Su piel tostada y sus ojos verdes
parecían destrozarte a pesar de tener prácticamente cuarenta años.
Tenía unos labios hincados y llenos de sinsabores. Tan hermosa y
hechicera, firme y delicada, terminó destrozada por su deseo.
Siempre he creído que aquellos que piden el Don Oscuro terminan
muriendo debido al peso que cae sobre ellos, pues no es una bendición
sino una maldición que quienes hemos sido convertidos en contra de
nuestra voluntad nos mantiene vivos gracias a la rabia, supongo.
Cuando la gente muere suele recordar
tan sólo las bondades de aquellos que se llevó la vida, pues la
muerte no es más que la vida con otro disfraz y una sonrisa
desdentada que te hunde en el silencio más profundo. Juro que quise
arrancarla de los brazos de esa dama traicionera que es la muerte, el
silencio o paso final, pero por más que lo intenté no conseguí
nada más que sentirme hundido porque era imposible.
¡Qué horror! Ver su cuerpo
carbonizado con sus dientes blancos centelleando bajo aquellos
robles. Las tumbas, cuyos nombres estaban algo borrosos, parecían
ser los únicos testigos junto a los árboles que dejaban que sus
ramas se mecieran en aquella cálida y agradable noche de verano. El
cielo estaba púrpura y la luna estaba llena, completamente redonda y
hermosa, la cual parecía sollozar por mi hija.
Merrick sólo llevaba entre los
nuestros cinco años, aproximadamente, y en aquellos días David la
observaba con cierto dolor. Habían ocurrido tantas cosas entre
ellos, pero tantas, que es imposible enumerarlas en unas simplonas
líneas. Sin embargo, sabía que él estaba dichoso de contemplarla
con ese poder que tanto la torturaba. Su alma se fue rápida, tal vez
porque realmente quería desaparecer, y la mía quedó desecha.
Cometí un pecado aceptando que ella
fuera parte de los Hijos de la Noche, Reyes de la Sangre, Príncipes
de las Tinieblas... ¡Como sea! Cometí un error porque ella pronto
se evaporó como el humo del cigarrillo de uno de esos chicos que
quieren parecer intelectuales. Sí, se había marchado para no
regresar jamás.
Nunca olvidaré la expresión
meditabunda de su rostro, la sensualidad con la cual se desenvolvía
y su inteligencia. Jamás podré olvidar a una mujer como ella. No
importa los pecados que una vez cometió, pues mi sangre le ofreció
mayor castigo que la propia muerte. Debí liberarla, pero sólo la
condené.
Lestat de Lioncourt
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