Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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lunes, 8 de mayo de 2017

Misiva

Carta de Louis a Pandora... Esto fue mucho antes de Príncipe Lestat. 


Estimada compañera:

Me pongo en contacto contigo porque me anquilosa demasiado este mundo. Sé que ambos hemos compartido grandes momentos que nunca se han revelado. Durante algún tiempo he releído esos poemas que me aconsejaste, pero sigo sintiendo un vacío enorme en mi pecho. Es como si mi alma se sintiese insatisfecha incluso ante la magnífica belleza de estos tormentosos diálogos del poeta consigo mismo, el papel y cualquier lector agradecido. En ocasiones los recito, pues son hermosos. No obstante, soy incapaz de llenar ese vacío que cada vez es mayor.

Ayer intenté conversar conmigo mismo. Leí una de las obras más importantes de Thomas Mann y me quedé pensativo durante un largo rato. Hay vivencias que no he vivido plenamente y algunas ni siquiera las rozaré. No recuerdo bien mi nacimiento en este mundo, pues estaba más pendiente de mi muerte. El dolor era insoportable y sólo quería que pasase el mal trago. Jamás dejé de creer que la muerte era más importante que la vida, por eso decidí ser respetuoso con los humanos. Deseaba que ellos murieran por sí mismos, ya fuese por enfrentamientos absurdos en una taberna llena de hombres rudos y estúpidos o en la cama debido a una dura enfermedad. Me equivocaba. La vida es más maravillosa y ahora la arranco sin importarme nada. Arranco la vida porque las vivencias humanas me hacen sentir comprendido. Aún así, tal como te he dicho, sigue el vacío.

Como bien sabrás Maharet me hizo llamar a su presencia. Fue poco después de lo ocurrido con Lestat. Supongo que quería agradecerme la conversación tímida y breve que tuvimos en aquel entonces. Fue en la capilla. Nos reunimos ambos para sentarnos frente al cuerpo de Lestat que parecía el de un santo incorrupto. Murmuramos algunas vivencias que nos habían hecho estar ahí, frente a él, amándolo y preocupándonos. Después me llegó una carta. Me pedía que la viese y eso hice. Me reuní con ella en una vieja casa abandonada en esta ciudad sin escrúpulos y sin la belleza que antes poseía. Nueva Orleans ya no es lo que era y seguirá siendo alienada por la corrupción despótica de tantas almas, pero eso no importa ahora ¿verdad? Lo importante fue la reunión. Ella quería que fuese más fuerte y prácticamente me exigió que bebiese de su sangre. Me negué. Es obvio que quiero tener la oportunidad de morir.

Hasta esta noche no me he dado cuenta, Pandora. No me he dado cuenta que quiero tener esa posibilidad tan sólo por Claudia. No quiero vivir ese momento con gran intensidad, ni degustarlo como si fuese especial. Tal como dijo Mann no lo disfrutaré, no lo viviré intensamente, no lo recordaré quizá si me convierto en un espectro... ¿Me reuniré con Dios? No lo sé. Ya no creo en nada. Ese es otro de estos grandes motivos por el cual me siento vacío. Aún así recurro a los poemas que tú me ofreciste. No puedo dejar de leerlos y emocionarme como un idiota.

Ojalá pueda volver a verte, pero de momento me despido. Sólo te pido que me envíes otro listado de poemas u obras que creas que pueda interesarme y no haya leído. Sabes que aprecio demasiado tu sensibilidad a la hora de leer y disfrutar de cada encuentro literario.

Esperando tus cálidas palabras,

Louis de Pointe du Lac.

domingo, 12 de febrero de 2017

En la lluvia

En fin, que se aclaren estos dos...

Lestat de Lioncourt 


—Todo ha ocurrido de nuevo.

Escuché sus palabras sorprendiéndome de su presencia. Había escuchado sus pasos, así como el latido de su corazón, por toda la avenida. Estaba desierta. La lluvia y el frío nocturno, de este otoño pluvioso y cruel, estaba logrando encerrar en sus jaulas de hormigón y cemento a todos los humanos. Se ocultaban en los nichos modernos que eran los altos y grises apartamentos, los cuales cada vez se asemejaban más unos a otros.

—Pero no del mismo modo—respondí.

Mis enormes ojos castaños se perdieron en los suyos. Me había girado hacia él para verlo bien. Tenía un aspecto juvenil, algo desaliñado, en comparación conmigo. Él seguía usando los pantalones algo amplios, casi caídos, y desgastados por los bajos. Tenía una sudadera cualquiera, algo gruesa, de color gris plomizo y una chaqueta tejana de solapas forradas en lana. Faltaban sus enormes gafas de pasta para volver a ser mi Daniel, pero eso no importaba. Estaban esos impresionantes ojos violáceos recorriendo mi rostro.

—Aún así, volvemos a tener la culpa por desinteresarnos por el pasado, el cual tiene proyección en este presente y en cualquier futuro—dijo metiendo sus grandes manos en los bolsillos de los pantalones.

—Sí, tienes razón—susurré.

—Debí investigar—me sorprendió esa afirmación. Parecía seguro de sí mismo. Quizá creía que él podía haber dado con la clave del problema, pero ni siquiera Talamasca logró hacerlo. ¿Cómo lo iba a hacer él?—. Siempre he amado saber qué hay más allá de la punta de mi nariz.

—Has estado ocupado—dije—. No te fustigues más.

—¿Ocupado?—murmuró antes de echarse a reír a carcajadas.

—Perdiste algo más que el tiempo, Daniel—coloqué mis manos enguatadas en cuero negro sobre las solapas de su chaqueta. Yo vestía un traje formal de Armani con un elegante chaquetón de paño negro. Era como ver a un joven empresario con insuflas de dios sabe qué—. Dejaste de ser tú—mi voz se quebró unos segundos y carraspeé—. Te convertiste en un ser decrépito lleno de miedos.

—Precisamente, esos miedos debieron impulsarme a encontrar la verdad, a investigar—frunció el ceño y me tomó de las caderas. Amaba que lo hiciera, pero no iba a ser estúpido y decírselo a viva voz.

—El miedo coacciona siempre—aseguré.

—A Lestat no—dijo.

—Lestat es distinto—dije riendo disimuladamente—. Se vuelve valiente cuanto más miedo tiene pues busca la forma de escapar del aplastante problema, saliendo airoso y logrando a su vez, aunque parezca imposible, salvar a los que ama.

Lo había visto actuar decenas de veces. Podía palpar su miedo, pero era un miedo distinto al de los demás. Un miedo que le llevaba a enfrentarse a todos porque su mayor miedo era el fracaso y el desconocimiento.

—Supongo que tienes razón—susurró dando un paso hacia mí, pegándose más a mi figura.

Llovía. No llevábamos paraguas. Estábamos empapándonos. ¿Importaba? No. En ese momento no importaba nada excepto su fragancia. Olía a bar, a sudor de discoteca, pero no me interesaba saber dónde había estado. Tenía las mejillas sonrosadas, así que se había alimentado. Era mi Daniel. Volvía a ser parte de mi historia, ¿pero hasta cuándo?

—Daniel, ¿por qué has venido a pasear conmigo?—pregunté asombrándome por decir algo como aquello.

—No lo sé—dijo encogiéndose de hombros—. Tal vez no hay motivo.

—Siempre hay un motivo—sentencié.

—¿Eso crees?

Una risa nerviosa se escapó de sus labios y me dio la impresión de estar frente a un adolescente. Daniel era muy joven, aunque no tanto como yo, cuando le di mi sangre tras empeñarse en que debía ser inmortal. Estaba obsesionado. Sin embargo, una vez se la ofrecí todo desencadenó en una tragedia tras otra.

—Por supuesto—murmuré.


Me había quedado perdido en sus ojos, pero cuando aprecié que se inclinaba a besarme bajé los párpados. Acabé aferrándome a las solapas de su chaqueta, asiéndolo hacia mí, entretanto abría la boca para recibir un beso cálido de su parte. Un beso que acabó con su lengua palpando la mía, mezclando su sabor con el de mi saliva, provocando que un calor sofocante recorriera todo mi cuerpo. Se cortó la lengua, pude apreciarlo, y me ofreció su sangre. La lluvia seguía cayendo, el murmullo de las gotas salpicando era la mejor canción romántica de todos los tiempos, y por un instante me olvidé de todo lo que habíamos vivido. Volvíamos a ser Armand el vampiro que perseguía por distintas ciudades, de distintos países, al periodista que tuvo la oportunidad de entrevistar a un viejo amigo, compañero y amante.  

viernes, 17 de junio de 2016

Grumpy

¡Ah! Esos dos... ¿no son adorables? Digo, Armand y Louis. 

Lestat de Lioncourt





Me quedé observando desde la puerta aferrado al pomo mientras ellos discutían con tranquilidad, y sin pausa alguna, qué hacer. El mundo entero conocía su vieja relación de amistad, pero no sabían cuan unidos podían estar ambos a pesar de haberse llamado cosas terribles en sus memorias. La verdad sea dicha ambos contaron sus historias en plenas crisis emocionales y ambos pidieron disculpas mutuas cuando notaron al otro ofendido. Armand y Louis eran algo más que dos simples amigos sentados en una sala a media luz intentando comprender qué ocurría.

—Louis, ¿por qué tengo que ser yo el anfitrión?—dijo quejoso.

Había escuchado miles de veces como quien fue, y aún es, un ángel, un salvador, un pequeño demonio bondadoso fue líder de dos sectas muy diferentes. La Secta de la Serpiente era antigua y formaba un aquelarre de normas estrictas que incluso él sentía como pequeñas navajas enterrándose en sus sueños, asesinándolos así y convirtiéndolo en una figura llena de amargura. La otra fue un simple aquelarre de vampiros cuyo propósito era jugar con sus víctimas imitando a humanos que interpretaban a vampiros. Él era tan terco que pese a ser un líder útil y fuerte odiaba liderar o hacer algo que no fuese por su círculo cercano.

—Este edificio es lo suficientemente grande para dar acogida a tantos inmortales sin que se sientan incómodos por la presencia de otros—explicó Louis sosegadamente.

—Recuerdo la vieja reunión y no hubo problemas. No hubo organizador como esta—replicó intentando desembarazarse del asunto—. Era un lugar pequeño y perdido en medio de San Francisco. ¿Por qué yo? ¿Por qué mi edificio? Ah, no.

—Éramos menos—dijo con paciencia—. Luego hubo otra y mataste a muchos jóvenes porque era un lugar peligroso para la seguridad de algunos vampiros y humanos que estaban con nosotros.

—No quiero—se cruzó de brazos recostándose en aquel enorme sillón de orejas. Sus piernas no llegaban al suelo y pateaba como si fuera un niño.

—Benjamín ha pedido una reunión constantemente para parar este desastre—prosiguió para hacerle entender que era necesario para frenar las Quemas.

—¡Ah, claro!—se quejó colocando sus manos en los brazos del sillón para impulsarse—. Como Benji lo ha hecho debo dar yo la cara por él—dijo ligeramente inclinado hacia delante mientras le miraba como un niño en plena pataleta.

—Armand...—murmulló.

—¡Qué!—exclamó—Oh, tú no te sientes miserable al recordar a uno de tus maestros discutiendo con otro hora tras hora. Tampoco tuviste que ver como terminó esa discusión.

Yo no viví el momento en el cual Santino ardía como si fuera una miserable cerilla. Las reuniones fueron varias y parecían mezclarse en aquella discusión. Porque siendo sincero siempre había discusiones peores que estas cuando nos reuníamos. Parecía que los vampiros guardábamos demasiado rencor como si eso nos mantuviese vivos.

—Aún te duele la muerte de Santino.

—Efectivamente—dijo apoyando los codos sobre sus muslos quedando inclinado hacia delante, agachando la cabeza y dejando que algunos de sus mechones cubrieran frente.

—Es a Marius a quien no quieres aquí—dijo una obviedad. Claro que era él. Siempre era el amo a quien quería lejos.

—Es todo, Louis—murmuró.

—¿Quieres un abrazo?—preguntó levantándose del sofá con elegancia mientras dejaba su libro, el cual había tomado para rememorar momentos con Lestat, sobre una mesilla adjunta.

—Oh, sí. Ahí vienes. ¡Ahí vienes!—dijo alzando las manos.

—Armand, no lo hago para que cambies de opinión entre mis brazos—susurró.

—Haz lo que quieras—refunfuñó.

—Eres como ese enano gruñón en Blancanieves—dijo sosteniéndolo al fin contra él.

—¡Oh, Dios! ¿Por qué me comparas con él?—preguntó hundiendo su rostro en el torso de su viejo amigo.

—Por lo gruñón—respondió entre carcajadas.

—Claro, el tamaño no tiene nada que ver...


No sé como pero después me buscó, se puso frente a mí y me abrazó dándome luz verde para que la reunión fuese en nuestro refugio, en su edificio, porque creía que era lo mejor para todos.  


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Dedicado a mi amiga Raku por soportarme tantos años. Feliz Cumple, baby. 

jueves, 20 de noviembre de 2014

El amor de un padre

Louis otra vez recordando a Claudia. ¿No ve que le hace mal? Nunca me hará caso. Aún así ella fue nuestra damita. 

Lestat de Lioncourt



Recuerdo tu pequeño cuerpo aferrado a mí como si fuera tu ángel. ¿Alguna vez fui tu ángel, pequeña mía? Tal vez lo fui durante un breve instante. Quizás me convertí en un demonio, igual que él, frente a tus hermosos ojos azules. No puedo olvidar tus manos jugando con mis largos mechones ondulados. Tan preciosa, tan pequeña y de labios diminutos que susurraban secretos en mi alma. Me decías cuanto me amabas y necesitabas, rogabas por poemas y cuentos infantiles. Te creía inocente. Eras como una rosa blanca en mitad de la oscuridad, la misma que te fue pudriendo poco a poco y te convirtió en ramillete de perla negra. Sí, en cientos de pétalos prácticamente negros.

Te vestiste de dama cuando aún veía a la niña de hermosos tirabuzones dorados. Esos hilos de rayos de sol que parecían iluminar mi mundo, nuestro mundo, aunque te hallaba aferrada a tus víctimas con tus pequeños dedos como terribles garras. Sólo eras una niña. Una pequeña caprichosa a la cual le concedía todo lo que me pedía, completamente obnubilado por tu belleza y por tus palabras dulces sobre tu necesidad de cariño.

Fui tu padre, pero también fui tu madre. Yo fui la figura menos autoritaria. Me conmovía demasiado tus redondas y llenas mejillas cubiertas de pequeñas lágrimas. ¿Sabes? Eran como pequeños rubíes que brillaban con una belleza similar a tus encantadoras sonrisas, pero aún así las deseaba lejos de ti. ¿Cuántas veces las sequé? Cientos de veces, cariño mío. Despejaba tu frente, la besaba y secaba tus lágrimas procurando calmarte.


Me pregunto tu odio hacia mí, como hacia él, fue causado sólo por el dolor de no poder crecer, como si fueras una Wendy que decidió quedarse por siempre en el País de Nunca Jamás, o porque la semilla del odio germinaba ya en ti. Hubiese dado cualquier cosa por un beso sincero, un abrazo tierno y una última despedida más allá del odio, el rencor y el dolor que pude ver en tu fantasmagórica figura.  

domingo, 21 de septiembre de 2014

Seducción mortal

Y aquí, niños y niñas, tenemos a un periodista medio loco y a su torturador. ¡Quiero decir! Daniel y Armand. Con todos ustedes la persecución de bar más extraña. 

Lestat de Lioncourt 


El cigarrillo se consumía lentamente en el cenicero. Sus ojos, cansados y desganados, observaban como la colilla caía gris casi negra. Se preguntó por un momento cuándo empezó a fumar, pero lo había olvidado. Igual que había olvidado ya los motivos por los cuales ser periodista. El honor ya no existía. No había orgullo. Todo se reducía a una caza silenciosa. Su vida se había convertido en un salón lleno de almas, todas cubiertas por palabras pintadas con tinta fresca, que le observaban distraidamente mientras él las elegía. Era un asesino con la pluma, pues al elegir a uno de ellos y sacarle toda su vida, derramándola en cintas de cassette y libretas, se convertía en un monstruo. Se alimentaba de ellos. El poder de la información y el deseo era suyo, aunque era un poder muy limitado.

La nicotina no funcionaba hoy, tampoco el whisky. Nada iba bien. Tenía un montón de cintas con una buena historia, la mejor de su vida, en la guantera. Su editor había dicho que la haría público en cuanto la tuviera transcrita. Se haría rico y famoso. Tendría todo lo que quisiera. Las chicas no volverían a dejarlo de lado, podría ir a Las Vegas y correrse la fiesta que siempre ha deseado, incluso podría pagar al casero todo lo que le debía y comer en un buen restaurante sin esperar a que no escupieran en la comida. Pero no era suficiente.

Él estaba ahí. A pocos pasos. Sabía que lo estaba mirando. El vello de su nuca se levantaba y eso era mala señal. Pronto lo tendría a su lado, seduciéndolo con esa sonrisa cándida y unos cojos castaños tan profundos como su ponzoñosa alma. No comprendía que sucedía con él. Detestaba su presencia, era horrible porque rezumaba muerte, pero a la vez se sentía atraído y quería poner sus manos temblorosas en él.

—Ponle otra a mi amigo—dijo dándose impulso para subir al taburete.

—Niño, no es sitio para estar aquí—comentó la camarera—. No somos niñeras—masticaba chicle con la boca abierta, olía a fresas, pero su colonia de canela estaba mezclada con tabaco y cerveza. Sus labios eran carnosos y rojos, su minifalda muy estrecha y su escote exagerado. El sonido de sus tacones era algo que le taladraba el cerebro, aunque la música estaba ligeramente alta—. ¿Viene contigo este mocoso? No aceptamos menores, nos pueden cerrar.

—No es un niño, es un monstruo—chistó.

—¿Así me tratas Daniel?—susurró divertido, pues se notaba en su expresión cándida. Pestañeó lentamente y meneó suave su cabeza—. Quiero invitarte a un whisky de mejor calidad, algo que te ayude a olvidar—su voz era ligeramente femenina, por su timbre, pero sin duda era la de un hombre. Su aspecto caminaba entre su lado adulto y una frescura salvaje. Algunos hombres lo miraban con cierto deseo, ya que era carne nueva y algunos no miraban que tenían entre las piernas. Esa boca ligeramente abierta, de labios sensuales, apetecía. Incluso a él le estaba apeteciendo. Llevaba ropa vulgar. Una camisa negra abierta, otra sin mangas debajo de color blanco y de algodón, unos jeans desgastados y unas deportivas converse con uno de los cordones sueltos. Era el disfraz perfecto—. Daniel Molloy, periodista—dijo sacando una tarjeta de su bolsillo—. Me gusta que eligieras este papel, es muy suave.

—¿Quién te la dio? Porque yo no he sido—se la arrebató frente a la chica y la miró a los ojos—. No viene conmigo, me sigue que es distinto. Este mocoso no es más que un monstruo. Lo que tiene aquí delante sólo es ficción. Es un disfraz.

—Pues es un disfraz muy logrado—contestó ella mirándolo de arriba hacia abajo.

—Ponle un whisky—señaló una botella. Uno de esos whiskys que casi ni se vendían. Eran de las botellas caras, de esas que daba hasta lástima abrir—.Yo no beberé, pero puedo invitar—comentó colocando sus pequeñas y finas manos sobre la barra.

—No deberías seguirme—dijo tomando lo que restaba del cigarro, tirando la colilla en el cenicero y llevando la húmeda boquilla a sus labios. Dio una calada y apagó el cigarro, lo miró a los ojos y soltó el humo por la nariz—. Necesito paz.

—Te veo desmejorado, aunque esa chaqueta de cuero me gusta—se apoyó bien en la barra quedando girado hacia él. Sus pies no rozaban el suelo. ¿Cuánto podía medir? ¿Un metro setenta quizás? Algo así. Molloy le rebasaba en altura, pero no en fuerza. Si intentaba empujarlo terminaría con los brazos rotos—. Tienes un aire muy bucólico.

—¿Bucólico?—se echó a reír escuchando como el vaso se colocaba frente a él, aunque ni lo miró—. Llevo dos días sin poder dormir, la ropa la he lavado mal en una de las lavanderías de por aquí y ni siquiera la he planchado. Mira mis jeans, están rotos. Tengo el pelo revuelto y los ojos ojerosos. ¿Bucólico? Soy un desastre. Deja de halagarme.

—A mí me gustas así—sonrió como lo haría una mujer. Esa seducción peligrosa y tentadora que te llama, sugiriéndote más.

—¿Qué buscas?—dijo al fin tomando el vaso con su mano izquierda, apoyado en la barra de costado y con sus ojos, casi violetas, clavados en aquel aparente muchacho. El vampiro sonreía, seducía y se dejaba ver. Él no lo comprendía.

—A ti—respondió.

Daniel soltó el vaso y sintió un súbito mareo. Se levantó a duras penas del taburete y tambaleando se marchó al baño. Un ataque de pánico en toda regla. Tomaba conciencia que podía morir. Aquel vampiro le seguía y parecía jugar. ¿Los vampiros juegan con la comida? Tal vez ese sí.

El baño apestaba a orines. No esperaba nada bueno de un lugar donde la limpieza de la barra brillaba por su ausencia. Era un tugurio, como cualquier otro, en un mal barrio y con una pésima iluminación. Si había entrado era porque su coche se quedó sin gasolina, necesitaba una copa y alejarse de las cintas. Todo le daba nauseas. Incluso su propio reflejo le arrancaba arcadas. La puerta se cerró y quedó frente a los urinarios, el espejo sucio le mostraba su rostro pálido y su barba algo crecida por días sin afeitarse, sus zapatos parecían tropezar con todo y terminó apoyado contra una de las puertas de los inodoros. Quería huir. Deseaba ir a casa. Pero él hacia mucho tiempo, desde que tuvo la suficiente edad para montarse tras un volante, dejó de tener un sitio fijo donde vivir.

La puerta se abrió de improviso. El sonido de sus pequeños pies sonaron sobre las sucias y pringosas baldosas. Sus ojos chocaron con los suyos y notó su diversión. El sonido de la puerta cerrándose otra vez se camufló con las pisadas, el sonido de la tela crujiendo y sus manos se apretaron en puño golpeando la puerta. Quería gritar y no podía.

—Daniel—su nombre otra vez en esos labios—. Daniel—labios insistentes y mortíferos.

—¡Qué!—empezaba a sentir dolor de cabeza y ya no veía bien. El hedor era insoportable, su cuerpo tiritaba y pronto fue arrastrado hacia los lavabos.

Quedó apoyado en éstos, con la espalda pegada a los espejos, y las manos de aquel ser recorriéndole el rostro. Tenía las manos frías, igual que fría era la muerte, pero aún más fríos eran sus labios. Cuando lo besó no pudo dar crédito. Él cedió casi al instante. Era la primera vez que besaba a un hombre, aunque ¿podía considerarse esa criatura un varón? Parecía más bien una muchacha, pero con otro empaque. Era un ser siniestro y poderosamente seductor.

—Me he enamorado de ti—dijo con sencillez.

—¿De mí?—balbuceó.

—De ti.

Sus manos se movieron rápidas y bajó la cremallera. Pronto surgió su miembro de entre sus pantalones y ropa interior. Él se quedó paralizado por unos segundos y cuando recobró el aliento, así como un breve segundo de cordura, notó el aliento frío del vampiro. Su lengua se deslizaba por su glande y pronto sus labios apretaron ligeramente el resto de su longitud. Tenía los ojos entrecerrados, la camisa mal abrochada y el pelo revuelto. Era la viva imagen de un moribundo sintiendo las caricias de un ángel. Los ojos de aquella bestia brillaban de lujuria y sus dedos, largos y finos, apretaban sus caderas. Daniel estaba siendo tentado y la perdición era deliciosa.

—¿Qué demonios haces?—balbuceó aún mareado.

La excitación le hacía sudar, aunque ya sudaba. Parecía febril, como si hubiese contraído el dengue, y sentía la boca pastosa. El sabor del whisky y la nicotina se mezclaba. Estaba perdiendo el juicio. Sus manos se pegaron a sus sedosos cabellos que parecían fuego, sobre todo bajo la ligera luz ambiental que parpadeaba. Jadeaba, gemía y buscaba auxilio para su condenación. Su alma quedaría marcada, lo sabía. Aquella boca era demasiado seductora y parecía saber como tocar. ¡Esa maldita lengua! Estaba por perder todo en lo que creía, incluso en el miedo que lo mantenía alerta y concentrado en sus pequeñas divagaciones.

«Es sólo un truco, no caigas en él. No aceptes la seducción. Es un demonio. Un demonio. Deja que se vaya. Olvídalo. Huye mientras tengas fuerzas. ¿Tienes fuerzas Daniel? Yo creo que aún te quedan. Sé valiente.» Su mente era una olla a presión. Su mundo se desvanecía. Tenía una poderosa erección y sus caderas se movían sigilosamente. Terminó por levantarse y doblegar al ser que lo seducía. Fue sencillo, pues sólo tuvo que besarlo y pegarlo contra los lavabos. Bajó sus pantalones, buscó su blanco trasero y entró furioso. No había huido, no hizo caso a su cerebro racional. Sólo actuó. Sexo, sexo y más sexo. El movimiento de su pelvis. El placer exacerbado. La confusión dio paso a la lujuria y la lujuria a la necesidad.

—Daniel—dijo su nombre girando su rostro, con el lado izquierdo apoyado en la puerta, y con unos ojos que parecían los de un demonio. Seducía y calentaba. Veía el fuego quemándole.

La puerta se abrió. Un hombre corpulento quedó en el marco de la puerta, observando el espectáculo, y a pesar de su sofoco, como de sus fiebres, pudo ver en su expresión cierta gula. Armand no parecía una mujer, tampoco una niña y ni mucho menos un hombre. Era un ángel. Un ángel que se lamía los labios incitando incluso a ese borracho.

—Yo te puedo dar mejor—esa voz lóbrega, áspera y sucia le molestó. Era un tono lascivo demasiado recurrente en un hombre que solía tratar con putas, pues ninguna mujer en su sano juicio besaría esos labios mugrientos de dientes amarillos.

—Daniel—emitió un gemido lastimero y apretó el miembro de su interior—. Daniel...

—¡Largo!—gritó furibundo.

Daniel se apartó de su víctima, porque el vampiro había llegado a ser su víctima y no su cazador, para empujar al borracho y atrancar la puerta como buenamente pudo. Después, tambaleante, se acercó a él y ofreciéndole un beso rudo. Armand se abrazó a él lamiendo sus labios, cortando ligeramente su lengua y hundiéndola en la boca del reportero. Aquello le calentó mucho más. Era un elixir perverso. Sus manos palparon la estrecha cintura del pelirrojo y lo empujó contra la puerta de entrada, se hundió entre sus redondos glúteos y eyaculó.

Cuando acabó estuvo a punto de caer, pero Armand lo retuvo. Estaba febril y tuvo miedo, pero el calor que ahora tenía no era por el pánico, no era sudor por el miedo que le había provocado, sino por el placer que había liberado al fin. Rápidamente se vistió y colocó bien la ropa del muchacho, para salir de allí arrastrándolo. Dejó en la barra un par de billetes, lo sacó por la puerta y lo empujó dentro del coche.

—¿Te quedarás conmigo?—preguntó bajando ligeramente sus gafas—. Me necesitas...

—Tú me necesitas—respondió—. Soy la conexión a la nueva era de la tecnología.

—Daniel, me necesitas—repitió tomándolo del rostro—. Me amas, aunque no lo quieres aceptar. Serás mi amante mortal—decía besándolo ligeramente de forma tierna en las mejillas—.Te daré todo lo que me pidas.

—Tu sangre—musitó.

—Todo menos eso—dijo apoyando su cuerpo pequeño contra el suyo. Su semblante se entristeció. Había logrado tenerlo para él, retener unos minutos casi mágicos en un sucio retrete.


Tenía miedo. Ambos tenían miedo. Armand temía perderlo y él temía morir. El miedo los unió durante un tiempo, pero finalmente los actos más románticos pueden acabar con todo. Pero aquella noche, dentro de aquel tugurio y después en aquel coche, todo parecía ajeno. Un sueño. ¿Eso podía ser posible? Para Daniel sí. Estaba comenzando a quedar perturbado e inconsciente de todo.  

sábado, 19 de julio de 2014

Bonjour mes amis

Hoy les traigo un recuerdo, algo dedicado a Claudia, por parte de Louis y mío. Es delas pocas ocasiones en las cuales coincidimos y dejamos que el dolor fluya. 

Lestat de Lioncourt 


Observaba aquella fotografía culpabilidad. Sus largos dedos blancos rozaban la silueta mientras sus ojos verdes se conmovían. Sintió como algo tiraba de su corazón, igual que cuando se captura un pez y lo sacan del agua luchando por su vida. Louis mostraba una frialdad cruel, una forma déspota y fría que regalaba como una sonrisa de ángel de la muerte. Se había convertido en una leyenda de hielo con actos de fuego y desesperación. No era más que un asesino tan vacío como otros, o eso podía llegar a pensar cualquiera.

Lestat estaba frente a él. Sabía que algo en Louis aún se conmovía como antes. El recuerdo de aquella niña era lo único que avivaba la llama de su corazón, del mismo modo que él se entregaba al llanto al pensar en sus rizos dorados, sus mejillas llenas y sus labios carnosos. Claudia los conmovía. No era el ser que habían visto en varias ocasiones, sino su niña. Siempre sería su niña.

—¿Por qué me haces esto?—dijo, con la voz temblorosa—. Te presentas aquí, en mi casa, para mostrarme ésta vieja fotografía que ella quiso tomarse. Eres tan cruel, pero tan cruel—una lágrima brotó como si fuese la chispa de la vida de un manantial, rodó por su mejilla izquierda y cayó desde el mentón a la imagen—. Te detesto.

—Ocasionalmente, no siempre, deseo recordar al hombre que fuiste—murmuró aproximándose a él con la elegancia habitual. Sus pasos resonaron en el suelo de mármol, quedando a pocos centímetros de los zapatos impecables de Louis. Lestat se inclinó y finalmente quedó de rodillas mirándolo a los ojos—. Detesto lo que eres ahora. No queda amor en ti. Ya no queda nada en ti. No hay nada bueno. La única llama que veo brillar en tus ojos, esa llama de dolor y bondad, es con su recuerdo. Lo que hay allí fuera, lejos de estas paredes, no es Claudia y lo sabes. Nunca regresará y lo que está rondando éste mundo es sólo un receptáculo de odio y sufrimiento. Louis, por favor, sólo te pido que seas humano unos segundos y recuerdes el vampiro que...

—¡Déjame!—gritó empujándolo, mientras se guardaba en el bolsillo izquierdo de su chaqueta la fotografía, y de inmediato se puso de pie señalándolo con el dedo índice de su diestra—. No es el vampiro que yo era, sino el padre que siempre he sido. Maldito embustero... ¡Canalla!—su tono de voz se elevaba y quebraba, las lágrimas eran cada vez más abundantes y Louis terminó chillando mientras se lamentaba.

—¡Yo también sufro!—dijo incorporándose para tomarlo de los brazos—. Louis, Louis... Yo también sufro—lo miró con aquellos impactantes ojos y subió sus manos hacia su rostro, manchando sus perfectas manos con aquellas lágrimas y dejando que el calor tibio de Louis lo transportara a esa noche—. Lloré como un condenado a muerte cuando tuve su vestido...

—Vete de mi casa, busca a tu bruja y no vuelvas—susurró más calmado—. No sé porque te preocupas de mi sufrimiento.

—Porque sigue siendo el mismo y yo soy quien mejor te entiende—expresó—. Rowan no tiene nada que ver en ésto. Además, ella también perdió mucho en ésta vida.

—Te he dicho que te vayas—tenía los ojos cerrados y una pose digna, pero por dentro se retorcía de dolor.

—Sí, me iré porque mi lugar está junto a ella. Sin embargo, tuve la esperanza de poder hablar contigo sobre...

—¿Sobre Claudia? ¿Por qué?—dijo abriendo los ojos sintiendo una furia que lo consumía.

—Tal día como hoy moría a manos de Armand...

Louis lo había olvidado, pero Lestat no. Ambos guardaron silencio y se miraron a los ojos. Lestat pudo ver por segundos al vampiro que tan bien conocía, su mártir, y Louis pudo ver al fin al padre abnegado, aunque mentiroso a veces, de Lestat.

—Ya lo has visto, ahora vete—murmuró.

—Ofrece mis saludos a David—susurró con una leve sonrisa amarga.

—¿Has encontrado la felicidad con ella?—preguntó tomando asiento de nuevo en su sillón de orejas, para descansar así su cuerpo que aún permanecía en tensión.

—Cada segundo a su lado es un regalo—respondió rápidamente—. ¿Cómo no hallar la felicidad?

Su aspecto era el de un príncipe. Aquellas ropas modernas no le desmerecían. Su rostro era el de un joven de piel algo bronceada, pero con la textura del mármol. Sus ojos eran azules profundos, con una tonalidad gris y violeta que centelleaba con el juego de luces de la habitación, enmarcados en unas cejas doradas y perfectas que avivaban su rostro. Tenía una expresión tranquila, aunque en ciertos momentos se podía apreciar el sufrimiento que éste tenía. Se llevó una mano a sus rizados cabellos y se giró meditando mientras caminaba hacia la salida.


—Espero que no destroces lo que posees... —musitó Louis hundiéndose en el sillón, con los brazos rodeando su cuerpo y la congoja aún agitando su corazón.  

domingo, 27 de abril de 2014

Yo soy fuego

Comenzamos con un poema de Louis dedicado al fuego, bueno dedicado a mí para quemarme vivo con él. Muy amable, vamos. Considerando que es su único regalo en años...

Lestat de Lioncourt 


Terror, locura y fuego.
La libertad está al otro lado.
Hoy nos encontraremos de nuevo.
Las llamas ya se están alzando.

Mírame, soy como un animal salvaje...
y mis ojos te persiguen en la noche.
No vas a poder escapar de éste viaje
a los infiernos de mi torturada alma.

El fuego purificará nuestro pasado
y plantará cenizas en el presente.
Hoy nos tomaremos de la mano
regresando al momento más doloroso.

Te torturaré siempre con mi presencia,
podrás escuchar mi voz en sueños.
Y de tu libertad pronto seré dueño
convirtiéndome en testigo de tu demencia.

Terror, locura y fuego.
La libertad está al otro lado.
Hoy nos encontraremos de nuevo.

Las llamas ya se están alzando.  

sábado, 15 de febrero de 2014

San Valentín

Como ocurre en cada ocasión les traemos algo especial por la festividad que se celebra. ¡Gracias a todos!

Lestat de Lioncourt

SAN VALENTIN


La noche había caído con su telón de oscuros nubarrones. El jardín estaba silencioso y allí sólo reinaba el aire que mecía las ramas y sacudía las escasas flores que germinaban en invierno. Todas las luces estaban encendidas y dentro de la vivienda, la cual era una enorme mansión de tres plantas, se hallaba repleta de vida. Una vida intensa cargada de música, risas, conversaciones y pequeños brindis que se alzaban hasta el techo mientras la calefacción comenzaba a ser innecesaria.

Muchos habían acudido mediante invitación y otros simplemente habían entrado gracias a la generosidad de la cual siempre hago gala. La noche era especial y no iba a discutir con alguien que quisiera unirse a la celebración. Se trataba de ofrecer amor y dar ejemplo, así que estaba especialmente decidido en dar un poco de cariño a todos aquellos que me amaban.

Los mortales siempre han sido mi debilidad. El amor que profeso hacia ellos es intenso. A veces siento una ligera molestia hacia su alocado modo de vida, ese en el cual dejan las contemplaciones de las obras más hermosas que uno puede jamás soñar y desperdician sin remedio las horas discutiendo sobre temas banales. Pero después recuerdos que son capaces de escribir obras que enternecen mi corazón, películas que llenan mis ojos de viejas imágenes de radiantes amaneceres y me adentro en la insana diversión que me produce la televisión. Amo las series absurdas que pasan ahora y que te llenan de frases pegajosas. También aquellas que tratan sobre lo sobrenatural o enfocan sus ideas, en ocasiones preconcebidas, sobre otras épocas.

Había decidido engalanar la mansión, la cual es estilo colonial, con corazones de diversos colores, lámparas que se asemejan a candelabros elegantes y muy funcionales, máscaras divertidas con frases ingeniosas, algunos aperitivos y vino francés, español e italiano. Amo ver como brindan con champaña, se dejan seducir por un espumoso italiano con toque de manzana o se embriagan con vinos tintos de la Rioja que llenan sus gargantas de una melodiosa canción de risas y palabras elevadas sin motivo. La música era esencial y pedí Ópera, Zarzuela, baladas clásicas y rock. Sí, sobre todo mucho rock.

En el centro del salón principal, donde se solía reunir mayor cantidad de invitados, había un hermoso Cupido de hielo. Al fondo se podía ver un tapiz, el cual había comprado hacía algunos años, que representaba el nacimiento de Venus. En las paredes habían colados retratos y momentos cotidianos hechos por Marius. Y la casa bullía de comentarios sobre las esculturas que había adquirido recientemente.

—Creo que te has excedido—susurró Rowan apareciendo al fin en la fiesta.

Muchos contuvieron el aliento. Ella parecía radiar luz propia. Sus cabellos se hallaban recogidos con algunos mechones sueltos, su elegante vestido negro caía sensualmente sobre sus curvas y poseía un discreto escote en v que dejaba ver sus marcadas clavículas. Su largo cuello, el cual me sedujo desde la primera vez que pude besarlo, parecía aún más erótico con aquel collar de perlas que yo mismo le había regalado hacía unas noches.

—Estás preciosa—dije atónito mientras llevaba mi mano derecha a mi cabeza apartando los mechones rebeldes que se habían soltado de mi coleta, pues decidí que llevaría el pelo recogido para mostrar un aspecto más pulcro. Sin embargo mi cabeza leonina, la cual me hacía parecer un enorme felino vigilando su territorio, seguía pareciendo que jamás se peinaba demasiado o que sólo lo hacía con los dedos—. Toda mi vida he deseado hacer esto en medio de una fiesta concurrida, con la mujer de mi vida y levantando envidias.

—¿Qué?—preguntó confusa.

La tomé de la cintura pegándola a mí, la incliné suavemente levantando con mi mano derecha su pierna y la besé en los labios. Los tenía pintado de rojo, pero en un tono tenue, y sus mejillas se veían realzadas por el maquillaje. Tener su rostro tan cerca me permitía apreciar sus pequeñas arrugas de expresión, las cuales dotaba a su rostro de vida, así como su mirada intensa de un gris que me contaminaba con pasión.

Cuando la incorporé retomando la compostura ella me miró algo acalorada, confusa, molesta y abochornada. Me tomó de las solapas de mi chaqueta blanca y me miró a los ojos. El rubor de sus mejillas era intenso y su expresión mostraba furia, pero yo sonreía descarado.

—Tu sonrojo hace juego con mi corbata roja y la rosa de mi ojal—susurré tomándola del rostro con mis manos, dejando que mis dedos pasearan por sus pómulos y finalmente la sujetara por debajo de su mandíbula—. Eres única.

—Nunca cambiarás—susurró soltando mi chaqueta para acomodar las suaves arrugas que había hecho, jugando con los botones para luego sonreír.

Se sentía quizás algo más animada en aquel lugar, pero seguía viendo que se veía a sí misma como un objeto inanimado fuera de aquella algarabía. Si había hecho una fiesta como aquella era porque deseaba celebrar nuestro aniversario de bodas algunos días antes, pues en la fecha exacta había decidido llevarla de nuevo a París.

—Dentro de un mes estaremos sentados en la Ópera para después, sin prisas, pasear por los jardines de Versailles—aquello hizo que me mirara confusa—. Es mi regalo de aniversario.

—Lestat me necesitan en la clínica—dijo apartándose unos centímetros de mí, pero logré detenerla tomándola de la cintura con ambas manos.

—Y yo te necesito a mi lado—susurré apoyando mi frente en la suya.

—Iremos con la condición que sólo sean unos días y me permitas saber la evolución de algunos pacientes—murmuró provocando que riera.

Sí, era feliz. Rotundamente sí. Era un hombre feliz lleno de emociones. Quería cantar y bailar. Pero sabía que ella no se atrevería y desearía quedar en segundo plano observando como todos se divertían a nuestro alrededor.

No muy lejos de allí, en la biblioteca, se hallaba David sumido en sus archivos. Eran fechas duras para él. Aunque sabía que la soledad siempre era una amante que jamás echó de su lado. Desde hacía algunas noches había escuchado como hablaba solo meditando, intentando hacer que Merrick volviese aunque fuese como espíritu pero era imposible hallarla. Él había perdido toda esperanza de poder despedirse de ella como tanto deseaba desde su muerte.

Podía visualizarlo a la perfección. Con su traje gris, su corbata negra y su camisa de algodón. Sentado en aquel sillón que destacaba por ser cómodo, propio de un ejecutivo y no casar con los muebles que tenía a su alrededor. Suavemente inclinado hacia el teclado, observando todas las anotaciones del último informe y preguntándose si debería o no ir a buscar a sus viejos compañeros para enfrentarlos cara a cara.

En el establo, donde sólo deberían encontrarse los caballos, se hallaba Mael con su yegua cepillándola mientras hablaba posiblemente de cualquier noticia a Avicus. El siempre paciente Avicus con un libro entre sus manos, su mirada oscura perdida en la nada y su enorme cuerpo acomodado sobre alguna de las vigas de madera. Siempre que iba a buscar a uno de los caballos, pues aún disfrutaba de cabalgar por la finca, los veía allí sumidos en un monólogo del druida mientras aquel imponente guerrero tan sólo asentía.

Pandora se paseaba por el balcón de una de las habitaciones superiores, la cual era una sala que solía reservar para contemplar algunos de los cuadros que adquiría. Estaba vestida con un traje rojo, muy llamativo, similar a las viejas túnicas que ella llevaba y con un broche dorado como única joya junto con sus pendientes y un brazalete. Arjun estaba a su lado, sentado en la barandilla, recitando algún poema que había leído recientemente y le gustaba a ella. Todo para servirla, hacer que se sintiera cómoda y tranquila.

Marius sin embargo estaba molesto y visiblemente airado. Aunque intentaba sentirse dichoso, pues hacía escasos días había logrado tener más que palabras con Pandora, no lo era. Armand se negaba a escucharle y estaba a punto de sacar su látigo. Al pasar ambos a nuestro lado pude escucharles.

—¿Por qué no me crees?—pregunto lleno de ira.

Marius vestía su distinguida americana roja, corbata negra y camisa blanca con unos pantalones de vestir negros acompañados de unos mocasines italianos. Armand vestía con una simple camisa celeste y unos tejanos negros junto con unas botas militares cuyos cordones estaban mal atados. Era como ver dos polos radicalmente opuestos.

—Porque es lo mismo que le dices a ella—reprochó.

—¡Te amo!—exclamó echando sus manos hacia él, pero éste lo empujó alejándolo con cierta decepción en su mirada.

—Tú sólo te amas a ti mismo y a tu látigo—dijo con terrible sinceridad.

—¡No hagas que te golpee!—estalló.

—Atrévete—le desafió con los puños cerrados esperando que le pegara.

Marius iba a propinarle una bofetada, pero Benji apareció tomándolo de la mano para que bailara. Sybelle tocaba el piano aunque nadie la escuchara y lanzaba miradas cómplices a ambos, tanto a Benji como a Armand.

En el tercer piso, en el ala izquierda de la casa, se podían escuchar ciertos gemidos que me sacaban de quicio. Era Mona en brazos de Tarquin entregándose a él por segunda vez en la noche. Al menos esta vez no había sido en el armario donde se guardaban los abrigos de algunos invitados. Ella posiblemente se hallaba con la falda levantada, aunque era mínima, y con las piernas bien abiertas para recibir a su adorado Abelardo.

No muy lejos de mí, los padres inmortales de Tarquin, intentaban no mostrar celos ante las diversas conversaciones que tenían sus admiradores con ellos. Petronia estaba a punto de golpear a una chica por besar la mejilla de Arion, aunque lo hizo con inocencia y para nada buscando algo más que un momento único e irrepetible. Arion deseaba matar al caballero que no dejaba de contemplar con lujuria a su compañera.

Manfred se hallaba en la otra punta de la vivienda, justo cerca de la puerta trasera que daba a la piscina, llorando por Virginia Lee mientras Julien se hallaba a su lado con carmín en los labios y en su camisa blanca. Una estampa extremadamente curiosa. Julien había vuelto a la vida y nos había visitado en varias ocasiones, pero aquel día parecía decidido a no atormentarme y quedarse quizás con sus maravillosos recuerdos. Stella bailaba frente a ambos convertida en una niña con un hermoso vestido blanco y cintas en su cabeza.

Louis había decidido no acompañarnos. Para él era mucho más interesante leer un buen libro en su cómoda vivienda que desplazarse para verme a mí, quien durante muchos años fue su pareja, en compañía de Rowan. Sabía que él no me perdonaría jamás el haberme alejado. No obstante él tenía que comprender que ya no éramos los mismos. Amaba a Louis, siempre le amaría, pero mi amor por él quedó desgastado y cruelmente vedado por su nuevo carácter. Jamás negaría que a su lado había sido feliz y que compartimos momentos únicos. Pero él y yo no éramos compatibles y jamás sentí lo que siento por Rowan. Son amores muy distintos. Uno era el amor de un chiquillo que quería ser amado a toda costa y otro es el amor de un hombre que desea ser amado y comprendido.

Para mi sorpresa quien sí había aceptado la invitación era Thorne. Se hallaba sentado en un gran sillón rodeado de las dos de las tres pelirrojas con las cuales compartía su vida. Jesse ya había ido a ver a Mael y conversado algunos minutos, Maharet había hecho lo propio incluso conmigo. Sin embargo habían decidido que estar a su lado era necesario, pues los ojos de Thorne jamás volvieron a ser los mismo y en realidad ni siquiera estaban ahí. Era Maharet quien lo guiaba por la oscuridad.

Mojo se hallaba tumbado en el sofá junto a una nueva compañera. Después que su viejo amor se marchara, una perra de su misma raza, con sus dueños al norte había tomado aprecio a otra dama algo más delicada y de aspecto seductor para él. Era una caniche de hermosos ojos marrones que llenaban de ternura a todos aquellos que la contemplaban. Rowan me había insistido que debía llevarlo al veterinario y proceder a la castración, pero no podía viendo aquella imagen tan idílica.

Nash estaba en ese mismo sofá, junto a Tommy que ya había crecido bastante y era inmortal como él. Ambos habían sido creaciones de Petronia y Arion respectivamente. Ambos eran inmortales. Ambos podían ir allá donde quisieran. Sin embargo estaban en mi fiesta conversando animados y entregados a las risas habituales en estas celebraciones.

Si bien mi sonrisa se borró de mi rostro cuando creí ver a Nicolas levantando una copa de champán, brindando por mí y riendo mientras se aproximaba a quien era ahora su tutor, compañero y amante. Sabía que ese malnacido se hallaba entregado a la pasión de los infiernos y se vestía de odio para mí. Él era atractivo, seductor y sobre todo una gran molestia. Pero cuando quise fijarme ya no estaba y era como si hubiese sido todo producto de mi imaginación.

—¡Eres un estúpido!—escuché la voz de Petronia antes que el golpe que le propinó a Arion, provocando que cayera de espaldas.

—¡Pero cariño!—dijo levantándose para ir hacia ella, pues ya se dirigía sin remedio hacia la salida.

La fiesta continuó entre murmullos que fueron acallándose por las risas de Benji. El pequeño vestía con ropa más occidental que las primeras veces que le había visto. Tenía en su rostro reflejado la felicidad y parecía que Armand olvidaba cualquier disputa mientras ambos estuvieran juntos.

Entonces me percaté que Dolly Jean me estaba robando botellas de ginebra, whisky y vodka. Me eché a reír sin parar porque yo podía regalarle esas botellas. No me importaba hacerle ese obsequio mientras ella fuese tremendamente feliz. Sabía bien que las robaba para ir a First Street, donde Michael seguía viviendo como invitado, y beberlas en compañía de Curry.

Si bien, esa fiesta estaba empañada de cierto temor, al menos por mi parte, pues el espíritu vengativo de Claudia estaba suelto. Louis había cometido un terrible error. Posiblemente él también estaría algo preocupado por el bienestar de nuestra hija. Ella había regresado gracias a Memnoch. Louis se había entregado al diablo para conseguir sus favores. La pequeña que conocíamos, y que amábamos, no era la misma que había visto Louis y David con sus propios ojos. Ella era el retrato idéntico al fantasma cruel y retorcido que buscaba venganza. Si bien no hizo acto de presencia.


La noche fue deliciosa. No me importó no poder bailar porque Rowan era demasiado seria y algo retraída. Sabía que su carácter se debía a todas las malas experiencias que había sufrido y yo no podía obligarla. Todos parecieron divertirse. Incluso se divirtió Daniel jugando a apilar los canapés hasta crear estructuras imposibles.  

martes, 4 de junio de 2013

Verde

Verde orgullo en la herida,
tan abierta como cierta
y tan profunda como nuestra.
Verde orgullo, cabellos negros.

Tú, pasión y celos
convertidos en mi segundo traje
mientras con una sonrisa
siempre me marcho, desvanezco.

Verde orgullo en tus ojos
como los pastos frescos
de un antiguo e incendiado cafetal.
Siglos de mentira y amor.

Tú, corazón y miedo
convertidos en el viaje
por los oasis de mi dolor
que es el tuyo, el nuestro.

Verde orgullo en tus ojos
y violeta puro en los míos.
Verde orgullo en la herida

por la cual muero y vivo.  

viernes, 10 de octubre de 2008

Halloween



la canción que canta Lestat en esta obra...espero que os guste



Imaginen una fiesta de disfraces, un momento agradable. Había pedido, más bien suplicado, a Mojo que se comportara como todo un caballero. Él asintió, no sé si para que dejara de hacer el ridículo o porque realmente lo aceptó. Busqué por el muelle un local abandonado, lo restauré durante un par de semanas y coloqué un decorado algo espectral. Muebles clásicos que pude encontrar en anticuarios, candelabros, cortinas de seda bordadas en hilos de plata y oro. Pero lo más majestuoso fue la mesa de los comensales, en el fondo del local bajo un pequeño escenario improvisado. Coloqué una escalera de caracol que llegara desde el techo al suelo del escenario, me demoró varios días conseguirlo y era parte del decorado de mi teatro. Varios ataúdes fueron dispersados por el suelo y los rincones del lugar, junto a velas, arañas de juguete y murciélagos. Un piano, bastante bien afinado, sobre la escena y luces parecidas a las usadas en mis producciones teatrales. Las invitaciones las elegí un día cualquiera, Mojo gruñía ante los horrorosos esperpentos que me trajeron como muestra. Pero al fin encontré una en papel antiguo, que se escribiría a mano y que se podía lacrar con mi sello.

-Llámame loco, llámame infeliz…llámame maravilloso portento porque hoy los pienso reunir.-tarareaba bailando un vals en medio de aquel lugar. La noche anterior había mandado los trajes junto a las invitaciones, invitaciones a todos aquellos que tenía cierto apego. Nada de príncipes, reyes o princesas…no de los reales, todos serían sacados de los cuentos más ufanos, vulgares o más tremendistas.

Cuando fue llegando la hora de la reunión llegaron los chef dejando en cada plato el nombre del invitado, junto a algunos canapés y yo desaparecí para tomar posesión de mis prendas. Estaba algo nervioso subido en el tejado, ocultándome de todos y Mojo sentado sobre mi silla observando las copas de vino aún vacías.

-Ni se te ocurra.-musité y él se irguió mostrando su lustroso porte canino.-Eso es, pórtate bien.-me acomodé los cabellos y cuando los invitados llegaban no encontraban la luz. Muchos podían sentirse, verse o tocarse, pero nadie sabía porqué los había reunido con aquellos disfraces.

Una musiquilla comenzó a retumbar, había contratado una orquesta. Mi voz surgió de las sombras. El coro me seguía en voz bajo, mientras las luces se iba iluminando los asientos y el decorado.

Niños, niñas y los demás, si.-susurré con un halo de misterio.-venís os voy a enseñar algo.-el primer pie en los escalones con los efectos especiales pertinentes.-extraño que hay aquí, la ciudad de Halloween, esto es Halloween, esto es Halloween.-treinta de octubre, como no. Los espectros debían de brindar y brincar conmigo.-Gritos en la oscuridad. Esto es Halloween! La función ya va a empezar,-aún sólo se vislumbraban mis botas.-somos traviesos y a todos vamos a asustar.-imágenes de hologramas comenzaron a surgir de la nada, fantasmas y mundos que únicamente existían en los cuentos.-Mi ciudad ¡Vamos a gritar! En la ciudad de Halloween.-mi persona apareció en la escalera y brinqué por ella hasta llegar al final.- Yo soy el monstruo que se esconde en todas partes dientes afilados, ojos muy brillantes,-aquel muñecajo apareció como de la nada, era un actor y era genial.- yo siempre me escondo detrás de la escalera, siempre tengo arañas en mi cabellera.-reí a carcajadas y mi disfraz era bastante conocido, el Rey del laberinto.-Esto es Halloween, esto es Halloween, Halloween, Halloweenn... En la ciudad, que es mi hogar, el día de difuntos voy a celebrar, mi ciudad, os encantará, todo el mundo sabe que algo va a pasar.-miles de monstruitos aparecieron de las puertas ocultas, ataúdes y del propio techo.-Mira dónde vas, muy bien escondido hay algo que te asustará y te hará gritar! ¡Gritar! Esto es Halloween. ¡Míralo! ¡Qué asco da! ¿Te asusté? ¡Pues ay que bien! Si queréis apostar, tira el dado y a jugar brilla la luna en la oscuridad.-un gran foco se apareció en el fondo de la pared iluminando un castillo abandonado, una maqueta que usé entre la pintura de un paisaje macabro.-¡Vamos a gritar! ¡Vamos a gritar! En la ciudad de Halloween yo soy el payaso que te hace llorar, de pronto aparece y desaparecerá. Yo soy aquel al que nunca veis, yo soy el viento estremecedor, sueño enemigo del astro rey lleno tus sueños de terror. Esto es Halloween, esto es Halloween. Escuchadme con atención sin terror no hay emoción junto a ti yo soy feliz trabajando en Halloween.-abrí la capa e hice aparecer, con un pequeño truco de magia, la bola de cristal.- Mi ciudad, os encantará, todo el mundo sabe que algo va a pasar.-acariciaba aquella cosa y se veían brumas.- Si Lestat de Lioncourt te atrapa un susto de muerte de dará y verás...-había cambiado la letra, como gran ser egocéntrico que soy. Pero por un día me lo podrán permitir ¿verdad?-Esto es Halloween ¡Vamos a gritar! Vamos a acabar con un tipo especial, nuestro Lestat es Rey de la Oscuridad, todos aplauden al Rey del Mal.-hice una reverencia y fueron desaparecieron lentamente en las sombras.- Esto es Halloween... En la ciudad, que es mi hogar, el día de difuntos voy a celebrar...-el coro también se dispersó entre las cortinas y demás decorado.- LA, LA, LA LA, LA, LA, LA, LA...-canturreaba aproximándome a mis queridos y amados amigos.

Louis estaba exquisito, sin duda sabía porqué me atrapó la primera vez. Vestido con viejas ropas, unas no muy distintas a como lo encontré y bufaba ante mi estupidez. Aunque, no pudo contener una sonrisa cuando hice una reverencia como si fuera un gran rey. Ambos lo éramos, yo el rey de las bromas pesadas y mentiras…él del humanismo exacerbado y de las negaciones continuas. Claudia, ya como una joven adorable, de María Antonieta pero con la cabeza en su sitio claro. Su busto, su mirada, su sonrisa macabra…era seductora, aunque peligrosa como una cobra.

Pero, sin duda, el más hermoso de todos era mi nieto. Llevé una mano a su mentón y comencé a bailar, el siguió mis pasos con carcajadas que se difundían entre el silencio.

-Griffith, que hermoso te ves como viejo caballero andante.-besé su frente y observé con que gracia llevaba la armadura, una muy parecida a la que yo llevé en su día.-¿Y este joven?-dije refiriéndome al hombre que vestía como un rajá.

-Mi pareja.-susurró en mi oído algo nervioso.-Y quien le acompaña también es mi amante.-era un joven robusto, de aspecto rudo y a la vez aniñado. Vestía como un hechicero o quizás como un enigmático guerrero.-No va disfrazado, abuelo.-murmuró besando mi rostro de mármol y se apoyó en el pecho del árabe.

-¡Vaya!-reí a carcajadas y al fondo noté la presencia de Armand. Venía engalanado como un ángel, con unas alas perfectas que yo mismo diseñé recordando los viejos dibujos de Marius. Mi maestro estaba a su lado, acariciando sus cabellos, mientras llevaba prendas de un romano. Como no, no podía haberle elegido otra vestimenta.

-¿Qué demonios has hecho?-la profunda voz de Marius me heló las venas, ya iba a reprenderme por mi alocado encuentro.

-Seguro que se fumó una calabaza.-Shirogane, aquel angel de aspecto melancólico que bufaba por coexistir con Armand en el mismo epicentro de la fiesta. Claudia, no obstante, estaba igual de resentida. Vestía como le pedí, ropas como para la ópera pero llena de telarañas y rasguños, junto con una máscara.

-No, intento despejaros de la muerte roja.-recordé aquel cuento de Poe, como no. El genial Edgar, el hombre del terror y del ocultismo.

-Lestat! Hay gente muriendo ahí fuera y nos llamas para una fiesta! Es intolerable.-como no, él siempre regañándome. Louis tenía que decirlo, tenía que hacerlo, tenía que romper el encanto.

-Déjalo, este es el Lestat que una vez fue. Patéticamente deseoso de llamar la atención de todos, como un bebé. ¿Harás el sentido inverso a tu nieto? Dime, mi querido Lestat.-en las sombras, aún en las sombras, estaba aquel maldito Nicolas. No sé porqué lo invité, quizás por un fugaz desliz de mi delirio. Y como no, vestido mafioso con un pequeño maletín donde debería ir un violín, aunque en estas fechas no sé si era así.

-No fastidiemos la fiesta, ¡debemos de hacer lo que dice!-gritó Quinn vestido de príncipe azul, con su lobo con un atuendo parecido.

-Papá, te quedó todo bastante extraño. Pero me alegro de haber venido.-era la voz de Louis, de mi hijo Louis. Vestía de rojo y blanco, con una cesta y los cabellos recogidos en una coleta, ocultos bajo una capucha roja. Sería el caperucito de su lobo y este venía de lo que era, aunque no trasformado por supuesto.

-Dio, encantador tu disfraz.-gruñó, notó mi ironía y que escogí lo que era, no me gustaba aquel tipejo. Pero a decir verdad era atractivo, atrayente de una forma imponente y que me hacía recorrer cada facción. Me recordaba extrañamente a David, le echaba en falta en la reunión, pero no sabía de él desde hacía demasiado tiempo.

-Lestat.-aquella voz me encogió el corazón.-Abu.-había dicho bien mi nombre y sólo era una niña. Estaba en brazos de Adrian vestido como si fuera un Apolo, ella iba de princesa con un traje rosa que yo elegí con el amor de un abuelo y mi otro hijo se veía elegante como un Drácula de cine en blanco y negro.

-Mi pequeña princesa, mi rompecorazones.-susurré caminando hacia ella, besando su frente y ella rió acariciando mi rostro.

-Espero que no te importe que asista.-era Nerissa convertida en cenicienta del brazo de Mike, el cual aún no tenía el gusto de conocer.

-No, no me importa. ¿De qué va vestido tu acompañante?-el hombre sonrió y di o un pequeño giro.

-De la bestia.-ahora entendí su melena crispada y sus rasgos parecidos a un león.

-¡Magnífico!-aplaudí ante su gran caracterización.

-Pasad.-indiqué los asientos y entonces en la oscuridad noté algo.

-No me han invitado, no os conozco.-murmuró algo nervioso.-Entré buscando a mi hermano.-era un ser poco convencional y noté que no era un disfraz. Era Zakeriel, como no.

-Zakeriel sí te invité, ¿no llegó la tarjeta?-pregunté algo confuso.

-¿Por eso me empujó mi pareja hasta aquí?-junto a él había un joven lobo vestido de zombie y un muchachito con una sábana sobre él. Noté que era un ángel de alas negras bastante poderoso.

-Yo traer a Zak, Zak enfadado.-se arrojó a mis brazos y rió.

-Vaya, no sabía nada de tu hermano.-lo bajé algo asombrado, no esperaba que Zak asistiera aunque mandé la invitación con la ilusión de que lo hiciera.

-¡Esperen!-gritó Yoko vestida de hada tirando de un muchacho.-Este es Law.-vestía de elfo y estaba algo ruborizado por todo aquello.

-¡Te esperaba!-sonreí mirando en un rincón a Rev

-Cariño ¿no te gusta la fiesta?-llevaba la ropa de ricitos de oro, sonreí ante su ropa y me tomó de la mano. Yo únicamente la llevé a sentarme sobre mis rodillas en la silla del anfitrión.

El resto de la noche ya lo saben

Comimos
Bebimos
Discutimos
Nos maldecimos
Y nos divertimos

FIN




*Nota: frase de shirogane XD de la propia user


Me adelanto un poco al día de los muertos...lo lamento...tenía que hacerlo, porque me he divertido bastante hoy creando esto.

jueves, 9 de octubre de 2008

Un poco de Humor

Últimamente todo va bien en mi vida. Hago oídos sordos a los idiotas que intentan joderme, prefiero centrarme en mis estudios y en los que realmente me apoyan en esta vida. Me divierto haciendo locuras y esta es una, espero que les gusten y no plagien...porque muchos de estos personajes estan en el foro de Damned Souls y Crónicas.




Abro los ojos en medio de la oscuridad de mi ataúd, palpo el sobrio recubrimiento de color rojo y voy abriéndolo lentamente. Ya llegó la noche, llegó la hora de la cacería más despiadada y cruel. Me presento frente al espejo como un príncipe de cuentos de hadas, arqueo las cejas alzándolas y sonrío enamorándome de mi reflejo como Adonis. Mis cabellos dorados se esparcen sobre mis hombros, en un movimiento rápido los recojo en una coleta, y abotono mejor mi camisa de puro algodón blanco. Mis pantalones vaqueros están algo caídos, ahora es así la moda y debo aparentar ser un maniquí, no una antigualla.



Permitan que me presente. Me llamo Lestat de Lioncourt y esta noche antes de mi cena les leeré una obra de teatro. Imaginen el reparto, olviden los convencionalismos y sonrían. He elaborado una arriesgada trama tomando como referencia Alicia en el País de las Maravillas, una pesadilla tétrica para cualquier chiquillo y que habría que estar enajenado para leer eso a un hijo.



-¡Oye! Yo se la leí al mío.-mi hijo, un hijo real mío. Un chiquillo que tiene mi herencia genética, mi sangre. Es parte de un antiguo legado que dejé en Auvergne, que encontré en este nuevo siglo.



-Gracias, acabas de arruinar mi voz en off.-respondo a mirando a Louis, sí se llama como mi eterno amante. Y digo eterno amante porque realmente no acabamos con nuestra relación, la dejamos congelada únicamente.



-¡Jo! Papá encima que yo dije de hacer el video.-¿cómo demonios puede ser tan condenadamente gay? Es increíble.



-Vale, no dije nada. Ahora añade las imágenes que grabamos ayer.-dije alzando mis cejas con una sonrisa de triunfador de la noche de los Oscar.



-Esto…-agachó la cabeza y comenzó a golpear sus dedos índices entre sí, una imagen típica de un anime o una serie cómica.



-¿Qué?-pregunté abriendo los brazos en un aspaviento.



-Grabé encima.-murmuró entre dientes.



-¡Qué diablos te pasa! ¡Me costó mucho ponerle esa diadema de conejito a Louis!-grité rabioso, la cólera era incontenible.



-¡No lo sé! ¡Me puse cachondo y puse el video para gravarme con Dio!-me respondió igual de alterado, realmente sí tenía parecido a los genes de los Lioncourt.



-Ni yo ni la audiencia precisábamos de tantos detalles, gracias. Ahora sí que no cenaré esta noche.-me avergoncé un poco que todo aquello se emitiera en la única radio de Damned Souls.



-¡Oye! ¿Qué tiene de malo Dio?-preguntó como si fuera un adolescente, aunque…¡qué diablos! Únicamente tiene veintidós años mortales.



-Nada, únicamente que sale contigo y tiene pulgas.-respondí con una sonrisa burlona.



-¡Mi lobo no tiene pulgas!-me gritó en el oído y casi me rompe los tímpanos.



-¡Yo no tengo pulgas!-la puerta de la habitación se abrió con Dio echando el humo del tabaco por la nariz como si fuera un búfalo.



-¡El que faltaba!-dije volviendo a alzar los brazos.



-¡Te he dicho que no fumes, que vas a dañar a mi bebé!-gritó lloriqueando.



-¡Un bebé que no debió de engendrarse! ¡Maldición!-comencé a darme golpes con la pared. Se habían embarazado usando magia la vez anterior, tenía ya un nieto y otro en camino, eso me hacía sentirme viejo.



-Papá, ¿cuándo vas a poner la película dónde soy la estrella?-Claudia, recientemente resucitada por mí, apareció de la nada quedándose frente a todos esperando que se emitiera al aire, tanto en televisión como en sonido por radio, la pequeña película casera que grabamos.



-Nunca, tu hermano borró la película.-murmuré señalando a Louis, el cual mostraba un estado de gestación de casi ocho meses.



-¡Eso es falso!-rechistó corriendo hacia su lobo.



-¡Louis William!-taconeó maldiciéndolo, conocía cada rasgo y cambio de su expresión.



-¡Sólo gravé encima!-empezó a llorar y Dio lo abrazó posesivamente mirándonos a ambos como si nos asesinara.-¡Deberíais darme mimos que estoy sensible!-



-¡No le gritéis!-su lobo no me daba miedo, pero tenía razón así que no dije nada más.



-Yo quería verte vestido de sombrerero loco, a Louis de conejo con el gran reloj y yo como Alicia.-hizo un pequeño puchero, sin embargo se calmó.



-El mejor papel fue el de Nerissa, como la malvada reina.-hizo Louis un gesto de monstruo de cine mudo y rió.



-No, el mejor fue del rey que era Mike.-saltó Claudia sobre el parquet dejando en grácil movimiento sus tirabuzones.



-No, la carta que debía ser asesinado…Quinn.-Dio estaba integrándose en la conversación aquella apuesta sobre el mejor actor.



-¡Que va! ¡La mejor carta era el loco de Niki que acusó a Quinn de pintar las rosas!-Y ahí estaba el maldito violinista apoyado en el marco de la puerta, sonriendo y burlándose mentalmente de mí aunque a mí no llegaba nada.



-¡Queréis dejar de recordarme esa película! ¡Me avergonzáis! ¡Me convertisteis en conejito!-tras él apareció Louis de Pointe du Lac, algo enojado y con los ojos llameantes.



-¡No! ¡Te convertí en conejito Play Boy! ¡Mon Dieu! Cada vez que lo recuerdo me desangro.-casi me ahogué en mis babas imaginándomelo desnudo con aquella diadema con orejas de conejo blanco y el gran reloj ocultando sus partes nobles.



-¡Lestat!-gritó tirándose a mi cuello, intentando ahogarme…aunque ya casi lo estaba en mis fantasías.



-¡Basta! ¡Son las cuatro de la mañana y quiero dormir de una puñetera vez! ¡Mi nieta se ha dormido! ¡Nuestra nieta Lestat!-ese era Armand. Su hijo y un chico que adopté hacía décadas, habían tenido una hija. He de decir que sale al encanto de los Lioncourt y que espero que no salga como Armand en sus aspectos más oscuros.



-¡Tú! ¡Cabrón!-Claudia estuvo a punto horas atrás de matarle a golpes, pero esta vez no pude retenerla y se me escapó para pegarle en la espinilla.



-Señores oyentes les pido disculpas, mi familia es extraña y estúpida.-era la voz de Griffith le habían hecho crecer hasta un muchacho de unos dieciocho años, cosa que era inadmisible para mí.-Corto la comunicación, creo que a nadie le interesa…



-¿Quieres una piruleta?-Quinn apareció entrando por la ventana con el “pulgoso” como así llamaban muchos a su pareja. También tenía un lobo por amante, como mi hijo pequeño.



-¿De cereza? Vale…-







Fin

martes, 3 de junio de 2008

Felicidades Hij@



este video no lo hice yo, pero me encanta. Felicidades Raku!


Este es para mi otro Louis, (mi hijo/a a quien aprecio y es una excelente amiga)


Entré en la sala y dejé la tarta helada en el frigorífico. Estaba creada con sangre y condimentos especiales. Sonreí malévolamente mientras me relamía preguntándome si le gustaría el sabor de aquel dulce. Me senté en el sofá, con las luces apagadas y los globos junto a las pancartas escondidas. Sonó las llaves y me froté las manos. Entró como siempre, sin pararse en mi presencia y alicaído. Al encender la luz todo apareció de golpe y yo frente a él.

-Feliz cumpleaños Louis, Feliz cumpleaños mi niñato…feliz cumpleaños a ti.-dije tirando de sus mejillas y luego besé su frente llevándolo hasta la mesa.

-Lestat, lo de niñato sobraba.-murmuró moviendo inquieto los dedos sobre la mesa.-Yo te dije que no quería ningún regalo, ni uno, pero insistes. ¿Qué puedo hacer contigo?-frunció el ceño y puso sus brazos sobre el mantel. Sus labios estaban en una mueca de ligera molestia y sus ojos eran como los de un niño, realmente sí quería un premio a mis bromas pesadas y a mis insultos continuos, aunque tan cariñosos como el primer día.

-Nada, sólo quejarte y patalear. Pero yo hago lo que quiero, soy Lestat y no tengo reglas.-dije caminando a prisa hasta la cocina. Saqué el pastel y coloqué la vela.

En un abrir y cerrar de ojos la luz se hizo más tenue, y aquel adorno de cumpleaños parecía brillar con mayor intensidad.

-¿Tengo que soplar? ¿Pedir un deseo?-estaba emocionado, en realidad se hacía el duro pero era un blando.

-Soplar.-así hizo y tras esto tomó con un dedo un poco de aquel pastel.

-¿Qué tal?-pregunté intentando averiguar si le agradaba.

-Tiene un sabor familiar, pero no sé a qué.-entrecerró los ojos y me miró.-¡Ratas! ¡Maldito enajenado mental! ¡Me lo tienes que recordar siempre! ¡Odio tus reproches! ¡Te odio!-empezó a tirarme de la ropa y zarandearme, agarrándome fuerte de la garganta y yo me reía.

Casi me mata, pero me libré por la llegada de los demás. Entraron uno a uno dejando sus regalos en preciosos envoltorios de brillantes colores, el mío fue la fiesta y un poema. Él parecía satisfecho, aunque de vez en cuando me miraba con odio gritándome mentalmente “Maldito cabrón, ya te pillaré a solas”

Querido Louis



el video es montaje mío, lo hice para mi otro "Louis" (mi hij@ Louis) pero va con este texto creado por el cumpleaños, el día siete, de mi amigo Cristian.


Querido Louis:

Hoy tras la perdida de mi conciencia, mi gran enajenación mental y deseos de tortura, he observado un viejo dibujo de nuestra hija. No vengo a insultarte, a alarmarte o a hacer burla de tus súplicas. No. Ya sabes que yo no fui, no vengo a meter el dedo en la yaga y maldecir. Me siento terriblemente desconsolado, sí, como tú bien dices. Yo a ella siempre la consentí en su cumpleaños, siempre una muñeca de frágil porcelana idéntica a ella. Tú le regalabas cosas más útiles, como libros de poemas mil veces leídos o diarios para que ella escribiera lo que quisiera. Pero, los tuyos jamás los celebré.

Celebrar tu nacida era celebrar tu odio hacia mí. Cada año era más fuerte, y eso me atraía como moscas a la miel. Lo hacía porque era un reto, el reto de que un vampiro humanizado se apiadara de un monstruo. Sin embargo, hoy es la fecha. ¿La recuerdas? Aunque creo que no, ibas tan borracho que ni te mantenías en pie. De aquí para allá con esa zorra, esa que quería quitarte la vida con su chulo. Oh, Louis, Louis…mi filósofo, mi mártir, mi encantador idiota.

Me pregunto si aún me odias. No lo sé, nunca me atreví a preguntarte. Pero supongo que siempre te quedaba es dolor, esas ansias de agarrarme del cuello y hacerme explotar en mil pedazos. Sin embargo, olvídalo soy más fuerte que tú y con ganas de vida. Lo que quiero decir, es que no sé si tirarás la carta antes de leerla o si simplemente me enviarás un cortés gracias. Siempre tan discreto, adulador, encantador de serpientes y buscador de lo correcto. ¿Es correcto Louis? Te traje a un mundo que te envolví con un lazo, no leíste la letra pequeña “cuidado, este mundo es tan doloroso como las espinas de una rosa” si bien yo de eso no tengo culpa. Dime, ¿seguimos siendo cómplices de recuerdos? ¿Amigos? ¿Camaradas? ¡Al menos di que serías mi pareja jugando a las cartas! Aunque, déjalo…no sabes mentir ¿o sí? Ves la vida como tú crees, tan suicida y oscura que me da miedo.

Mi hermoso tercer hijo, felicidades pues hoy te creé. Sabes la razón. Estaba solo, necesitaba a alguien a mi lado, que me escuchara y tú tenías esas dotes. Si bien te dañé y te causé el peor de los males. Perdóname, escucha estas palabras memorizándolas con la entonación de mi voz…porque jamás volveré a decirlo. Por última y magnífica vez: Perdóname. Discúlpame por todo y por nada. No sé cuantas cosas habré hecho, cuantos desaires, pero por todos perdóname.

Me encantaría abrazarte, decírtelo cara a cara y quedar en paz. Hoy doy por hecho que en este cumpleaños de ese santo sacrilegio, hoy y no otro día, quedamos en común acuerdo de no odiarnos y no maldecirnos más.

Eres un gran amigo, por ello jamás podré deshacerme de ti en mis maravillosos recuerdos.

Joyeux anniversaire, mon amie

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt