Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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lunes, 19 de septiembre de 2016

Todo está claro

Pobre Goblin y pobre Quinn.

Lestat de Lioncourt 

Aún puedo escuchar las historias que contaba la Gran Ramona sobre la locura de Manfred Blackwood, el loco, cuando era tan sólo un niño. Me sentaba en sus faldas y me hacía prometer que jamás cruzaría el pantano, pues había innumerables peligros, para confirmarlo. Mi abuela, Sweetheart, me miraba con ojos amorosos mientras terminaba de hornear alguna de sus tartas de manzanas, arándanos o peras. Mi abuelo Pops estaba fuera, con la azada, haciendo su trabajo habitual para plantar los limoneros o arar los huertos, junto con los muchachos que eran descendientes de los viejos esclavos. Jasmine era también muy joven, una adolescente, y solía estar por la cocina hablando de su sueño de ir a la mejor universidad.

Todavía puedo. Es algo que no me arrancará jamás el tiempo. Mi dulce y típica vida de chico de campo, el cual era incorregible para llevar al colegio. El motivo, el único y especial motivo, que existía era que yo poseía un “amigo imaginario”. Él se parecía a mí, pero sus actos eran menos bondadosos con el resto de la familia; pues para mí los empleados de la granja eran familia.

Tenía diez años cuando correteaba por el pasto persiguiendo luciérnagas. Era una noche de verano muy tórrida. Mi madre había llegado tras meses sin dar señales de vida. Mi abuelo lloraba en su habitación y mi abuela, que siempre estaba atenta a mí, contenía sus ganas de llorar sentada en la terraza junto a mi tía Queen. Tía Queen era una mujer muy fuerte, aunque era mayor que todos en la casa, y siempre aparecía para tomarse unas merecidas vacaciones.

Ese día noté algo distinto. Ella decidió que viviría con nosotros para siempre, porque estaba cansada de viajar. Debí hacer caso a mi instinto y a todo lo que pude ver en su aura; pero yo era un niño. Goblin, como así llamaba a ese amigo imaginario, no paraba de saludarla e intentar que lo mimara igual que a mí. Ella lo ignoraba, como no. Todos lo ignoraban como si no existiese. En las primeras ocasiones se ponía a llorar, pero con el paso de los años sólo sentía rabia, ira, impotencia y dolor. Podía ver esos sentimientos reflejados en sus ojos tan similares a los míos. Él se parecía a mí en todo, salvo que yo era un niño y él un fantasma.

Años más tarde he comprendido todo lo que ocurría. Goblin era mi hermano gemelo muerto a las pocas horas de nacer. Él tomaba más fuerza con las visitas de mi madre. Todos en la casa, incluyendo a varias personas del servicio, podían verlo. El motivo era evidente. La mayoría de nosotros descendíamos de los Mayfair, una poderosa familia de brujos. Manfred Blackwood no era mi antepasado, sino su amigo de juergas llamado Julien Mayfair. Ambos hicieron un pacto para que Julien tuviese relaciones con la nuera de Manfred, pues su hijo era incapaz de mantener relaciones, y por ende descendencia. Ambos hijos eran fruto de un engaño a la pobre mujer, la cual jamás supo que no era su marido quien se disfrazaba, con máscaras y ropa estrafalaria, para la concepción. Los antiguos esclavos tuvieron vínculos con los Mayfair, pues hay una rama negra en la familia, y estos tuvieron contacto con nosotros porque Manfred los contrataba como hombres libres. Finalmente todo fue encajando. Incluso encajó el hecho de poder oler a los Taltos, unas criaturas similares físicamente a los humanos.

Siempre creí que imaginaba las miradas de tía Queen, miradas de miedo y odio, hacia Gawain, como realmente se llama mi hermano. Esas miradas que un día se convirtieron en motivo, más que suficiente, para matarla por parte de ese espíritu burlesco que, con el paso de los años, acabó siendo cruel.


sábado, 3 de septiembre de 2016

Ella, siempre es ella.

—¿Alguna vez pensaste en lo que hacías?—preguntó mientras me recostaba en el sofá junto a él. Había colocado mi cabeza sobre sus piernas como si fuese un cojín. Él sostenía aún un viejo libro. Parecía ensimismado en su lectura hasta que habló repentinamente.

Sus ojos verdes brillaban como los de un gran felino y su boca carnosa se movía con gracia. Parecía un ser sacado de uno de los cuadros de algún artista extremadamente realista. Tenía el cabello perfectamente cepillado y recogido en una coleta simple, algo baja, y rozaba la cruz de su espalda. Sólo llevaba una camisa blanca, muy fresca y veraniega, y unos pantalones negros que envolvían sus largas piernas. No llevaba zapatos. Se había descalzado hacía un buen rato para pasear por la biblioteca antes de sentarse en ese cómodo sofá y divagar como siempre.

Había estado a punto de perderlo, igual que David había perdido a Merrick. Por eso mismo, y no por otro motivo, decidí recorrer el mundo para poner en orden mis pensamientos tras lo ocurrido con los Mayfair. A él lo envié con Armand. No había nadie en quien poder confiar salvo en ese muchacho maldito de ojos castaños y pelo rojizo.

—¿En qué? ¿Sobre qué?—respondí preguntando.

—En ella—repuso.

—Concreta, Louis—dije mirándolo a los ojos mientras cerraba el libro.

—Para mí no hay otra ella, pero puede que para ti sí.

Sabía que era esa “ella”. La misma “ella” que había estado a punto de destruirlo llevándolo a la locura. Aún no tenía claro que ese fantasma infantil fuese nuestra hija. Dudaba muchísimo que estuviese en este mundo buscando venganza. La muerte debió ser liberadora para ella, aunque sabía que no estaba preparada para morir. No lo estuvo con cinco años no lo estuvo en ese entonces.

—Dejemos el tema por la paz—contesté con cierto desdén.

—No—dijo frunciendo el ceño.

—Louis...

Se incorporó, dejó el libro sobre el asiento y echó a caminar por la sala, como una canica que gira y gira sobre las baldosas buscando un lugar donde detenerse. Seguía con la vista sus pasos. Deseaba levantarme y abrazarlo, pero sabía que iba a lanzarme uno de sus dramáticos monólogos.

—¡No puedo dejar el tema! ¡Me persigue su rostro noche y día! ¡Allí donde vaya busco su rostro, intento atrapar sus rizos dorados y me lamento! ¡Era mi hija! ¡Era un pedazo de mi alma!—gritó al fin. Desahogó su ira hacia mí. A veces pensaba que él creía que yo era el único culpable, pero lo fuimos los dos.

—¿Acaso crees que no siento lo mismo?—pregunté con cierto reproche incorporándome por completo del sofá para ir hasta él.

En un arrebato lo detuvo y lo tomé por los brazos, justo por encima de los codos, pero él empezó forcejear. No quería tenerme cerca. Era como si mi presencia le quemase más que el sol mismo.

—¡Pues te veo impasible! Ya ni siquiera la mencionas...—dijo rompiendo a llorar mientras apartaba de mí.

—¿Hace falta mencionarla?—mascullé casi sin aliento. No sabía cómo reaccionar a esos arranques. Jamás lo he sabido.

—Para mí sí...—murmuró.

—Es una forma distinta de duelo, Louis—dije.

—Yo no puedo vivir sin ella. No puedo.

Sus ojos eran dos llamas de esperanza destruida. Parecían arder en el infierno. Maldita sea... ¿cómo no me había dado cuenta? Él revivía cada momento con ella desde su concepción en la misteriosa oscuridad hasta el esparcimiento de sus cenizas.

—Oh, Louis...—mascullé derrotado.

—Si no la recuerdo es como si jamás hubiese vivido. Necesito mencionarla para verla viva frente a mí—me aseguró llevándose las manos al pecho con esas lágrimas recorriendo sus mejillas igual que un paso de misterio. Parecía una de esas vírgenes misericordiosas que lloran por la muerte de su hijo clavado injustamente en una cruz.

—He adoptado una niña. Estaba perdida y sola, su madre había muerto—confesé.

—¿Qué?—dijo sin apenas aliento.

—Que he adoptado una niña—repetí con la voz quebrada— He salvado a una niña del desastre. Antes que ocurriera, Louis, la vi. La vi con esos ojos llenos de magia que Claudia perdió y cuando la escuché gritar...

—Lestat... ¡Se puede saber qué has hecho!—de inmediato se abalanzó sobre mí aferrándome con fuerza. Sus uñas parecían atravesar mi camisa negra.

—No la he convertido ni lo haré—aseguré firme mirándole a los ojos—. Pero por favor déjame fantasear que puedo salvarla como no lo hice con Claudia. Permite que pueda abrazarla, besar su frente y contarle cuentos. Déjame hacerlo. Déjame salvar mi alma y expiar mis culpas siendo el padre que no fui.

Acabé llorando, igual que él. Llorando en silencio. Nos mirábamos como dos idiotas enamorados sufriendo por la misma imagen de idílica familia que una vez tuvimos, la misma que ella destrozó por odio. Ella se sentía vencida y vacía y obró en consecuencia. La culpa fue de ambos, pero lo hicimos por amor.

—Mon coeur...


—Se llama Rose y cree que soy un ángel—añadí antes que él me abrazara como hacía décadas cuando volvimos a vernos, justo antes del concierto.  

lunes, 20 de junio de 2016

Humanamente soy así.

