Lasher y Julien vuelven a encontrarse, los dos en un nuevo mundo con nuevas oportunidades.
Todos tenemos miedo a estos dos seres... tan ambiciosos.
Lestat de Lioncourt
HEMOS REGRESADO
Había estado esperando ese momento
desde hacía décadas. De nuevo estaba vivo. La vida traspasaba sus
dedos en un cuerpo maduro, el suyo, cuyos viejos huesos no sentían
dolor debido a la humedad. Esa misma noche había galopado por French
Quarter como si fuese el mismísimo demonio, convertido en un jinete
intrépido entre la decena de coches que allí se daban cita. Llevaba
uno de sus trajes más caros y sobrios, tenía el cabello algo
revuelto y una emoción indescriptible en su rostro.
Descansaba de su pequeña aventura en
un sillón de cuero, cerca de la ventana de aquella suite de hotel
Hilton, mientras el chocolate en su taza de porcelana blanca humeaba.
Su mano derecha estaba sobre el brazo del sillón, rozando suavemente
la cortina de algodón azul pálido, mientras que su izquierda estaba
sobre el reloj de oro que colgaba de su bolsillo. Tenía dedos
largos, muy finos, de unas manos de porcelana. Había pedido al
demonio que lo llevara a su época de esplendor. Físicamente rozaba
los cuarenta años, se veía mucho más joven que muchos hombres
Mayfair. Aquella chaqueta negra se ceñía perfectamente a su cuerpo,
dándole un toque de dandy de otros tiempos, y el chaleco de raso
borgoña con aquel estampado de rosas negras, y esos leves detalles
dorados, le daban el toque ideal. Llevaba un pañuelo, del mismo
color que el chaleco, atado al cuello y con un broche de diamante.
Sus pantalones tenían el dobladillo pulcro y a la altura perfecta.
Aquellos pequeños botines que cubrían sus pies eran similares a los
que él, cuando vivía en otra época, adoraba y que había
descubierto en una tienda de modas, enamorándose perdidamente de lo
clásico que podían lucir y lo elegantes que aún eran.
—Señor, ha llegado—escuchó al
sirviente de color que había contratado hacía unos días.
Amaba la eficacia de los hombres
negros. Se veían atractivos en silencio, con aquella mirada profunda
y melancólica, esas palabras justas y su discreción. Siempre tuvo
esclavos y los trató bien, aunque estos eran hombres libres. Por
segundos, sólo por segundos breves, recordó a su amante negro, el
cual mató Lasher, y sintió una leve punzada de odio.
—Hágale pasar, por favor—respondió
tomando la taza con su platillo, para dar un sorbo al chocolate y
después dejarlo de nuevo en la mesa.
La habitación estaba en penumbras, la
noche envolvía todo, y cuando aquella silueta en la oscuridad se
apareció sintió un leve temor. Él había pedido a Michael que lo
matara con su martillo, si era necesario, pero lo regresó a la vida,
por medio de un complicado proceso genético elaborado por Memnoch y
los avances científicos. Él era Lasher.
—Julien—pronunció su nombre con la
misma cadencia de siempre—, eres hermoso—añadió provocando en
el brujo un leve rubor.
Por primera vez Lasher tenía cuerpo y
estaban a solas. Había escapado horas atrás, nada más nacer, para
pedir perdón a Rowan y a su vez, por supuesto, disfrutar de su aroma
aunque no estaba seguro si sólo deseaba verla.
—Eres un milagro—respondió
levantándose del sillón, dando un par de pasos elegantes hacia él,
para tomar su rostro entre sus manos. Tenía alzado los brazos, sus
dedos acariciaban sus mejillas llenas y esos labios tan eróticos—.
¿Quién es tu bruja?
—Tú, Julien—dijo para complacerlo.
—Más te vale que lo recuerdes. No
debes molestar a otros Mayfair a no ser que yo de la orden. Hay dos
hembras para ti, pero yo decidiré si terminan conteniendo tu semilla
o las mantengo al margen—deslizaba sus dedos por su rostro,
quedándose con cara rasgo, mientras sus uñas hacían cosquillas al
Taltos. Quedó rápidamente con sus manos sobre su ancho torso y
Lasher lo tomó a él por la cintura.
—Te amo Julien—murmuró rodeándolo
con sus brazos, mucho más fuertes y largos que los del brujo.
Julien había quedado rebasado por la
increíble estatura del Taltos. Su aroma le atraía y excitaba, pues
aunque intentaba no dejarse llevar, instintivamente lo pedía. Lasher
decidió tomar el control, como cuando era sólo una presencia que
recorría las calles a su lado, observaba como iban los años ajando
aquella belleza intemporal y transformando sus cabellos negros en
nieve espesa, muy tupida, y de tacto suave. Ante él tenía el hombre
que obedeció sus órdenes, subyugándolo a creer que podría
manipularlo. Era un ser muy listo e inquietante, mucho más de lo que
un brujo como aquel podía siquiera sospechar. Pero no sólo le daba
caprichos para conseguir un cuerpo, ni siquiera ahora lo hacía por
eso, sino por el amor que sentía por aquel hombre que había
regresado de la muerte. Había un vínculo entre ellos desde que
comprendió que aquel niño, el mismo que con tres años ya sabía
leer, se refugiaría en sus brazos antes que en la bebida, las putas
y cualquier apuesta.
No, Julien no era el ser temible que
seducía a cientos de mujeres, sino él. Él había sido el culpable
de tantos romances que había perdido la cuenta, los mismos que
habían dado a luz a niños sanos y otros con problemas médicos que
no lograron superar los primeros años. En aquella época era normal,
además muchos nacían en el seno de familias pobres e incluso entre
sus propios esclavos. Julien era leal a su esposa, aunque no fiel, y
a sí mismo. Sin embargo, a quién más leal fue, sin duda alguna,
era a Lasher. Siempre le juraba obediencia del mismo modo que pedía,
por parte del espectro, la misma.
—Julien, Julien... ahora puedes
sentirme como nunca—dijo quitándole la chaqueta—. Julien, te
amo—murmuró buscando su cuello y el lóbulo de su oreja. Los
labios de Lasher recorrían el largo y suave cuello del brujo, rozaba
con su nariz el cabello sedoso y hundía sus dedos en sus prietas
carnes. La enormes manos del Taltos no eran para nada torpes, pero
las de Julien se movían temblorosas.
¿Cuántos años hacía que no
disfrutaba de compañía masculina? Aún se había reservado ese
noble acto de placer durante meses, pues deseaba disfrutar de la
primera experiencia con aquel que hasta el último día, incluso en
las últimas horas, lo hizo suyo en su lecho en Frist Street.
La ropa se despegaba de ellos con
facilidad. Su piel suave quedaba al descubierto y Julien se excitaba
cada vez más. Aquel aroma, tan dulce y pegajoso, se estaba
convirtiendo en su perfume favorito. Los ondulados cabellos de Julien
comenzaron a ser peinados por Lasher, justo cuando el brujo colocaba
sus manos sobre el cinto del pantalón. Con mimo echó cada mechón
hacia atrás, despejando aquella frente y dejando al descubierto esos
ojos azules intensos.
—¿Serás mío?—preguntó con una
leve sonrisa impúdica— Tengo celos, Julien.
—Hazme tuyo—murmuró bajando la
cremallera para introducir su mano derecha en la bragueta, palpando
así el abultado miembro del Taltos—. Hazlo, por favor. No me hagas
rogar, pues detesto hacerlo.
—Has ido a ver la tumba de
Richard—dijo frunciendo el ceño—. ¿Por qué?
—Olvida eso—contestó furioso
mientras se apartaba de él. Deseaba tenerlo, pero recordarle que
Richard estaba muerto no fue precisamente agradable para él. No iba
a traer a Richard a la vida, pues sería demasiado traumático para
él. Quería conservar su sonrisa gentil encerrada en su memoria, el
aroma de su colonia dispersa por la cama y esas manos suaves
acariciando sus muslos. Sí, quería recordar eso y no esa maldita
lápida simple, poco elegante, y sucia del cementerio—. Te odio,
Lasher.
—No...—susurró con una candencia
sensual que provocó en Julien una reacción inesperada, sobre todo
cuando lo giró y lo colocó frente a él. Aquellas manos gigantescas
lo tomaban del rostro, cubriéndolo como si deseara asfixiarlo, pero
sólo lo palpaba con cierto delirio. Buscó sus labios para colocar
los suyos y enredar al fin sus lenguas.
El forcejeo entre ambos comenzó. Los
pantalones de Julien cayeron y quedó prácticamente desnudo. Lasher
se deshizo de su ropa convirtiéndola en harapos inservibles. Nada
quedaba de la elegancia de ambos, tan sofisticada y medida. Sólo
había dos animales salvajes que se buscaban y se herían.
Julien a penas alcanzaba el metro
setenta y cinco centímetros, pero Lasher rebasaba los dos metros.
Frente a ese colosal amante se sentía minúsculo y desprotegido. Su
piel lechosa, con sus pezones cafés, le daban un toque erótico
sobre todo por la extrema delgadez que poseía a pesar de ser un
varón adulto. Lasher también era delgado, pero tenía la
musculatura bien formada debido a los genes de Michael. La piel de su
amante era mucho más suave que la suya, por eso Julien se fascinaba.
Aquellas manos gigantescas eran como las de una mujer, o incluso
mejores.
—Unidos los dos... nadie podrá
destruirnos de nuevo—murmuró notando como el Taltos le arrancaba
la ropa interior.
La envergadura de su miembro, mucho más
pequeña que la de su amante, ya había tomado su mayor esplendor.
Estaba duro y dispuesto a sentir la pasión que le haría arder en el
infierno y sentiría el cielo con la punta de sus dedos, como todo
amante en sus noches más íntimas.
—Eres mi bruja—murmuró Lasher
separando su boca de él, para luego apoyar su ancha frente en la de
Julien—, y mi puta.
—No sólo tuya. Si deseas que sea
fiel a ti tendrás que hacer méritos, Lasher—cuando formuló esa
frase sólo quería encenderlo de celos, pero lo que hizo fue
llenarlo de ira. Julien era suyo. Suficiente había tenido que
soportar al ver a Richard retozar junto a él, pues era su bruja y
siempre lo sería. Igual que era su bruja Deirdre, Stella, Antha o
cualquiera de las que ya no estaban o pronto estarían.
—Eres mío—dijo arrojándolo contra
la carísima alfombra oriental del siglo XVI—. ¡Mío!
—Sí, pero también de otros. Lasher,
trátame bien o volverás a morir con un dolor aún peor—murmuró
con una mirada fría que heló la sangre al Taltos—. Tengo amigos
del más allá y seres que desconoces, los cuales te superan en
maldad y codicia.
—Julien...—su nombre sonó quebrado
por el miedo, pues Lasher no deseaba morir.
—Ven aquí y fóllame—comentó con
una sonrisa lasciva—. Sé que deseas sentirme como jamás lo has
hecho.
El Taltos se inclinó sobre él y buscó
sus labios con apetito. Deseaba olvidar aquellas rudas palabras que
en otra época eran más complacientes, aunque igual de firmes. Él
ya no tenía el control. Julien podía destruirlo si lo deseaba. Sin
embargo, no podía odiarlo por retenerlo y usarlo como si fuese un
perro de presa.
Julien echó sus delgados brazos sobre
los hombros de su amante, lo miró con una fascinación incontenible
y sonrió de forma tan erótica que Lasher sintió como su miembro
palpitaba. Quería hacerlo suyo sobre la alfombra, sobre la pequeña
mesilla, el escritorio y la enorme cama que había en el fondo de la
suite. Incluso deseaba hacerlo en el balcón, preso de la
desesperación por marcarlo como propio, frente a todos los
viandantes de Saint Charles Avenue.
La lengua del brujo acarició los
labios de su gigantesco amante, hundiéndose entre estos para
comenzar a rozar la suya. Era una danza erótica mientras sus manos
se deslizaban por su espalda, arañando los músculos de ésta y
buscando sus glúteos redondos y duros. Se apartó unos segundos y se
echó a reír bajo, pues notaba las encendidas ganas del Taltos.
—Mueres por hacerme tuyo—murmuró—.
Hazlo entonces.
Esa frase fue el disparo de salida.
Lasher cayó sobre él mordisqueando sus labios, mentón y finalmente
sus pezones. Julien no podía dejar de gemir mientras abría sus
piernas. El dedo corazón de la mano derecha de su amante acabó
hundiéndose en su entrada, mientras sus piernas se abrían tiritando
y su vientre sufría ciertos espasmos por el placer. Pero aquello
sólo era el inicio. Aquella piel cálida y perfumada que poseía
enloquecía al Taltos, igual que cualquier hembra. Julien tenía algo
que deseaba poseer. Era hermoso, tenía encanto y sobre todo esos
toques de soberbia que quería aplastar con gemidos.
—Lasher, hazlo...—ordenó tomándolo
del rostro—. Ya.
Sus ojos, del mismo color azul
profundo, chocaron como olas contra las rocas. Ambos sintieron el
calor de la pasión y finalmente las piernas de Julien quedaron a los
costados del que fue su Impulsor, el Hombre de First Street. Los
largos brazos de Lasher quedaron en los costados de Julien, su boca
buscó calmar el deseo dejando que sus dientes mordisquearan su
cuello, mientras él lo penetraba dejando sin aliento a su amante.
Las embestidas en un primer momento
eran suaves. Podía sentir aquel gigantesco miembro endurecido,
haciéndolo sentirse poderoso al tener a Lasher en ese estado de
subyugación, cubierto de venas que estrangulaban la carne y ofrecían
placer. Sus redondas nalgas rozaban el vientre y muslo haciendo sonar
sus cuerpos, cada vez con un golpe más seco, mientras los testículos
se aplastaban en cada penetrada. Las caderas del brujo eran como la
cola de una serpiente cascabel, se movía furioso y desesperado, y el
Taltos pronto tomó conciencia que debía acelerar su ritmo.
En escasos minutos ambos fornicaban
como si fueran animales salvajes. Las manos de Julien estaban sobre
los glúteos de su amante, de su viejo compañero de timbas ilegales
y putas caras, apretándolo y arañándolo. Lasher a penas podía
sostener el equilibrio debido al ritmo, pero lo logró.
Los gemidos y gruñidos se mezclaban
con los suspiros y las palabras sin sentido que ambos se regalaban.
El cabello de Julien quedó empapado, al igual que el de Lasher,
pegado a su frente y cuello.
—Mío, eres mío—dijo
autoconvenciéndose que Julien no osaría tomar tratos con otros
Taltos. Lasher era celoso y precavido. Él quería ser el centro de
todo, igual que antes.
El sexo era demasiado precipitado como
para soportarlo, además Julien gemía de una forma demasiado erótica
para no dejarse llevar por la lascivia. No duró demasiado. Lasher
eyaculó dentro de Julien, bañándolo con su esperma cálido y
espeso, mientras que él se retorcía en el suelo tembloroso con las
mejillas rojas y los labios abiertos. Jamás amó a una mujer del
mismo modo que a un hombre, por mucho que lo había intentado, y
Lasher sabía tocarlo de tal forma que le hacía tocar el paraíso.
Se sentía un ave sin alas, pues la libertad, como el aliento, se lo
llevaba aquel endemoniado ser de un aspecto demasiado atractivo como
terrible. El Taltos se inclinó lamiendo sus pezones, recorriendo
suavemente un camino hasta su ombligo y finalmente acabó succionando
el sexo de su amante. Cerró sus ojos mientras su lengua se enredaba
en aquel miembro, dejando que su nariz rozara el espeso vello negro
que coronaba su sexo, mientras sus manos se colocaban entre sus
muslos. Julien sentía latigazos terribles en su vientre, la piel
tirante de su miembro y como todo su cuerpo le susurraba que se
dejara llevar. Agitó su cabeza hacia ambos lados mientras sus manos,
con cierto temblor, se colocaban sobre las sienes de su Lasher, su
Impulsor.
—No, tú eres mío—respondió
agarrándolo de la nuca para eyacular en su boca.
Ambos tenían un duelo pendiente, pero
una vez acabado el sexo se quedaron tumbados sobre la alfombra. Una
alfombra demasiado cara, pero que no tenían cuidado de no
ensuciarla. Lasher se pegó a él acariciando su torso, mientras
Julien meditaba sobre su nueva táctica en los negocios; por supuesto
negocios turbios que reportarían grandes beneficios.
—Fuego—murmuró con los ojos fijos
en la elegante, y minimalista, lámpara que colgaba del techo.
Lasher se incorporó ofreciéndole la
cajetilla de cigarros, para luego acomodarse a su lado colocando su
cabeza en el torso. Julien no tardó en encenderse un cigarrillo
mientras sonreía fascinado.
—Hemos vuelto, mon fils. Hemos
regresado...
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