Bonsoir à tout le monde
Bonsoir mes amis!
Estamos de vuelta con fanfic dedicado a una saga que estamos elaborando para ustedes. Recuerden que los momentos navideños siguen en pie y seguiremos publicándolo. Éste es un inciso que continua la saga, aunque no hace nada más que un eslabón más sin dar un paso hacia delante o hacia atrás.
Posee BDSM y momentos crueles por lo tanto no es apto para todos los públicos.
Lestat de Lioncourt
Melódica destrucción
La música puede curar el alma, pero
hay profundas heridas que tan sólo provoca que las notas surjan con
mayor ímpetu mientras las lágrimas bañan tus mejillas. Y como si
fueras un muñeco de porcelana te mueves sobre la pista de baile,
igual que una marioneta, y tus ropas comienzan a ser innecesarias
sintiendo como tus alas surgen desplegándose hacia el techo, muy
cerca de las lámparas de lágrimas de hermosos cristales que simulan
ser diamantes. Puedes notar como tus dedos liberan las notas del
violín y como el mundo comienza a derrumbarse, trozo a trozo, sin
dejar un ladrillo sano y salvo. Todo se convierte en un desierto sin
oasis salvo la lluvia torrencial de sentimientos mezclados, impulsos
alocados que caen derramados sobre la piel y que arden dentro de tu
pecho. Así es como lo vivo. Así es como deseo hacerlo sentir.
Quiero gritar, pero mi única forma de liberarme es condenándome
nuevamente a un nuevo ritual de música.
Y así me encontraba envuelto en un
concierto para la soledad de mi apartamento, el cual estaba
únicamente iluminado por un par de velas que derramaban su cera
sobre sus soportes de oro. La luna se alzaba majestuosa brillando
tras los cristales del balcón. La tela de las cortinas caían de
forma elegante y a juego con las ricas alfombras que pisaba con mis
pies desnudos.
Estaba vestido tan sólo con un
pantalón simple de vestir, desabrochado aunque no caía al sueño
con mis bruscos movimientos, una camisa blanca arrugada con hermosas
chorreras de encaje y una levita negra. Me elevaba por la habitación
mientras mis alas negras, las cuales aún se sentían magulladas y
que aún podía notar sus dedos retorciendo sus huesos. Las mismas
manos que fueron aplastando estas con crueldad y arrancando con furia
mis plumas. Podía sentir como me mecía creando una suave brisa.
No me detuve siquiera cuando su
presencia se hizo pesada y penetró en el salón apagando las velas.
Sabía que la guerra iba a comenzar y las acusaciones irían de una
boca a otra. Golpearía mi alma con certeza y cercenaría mis
fuerzas. Quería liberarme de sus cadenas y tan sólo me ataba más y
más a él, como si fuera una condena cruel que a la vez era
demasiado deliciosa porque era lo único que conocía.
Bajé levemente mi brazo derecho
dejando que el arco del violín dejara de arrastrarse contra las
cuerdas del instrumento. Mi mentón se apartó del apoyo para éste y
lo miré con los ojos inyectados en lágrimas cristalinas que
hablaban de rabia. Mis pies tomaron tierra y mis alas se ocultaron
dejando que varias plumas descendieran cayendo al suelo. Él estaba
vestido con unos pantalones oscuros de cuero, bastante simples, y una
camiseta abierta del mismo color y sus pies estaban cubiertos por
unas botas de aspecto pesado.
-¡Márchate! ¡Libérame! ¡Deja que
me consuma en los infiernos si deseas! ¡Conoceré el sufrimiento
de una eternidad en plena decadencia! Es mejor que ésto. ¡Es mejor
que ésto!-grité tirando mi instrumento al suelo sin importarme si
se dañaba, pues más dañada estaba mi alma- ¡Arráncame los ojos y
llévate mis manos! No quiero ver más tu rostro ni tener manos con
las cuales tocar el aire. ¡Rompe el contrato! ¡Ahora!
Mis manos temblaban mientras se
cerraban en puño, mis ojos tenían una mirada profunda que parecía
ser un pozo en el cual se hundía mi propia alma hasta ahogarse, y
mis cabellos caían alborotados con cada una de sus ondas sobre mi
frente, contra mis pómulos y mis hombros. Todo mi cuerpo temblaba
como si fuera una hoja en medio del viento huracanado. Supongo que
era una hermosa imagen pese a todo. Sabía que él me contemplaba
como quien contempla una obra de arte, aunque a la vez quería
destruirme hasta dejarme sin aliento ni fuerzas para continuar
subsistiendo. Estaba encadenado a él con gruesos eslabones y estos
no parecían querer desaparecer para poder sentirme al fin libre,
como me había sentido cuando era un fantasma a pesar de mi profundo
odio.
-No- respondió con una sonrisa burlona
aunque sus ojos mostraban una seriedad cruel y áspera, como su voz-
¿Por qué voy a darte ese placer? Además, ¿realmente lo deseas?