Admito que amaría conocer a Petronia. Estoy seguro que no me llevaría mal con ese "monstruo". Para mí me parece valiente porque ha seguido defendiendo la verdad, su verdad, más allá de lo que otros puedan creer. 

Lestat de Lincourt 



—Ya carezco de la ingenuidad que poseía cuando era joven. He dejado atrás la inocencia para adentrarme en el dolor y la amargura aceptando la realidad que me ha tocado vivir. De nada vale soñar cuando es imposible cambiar la verdad que cargas como un estigma pesado. Sólo codicio deseos, o pequeños cambios en mi preciado mundo, cuando son posibles o creo que puedo alcanzar la meta. Quizá muchos dirán que soy un ser descontento, pero sólo soy realista—dije en voz alta dictándole a Manfred. Quería dejar constancia de mis sentimientos de una buena vez.

—Petronia, ¿crees que es bueno empezar así tus memorias?—preguntó dejando sobre el folio el bolígrafo entretanto se reclinaba en la silla y me observaba de soslayo.

—Agarra de nuevo el bolígrafo o te lo comes—contesté.

Rápidamente volvió a la postura inicial de escritura mientras pensaba la forma en la cual proseguir. Tenía que contar lo que sentía sin hundirme en la angustia. Así que simplemente me senté a su derecha, usando un pequeño taburete que me ayudaba como mesa auxiliar cuando trabajaba, y apoyé la cabeza en su hombro.

—No soy lo que todos ven. Ni siquiera soy lo que yo quiero ver. Simplemente este monstruo respira esperando que un día alguien, además de su creador, se de cuenta que ama. Sí, poseo bondadosos sentimientos, pero pocos quieren aceptarlos. De hecho, creo que nadie acepta que yo los tenga—él paró dejando de nuevo el bolígrafo sobre el papel, se giró hacia mí y me abrazó besando mi frente. Fue un gesto íntimo y tierno que pocas veces aceptaba.

Cerré los ojos imaginando mi vida de haber sido un hombre normal. Pensé en mi trabajo labrando el campo, pescando o simplemente marchando a la guerra. Nadie me hubiese golpeado, abusado de mí o lanzado contra otro gladiador. Sonreí dibujando en mi mente hijos que no tuve, un mujer a la que amar y un amante masculino al que visitar porque mi sexualidad sí que está definida. También, claro está, me he imaginado como mujer. He aceptado la condición de ese género mil veces en mis fantasías y también poseía familia, una vida digna y momentos agradables. Quizá jamás habría acabado siendo un vampiro, pero al menos habría sido absolutamente feliz. 

Sabía lo que era. Me habían negado desde nacimiento tener un género. Era una hidra con dos géneros que acabó entre gruesos barrotes llorando. Si ya es terrible sentirte despreciado aún lo es más tener que asumir ese dolor siendo esclavo.

Admito que durante siglos en mi despertar deseé ser mujer, pero luego me di cuenta que sólo quería serlo para parecer frágil frente a Arion y conseguir así su amor. Es algo que tengo que aceptar. Mi lado masculino es el más cómodo, con el que más me identifico, pero tengo que combatir la verdad y asumir que no soy ni lo uno ni lo otro. Ahora a todo lo que vivo lo llaman intersexualidad, pero la verdad es que ya estoy cansado de luchar para comprender qué demonios soy. En estos momentos sólo quiero sentir algo de amor y paz. 

Me eché a llorar en silencio y él me rodeó con firmeza. Podía notar la tela de su chaqueta acariciar mis mejillas, su suave colonia golpeaba mi nariz, mientras escuchaba su voz tararear bajo viejas canciones que a veces ponía en el gramófono de la sala. Sé bien que me quiere aunque no me comprenda del todo. El único que logra comprenderme con todas las malditas consecuencias es Arion y justamente no estaba. Hacía algunos días que se había marchado mi maestro porque quería que mis camafeos se vendieran por todo el mundo. Yo sólo quería fabricarlos para él, pero tenía razón que podía ser un buen negocio otra vez justo ahora que volvían a estar de moda para los modistos en las pasarelas más sofisticadas.

—¿Quieres seguir tus memorias?—preguntó.

—Más tarde... ahora sólo abrázame—dije—. Pero como me eches esto en cara dentro de unos días, o incluso dentro de unos años, soy capaz de partirte en dos como una ramita seca—advertí incorporándome para advertirlo mirándole a los ojos, después volví a recostarme sintiendo la calidez de su abrazo.



viernes, 6 de mayo de 2016

La vida no es una luna de miel.

Petronia y Arion "regresan" de dónde quiera que estuvieran...

Lestat de Lioncourt 


El cielo de Nápoles estaba cubierto de nubarrones densos. La lluvia se precipitaría pronto recorriendo toda la ciudad. Las hermosas vidrieras de la planta superior no tenían la mágica belleza de otras noches y parecían deslucidas debido a la tragedia que se había generado tras ellas. Durante años la vivienda había estado vacía, oscura, carente de recuerdos e incluso carente de belleza. Porque la belleza de un lugar como aquel era la vida que tenía cuando llegaba la noche y las luces se encendían junto a la música y las herramientas eléctrica, de fina precisión y fácil uso, que se usaban para elaborar las joyas más prestigiosas de toda Italia.

Los muebles aún estaban cubiertos de polvo y algunos destruidos por la furia ejercida contra la pared, el suelo o el propio techo. La lámpara de lágrimas de cristal de bohemia se había desplomado en la planta superior, justo en el dentro del hall, mientras que la escalera de caracol parecía invitar a husmear por las silenciosas estancias que permanecían a la espera de sus dueños.

¿Cuándo se convirtió aquel lugar en el paraíso del silencio? ¿Por qué todo se había hundido de ese modo? Un lugar de columnas de mármol, frescos maravillosos, elegantes muebles y bellas cortinas que ahora estaban sucias y algo descoloridas.

La fecha de inicio de la tragedia no era exacta, pero posiblemente había comenzado por el 2011. Un murmullo se hizo presente en la biblioteca, la misma que tenía todos los libros diseminados por el glorioso suelo de mármol, mientras uno de sus habitantes meditaba solo frente al ajedrez. Era como si las fichas le hubiesen hablado. Tal vez el rey del tablero se cansó de proteger a la reina o quizá fue el jinete del caballo que descendió de su montura, clamó a los cuatro vientos que estaba cansado y echó a correr por el aire denso de la estancia. Sea como fuese él lo escuchó primero. Fue un murmullo suave, casi agradable, que acarició sus hombros y nuca hasta hacerlo sentir amado y embriagado.

Tardó en repetirse ese chispazo un par de meses y ocurrió en otro de los habitantes. Las herramientas sonaban como un murmullo bajo en mitad de la noche. Un murmullo que quedó silenciado por su nombre rebotando en su cerebro. Sus ojos oscuros miraron a la nada y luego su corazón se convirtió en un tambor descontrolado, si bien todo quedó en nada y continuó como si no hubiese ocurrido.

Fue a principios del 2012, en pleno invierno, cuando una fuerte ráfaga de viento se coló en sus almas provocando gritos alarmantes del tercer compañero. Los dos colosos que siempre habían estado en paz entre aquellas paredes, al menos en calma los unos con los otros, se convirtieron en guerreros enrabietados. Él, el más joven, se marchó correteando por las calles buscando un refugio y finalmente alzó el vuelo para no volver jamás. Ahora espera una llamada que no llega, una pequeña señal a destiempo, para regresar al lugar que fue su hogar.

Pero esa mansión olvidada ahora vuelve a cobrar vida. Como si se hubiesen puesto de acuerdo, uno como el otro, han regresado tras esa terrible noche donde se lanzaron terribles acusaciones y rompieron su alma una vez más quedando las dos mitades casi destruidas. El mito del andrógino era cierto. Ellos eran almas gemelas que no podían vivir en paz si no estaban juntos.

—Todo está hecho un desastre—susurró quitándose el gabán para luego remangar los puños de su camisa de algodón blanco. Su piel seguía siendo oscura, hermosa y seductora, y destacaba esa noche, como muchas otras, por las prendas elegidas.

—Me pregunto si el resto estará vivo. Y no, no hablo de nuestros sirvientes. Ellos...—cerró los ojos y apretó los puños, para luego girarse y mirarlo a los ojos—. Me pregunto si Manfred y Tarquin están vivos o han sido pasto de las llamas, de la locura que todos sentimos, de la rabia y la desesperación de ese ser... Arion, han pasado casi cuatro años.

—No, han sido algo más de cuatro años—respondió acercándose a esa figura esbelta de trenzado cabello negro. Bajo esas prendas masculinas se escondía un ser distinto y hermoso. Jugaba siempre a desconcertar a todos e incluso él se sentía perdido, desconcertado y abatido cuando le miraba con la perversidad unida de un hombre y una mujer.

—Sea el tiempo que sea, Arion—murmuró dando un par de pasos por la estancia—. No sé si pueda vivir de nuevo aquí.

—Podemos reconstruir todo y hacer del tormento un nuevo paraíso—dijo acercándose a Petronia.

Giró suavemente su cuerpo para que ambos quedaran enfrentados. Por primera vez en algunos años podían contemplar el daño sufrido, los recuerdos revueltos y mutilados como los muebles y obras de arte que les rodeaba, intentando encontrar una tabla que los mantuviese a flote en el hundimiento de sus vidas como si fuese un gigantesco buque en mitad de un inhóspito mar.

—Francamente, yo sólo quiero recostarme en mi vieja cama y sentir que todo el dolor que se ha derramado, el cual no hemos podido controlar, ha desaparecido—susurró en un tono quedo mientras intentaba sosegar su alma—. Me siento aún un monstruo, ¿aunque alguna vez dejé de serlo?—preguntó aferrándose a las solapas de su camisa.

—Nunca fuiste un monstruo. Los monstruos son aquellos que torturaron tu alma y enjaularon tus sentimientos más hermosos porque temían no lograr alcanzar tu belleza. Intenta ser firme, Petronia. Intenta ser quien has sido desde hace siglos y vuelve a las andadas—rodeó su escueta cintura y estrechó aquel cuerpo tan familiar, de fresco perfume y suave piel, contra el suyo mucho más corpulento.

En ese momento Petronia olvidó quién era y qué hacía allí. Dejó que su mente se desconectara para poder sentir con su piel cada roce. Cerró los ojos profundizando en el aroma varonil de su colonia y en el tacto de sus labios contra sus mejillas húmedas. Había comenzado a llorar en silencio y estaba manchando la camisa de Arion, igual que la suya propia que también era de un color claro. Ambos parecían dos hombres que habían logrado huir de una tragedia terrible, tan terrible como las que acontecían aún hoy en otros lugares del mundo. Las guerras seguían existiendo aunque su sociedad volvía a ser una balsa de aceite. Finalmente se entregó por completo a esa dulce sensación y entonces percibió como la mano derecha de su creador desabotonando su camisa, y palpando las vendas que aprisionaban sus pechos hasta el borde de estas. Giró su cabeza hacia la izquierda y permitió que la boca de su amado maestro rozara su piel, hundiera sus dientes en el trapecio y sorbiera parte de su sangre. Sus dedos arrugaron más el cuello de la camisa de Arion y tiró de él sin delicadeza. Abrió sus labios sin pronunciar palabra y soltó un placentero quejido. Los dedos de su amante prosiguieron hasta el vientre, se pasearon por el ombligo y rozaron el vello suave y corto que allí se arremolinaba. Luego, sin permiso alguno otra vez, desabrochó su pantalón e introdujo su mano en la ropa interior comenzando a acariciar su sexo.

—Te toca beber a ti—dijo en un susurro cerca del lóbulo de su oreja izquierda. Petronia sintió como su vello se erizaba como el lomo de un gato asustado y de inmediato se arrodilló frente a él.

Observó aquella figura apolínea aferrándose al cinto de su pantalón oscuro para de inmediato bajarlo. Arrancó con fiereza el cinturón tirándolo a un lado, arrancó el botón y bajó el cierre para sacar su miembro ligeramente erecto. Clavó sus ojos en él una vez más y lamió el glande, para luego sacar sus colmillos y perforar el sexo. Rápidamente aquel pene le ofreció una vigorosa y poderosa sangre que calmó definitivamente todos sus demonios. Sus sensuales labios rodearon el glande, apretando sutilmente, para luego bajar los párpados y disfrutar de las sensaciones que transmitía cada glóbulo rojo. Él gemía bajo aferrado a ambos lados de su cabeza, manteniendo así el rostro de su amante bien pegado a su entrepierna, mientras Petronia temblequeaba.

Pasó algo más de un minuto cuando apartó a Petronia y se lanzó contra su esbelta figura. Sus bocas se cruzaron una vez más cubiertas de sangre. Sus lenguas se hirieron y se ofrecieron un beso sanguinolento tan salvaje como placentero.


Por el resto de la noche permanecieron con la ropa mal colocada y los sentimientos revueltos. Volverían a Nápoles, reconstruirían las ruinas de su vida e intentarían sobrevivir pese a todo. Eran milenarios y podían soportar una nueva tragedia más en su historia.   

martes, 5 de abril de 2016

Tres no son multitud

Podemos saber, gracias a Manfred, como es Petronia en la intimidad. También podemos averiguar un poco de Arion.

Lestat de Lioncourt 




—Hacía tiempo que no venía por aquí—dijo mientras se agachaba a introducir la llave en la pequeña ranura de la cerradura, giraba suavemente su muñeca y provocaba que la persiana de metal se izara como una bandera de guerra. Hizo un ruido terrible para los finos oídos de un vampiro, pero para un humano era ligeramente soportable. Después buscó en aquel enorme llavero otra llave dorada, larga y muy dentellada, que abrió la puerta pesada de madera con hermosas vidrieras de colores y luego, con mucha rapidez, desactivó la alarma—. Ha sido toda una sorpresa—añadió encendiendo las luces—. ¿Comprará varias prendas o sólo alguna en especial? ¿Ya vio las hermosas americanas de primavera de nuestro catálogo online? Nos estamos modernizando.

—Trátame de tú—su voz sonó áspera y firme aún en el rellano de aquella puerta.

Al entrar observó las nuevas prendas colocadas cada una en un maniquí sin rostro, pero que rellenaban a la perfección tallas similares a las suyas. La moda cada vez admitía más a los hombres poco corpulentos, muy delgados, y también otros no tan altos o ligeramente obesos. Pero todavía se veían hermosos trajes que sólo un hombre de hombros amplios, como era el caso de Arion, podían llevar y sentirlos como un guante.

—Lo siento, la costumbre—comentó acercándose a la vitrina de los lujosos gemelos—. ¿Deseas ver algunos de nuestros bonitos gemelos?—dijo señalando la estantería.

—Sabes que fabrico mis propios gemelos y son contadas las ocasiones en las cuales compro alguno—dijo paseando sus ojos oscuros por toda la tienda.

—Petri, ¿de verdad crees que necesitas nuevos trajes? Algunos todavía no te los pusiste...—murmuré tras su pequeña espalda.

—Manfred, te he traído como acompañante porque las compras siempre son aburridas, tediosas e insípidas. Si vas a estar quejándote, como estás a punto de hacer, mejor lárgate a corretear jovencitas por las plazas más pobladas de la ciudad. Ve, corre. Seguro que aún hay algún café abierto y muchachitas a las que reírles las gracias cual viejo verde—aquellas palabras fueron certeras y dolorosas, pero no me acobardé.

—No, mejor me quedo—dije.

El comerciante jamás supo la edad real de Petronia. Llevaba vendiéndole trajes desde hacía veinte años y empezaba a sospechar que no era un ser común. Sin embargo lo que sí creía, casi a pies juntillas, es que era un hombre y trataba con un igual. En su mente pensaba que yo era su rico amante que solía acompañarle para pagar todos sus lujos, aunque siempre me echaba en cara mis líos de faldas. En realidad ella siempre me ha atado en corto esperando que no cayera más en brazos de estafadoras como Rebeca. Aunque decir que Petronia es un “ella” es muy aventurado.

—Mira, Manfred, ¿qué te parece?—dijo tras un buen rato observando camisas por su cuenta—. Este gris es muy elegante y he leído en las revistas que se lleva bastante.

—Eres muy pálido—murmuré—. Te sentaría mejor un tono chocolate.

—Son tonos de invierno los oscuros, los más claros son para primavera y verano—aseguró el comerciante—. Tengo una hermosa camisa blanca con rayas finas de color azul azafata con un chaleco de lana del mismo tono a juego con sus pantalones y una americana exclusiva de esta tienda. Los chalecos han vuelto a llevarse y estarán en tendencia algunos años. Es un complemento que estiliza, es elegante y en ti queda muy bien. Recuerdo que te has llevado unos cuantos hace unos años—decía deleitándose con su cuerpo e imaginándose a Petronia sin nada de ropa.

—Siempre acabo llevando colores oscuros—murmuró—. Asumiré el riesgo de llevarme algo oscuro otra vez, pero también quiero algo más... ¿llamativo?—vigilaba todas las prendas sin dejarse convencer con un simple vistazo.

—Los estampados se siguen llevando, igual que el color blanco porque da un tono de atención a chaquetas más oscuras, también tenemos camisas celestes, de mil rayas y desiguales. Sí, desiguales—dijo acercándose a uno de los maniquíes—. Tiene un tono verde más oscuro y otro más suave. El lado derecho es el oscuro y el claro es el izquierdo. Los botones son de nácar muy bonitos, pequeño y poco llamativos.

En ese momento entró en la tienda Arion. Él no solía asomarse por las tiendas cuando nos encontrábamos llenando su armario. Siempre había decidido ser fiel a un estilo y adquiría sus prendas dándoles indicaciones a varios de sus empleados. El empresario se movió rápido para impedirle que entrara.

—Lo siento, sólo se ha abierto para un cliente especial—comentó.

Arion no era estúpido. Si esa tienda se habría para Petronia era porque aquel hombre llevaba deseando saltar sobre él desde hacía décadas, por eso se movió rápido y se colocó al lado de su creación besando dulcemente su cuello.

—Lamento no haber venido en otras ocasiones, ¿puedo elegir contigo?—preguntó estrechándolo por las caderas.

—Celoso...—murmuró bajo mirando las baldosas de la tienda—. No te preocupes, Héctor, es mi marido.

—Suena bien eso de marido—dijo Arion de forma imperceptible para el oído humano.


Creo que fue la última vez que fuimos a “Cortes y confecciones Héctor Lariza”. Aquel pobre iluso no volvió a abrir tan tarde su tienda para Petronia. Sin embargo dudo que Arion se lamente por ello. No obstante creo que Petronia jamás perdonará haber perdido tan buena boutique. Esto es algo que he confirmado esta noche nada más incorporarme. Llevaban dos horas discutiendo. Ella ha roto el tablero de ajedrez y él ha destrozado uno de sus vestidos de noche, después como si nada se han arrancado la ropa y han comenzado a besarse rodeados de todo el desastre que ellos mismos han realizado. A veces me pregunto si Petronia realmente es la única fiera o si en esta casa conviven un par de leones intentando marcar su territorio.

viernes, 29 de enero de 2016

Lobo y cordero

Cada quien se gana los lujos con diversos negocios. Los de Petronia quedan claros.

Lestat de Lioncourt


—Con ésto cerramos el negocio—dije extendiendo mi portafolios de cuero, esperando que firmara sobre la línea de puntos.

—Sus joyas son impresionantes y su firma es de la más importante en el país. Será un placer para mí poseer algunas muestras en nuestras joyerías—aseguró mirándome sin perder detalle de mi elegante Armani—. Es usted un hombre peculiar. Desprende una elegancia propia de otra época, al igual que la joyería que me ha presentado. No había visto piezas tan exquisitas como las de éste muestrario. Son sin duda espectaculares—afirmó descendiendo la vista, para tomar su pluma y plasmar su rubrica con cierta impaciencia—. El mes próximo estarán, ¿no es así?

—Sí, tendrá un puñado de éstas maravillas. Pero no olvide que están creadas a mano, son piezas únicas y prácticamente exclusivas. Haré los diseños que le he expuesto y alguno más, por si desea adquirirlos bajo otro contrato—expresé con una sonrisa firme, muy comedida.

Para mí era muy importante aquello. Vender mis pequeñas obras de arte, dejando en manos de auténticos fanáticos de éstas joyas, porque pertenecían a un trozo de mi alma y todos merecían conocer la sensibilidad que usualmente guardaba con recelo. El nácar, los rubíes, conchas y diversos materiales eran seleccionados con cuidado para realzar los rostros, figuras, paisajes y animales que tanto me gustaba mostrar en cada peculiar pieza.

Guardé el portafolios en mi maletín de cuero, estreché su mano una vez más tras levantarme del asiento y caminé hacia el ascensor del pasillo. Allí me esperaba él. Su rostro no desprendía tanta rectitud como el mío, sino una dulzura que jamás he sabido describir. No abrió la boca, para mi fortuna, sino que se mantuvo a mi lado a cierta distancia caminando hasta el interior del montacargas. Pulsé el botón de la planta inferior y dejé que las luces tenues de la gavina impactaran sobre nuestros impolutos trajes y rostros.

En el hall de aquel hotel, donde nos habíamos reunido, las mujeres nos observaban con codicia y lujuria. Eran miradas que conocía bien, igual que la del asco y el miedo en mis víctimas. Si supieran que aquellos hombres de negocios, esos seres dotados por el carisma y el dinero que nunca tendrían, eran dos monstruos sedientos guardarían sus fantasías en un cajón olvidado de su mente.

El mercedes nos esperaba allí, con nuestro chófer al volante y la puerta abierta. Amaba ese coche oscuro, forrado en tapicería roja como la sangre de nuestras víctimas, y Arion lo sabía. Siempre elegía ese vehículo para nuestras reuniones a primera hora de la noche. Nadie comprendía bien porqué citábamos a todos a partir de las ocho o nueve, como si fuese un extraño ritual, pero no se atrevían a preguntar jamás.

—¿Aceptó?—preguntó.

—Nuestros diseños siempre son aceptados—aseguré con la voz ligeramente ronca.

—No tienes que ensayar tu pose de hombre de negocios conmigo, Petronia—susurró inclinándose suavemente hacia mi cuello, para dejar unos pecaminosos y sensuales besos. Su piel seguía siendo como el satén, aunque perdía color con el paso de los años. Debía encontrarse con el sol, broncear ese cuerpo que se estaba convirtiendo en mármol y permitir que le curra las heridas. Tenía que hacerlo otra vez. Sin embargo, él estaba más enfocado en desvestirme que en sus propios problemas, el trabajo recién adquirido o el tráfico insufrible que nos rodeaba—. Puedes ser tú misma.

—Me encantaría saber quién soy, pues ya me siento un ángel condenado en mitad de un enjambre de idiotas, mediocres y ladrones—expliqué mirando al frente.

Él desabrochó mi chaqueta, desató mi corbata y quitó los botones de mi camisa. Bajo la ropa mis pechos apenas abultaban, pero él decidió palparlos mientras yo simplemente ideaba nuevas formas de hacer llegar mi dolor, mis pecados, mi ambición y mis sueños a gente que los luciría sólo por vanidad. Una dulce vanidad que me retribuía unos beneficios increíbles.

Sus dedos apretaban mi pezón derecho, lo hacía retorciéndolo con lascivia, mientras su lengua se deslizaba por mi cuello. Podía sentir su aliento, su fascinación hacia mí. Era un ángel cruel sobre la tierra, un enemigo dispuesto a infectar la conciencia y el alma. Me había convertido en la serpiente del Paraíso.

—Eres una mujer—murmuró—. Mi joven y dulce Petronia.

—Tal vez para ti, maestro—dije con una sonrisa cruel—. Pero no para el mundo... no para el mundo... ni para mí—lo último lo pronuncié tan bajo que prácticamente moví sólo los labios.



miércoles, 30 de diciembre de 2015

Dulce familia, amarga sociedad y maldita evolución.

Yo también me pregunto dónde está ese niño bonito. No te preocupes, Manfred, que aparecerá. 

Lestat de Lioncourt


Cada momento es diferente. Cambiamos cada noche sin que nos demos cuenta. Cuando despertamos hemos mutado. Modificamos nuestro espíritu y nuestro cuerpo. Hay algo en nosotros que evoluciona, para bien o para mal, convirtiéndonos en monstruos más o menos perfectos. Sin embargo, cuando contemplo el mundo no puedo evitar sentir que estamos fracasando. Hemos fracasado como especie. No hablo de los vampiros, sino de la humanidad. Los vampiros estamos involucrados en la humanidad, somos parte de ella y formamos una pieza importante en la sociedad. No podemos sentirnos al margen porque hemos descubierto que no estamos muertos, sino muy vivos, y porque nos movemos entre el resto de la gente. Quizás somos alimañas que vivimos a costa de otros, de la gran mayoría, como si el resto fuese rebaño y nosotros unos lobos convertidos en pastores.

He intentado en vano que los momentos perduren, pero siempre se marchitan como si fueran ramos de flores. Veo como se van pudriendo los ideales, los sueños, las lágrimas derramadas se van secando y las ilusiones se dispersan en el aire como si fuesen flores de dientes de león. Puedo verlo, pero también puedo sentirlo en lo más profundo de mi alma. Quizás debería romper a llorar, aunque no siempre lo hago. A veces me contengo y me echo a reír. Río porque sé que hay más oportunidades. Cada anochecer es una oportunidad de cambiar el destino, de involucrarme con un mundo que cree que he muerto y que sólo era un maldito demente.

Sólo pensar que mi mujer no sabía siquiera mi nombre real, ni mis orígenes y tampoco de dónde venía mi fortuna. Me convertí en un gran actor en mitad de una obra de teatro excelente, donde todos tenían su papel predestinado y eran parte de un elenco de lujo. Sin embargo, la situación se fue de mis manos y empecé a sentirme como marioneta. Y me odié. Odié sentirme marioneta. Me derrumbé cuando ella murió, intenté levantarme y conseguir el amor en otros brazos. Fracasé. Sólo pude llorar su muerte y arrepentirme de llenar el hueco de su cama. Tanto así que tuve que recurrir al monstruo que tanto apreciaba, el mismo que venía en mis pesadillas y sonreía a los pies de mi cama como un ángel macabro, para que me ayudara.

Todavía puedo oler la sangre derramada en el suelo, como el olor penetrante de la tierra mojada tras un aguacero, y escuchar sus gemidos y quebrantos. Aún puedo ver el gancho clavado en su espalda y cómo se movía, igual que el péndulo del reloj del salón. En ocasiones me llevo mis manos arrugadas a la cara, lloro lágrimas sanguinolentas y me digo a mí mismo, como si eso me consolara, que fue lo mejor. Lo mejor... Mis hijos habían sufrido por ella, mi hija dejó de escribir por sus burlas, mi hijo no superó jamás sus palabras duras y tuve que escuchar sus mentiras repitiéndose como las campanas que llevan al recogimiento, a la oración del Domingo, día tras día. Ni el alcohol aliviaba mi dolor, mi locura, mi amargura y la frustración que se enraizaba en mi corazón convirtiéndose en una sombra alargada.

Las luces de navidad parpadean en los escaparates. Recuerdo cuando la navidad era distinta, como el recogimiento en éstas fechas era aún mayor y la familia era lo importante. Ahora puedes felicitar a otros sin enviar una carta o una postal navideña. Sólo tienes que tener un aparato de esos modernos e inútiles para mí, un teléfono móvil con conexión a Internet, y ahí llegarán tus palabras donde quieras que estés. Ya no existe el calor de los abrazos, las largas conversaciones en las cenas o las canciones que avivaban la leña. Muchos están pendientes de las notificaciones de sus redes sociales y no de lo que otros quieren. La familia para mí era importante. Todo lo hice por ellos. Me sacrifiqué por tener una familia, sacrifiqué mi cordura por ellos, alimenté el deseo de la inmortalidad con tal de protegerlos y nada. Él se convirtió en lo que soy yo y ahora ni siquiera sé dónde está.


¿Dónde estará el niño bonito de los Blackwood? Su hijo está por ir a la universidad. ¿Y dónde está él? ¿Dónde está el chico de los ojos azules y la voz tierna? ¿Y el intelectual sensible que lloraba junto a mí por su destino? No lo sé. Hace tiempo que no sé de él. Temo por él. Era mi familia, aunque no tuviese mis genes. Él era mi familia. Me convertí en lo que soy para protegerlos aunque fuese desde lejos. ¿Y dónde está Tarquin Blackwood? Dónde...  

martes, 17 de noviembre de 2015

Milagro

Tarquin ha dejado por escrito lo que sintió cuando vio a Mona. Habló alguna vez de todo lo que sucedió aquella noche, pero no de ésta forma tan sincera donde desnuda su alma. He encontrado éste documento en su escritorio, entre diversos papeles. Espero que si sigue con vida, como así deseo, no le importe que lo publiquemos.

Lestat de Lioncourt


La observaba sin pudor. Podía recorrer con mis ojos claros, aunque nublados por las lágrimas, cada trozo de su cuerpo desnudo. Era como la Venus que salía de la espuma del mar. Parecía una diosa pecaminosa, aunque también delicada y necesitada de un amor puro, más allá de palabras extravagantes y abrazos sinceros. Sus labios carnosos, pintados de un labial natural rosáceo, cantaban al deseo. Sus ojos, verdes como la esmeralda que debía llevar colgada de su cuello al ser la heredera de los Mayfair, brillaban bajo la tenue luz de mi habitación. Era una mirada indecente la que yo le ofrecía, pero no le importaba.

Su piel parecía suave, como el terciopelo, y sus pecas, que salpicaban diversos rincones de su rostro, torso y brazos, eran demasiado atractivas. Era una de esas muñecas de porcelana que parecen vivas, pero ella estaba viva y no muerta. Aún tenía aroma a flores y muerte. Unas flores que se hallaban regadas por la colcha, el suelo y sus cabellos. Mi Ophelia había sido rescatada de las aguas del Tártaro, dejando atrás a Caronte, porque la Muerte, en forma de atractivo y rebelde vampiro, le había dado la oportunidad que yo había suplicado entre lágrimas.

No sabía qué decir. El silencio era una daga que nos rompía en dos mitades, aunque siempre lo habíamos sido pese a la unión que habíamos formado nada más conocernos. El amor es como un poderoso pegamento, que une por siempre a las almas y las condena a estar nuevamente unidas. Una deliciosa condena, si me permiten decirlo, porque nos ofreció la felicidad que tanto habíamos rogado.

Dejé que mis lágrimas se liberasen de nuevo, manchando mis mejillas, mientras ella acariciaba con cuidado sus mechones rojizos. Esa bendita pelirroja, esa diosa, deseaba ser abrazada por el idiota que no sabía cómo reaccionar ante aquel milagro. Finalmente me armé de valor, me lancé sobre ella y la cubrí de besos. Era mi Mona, mi dulce Mona, la mujer a la cual había dado mi corazón cuando apenas éramos unos niños caminando por el Edén de éste mundo tan cruel.

La envolví entre mis brazos, sentí el calor de su figura delicada y curvilínea, y me sentí un ladrón. Había congelado las manecillas del reloj, asestado una puñalada al destino y robado al ángel que deseaba tener por siempre en su vitrina. No conocería un ataúd, ni escucharía oraciones de su funeral, sino mi voz recitando poemas de amor. Eso, sin duda alguna, lo conocería como un sacerdote conoce todos los rezos y cánticos de una iglesia en sagrada congregación.



miércoles, 30 de septiembre de 2015

Mi dulce maestro

Petronia es una mujer fuerte, pero también un alma delicada.

Lestat de Lioncourt


Parezco la reina de hielo. Una mujer completamente fría, frívola y cruel. Él me describió como un ser temible al cual no se puede amar. Tal vez lo merezco. Sin embargo, me abrí a él en los últimos momentos en los cuales decidí ser yo misma. Acepté la fragilidad compleja de mi alma. Mi corazón aún tiembla cuando recuerda el dolor que han tenido que contemplar mis ojos. Deseaba tanto ser la heroína que todos amaran, la mujer perfecta y no el estéril monstruo que jamás sería reconocido por otros.

Me miro al espejo y utilizo mil trucos para endurecer mi mirada, afilar mis rasgos o convertirme en una dama adicta a los negocios, pero sensible ante el arte. Arion me confesó hace tiempo que si sigo admirando el arte, sintiendo el dolor ajeno, es que mi alma no se ha endurecido como mi cuerpo, el cual parece cincelado en mármol.

Mis ojos oscuros, de largas pestañas y perfectas cejas delineadas, ofrecen al que me miran un vistazo al apocalipsis más terrible. Mi cuerpo, esbelto y ligeramente delicado, se oculta tras las chaquetas negras que suelo utilizar. Aunque él, mi dulce maestro, ha logrado verme envuelta en las sedas más delicadas, lino blanco o satén. He aceptado vestir ropa interior de encaje, la misma que lograba realzar ligeramente mis escasos pechos, y mostrarme sensual arrojada en la cama como un animal salvaje. Tengo manos de artesano, pero suaves como las de un artista del piano. Las mismas manos que a veces golpean con dureza el mundo.

Quizás soy cruel porque el mundo lo ha sido conmigo, pero sé que en realidad sólo conjuro esa apariencia esperando que nadie me dañe. He creado un muro alto y torturoso. Me he convertido en algo que no soy. Sólo él, Arion, sabe todo acerca de mi alma. Él posee la calma que yo necesito.


Mi alma se divide en dos grandes amores. Un amor conocido por el arte y la orfebrería, el otro es él. Un hombre que todavía me abraza con la ternura necesaria como para mostrarle mi alma, dejar que el mundo se diluya entre nosotros y nos convirtamos en uno.  

jueves, 10 de septiembre de 2015

Tú y yo

Goblin me recordó mucho a Amel cuando codiciaba la sangre, pero también codiciaba algo más. Quizás él deseaba tener un cuerpo.

Lestat de Lioncourt 


Tú. Tú y la oscuridad. Tú y el amor. Tú y la vida. Tú y la sangre. Sólo tú. Tú y nadie más. Pensabas que eras especial, único, maravilloso, perfecto y gentil. Tú eres mi asesino, mi hermano, mi único amigo y el capricho por el cual yo sigo aquí. Mírame. Somos iguales. Soy tu reflejo perverso, ¿o quizás eres tú el más perverso de los dos?

Mírame. Lee la pantalla y mírame. Estoy aquí encerrado en un mundo distinto y frío, tan frío como la frivolidad de tus elegantes paseos por la ciudad. A ti te dieron todo, pero a mí sólo me ofrecieron un último beso antes de meterme en una pequeña tumba. Sólo soy huesos, Quinn, y tú tienes una vida por delante. ¡Una vida eterna! Te odio. Maldigo todo lo que eres, pero a la vez te amo. Es un vínculo que no podemos romper. Tú y yo somos lo mismo, pero a la vez somos algo distinto. Me duele.

Tal vez no tengo un cuerpo, pero poseo sentimientos. Soy un alma errante por medio del pantano. Escucho el chapoteo de los caimanes, esos que tanto adora la perversa y sentimental de tu creadora, los cuales devoraron el cuerpo de nuestra madre. Ella sí me quería. Tú me despreciabas. Tú me odiabas. Tú eres peor que yo. Ni siquiera te diste cuenta que ésto podía ocurrir. He decidido irme con ella, con esa mujer que me abraza y me llama angelito, porque tú eres un demonio y vivir a tu lado es un infierno.


Sólo quería que me amaras como yo te amaba, pero tú sólo buscabas excusas para alejarme. ¿Qué mal te hice yo? Sólo te tenía a ti y tú tenías todo. Eres un privilegiado. Yo sólo soy un mendigo. Te odio, te odio, te odio y te odio. Te odiaré siempre, pero a la vez te amaré porque somos lo mismo. Somos el uno para el otro. Hoy me voy, te dejo libre, pero recuerda mi presencia pues yo jamás te olvidaré a ti.  

martes, 11 de agosto de 2015

Viejas conversaciones

Hay que escuchar mejor y comprender las cosas, pero Quinn deseaba todo de forma acelerada.

Lestat de Lioncourt


—La vida no siempre es como creemos, Quinn—dijo Nash desde la puerta, para luego caminar despacio, con un deje bucólico, hasta el sofá de piel marrón. Allí tomó asiento desabrochado su chaqueta y cruzando las piernas con elegancia. Era todo un caballero, un hombre maduro y sensible, y yo codiciaba ser como él. Me imaginaba en un futuro como un hombre distinguido y amable, con grandes conocimientos y una gran capacidad de comprensión. Deseaba ser como él, pero al lado de ella. No podía esperar ni siquiera unas horas para poder volver a ver a Mona Mayfair—. Imaginamos, codiciamos, pero luego todo tiene un tiempo. No puedes precipitarte—me explicaba con infinita paciencia, sentado en aquel viejo sofá.

Parecía un hombre sacado de una de esas sofisticadas películas inglesas. Era demasiado caballeroso, su tono era íntimo y me invitaba a consolarme a su lado. No me hice de rogar. Tomé asiento a su lado, eché la cabeza hacia atrás y suspiré intentando contener las lágrimas.

—La has conocido hoy—explicó—. Sois jóvenes y tenéis toda la vida por delante, ¿por qué precipitar las cosas?—preguntó encogiéndose ligeramente de hombros.

—La amo. Es ella la mujer que deseo a mi lado. Es perfecta—dije apoyándome en su hombro amable y servicial.

No tardó en abrazarme, rodeándome con cariño y permitiendo que finalmente llorara. Lloré porque jamás había deseado tanto algo, porque aquel fantasma burlón la detestaba y temía que la alejara, también lloré porque mi tía parecía negarse a mi felicidad y me dolía el pecho por tantas emociones. Él acarició mis cabellos hundiendo sus dedos largos y suaves, para nada ásperos como habían sido los de mi abuelo Pops, mientras me calmaba con su respiración pausada y la fragancia fresca de su colonia, la cual impregnaba su camisa.

—Si la amas tanto como dices sabrás esperar—fueron sus sabias palabras, las cuales no comprendí en ese momento.


Ahora, tras tantos años, comprendo bien aquella frase, así como el resto que me ofreció durante toda la larga noche en la cual lloré y sufrí. El destino a veces nos depara grandes sorpresas, pero hay que luchar por mantener aquello que queremos. Si bien, luchar no significa precipitarse y dejarse llevar por la inconsciencia.  

sábado, 20 de junio de 2015

Los deseos de un príncipe hacia su hermano.

Estaba frente a mí con su rostro de líneas suaves. Aún no poseía el semblante maduro que le hubiese dado la edad. Tenía todavía los ojos llenos de una esperanza que parecía exótica en un mundo como el nuestro, donde se cosecha miseria y condena. Somos seres que hemos sobrevivido a la muerte y conocemos íntimamente el crimen y la soberbia. Deseamos la inmortalidad mucho más que los grandes artistas, los ególatras dirigentes y los empresarios que amasan fortuna creyendo que el dinero podrá comprar la eternidad.

Su aspecto era elegante, pero no sofisticado. Poseía una elegancia que había aprendido con el paso de los años, imitando quizás a su tutor y a los grandes hombres de otras épocas. El traje era a medida y su camisa de algodón blanco realzaba su largo cuello, pues no había corbata rodeándolo. Sus manos, largas y finas, tenía las uñas cuidadas y descansaban sobre los brazos del sillón. Sí, era el señorito Blackwood.

Quinn poseía una belleza muy atractiva. Sus casi veinte años le ofrecían una imagen soberbia, idílica y atractiva. Podía ver en él lo mejor de un hombre y un niño. Sentía curiosidad y deseos, poseía una pasión desatada y se mantenía con una serenidad medida. Era hermoso. Poesía riquezas, una historia, experiencia, poder, juventud eterna y un corazón noble que había logrado enternecer al mío.

Allí, sentado en aquel sillón, lo contemplé durante varios minutos. Teníamos muchas cosas que contarnos. Había motivos para conversar como aquella primera vez. Debía pedirle, o más exigirle, que me contara la verdad sobre sus años lejos de mí. Me había perdido por las selvas, cruzado desiertos, vivido entre escombros y grandes edificios del más arrebatador lujo; pero él ¿qué había hecho? No se había puesto en contacto con mis abogados. Ni siquiera Maharet me había informado de sus pasos tras marchase para investigar en su gran biblioteca. Durante meses temí por su vida, lloré por él y por su compañera. Sin embargo, ella no estaba allí. Mona no se encontraba a su lado mirándome inquisitiva y seductora. Sólo estaba él. Había entrado en la sala principal del castillo, tomado asiento y esperado con calma a que yo apareciera.

¿Dónde quedó su pasión? Ni siquiera se movió para estrecharme y llorar en mis brazos, como hubiese hecho el muchacho que yo conocí tan íntimamente. No. Él se comportaba como aquel viejo fantasma que tantos malos momentos me hizo pasar. Un ser que todavía, a día de hoy, extraño. Julien fue un enemigo mordaz, pero necesario. Comprendí que la vida no es tan placentera y que uno puede encontrar trabas en su camino al éxito, el amor o los negocios. Con su historia comprendí que debía vivir más, buscar más y marcharme de New Orleans buscando mis raíces; igual que él hizo cuando se encontró con la maldad frente a frente. ¿Y no era Quinn un descendiente suyo? Lo era. Era descendiente de aquel hombre de ojos azules, como los suyos, y de cabello canoso que una vez fue similar al que poseía mi joven amigo. Sin embargo, pronto me percaté que mi hermano, mi amigo, mi compañero y mi pupilo por unas semanas no estaba allí.

Mi deseo era tan terrible que lo había imaginado. Imaginé su presencia como si fuese una vieja fotografía en un lugar en el cual jamás fue tomada. Apreté los puños y deseé no llorar, pero mis lágrimas aparecieron manchando mis mejillas.

—Desahógate, lo necesitas—escuché la voz de Amel como si me susurrara al oído, aunque él estaba en mi interior—. Hazlo, pues sé lo que sientes por esos muchachos.

—¿Está vivo o está muerto?—al fin le hice aquella conmovedora pregunta, pero él guardó silencio—. Quien calla otorga—dije apretando los dientes.

—Hay vampiros que se enteraron cuya conexión no es tan fuerte, recuerda que él es joven. Es más fácil dar con los más cercanos a la reina, que con aquellos que están más alejados de mi línea de sangre—explicó—. El tiempo lo dirá.


—Más vale que esté vivo...


Lestat de Lioncourt  

lunes, 27 de abril de 2015

Ophelia y Abelardo

Quinn, está muy bien que quieras estar alejado... ¡Pero estamos preocupados! 

Lestat de Lioncourt

La soledad pude ser cruel e injusta. Me sentía solo. Pese a los continuos abrazos de mis abuelos, que durante gran parte de mi infancia creí mis padres, y la relevancia de las figuras maternales de las criadas, las cuales me atendían con cariño y esmero, sentía que me encontraba perdido y algo, quizás demasiado importante, creaba un hueco en mi corazón e historia.

Durante décadas tuve que escuchar el murmullo de la locura, el asco y la repugnancia de los escasos compañeros de pupitre que tuve, y el miedo exacerbado de mi familia. Podía ver a mi propio reflejo sonriéndome, hablándome de amor y prometiéndome que no me dejaría solo. Por un tiempo fue un gran alivio. Creo que me enseñó a leer y comprender el mundo adulto durante mis primeros años de vida, pero después se convirtió en un bufón y una sombra que danzaba frente a mí con mi propio rostro, mis manos suaves y mis ojos azul zafiro. Un largo escalofrío recorría mi columna vertebral cuando escuchaba su voz diciéndome que me amaba, cuando el ordenador se prendía iluminando una pantalla oscura con un mensaje repetitivo de amor, comprensión y necesidad. Él era Goblin. Le puse nombre antes que otros me explicasen el significado de la palabra.

Tuve que soportar numerosos tutores. Pocos fueron agradables conmigo y con mi especial compañero de juegos. Creían que era un amigo invisible que cubría mis malos actos, mis contestaciones absurdas y las risas sutiles que podía llegar a contar con los dedos de la mano. Notaba su presencia a mi lado aunque no pudiese verlo. Era como el aliento de un muerto rozando mi nuca. Nunca creí que fuese un fantasma, sino un espíritu que se personaba ante mí intentando aliviar la misma soledad que yo sentía.

Al crecer me percaté que si estaba solo, hundido en mis miserias, no eran por los fantasmas de la casa, ni por vivir en un lugar que estaba marcado por los parapsicólogos, sino por él. Por hablar de él. Si evitaba el tema, lo ignoraba y seguía mi vida podía entablar ciertas relaciones. Sin embargo, él se volvía violento y misterioso. Hacía tal hincapié en ser escuchado que no podía huir de él en absoluto. En los breves viajes lejos del pantano donde me crié, mi adorado New Orleans, pude ver como él desaparecía, sin fuerza alguna, y supe que era mi vivienda la que le daba fuerza. El lugar que amaba era su cárcel, mi cárcel... nuestra celda.

Decidieron internarme en un hospital en New Orleans cuando sólo contaba con dieciocho años. Aquella noche, después de una evaluación psiquiátrica favorable, conocí a una joven. Ella era Mona Mayfair y puedo jurar que es, sin lugar a dudas, la criatura más hermosa que he podido ver. Acababa de conocer a mi nuevo tutor, un hombre caballeroso y amable, al cual dejé con miles de preguntas en el tintero y mi tía como carabina. Tuve que aproximarme a ella, junto a aquel hombre que decía ser un detective de lo paranormal y que recordaba fugazmente, para sonreír como un idiota y comportarme como un quinceañero que balbuceaba cosas absurdas que ella tenía como reales. Podía ver a Goblin, pero a Goblin no le gustó sentirse desplazado.

Ese fue el principio del final. Conocerla a ella fue la ruptura definitiva. Maduré. Comprendí al fin quién era, qué era el misterio de mi hogar, los diversos asesinatos y tramas grotescas que se habían dado, supe del paradero real de mi tatarabuelo y finalmente supe la verdad de mi linaje, de Goblin y del odio de mi madre.


Mi historia fue narrada en dos magníficos ejemplares, los cuales hoy acaricio con nostalgia. Me pregunto si el mundo me extraña. Tal vez nadie lo haga. Mona está frente a su portátil tecleando acelerada. Somos vampiros. Neófitos con poderes asombrosos y una maravillosa capacidad para evitar ciertos problemas. Ella ya ha conectado la radio. Benji habla de la nueva reunión que se dará en unas noches. No apareceremos. Es mejor que se guarde nuestros nombres en el corazón de quienes amamos. Por ahora deseamos estar alejados, comprendernos mejor y dedicarnos a ser Ophelia y Abelardo.  

domingo, 1 de marzo de 2015

Nada ni nadie es mejor que tú.

Tarquin ha decidido sacar nuevamente su vena romántica a pasear. Espero que les guste el texto que comparte con nosotros, aunque es para Mona.

Lestat de Lioncourt


Cada noche despierto con deseos de retenerte entre mis brazos y declararme en breves murmullos. Jamás he podido abandonar este pacto de amor y delirio. He desnudado mil veces mi alma y te he regalado cada verso que he leído, escrito o recordado. Te regalé la inmortalidad tras rogar a un Dios Oscuro, tan tenebroso como yo. Hubiese dado mi alma eterna por una sonrisa y por embriagarte con felicidad.

Tú eres la culpable de mi felicidad. Te culpo por todos los años en los que me he sentido secuestrado por la locura. He sido arrastrado por ti, tus manos y tu mirada. Acabé enloqueciendo por cada uno de tus besos. Mi alma se convirtió en esclava de tus deseos. Tú, amor mío, eras el fuego que iluminaba y calentaba mis noches más terribles. Y ahora, que te veo frente a mí, llena de pasión y descaro siento que vuelvo a caer al borde de tus tacones.

Nunca he podido pensar en mi vida sin ti. Una existencia sin tu voz, aroma y recuerdos sería sin duda vacía. Porque tú, amada mía, eres mi Ophelia y yo por siempre seré el caballero que corre a tus brazos, te saca del agua y aparta los pétalos que caen sobre tu cuerpo. Mi alma es la mitad de la tuya, ambos lo supimos aquel día. Estábamos destinados a convertirnos en uno solo. Compañeros eternos, a salvo del mundo y de la realidad tenebrosa que nos rodeaba. Siempre hemos estado condenados, pero la libertad la hemos saboreado al romper las reglas establecidas el uno con el otro.

Quiero verte salvaje y viva. Deseo observarte como una ninfa de las aguas, surgiendo de entre la profunda oscuridad y calma del pantano, dirigiéndote hacia tierra como si fueras una mística sirena. Necesito tenerte de nuevo otra vez besando mis labios, secuestrando mi aliento y alimentándome con la sangre de tus víctimas. Por favor, amor mío, seamos los demonios que atormentan al mundo y los jóvenes rebeldes que ocasionaron estragos en nuestro paraíso. Nada ni nadie puede compararse contigo. Desde que te conocí te he deseado, necesitado y amado. Nunca puse excusas para amarte ni fronteras para no tocarte. No tengas clemencia y ámame. Te hicieron para mí, pues eres lo que siempre soñé. Soy adicto al sonido de tus tacones y al desorden que provoca tus labios impulsando mi nombre con tu dulce voz.


Mi corazón es tuyo.   

domingo, 25 de enero de 2015

Amistades extrañas

Petronia ha querido hablar de Manfred. Hay amistades raras y luego esta...

Lestat de Lioncourt


Un golpe del destino. Uno tras otro. Como si fuera un combate a muerte y yo fuera el muerto. El que caerá en la arena abatido, sin aliento, sin tiempo y sin destino. Eso fue. Un golpe que se convirtió en soplo de aire fresco. Uno que no me tumbó, pero me hizo cambiar. Golpe tras golpe, portazo tras portazo, llegué a convocar a la caja de Pandora y la abrí. Comprendí entonces que necesitaba mi espacio, mi mundo, mi verdad y mi divertimento. Él sería mi marioneta, mi experimento, mi verdad y mi secreto. Fue un golpe, como he dicho. Nada más que un golpe.

Era un alma perdida. Ni sé porque ayudé a ese inútil. Quizás porque siempre me sentiré culpable por todo lo ocurrido con el Vesubio y Pompeya. Vi arder a cientos, mi mundo quedó sepultado bajo capas de lava ardiente y se ocultó durante siglos al ojo humano. Era como si todo lo que había vivido quedase perdido, como un vestigio de un sueño que nunca debió existir. Entonces, tal vez, por eso no me negué a colaborar con un inútil que se ahogaba en los charcos de Nápoles.

Ese estúpido e inocente muchacho se convirtió en un hombre, rico, poderoso, con el nuevo mundo bajo sus pies y una enorme mansión donde hacer de las suyas con su encantadora mujer. Yo sólo necesitaba un lugar donde mantenerme oculta de Arion, mi maestro, durante algunos días al año. La convivencia entre mortales es tirante cuando pasan los siglos, se vuelve monótona, y yo no quiero dejar a quien ha sido, y será, por siempre mi nexo de unión con mi lado mortal, soñador y vivaz. No deseo dejarlo, pero me canso. Él me dio ese golpe de efecto, ese soplo de aire fresco, aceptando que me quedase en sus nuevas tierras y de ese modo, como no, vincularnos para siempre.

Recuerdo la noche en la cual apareció. Estaba más viejo que nunca. Apestaba a muerte. Pude ver el miedo en sus ojos. Balbuceaba algo de un pacto nuevo. Él se quedaría a mi lado, haciéndome compañía y siendo los ojos donde yo quisiera, a cambio de una vida inmortal plena. No quería morir, pues sabía que iría derecho al infierno sin su Virgnia, su primera y única mujer.


Debí rechazarlo, pero me pudo el sentimentalismo barato. Y por eso, ahora, soporto a dos idiotas jugando al ajedrez.  

miércoles, 14 de enero de 2015

Ella mi flor mágica

Quinn ve a Ophelia Inmortal como una de sus flores. ¿Y quién es Ophelia? Pues Mona, claro. ¿Acaso no recuerdan?

Lestat de Lioncourt


Sí la miras verás a una mujer, pero si observas comprenderás que es algo más que unas bonitas curvas y unos ojos profundos. Ella era distinta. Tenía un aura completamente sobrecogedor cuando la vi. Se convirtió en lo único que existía en aquel restaurante. Aquellos ojos profundos, verdes y amargos. Esos que parecían cristalizarse a cada instante mientras me incitaban. Me guiñaban una verdad desconocida. Acabé adentrándome en un valle de placer. Creo que caí en una espiral de desconcierto y amor. Mi corazón no paraba de palpitar y me sentí enfermo. Quizás enfermé aquel día de una locura especial llamada amor.

Su cabello rojo era fuego intenso en mitad de aquel paupérrimo lugar. Muchos enfermos parecían disfrutar de la cubertería de lujo, la comida sofisticada y la compañía de aquellos que les habían ido a visitar. Era el restaurante de un hospital, pero no lo parecía. Ni siquiera pensé que ella pudiese estar enferma, herida de muerte, sino que vi a la mujer de mi vida sentada a pocos metros con una encantadora sonrisa.

Estoy seguro que no acabé de cruzar los límites entre la adolescencia y la madurez hasta ese momento. Creo que en aquel instante me convertí en un hombre. Me arriesgo a pensar que aprendí que era un capricho y un amor a primera vista. Supe que estaría a su lado toda la vida mimándola y consolándola. No sé como sucedió, pero ocurrió. Me dejé arrastrar.

Ahora escucho sus tacones en el piso superior. Camina furiosa. Puedo escuchar sus exasperaciones. Temo ir y preguntar qué ocurrió. El ramo de flores que he adquirido en una pequeña floristería yace entre mis brazos, acariciando mi americana negra y mi corbata perfectamente anudada. Ella está a punto de gritar. La conozco muy bien. Y furiosa, como está en ese momento, me excita. Me enloquece escuchar esos tacones de aguja, saber que viste un traje minúsculo y tiene ese perfume que yo le regalé adquirido en una tienda de lujo en París. Sí, tan hermosa y fatal. Si la considerara una flor posiblemente sería belladona. Es una flor que no tolera en absoluto la exposición al sol, pertenece a las plantas tachadas “hierbas de brujas” y tiene una belleza mágica con unas cualidades mortíferas.

Cuando ella llora mi corazón se retuerce. Siento que me ahogo. No puedo verla infeliz. No es sólo por amor, sino porque su rostro se ensombrece y su belleza parece pecado mayor. Tiemblo cuando la escucho porque sé que me perderé aún más en su deliciosa alma. Pero ahora no va a llorar, sino a estallar. Si no he subido es porque espero a que me llame para acudir, abrazarla y sosegarla entre mis besos.


—¡Quinn!

miércoles, 7 de enero de 2015

Mi reflejo

Quinn le hizo algo a Goblin. La verdad es que no tenían culpa. 

Lestat de Lioncourt


Recuerdo como me miraba. Esos ojos tan similares a los míos con esa sonrisa pérfida. Era todo el dolor y oscuridad que yo jamás quise aceptar que tenía. Su aspecto era llamativo, pues era el mismo. Usaba mis prendas favoritas, a veces incluso lucía las mismas con una elegancia que me abrumaba. Quedé impactado cuando sus manos recorrieron mi cuerpo y sus labios rozaron mis mejillas. No supe huir.

Desconozco si me amaba tanto como para odiarme. Durante años estuvo perdido, a oscuras, por mi marcha a lugares donde parecía que jamás llegaría. A mi regreso me dio la espalda, me hundió en palabras crueles y me atacó. Yo, lo único que tenía, le había abandonado. Era lógico que reaccionara de ese modo. Sin embargo, no sabía quien era.

Cuando era pequeño intentaron confundirme. Siempre estaban las palabras amables y baratas de «Es tu amigo imaginario», pero se descubrió que todos podían sentirlo o verlo. Aquello me torturó. Me dolía que muchos pudiesen haberlo visto y me tacharan a mí de enfermo.

No son pequeñas mentiras piadosas. Son mentiras que hieren. No me lo esperaba de ellos. Me dolió. Sin embargo, perdoné porque en mi corazón estaban todos y cada uno. Hicieron aquello por bondad y no por maldad. Si bien, no fue lo único que guardaron.


Goblin era Gawain Blackwood, mi hermano gemelo. Un hermano que murió al poco de nacer. Alguien que dio su vida para que yo viviera. Yo me desarrollé dejándolo a la sombra. Fue terrible. Cuando lo supe quise morirme. Comprendí entonces todo. Él sí me amaba, pero le di la espalda. Quizás era quien más me quería en esa casa. Pero a la vez me odiaba porque conseguí una vida, cosa que él perdió para siempre. Debería odiarlo porque él mató a tía Queen, pero hace mucho tiempo que he perdonado ese acto bárbaro y sin sentido. Era mi hermano, un niño asustado por siempre en medio de la oscuridad.  

domingo, 28 de diciembre de 2014

Hermandad

Frente a frente como al principio de todo. Con los ojos clavados el uno en el otro. Sin posibilidad de huir. Su pasado pesaba sobre sus hombros, pero seguía pareciendo el mismo joven que conocí tiempo atrás. Sabía que aguantaba las lágrimas y hacía un enorme esfuerzo en contener su emotividad. Yo también lo hacía. Me concentraba en no reclamar sus pasos, como si fuese pecado hablar del tiempo que había transcurrido desde que nos vimos por vez primera. Su cabello rizado estaba perfectamente peinado, como aquel día, y vestía un traje impoluto de líneas muy clásicas. Parecía un maniquí sacado de una de las tiendas de sastres más importantes de toda la ciudad. Por el contrario, yo vestía de modo informal con una americana de lino blanca, una camisa negra ligeramente desabrochada y unos jeans ajustados que terminaban en unas botas de típico cantante rock. Mi pelo era un desastre. Pero no hablemos de mí, mis gafas de sol tintadas en tonos violáceos ni los auriculares que descansaban a ambos lados de mi torso. No. No había que hablar de mí, ni de la habitación simple y acogedora, la ventana entreabierta con el pantano de fondo y la verdad que moría lentamente entre sus aguas.

¿Y de qué tenía que hablar? ¿Tal vez del silencio que cantaba entre nosotros? ¿Del zumbido de los mosquitos? ¿De qué? No quería aterrarlo con mis pensamientos, pues desconocía si eran fruto de mis recuerdos y necesidades o simplemente Amel le daba un impulso extraño a mis deseos. Tan sólo guardé silencio sepulcral y él sonrió gentil hasta prácticamente echarse a reír. Extrañaba esa boca carnosa curvada, del mismo modo que la chispa de sus ojos.

Eché mi cuerpo hacia atrás, acomodé mis piernas estirándolas y cruzándolas, para luego suspirar cerrando mis ojos. Me sentía en la gloria. Estaba nuevamente en la ciudad donde mis mejores musas surgían de debajo de cada piedra, tronco podrido o baldosa. Sin embargo, al mirar de nuevo hacia donde él estaba, desapareció. Él no estaba allí. La silla seguía pegada a la mesa, la luz nocturna incidía sobre la madera hinchada por la humedad y el silencio era profundo. Él no estaba.

Me eché a llorar. No sabía si eran apariciones o locuras mías. Quizás me estaba convirtiendo en el Quijote de los vampiros. Tal vez todo lo que había ocurrido me daba falsas esperanzas. Desde que supe que habían muerto vampiros jóvenes, que prácticamente estaban empezando a vivir, algo en mí se quebró. Es cierto que he matado a otros, pero aquellos que se adentraban en mi territorio de forma hostil o buscaban asesinar a mortales por capricho. Aún apreciaba la vida.


Lestat de Lioncourt

miércoles, 17 de diciembre de 2014

Hermanito

Siempre pensé que te encontraría cuando quisiera. Jamás creí que te perdieras en mitad de la oscuridad. Tus pasos ya no los encuentro, es como si los hubiesen borrado a conciencia para que olvidara tus vibrantes ojos azules. Sin embargo, todo lo que hemos vivido es imposible olvidarlo tan fácilmente. Nadie podrá romper el vínculo que nos unió. Era una hermandad cuasi perfecta que se ha convertido en uno de los pasajes más extraños de mi vida.

Apareciste de la nada con tus gestos torpes, tus ojos ilusos y una juventud cargada de estúpidos pensamientos sobre mi heroicidad. Me amabas sin conocerme, como si fueses un simple mortal. Amabas los libros que yo había escrito, el eco de mi voz en el tiempo convertidos en éxitos de venta. Esos dedos largos, suaves y delicados me hablaban de una esmerada educación. Tu ropa bien elegida, el cabello delicadamente cepillado y tus labios temblorosos decían a gritos que eras sólo un niño dándoselas de hombre.

En mi época los hombres se curtían peleando, cazando, luchando por la supervivencia y aceptando su destino con absoluta resignación. No eran como tú y como yo. Sobre todo no eran como tú. Se habían dedicado a tenerte entre almohadones dándote todo. Cuando te viste indefenso frente al monstruo que alimentaste, porque no dejaste de enfrentarte a él causándole curiosidad y admiración, no pudiste correr ni usar las escasas armas que poseías.

Tarquin siempre serás el chico que vino a visitarme, el muchacho que estaba aterrado por el fantasma de su hermano y que había sido convertido de la forma más bruta que jamás he escuchado. Tu narración me calentó el corazón y provocó que te amara. Tu admiración me hizo estallar en carcajadas unísonas a las tuyas. De haber sabido que te tomaría tanto cariño jamás habría permitido que te fueras.

Quinn... faltan tus flores en el cementerio. Tía Queen está esperándote enterrada allí, con sus pequeños huesos y su elegante traje, igual que tus abuelos. ¿No extrañas la ciudad? ¿No echas de menos el Carnaval y las celebraciones más típicas? Ya hay villancicos y yo no puedo dejar de recordar como llorabas con Noche de Paz. Hermanito, ¿qué te hemos hecho para que no regreses a casa? Dile a esa pelirroja peligrosa y atractiva que se cuelgue de tu brazo, sonría y te diga con suma inteligencia que es hora de volver a casa. Volved. La voz se ha llevado a cientos, pero quiero pensar que vosotros sois tan inmortales como mis recuerdos.




Lestat de Lioncourt 

miércoles, 29 de octubre de 2014

Monstruo

Petronia de nuevo apareció y dejó algo que no suele dejar: sentimientos que no sean de rabia. 

Lestat de Lioncourt


La oscuridad puede ser tu única compañía cuando la soledad enmudece tus lágrimas, ata tus manos impidiendo que la libertad avance y sesga cualquier sueño agradable. Durante años me convertí en una marioneta rabiosa. Un animal de presa que lanzaban sobre las arenas de un coliseo para que desgarrada a mis víctimas. La barbarie yacía a mi alrededor, se agitaba como un junco contra el viento, y podía ver en miles de ojos la verdad más cruel.

Me convertí en objeto de deseo para muchos. Codiciaban mi talento desgarrando gargantas. No pensaban en mí como un ser humano, sino como una bestia sedienta de sangre. Mis manos se mancharon en miles de ocasiones del carmín que derramaban mis víctimas. Me vestí de dolor. El luto era mi emblema. Dejé de sufrir cuando comencé a verlos a todos como seres sin alma.

Acabé siendo arrastrada a lugares más turbios. Muchos deseaban palpar mi rareza. Me observaban como si fuera un mito. Besaron mis labios con sed, acariciaron mi piel como si fuera seda y acabaron arrancándome los últimos sueños que conservaban. Fui la ramera que deseaban, el muchacho joven que tanto les apetecía, el monstruo que no convertía en piedra y les ofrecía placer...

La rabia quedó en mi pecho, pero no así el odio. Comprendí que la bondad se podía encontrar en el ser más insospechado. Sonreí al tomar su mano, sentirme digna de alguien o algo, y finalmente me creí tan fuerte que deseé perdonar. Si bien, nadie perdonó mi rareza. Arion, mi creador, suele decir que soy una joya poco valorada aunque hermosa, valiosa e imposible de olvidar. Desconozco si tiene razón, pero aprecio que me mostrara que tras la máscara puedo ser algo más que un monstruo.


Mi dolor se ha convertido en parte de su dolor, sus deseos se han convertido en parte de los míos. Acompañarlo es a veces una tortura, pero siempre se convierte en una experiencia fascinante. Quizás no seamos los mejores compañeros, aunque siempre me agradará escuchar de su boca que no soy la alimaña que todos creen.  

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt