Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

jueves, 12 de diciembre de 2013

A mi brujita, a mi apría, a mi hija... Mona

Recuerdo tu cuerpo frágil de piel seca, cubierta de agujeros y moratones por las agujas, casi sin carne y con tus enormes ojos verdes hundidos en tus cuencas. Tu cabello rojo, como el fuego, te dotaba de un aspecto mucho más enfermizo e irreal. Tenías los labios vacíos, al igual que tus manos estaban temblorosas aunque atadas a las suaves, grandes y frías de Quinn. Desconozco si el aroma de las flores cubriendo el lecho con dosel, el cual tenía las columnas más hermosas y firmes que jamás he visto en una de esas camas tan románticas y elegantes, te ofrecían algún consuelo. Las rosas no tenían espinas, tal como aseguró Nash y poco después pude comprobar yo mismo, pero sus pétalos rojos parecían la sangre que se derramaba de tu cuerpo hacia el colchón.

¡Qué espectáculo tan cruel! ¡Cuánto dolor en esa habitación! Casi veinte años ¿no es así? Y no medías más que metro y medio. Pequeña como un duende, o quizás una pequeña hada, que buscaba el consuelo en el recuerdo del bosque que una vez la hizo real, como se hacen reales los sueños, durante tan sólo algunos años.

¡Por Dios yo te creé porque él te amaba! ¿Y no terminé amándote yo? ¿No provoqué a mis hormonas igual que las suyas? Ambos, dos vampiros macho, frente a una hembra que había perdido cualquier retazo de belleza. Quería abrazarte, besar tus mejillas, llorar por tu vida desecha en pedazos de vidrio que nos cortaba el aliento y jurarte que te ofrecería la medicina definitiva. Me convertí para ti quizás en ese santo que yo quería ser, ese que bajaba de los altares y hablaba con el Papa Juan Pablo II.

Y sin embargo, sin embargo mi querida niña, el amor que te siento y el deseo de protegerte no es suficiente. Siempre discutimos mientras me miras con rabia. ¡Dios santo eres tan hermosa como una virgen! O quizás eres la misma Eva que tienta con sus labios tan hinchados y rojos como manzanas. Sí, eres tentadora y lo sabes. Todo tu cuerpo de sutiles y redondeadas curvas, esos pechos turgentes de pezones rosados y pecas por doquier, y con esa cintura estrecha provocan deseos de desnudarte y cubrirte como si fuéramos ángeles. Pero no, no somos ángeles. Sólo somos desesperadas criaturas que queremos un poco de esa belleza que destilas.

Tu alma y tu cuerpo son perfectos. Estás dotada de una fuerza e inteligencia soberbia. ¿No eres tú el vampiro que tanto deseaba crear? ¡Soy un maldito monstruo que se regocijó de su victoria ante aquel fantasma que desesperadamente intentó evitar mi egoísmo! Pero él también fue egoísta, aunque no lo quiera aceptar. Te arranqué de la muerte, no permití que el limbo te engullera y mi pequeña brujita se hizo poderosa.

Mi querida arpía sin duda eres la mujer más cautivadora que pude haber creado. Sé que nunca me agradecerás el hecho que estés entre los nuestros, lo sé, pero también sé que dentro de cada discusión hay un chispazo de amor. El mismo chispazo que siento cuando contemplo a Quinn en silencio, con sus profundos ojos azules mirándome y sus labios esbozando una pudorosa sonrisa de gentil caballero.


Siempre temeré que desaparezcas, aunque sé que tú eres muy distinta a otros. Tú no cometerás la locura de Merrick. ¡Nunca te irás! Y siempre soportaré tu presencia como tú soportas la mía, porque como he dicho hay amor donde también hay molestia. Nunca olvides que te amo a mi modo y que jamás dejaré de contemplarte como un milagro en medio de una noche de verano.  


Lestat de Lioncourt

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Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt