Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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lunes, 4 de julio de 2016

Armand es como un perro abandonado... pobre...
Lestat de Lioncourt 


—¿Qué haces?—preguntó interrumpiendo mis pensamientos.

Estaba frente a mi ordenador investigando como cada noche. El programa de radio estaba a punto de emitirse para todos aquellos que necesitaban un bálsamo para sus heridas, un abrazo a distancia o simplemente explicar una noticia que les mantenían inquietos. Ellos eran mis aliados en la oscuridad. Podían ver más allá de una simple discusión porque sus oídos eran tan magníficos como los míos. Yo me encontraba en Nueva York pero tenía incluso noticias de Nueva Delhi o Melburne.

—Mi trabajo—respondí.

Tenía justamente los correos electrónicos que me habían llegado horas atrás. Se repetía una pregunta constantemente. Era como si me enviaran una cadena de plegarias llenas de desesperación y llanos o abnegación ante el mundo que les rodeaba.

—¿Han vuelto a llegar correos extraños?—dijo acercándose a la mesa.

En ese momento alcé la vista para contemplar un hermoso lienzo en movimiento. Ante mí tenía lo que parecía un muchachito desarrapado con el cabello cobrizo revuelto y sucio, sus ojos de almendras de color castaños brillaban por una mezcla de emociones que aún hoy no sé explicar, su ropa estaba mal colocada y llevaba una de esas típicas camisetas de con el logotipo de Batman. Me fijé que no llevaba zapatos y que sus pies estaban sucios de barro.

—¿Dónde demonios te has metido?—pregunté molesto. Odiaba que tuviese esa imagen de niño extraviado porque me recordaba demasiado a mí. Al niño desesperado y hambriento que robaba para comer en esta enorme metrópolis de almas corruptas y corazones de piedra.

—Eso no interesa—susurró sin apenas voz—. ¿Han vuelto a contactar contigo? Benjamín realmente son problemas serios. No son atentados terroristas como están haciendo creer a los humanos...

—Sí, son vampiros descontrolados por varios países—dije incorporándome mientras la silla sonaba contra el mármol—. Báñate. Hablaremos luego, Armand.

—¿Por qué nadie me quiere?—esa pregunta me destruyó. Deseaba abrazarle y jurarle que yo aún le amaba, que le quería por encima de todo e incluso por encima de la fama que estaba ganando gracias a mi esfuerzo, pero no fui capaz. Sólo le miré en silencio mientras rompía a llorar.

—Ve a bañarte. ¿Acaso quieres que Sybelle te vea así?—pregunté.

—A veces estoy demasiado hundido y te arrastro... Arrastro a todo el mundo a la locura—dijo aquello provocando que recordara la mirada violeta y enloquecida de Daniel. Me pregunté como estaría aquel enfermizo periodista que fue introducido en la sangre en mitad del caos. Hacía meses que no preguntaba por el al amo. Necesitaba verlo porque quizás aún tenía instinto—. Benji...

—Te amo, Armand—respondí saliendo de detrás de la mesa para estrecharlo—. Ahora debes reponerte. Deja de estar perdido por esta ciudad. Deja de perseguir a otros vampiros. Deja de consumirte en sus miedos.


Horas más tarde Armand era un ser calculador y ensimismado en sus alocados pensamientos. Redactaba cartas, firmaba informes y vigilaba la bolsa. Era un lado completamente distinto a los momentos de depresión y ansiedad que tenía. Poco a poco comprendí que cuando Marius venía él se convertía de nuevo en el niño de Venecia, en el jovencito que él adoraba, y cuando se marchaba caía en una espiral de desesperación de la cual no sabía salir.  

miércoles, 21 de octubre de 2015

Tú, yo y miles de sentimientos

Nicolas... ¡Estuvo en mi castillo!

Lestat de Lioncourt


“Recuerdo el llanto de su violín cada noche. Tengo presente las conversaciones que nos dedicamos como si hubiesen ocurrido ayer mismo. Es complejo recordar tan bien algunos hechos, y otros enterrarlos en el olvido como si nunca hubiesen ocurrido. Quizás tengo memoria selectiva o tal vez es Amel que juega con mi mente provocando que los fantasmas aparezcan, se paseen frente a mí y compartan conmigo viejos secretos. Aquí, sentado frente al fuego, me pregunto si sufrió en sus últimos momentos y reescribo la historia mil veces, paso por paso, volviendo a París para aferrarme a él antes de su juicio final. Se convirtió en cenizas, humo y astillas de violín bajo los pies de unos reyes de mármol, poder y eternidad.

Se marchó sin despedirse realmente. Tan sólo dejó un legado que terminó como él, en las llamas, en mitad de una noche fría y turbia. Sus obras no se reescribieron más, ni se representaron ante mis ojos, pero fueron las tortuosas maravillas que Louis pudo observar aquel día junto a nuestra pequeña. Hablaban de sueños, miedo, inocencia perdida, muerte, destrucción, caos en un infierno de adoquines y estrellas vacías, bohemios sentimientos sobre política, la danza macabra de los ríos de almas, codicia, piedad infame, enfermedades atroces, marionetas hechas de sueños imposibles y príncipes vendidos a su destino. Hablaban de él, del páramo oscuro donde se encontraba como un cuervo graznando, y de mí. Sobre todo hablaban del vacío oscuro que había dejado en su pequeño, el cual fue engullendo a su alma llena de matices y luz propia. Se creía oscuro, perverso, villano de villanos y sólo era un pobre diablo intentando seguir soñando.

Si pudiese alcanzar un minuto de paz, con el certero conocimiento de su libertad y su felicidad allá donde se encuentre su condenada alma, sería feliz. Sin embargo, sé que sufre. Un ser sensible, pero lleno de heridas, no puede ser feliz en mitad de la oscuridad cegadora ansiando, posiblemente, un candil para seguir el camino que creyó desear abandonar. Me pregunto si en algún momento podré cruzarme con su fantasma, con el ser que ahora es, y abrazarlo del mismo modo que lo he hecho con otros vampiros que han conseguido un cuerpo creado con poder, luz y tiempo. Él era mi violinista, el violinista que creé con cada caricia salvaje y destructivo beso. Me convertí en su verdugo, fui quien apiló los troncos y encendió la hoguera aunque me encontrara en el Cairo.

Todavía parte de mí lo ama. Aún hay un trozo de mi alma que ansía reconciliarse con la suya.”

El papel se hallaba entre sus delgados y largos dedos. Sus viejas uñas largas, perfectas para tocar el violín únicamente con sus manos desnudas, acariciaban la hoja arrugada de letra cursiva y elegante. Era la letra de Lestat. Una letra hermosa, llena de misterio y pasión. Cuando lo conoció no sabía leer, escribir o hacer una cuenta sencilla. Sin embargo, quería ser actor y discutir sobre política, religión y toda la filosofía que pudiese admitir su alma. Codiciaba saber y él codiciaba a Lestat. Amó a ese estúpido noble arruinado, el cual se paseaba por el pueblo con sus piezas de caza al hombro y sonriendo eufórico hasta la taberna, hasta el fin de sus días. Pero, sus días no tenían fin. Aún lo amaba, del mismo modo que lo aborrecía y lo odiaba.


—Lestat, Lestat... ¿no creaste a ese pánfilo porque te recordaba a ti? ¿No fuiste mecenas de un pianista arruinado y desheredado de toda su fortuna? Ah... pequeño mío... ¡Tan bonito, idiota e iluso como siempre!—dijo tirando el papel al suelo, para luego caminar por la habitación observando los libros colocados con dedicación en cada estantería, las hermosas esculturas y el cómodo diván, así como el hermoso escritorio de roble con patas de león. Lo observaba deleitándose con la belleza de las cortinas, las vidrieras y todo lo que allí había. Respiró profundamente y se desvaneció suavemente.  

martes, 28 de julio de 2015

Tú, yo y los lirios

Gregory era un hombre noble y un gran guerrero. Fue amante de Akasha, como otros muchos, y se reveló contra ella. Ahora nos trae uno de sus peores pensamientos, de sus sensaciones más terribles, y a la vez un recuerdo que no se puede borrar.

Lestat de Lioncourt


Estaba frente a al espejo, observando su rostro una vez más. Desnudo, como en algunas ocasiones, observaba los estragos que el sol había causado en su piel. Volvía tener el bronceado habitual, el cual marcaba cada uno de sus rasgos y músculos. Allí, observando la oscuridad de sus ojos almendrados, suspiró. Miles de recuerdos se agolparon rápidamente, convirtiéndose en una vorágine de sensaciones imposibles de controlar. Tuvo que apoyarse en el borde del lavabo y respirar profundamente. Jadeó cerrando los ojos, inclinando la cabeza y encogiendo sus hombros.

Recordó. Un chispazo iluminó el pequeño rincón de los recuerdos y su cerebro se activó. Fue como un relámpago en mitad de la oscuridad. Ella vino a él, sensual y peligrosa, con una sonrisa seductora provocando que cayera nuevamente a sus pies como si aún estuviera viva, como si aún fuese real.

Fue un recuerdo breve, pero le agitó. Quizás eran los viejos espíritus que aún recorrían el mundo, igual que los vampiros y las otras criaturas que eran examinadas por los detectives de lo paranormal, le estaba afectando. Ahora poseía un conocimiento mayor sobre los fantasmas y espíritus, cosa que le había hecho descubrir un nuevo mundo. Ella podía estar entre la multitud, quizás cargada de rabia y odio. Por ello, tembló. Temió la reacción de la Reina pese que era únicamente un recuerdo, un mal sueño y una marca en su alma.

Al alzar su rostro se miró nuevamente al espejo. Por unos segundos viajó al pasado. No era Gregory, el imponente magnate de un imperio farmacéutico, sino un joven guerrero que estaba siendo cotizado por la reina y sus deseos más primarios. Ella lo observaba como algo más que un trozo de carne, pues veía en él potencial. Admiraba su musculatura, la forma en la cual se deshacía de sus enemigos y la envolvía a ella bajo las sábanas de lino.

Pudo sentir sus uñas largas y eróticas recorriendo su vientre, viajando hasta las caderas y clavando sus uñas. Sus labios rozaron los suyos. El perfume que ella siempre llevaba consigo, hechas con lirios, volvió como un mal sueño y erizó el vello de su nuca. Si bien, fueron sólo unos miserables segundos.

Cuando recobró el hilo de sus pensamientos regresó a su lujoso baño de mármol, grifos de oro y productos delicados para perfumar su piel. De inmediato decidió tomar una ducha, pero la extraña sensación de volver al pasado, quedando seducido nuevamente por la mujer que una vez fue aquel monstruo que arrasó con todo, le hizo llorar y sentirse terriblemente confuso.

—Ah... querida... el poder te consumió y te convirtió en un lirio marchito—susurró abriendo la ducha y permitiendo que el agua tibia lavase su herida piel.



jueves, 21 de agosto de 2014

Eres tú, ¡Tú!

¡Qué emoción! Quinn me ha escrito algo. Mañana es mi cumpleaños así que van llegando los regalos y las bromas pesadas. ¡Os quiero! 

Lestat de Lioncourt 


«Toma. Esto quizás te ayude.»

Cuando Petronia, el vampiro que me hizo, me tendió aquellos libros fue un gesto que cambiaría mi vida y concepción del mundo en el que ahora me movía. Todo lo que me había enseñado Arion y ella se convertía en humo, pues había un vampiro intrépido y sin escrúpulos que se burlaba de la muerte, el destino e incluso coqueteaba con el demonio si era preciso. Su vida era un auténtico milagro y su peligrosidad aumentaba con el paso del tiempo. Los inmortales retratados en cada frase mostraban unos matices tan atractivos como él. Si lo encontraba quizás podía ayudarme a librarme del fantasma que me perseguía, aunque ni siquiera tenía idea que era mi propio hermano. Como si fuera una obra de Shakespeare hablaba con los muertos, caminaba entre tumbas y era perseguido por el pasado cuyo aliento no era para nada agradable.

Podía imaginarlo. Su espesa cabellera rubia cayendo revuelta y larga sobre una chaqueta de cuero, sus pantalones tejanos ajustados y unas botas de estrella del rock. Sí, ese era el aspecto más recurrente desde que supe que la música rock le había contagiado, hecho amarla y finalmente incluso había subido a un escenario para cantar sus glorias, penas y verdades. Sin embargo, lo imaginaba galopando con un pura sangre por el viejo New Orleans convertido en un espectro elegante, con su melena perfectamente cepillada y una sonrisa pérfida en sus labios. Sí, vestido de época con esas medias blancas y esos zapatos con algo de tacón, hebilla dorada y perfecto lustre. Salvaje, único y demasiado atractivo.

Tomé acopio de todas mis fuerzas, me miré al espejo en un par de ocasiones para alentarme y acaricié el camafeo que llevaba mi rostro. Rogué porque me hiciera caso. Era una ventura interesante, debía atraparle e incluso conmover. Eso quería. Tocar las fibras más delicadas de su alma y hacerla cantar. No obstante, soy tan torpe. Me presenté en su casa y casi mato al hombre de Talamasca que allí se hallaba, un hombre que yo bien conocía de mi etapa como mortal. Fue terrible. Le ofrecí la peor de las impresiones, pero sin embargo él no dijo nada. Lestat sólo se echó a reír.

«No te preocupes, hermanito.»

Quería estrecharlo y besarlo, hundir mis dedos en su espeso cabello y acariciar esa chaqueta negra, con botones de camafeos, que llevaba. Su camisa almidonada, sus zapatos lustrosos y esos pantalones elegantes. Era salvaje, sí, pero elegante. Un esclavo de la sofisticación que se burlaba y coqueteaba con el pobre brujo que prácticamente quería huir, pero no podía. Era fascinante.

«¡Eres tú! ¡Dios santo! ¡Tú! ¡Eres Lestat de Lioncourt! ¡Eres tú! ¡Estoy frente a ti! ¡Tú! ¡Maldita sea, eres tú! ¡Tú! ¡Eres tú!»

No podía pensar con claridad. Mi mente gritaba su nombre, coreaba su nombre. Mis manos temblaban pegadas al muro de carga de su habitación. Palpaba el papel pintado, miraba su escritorio revuelto y el suave mecer de las cortinas. El dulce aire de New Orleans nos cortaba el aliento, se mezclaba con nuestros pensamientos y palabras. Finalmente quedó a solas conmigo y yo sentí que mis piernas temblaban. Era algo más alto que él, pero me sentía diminuto. Esa sonrisa amable me enamoró. Creo que robó mi corazón en cuanto puso sus hermosos ojos azules, de tonalidades violetas, sobre mí. Deseé abrir mi corazón y hablarle de Goblin, Mona, tía Queen y de todo mi mundo. Incluso de mi aventura en el Santuario. Todo. Él simplemente aceptó, quiso ver donde vivía y los mortales que amaba. Se abrió paso en mi vida.


¿Hay alguien que no pueda amar a Lestat? Creo que simplemente quien lo odia es porque no lo conoce. No hay que odiarlo ni temerlo, sólo disfrutar de su compañía y sentir que el tiempo vuela. Mi amor por él es intenso. Jamás le estaré del todo agradecido por todo lo que hizo. Estuvo en mis peores momentos y me aupó para conseguir los mejores. Doy gracias por su amor y paciencia. Él, junto con mi tutor Nash y mi desaparecido abuelo Pops, ha sido una de las figuras masculinas fundamentales en mi vida.  

sábado, 19 de julio de 2014

Bonjour mes amis

Hoy les traigo un recuerdo, algo dedicado a Claudia, por parte de Louis y mío. Es delas pocas ocasiones en las cuales coincidimos y dejamos que el dolor fluya. 

Lestat de Lioncourt 


Observaba aquella fotografía culpabilidad. Sus largos dedos blancos rozaban la silueta mientras sus ojos verdes se conmovían. Sintió como algo tiraba de su corazón, igual que cuando se captura un pez y lo sacan del agua luchando por su vida. Louis mostraba una frialdad cruel, una forma déspota y fría que regalaba como una sonrisa de ángel de la muerte. Se había convertido en una leyenda de hielo con actos de fuego y desesperación. No era más que un asesino tan vacío como otros, o eso podía llegar a pensar cualquiera.

Lestat estaba frente a él. Sabía que algo en Louis aún se conmovía como antes. El recuerdo de aquella niña era lo único que avivaba la llama de su corazón, del mismo modo que él se entregaba al llanto al pensar en sus rizos dorados, sus mejillas llenas y sus labios carnosos. Claudia los conmovía. No era el ser que habían visto en varias ocasiones, sino su niña. Siempre sería su niña.

—¿Por qué me haces esto?—dijo, con la voz temblorosa—. Te presentas aquí, en mi casa, para mostrarme ésta vieja fotografía que ella quiso tomarse. Eres tan cruel, pero tan cruel—una lágrima brotó como si fuese la chispa de la vida de un manantial, rodó por su mejilla izquierda y cayó desde el mentón a la imagen—. Te detesto.

—Ocasionalmente, no siempre, deseo recordar al hombre que fuiste—murmuró aproximándose a él con la elegancia habitual. Sus pasos resonaron en el suelo de mármol, quedando a pocos centímetros de los zapatos impecables de Louis. Lestat se inclinó y finalmente quedó de rodillas mirándolo a los ojos—. Detesto lo que eres ahora. No queda amor en ti. Ya no queda nada en ti. No hay nada bueno. La única llama que veo brillar en tus ojos, esa llama de dolor y bondad, es con su recuerdo. Lo que hay allí fuera, lejos de estas paredes, no es Claudia y lo sabes. Nunca regresará y lo que está rondando éste mundo es sólo un receptáculo de odio y sufrimiento. Louis, por favor, sólo te pido que seas humano unos segundos y recuerdes el vampiro que...

—¡Déjame!—gritó empujándolo, mientras se guardaba en el bolsillo izquierdo de su chaqueta la fotografía, y de inmediato se puso de pie señalándolo con el dedo índice de su diestra—. No es el vampiro que yo era, sino el padre que siempre he sido. Maldito embustero... ¡Canalla!—su tono de voz se elevaba y quebraba, las lágrimas eran cada vez más abundantes y Louis terminó chillando mientras se lamentaba.

—¡Yo también sufro!—dijo incorporándose para tomarlo de los brazos—. Louis, Louis... Yo también sufro—lo miró con aquellos impactantes ojos y subió sus manos hacia su rostro, manchando sus perfectas manos con aquellas lágrimas y dejando que el calor tibio de Louis lo transportara a esa noche—. Lloré como un condenado a muerte cuando tuve su vestido...

—Vete de mi casa, busca a tu bruja y no vuelvas—susurró más calmado—. No sé porque te preocupas de mi sufrimiento.

—Porque sigue siendo el mismo y yo soy quien mejor te entiende—expresó—. Rowan no tiene nada que ver en ésto. Además, ella también perdió mucho en ésta vida.

—Te he dicho que te vayas—tenía los ojos cerrados y una pose digna, pero por dentro se retorcía de dolor.

—Sí, me iré porque mi lugar está junto a ella. Sin embargo, tuve la esperanza de poder hablar contigo sobre...

—¿Sobre Claudia? ¿Por qué?—dijo abriendo los ojos sintiendo una furia que lo consumía.

—Tal día como hoy moría a manos de Armand...

Louis lo había olvidado, pero Lestat no. Ambos guardaron silencio y se miraron a los ojos. Lestat pudo ver por segundos al vampiro que tan bien conocía, su mártir, y Louis pudo ver al fin al padre abnegado, aunque mentiroso a veces, de Lestat.

—Ya lo has visto, ahora vete—murmuró.

—Ofrece mis saludos a David—susurró con una leve sonrisa amarga.

—¿Has encontrado la felicidad con ella?—preguntó tomando asiento de nuevo en su sillón de orejas, para descansar así su cuerpo que aún permanecía en tensión.

—Cada segundo a su lado es un regalo—respondió rápidamente—. ¿Cómo no hallar la felicidad?

Su aspecto era el de un príncipe. Aquellas ropas modernas no le desmerecían. Su rostro era el de un joven de piel algo bronceada, pero con la textura del mármol. Sus ojos eran azules profundos, con una tonalidad gris y violeta que centelleaba con el juego de luces de la habitación, enmarcados en unas cejas doradas y perfectas que avivaban su rostro. Tenía una expresión tranquila, aunque en ciertos momentos se podía apreciar el sufrimiento que éste tenía. Se llevó una mano a sus rizados cabellos y se giró meditando mientras caminaba hacia la salida.


—Espero que no destroces lo que posees... —musitó Louis hundiéndose en el sillón, con los brazos rodeando su cuerpo y la congoja aún agitando su corazón.  

jueves, 3 de julio de 2014

Tú, pétalos de poesía

Arjun nos muestra otro de sus poemas para Pandora. ¡Vaya! Su señora debe estar bastante feliz con tener poemas para ella. 

Lestat de Lioncourt 


Dulce sensación de libertad
es la que agita tu cabello
y genera en ti belleza
mientras tú te bañas en humildad.

He aprendido a escuchar versos
de tus labios de pétalos de rosa.
Parecían tan simples y eran tan perversos
que terminé adicto a cada estrofa.

Amable y extraña peculiaridad
la que posees en tus ojos
son dos tazas de humeante café
pero centellean en la oscuridad.

Me he conmovido con tus recuerdos
contaminando a éste cuerdo
en un hombre lleno de mensajes ocultos
en una pasión que jamás tendrá sepulto.



martes, 10 de junio de 2014

Tú y yo

Esta conversación se cita en el libro de La Reina de los Condenados, pero jamás se supo del todo su contenido. Aquí la tienen, para todos ustedes, pues se ha desvelado.

Lestat de Lioncourt 


Tenía frente a si un lienzo que era blanco como la nieve, el caballete estaba girado para sí desde hacía más de una hora. Se hallaba sentado en su humilde taburete, con tan sólo una túnica de algodón en color borgoña y sus sandalias. Tenía los hombros relajados, pero su rostro mostraba cierta inquietud. Su mirada desprendía una frialdad que no era cierta, pues él estaba imaginando la pintura que aún no había cobrado forma. Copiar a otros es fácil, hacer tu propia obra es lo difícil.

—Te veo a ti—dijo, tomó aire y se incorporó tomando la paleta de pinturas.

Marius tenía los métodos de Botticelli, del cual había aprendido casi todo, y el amor por él lo consumía. Había amado a un mortal que ya había quedado desaparecido, casi enterrado en el olvido para el resto del mundo.

—Así, perfecto—sus labios se arquearon en una leve sonrisa de satisfacción cuando sintió su mirada por encima del hombro.

—¿Qué es perfecto?—preguntó una conocida voz.

Recordó de inmediato el sonido del viento agitando las altas ramas, el calor del sol incidiendo sobre su rostro, el amargo sabor de las bayas y la desesperación. Entró en él un aroma a tierra removida con sus propios dedos, lágrimas que no podía consolar y el olor a hongos que trepaban por aquellos enormes troncos. Sí, recordó aquellas tierras de hombres altos, gigantescos robles y religión extraña. También recordó la magia de Constantinopla, el olor a fuego y las lágrimas de sangre.

—Mael...—musitó bajando el pincel para girarse.

Allí estaba aquel terco, vestido con ropa simple y en colores verdes en tono oscuro. Sus ojos eran algo más pequeños que los de Marius, pero muy expresivos. Tenía el cabello rubio, en un tono más claro que el suyo, y encajaban perfectamente en un rostro algo anguloso. No era tan viejo, pero para Marius reconocer que era un hombre joven, sabio y con voz autoritaria le molestaba. Solía recordarlo con arrugas, canas y un aspecto más descuidado.

—Vine a visitar al maestro de las pinturas. Nada más escuchar sobre el cuento de una academia de arte para muchachos, de un hombre rubio y alto con cierta pomposidad, supe que era momento de hacerte una visita—se tocó la punta de la nariz y luego cruzó sus brazos—. Lo convertirás.

—No, no lo sé—susurró mirando la pintura.

Era un ángel hermoso, como los que podías encontrar en las iglesias, con una mirada llena de melancolía y un cabello rojizo muy espeso. Sus tiernos labios parecían murmurar una oración, sus manos estaban cruzadas en forma de rezo y sus hombros suavemente encogidos. Poseía una expresión de divinidad preocupada por su ceño fruncido, pero el cuerpo no parecía tan encogido.

—Lo harás. Tarde o temprano lo harás—dijo tomando un taburete para sentarse a su lado.

—¿Y Avicus?—interrogó.

—Oh... no quiero hablar—respondió frunciendo sus cejas doradas, algo pobladas pero perfectas, mientras afianzaba su mirada en el cuadro.

—¿Quieres ver como lo termino?—sonrió para sí, deseando que aquel inútil conociera su arte para glorificarse.

—Bueno, al menos no es Venus con la cara de esa mujer—dijo girando su rostro hacia él con una sonrisa algo burlona.


Ambos se soportaban y se odiaban, se apreciaban y mataban. Siempre había sido así y entre ellos no estaba aquel hombre gigantesco, de ojos profundos y algo aniñados, que siempre regañaba a los dos como si fueran niños. No, no. ahora estaban ellos dos a solas, en el palazzo de su escuela y permitiendo que los viejos lazos se afianzaran. Por dentro ambos se apuñalaban, pero ambos darían todo por salvar la vida del prójimo. Eran dos idiotas que no querían admitir que se apreciaban.  

jueves, 10 de abril de 2014

Bonjour mes amis


Aquí tienen un poema para Pandora de Arjun.


Lestat de Lioncourt

Y buscas el enigma en la oscuridad,
a tientas, con los ojos brillando cual gemas,
hasta encontrar en la perdida ciudad
la esperanza que agita tu alma.

Tus dedos palpan el fango
y de tus manos nacen flores silvestres.
Has aprendido a no buscar el amor
para hallarlo allá donde yo te muestre.

Flores de otoño e invierno en tu cabello,
deslizándose por tu manto negro
hasta llegar a tu corazón de hielo
que en realidad es un volcán de fuego.

Tú misma lo dijiste, lo sentiste...
Tú misma lo quisiste...
El amor llegó en mil formas

y en un libro sellado por siempre lo tendrás.  

domingo, 30 de marzo de 2014

Tú, mil veces tú

Bonsoir

Última publicación de la noche. Un poema de Nash para todos ustedes. Dedicado a su amante Tommy. 

Lestat de Lioncourt 

En la elegancia mística de tus besos,
allá donde el alma llora cánticos de sangre
y el agua turbia del dolor
se deshace en rezos de iglesias ancestrales.

Quiero sostenerte como si fueras pluma
y a la vez mancharte de tinta contra el papel.
Golpearía tu figura con caricias de amapola
y besos de fuego, tierra y miel.

En esos momentos donde pierdes el juicio,
caes e imploras con lágrimas en los ojos
ante las piedras movidas de la catedral de tu cuerpo
y te adentras allá, en las tinieblas, te pierdo.

Mírame de nuevo, como aquel día,
en el cual conociste la verdad tras mi persona.
No me ocultes tus sentimientos, por favor.
Ya hemos jugado demasiado a este truco del infierno.

En tu piel el veneno de los dioses
donde sacan el néctar las avispas
para clavarse como dagas en mi corazón
mientras dejo en bandeja de plata mi razón.

He perdido tantas veces el juicio
como tú has perdido el aliento.
Ambos hemos caminado ciegos y sordos
por los senderos rojos que agitan nuestros cimientos.


miércoles, 26 de febrero de 2014

En esos momentos cuando el corazón parece desbordarse, y los sentimientos inundan mi cabeza, te busco con la necesidad de un niño. A veces termino hundiéndome en un mar agitado donde todo vale y nada importa demasiado, salvo tú. Los mismos instantes en los cuales mi vida parece desvanecerse si no te beso. En los momentos de tristeza, de terrible dolor, cuando el orgullo se desvanece y sólo estás tú. Los días en los que todo está perdido salvo tu figura, mis manos en tu cintura y el deseo humedeciendo nuestros labios.

¿Qué importa el mundo? ¿Realmente importa? No importa si tú no estás en él abrazándome, conteniendo mis impulsos y haciéndome comprender que hay algo más que vivir al límite. ¿Quizás he madurado al fin? No lo creo. Sigo siendo un niño en un enorme jardín donde me dejó llevar por la fragancia de las flores, el sonido de la noche aullando entre las ramas de las copas de los árboles y el instinto salvaje que baña mi cuerpo.

Pertenezco a un infierno coronado con hermosas flores y un cielo azul nocturno. Soy parte de la libertad que marca la locura y pasión por la sangre. Puedo llamarme inmortal y a la vez moribundo de tus besos.


¿Enamorado? No. Decir que estoy enamorado sería muy sencillo. El mundo no consiste en amar o no. El amor puede desvanecerse como si fuera humo o una mera ilusión óptica. Los fuertes sentimientos que me arrancas y me das son algo más que eso. Esto que siento por ti está por encima de cualquier emoción y cala hondo, tan hondo, que no puedo estar sin ti. Te llevo en mis pensamientos y busco tu voz en medio de la oscuridad. He comprendido al fin que es el amor, la pasión y la necesidad. Tú eres la paz y la agitación que tanto esperaba.


Lestat de Lioncourt   

miércoles, 2 de octubre de 2013

Dulces labios los tuyos
tan dulces como las caricias de una madre
y tan cálidos como el fuego.

Tú hembra desenfrenada que me besa,
me acaricia y me destroza con sus ruegos
haces que te ame con desconsuelo.

Firmes tus ojos grises
que asechan como lobo
el atacarme provocando que caiga.

Tú, mujer que viniste al mundo
como bruja y no como humana
te has convertido en mi compañera eterna.

Tersa la piel de que te envuelve
tan blanca como las últimas nieves en primavera
y tan perfecta como tus palabras más honestas.

Tú eres la libertad y el hogar en la noche
que para siempre será eterna como nosotros

y viviremos el uno para el otro.  

viernes, 17 de octubre de 2008

Tú...




Los recuerdos de las noches frías

De los días dolientes

De perderme entre la gente

Y llorar desesperado en la envidia

Se han evaporado,

como el humo de un cigarro

se han marchado,

como en la corriente un guijarro

La vida me sonríe, he vuelto a verla

La noche en luna llena, la vida

He salido a su encuentro por la vereda

Para encontrarme con tu mirada perdida

La felicidad ha regresado,

Como un niño a la escuela tras el verano

La felicidad ha regresado,

Y esperarte no será en vano

Hace poco que conozco tu sonrisa

Desconozco quizás, aún, las huellas en tu piel

Pero tu voz hace eco en la brisa

Y por ello ya no arrastro los pies

En la marea de una ciudad cosmopolita

Que hace que la mentira sea lícita

Me has hecho volver a ser un vampiro

Como los de las antiguas películas

Me has hecho volver a un vampiro

Emergiendo del ataúd con un nuevo aura

Te has convertido en mi adicción

Mi amante, la persona que me otorga todo

La droga que me envenena cada rincón

En este camino sin retorno y lleno de recodos

Donde aúlla la apatía junto a la melancolía

De cien almas sin nombre ni rostro

Donde por ti yo moriría

Donde daría todo por un nosotros

No llegas ni a los veinte otoños

Me siento cuando te veo como una niña

Un viejo que jamás contigo soñó

Teniéndote entre sus brazos cautiva

A mis veintidós años he vivido en amargura

Y tú ahora iluminas todo como la luna

No sé porqué, pero todo es más ufano

Y esto y menos acabado

Me siento más eterno y menos mundano

Cuando por ti, mi princesa, soy alabado

Se han ido las lágrimas

Y la felicidad ha regresado

Era hora de pasar página



Y por tu amor ser recompensado

Eres mi musa, un premio para mí

Un poeta que jamás creyó tener una

Un ser que se sentía abandonado


Eres todo…y únicamente dejaré de aferrarme a tu cintura en el mismo momento en el que muera.

sábado, 20 de septiembre de 2008

Tú, mi única razón


Un señor Dante, y digo señor porque es perfecto, de Betka

Summer - Vivaldi
El verano está al terminar...disfrutemos de su último día.


, mi única razón

Cinco de la mañana, otra noche en vela y veo próxima la aurora. En el monitor de mi ordenador veo las palabras que voy imprimiendo con esfuerzo. No he dormido en toda la noche, como de costumbre, y amanezco meditando sobre mi suerte. Lo hago sobre mi suerte porque sobre mis infortunios al ser tantos los convertiría en pesadillas. Por ello, lo poco que tengo va y viene a mi cabeza. Sonrío sin más en esta noche mirando su fotografía, mientras escucho nítidamente su voz inocente en mis oídos.

-No llores más, no quiero escucharte llorar nunca más.-esas palabras, esas dulces y tiernas palabras.-Prométemelo.-tras un hilo telefónico que me ahogaban.-Lestat.-susurró como si le faltara aliento y luego pude notar una amarga sonrisa en sus labios.

-Nunca más, mi amor, nunca más.-como si fuera el cuervo de Edgar Allan Poe, o como si se pudiera cumplir esa promesa.

-Eres mi hombre, da igual que piensen otros. Eres un chico maravilloso, no entiendo porqué los demás no saben apreciarlo.-murmuras agarrada a la almohada quizás, no lo sé y eso me carcome el alma. Quiero ser yo tu almohada, tus sábanas, tu colchón, somier, ropas e incluso piel. Deseo abrazarte, besarte y desearte…deseo ser la pócima de tu felicidad y si no debo llorar, no lo haré.

-Lo sé.-susurro con el corazón en la mano, casi gimoteando como un niño, secándome las lágrimas.-Pero te necesito tanto.-murmuré con una amargura en mi alma, pero una paz reconfortante como si tú estuvieras tomando mis manos entre las tuyas.-Me estoy volviendo loco.

-Seguramente será eso.-la voz más sosegada, más aliviada…ya no me escuchas llorar.-Por favor apaga el televisor, apenas puedo escucharte.-y acto seguido está hecho.

Desde entonces he sentido como la carga se hacía más pesada, pero ya no rezo porque desaparezca como cuando era pequeño y tenía fe…sino que pido por tener las espaldas más anchas para poder acarrearla y llevar mis sueños hacia la realidad más palpable y cierta. He tenido cargas duras estos meses, cada vez irá a peor, sin embargo únicamente pienso en una cosa…poder acariciar tu rostro y besar tus labios. Porque tú eres el descanso del guerrero, uno de mis sueños y me apoderaré de ti en un abrazo eterno.



Desear tus labios es de humanos
También de dioses y espectros
Reinar junto a ti son sueños opulentos
Porque jamás se ha de desear a un arcano
Sino que se le debe guardar respeto
Y sin embargo estoy aquí de pie
Mirándote como si no hubiera nada más
Orgulloso de este logo, de esta miel
Guardando en mi alma el secreto
De cómo di contigo en este mundo
Para que nadie, ni siquiera la tortura
Haga que diga donde te ocultas
Porque ahora eres mía y de mi locura
La cual cubre tu cuerpo y el mío
La cual es el caudal de este río
De sensaciones y motivos
En los que yo he renacido
Siendo tuyo, para ti
Completamente renovado al fin



Se mi reina, yo reino en las tinieblas…allá donde la bruma es más espesa que la niebla y de color oscura como la silueta de mi figura, de mi espada y de mi empuñadura…yo soy el príncipe de la triste mirada y amena sonrisa de palabras airadas y corazón de bestia desesperada…yo el que mató el dragón, aquel que únicamente contigo tendrá control y valor para proseguir el camino elegido.


-Mmm echaba de menos tu voz-es lo único que puedo decir, lo único en lo que siempre estamos de acuerdo tras horas de conversación como si habláramos al oído.

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt