerta, danzaron en el jardín, nos ahogaron en mares más turbios que aquel que ya conocíamos bien los dos y estuvieron a punto de convertirnos en cadáveres sobre el césped. Acabamos siento nosotros los monstruos, y no ellos, enterramos sus cuerpos, lloramos por el destino de nuestra historia y nos miramos a los ojos preguntándonos si merecía la pena seguir juntos.

No he sido el mejor amante, tampoco creo que haya sido el mejor esposo. Sin embargo, mi débil corazón late gracias a ti. No hay nada que desee más que tomarte de la cintura, acercar mi boca a la tuya y besarte como un adolescente. El hombre que conociste hace décadas sigue aquí, envejeciendo a tu lado. No quiero apartarme de ti, de tu mundo y tus deseos, porque quiero compartir contigo todo lo que fui, soy y seré.


Te agradezco tu paciencia y amor. También agradezco nuestras peleas porque hace que te conozca mejor. Te agradezco cada momento, pues todos han sido maravillosos. Te amo.  

sábado, 28 de marzo de 2015

Celebración

No estoy celoso, pero yo también puedo hacer que Rowan pierda la cabeza... 
En fin, un relato de Michael y Rowan... unas memorias. 

Lestat de Lioncourt


Hacía rato que había oscurecido. Eran más de las diez de la noche. El reloj era incapaz de detenerse. Las manecillas estaban prácticamente matando el tiempo. La cena se enfriaba sobre el delicado mantel de lino, las velas estaban prácticamente consumidas, la tarta era un complemento dulce que no apetecía y el champán parecía todavía tener la esperanza de ser descorchado. Frente a esa cena estaba él, esperando como siempre. Otra vez. Una noche más las obligaciones habían podido a una cena. Su espera era innecesaria. No importaba cuál era el motivo, simplemente era el hecho de haber sucumbido de nuevo a una ilusión banal. Ella no había regresado a casa, pero ni siquiera había avisado. Rowan estaba más interesada en el Hospital Mayfair que en su matrimonio. Siempre fue así. Su mente siempre estuvo perturbada por el dolor y el pánico a ser una asesina, pero él sabía que no era cierto. Jamás la juzgó de ese modo.

Él había terminado sus obligaciones, y ella parecía estar siempre obsesionada con las suyas. A veces creía que era sólo una excusa. Decidió telefonear, pues tomó la decisión de ir a buscarla. Pidió que sacaran la limusina del garaje donde la guardaban y fuesen a por él. No quería conducir, pues ni siquiera deseaba mirarse al retrovisor.

Eran algo más de las once cuando llegó al hospital. Aguardó unos minutos, observando la imponente fachada, para luego ver a Oberon de pie, mordisqueando un donut de glaseado blanco con un cartón de leche en la otra mano. No hizo caso a sus ojos curiosos, tampoco a su bata y su indómita figura tan alta como siniestra.

Hacía dos décadas que había ocurrido la gran tragedia. Ese hijo, tan esperado, se convirtió en un monstruo que terminó sembrando el dolor. Realmente el paraíso, ese Edén que tardó en germinar, estaba siendo destrozado por la inconsciencia des un monstruo, un ser, que era similar en características a ese muchacho, ese que bebía inocente aquel cartón y parecía tan sólo un joven médico que miraba con curiosidad las acciones de quien era su “abuelo”.

Salió del vehículo, entró en el hospital ofreciendo un ligero ademán al Taltos y se internó por los pasillos buscando a su mujer. Se creía en su derecho. Hacía diez años que ella ya no tenía esas terribles pesadillas. Tardó en reponerse, pero al fin lo había logrado. Eran diez malditos años de noches tranquilas. Habían superado todo y conseguido volver a ser un matrimonio. ¿Por qué ella no lo veía igual? Diez años sin Lasher sonriendo burlón a los pies de su cama.

Giró hacia la derecha de un profundo pasillo, se colocó frente a la puerta barnizada de blanco. No llamó. Tomó el pomo y lo giró. Entró en el despacho, y se quedó allí de pie observando sus informes. Ni siquiera había prestado atención a la ligera corriente de aire que había entrado en la habitación.

Tenía el rictus serio y mostraba cierta preocupación. Usualmente siempre observaba de ese modo sus interminables semblantes. No se detenía demasiado en cada hoja, pues sólo firmaba las altas que ya había concedido, así como otros documentos para pruebas médicas que ella misma había pedido el día anterior. Ni siquiera se detuvo un instante. Continuaba pasando y firmando hojas y hojas de informes. A veces ser la directora del hospital Mayfair era demandante y estresante.

—Oberon, por favor, ve por los informes de Pediatría—mencionó confundiéndolo. Ni siquiera había reparado que aquel hombre, el de la puerta, era mucho más fornido y no tenía ese sutil aroma.

—Está cenando, almorzando o lo que quiera que sea ese grasiento donut y ese litro de leche—explicó cerrando la puerta tras él—. Cosa que nosotros deberíamos haber hecho hace más de una hora—no la miraba serio, pero sí preocupado. Estaba frente a la mujer que amaba, la misma que tenía ojeras y el cabello revuelto—. Enfermarás si sigues así.

—Michael, dile a Oberon que suba ahora mismo. Necesito esos informes con urgencia—respondió sin prestar mucha atención lo demás—. En diez minutos termino y nos vamos—continuó apresurada firmando y viendo, con el rabillo de sus enormes ojos grises, el reloj sobre su escritorio.

—Puedes continuar con eso mañana. O puedes permitir que Oberon tome tu lugar—respondió acercándose a ella—. Has logrado que estudie neurocirugía, pediatría y psiquiatría. Es tan brillante como tú, pero lo sigues usando de chico de los recados. Rowan... hoy es un día especial y estás aquí encerrada, ¿esperando a qué?

—Oberon es el jefe de Pediatría, por ello le pido esos informes—respondió, sin reparar en nada más.

Los pasos acelerados de Oberon por el pasillo, tras su dosis de energía, sonaron precipitadamente cerca de la puerta. No llamó, pues él sí quería descansar. Llevaba dos días sin siquiera cerrar los ojos. Miravelle le esperaba en la habitación que compartían. Deseaba tener un momento de calma. No quería ser como su padre, encadenado al trabajo y tan serio, como gris, para acabar muerto.

Apoyó su frente, junto con su rebelde flequillo negro, sobre la puerta. Pensó en huir. Podía hacerlo. Sin embargo, Ryan, y todos los Mayfair, les echaría el guante antes de salir de New Orleans. Además, no tenía acceso a los bienes de su padre ni se marchaba de la familia. Odiaba con todo su corazón aquello. Detestaba saber que aquel lugar sería su lápida, su ruina, su mundo... el laberinto donde él, un Taltos, sería el Fauno encarcelado por una bruja.

Se apartó unos instantes, pues con su agudo oído logró escuchar la discusión. Temía que se elevara el tono. No quería ver discutir a otra pareja como ocurría con Morrigan y Ashlar, sus padres, y tampoco quería que esa discusión terminara como una tormenta sobre él.

—Los informes—dijo entrando, para dejarlos sobre la mesa. Una vez hecho eso, tomó un bote de su bata, que no era otra cosa que yogur líquido natural, para beberlo de un solo trago mientras salía de allí.

Michael sólo los observaba. Primero a él, luego a ella y por último a los informes. No saldrían de allí en horas. Estaba empezando a perder la paciencia. Sin embargo, sólo guardó sus sentimientos y

—No están firmados...—dijo dando un carpetazo. Se echó hacia atrás en la silla, y se incorporó con molestia. Llevaba un pantalón gris y una blusa a juego, pero su bata cubría gran parte de su figura y la hacía imposible de descifrar. Llevaba unos tacones no muy altos, pero al moverse hacia la puerta sonaron con fuerza. Había tomado entre sus manos los documentos. Quería arrojárselos a la cara a Oberon, pues no permitía que no cumpliese su trabajo.

El Taltos se había escabullido hasta su dormitorio. Allí estaba Miravelle recostada leyendo una revista de moda y complementos. Su otra hermana, mucho más salvaje, había ido al campo de tiro y aún no estaba de regreso. Lorkyn vivía apartada de ambos, llevaba la administración y las subvenciones. No quería trato con otros. Miravelle era recepcionista. Ella no quería trabajo pesado con informes, pero sí atender a otros. Tan distintas y tan deseables. Oberon había huido para sentir los brazos de su hermana, la cama bajo su cuerpo y la sensación placentera de al fin, pese a todo, descansar. Pero Rowan iba hacia allí dispuesta a que siguiese trabajando. Tras ella iba Michael.

—Puede hacerlo más tarde...—murmuraba con las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta.

Ella se giró ligeramente, para tomar contacto visual con Michael, frunciendo el ceño con desaprobación. Acabó tomando una pluma del bolsillo de su bata, las cuales a penas se veían en el bolsillo, y se dirigió hacia la habitación del joven macho Taltos.

Los pasillos parecían interminables, pero pronto llegaron a la planta indicada y la puerta tras la que se encontraba Oberon junto a Miravelle. Ambos estaban tumbados en la cama disfrutando del silencio y del aroma que desprendían. De inmediato abrieron la puerta y cuando, Oberon, la vio aparecer gruñó bajo. Estaba en los brazos de su hermana, siendo besado y consentido. Él quería estar con la hembra y no pasearse ni un minuto más por los pasillos.

—¿Qué?—masculló—¿Vienes a darme con el látigo porque no fui un buen esclavo?

—Si hicieras bien tu trabajado no tendría porque venir a buscarte—respondió seria, entregado los documentos—. Los necesito firmados, hoja por hoja. Conoces el proceso no es la primera vez que lo haces, por favor.

—No, no es la primera vez. Sin embargo, llevo dos días sin dormir y ni siquiera sé ya como firmar todos esos documentos. ¿Por qué no admites la maldita firma electrónica? Modernízate. Moderniza este lugar. El trato humano, si es que lo hay, que quede con los pacientes y no con los informes—ni movió un músculo. No pensaba moverse. Tenía náuseas y se sentía agotado. Aquello era el infierno. Deseaba gritarle que era una explotadora y su compañera, en pediatría, una maldita bruja sin escoba.

—Oberon, puedo leer tus pensamientos ahora mismo...—murmuró alzando suavemente sus cejas, para luego volver a fruncirlas—. Por favor, haz lo que te he pedido—. En su tono de voz comenzaba a enojarse y desesperarse. Detestaba ese carácter tan similar al de Mona, por lo que si continuaba de esa forma perdería la compostura.

—¿Quién te dio permiso a leer mis pensamientos? ¿Mi padre? Ay, no... espera... que está muerto—dijo con una sonrisa cínica—. Los tendrás mañana. Son de altas, Rowan, altas que ya se han dado verbalmente y que los pacientes saben que podrán salir el próximo lunes. No se necesita ahora mismo. Puedo hacerlo mañana sábado—se incorporó en la cama, pero no salió de ella ni de los brazos de su hermana—Además, si no te vas a casa Michael se buscará a otra que le caliente la cama. ¿Verdad abuelo?

Michael sólo apretó los puños y suspiró exasperado. Ella no era la única en esa habitación que estaba por perder los papeles. Rowan al escuchar aquel comentario, entró del todo en la habitación, se acercó a él y lo abofeteo. Terminó por hacer explotar una vena en su nariz, le observó llena de furia. Había hecho lo último inconscientemente, pero ya no podía controlar ni su mal carácter ni sus poderes.

—¡Me golpeas porque sabes que es cierto!—gritó, mientras Miravelle lo abrazaba e intentaba limpiar su herida.

—Rowan, deja esos informes para otro momento—dijo tomándola de los hombros por detrás.

—Si no fuera por mi estarías muerto y congelado como tus padres—hizo una breve pausa para contener su dolor. La muerte de Ashlar significó algo terrible para todos, al igual que la muerte de Morrigan. Jamás pudo explicarse. Michael nunca pudo tener una última conversación con su hija. Aquello fue terrible para todos. Aún así lo que decía era cierto. Ella se encargó de los tres y los rescató de aquella isla—Así que ten mas respeto—concluyó.

—Que bien... ahora amenazas.... Michael, échale un polvo que lo necesita—murmuró con una ligera sonrisa burlona.

El enfado de Rowan aumentaba, y antes de hacer alguna locura decidió lanzar los informes a su cara. Un rostro con unos rasgos tan similares a los de su padre, pero con algunas facciones de Michael. Sin embargo, era irreverente y descarado como su abuela y su madre. Morrigan y Mona siempre fueron dos bestias salvajes decididas a decir lo que pensaban, sin necesidad de ser sutiles. Deseaba arrancarle la lengua por su mal comportamiento, por cada una de sus palabras, pero se contuvo.

—Rowan...—la tomó de los brazos, la atrajo hacia él y la abrazó besando sus mejillas—. Vamos a casa, pues es tarde.

—Firmarás todos y cada uno por ambos lados, antes de las siete de la mañana.

—Lo hará, pero permite que descanse—dijo abrazándolo. Miravelle tenía una voz dulce, una mirada aún más dulce, y poseía un aura taimada que sus hermanos no poseían.

—Vámonos—dijo sosteniéndola. No la dejaría. Michael quería marcharse de una vez.

—Y si no puedes con este trabajo, será mejor no sigas—le dedicó una fría mirada retirándose por el pasillo dejando atrás a su marido.

—Lleva dos días trabajando, tiene la edad de un adolescente prácticamente... no esperes demasiado—decía con las manos metidas en el bolsillo—. Piensa que necesita unas vacaciones. Han estado aquí recluidos por casi veinte años. Me preocupa que puedan enfermar.

Rowan lo ignoró dirigiéndose a su oficina, pero se detuvo frente a su escritorio tratado de calmar su furia. Él seguía tras ella. Ambos eran polos opuestos en ese momento, como casi siempre.

—Podríamos ir a casa, calentar la comida y tomar un poco de champán... aunque si prefieres tengo vino—murmuró—Compré un Rioja Gran Reserva del 2009...

Deseaba romper esa tensa calma, cambiar la conversación, dirigir cada palabra hacia otro punto y sosegar esa rabia.

—Vamos—respondió derrotada, tomando su bolso y apagando el ordenador.

Los pasos de ambos sonaron por los pasillos. Las enfermeras se despedían con una agradable sonrisa. Aquello parecía más un hotel que un hospital, pues había sido construido con la idea de auténtico confort. No olía antiséptico, sino a un agradable aroma mezclado con la fragancia de los Taltos. Durante el viaje no habló, tan sólo se dedicó a mantenerse a su lado rodeándola. Deseaba tenerla pegada a él, como hacía tiempo, encontrando en su mirada pasión y no sólo cansancio y molestia. Ella recostó su cabeza en el hombro derecho de Michael, cerró los ojos y entrelazó sus manos con las de él. Michael jugaba con sus dedos, pero soltó sus manos para rodearla por la cintura, colando sus manos bajo la bata que aún llevaba. Hacía semanas que desconocía que ocultaban sus ropas. Más bien hacía más de dos meses que ni siquiera era capaz de hacer algo más que contemplarla malhumorada, cansada y agobiada.

