Recuerdo tu cuerpo frágil de piel
seca, cubierta de agujeros y moratones por las agujas, casi sin carne
y con tus enormes ojos verdes hundidos en tus cuencas. Tu cabello
rojo, como el fuego, te dotaba de un aspecto mucho más enfermizo e
irreal. Tenías los labios vacíos, al igual que tus manos estaban
temblorosas aunque atadas a las suaves, grandes y frías de Quinn.
Desconozco si el aroma de las flores cubriendo el lecho con dosel, el
cual tenía las columnas más hermosas y firmes que jamás he visto
en una de esas camas tan románticas y elegantes, te ofrecían algún
consuelo. Las rosas no tenían espinas, tal como aseguró Nash y poco
después pude comprobar yo mismo, pero sus pétalos rojos parecían
la sangre que se derramaba de tu cuerpo hacia el colchón.
¡Qué espectáculo tan cruel! ¡Cuánto
dolor en esa habitación! Casi veinte años ¿no es así? Y no medías
más que metro y medio. Pequeña como un duende, o quizás una
pequeña hada, que buscaba el consuelo en el recuerdo del bosque que
una vez la hizo real, como se hacen reales los sueños, durante tan
sólo algunos años.
¡Por Dios yo te creé porque él te
amaba! ¿Y no terminé amándote yo? ¿No provoqué a mis hormonas
igual que las suyas? Ambos, dos vampiros macho, frente a una hembra
que había perdido cualquier retazo de belleza. Quería abrazarte,
besar tus mejillas, llorar por tu vida desecha en pedazos de vidrio
que nos cortaba el aliento y jurarte que te ofrecería la medicina
definitiva. Me convertí para ti quizás en ese santo que yo quería
ser, ese que bajaba de los altares y hablaba con el Papa Juan Pablo
II.
Y sin embargo, sin embargo mi querida
niña, el amor que te siento y el deseo de protegerte no es
suficiente. Siempre discutimos mientras me miras con rabia. ¡Dios
santo eres tan hermosa como una virgen! O quizás eres la misma Eva
que tienta con sus labios tan hinchados y rojos como manzanas. Sí,
eres tentadora y lo sabes. Todo tu cuerpo de sutiles y redondeadas
curvas, esos pechos turgentes de pezones rosados y pecas por doquier,
y con esa cintura estrecha provocan deseos de desnudarte y cubrirte
como si fuéramos ángeles. Pero no, no somos ángeles. Sólo somos
desesperadas criaturas que queremos un poco de esa belleza que
destilas.
Tu alma y tu cuerpo son perfectos.
Estás dotada de una fuerza e inteligencia soberbia. ¿No eres tú el
vampiro que tanto deseaba crear? ¡Soy un maldito monstruo que se
regocijó de su victoria ante aquel fantasma que desesperadamente
intentó evitar mi egoísmo! Pero él también fue egoísta, aunque
no lo quiera aceptar. Te arranqué de la muerte, no permití que el
limbo te engullera y mi pequeña brujita se hizo poderosa.
Mi querida arpía sin duda eres la
mujer más cautivadora que pude haber creado. Sé que nunca me
agradecerás el hecho que estés entre los nuestros, lo sé, pero
también sé que dentro de cada discusión hay un chispazo de amor.
El mismo chispazo que siento cuando contemplo a Quinn en silencio,
con sus profundos ojos azules mirándome y sus labios esbozando una
pudorosa sonrisa de gentil caballero.
Siempre temeré que desaparezcas,
aunque sé que tú eres muy distinta a otros. Tú no cometerás la
locura de Merrick. ¡Nunca te irás! Y siempre soportaré tu
presencia como tú soportas la mía, porque como he dicho hay amor
donde también hay molestia. Nunca olvides que te amo a mi modo y que
jamás dejaré de contemplarte como un milagro en medio de una noche
de verano.
Lestat de Lioncourt
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