Desaparecer por siempre, ser olvidado sin conquistar tus sueños y
sobre todo sin poder vengarte lo suficiente de ese primer amor. ¿No
es así? Deseas vengar tu corazón herido- no se movió ni un
músculo, pero sus facciones hablaban por si solas.
-Ahora está más herido por tu
culpa-arremetí.
-Así es el amor de un demonio-susurró
aproximándose a mí con esa elegancia característica en él.
Rápidamente sentí sus manos sobre mi
rostro mientras me crispaba aún más, inclusive apretaba la
mandíbula. Eran cálidas, ásperas, masculinas y sobre todo una
tortura que no podía explicar correctamente. Me sentía atraído por
su tacto y a la vez huía de él porque sabía que me condenaría una
vez más.
-Creo que voy a tener que hacerte
comprender quien es el dueño de tu alma y tus sentidos- murmuró
inclinándose para hacerme creer que me besaría, pero no lo hizo.
Memnoch me golpeó con fuerza tirándome
al suelo para comenzar a destruir cada prenda, rompiendo éstas sin
importarle siquiera si me lastimaba. Aunque, siendo un demonio, no
podía hacerlo. Si bien, extrañaba la pasión sutil de aquella
primera vez. Necesitaba sus besos ardientes, sus caricias recorriendo
mis costados y aquella mirada cargada de placer que me hundieron en
un juego que no debí aceptar.
Podía sentir su aliento pegado a mi
cuello y como sus uñas se clavaban en la carne de mis caderas,
desgarrando mi piel y provocando que el suelo se empapara con mi
sangre. La alfombra absorbía el charco que se generaba bajo mi
cuerpo mientras el suyo aplastaba el mío con su peso. Quería huir
pero era en vano. Él era el diablo y no tenía lugar alguno para
ocultarme. No habría rincón en éste plano, o en otro, en el cual
pudiera mantenerme alejado de sus garras.
No obstante había algo que no le
daría, pues ya tenía mi alma y mi cuerpo, y sería mis gemidos de
dolor o placer. Decidí clavar mis dientes en mi labio inferior
mientras apretaba mis párpados, cerrando con fuerza mis ojos, para
evitar entrar en llanto. Él no me tendría aquella vez con tanta
facilidad. No importaba si me destruía por completo, arrancaba una a
una las plumas de mis alas, me amputaba las manos o terminaba
sacándome el corazón. Ya no importaba nada, salvo mi orgullo.
Al sentir mi cuerpo desnudo bajo el
suyo, encarcelado por sus brazos firmes y sus piernas que intentaban
abrir las mías con gran esfuerzo, supe que aquella noche la
recordaría por muchos motivos. El balcón se abrió dejando que la
brisa fría erizara el vello de mi cuerpo mientras finalmente cedía.
Pude notar como su abultado miembro se liberaba mientras me agarraba
de las muñecas, apretándolas con fuerza, por encima de mi cabeza.
Después, con brusquedad, me giró aplastando mi cabeza con su mano
izquierda. Sentía el lado derecho de mi rostro pegado a la alfombra
y como sus uñas se clavaban en mi nuca. Noté como abría mis
piernas y se adentraba en mi entrada bramando.
-¡Ninguna zorra me dirá como tratar a
mis juguetes! ¡Tú eres mi zorra! ¡Eres mío!-su voz era
terrorífica y podía notar que su piel ardía.
Era como si el infierno se hallara en
aquella habitación, sin embargo aún podía sentía como la húmeda
alfombra se encontraba bajo mi cuerpo, mientras mis codos intentaban
ayudar a mi cuerpo para poder levantarse. Sin embargo no podía. No
podía levantarme ni moverme. Su mano seguía aplastando mi cabeza y
prácticamente estaba rompiéndome el cráneo. Podía escuchar como
sus testículos golpeaban rápidamente en mi trasero y mi entrada se
desgarraba. Su miembro era ancho y grande, lo suficiente como para no
poder albergarlo con facilidad ni siquiera cuando colaboraba conmigo
para dilatar mi entrada, por lo tanto estaba destrozando literalmente
mis órganos internos y rápidamente la sangre comenzó a brotar
manchando su vientre y mis redondeados glúteos.
Abrí los ojos balbuceando entre
gemidos de dolor, los cuales no quería ofrecerle, un perdón que ni
siquiera sería satisfactorio para él en mejores circunstancias.
Creo que por ello, porque abrí mis ojos, apartó su garra de mi
cabeza para agarrar con ambas mis caderas. Él me incitaba a mirarlo,
fuese cual fuese su aspecto. Tenía miedo, pero miré al fin por
encima de mis hombros y al ver su aspecto me horroricé. No era un
hombre lo que allí había, aunque jamás lo hubo, sino un engendro
de piel calcinada tan pétrea como la noche misma y unos ojos tan
intensos que podían verse en él las llamas del infierno. Las llamas
de las velas se apagaron por una fuerte ráfaga de viento helado que
calmaba el ardor que sentía por sus golpes.
Sin previo aviso salió de mi interior
dejándome vacío. Era extraña esa sensación, pues parecía desear
que regresara la tortura a pesar del dolor. Sus manos acariciaron mi
espalda y se dirigieron a mis cabellos, tiró de éstos y me giró
para quedar frente a su miembro ensangrentado y manchado por el
pre-semen. Sabía que quería aunque no lo pidiera con palabras. No
quería pensar en su aspecto, pues éste me torturaba. Sabía bien
porque Lestat se sintió tan acongojado, e incluso torturado, cuando
contempló la figura que me doblegaba.
Lamí el glande con los ojos clavados
en los suyos, notando como sus manos me iban agarrando de la cabeza y
finalmente hundía su sexo en mi boca. Podía notar como el glande
rozaba violentamente el paladar y el tamaño de su sexo provocaba que
mi mandíbula se abriera. Mi lengua saboreaba la sangre y el sabor de
su miembro. Cerré mis ojos disfrutando aquello como si fuera mi
recompensa, sin embargo él lo tomaba como un castigo y el verme
disfrutar no fue placentero para él. Acabó en mi boca y me hizo
tragar sus fluidos cálidos y amargos mientras me arrojaba de nuevo
al suelo.
Comenzó a golpearme el rostro
maldiciéndome, también pellizcó mis pezones y hundió finalmente
su mano derecha entre mis nalgas. Primero fueron tres dedos, pero
rápidamente terminaron siendo más hasta alcanzar el puño. Me
retorcía de dolor e intenté apartarlo estirando mis brazos, si bien
su mano izquierda me lo impidió agarrándome de nuevo de las
muñecas. Aquel ser seguía vestido como él lo había estado en un
principio, pero su aspecto era grotesco. Cada golpe era una herida
nueva en mi alma, las cuales se convertían en cráteres que se
transformarían en agujeros oscuros que absorberían cualquier grato
recuerdo.
El dolor fue tan intenso que finalmente
mis alas surgieron de mi espalda, acariciando y adornando el piso,
mientras mis piernas se abrían débiles y mis brazos caían a ambos
lados de mis costados. Creo que mis ojos estaban vidriosos como los
de una muñeca de porcelana y mi mirada ya no tenía rabia, sino
brumas de placer y miedo mezcladas como si fuera un cóctel perfecto.
Me giró con la misma brusquedad que había tenido hasta ese momento
y tiró de mis alas hasta desgarrarlas.
Me sentí como un insecto al cual te
quitan la única oportunidad para sobrevivir. Cada hueso, trozo de
músculo y pluma que se despegaba de mi espalda me provocaba un dolor
terrible. Mi garganta se destrozó mientras dejaba que los alaridos
surgieran con fuerza. Después, como si fuera una pesadilla, vi como
caían frente a mis ojos.
-Yo te las di y yo puedo quitártelas.
¿Quieres volver a estar completo? No deseo volver a escuchar tus
reproches. Yo no soy tuyo, pero tú sí me perteneces. La próxima
vez te quitaré las manos, como bien has pedido, pero no te mataré
sino que te mantendré vivo enjaulado frente a un violín que jamás
podrás volver a tocar.
Su voz era oscura y cavernosa, sin un
mínimo de compasión o temblor a la hora de ejecutar semejante
amenaza. Su aliento olía a cenizas y lo sentí muy cerca de mi cara,
pues para hablarme se había inclinado. Después de aquello me
arrastró hacia mi dormitorio, para tirarme en mi cama encharcándola
debido a la sangre que escupían mis heridas, y me giró dejándome
de costado para comenzar a penetrarme una vez más. Fuerte, violento
y sin un mínimo de amor. Sin embargo, cuando llegó al orgasmo yo
también lo hice jurando amor eterno.
Y ese es mi amor. Mi amor es sacrificio
y dolor. El amor de un demonio puede ser complicado de comprender,
pero siempre se puede tener la esperanza de ganar algo más que lo
perdido. Mi amor, como el suyo, es tóxico y está compuesto por la
melodía de la destrucción.
1 comentario:
¡Bueno, aquí voy de nuevo: hola! Me emocioné al ver nueva publicación y ya lo agradecí antes de empezar a leer. Mejor sigo.
Iré poniendo más o menos mis reacciones locas...
De acuerdo, esto + Marionette, fue mala, muy mala, combinación. O perfecta. Me calciné en el dolor de Nicolas, y es que cada vez que creo que no puede doler más pues oh sorpresa, aquí vamos de nuevo.
... ¡El puño!... Debí saltarme las advertencias en algún lado porque fui directo a texto, no reclamo nada. Hoy ando que divago mucho. Siento que Nicolas se esté resignando, probablemente me equivoque.
El último párrafo, ése se llevó mi corazón esta noche.
Gracias.
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