—He descuidado mucho mis obligaciones como esposa Michael. A veces creo Oberon tiene razón, y me dejarás por otra más joven. Una que te de hijos y no monstruos como yo. He descuidado hasta inclusive a Hazel.

Hazel era ese milagro genético. Una niña que al fin habían podido tener entre sus brazos. A él no le importaba quien era su padre, pues para Michael la niña era suya. Cuidaba a la pequeña cada día al volver de la empresa que tenía en la ciudad, la cual cada vez tenía mayores colaboraciones con otras importantes por todo el país. Sin embargo, sus obligaciones como padre jamás estaban desatendidas, ni las de dulce y atento esposo. Ella no era así. El trabajo la absorbía porque era una forma de no pensar, de no sufrir, de no padecer... Trabajar, para Rowan, era su medicina y su forma de canalizar el dolor.

—Por ese motivo has terminado perdiendo el juicio—murmuró recostando su espalda en el respaldo, permitiendo que sus largas piernas se estiraran sobre la moqueta de la limusina—. Rowan, siempre te espero... jamás te cambiaría porque no podría arrancarme el corazón.

Observó el rostro de quien era el hombre de su vida. Sólo a él le había dado por entero su corazón. Tenía unas facciones duras, pero hermosas. Era el rostro de un hombre irlandés, curtido así mismo, pero con unos ojos que aún levantaban cierta ternura y esperanza. Acabó llevando la diestra a una de sus mejillas acariciándola. -Michael...—susurró con sensualidad, para finalmente acabar devorando sus labios como aquel primer encuentro entre ambos.

Él se perdió por unos segundos en sus ojos grises, sus manos acariciaron su cintura y subió hasta sus pechos apretándolos. Sintió que su cuerpo cedía ante el deseo. De inmediato, sin poder contenerse, la recostó en el asiento y le abrió la blusa, sacando sus pechos, para mordisquear los pliegues cálidos de éstos, sus pezones y el canalillo. Sus dedos, hábiles aunque desesperados, buscaban abrir el botón de su pantalón para bajarlos y deshacerse de ellos. La quería desnuda bajo su cuerpo. Necesitaba que la tapicería de la limusina se pegara a la espalda de Rowan y se convirtiera en una segunda piel, así como la suya.

Rowan estiró la mano torpemente hasta dar con el botón de cierre de la ventanilla del conductor. No deseaba oídos indeseados, ni ojos y tampoco murmullos que rompieran ese momento. Rápidamente agarró la camisa blanca, de impecable algodón, que llevaba Michael, para tirar de ésta y hacer estallar todos los botones. Éstos salieron despedidos desperdigándose por todo el vehículo, los cuales incluso impactaron contra los cristales de la limusina. Sus manos bajaron por su torso, marcado aún hoy por el esfuerzo físico que hacía pese a sus problemas de salud, y las deslizó hasta el borde de su pantalón. Allí abrió el cinturón, el botón del broche del pantalón y el cierre, para palpar su miembro por encima de la ajustada y negra ropa interior. Percibió que ese miembro ya estaba despertando, lo cual provocó que apretara sus dedos entorno a él y lo acariciara con mayor deseo. Su vagina se humedecía y calentaba. Sentía un ligero calor que subía de entre sus piernas hasta sus pezones, los cuales estaban ya duros por los mordiscos y cuidados de Michael.

Su barba bien cuidada rozaba su torso. Hundía su lengua entre sus senos, mordía su vientre y subía hacia sus clavículas. No dudó en agarrar con firmeza su mano derecha con la suya diestra, para llevarla dentro de su pantalón que había logrado desabrochar. Dentro, incluso en el interior de su ropa, despertaba su grueso miembro que tanto anhelaba su contacto.

—Michael... —murmuró, entre jadeos, masajeando su miembro. Pero acabó sacando sus manos de su ropa interior y jaló hacia abajo todo lo que le cubría, del mismo modo que ella retiró su pantalón y bata de médico.

Desnuda bajo su cuerpo, con aquella estrecha cintura que acentuaba sus caderas y mostraban unos muslos ligeramente gruesos, pese a su delgadez, se sintió excitado. Pese a los años ella seguía siendo más joven, tenía un cuerpo cuidado y mantenía una piel de seda. La deseaba. El calor le hacía sentirse sofocado. Abrió sus piernas, se acomodó entre ellas y entró sintiéndola estrecha. De inmediato gruñó satisfecho cerrando sus ojos. Su mirada azulada se perdió, igual que su mente. Sólo podía murmurar su nombre inquieto. Más de dos meses sin sexo, disfrutando del recuerdo tan sólo, y cuando volvió a mirarla lo hizo desesperado. Sus ojos eran dos bolas azuladas de pasión y sus caderas comenzaron a moverse, mientras colocaba sus muslos rodeando sus caderas.

El cuerpo de Rowan reaccionó, pues al sentir aquella estocada se revolvió entre sus brazos por el placer, aprisionando dentro de ella su miembro. Ya había olvidado el éxtasis y ardor tan delicioso del cual era presa al hacerlo con él; y, sin embargo, tenía un aroma parecido al de un macho Taltos que le hacía perder la razón. No sabía como negarse y mucho menos como alguien podría negarse a ello.

Podía mover el cuerpo de su mujer como desease. Seguía manteniéndose fuerte, buscando permanecer como cuando era joven. Su musculatura seguía siendo bastante evidente y ella era delgada, muy delgada. Jamás engordó tras tantos años. Seguía siendo frágil en apariencia y ligera para mover bajo su cuerpo, mucho más pesado. Él se movía entre sus piernas como un macho Taltos. Buscaba llegar al límite y satisfacerse, pero también acariciaba y mordía de forma tierna deseando que ella siguiese gimiendo.

—Michael—lanzó un chillido agudo de placer, al tocar ese punto con el cual perdía la cabeza y el control. De inmediato rasguñó su espalda, enterrando sus uñas, gritando por más. Su cabello estaba revuelto sobre el asiento, rozaban sus senos y se pegaban a su frente. Tenía el rostro congestionado por el placer y perlado por el sudor.

Él continuó golpeando con su glande ese pequeño punto. La miraba furioso, con sus ojos encendidos. La pasión que había contenido siendo amable, con esa paciencia y caballerosidad, se había roto. En esos momentos seguía siendo el hombre que buscaba llegar al límite, saborear su cuerpo como si fuese un Taltos y hundirse en el deseo mientras ella lo rasguñaba. Se contenía para no dañarla, pero le ofrecía un sexo salvaje al que la tenía acostumbrada.

El ruido de los testículos golpeando, cada vez con mayor violencia, podían escucharse con facilidad cuando ella quedaba sin aire para poder gritar, gemir o pedir aún más. Las gigantescas manos de Michael estaban sobre sus caderas, apretándolas con furia y levantándolas de vez en cuando. Pero, por supuesto, sus manos acabaron en otros lugares más placenteros. Su derecha tomó su cuello, tras la nuca, para levantar su cabeza y poder besarla. La zurda buscó meterse entre ambos cuerpos, para acariciar su clítoris y sentir la tremenda humedad que ella tenía.

En algún momento ambos perdieron la conciencia. El ritmo era salvaje. Podían parecer prácticamente dos Taltos copulando en mitad del círculo sagrado de piedras. Ella gemía. Él gruñía. Pero eran tan sólo dos brujos con un poder innegable. Podían leerse las mentes, pero en aquellos momentos sus cerebros habían colapsado.

Cuando la limusina llegó frente a la mansión donde aún permanecían, esa que había sido reconstruida por Michael y ocultaba bajo el árbol, aquel imponente árbol, los restos de los Taltos, ellos llegaron al paraíso. El edén no se había perdido, sino que se concentró en los asientos de una limusina. Las piernas de Rowan temblaban, Michael estaba empapado en sudor igual que ella y el chófer no sabía si comunicarles que habían llegado al destino. Pasarían largos minutos en los cuales ambos, Michael y Rowan, intentaron en vano recuperar el aliento y vestirse lo más decente posible.


Al bajar de la limusina, Michael, la tuvo que tomar entre sus brazos y cruzar la cancela, caminar por el pasillo de adoquines hasta la entrada y subir las escaleras hacia el dormitorio. Pudo tomar el ascensor, pero prefirió no hacerlo. Los cuadros parecían observarlos meticulosamente. Las pinturas cobraban vida en esa enorme mansión, los fantasmas seguían rondando y ellos deseándose. El cariño, la pasión y el evidente deseo los seguía vinculando. Puede que el amor dure para algunos unos años, pero si sabe conservar, aunque sea en breves momentos, pueden lograrse milagros.  

jueves, 26 de febrero de 2015

Temor

Pronto habrá algo más de Lasher, pero de momento dejaremos este texto. Esto es un aperitivo para lo que podrán leer el sábado/domingo.

Lestat de Lioncourt 


No concibo el deseo sin ti. No comprendo la vida sin ti. Eres la cerradura que hizo girar la llave, abriendo la puerta y logrando que yo pasara. No comprendo el mundo sin ti. No quiero ver nuevos días sabiendo que me odias. El odio surge del resentimiento, del desafecto, del dolor, la rabia y la ira. No quiero que tú me odies. No deseo que mueras, pero a la vez sé que quizás sea necesario. Soy el monstruo que no has logrado llamar hijo, el amante que te ata la cama y te observa, el carcelero piadoso que canta canciones para que duermas y el hombre que llora aún por todos sus pecados. No quiero el tormento para ti. No quiero morir. Sólo quiero un igual que nazca de tu vientre, otro ser idéntico, que me haga sostener todavía la esperanza. Si yo vine, ella vendrá. Si yo camino, ella caminará. Si yo crecí, ella crecerá. La esperanza se propagará y la felicidad al fin llegará a mi vida. Aprenderé a reír, madre. Seré libre al fin, Rowan.

Esta noche estoy a tu lado. Te he dejado por tres días en esa pestilente cama. He logrado limpiar tu cuerpo, cambiar las sábanas y dar la vuelta al colchón. Podría libertarte y confiar en que no te irás, pero veo en tus ojos el odio y el dolor. La rabia te alimenta, madre. Veo como tus pechos aún tienen leche, pero tu piel me rechaza. Quisiera abrazarte, rogarte que me amaras como a cualquier hijo, pero sé que me odias tanto como a cualquier hombre. No dejas de pensar en él, en Michael. Ruegas porque él venga a salvarte de las garras del monstruo, y, sin embargo, cuando me miras aún quieres creer que puedo cambiar y ser algo distinto. ¿Es un acto de fe?

Quería reír, pero ahora estoy llorando. Lloro porque al recostarme a tu lado siento frío. No está el amor que creí merecer durante años. Lloro como siempre he llorado. Jamás me libraré de las canciones amargas que hacen un nudo en mi garganta. Me lastima saber que nadie en este mundo me extrañará si vuelvo a desaparecer. Quiero tener una hija y que esa hija camine conmigo hacia el valle. Rowan, el valle. Las piedras del círculo. Allí donde los Taltos bailan. Madre, comprende. Necesito una hembra. Necesito tener una hembra.


Mis lágrimas manchan tu pálida piel. Mis manos se deslizan por tu vientre plano y sin vida. De nuevo ocurrió otra desgracia. Madre, ¿algún día podré tener lo que deseo? ¿Y si estamos condenados a esta situación? Recuerdo como Deirdre sollozaba en cada madrugada buscándote, pero pronto las medicinas la dejaron en un estado de limbo. Yo allí fui su consuelo, su dulce recuerdo, el paraíso y la vida misma. Deseo ser tu consuelo y tu vida. Madre, por favor... el cordero ha regresado al rebaño y quiere que le guíes. Guíame hacia la felicidad y dame de tu vientre el fruto que deseo.  

domingo, 13 de julio de 2014

Jugando con fuego

Fueron tres veces las que cayó Michael, pero en el libro sólo se relatan dos. Aquí la segunda. 

Lestat de Lioncourt 


Sus ojos verdes estaban clavados en el espejo ovalado de la habitación, un impresionante marco tallado de madera de roble sostenía la pieza y creaba la extraña impresión de observar un cuadro. La cama de fondo, con sus sábanas blancas y revueltas, mostraba lo inquieta que había sido la noche. Se llevó la mano derecha a los labios, tocándolos lentamente para cerciorarse si realmente estaban hinchados. Llevaba un simple camisón blanco, algo transparente y corto, que se ajustaba eróticamente a su pequeña figura.

—¿Qué debo hacer ahora?—preguntó frunciendo sus perfectas cejas pelirrojas—. ¿Qué crees que debería hacer?

La pregunta había sido formulada, como si hablara con el genio de la lámpara, pero la respuesta no llegaba y eso la impacientaba. Se llevó la mano a la cadena de oro que colgaba de su cuello, para deslizar sus dedos por la esmeralda tan hermosa como su mirada, sintiéndose poderosa y frágil a la vez. Su vida estaba cambiando rápidamente.

—Primero deja de morderte los labios—escuchó atentamente sintiendo su frío aliento cerca de su oreja derecha—. No es la primera vez que lo haces y menos bajo mi supervisión—musitó.

Sus ojos se clavaron en el reflejo de la cama, pasando sus ojos hacia el lado izquierdo y al fin viendo la musculosa figura de Michael. Se sentía culpable por Rowan, pero Julien se lo estaba pidiendo. No quería, ni debía decir, que todos supieran que ellos dos planeaban seducirlo. Sin embargo, para ella, una niña de trece años desarrollada antes de tiempo, era prácticamente un juego y una necesidad. Él era el único hombre que la trataba decentemente, pues ni siquiera su padre había tenido la inteligencia de tratar a Mona con respeto. Richard lo hacía, era cierto, pero no la tomaba en cuenta como mujer. Michael sí. A decir verdad, Michael era el tipo de hombre que deseaba encontrar algún día. Pero el espectro de Julien, tan elegante y coqueto, tenía sus propios planes.

—Es el marido de Rowan—murmuró preocupada—. Yo a ella la quiero. No quiero defraudarla.

—Ella se ha marchado dejándolo destrozado—en el espejo, la figura vaporosa fue tomando forma y finalmente se vieron sus hermosos, y algo felinos, ojos azules. Su cabello cano y espeso rozaba el de ella tan rojo como el propio fuego. El pelo de Mona una llama en la penumbra de la habitación. El traje de lino, tan elegante, se ajustaba como un guante en la delgada figura de Julien—. Mi niña—dijo con voz profunda y seductora—, en realidad le haces un favor a Michael.

Julien deseaba ver embarazada a Mona. Cuanto antes mejor. Necesitaba que se reafirmara su nueva posición de heredera de la fortuna Mayfair. Un hijo, o mejor dicho una hija, le daría una posición más favorable. Él adoraba a esa muchacha. La quería por ser su bisnieta, pero también por su aguda inteligencia y grandes dotes paranormales. Era una cajita de sorpresa de hermosa piel lechosa salpicada por numerosas pecas, de sonrisa alegre aunque escasas y con unas manos propias de una muñeca de porcelana. No era la primera vez que se aparecía ante ella.

—¿Qué haces aquí, Mona?—preguntó Michael incorporándose de la cama y sentenciando así su vida.

—No podía dormir...

—Dile que necesitas su compañía porque estás nerviosa—musitó—. Enternece su corazón explicándole que has tenido una pesadilla. Deja que actúe como un padre protector y aprovecha el momento. Oh, Mona, no dejes escapar ésta oportunidad mi niña.

Julien desapareció y ella se encaminó a la cama murmurando que tenía ciertas inquietudes, como las pesadillas la hicieron levantarse de la cama y la necesidad imperiosa de un abrazo. Michael cayó en el truco. Las siguientes frases de Julien llegaron dictadas directamente desde su cerebro y ella les dio un toque seductor con aquellas miradas mil veces ensayadas para embaucar a cualquiera. Finalmente, ella logró su objetivo y Michael cayó preso de la culpabilidad. Mona quería llorar, patalear y arañarse a sí misma; sin embargo, pronto comprendería que esa sensación se puede aliviar pensando en el espléndido futuro que tenía enfrente de sus narices.


jueves, 10 de julio de 2014

Bella época

El siguiente fragmento es parte de la vida de Julien y Stella junto a Lasher, espero que les agrade. Julien se ha esmerado por mostrar su lado menos cruel.

Lestat de Lioncourt 



—¿Qué es lo que ves cuando me miras?—preguntó, tras un largo silencio.

Había entrado de puntillas en aquella habitación. La excelsa colección de libros que poseía Oncle Julien era sin duda alguna su mayor divertimento. La música suave del victrola, tan elegante como sutil, un buen libro a media noche y el encantador aroma del chocolate caliente. Era una niña traviesa y muy despierta. Lasher la perseguía a veces, pues comenzaba a ser necesario para él el vínculo con la nueva bruja.

—Veo, veo... —susurró alzando los ojos de su libro, dirigiendo sus manos hacia aquel juvenil y pizpireto rostro—. Veo a una preciosa mujer que vivirá muchos años. Serás tan hermosa que todos desearán tenerte a su lado—comentó echándose a reír—. Serás una rompecorazones. ¿Romperás también el mío?

—Nunca Oncle Julien—respondió riendo y arrugando su nariz. Stella era tan expresiva y hermosa que era el ojito derecho de aquel hombre tan temido, tan de negocios y también tan viejo.

Aquel cabello negro, espeso y cargado de rizos siempre estaba alborotado. Tenía una mirada muy sabia y profunda para sus siete años. Lionel era más calmado, menos atento, y siempre apegado a su hermana como si fuese un complemento de sus hermosos trajes de encaje y algodón. Stella no sabía siquiera, y tampoco lo sospechaba, que su tío Julien no era ni más ni menos que su padre y a su vez su abuelo.

—¿Quieres un poco de mi chocolate?—preguntó subiéndola a sus rodillas.

—Sí—respondió afirmando incluso con la cabeza—. ¿Qué haces?

—Mis memorias, mi legado—respondió ofreciéndole la taza, para luego pasar sus manos por su cintura y abrazarla.

Stella era el orgullo de Julien. Sin duda alguna se sentiría feliz de verla crecer, pero no sabía cuánto tiempo podía quedarle. El verano había llegado rápido, los años cada vez eran más cortos y su edad más larga. Siempre había odiado a la gente vieja, pues para él eran personas que ya no tenían fuerzas siquiera para vivir. Odiaba verse viejo. La juventud de Lionel o Stella le hacían sentirse joven. Richard no paraba de comentarle lo atractivo que se veía, aunque cuando miraba su reflejo se sentía un anciano.

—Hazme un juramento, Stella—dijo apoyando su barbilla en su hombro—. Júrame que siempre me vas a querer y siempre, siempre, harás caso a lo que yo te diga.

—Sí—respondió con los labios manchados de chocolate.

—Que risa—escuchó decir tras él.

—Lasher, es un momento familiar—murmuró con molestia—. ¿Por qué no te vas?

—Yo soy de la familia, pronto seré de carne y hueso. Pronto comeré y beberé como tú, Julien. Seré uno más de la familia—dijo bailoteando por la habitación, aunque ya no había música—. Seré un hombre de verdad.

—¿Cómo Pinocho?—preguntó divertida.

—Sí, pero aún más idiota—susurró Julien a su oído.


Si lo hubiese sabido Julien. Si hubiese sabido que pocos años después estaría enterrado y que Stella moriría joven, de forma trágica y terrible, posiblemente esa noche se hubiese echado a llorar. Sí, sin duda alguna hubiese llorado amargamente.  

jueves, 12 de diciembre de 2013

A mi brujita, a mi apría, a mi hija... Mona

Recuerdo tu cuerpo frágil de piel seca, cubierta de agujeros y moratones por las agujas, casi sin carne y con tus enormes ojos verdes hundidos en tus cuencas. Tu cabello rojo, como el fuego, te dotaba de un aspecto mucho más enfermizo e irreal. Tenías los labios vacíos, al igual que tus manos estaban temblorosas aunque atadas a las suaves, grandes y frías de Quinn. Desconozco si el aroma de las flores cubriendo el lecho con dosel, el cual tenía las columnas más hermosas y firmes que jamás he visto en una de esas camas tan románticas y elegantes, te ofrecían algún consuelo. Las rosas no tenían espinas, tal como aseguró Nash y poco después pude comprobar yo mismo, pero sus pétalos rojos parecían la sangre que se derramaba de tu cuerpo hacia el colchón.

¡Qué espectáculo tan cruel! ¡Cuánto dolor en esa habitación! Casi veinte años ¿no es así? Y no medías más que metro y medio. Pequeña como un duende, o quizás una pequeña hada, que buscaba el consuelo en el recuerdo del bosque que una vez la hizo real, como se hacen reales los sueños, durante tan sólo algunos años.

¡Por Dios yo te creé porque él te amaba! ¿Y no terminé amándote yo? ¿No provoqué a mis hormonas igual que las suyas? Ambos, dos vampiros macho, frente a una hembra que había perdido cualquier retazo de belleza. Quería abrazarte, besar tus mejillas, llorar por tu vida desecha en pedazos de vidrio que nos cortaba el aliento y jurarte que te ofrecería la medicina definitiva. Me convertí para ti quizás en ese santo que yo quería ser, ese que bajaba de los altares y hablaba con el Papa Juan Pablo II.

Y sin embargo, sin embargo mi querida niña, el amor que te siento y el deseo de protegerte no es suficiente. Siempre discutimos mientras me miras con rabia. ¡Dios santo eres tan hermosa como una virgen! O quizás eres la misma Eva que tienta con sus labios tan hinchados y rojos como manzanas. Sí, eres tentadora y lo sabes. Todo tu cuerpo de sutiles y redondeadas curvas, esos pechos turgentes de pezones rosados y pecas por doquier, y con esa cintura estrecha provocan deseos de desnudarte y cubrirte como si fuéramos ángeles. Pero no, no somos ángeles. Sólo somos desesperadas criaturas que queremos un poco de esa belleza que destilas.

Tu alma y tu cuerpo son perfectos. Estás dotada de una fuerza e inteligencia soberbia. ¿No eres tú el vampiro que tanto deseaba crear? ¡Soy un maldito monstruo que se regocijó de su victoria ante aquel fantasma que desesperadamente intentó evitar mi egoísmo! Pero él también fue egoísta, aunque no lo quiera aceptar. Te arranqué de la muerte, no permití que el limbo te engullera y mi pequeña brujita se hizo poderosa.

Mi querida arpía sin duda eres la mujer más cautivadora que pude haber creado. Sé que nunca me agradecerás el hecho que estés entre los nuestros, lo sé, pero también sé que dentro de cada discusión hay un chispazo de amor. El mismo chispazo que siento cuando contemplo a Quinn en silencio, con sus profundos ojos azules mirándome y sus labios esbozando una pudorosa sonrisa de gentil caballero.


Siempre temeré que desaparezcas, aunque sé que tú eres muy distinta a otros. Tú no cometerás la locura de Merrick. ¡Nunca te irás! Y siempre soportaré tu presencia como tú soportas la mía, porque como he dicho hay amor donde también hay molestia. Nunca olvides que te amo a mi modo y que jamás dejaré de contemplarte como un milagro en medio de una noche de verano.  


Lestat de Lioncourt

lunes, 4 de noviembre de 2013

Mi última creación

El extraño mundo de los sentimientos siempre me hace sentirme perdido y casi asfixiado. Sin embargo, cuando siento la desolación de la muerte rodear a alguien tan joven me siento tentado a rescatarlo de la muerte y ser la vida en vez de la Parca. Me he convertido en el ángel salvador de muchos mortales, pero también en causa de desgracia de cientos de nosotros. Por mi culpa muchos murieron en una misma noche en medio de una tragedia que los hizo chillar antes de perder la vida. Pero también he sido quien la ha dado ofreciendo una nueva oportunidad. 

La recuerdo a ella, mi última criatura, con los ojos vivos pero hundidos en su rostro con una piel cenicienta que mostraba que su vida se iba. Su cabello rojo casi deslucido caía por sus hombros frágiles. Parecía un insecto que agonizaba en la tela de araña de un mundo perverso, el cual se abrió paso ante ella dándole nuevas energías y una libertad que nunca había gozado como hasta ese momento. 

Ella se mostró como una encantadora rosa con miles de espinas y comenzó a deslumbrar con una luz única. Sus magníficos ojos verdes se convirtieron en un paraíso cautivador. Admito que incluso yo he caído en sus encantos. Una mujer mucho más hermosa que las comunes y con unos modales que te dejan sin aliento. Joven para siempre, inmortal como no, y con una fuerza inusitada. Sin duda alguna ella es una de mis creaciones más fuertes y peligrosas. 

Si encuentras a la inteligente y seductora Mona estarás perdido. El mundo quizás no estaba preparado para poseer a alguien como ella, pues este ya cayó esclavo en sus manos. 


Lestat de Lioncourt para Mona Mayfair.

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt