Había regresado a la oscuridad después
de alcanzar la luz. Allí, entre los monjes, me sentía bueno y
pensaba que podía llegar a ser prácticamente un santo. Deseaba
fervientemente el amor que encontraba en los brazos de los maestros,
sus sabias palabras y sus alegres cantos en misa. Mis ojos habían
dejado de contemplar las hermosas tallas que representaban a Jesús,
o los santos y las vírgenes que se alzaban en las bellas vidrieras.
Ya no habría cantos, ni salmos y tampoco educación para mí.
Moriría siendo un palurdo, completamente ciego e inútil, entre los
fríos y tristes muros del castillo de mi padre. Un castillo ruinoso,
como nuestra propia familia, cuyo estandarte estaba ajado, el bordado
del león ya era irreconocible y ni siquiera se recordaba con
orgullo.
—No estés triste—dijo mi madre—.
Puedo obsequiarte con unos mastines, los que desees.
—Perros que te regala tu amante, ¿no
es así?—pregunté lloroso.
—¿Cómo te atreves a decir eso?
Lestat, si te oyera tu padre... —murmuró visiblemente molesta y
sorprendida.
—Descuida, le está comenzando a
fallar el oído igual que la vista y el corazón. Aunque supongo que
corazón jamás tuvo. Es un zafio, un patán, que se cree aún con
posibilidades de ser rey. ¿Rey de qué? De la mugre, la mentira, la
escoria... como mis hermanos—la rabia de mis palabras provocó en
ella cierto estupor.
Podía ver en sus ojos el brillo de la
tristeza, pero no reproches. Sabía que había sufrido, igual que
ella sufría. Se aproximó a mí y se arrodilló, colocando sus
blancas manos sobre mis húmedas mejillas. Había estado llorando
amargamente todo el camino. Quería tomar los hábitos por amor a
todo lo que había conocido, pero ella era la única que lo
comprendía. Sin embargo, sabía bien que ni siquiera ella deseaba
que terminara recluido en un lugar así.
—Harás grandes cosas, conocerás
maravillas y tú llegarás a ser el rey de miles de
corazones—murmuró—. Tú serás tan grande, hijo mío, que
millones se postrarán ante ti. Sólo ten fe, cree en tus
posibilidades y no permitas que éste lugar te mate lentamente como
me mata a mí.
Realmente ella tenía razón. Aquel
lugar era mi cárcel, se pegaba a mí como una condena y me mataba
igual que un virus letal. Moría lentamente sin necesidad de espada
alguna. Mi alma se empobrecía y mis sueños se dilapidaban.
Lestat de Lioncourt
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