Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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miércoles, 27 de abril de 2016

Yo sólo quería...

Lo mejor de todo lo que he leído de estas memorias es: No sé qué salió mal. 
¿No sabes? ¡Dios santo, Armand!

Lestat de Lioncourt 


La cocina era un desastre pero para mí aquel lugar lleno de mugre, de azulejos grasientos y electrodomésticos básicos, era un paraíso. La tecnología había avanzado considerablemente en las últimas décadas y yo había estado demasiado desconectado hasta el punto de haber caído en mi propio pozo de oscuridad, silencio y abandono. Observaba la tostadora como si fuera un artículo infernal porque me parecía asombroso que pudiese calentar rebanadas de pan, el cual podía durar semanas gracias a unos compuestos químicos que se les añadía en la producción, en menos de un minuto e incluso llegar a carbonizarlo. Sin embargo mi favorito era el microondas, la licuadora y la trituradora de carnes.

Daniel descansaba después de patearse la ciudad huyendo de sus propios temores, de sus amargos deseos e intentando sobrevivir de algún modo a la locura que caía sobre sus jóvenes hombros. Hacía algo más de un año que nos habíamos conocido y la persecución acabó en carrera para terminar en una convivencia extraña. Solía visitar su apartamento en pleno centro de San Francisco y merodeaba cada una de las calles aledañas.

La ciudad era atractiva y parecía brillar por ella misma. Me gustaba ir a los salones recreativos a mezclarme con muchachos de quince a dieciocho años que jugaban sin cesar casi toda la noche. Los videojuegos eran atractivos y tenían sonidos estridentes, así como nombres sugerentes y misiones que te hacían ser violento de forma legal. Pero lo que más me gustaba era mi compañero.

No había elegido a ese pobre periodista de vagabundos pensamientos racionales únicamente por haber conocido a Louis. Me había centrado en él porque tenía información de primera mano al ser periodista, él se movía como pez en el agua en zonas peligrosas buscando noticias de interés e informadores que diesen veracidad a los relatos que iban recorriendo la ciudad. Poseía contactos en la policía, ladrones de medio pelo, camareros de tugurios y otros empresarios destacados de la ciudad. No era un gran periodista, pero le gustaba retratar el caos urbano en sus sinceras descripciones.

Yo me esforzaba por ser algo más que una carga y por eso esa misma noche planeé ofrecerle un banquete. Pese a encontrar restos de comida china en la basura, unas latas de refresco y un cartón de leche abierto en la desértica nevera creí que debía alimentarlo. Mi madre siempre creyó que mi padre se había enamorado de su talento para la cocina más que en su fortaleza o belleza física. Siendo sinceros siempre pensé que se había enamorado de ella porque aguantaba mejor que él el alcohol.

Salí del apartamento y regresé cargado de varias bolsas de carne, vino para guisar y otros productos que encontré de oferta en el supermercado. Seguí las instrucciones de la pasta, los tomates fritos y la receta que venía en el libro de cocina que había adquirido minutos atrás. Pero yo soy un creativo así que empecé a echar productos que había agarrado de distintas zonas del supermercado y que tenían nombres llamativos, poderosos colores y aromas agradables. Algunos eran especias, otros líquidos de colores y diversas pastas dentífricas que creí que serían idóneas para cuidar sus dientes.

—¿Qué demonios estás haciendo?—dijo entrando en la cocina.

Había acabado por despertarlo quizá por el ruido o tal vez por el aroma de la deliciosa comida que estaba preparando. Se frotó el rostro con las manos, se colocó las gafas y me miró de arriba hacia abajo. Vestía unos jeans desgastados, una camisa con las mangas mal cortadas por unas tijeras casi oxidadas, un delantal blanco con pequeños fresones decorándolo y unas zapatillas de peluche con forma de gatitos púrpuras.

—He ido al supermercado y he comprado algo para que comieras bien...—dije girándome con la cuchara de madera en mi mano derecha, como si fuera una barita mágica—. También me he comprado estas cómodas zapatillas, ¿quieres probarlas?

—No—respondió mirando todo el desastre del fregadero, los numerosos platos sucios, el tomate salpicándolo todo por los borbotones, los envases en la basura y la pasta humeante en un escurridor de verduras—. ¿Qué coño estás preparando?

—Pasta con carne de ternera y tomate... ¡Tiene mi toque personal!—dije orgulloso.

—No pienso comerme esa mierda.

Nada más decir eso me sentí herido, rechazado y humillado. Había estado horas en la cocina para que él comprendiera que era todo para mí. No sólo era mi experimento humano, sino que yo le amaba.

—Pensé que te gustaría...—balbuceé a punto del llanto.

—¿Comer algo que tú has cocinado? ¡Ni loco! A saber qué mierda habrás echado—dijo rascándose el culo por dentro de la ropa interior.

Él estaba casi desnudo mostrando su cuerpo delgado con los huesos de sus costillas marcados, tanto como el de sus clavículas y rodillas. Siempre me pareció un chico muy enclenque en muchos sentidos. Yo sólo deseaba que ganara peso y fuerza.

—Estás hiriendo mis sentimientos...—susurré agarrando la cuchara de madera con ambas manos.

—Mierda, no—suspiró—. No te pongas a llorar y no me mires así.

—Yo sólo quería que vieras que te quiero...—rompí a llorar en silencio dejando que mis mejillas se mancharan por lágrimas sanguinolentas. Mi corazón se había desquebrajado en menos de unos minutos.

—¡Está bien! ¡Me comeré esa porquería!—contestó acercándose a mí para apartarme del fuego y poder servirse.

Cinco minutos después estaba vomitando aferrado al retrete y clamando que llamara a urgencias. Supongo que no fue buena idea usar limpiasuelos perfumado con lavanda para hervir los macarrones, que tampoco fue idóneo salpimentar la carne con polvos de talco y pasta de dientes, aunque creo que lo que le cayó realmente mal fue el tabasco y el wasabi del tomate frito. ¡Pero juro que todo olía bien! A día de hoy no sé bien en qué fallé.

—¡Llama a urgencias!—gritó molesto aunque su rostro estaba pálido. Tenía las venas del cuello muy marcadas y los ojos enrojecidos. Creo que ni siquiera veía bien porque cuando corrió al baño se tropezó y perdió sus gafas por alguna parte del salón.

—¡Urgencias! ¡Urgencias!—grité correteando por el pasillo.

—¡Al teléfono!—dijo aún más furioso antes de colocar de nuevo la cabeza en el borde del inodoro. Sus manos se aferraban a la frágil tapa de plástico y su espalda se encorvaba.

—¡Urgencias! ¡Urgencias!—inicié mi llamada garrando el teléfono inalámbrico mientras gritaba.

—¡Marcando el número!—respondió a mis gritos mientras se giraba mareado y sin fuerzas.

—¡Marcando el número de Urgencias!—dije con el aparato entre mis manos.

—Dame ese maldito teléfono... ¡Dámelo!—se incorporó temblequeando y me lo arrebató cayendo de bruces mientras marcaba el número.

Varios minutos después las sirenas viajaban por la avenida generando un estruendo terrible. Eran casi las dos de la mañana y muchos vecinos se asomaron curiosos. Yo bajé con él con su chaqueta sobre mis hombros y aún con mis cómodas y hogareñas zapatillas. No quería apartarme de él pero cuando entré en la ambulancia, para marcharnos al hospital, me miró como si quisiera asesinarme.

—¡Tú no me quieres a menos que me quieras muerto! ¡Maldito psicópata! ¡Cómo pudiste echarle esas porquerías a la comida!—decía mientras le inmovilizaban e iniciaban el viaje al centro hospitalario más cercano.

Creo que desde esa noche Daniel comenzó a odiarme y nunca he podido solucionar mis errores. Sin embargo sigo preguntándome qué pudo salir mal. Yo sólo quería que él se alimentara adecuadamente.



domingo, 25 de enero de 2015

Amistades extrañas

Petronia ha querido hablar de Manfred. Hay amistades raras y luego esta...

Lestat de Lioncourt


Un golpe del destino. Uno tras otro. Como si fuera un combate a muerte y yo fuera el muerto. El que caerá en la arena abatido, sin aliento, sin tiempo y sin destino. Eso fue. Un golpe que se convirtió en soplo de aire fresco. Uno que no me tumbó, pero me hizo cambiar. Golpe tras golpe, portazo tras portazo, llegué a convocar a la caja de Pandora y la abrí. Comprendí entonces que necesitaba mi espacio, mi mundo, mi verdad y mi divertimento. Él sería mi marioneta, mi experimento, mi verdad y mi secreto. Fue un golpe, como he dicho. Nada más que un golpe.

Era un alma perdida. Ni sé porque ayudé a ese inútil. Quizás porque siempre me sentiré culpable por todo lo ocurrido con el Vesubio y Pompeya. Vi arder a cientos, mi mundo quedó sepultado bajo capas de lava ardiente y se ocultó durante siglos al ojo humano. Era como si todo lo que había vivido quedase perdido, como un vestigio de un sueño que nunca debió existir. Entonces, tal vez, por eso no me negué a colaborar con un inútil que se ahogaba en los charcos de Nápoles.

Ese estúpido e inocente muchacho se convirtió en un hombre, rico, poderoso, con el nuevo mundo bajo sus pies y una enorme mansión donde hacer de las suyas con su encantadora mujer. Yo sólo necesitaba un lugar donde mantenerme oculta de Arion, mi maestro, durante algunos días al año. La convivencia entre mortales es tirante cuando pasan los siglos, se vuelve monótona, y yo no quiero dejar a quien ha sido, y será, por siempre mi nexo de unión con mi lado mortal, soñador y vivaz. No deseo dejarlo, pero me canso. Él me dio ese golpe de efecto, ese soplo de aire fresco, aceptando que me quedase en sus nuevas tierras y de ese modo, como no, vincularnos para siempre.

Recuerdo la noche en la cual apareció. Estaba más viejo que nunca. Apestaba a muerte. Pude ver el miedo en sus ojos. Balbuceaba algo de un pacto nuevo. Él se quedaría a mi lado, haciéndome compañía y siendo los ojos donde yo quisiera, a cambio de una vida inmortal plena. No quería morir, pues sabía que iría derecho al infierno sin su Virgnia, su primera y única mujer.


Debí rechazarlo, pero me pudo el sentimentalismo barato. Y por eso, ahora, soporto a dos idiotas jugando al ajedrez.  

miércoles, 16 de abril de 2014

Lo que pasa en Las Vegas...

Este fic está dedicado a nuestra amistad, nuestra confianza mutua, y el respeto que tenemos entre nosotros. Bueno, eso dice Armand.

Lestat de Lioncourt


Al principio creí que sería buena idea. Juro por todo lo que amé alguna vez, amo y amaré que jamás creí que todo terminaría de esa forma. No sospeché que pudiéramos acabar de ese modo. Realmente sólo quería que pasáramos un buen rato lejos de cualquier problema. Huir de la rutina, hundirnos en una especie de camaradería y finalmente ayudar a Lestat. Todo era por él.

Es cierto que muchos creen que no podemos comprendernos, estar más de cinco minutos juntos sin pelearnos o simplemente gozar de una conversación fluida sin insultos, quejas y reproches. Sin embargo es absurdo. Pese a todo yo aprecio a Lestat y él me aprecia a mí, pues me lo ha dicho en alguna ocasión; no obstante, aunque jura odiarme sólo lo dice por despecho. Por eso mismo, por el amor que nos profesamos en silencio, tuve una idea que sin duda veía brillante y perfecta. Él necesitaba unas vacaciones y yo se las daría, o al menos ese era el plan. Unas vacaciones lejos de cualquier preocupación malsana.

A pesar que tengo una isla en la cual gozo de todas las atenciones y comodidades sopesé que era mejor un entorno distinto para llevar a Lestat. Durante varios días guardé en celoso secreto mi plan, pero David me descubrió y acabó contándoselo a Louis.

—Debiste decírmelo—dijo con las manos colocadas en sus caderas—. Armand, santo dios... ¡Eso que quieres hacer es una locura!—exclamó mirándome con cierta severidad— ¿Has pensado si él quiere ir? ¿Has pensado esa posibilidad?—preguntó frunciendo el ceño mientras caminaba de un lado a otro en la habitación.

—No—respondió con simpleza.

—Yo tengo una idea ¿y si le incendiamos la casa?—habló Louis acomodándose la chaqueta de cachemire que David le había obsequiado. Era sin duda un acierto. Él se veía elegante, sofisticado y con un aire seductor que jamás había logrado a ver en su mirada—. Si tiene una ocupación en mente se...

—¡No!—gritamos al unísono.

—Era sólo una idea—susurró llevándose los dedos índice y corazón de la mano derecha a sus labios. Tenía una sonrisa enigmática y seductora, la cual sólo usaba cuando tramaba planes terribles.

—Louis hemos dicho que no—comentó David—Y bien, cuéntanos tu plan.

—Lestat necesita salir de New Orleans aunque sea unas horas—dije mirando la lámpara del techo. Era una obra de arte, sin duda alguna, y Lestat estaba comprando nueva decoración para la mansión porque todo le recordaba a ella.

Rowan había puesto su toque femenino y parte de su personalidad. Cada objeto, aunque fuese pequeño, que ella había movido de sitio o adquirido le traía a él amargos momentos en los cuales, como no, le provocaba pánico, dolor y por supuesto rabia. Nuestro viejo amigo se había aventurado a ofrecer su corazón sin reservas, pero siempre hay algo que no cuadra y se sale de tus planes. Las alfombras, cortinas, algunos muebles elegantes y sobrios, así como varias esculturas habían sido cambiadas, vendidas o simplemente enviadas al desván, por otras distintas.

—¿Y dónde piensas llevarlo?—dijo David mientras se sentaba en uno de los cómodos sofá de cuero color caramelo que había en la sala.

Era una de las salas más elegantes y distendidas. Su aspecto rectangular recordaba a un pasillo amplio, pero tan amplio como puede ser una biblioteca. Había algunas estanterías con volúmenes gruesos, pero sobre todo había objetos hermosos llenos de arte. Las esculturas, cuadros y jarrones que allí se encontraban pertenecían a una colección llamativa por sus contrastes y rica, muy rica. A pesar que eran objetos de distinta época encajaban, pues era como un pequeño museo, y en el centro había algunos sofá cómodos donde sentarte a contemplar los cuadros o las hermosas vidrieras. Lestat era un loco apasionado por la belleza, como todos nosotros, y había hecho que su vivienda, el nuevo refugio que había logrado adquirir, fuera terriblemente sobrecogedor.

—Las Vegas—respondí sin pestañear.

—Claro, vayamos a Las Vegas todos y vistámonos de Elvis. ¿Por qué no? Venga Louis, vayamos a los casinos y corramos por las calles como borrachos noctámbulos con ganas de ir a ver chicas desnudas bailando para nosotros—se echó a reír y luego me miró serio—. No.

—David...

—Es mala idea. No quiero recordar como acabó el hotel de Brasil después de nuestra escapada—susurró llevándose las manos al rostro para frotárselo.

—¿Cómo acabó?—pregunté por curiosidad, pues desconocía la historia.

—Incendiado—se animó a contestar Louis con una ancha sonrisa.

—No sé para que pregunto—dije antes de aproximarme hasta David para sentarme a su lado, Louis hizo lo mismo dejándolo en medio de los dos—. Pero es buena idea.

—¿Y cómo le convencemos? No quiere moverse de aquí—respondió mirándome a los ojos—. Armand...—suspiró y tomó fuerzas para decirlo— investigo para él junto a mi equipo, todos y cada uno de los hombres que ahora poseo a mi servicio, únicamente para dar con el paradero de Rowan. No he querido confesarle que está en San Francisco, donde se crió, y es porque ella no quiere ser encontrada. Es mejor así. Él quiere aparentar que no la necesita, pero sí, y ella quiere poner, a ser posible, un mundo entre ambos.

—Entonces yo tengo razón—fruncí el ceño y miré a Louis—. ¿Aún lo quieres?

—No es de tu incumbencia—respondió cruzándose de brazos.

—No le amas, pero le quieres. A tu modo le quieres. Igual que yo a mi modo le quiero—tomé el brazo izquierdo de David y tiré de él—. Y tú... y todos.

—¿Y quién nos ayudará? Porque convencerlo será imposible—dijo David.

Nos quedamos en silencio antes de mirarnos todos y sonreír. Pensamos que un único vampiro en éste mundo podía influirle en éstos momentos: Tarquin Blackwood.

El joven Blackwood era un vampiro enérgico, aunque a veces melancólico, con el cual se movía por New Orleans en su limusina o simplemente salían a pasear disfrutando de la compañía de ambos. A veces los acompañaba Mona, pero la mayoría de las ocasiones lo podían ver juntos riendo en algún café. Sí, el chico de ojos azules y tristes podía ser sin duda el apropiado.

Convencer al muchacho fue coser y cantar, pero el viaje en avión se complicó debido a la pequeña escala que teníamos que hacer. Louis detestaba viajar de ese modo, aunque no podía hacer nada por evitar los vuelos, y David se dedicaba a leer su revista mientras Lestat hacía comentarios absurdos. Quinn decidió mantener informada a su Ophelia.

—Sí cielo, sí. En cuanto lleguemos al hotel yo te llamo. No amor, no. No haré nada indebido. Sabes que soy un caballero. Sí, sé que Lestat es alocado pero no pasará nada. Cariño, vamos a pasar una noche relajada y regresar. En serio, sólo un paseo y volvemos—hablaba por el móvil mientras Lestat y yo le observábamos. Cuando colgó suspiró largamente y se echó a reír—. Si alguno de ustedes le dicen a Mona que vamos a Las Vegas sin ella me matará, os matará y hará explotar New Orleans.

—Palabra—dijo Lestat acomodándose en el asiento—¿Por qué llevas eso?—comentó intentando tocar mi batidora.

—¡No la toques! La usaré para mi cóctel especial—sonreí estrechándola con firmeza—. Sólo lleva alcohol y sangre, en serio.

Cuando llegamos al hotel, en la suite especial, habíamos encontrado el paraíso. Todo era lujo, conforto y belleza. Estábamos acostumbrados a cosas así, pero sin duda estando los cinco era algo único. No conocía mucho a Tarquin así que era una oportunidad de lujo para conocer qué tramaba aquel chico de campo, aunque con unos elegantes modales y una pose de caballertito de otra época.

El cóctel fue bien, metí un par de ingredientes únicos, y al despertar todo fue un caos. Juro que no recuerdo bien como ocurrió, pero creo que me excedí al mezclar algunas drogas que había encontrado en los bolsillos de un camello. Mucho alcohol, sangre, drogas y tabasco. No sé porque pero despertar fue lo peor.

—Mona, Mona...—susurró alguien en mi nuca y cuando me giré para verlo era Tarquin.

Me levanté de inmediato y noté que llevaba los calzoncillos, cosa que agradecí, pero de inmediato escuché un grito espantoso. Venía de la habitación de David.

—¡Pantera! ¡Pantera!—gritó saliendo de la habitación para atrancarla con varios muebles— ¡Hay una jodida pantera en mi cama! ¡Conmigo! ¡Dormía abrazado a ella! ¡Joder!

—¿Qué pasó?—preguntó Tarquin completamente desnudo mientras se levantaba del colchón colocándose la sábana a modo de toga.

—No lo sé—me encogí de hombros y noté que faltaba alguien, o más bien un par—. ¿Y Louis y Lestat?

—Yo estoy aquí—dijo Louis saliendo de detrás de una cortina vestido de novia—¿Por qué llevo esto?

David seguía mirando la puerta completamente descompuesto, desnudo y con un sombrero de vaquero en la cabeza. No me preguntéis por el sombrero de vaquero pues desconozco de dónde, cómo y porqué lo llevaba. Louis parecía desconcertado y a punto de llorar como jamás lo había visto.

—No recuerdo nada—susurró mi viejo amigo antes de intentar quitarse el traje de novia.

—¡Queréis hacerme caso! ¡Hay una pantera ahí dentro!—gritó provocando que me echara a reír, aunque ciertamente la situación era incómoda.

La habitación estaba hecha un desastre y Louis parecía frustrado. Sin embargo una vez recuperamos todos nuestras ropas intentamos poner orden en el asunto. David llevaba un anillo de bodas y Louis llevaba el juego, así que ellos se habían casado. Tarquin y yo estábamos en silencio y nos mirábamos de reojo. No sabíamos porque dormíamos juntos ni queríamos saberlo.

—¿Y Lestat?—preguntó David— Deberíamos irnos antes que la pantera nos atacara.

—Hay dos sofá, una puerta y vete tú a saber que más ahí colocado de barrera. No pasará nada—dije con mi batidora de nuevo entre mis manos—. Chicos creo que la culpa es mía.

—No me digas, no me di cuenta. ¡Genio!—gritó Louis a punto de abalanzarse sobre mí, pero lo detuvo David.

—¿Qué hacemos? ¿Dónde puede estar?—pregunté esperando que alguno me respondiera.

—Jugando en el casino—dijo Tarquin—. Yo iría allí.

Al ir al casino, el cual se encontraba en el hotel, no lo encontramos. Tarquin, eso sí, encontró su gran amor en la mesa de poker y los dados. Estaba de racha, aunque realmente trucaba el juego a su conveniencia. David y Louis estaban callados mirándose el uno al otro, observando sus anillos y aceptando el hecho. Ambos, en otra época, se habían imaginado la boda de sus sueños con otras personas. Aunque supongo que David siempre pensó morir soltero, pues era un lobo solitario. Si en esos momentos compartía vida con mi viejo y cínico amigo era por un hecho fundamental: lo amaba. Sin embargo Louis no amaba lo suficiente a David, pues su corazón se había quedado roto y el amor no era lo más importante para él.

—¡Estoy llorando!—escuché decir a Tarquin en alguna ocasión—¡Voy a secarme las lágrimas con billetes de cien pavos!—exclamó.

Aunque en realidad podía hacerlo antes inclusive. Petronia se había asegurado de hacer un suculento pacto con los Blackwood, aunque estos hacía mucho que no tenían sangre Blackwood sino Mayfair. Si bien, no estoy muy seguro de ello. Tarquin es una mezcla extraña entre Virginia Lee y Julien Mayfair, aunque ¿quién sabe? Todo es posible en ésta vida. Realmente no creo que pasara algo entre nosotros, pues no sentía las piernas cansadas. Pero es extraño despertar al lado de alguien que casi no conoces y no recuerdas el motivo. Sin embargo acepto que fue divertido. Ahora que recuerdo todo no puedo dejar de reír a carcajadas. 

Después de dos horas buscando a Lestat, llamando a su móvil al cual no contestaba, apareció vestido de Elvis con un par de chicas a ambos lados. Por lo que supe se había despertado en la cama de una de ellas y decidió seguir la fiesta. Lógicamente cuando Louis supo todo le prendió fuego al tupé de pega que llevaba y las chicas huyeron.


Todos hicimos un pacto de silencio, pero Mona se ha enterado y creo que no tengo porque mantener la boca cerrada. En fin, fue divertido. Pero lo importante es que he hecho un cóctel nuevo para experimentar con Marius. Yo llamo a mi invento: El Men In Black. ¿Por qué? Porque hace lo mismo que los chismes esos que llevan los hombres de negro en la película, sí eso que llaman el desmemorizador.  

jueves, 27 de marzo de 2014

Por un beso

Bonsoir 

Arion y Petronia tienen sus momentos en cierta románticos, aunque siempre poseen también un poco de humor y violencia. 


Lestat de Lioncourt



La primavera había llegado a Nápoles. El clima se había llenado de inestabilidad. Algunas noches era fresco y otras caluroso, había pequeñas lloviznas pero luego podías ver las estrellas en los montes, y sobre todo era agradable pasear por las calles observando los pequeños cambios. Los árboles comenzaban a cubrir sus ramas desnudas y las macetas se llenaban de flores. En los jardines era habitual ver parejas de la mano a primeras horas de la noche. Los café, bares y demás antros nocturnos iban tomando vida más allá de los fines de semana. El mundo se estaba llenando risas, palabras indiscretas, comentarios al azar y una sensación de pasión intensa.

Petronia se hallaba en el balcón. Su menuda silueta estaba inclinada hacia delante y sus codos se encontraban apoyados en la barandilla. Tenía el rostro sereno y el cabello al aire. La suave brisa movía la fina tela de su vestido. La noche era agradable y ella había decidido sacar toda su feminidad.

—Es una noche magnífica para contemplar a una musa—dijo con su voz templada y masculina provocando que ella se girara.

Era Arion. Se encontraba en la entrada al balcón. Su camisa blanda de algodón estaba ligeramente abierta, los tirantes negros marcaban su pecho y los pantalones negros de pinza eran muy elegantes. Llevaba uno de esos mocasines de cuero que solía adquirir en las tiendas más exclusivas de Roma. Tenía un sombrero de ala ancha sutilmente colocado de lado y los puños de su camisa estaban remangados hasta su codo. Posiblemente había estado reunido gran parte de la noche. Ya habían dado las doce y ambos se encontraban por primera vez en una semana. Había huido de sus brazos, alejándose en los pantanos de New Orleans y visitando a Quinn. Ella sentía cuando la necesitaban y se preocupaba por el muchacho, aunque éste pensara que era un monstruo cruel sin corazón.

—¿Dónde estabas?—preguntó sin girarse a contemplarlo.

Los ojos dulces y profundos de Arion jugaban por las curvas poco acentuadas de Petronia. Tenía unas caderas casi diminutas, pero al poseer cierta delgadez se marcaban un poco más de lo normal. Sus hombros eran pequeños y su espalda estrecha. Tenía un bonito trasero que hacía que ese traje, ese en concreto con la espalda descubierta, se viese erótico. Sus largas piernas no se podían disfrutar, pero él las imaginaba bien torneadas bajo la tela del vestido que caía hasta sus tobillos. Llevaba tacones y eso era todo un reto. Ella no solía ser tan femenina, pero parecía querer provocar un cortocircuito en la mente de su compañero y maestro.

—He estado reunido en el local The Night durante más de dos horas. He cerrado un acuerdo importante con una joyería en París, muy cerca de Versailles—dijo llevando sus manos a los bolsillos mientras se apoyaba en el quicio de la puerta—. ¿Y tú?

—Hablar con el inútil de nuestro creado—susurró.

—¿Cuál de ellos?—comentó tras una enorme risotada y con un tono divertido.

—El único que continua deseando vivir como un mortal—dijo girándose para verlo.

Durante unos segundos ambos clavaron la mirada el uno en el otro. Arion disfrutaba enormemente viendo así a Petronia. Aunque llevara un escote barco sus pequeños senos se veían realzados. Tenía en el cuello una cadena de oro con un camafeo que él le había regalado. No era la única que sabía crear joyas, pues en realidad él le había enseñado a ella.

—Ya deja que se estrelle si lo desea—contestó encogiéndose suavemente de hombros.

—Esa mujer no es buena para él—nunca le había agradado Mona, tal vez porque era demasiado seductora y a veces hacía lo que quería. Pero Petronia también lo hacía. Posiblemente era mera rivalidad femenina que un hombre no puede entender.

—Petronia...—dijo tras un largo suspiro en forma de regaño.

—No me hables con ese tono—comentó girándose hacia él para verlo así vestido, cosa que intensificó sus celos.

—¿Y cómo debo hablarte?—murmuró divertido inclinándose hacia delante mientras ella se dirigía a la entrada.

—Ya nada. Me había puesto el mejor traje que tengo para ti y ni siquiera me has dicho nada—dijo molesta achicando sus ojos.

—Te lo dije cuando llegué—se irguió dejando de estar apoyado para bloquear el paso hacia el salón, el cual se hallaba bien iluminado a sus espaldas. El pan de oro, los muebles clásicos, los frescos y grandes obras artísticas se veían conferidas con un toque único de belleza y simbolismo. Un lugar donde cualquiera desea refugiarse aunque fuese de una terrible discusión.

—Aparta, que me voy—comentó con los brazos en jarra.

—¡No!—dijo desafiante mientras la tomaba de los brazos, justo bajo la zona de los hombros.

—Arion me sueltas o te suelto tal bofetón que sales volando a la luna. ¿Me enti... —decía agitándose para deshacerse de él, pero Arion se apoderó de sus labios y calmó a la fiera durante algunos minutos.


Ambos se habían extrañado y por lo tanto necesitaban contacto. Un abrazo y un beso ofreció a los dos un momento especial y único. Sin embargo, cuando finalizó, Arion sintió ese bofetón fuerte y contundente de su gran amor. Después escuchó sus tacones por toda la vivienda mientras gruñía remangándose la falda. Él no pudo evitar soltar una carcajada e ir tras ella. Petronia siempre sería una mujer de fuerte carácter.

viernes, 21 de marzo de 2014

Mamá ya está aquí

Bonjour

Petronia sufrió un disgusto terrible ¿quieren saber cual? ¡Aquí lo tienen!

Lestat de Lioncourt


Caminaba hecha una furia de un lado a otro. Él la observaba intentando no decir algo que la molestara aún más. Sus largos cabellos negros se movían en cada gesto y sus ojos parecían los de un demonio. Vestía como un hombre, se movía como tal, pero él veía la feminidad escondida. Sus pequeños pechos oprimidos contra una camisa blanca y una chaqueta negra, muy elegante y sobria, que había adquirido hacía tan sólo unos meses. El sombrero estaba entre sus manos, moviéndolo de forma inquieta y de vez en cuando miraba a Arion de soslayo.

—¡Dime que todo irá bien!—gritó acercándose a él para tomarlo de las solapas.

Nash estaba allí, siendo testigo mudo de todo, y no tardó en incorporarse para tomarla de los hombros. Con un gesto caballeroso y cortés logró que se sentara en una de las sillas de plástico del pasillo. Todo olía a antiséptico. El blanco resplandecía allá donde mirabas, junto a objetos de metal y plástico.

—Todo irá bien—dijo Arion con una sonrisa en los labios—. Te lo prometo.

—Puede ser indigestión—comentó Manfred.

—¡Cállate! ¡La culpa es tuya! ¡Tuya!—dijo esgrimiendo el puño derecho para intentar pegarle, pero Tommy y Nash la controlaron serenándola con sonrisas taimadas y miradas atentas.

—Mi pobre bebé... mi niño... mi chiquitín... ¿cómo han podido? ¡Estaba prohibida las lanchas!—dijo antes de ver al doctor acercarse a todos ellos, el cual venía con Tarquin y éste lucía una sonrisa.

—Todo ha ido bien—dijo sonando tranquilizador—. Sólo se ha herido una pata. Su caimán estará bien si lo cuida con cariño. ¿Y dice usted que vive en los pantanos?

—Sí, vivo cerca de los pantanos y esas cositas son como mis hijos—explicó llevándose con dramatismo las manos al pecho.

—Son muy importantes para mi mujer—el veterinario quedó confuso mirando a Petronia y luego a Arion—. Aquí donde la ve es muy sensible. Detesta que hagan daño a los animales, pero sobre todo a los reptiles que cuida desde hace décadas. Es una mujer que admira la naturaleza.

—Sí, tiene un corazón de oro—explicó Nash levantándose al mismo tiempo que Tommy y Arion.

—¿Están hablando de Petronia? ¿De verdad? Si es una tirana—expresó Manfred y al ver la mirada de todos hacia él comenzó a llorar.

Aquella noche había sido un desastre. Peter, uno de los caimanes más viejos del pantano, había tropezado con unos cazadores ilegales. Estos le habían atropellado con la lancha que llevaban. Petronia lo vio todo y por supuesto de los cazadores no queda nada. Su pobre caimán sufrió una fuerte conmoción, pero al parecer sólo tenía una pata rota.


Al entrar en la sala donde tenían sedado al caimán, completamente atado por la peligrosidad del animal, Petronia no pudo más. Se aproximó al animal y lo abrazó acariciando su cabeza. Besó su rugosa piel y le susurró “Mami ya está aquí bebé, ya está aquí”.  

Experimento 025

Bonjour

Armand ha dejado un nuevo experimento por el cual, cuando lo atrape, llorará lágrimas de sangre.

Lestat de Lioncourt


Experimento: 025

Nombre: Operación Maquillaje de Parvulario.
Cuestiones del experimento:

¿Cuál es nuestro límite?
¿La paciencia nace o se hace con el paso de los años?
¿Un catatónico es paciente de forma infinita?
¿Un rotulador de tinta permanente puede marcar un rostro inmortal para siempre?

Sujeto del experimento: Lestat de Lioncourt

Lugar: New Orleans, Villa Lioncourt
Fecha: 20/03/2014

Fases del estudio:

1.- Conseguir rotuladores de diferentes colores y grosor de punta. Es importante que rece “permanente” en algunos de los laterales o en la propia caja.
2.- Encontrar un sujeto de estudio que pueda ser manejable: Dormido o catatónico. Se prefiere catatónico porque su nivel de paciencia es mayor.
3.- Tomar un taxi para el desplazamiento.
4.- Si es posible tenga ayudantes con algo de imaginación.
5.- No revelar el plan a un superior (Marius) o alguien que tenga remordimientos de conciencia (Sybelle, David,...)
6.- Poner en práctica, con determinación e imaginación desbordante, la Operación Maquillaje de Parvulario.

¿Qué es el maquillaje de parvulario?

Los mortales cuando son simples niños suelen pintarse cara, manos e incluso parte del vientre con rotuladores. En ocasiones es difícil limpiar las marcas de los dibujos. En ocasiones son relojes, besos, muñecos o pequeñas líneas asemejándose a bigotes.

¿Qué debemos hacer?

Recogeremos el cabello del sujeto, si lo tiene largo, y comenzaremos a dibujar al azar cualquier dibujo. Mis favoritos son penes, palabras como “Rey de los idiotas” y otros dibujos varios. Y por supuesto cuanto más crueles mejor.

Realización:

Me dirigí con Benji hacia la mansión de Lestat. Allí se encontraba recostado en la cama, casi desnudo, con los ojos fijos en la nada y el cuerpo tenso. Sus dedos parecían engarrotados y se asemejaban a garras. Sus ojos parecían los de un muñeco sin vida. El mentón estaba apretado. Tenía el cabello revuelto y tuvimos que recogérselo.

Con cuidado sacamos de nuestras bolsas los distintos rotuladores, de distintos colores y grosores, y comenzamos a dibujar y colorear cada figura. Reconozco que fue nuestra mejor obra.

¿Qué ocurrió? Nada. Él ni siquiera se percató, sin embargo David acabó encontrándonos y nos persiguió por todo el jardín. Después nos obligó a lavar a Lestat. Debo comentar, pues es necesario, que algunas marcas aún perduran y puede apreciarse un pene con abundante vello púbico pintado en la frente.

Consecuencias:

Marius y David han decidido negarme cualquier visita a Lestat. Benji ha perdido cualquier privilegio sobre cualquier aparato electrodoméstico que pueda usar para sus juegos. También han secuestrado nuestros rotuladores. Es una lástima porque había comenzado a tomarle afecto al color violeta.

Solución:


La paciencia en un ser catatónico es infinita, pero si te descubren lo tienes jodido.  

lunes, 10 de marzo de 2014

Travesuras

Bonjour

Louis ha querido recordar una escena típica. ¡Ah! Esa diablilla. Extraño a Claudia en ocasiones, pero después recuerdo que su fantasma me persiguió demasiado. 


Lestat de Lioncourt




El reloj marcaba la media noche. La primavera cada vez era más tórrida. Fuera el aroma de New Orleans penetraba con fuerza. Las flores estaban rebosantes de vida y tan espléndidas como la propia noche. La luna se alzaba a lo lejos, completamente llena, y el silencio era ya un hecho salvo en algunos callejones. El mundo se había sumido en la cuaresma y pronto llegaría la Pascua. Nuestra vivienda estaba en calma y Claudia arrancaba algunas notas al piano.

Había permitido que se quedara a solas con el profesor. Era el quinto que tenía. Ya era toda una experta en numerosos compositores y solíamos pedirle a los empleados, los cuales contratábamos con cautela, que compusieran algo para ella si terminaban a nuestro servicio. Si bien muchos terminaban muertos. Ella tenía un apetito voraz y no sabía controlarse en absoluto.

Entonces la calma se evaporó. Escuché un golpe seco contra el piano y como un cuerpo caía. Me giré de inmediato hacia el interior, pues me hallaba en el balcón, y caminé precipitado hacia ella. Allí estaba mi hermosa niña de cabellos dorados, con su mirada inocente suplicando a Lestat que no la castigara. Había pasado de nuevo.

—¡Claudia!—gritó tomándola de sus pequeños y redondos brazos—. ¡Qué te he dicho!

—Que en casa no se hace—susurró con ternura tocándose el labio inferior con un par de dedos. La mano izquierda no la separó de las teclas, las cuales aún estaban pulsadas.

—¡Quedas castigada!—intentaba sonar como un padre autoritario, pero fue imposible.

Él tenía la misma debilidad que yo. No podíamos ver a Claudia llorar o simplemente estar triste. Se quedó allí parado, frente al piano, con los brazos en jarra y el cuerpo levemente inclinado. Por mi parte sonreí al ver la escena pues percibía el amor que ambos se ofrecían.

—Si me castigas le diré a Louis que tú tuviste sexo con aquella mujer—dijo girándose hacia las partituras.

—¡Lestat!—grité interviniendo—. ¿Es cierto eso? ¡Dime!

Por supuesto que sabía que Claudia no mentía. Ella era incapaz de mentir en ese aspecto. Por aquellos años aún no llegaba a los diez años humanos. Tan sólo era una niña con menos inocencia, pero de igual modo un sincero y estricto deseo de comunicar la verdad fuese como fuese.

—¡Claro que no!—gritó. Estaba horrorizado y sus enormes ojos azules estaban fuera de sus órbitas.

Lestat había retrocedido y golpeaba al aire furioso, caminando como un animal de un lado a otro, y ella sólo sonreía moviendo sus pequeños pies e iniciando nuevamente la partitura.

—¡Claro que sí!—dijo alzando su tierna vocecilla.

—¡Lestat!—estaba furioso y me abraza a mí mismo. Miles de imágenes se lanzaron a mi mente. Recordaba sus conquistas y yo mismo había visto como metía sus manos entre las faldas de numerosas jovencitas. Él disfrutaba de las atenciones de cualquier dama. Todas estaban dispuestas a caer en la trampa de aquel bohemio descerebrado que tenía por amante.

—¡Estaba cazando!—aquella excusa la había escuchado mil veces, pero sus ojos hablaban de algo más.

—Mentira, padre. Ella parecía viva cuando te marchaste—tarareó al ritmo de la canción como si se divirtiera el sentir mi rabia aumentar y la desesperación de Lestat.

Me aparté llevándome la mano derecha a los labios, quería romper a llorar y no me atrevía. Me vengaría de él y de ella. Haría que esa mujer pagara por atreverse a tocarlo o siquiera mirarlo. Él era mío. Me sentía tan suyo que no podía evitar pensar que del mismo modo él me pertenecía. De inmediato corrí hacia la puerta, pues la buscaría aunque no sabía nada de ella.

—¡Louis! ¡Louis! ¡Dónde vas!—gritó agarrándome del brazo derecho, casi a la altura del codo, para detenerme y pegarme hacia su figura.

—¡A buscarla! ¡Daré con ella! ¡La quemaré!—exclamé a punto del llanto y al verlo a los ojos, esos malditos ojos de endemoniado seductor, terminé haciéndolo.

—¡Por Dios! ¡No eres la Santísima Inquisición!—dijo como queja moviendo su cabeza con su melena leonina completamente suelta.

—Ah... ya sé que puedo quemar mejor—mi voz sonaba quebrada, pero sin duda iba a ser firme en mi última decisión.

—¡Mis libros eróticos no!—me zafé de él cuando explotó en aquel grito. Podía gritar y suplicar, pero aquella sobras terminarían quemadas.

—¡Sí!


Esa noche perdió varias novelas en encuadernación de lujo, las cuales eran sobre amores tormentosos y llenos de sexo. Si alguien cree que las novelas eróticas es cosa del hoy se equivoca. Ahora medito sobre aquella noche y me doy cuenta que debí quemarlo a él, pero no a esos pobres e inocentes libros.  

jueves, 19 de diciembre de 2013

Experimento 029

Aquí estoy nuevamente pero esta vez para dejarles un experimento de Armand. ¡Ah! Ya volvió al laboratorio. 

Lestat de Lioncourt



Experimento: 029

Objeto del experimento: Crear un casco para poder mejorar la capacidad mental y de concentración del paciente.

Individuo: Daniel Molloy. Este sujeto es conocido por haber sido el primer periodista en destapar el primer caso real de vampirismo en la sociedad moderna. Louis de Pointe du Lac acudió a él y relató sus memorias que fueron aglutinadas en una novela que fue catalogada como ciencia ficción. Daniel posteriormente tuvo contacto conmigo y terminó siendo mi único hijo inmortal, mi criatura y compañero que quedó levemente trastornado por el Don Oscuro y su poder. Actualmente construye casitas.

Instrumento: Mediante cables, una pequeña batería y varios electrodos así como unas pequeñas antenitas en forma cónica he intentado crear un casco que ayudara a Daniel a construir con mayor habilidad sus casitas y poder conversar a la vez. El sujeto se mostró reacio, pero le aseguré que sería bien pagado con una pequeña maqueta de tren de vapor en color rojo sandía.

Desarrollo: Durante semanas seguí varios blog, libros y diversa información que podía adquirir de revistas científicas compradas por catálogo en Internet. He estado construyendo con cuidado el prototipo, gastando cierto dinero en la pequeña batería incorporada en el lado derecho de la cabeza y que se engancha en la oreja, así como el diverso cableado.


Conclusión: Después de dos días con el aparato no se ha demostrado que el sujeto evolucione, aunque he pagado como bien le dije con el trenecito. Sin embargo, aunque he fallado en mi experimento estoy pensando en dedicarme a la moda porque me ha quedado una coronita para hacer de buey en el pesebre viviente, ya que estamos en éstas fechas navideñas, bastante curioso. Creo que venderé cada unidad a cincuenta dólares.  

jueves, 14 de noviembre de 2013

Aquella carta

Recuerdo que era una niña inocente a la cual mostré los dotes de la cacería. Sus ojos eran tiernos y dulces, su boca pequeña de labios suaves sonreían con ilusión y sus manos se pegaban a mi rostro despejando los mechones de mi cabello rubio. Ella disfrutaba en mis brazos, sobre mis piernas, observando el mundo en un coche de caballos, caminando de mi mano o simplemente escuchando mis locas historias basadas en obras de teatro.

-Ya he escrito mi carta Santa Claus-dijo extendiéndome el sobre con una sonrisa envidiable.

Era nuestra quinta navidad juntos. Ella creía en ese señor extraño y barrigudo que traía regalos a los niños. Su ilusión era increíble. Si nosotros podíamos existir ¿por qué no ese extraño ser?. Miré la carta atentamente y decidí abrirla, pero ella me tomó de las manos y me miró molesta.

-No papá. La carta sólo la puede leer él.

Guardé entonces el sobre en mi chaleco y me incliné besando su frente, acariciando sus mejillas y estrechándola contra mí. Yo sería su Santa Claus, como siempre, y Louis me ayudaría a conseguir cualquier muñeca, traje o libro que ella quisiera. No iba a permitir que no tuviera esos estúpidos regalos. Su pequeña inocencia aún era agradable para todos.

Louis apareció entonces tomándola de la mano. Según él deseaba caminar durante algunas horas y quería compañía. Ya se había alimentado lo suficiente porque sus mejillas arrobadas lo delataban, sus labios tenían una sonrisa divertida y sus ojos verdes parecían ilusionarse con la idea de pasear en compañía de nuestra damita.

Al marcharse quedé sentado en aquel enorme sofá con la carta entre mis manos. La abrí rápidamente nada más escuchar como se alejaban por la avenida. Leí el contenido con avidez y tuve que leerlo dos veces para cerciorarme y después explotar en carcajadas.

“Querido Santa:

Hola Santa este año me he portado bien. Aún queda algo más de un mes para Navidad pero creo que es importante no dejar todo para el último momento, pues Lestat lo hace y todo le sale mal. Mi padre es un desastre ¿no cree? Pero aún así los aprecio y por eso mismo quiero un hermano.

Sé que ellos son hombres pero podrías hacer ese milagro. ¿No puedes ir de casa en casa de cada niño durante una sola noche? Son cientos de millones en todo el mundo. Y tú todo lo puedes. Puedes hacer magia y por eso tú podrías embarazar a Louis.

Atentamente,
Claudia de Lioncourt.”

Esa misma noche cuando Louis regresó y ella se marchó a leer hasta el amanecer se la entregué. Sus mejillas se colorearon aún más y sus manos temblaron. No sabía porque se ponía tan nervioso y ni mucho menos porque me golpeó.

-Eso quiere decir que nos escucha-chistó entre dientes.

-¿Y? No veo que esté traumatizada por ello-respondí.


No sé donde quedó aquella inocencia, pero sí que nunca podré olvidar aquel día.  

martes, 12 de noviembre de 2013

Visitas inoportunas

La noche era tormentosa y fría. Muchas calles se encontraban anegadas por la tremenda lluvia. El agua rozaba los bordillos y las alcantarillas ya no podían soportar más litros. Sin embargo, la tormenta parecía alejarse. Ya sólo era un murmullo suave que acariciaba la ciudad y posiblemente se iría en menos de una hora. La mansión se hallaba en aparente silencio. Algunos inmortales leían en sus habitaciones, conversaban con otros o como Armand y Benji que jugaban a videojuegos mientras Sybelle se prestaba a ser de juez.

Lestat era el único que tenía la música a todo volumen. Bon Jovi sonaba en ese momento explotando en los altavoces mientras sus risotadas se alzaban por encima del ruido que provocaba. Rowan estaba con él observando como se desenvolvía tarareando y aproximándose a ella para besarla. Pronto ambos cayeron en la cama completamente desnudos.

Gabrielle había llegado a la ciudad hacía tan sólo unas horas. Deseaba moverse por sus calles porque quería contemplar los pantanos, los cuales estarían inaccesibles. Lo único que podía hacer era llevar un 4x4, su propio vehículo, que permanecía aparcado en el garaje de la mansión desde hacía prácticamente una semana. Aquel vehículo era de fuerte tracción, con unas enormes ruedas y un tamaño gigantesco en su totalidad. Sin embargo, no recordaba donde estaban las llaves. Su nerviosismo era tal que era incapaz de recordar.

Entonces, en la mansión se pudo escuchar un grito terrible. Gabrielle había subido a la habitación de su hijo, abriendo sin llamar, mirando la escena y preguntando como si nada por las llaves de su propio vehículo. Lestat había gritado un “Madre” y Rowan corrió a cubrirse con las sábanas.

-Sólo quiero las llaves-dijo encogiéndose de hombros para luego acomodar su cabello-Las llaves de mi pequeño bebé. Pienso llevarlo a los pantanos y ver por mis propios ojos como están. Deseo sentir la vida salvaje muy cerca de mí.

-¡Pero estaba teniendo sexo!-gritó levantándose sin pudor alguno aún duro frente a su madre, la cual conocía a la perfección el cuerpo de su hijo.

-¿Y?-dijo mirando a los ojos a su hijo- Ni que fuera tan importante el sexo.

-¡Estaba con mi mujer!-respondió furioso porque no se iba.

-¿Me vas a decir donde están las llaves?-interrogó dejando sus brazos en jarra- Es importante.

-En la caja negra del garaje están todas las llaves. Que yo sepa la tuya tiene un pequeño sombrero negro por llavero.

-¡Es cierto!-exclamó llevándose las manos a la cabeza-Gracias hijo- se giró hacia la puerta y antes de irse miró a Rowan- Sigue disfrutando de mi hijo, Rowan.


Al cerrar la puerta Lestat se sentó en la orilla de la cama mientras ella empezó a reír abrazándolo por la espalda. Sin embargo él parecía un niño molesto, aunque su molestia se disipó como humo cuando ella comenzó a besar su cuello tirando de él hacia atrás en la cama. 

viernes, 20 de julio de 2012

Vacaciones de Verano


Los grillos sonaban con fuerza en el jardín, las tórridas noches de verano habían regresado. Desde hacía más de una semana convivía con un insoportable calor y visitante. Hacía años que no conversábamos, ni siquiera habíamos cruzado alguna mirada indiscreta. Sin embargo, los días se habían hecho efímeros, o más bien las noches en las cuales intentábamos soportarnos. Sus cabellos pelirrojos se movían por la cocina con curiosidad, podía ver como sus pupilas se dilataban y una sonrisa infantil asomaba por sus labios sellados en un silencio poco usual.

-Lestat.-gritó corriendo hacia donde me encontraba, aún se hallaba con la camisa azul pavo real manchada con la sangre reseca de la noche anterior, sus cabellos estaban revueltos y mientras sus pantalones parecían impecables. Sus pies estaban desnudos mostrándose como los de una estatua de mármol.-¿Qué haces?

-Intento comprender mejor las nuevas tendencias sivaritas que poseen los humanos hoy en día. Como bien le dije a nuestro maestro hay un mundo más allá del delicioso sabor de la sangre. Durante siglos he deseado volver a ser humano unas horas, cuando lo logré durante días prácticamente no pude encontrar los maravillosos sabores que una vez creí tener en mis labios.-palpé sus cabellos y sonreí burlonamente.-Algo muy complicado para que tú puedas entenderme.

-No debe ser demasiado complicado si hasta tú con tu insignificante cerebro has logrado descifrarlo.-dijo respondiendo mi sonrisa con otra impertinente.-Hoy he conseguido tener mensaje de Marius.

-Ah, que bien.-respondí intentando averiguar como contraatacar a sus palabras.

-Viene el domingo, estoy emocionado. Quizás podremos al fin estar juntos y conversar como antaño. Necesito a mi maestro.

-Menos mal.-dije con un falso suspiro de alivio.-¿Ya se te quitó el síndrome premenstrual?-murmuré con malicia tocando sus cabellos mientras le miraba con cierta superioridad.

-¡Yo no poseo la regla!-gritó apartando mis manos de él para luego asestarme un manotazo, un empujón y quedarse de nuevo frente a mí mostrando sus colmillos como una bestia salvaje.

-¡¿Cómo que no?!-exclamé acomodando mis codos sobre la encimera.-Viste de rojo, te putea cuando quiere y por supuesto viene un día concreto.-dije empujando su nariz respingona con mi dedo índice.-Y los primeros días antes de verlo estás nervioso, de mal humor, y a la vez te sientes feliz. ¡Es un cambio hormonal! ¡Es la regla!-exploté en carcajadas mientras me doblaba hacia delante, mis cabellos dorados caían sobre mi frente desparramándose por fuera del gorro de chef que por curiosidad me había colocado.

-¡Eres un monstruo irrespetuoso!-gritó rojo de ira. Sus suaves mejillas se habían convertido en dos manzanas maduras.

-Y tú un monstruo enano que puede ser confundido con una lata de tomates.-susurré inclinándome hacia él para volver a reír dejando ver mis colmillos puntiagudos.

-Te está afectando ese curso de cocina para mortales.-su tono de voz cada vez era más irritante, podía percibir su molestia y eso me fascinaba.

-Au contraire.-siseé.-No me afecta en absoluto.-respondí acomodándome la ropa de chef repostero.-Eso sí, estoy creando bombones de sangre para Louis.

-¿Sangre de rata quizás?-preguntó riéndose mientras se acomodaba en la encimera.

-Oui.-dije agachándome para sacar un par de ratas agarradas por el rabo.-A la grande la llamé mordisquitos.

Ambos comenzamos a reír como jamás lo habíamos hecho, por fortuna jamás he congeniado tan desesperadamente con ese engendro de rostro angelical. Su belleza podría ser casi divina, pero su maldad infantil podía ser peor que aquella que conocí de brazos de mi propia hija. Desperté de un mal sueño con él observándome sosteniendo un cubo de vísceras, las cuales lanzó sobre mi cuerpo manchando mi rostro, las ropas de mi cama y mi caro armani.  

jueves, 9 de octubre de 2008

Un poco de Humor

Últimamente todo va bien en mi vida. Hago oídos sordos a los idiotas que intentan joderme, prefiero centrarme en mis estudios y en los que realmente me apoyan en esta vida. Me divierto haciendo locuras y esta es una, espero que les gusten y no plagien...porque muchos de estos personajes estan en el foro de Damned Souls y Crónicas.




Abro los ojos en medio de la oscuridad de mi ataúd, palpo el sobrio recubrimiento de color rojo y voy abriéndolo lentamente. Ya llegó la noche, llegó la hora de la cacería más despiadada y cruel. Me presento frente al espejo como un príncipe de cuentos de hadas, arqueo las cejas alzándolas y sonrío enamorándome de mi reflejo como Adonis. Mis cabellos dorados se esparcen sobre mis hombros, en un movimiento rápido los recojo en una coleta, y abotono mejor mi camisa de puro algodón blanco. Mis pantalones vaqueros están algo caídos, ahora es así la moda y debo aparentar ser un maniquí, no una antigualla.



Permitan que me presente. Me llamo Lestat de Lioncourt y esta noche antes de mi cena les leeré una obra de teatro. Imaginen el reparto, olviden los convencionalismos y sonrían. He elaborado una arriesgada trama tomando como referencia Alicia en el País de las Maravillas, una pesadilla tétrica para cualquier chiquillo y que habría que estar enajenado para leer eso a un hijo.



-¡Oye! Yo se la leí al mío.-mi hijo, un hijo real mío. Un chiquillo que tiene mi herencia genética, mi sangre. Es parte de un antiguo legado que dejé en Auvergne, que encontré en este nuevo siglo.



-Gracias, acabas de arruinar mi voz en off.-respondo a mirando a Louis, sí se llama como mi eterno amante. Y digo eterno amante porque realmente no acabamos con nuestra relación, la dejamos congelada únicamente.



-¡Jo! Papá encima que yo dije de hacer el video.-¿cómo demonios puede ser tan condenadamente gay? Es increíble.



-Vale, no dije nada. Ahora añade las imágenes que grabamos ayer.-dije alzando mis cejas con una sonrisa de triunfador de la noche de los Oscar.



-Esto…-agachó la cabeza y comenzó a golpear sus dedos índices entre sí, una imagen típica de un anime o una serie cómica.



-¿Qué?-pregunté abriendo los brazos en un aspaviento.



-Grabé encima.-murmuró entre dientes.



-¡Qué diablos te pasa! ¡Me costó mucho ponerle esa diadema de conejito a Louis!-grité rabioso, la cólera era incontenible.



-¡No lo sé! ¡Me puse cachondo y puse el video para gravarme con Dio!-me respondió igual de alterado, realmente sí tenía parecido a los genes de los Lioncourt.



-Ni yo ni la audiencia precisábamos de tantos detalles, gracias. Ahora sí que no cenaré esta noche.-me avergoncé un poco que todo aquello se emitiera en la única radio de Damned Souls.



-¡Oye! ¿Qué tiene de malo Dio?-preguntó como si fuera un adolescente, aunque…¡qué diablos! Únicamente tiene veintidós años mortales.



-Nada, únicamente que sale contigo y tiene pulgas.-respondí con una sonrisa burlona.



-¡Mi lobo no tiene pulgas!-me gritó en el oído y casi me rompe los tímpanos.



-¡Yo no tengo pulgas!-la puerta de la habitación se abrió con Dio echando el humo del tabaco por la nariz como si fuera un búfalo.



-¡El que faltaba!-dije volviendo a alzar los brazos.



-¡Te he dicho que no fumes, que vas a dañar a mi bebé!-gritó lloriqueando.



-¡Un bebé que no debió de engendrarse! ¡Maldición!-comencé a darme golpes con la pared. Se habían embarazado usando magia la vez anterior, tenía ya un nieto y otro en camino, eso me hacía sentirme viejo.



-Papá, ¿cuándo vas a poner la película dónde soy la estrella?-Claudia, recientemente resucitada por mí, apareció de la nada quedándose frente a todos esperando que se emitiera al aire, tanto en televisión como en sonido por radio, la pequeña película casera que grabamos.



-Nunca, tu hermano borró la película.-murmuré señalando a Louis, el cual mostraba un estado de gestación de casi ocho meses.



-¡Eso es falso!-rechistó corriendo hacia su lobo.



-¡Louis William!-taconeó maldiciéndolo, conocía cada rasgo y cambio de su expresión.



-¡Sólo gravé encima!-empezó a llorar y Dio lo abrazó posesivamente mirándonos a ambos como si nos asesinara.-¡Deberíais darme mimos que estoy sensible!-



-¡No le gritéis!-su lobo no me daba miedo, pero tenía razón así que no dije nada más.



-Yo quería verte vestido de sombrerero loco, a Louis de conejo con el gran reloj y yo como Alicia.-hizo un pequeño puchero, sin embargo se calmó.



-El mejor papel fue el de Nerissa, como la malvada reina.-hizo Louis un gesto de monstruo de cine mudo y rió.



-No, el mejor fue del rey que era Mike.-saltó Claudia sobre el parquet dejando en grácil movimiento sus tirabuzones.



-No, la carta que debía ser asesinado…Quinn.-Dio estaba integrándose en la conversación aquella apuesta sobre el mejor actor.



-¡Que va! ¡La mejor carta era el loco de Niki que acusó a Quinn de pintar las rosas!-Y ahí estaba el maldito violinista apoyado en el marco de la puerta, sonriendo y burlándose mentalmente de mí aunque a mí no llegaba nada.



-¡Queréis dejar de recordarme esa película! ¡Me avergonzáis! ¡Me convertisteis en conejito!-tras él apareció Louis de Pointe du Lac, algo enojado y con los ojos llameantes.



-¡No! ¡Te convertí en conejito Play Boy! ¡Mon Dieu! Cada vez que lo recuerdo me desangro.-casi me ahogué en mis babas imaginándomelo desnudo con aquella diadema con orejas de conejo blanco y el gran reloj ocultando sus partes nobles.



-¡Lestat!-gritó tirándose a mi cuello, intentando ahogarme…aunque ya casi lo estaba en mis fantasías.



-¡Basta! ¡Son las cuatro de la mañana y quiero dormir de una puñetera vez! ¡Mi nieta se ha dormido! ¡Nuestra nieta Lestat!-ese era Armand. Su hijo y un chico que adopté hacía décadas, habían tenido una hija. He de decir que sale al encanto de los Lioncourt y que espero que no salga como Armand en sus aspectos más oscuros.



-¡Tú! ¡Cabrón!-Claudia estuvo a punto horas atrás de matarle a golpes, pero esta vez no pude retenerla y se me escapó para pegarle en la espinilla.



-Señores oyentes les pido disculpas, mi familia es extraña y estúpida.-era la voz de Griffith le habían hecho crecer hasta un muchacho de unos dieciocho años, cosa que era inadmisible para mí.-Corto la comunicación, creo que a nadie le interesa…



-¿Quieres una piruleta?-Quinn apareció entrando por la ventana con el “pulgoso” como así llamaban muchos a su pareja. También tenía un lobo por amante, como mi hijo pequeño.



-¿De cereza? Vale…-







Fin

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt