Recuerdo que era una niña inocente a
la cual mostré los dotes de la cacería. Sus ojos eran tiernos y
dulces, su boca pequeña de labios suaves sonreían con ilusión y
sus manos se pegaban a mi rostro despejando los mechones de mi
cabello rubio. Ella disfrutaba en mis brazos, sobre mis piernas,
observando el mundo en un coche de caballos, caminando de mi mano o
simplemente escuchando mis locas historias basadas en obras de
teatro.
-Ya he escrito mi carta Santa
Claus-dijo extendiéndome el sobre con una sonrisa envidiable.
Era nuestra quinta navidad juntos. Ella
creía en ese señor extraño y barrigudo que traía regalos a los
niños. Su ilusión era increíble. Si nosotros podíamos existir
¿por qué no ese extraño ser?. Miré la carta atentamente y decidí
abrirla, pero ella me tomó de las manos y me miró molesta.
-No papá. La carta sólo la puede leer
él.
Guardé entonces el sobre en mi chaleco
y me incliné besando su frente, acariciando sus mejillas y
estrechándola contra mí. Yo sería su Santa Claus, como siempre, y
Louis me ayudaría a conseguir cualquier muñeca, traje o libro que
ella quisiera. No iba a permitir que no tuviera esos estúpidos
regalos. Su pequeña inocencia aún era agradable para todos.
Louis apareció entonces tomándola de
la mano. Según él deseaba caminar durante algunas horas y quería
compañía. Ya se había alimentado lo suficiente porque sus mejillas
arrobadas lo delataban, sus labios tenían una sonrisa divertida y
sus ojos verdes parecían ilusionarse con la idea de pasear en
compañía de nuestra damita.
Al marcharse quedé sentado en aquel
enorme sofá con la carta entre mis manos. La abrí rápidamente nada
más escuchar como se alejaban por la avenida. Leí el contenido con
avidez y tuve que leerlo dos veces para cerciorarme y después
explotar en carcajadas.
“Querido Santa:
Hola Santa este año me he portado
bien. Aún queda algo más de un mes para Navidad pero creo que es
importante no dejar todo para el último momento, pues Lestat lo hace
y todo le sale mal. Mi padre es un desastre ¿no cree? Pero aún así
los aprecio y por eso mismo quiero un hermano.
Sé que ellos son hombres pero podrías
hacer ese milagro. ¿No puedes ir de casa en casa de cada niño
durante una sola noche? Son cientos de millones en todo el mundo. Y
tú todo lo puedes. Puedes hacer magia y por eso tú podrías
embarazar a Louis.
Atentamente,
Claudia de Lioncourt.”
Esa misma noche cuando Louis regresó y
ella se marchó a leer hasta el amanecer se la entregué. Sus
mejillas se colorearon aún más y sus manos temblaron. No sabía
porque se ponía tan nervioso y ni mucho menos porque me golpeó.
-Eso quiere decir que nos
escucha-chistó entre dientes.
-¿Y? No veo que esté traumatizada por
ello-respondí.
No sé donde quedó aquella inocencia,
pero sí que nunca podré olvidar aquel día.
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