Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

miércoles, 13 de noviembre de 2013

A su lado

Bonsoir mes amis

Mis compañeros Armand y Santino tienen para ustedes una agradable sorpresa, o eso esperamos, que espero que tomen como un regalo. La sorpresa es un pequeño fic de Santino x Armand. El fic se titutla: A su lado.


Lestat de Lioncourt


A SU LADO

Marius había insistido durante más de tres noches seguidas en mantenerme atado a él. Parecía encaprichado con la idea de provocar en mí los instintos más bajos; sin embargo, cuando alguien está tan molesto como yo lo estaba en ese momento es incapaz de excitarse con su propio verdugo. Era un hombre atractivo con una mente brillante, pero era increíblemente torpe para comprender los sentimientos ajenos. Al parecer no le habían educado lo suficiente cuando era tan sólo un joven mortal. Ni siquiera yo sabía bien que era el amor cuando era niño, sin embargo creí hallarlo en sus brazos. Según él me amaba, pero no tuvo el impulso suficiente de buscarme al igual que fue incapaz de buscar a Pandora o ir tras ella. Su amor era egoísta y egocéntrico. No todo giraba a su alrededor y por ello nosotros no teníamos que regresar y sobre todo cuando la culpa, total o parcial, había sido suya.

Él creó a Benji y Sybelle para que pudieran hacerme compañía. Deseaba que fuera amado por alguien más que por él, pero de una forma pura y prácticamente inocente. Benji fue una pequeña bendición al igual que Sybelle con las notas de su piano. Sin embargo, jamás lo habría hecho. Cometí un terrible error con Daniel y no lo volvería a cometer, ni en ese entonces ni mucho menos actualmente. Tristemente Marius pensó que con ello me daba un hermoso regalo pues bien sabía que verlos envejecer y morir me habría destrozado, pero era a él a quien necesitaba. Él que venía cuando le convenía y no cuando yo extrañaba sus caricias.

Me contemplaba con rabia mientras me agarraba con sus manos suaves convirtiéndose en toscas, agresivas y más similares a unas garras que las manos de un hombre deseoso por otorgarme placer. Me poseyó durante largas horas sin lograr que de mis labios se escapara gemido alguno. Permití que lo hiciera con la sola idea de herirlo con mi silencio y mis ojos fríos.

-¡Siempre serás mío!-exclamó antes de llegar por última vez al orgasmo.

-Te equivocas-respondí quedando tumbado en la cama con el cuerpo destrozado por su sutil forma de amarme- Dejé de ser tuyo en el mismo instante que no moviste un dedo para recuperarme de las garras de Santino.

Él se giró contemplándome en aquellas sábanas tan rojas como la sangre y mi propio cabello. Mis ojos dorados parecían sonreír victoriosos ante la mueca de dolor que se formó en su rostro. La satisfacción se había vuelto amarga y finalmente imposible de masticar para ser digerida. Mi cuerpo pálido y cincelado por el paso de los siglos parecía una escultura perfecta. Tal vez me había convertido en la escultura de un ángel siniestro que mataba en nombre de Dios, como los celestiales que con ojos benditos no se detienen en llevarte con ellos aunque seas inocente.

Marius guardó silencio para después marcharse recogiendo su túnica del suelo. Mi cuerpo quedó postrado en la cama de su habitación en aquel enorme palazzo. No tardé en romper a llorar. Hubiese hecho cualquier cosa por no sentir ese lado oscuro y despreciable de mi maestro, el cual solía mostrar cuando se molestaba. Aún podía sentir el látigo en mi espalda, la cual ya estaba sanada aunque salpicada por sangre.

Sin embargo, sentí una presencia distinta y conocida fuera. Giré mi rostro en dirección a la ventana y contemplé a Santino clavándome aquellos ojos oscuros y distintos a cualquier otro que pudiese conocer. Su incipiente barba masculina ensombrecía suavemente su piel blanca y le daba un toque distinto a su sonrisa cargada de bondad. Me miraba con ternura y preocupación, aunque intentaba no mostrarse demasiado satisfecho al contemplarme hundido por el monstruo en el cual se convertía Marius.

Había regresado a la vida después que Marius lograra que alguien en su nombre lo destruyera. El demonio había hecho que regresara con su propia imagen y una fuerza mayor. Él seguía siendo un vampiro, no como Nicolas. Nicolas regresó como demonio, pero Santino lo hizo como hombre y finalmente logró que un vampiro milenario le diera la sangre. Khayman fue quien le concedió de nuevo la oportunidad, tal vez deseoso de reparar el error de Thorne.

Entró como un bandido en la habitación con aquellas ropas oscuras. Vestía una túnica negra y polvorienta, pues posiblemente había estado caminando por los alrededores del cementerio durante algunas noches aguardando su oportunidad. Se aproximó a mí estirando sus brazos y yo accedí a ser tomado entre ellos. Sus labios bondadosos surcaron mi rostro y decidí acogerme al amor que él tenía por unos ideales oscuros, tal vez demasiado siniestros, pero que coincidían con las palabras que vertió Lestat. Él aseguró que el demonio le había confesado que sólo era un medio de Dios y no su enemigo. Santino era el medio del demonio entre nosotros.

-Te llevaré conmigo- dijo en tono quedo mientras nos aproximábamos a la ventana.

Me había envuelto en las sábanas de la cama, las cuales olían a sexo, sangre, la colonia de Marius y mi propio olor corporal. Mis cabellos rojizos acariciaban su hombro izquierdo mientras me aferraba a él. Y pronto pude sentir el frío nocturno contra mi cuerpo, clavándose en mí como cuchillas. Santino sobrevolaba el cielo mirando hacia el horizonte y yo simplemente dejaba que el cansancio me hiciera ser un compañero de viaje silencioso y exhausto.

Santino vivía en las catacumbas romanas, como siglos atrás, rodeado de ratas pero también de un confort distinto. Las luces de los túneles iluminaban todo con gran precisión. Había hermosas esculturas de heraldos con la vista puesta en el cielo que no verían jamás, una mullida cama llena de pieles sintéticas con aspecto y tacto extremadamente real, sábanas blancas de algodón que olían a incienso y mirra, varios escritorios cargados de libros y pequeñas figuras de santos, alfombras cubriendo parcialmente el suelo y una corte de ratas que corrían a sus anchas por las distintas naves. Había también algunas calaveras que nos miraban con la profunda oscuridad de sus cuencas y parecían sonreír con aquellas mandíbulas retorcidas debido al desgaste de los años, pues los restos tenían cientos de años.

Al recostarme en la cama sentí que mi cuerpo se desvanecía en aquel confort. Él tomó asiento a mi lado contemplándome mientras apartaba algunos mechones de mi rostro. Rápidamente se alejó algo turbado. No comprendía que pretendía, aunque agradecía que me hubiese llevado lejos de los brazos de Marius. Se perdió por las galerías y al regresar lo hacía con una palangana con agua y una esponja. Allí mismo, sobre el colchón, empezó a lavarme con cuidado. Tomé una pose sugerente para animarle a desearme.

Sus ojos brillaron mientras sus roedores correteaban cerca de sus pies, los cuales hasta ese momento no aprecié que estaban desnudos. El polvo de su túnica era de rozar esta por los túneles aledaños a éste, el cual estaban en peores condiciones. Comprendí que se ocultaba en la oscuridad de aquel lugar donde ya nadie bajaba. Tenía un aspecto atractivo con aquel cabello negro azabache marcando un rostro masculino y bondadoso pese a todo lo que pudiera creer Marius sobre él.

Tomé su mano derecha con la mía e hice que soltara la esponja. Con cuidado la llevé a mi entrada obligando a hundir su dedo corazón mientras yo comenzaba a gemir. Moví sutilmente mis caderas y eché hacia atrás mi cabeza. Mi espalda se levantó de la cama al arquearse y un gemido suave surgió de mis labios trémulos. Tenía una sonrisa envenenada que condenaría cualquier pensamiento que pasase por su cabeza. Él quiso apartar la mano pero le obligué a dejarla mientras llevaba mi mano izquierda a mis pezones para ir pellizcando ambos.

-¿No quieres alcanzar el cielo con éste ángel?-pregunté mirándole directamente a los ojos-Dime ¿no quieres ser mi maestro otra vez?

-Marius me destruirá si vuelvo a tocarte de esa forma-murmuró provocando que me levantara quedándome sentado en la cama- Y a ti también.

-Me has sacado de su palazzo ¿no crees que tendrá consecuencias terribles de igual modo?-tomé su rostro entre mis manos, las cuales se veían diminutas- Dime, Santino.

-Es cierto- respondió.

-Además el diablo está de tu parte-dije subiéndome lentamente sobre sus piernas para moverme de forma seductora.

Mis caderas oscilaban suavemente, mis duras nalgas rozaban su miembro que comenzaba a cobrar cierta erección y mi boca buscaba la suya pegándome a sus labios y hundiendo mi lengua en ellos. Él aceptó el beso tomándome de la nuca. Aquello fue una pequeña victoria. Rápidamente no sólo me respondía sino que él marcaba las pautas. Mi cuerpo cayó de nuevo en la cama mientras él se arrancaba la túnica dejándola caer a un lado hecha añicos.

Su miembro erecto estaba coronado por una tupida capa de vello, mucho más espesa y rizada que la mía en tono rojizo. Hacía mucho tiempo que no lo contemplaba desnudo de aquella forma, tantos años sin sentir su peso me hizo gemir llevando mi voz por los túneles, los cuales crearon cierto eco. Algunas ratas nos rodearon observándonos con sus diminutos ojos. Mis piernas se abrieron mientras él acariciaba mis muslos.

-No te detengas- murmuré agitado al notar como su rostro se hundía en mi cuello mordisqueando mis clavículas y lamiendo mis pezones. Tenía su cara pegada a mi pecho y viajando sutilmente hasta mis caderas, las cuales se movían insistiendo que quería que entrara y no me torturara- No, no quiero que te detengas. Hazme tuyo ahora mismo- estiré mi brazo derecho y alcancé con mi mano su miembro para masturbar apretando su glande y acariciando toda su extensión- Lo quiero- gemí mientras todo el lugar explotaba repitiendo mis últimas palabras- Ya, lo quiero ya- llevé la punta a mi entrada y él rió tomándome con sus manos mi rostro.

-No, no-negó con la cabeza-No, no- repitió con un suave susurro-Deja que te contemple un poco más. Eres como uno de esos ángeles Armand. Un ángel oscuro y siniestro que elige con su índice sin temblar su mano, mirando con frialdad a su víctima y enviándole el alma a Dios para que lo juzgue.

-Santino...-balbuceé al notar como había apartado mi mano de su miembro.

Suavemente me giró besando mis hombros, lamiendo mi columna vertebral dejando que la punta de su lengua se deslizara por cada una de mis clavículas y finalmente mordiendo mis glúteos. Levanté un poco más mi trasero y pude sentir su sonrisa sin tener que mirarle siquiera. Colocó entonces la punta de su miembro, pero no entró, sino que la deslizó por el agujero y comenzó a rozarse apretando y azotando mis nalgas. Por cada azote un gemido y por cada gemido cientos en las galerías como un ego erótico. Las ratas chillaban, peleaban por trozos de pan o simplemente se subían a la cama correteando entre nuestros cuerpos.

Con rapidez me giró y me miró como un animal en medio de la oscuridad, con aquellos ojos profundos y negros, dejándome sin aliento. Tomó uno de los jirones de su túnica y me lo ató al cuello. Pude notar la presión del nudo y como me dejaba marca en el cuello. Mis labios se llenaron de mi propia sangre, de un sabor metálico y delicioso. Después, abrió mis piernas y entró moviéndose rápidamente. Los muelles del colchón chirriaron, igual que la cama en sí. El mueble se movía sobre la alfombra que quedaba arrollada. Las ratas seguían vigilando siendo testigos de un acto apasionado, violento y sensual. Gemía su nombre y él gemía el mío. Sus testículos chocaban contra mis nalgas y hacía que pareciera una hermosa melodía.

Mis piernas rodearon sus caderas y mis brazos su cuello, él se apoyaba en la cama agarrándose a las sábanas mientras sus rodillas quedaban clavadas en el colchón. Ambos nos mirábamos con la boca abierta y los ojos fijos el uno en el otro. Rápidamente me besó mordiendo mis labios y hundiendo en mi boca su lengua manchada por su propia sangre, pues se había hecho un corte con sus colmillos. Aquello provocó que llegara al orgasmo, pero eso no le detuvo. Siguió moviéndose en mi interior. Mi esperma caliente manchaba ambos cuerpos y dejando un aroma a sexo que se dispersaba por toda la sala. Sus dientes se clavaron en mi cuello bebiendo de mí. Me drenaba dejándome débil mientras sentía con mayor violencia sus estocadas. Cada embestida era como si me abrieran en dos. Sus manos dejaron de estar en la cama y se apoyaron en el cabezal de hierro de la cama, estos se rompieron entre sus dedos completamente doblados y desechos, para luego agarrarme a mí de las caderas. Pude sentir como las rompía igual que los hierros y mi boca se abrió dejando paso un alarido mezclado por el placer y el dolor. Ese dolor se desvaneció mientras notaba como me hacía temblar. Varios minutos más tarde él llegaba del mismo modo que yo lo había hecho y de nuevo me hizo llegar. Aquello era demasiado delicioso.

Sabía que hacía todo aquello para aleccionarme. Me había atraído hacia él siendo mi liberador para transformarme en su esclavo. Aquel sexo era una lección para mis bajos instintos y también para arrancar cualquier recuerdo de las noches con Marius.

Cuando salió de mí cayó a mi lado derecho, me atrajo hacia él y besó mi frente. Me hizo sentir amado, cosa que ya no sentía cuando Marius me contemplaba. Cerré mis ojos y permití que el descanso llegara. Allí, bajo una Roma que despertaba, nosotros dormíamos plácidamente entregados al cansancio. Las ratas se subían sobre nosotros y no me importaba sentir sus pequeñas patas frías y su cola larga. Lo único que me importaba es que estaba lejos del palazzo donde me habían tratado peor que a una puta.

-Te amo, Santino-murmuré aferrándome a él quedando inconsciente al fin.


No me importaba ni me importan las consecuencias que pueda tener frente a Marius. Hace mucho tiempo que no soy parte de él. Permitió que estuviera solo sufriendo y jamás movió un dedo por mí. Cuando pudimos estar juntos de nuevo no me demostró arrepentimiento más allá de una simple y estúpida disculpa. Nunca acepté del todo sus excusas. Estar con Santino es sin duda un bálsamo a mis heridas.  

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Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt