Bonjour
Louis ha querido recordar una escena típica. ¡Ah! Esa diablilla. Extraño a Claudia en ocasiones, pero después recuerdo que su fantasma me persiguió demasiado.
Lestat de Lioncourt
El reloj marcaba la media noche. La
primavera cada vez era más tórrida. Fuera el aroma de New Orleans
penetraba con fuerza. Las flores estaban rebosantes de vida y tan
espléndidas como la propia noche. La luna se alzaba a lo lejos,
completamente llena, y el silencio era ya un hecho salvo en algunos
callejones. El mundo se había sumido en la cuaresma y pronto
llegaría la Pascua. Nuestra vivienda estaba en calma y Claudia
arrancaba algunas notas al piano.
Había permitido que se quedara a solas
con el profesor. Era el quinto que tenía. Ya era toda una experta en
numerosos compositores y solíamos pedirle a los empleados, los
cuales contratábamos con cautela, que compusieran algo para ella si
terminaban a nuestro servicio. Si bien muchos terminaban muertos.
Ella tenía un apetito voraz y no sabía controlarse en absoluto.
Entonces la calma se evaporó. Escuché
un golpe seco contra el piano y como un cuerpo caía. Me giré de
inmediato hacia el interior, pues me hallaba en el balcón, y caminé
precipitado hacia ella. Allí estaba mi hermosa niña de cabellos
dorados, con su mirada inocente suplicando a Lestat que no la
castigara. Había pasado de nuevo.
—¡Claudia!—gritó tomándola de
sus pequeños y redondos brazos—. ¡Qué te he dicho!
—Que en casa no se hace—susurró
con ternura tocándose el labio inferior con un par de dedos. La mano
izquierda no la separó de las teclas, las cuales aún estaban
pulsadas.
—¡Quedas castigada!—intentaba
sonar como un padre autoritario, pero fue imposible.
Él tenía la misma debilidad que yo.
No podíamos ver a Claudia llorar o simplemente estar triste. Se
quedó allí parado, frente al piano, con los brazos en jarra y el
cuerpo levemente inclinado. Por mi parte sonreí al ver la escena
pues percibía el amor que ambos se ofrecían.
—Si me castigas le diré a Louis que
tú tuviste sexo con aquella mujer—dijo girándose hacia las
partituras.
—¡Lestat!—grité interviniendo—.
¿Es cierto eso? ¡Dime!
Por supuesto que sabía que Claudia no
mentía. Ella era incapaz de mentir en ese aspecto. Por aquellos años
aún no llegaba a los diez años humanos. Tan sólo era una niña con
menos inocencia, pero de igual modo un sincero y estricto deseo de
comunicar la verdad fuese como fuese.
—¡Claro que no!—gritó. Estaba
horrorizado y sus enormes ojos azules estaban fuera de sus órbitas.
Lestat había retrocedido y golpeaba al
aire furioso, caminando como un animal de un lado a otro, y ella sólo
sonreía moviendo sus pequeños pies e iniciando nuevamente la
partitura.
—¡Claro que sí!—dijo alzando su
tierna vocecilla.
—¡Lestat!—estaba furioso y me
abraza a mí mismo. Miles de imágenes se lanzaron a mi mente.
Recordaba sus conquistas y yo mismo había visto como metía sus
manos entre las faldas de numerosas jovencitas. Él disfrutaba de las
atenciones de cualquier dama. Todas estaban dispuestas a caer en la
trampa de aquel bohemio descerebrado que tenía por amante.
—¡Estaba cazando!—aquella excusa
la había escuchado mil veces, pero sus ojos hablaban de algo más.
—Mentira, padre. Ella parecía viva
cuando te marchaste—tarareó al ritmo de la canción como si se
divirtiera el sentir mi rabia aumentar y la desesperación de Lestat.
Me aparté llevándome la mano derecha
a los labios, quería romper a llorar y no me atrevía. Me vengaría
de él y de ella. Haría que esa mujer pagara por atreverse a tocarlo
o siquiera mirarlo. Él era mío. Me sentía tan suyo que no podía
evitar pensar que del mismo modo él me pertenecía. De inmediato
corrí hacia la puerta, pues la buscaría aunque no sabía nada de
ella.
—¡Louis! ¡Louis! ¡Dónde
vas!—gritó agarrándome del brazo derecho, casi a la altura del
codo, para detenerme y pegarme hacia su figura.
—¡A buscarla! ¡Daré con ella! ¡La
quemaré!—exclamé a punto del llanto y al verlo a los ojos, esos
malditos ojos de endemoniado seductor, terminé haciéndolo.
—¡Por Dios! ¡No eres la Santísima
Inquisición!—dijo como queja moviendo su cabeza con su melena
leonina completamente suelta.
—Ah... ya sé que puedo quemar
mejor—mi voz sonaba quebrada, pero sin duda iba a ser firme en mi
última decisión.
—¡Mis libros eróticos no!—me zafé
de él cuando explotó en aquel grito. Podía gritar y suplicar, pero
aquella sobras terminarían quemadas.
—¡Sí!
Esa noche perdió varias novelas en
encuadernación de lujo, las cuales eran sobre amores tormentosos y
llenos de sexo. Si alguien cree que las novelas eróticas es cosa del
hoy se equivoca. Ahora medito sobre aquella noche y me doy cuenta que
debí quemarlo a él, pero no a esos pobres e inocentes libros.
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