Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

lunes, 10 de marzo de 2014

Travesuras

Bonjour

Louis ha querido recordar una escena típica. ¡Ah! Esa diablilla. Extraño a Claudia en ocasiones, pero después recuerdo que su fantasma me persiguió demasiado. 


Lestat de Lioncourt




El reloj marcaba la media noche. La primavera cada vez era más tórrida. Fuera el aroma de New Orleans penetraba con fuerza. Las flores estaban rebosantes de vida y tan espléndidas como la propia noche. La luna se alzaba a lo lejos, completamente llena, y el silencio era ya un hecho salvo en algunos callejones. El mundo se había sumido en la cuaresma y pronto llegaría la Pascua. Nuestra vivienda estaba en calma y Claudia arrancaba algunas notas al piano.

Había permitido que se quedara a solas con el profesor. Era el quinto que tenía. Ya era toda una experta en numerosos compositores y solíamos pedirle a los empleados, los cuales contratábamos con cautela, que compusieran algo para ella si terminaban a nuestro servicio. Si bien muchos terminaban muertos. Ella tenía un apetito voraz y no sabía controlarse en absoluto.

Entonces la calma se evaporó. Escuché un golpe seco contra el piano y como un cuerpo caía. Me giré de inmediato hacia el interior, pues me hallaba en el balcón, y caminé precipitado hacia ella. Allí estaba mi hermosa niña de cabellos dorados, con su mirada inocente suplicando a Lestat que no la castigara. Había pasado de nuevo.

—¡Claudia!—gritó tomándola de sus pequeños y redondos brazos—. ¡Qué te he dicho!

—Que en casa no se hace—susurró con ternura tocándose el labio inferior con un par de dedos. La mano izquierda no la separó de las teclas, las cuales aún estaban pulsadas.

—¡Quedas castigada!—intentaba sonar como un padre autoritario, pero fue imposible.

Él tenía la misma debilidad que yo. No podíamos ver a Claudia llorar o simplemente estar triste. Se quedó allí parado, frente al piano, con los brazos en jarra y el cuerpo levemente inclinado. Por mi parte sonreí al ver la escena pues percibía el amor que ambos se ofrecían.

—Si me castigas le diré a Louis que tú tuviste sexo con aquella mujer—dijo girándose hacia las partituras.

—¡Lestat!—grité interviniendo—. ¿Es cierto eso? ¡Dime!

Por supuesto que sabía que Claudia no mentía. Ella era incapaz de mentir en ese aspecto. Por aquellos años aún no llegaba a los diez años humanos. Tan sólo era una niña con menos inocencia, pero de igual modo un sincero y estricto deseo de comunicar la verdad fuese como fuese.

—¡Claro que no!—gritó. Estaba horrorizado y sus enormes ojos azules estaban fuera de sus órbitas.

Lestat había retrocedido y golpeaba al aire furioso, caminando como un animal de un lado a otro, y ella sólo sonreía moviendo sus pequeños pies e iniciando nuevamente la partitura.

—¡Claro que sí!—dijo alzando su tierna vocecilla.

—¡Lestat!—estaba furioso y me abraza a mí mismo. Miles de imágenes se lanzaron a mi mente. Recordaba sus conquistas y yo mismo había visto como metía sus manos entre las faldas de numerosas jovencitas. Él disfrutaba de las atenciones de cualquier dama. Todas estaban dispuestas a caer en la trampa de aquel bohemio descerebrado que tenía por amante.

—¡Estaba cazando!—aquella excusa la había escuchado mil veces, pero sus ojos hablaban de algo más.

—Mentira, padre. Ella parecía viva cuando te marchaste—tarareó al ritmo de la canción como si se divirtiera el sentir mi rabia aumentar y la desesperación de Lestat.

Me aparté llevándome la mano derecha a los labios, quería romper a llorar y no me atrevía. Me vengaría de él y de ella. Haría que esa mujer pagara por atreverse a tocarlo o siquiera mirarlo. Él era mío. Me sentía tan suyo que no podía evitar pensar que del mismo modo él me pertenecía. De inmediato corrí hacia la puerta, pues la buscaría aunque no sabía nada de ella.

—¡Louis! ¡Louis! ¡Dónde vas!—gritó agarrándome del brazo derecho, casi a la altura del codo, para detenerme y pegarme hacia su figura.

—¡A buscarla! ¡Daré con ella! ¡La quemaré!—exclamé a punto del llanto y al verlo a los ojos, esos malditos ojos de endemoniado seductor, terminé haciéndolo.

—¡Por Dios! ¡No eres la Santísima Inquisición!—dijo como queja moviendo su cabeza con su melena leonina completamente suelta.

—Ah... ya sé que puedo quemar mejor—mi voz sonaba quebrada, pero sin duda iba a ser firme en mi última decisión.

—¡Mis libros eróticos no!—me zafé de él cuando explotó en aquel grito. Podía gritar y suplicar, pero aquella sobras terminarían quemadas.

—¡Sí!


Esa noche perdió varias novelas en encuadernación de lujo, las cuales eran sobre amores tormentosos y llenos de sexo. Si alguien cree que las novelas eróticas es cosa del hoy se equivoca. Ahora medito sobre aquella noche y me doy cuenta que debí quemarlo a él, pero no a esos pobres e inocentes libros.  

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Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt