Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

sábado, 12 de julio de 2014

Hemos regresado

Lasher y Julien vuelven a encontrarse, los dos en un nuevo mundo con nuevas oportunidades.

Todos tenemos miedo a estos dos seres... tan ambiciosos. 

Lestat de Lioncourt

HEMOS REGRESADO

Había estado esperando ese momento desde hacía décadas. De nuevo estaba vivo. La vida traspasaba sus dedos en un cuerpo maduro, el suyo, cuyos viejos huesos no sentían dolor debido a la humedad. Esa misma noche había galopado por French Quarter como si fuese el mismísimo demonio, convertido en un jinete intrépido entre la decena de coches que allí se daban cita. Llevaba uno de sus trajes más caros y sobrios, tenía el cabello algo revuelto y una emoción indescriptible en su rostro.

Descansaba de su pequeña aventura en un sillón de cuero, cerca de la ventana de aquella suite de hotel Hilton, mientras el chocolate en su taza de porcelana blanca humeaba. Su mano derecha estaba sobre el brazo del sillón, rozando suavemente la cortina de algodón azul pálido, mientras que su izquierda estaba sobre el reloj de oro que colgaba de su bolsillo. Tenía dedos largos, muy finos, de unas manos de porcelana. Había pedido al demonio que lo llevara a su época de esplendor. Físicamente rozaba los cuarenta años, se veía mucho más joven que muchos hombres Mayfair. Aquella chaqueta negra se ceñía perfectamente a su cuerpo, dándole un toque de dandy de otros tiempos, y el chaleco de raso borgoña con aquel estampado de rosas negras, y esos leves detalles dorados, le daban el toque ideal. Llevaba un pañuelo, del mismo color que el chaleco, atado al cuello y con un broche de diamante. Sus pantalones tenían el dobladillo pulcro y a la altura perfecta. Aquellos pequeños botines que cubrían sus pies eran similares a los que él, cuando vivía en otra época, adoraba y que había descubierto en una tienda de modas, enamorándose perdidamente de lo clásico que podían lucir y lo elegantes que aún eran.

—Señor, ha llegado—escuchó al sirviente de color que había contratado hacía unos días.

Amaba la eficacia de los hombres negros. Se veían atractivos en silencio, con aquella mirada profunda y melancólica, esas palabras justas y su discreción. Siempre tuvo esclavos y los trató bien, aunque estos eran hombres libres. Por segundos, sólo por segundos breves, recordó a su amante negro, el cual mató Lasher, y sintió una leve punzada de odio.

—Hágale pasar, por favor—respondió tomando la taza con su platillo, para dar un sorbo al chocolate y después dejarlo de nuevo en la mesa.

La habitación estaba en penumbras, la noche envolvía todo, y cuando aquella silueta en la oscuridad se apareció sintió un leve temor. Él había pedido a Michael que lo matara con su martillo, si era necesario, pero lo regresó a la vida, por medio de un complicado proceso genético elaborado por Memnoch y los avances científicos. Él era Lasher.

—Julien—pronunció su nombre con la misma cadencia de siempre—, eres hermoso—añadió provocando en el brujo un leve rubor.

Por primera vez Lasher tenía cuerpo y estaban a solas. Había escapado horas atrás, nada más nacer, para pedir perdón a Rowan y a su vez, por supuesto, disfrutar de su aroma aunque no estaba seguro si sólo deseaba verla.

—Eres un milagro—respondió levantándose del sillón, dando un par de pasos elegantes hacia él, para tomar su rostro entre sus manos. Tenía alzado los brazos, sus dedos acariciaban sus mejillas llenas y esos labios tan eróticos—. ¿Quién es tu bruja?

—Tú, Julien—dijo para complacerlo.

—Más te vale que lo recuerdes. No debes molestar a otros Mayfair a no ser que yo de la orden. Hay dos hembras para ti, pero yo decidiré si terminan conteniendo tu semilla o las mantengo al margen—deslizaba sus dedos por su rostro, quedándose con cara rasgo, mientras sus uñas hacían cosquillas al Taltos. Quedó rápidamente con sus manos sobre su ancho torso y Lasher lo tomó a él por la cintura.

—Te amo Julien—murmuró rodeándolo con sus brazos, mucho más fuertes y largos que los del brujo.

Julien había quedado rebasado por la increíble estatura del Taltos. Su aroma le atraía y excitaba, pues aunque intentaba no dejarse llevar, instintivamente lo pedía. Lasher decidió tomar el control, como cuando era sólo una presencia que recorría las calles a su lado, observaba como iban los años ajando aquella belleza intemporal y transformando sus cabellos negros en nieve espesa, muy tupida, y de tacto suave. Ante él tenía el hombre que obedeció sus órdenes, subyugándolo a creer que podría manipularlo. Era un ser muy listo e inquietante, mucho más de lo que un brujo como aquel podía siquiera sospechar. Pero no sólo le daba caprichos para conseguir un cuerpo, ni siquiera ahora lo hacía por eso, sino por el amor que sentía por aquel hombre que había regresado de la muerte. Había un vínculo entre ellos desde que comprendió que aquel niño, el mismo que con tres años ya sabía leer, se refugiaría en sus brazos antes que en la bebida, las putas y cualquier apuesta.

No, Julien no era el ser temible que seducía a cientos de mujeres, sino él. Él había sido el culpable de tantos romances que había perdido la cuenta, los mismos que habían dado a luz a niños sanos y otros con problemas médicos que no lograron superar los primeros años. En aquella época era normal, además muchos nacían en el seno de familias pobres e incluso entre sus propios esclavos. Julien era leal a su esposa, aunque no fiel, y a sí mismo. Sin embargo, a quién más leal fue, sin duda alguna, era a Lasher. Siempre le juraba obediencia del mismo modo que pedía, por parte del espectro, la misma.

—Julien, Julien... ahora puedes sentirme como nunca—dijo quitándole la chaqueta—. Julien, te amo—murmuró buscando su cuello y el lóbulo de su oreja. Los labios de Lasher recorrían el largo y suave cuello del brujo, rozaba con su nariz el cabello sedoso y hundía sus dedos en sus prietas carnes. La enormes manos del Taltos no eran para nada torpes, pero las de Julien se movían temblorosas.

¿Cuántos años hacía que no disfrutaba de compañía masculina? Aún se había reservado ese noble acto de placer durante meses, pues deseaba disfrutar de la primera experiencia con aquel que hasta el último día, incluso en las últimas horas, lo hizo suyo en su lecho en Frist Street.

La ropa se despegaba de ellos con facilidad. Su piel suave quedaba al descubierto y Julien se excitaba cada vez más. Aquel aroma, tan dulce y pegajoso, se estaba convirtiendo en su perfume favorito. Los ondulados cabellos de Julien comenzaron a ser peinados por Lasher, justo cuando el brujo colocaba sus manos sobre el cinto del pantalón. Con mimo echó cada mechón hacia atrás, despejando aquella frente y dejando al descubierto esos ojos azules intensos.

—¿Serás mío?—preguntó con una leve sonrisa impúdica— Tengo celos, Julien.

—Hazme tuyo—murmuró bajando la cremallera para introducir su mano derecha en la bragueta, palpando así el abultado miembro del Taltos—. Hazlo, por favor. No me hagas rogar, pues detesto hacerlo.

—Has ido a ver la tumba de Richard—dijo frunciendo el ceño—. ¿Por qué?

—Olvida eso—contestó furioso mientras se apartaba de él. Deseaba tenerlo, pero recordarle que Richard estaba muerto no fue precisamente agradable para él. No iba a traer a Richard a la vida, pues sería demasiado traumático para él. Quería conservar su sonrisa gentil encerrada en su memoria, el aroma de su colonia dispersa por la cama y esas manos suaves acariciando sus muslos. Sí, quería recordar eso y no esa maldita lápida simple, poco elegante, y sucia del cementerio—. Te odio, Lasher.

—No...—susurró con una candencia sensual que provocó en Julien una reacción inesperada, sobre todo cuando lo giró y lo colocó frente a él. Aquellas manos gigantescas lo tomaban del rostro, cubriéndolo como si deseara asfixiarlo, pero sólo lo palpaba con cierto delirio. Buscó sus labios para colocar los suyos y enredar al fin sus lenguas.

El forcejeo entre ambos comenzó. Los pantalones de Julien cayeron y quedó prácticamente desnudo. Lasher se deshizo de su ropa convirtiéndola en harapos inservibles. Nada quedaba de la elegancia de ambos, tan sofisticada y medida. Sólo había dos animales salvajes que se buscaban y se herían.

Julien a penas alcanzaba el metro setenta y cinco centímetros, pero Lasher rebasaba los dos metros. Frente a ese colosal amante se sentía minúsculo y desprotegido. Su piel lechosa, con sus pezones cafés, le daban un toque erótico sobre todo por la extrema delgadez que poseía a pesar de ser un varón adulto. Lasher también era delgado, pero tenía la musculatura bien formada debido a los genes de Michael. La piel de su amante era mucho más suave que la suya, por eso Julien se fascinaba. Aquellas manos gigantescas eran como las de una mujer, o incluso mejores.

—Unidos los dos... nadie podrá destruirnos de nuevo—murmuró notando como el Taltos le arrancaba la ropa interior.

La envergadura de su miembro, mucho más pequeña que la de su amante, ya había tomado su mayor esplendor. Estaba duro y dispuesto a sentir la pasión que le haría arder en el infierno y sentiría el cielo con la punta de sus dedos, como todo amante en sus noches más íntimas.

—Eres mi bruja—murmuró Lasher separando su boca de él, para luego apoyar su ancha frente en la de Julien—, y mi puta.

—No sólo tuya. Si deseas que sea fiel a ti tendrás que hacer méritos, Lasher—cuando formuló esa frase sólo quería encenderlo de celos, pero lo que hizo fue llenarlo de ira. Julien era suyo. Suficiente había tenido que soportar al ver a Richard retozar junto a él, pues era su bruja y siempre lo sería. Igual que era su bruja Deirdre, Stella, Antha o cualquiera de las que ya no estaban o pronto estarían.

—Eres mío—dijo arrojándolo contra la carísima alfombra oriental del siglo XVI—. ¡Mío!

—Sí, pero también de otros. Lasher, trátame bien o volverás a morir con un dolor aún peor—murmuró con una mirada fría que heló la sangre al Taltos—. Tengo amigos del más allá y seres que desconoces, los cuales te superan en maldad y codicia.

—Julien...—su nombre sonó quebrado por el miedo, pues Lasher no deseaba morir.

—Ven aquí y fóllame—comentó con una sonrisa lasciva—. Sé que deseas sentirme como jamás lo has hecho.

El Taltos se inclinó sobre él y buscó sus labios con apetito. Deseaba olvidar aquellas rudas palabras que en otra época eran más complacientes, aunque igual de firmes. Él ya no tenía el control. Julien podía destruirlo si lo deseaba. Sin embargo, no podía odiarlo por retenerlo y usarlo como si fuese un perro de presa.

Julien echó sus delgados brazos sobre los hombros de su amante, lo miró con una fascinación incontenible y sonrió de forma tan erótica que Lasher sintió como su miembro palpitaba. Quería hacerlo suyo sobre la alfombra, sobre la pequeña mesilla, el escritorio y la enorme cama que había en el fondo de la suite. Incluso deseaba hacerlo en el balcón, preso de la desesperación por marcarlo como propio, frente a todos los viandantes de Saint Charles Avenue.

La lengua del brujo acarició los labios de su gigantesco amante, hundiéndose entre estos para comenzar a rozar la suya. Era una danza erótica mientras sus manos se deslizaban por su espalda, arañando los músculos de ésta y buscando sus glúteos redondos y duros. Se apartó unos segundos y se echó a reír bajo, pues notaba las encendidas ganas del Taltos.

—Mueres por hacerme tuyo—murmuró—. Hazlo entonces.

Esa frase fue el disparo de salida. Lasher cayó sobre él mordisqueando sus labios, mentón y finalmente sus pezones. Julien no podía dejar de gemir mientras abría sus piernas. El dedo corazón de la mano derecha de su amante acabó hundiéndose en su entrada, mientras sus piernas se abrían tiritando y su vientre sufría ciertos espasmos por el placer. Pero aquello sólo era el inicio. Aquella piel cálida y perfumada que poseía enloquecía al Taltos, igual que cualquier hembra. Julien tenía algo que deseaba poseer. Era hermoso, tenía encanto y sobre todo esos toques de soberbia que quería aplastar con gemidos.

—Lasher, hazlo...—ordenó tomándolo del rostro—. Ya.

Sus ojos, del mismo color azul profundo, chocaron como olas contra las rocas. Ambos sintieron el calor de la pasión y finalmente las piernas de Julien quedaron a los costados del que fue su Impulsor, el Hombre de First Street. Los largos brazos de Lasher quedaron en los costados de Julien, su boca buscó calmar el deseo dejando que sus dientes mordisquearan su cuello, mientras él lo penetraba dejando sin aliento a su amante.

Las embestidas en un primer momento eran suaves. Podía sentir aquel gigantesco miembro endurecido, haciéndolo sentirse poderoso al tener a Lasher en ese estado de subyugación, cubierto de venas que estrangulaban la carne y ofrecían placer. Sus redondas nalgas rozaban el vientre y muslo haciendo sonar sus cuerpos, cada vez con un golpe más seco, mientras los testículos se aplastaban en cada penetrada. Las caderas del brujo eran como la cola de una serpiente cascabel, se movía furioso y desesperado, y el Taltos pronto tomó conciencia que debía acelerar su ritmo.

En escasos minutos ambos fornicaban como si fueran animales salvajes. Las manos de Julien estaban sobre los glúteos de su amante, de su viejo compañero de timbas ilegales y putas caras, apretándolo y arañándolo. Lasher a penas podía sostener el equilibrio debido al ritmo, pero lo logró.

Los gemidos y gruñidos se mezclaban con los suspiros y las palabras sin sentido que ambos se regalaban. El cabello de Julien quedó empapado, al igual que el de Lasher, pegado a su frente y cuello.

—Mío, eres mío—dijo autoconvenciéndose que Julien no osaría tomar tratos con otros Taltos. Lasher era celoso y precavido. Él quería ser el centro de todo, igual que antes.

El sexo era demasiado precipitado como para soportarlo, además Julien gemía de una forma demasiado erótica para no dejarse llevar por la lascivia. No duró demasiado. Lasher eyaculó dentro de Julien, bañándolo con su esperma cálido y espeso, mientras que él se retorcía en el suelo tembloroso con las mejillas rojas y los labios abiertos. Jamás amó a una mujer del mismo modo que a un hombre, por mucho que lo había intentado, y Lasher sabía tocarlo de tal forma que le hacía tocar el paraíso. Se sentía un ave sin alas, pues la libertad, como el aliento, se lo llevaba aquel endemoniado ser de un aspecto demasiado atractivo como terrible. El Taltos se inclinó lamiendo sus pezones, recorriendo suavemente un camino hasta su ombligo y finalmente acabó succionando el sexo de su amante. Cerró sus ojos mientras su lengua se enredaba en aquel miembro, dejando que su nariz rozara el espeso vello negro que coronaba su sexo, mientras sus manos se colocaban entre sus muslos. Julien sentía latigazos terribles en su vientre, la piel tirante de su miembro y como todo su cuerpo le susurraba que se dejara llevar. Agitó su cabeza hacia ambos lados mientras sus manos, con cierto temblor, se colocaban sobre las sienes de su Lasher, su Impulsor.

—No, tú eres mío—respondió agarrándolo de la nuca para eyacular en su boca.

Ambos tenían un duelo pendiente, pero una vez acabado el sexo se quedaron tumbados sobre la alfombra. Una alfombra demasiado cara, pero que no tenían cuidado de no ensuciarla. Lasher se pegó a él acariciando su torso, mientras Julien meditaba sobre su nueva táctica en los negocios; por supuesto negocios turbios que reportarían grandes beneficios.

—Fuego—murmuró con los ojos fijos en la elegante, y minimalista, lámpara que colgaba del techo.

Lasher se incorporó ofreciéndole la cajetilla de cigarros, para luego acomodarse a su lado colocando su cabeza en el torso. Julien no tardó en encenderse un cigarrillo mientras sonreía fascinado.


—Hemos vuelto, mon fils. Hemos regresado...  

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Lestat de Lioncourt