Fueron tres veces las que cayó Michael, pero en el libro sólo se relatan dos. Aquí la segunda.
Lestat de Lioncourt
Sus ojos verdes estaban clavados en el
espejo ovalado de la habitación, un impresionante marco tallado de
madera de roble sostenía la pieza y creaba la extraña impresión de
observar un cuadro. La cama de fondo, con sus sábanas blancas y
revueltas, mostraba lo inquieta que había sido la noche. Se llevó
la mano derecha a los labios, tocándolos lentamente para cerciorarse
si realmente estaban hinchados. Llevaba un simple camisón blanco,
algo transparente y corto, que se ajustaba eróticamente a su pequeña
figura.
—¿Qué debo hacer ahora?—preguntó
frunciendo sus perfectas cejas pelirrojas—. ¿Qué crees que
debería hacer?
La pregunta había sido formulada, como
si hablara con el genio de la lámpara, pero la respuesta no llegaba
y eso la impacientaba. Se llevó la mano a la cadena de oro que
colgaba de su cuello, para deslizar sus dedos por la esmeralda tan
hermosa como su mirada, sintiéndose poderosa y frágil a la vez. Su
vida estaba cambiando rápidamente.
—Primero deja de morderte los
labios—escuchó atentamente sintiendo su frío aliento cerca de su
oreja derecha—. No es la primera vez que lo haces y menos bajo mi
supervisión—musitó.
Sus ojos se clavaron en el reflejo de
la cama, pasando sus ojos hacia el lado izquierdo y al fin viendo la
musculosa figura de Michael. Se sentía culpable por Rowan, pero
Julien se lo estaba pidiendo. No quería, ni debía decir, que todos
supieran que ellos dos planeaban seducirlo. Sin embargo, para ella,
una niña de trece años desarrollada antes de tiempo, era
prácticamente un juego y una necesidad. Él era el único hombre que
la trataba decentemente, pues ni siquiera su padre había tenido la
inteligencia de tratar a Mona con respeto. Richard lo hacía, era
cierto, pero no la tomaba en cuenta como mujer. Michael sí. A decir
verdad, Michael era el tipo de hombre que deseaba encontrar algún
día. Pero el espectro de Julien, tan elegante y coqueto, tenía sus
propios planes.
—Es el marido de Rowan—murmuró
preocupada—. Yo a ella la quiero. No quiero defraudarla.
—Ella se ha marchado dejándolo
destrozado—en el espejo, la figura vaporosa fue tomando forma y
finalmente se vieron sus hermosos, y algo felinos, ojos azules. Su
cabello cano y espeso rozaba el de ella tan rojo como el propio
fuego. El pelo de Mona una llama en la penumbra de la habitación. El
traje de lino, tan elegante, se ajustaba como un guante en la delgada
figura de Julien—. Mi niña—dijo con voz profunda y seductora—,
en realidad le haces un favor a Michael.
Julien deseaba ver embarazada a Mona.
Cuanto antes mejor. Necesitaba que se reafirmara su nueva posición
de heredera de la fortuna Mayfair. Un hijo, o mejor dicho una hija,
le daría una posición más favorable. Él adoraba a esa muchacha.
La quería por ser su bisnieta, pero también por su aguda
inteligencia y grandes dotes paranormales. Era una cajita de sorpresa
de hermosa piel lechosa salpicada por numerosas pecas, de sonrisa
alegre aunque escasas y con unas manos propias de una muñeca de
porcelana. No era la primera vez que se aparecía ante ella.
—¿Qué haces aquí, Mona?—preguntó
Michael incorporándose de la cama y sentenciando así su vida.
—No podía dormir...
—Dile que necesitas su compañía
porque estás nerviosa—musitó—. Enternece su corazón
explicándole que has tenido una pesadilla. Deja que actúe como un
padre protector y aprovecha el momento. Oh, Mona, no dejes escapar
ésta oportunidad mi niña.
Julien desapareció y ella se encaminó
a la cama murmurando que tenía ciertas inquietudes, como las
pesadillas la hicieron levantarse de la cama y la necesidad imperiosa
de un abrazo. Michael cayó en el truco. Las siguientes frases de
Julien llegaron dictadas directamente desde su cerebro y ella les dio
un toque seductor con aquellas miradas mil veces ensayadas para
embaucar a cualquiera. Finalmente, ella logró su objetivo y Michael
cayó preso de la culpabilidad. Mona quería llorar, patalear y
arañarse a sí misma; sin embargo, pronto comprendería que esa
sensación se puede aliviar pensando en el espléndido futuro que
tenía enfrente de sus narices.
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