Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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martes, 6 de diciembre de 2016

Marius

Avicus y Mael eran una pareja extra...

Lestat de Lioncourt 


Conocí a Marius a través de los relatos de mi criatura, el ser al que le insuflé esta vida eterna y logré salvar de su propio dolor. Mael me arrastró hacia el bosque. Decía que no merecíamos ser dioses ni vivir encerrados para satisfacer la curiosidad del hombre. Comprendió que lo divino iba más allá de la corteza de un árbol, más profundo que la brizna de hierba de los valles y por debajo de la superficie húmeda de las cascadas. Hablaba de una fuerza cósmica entre las estrellas, la naturaleza y el centro de este mundo. Decía que había algo más, pero que no éramos nosotros. Se volvió un hombre silencioso y pensativo. No obstante jamás se atrevió a llamar ignorantes a otros druidas y celtas que nos topábamos por los caminos.

Cruzamos océanos y mares, nos trasladamos a Italia y desde allí caminamos entre los bosques. El camino estaba siendo arduo. Él quería ver el mundo. Deseaba tener contacto con otros pueblos que no fuesen los romanos. Quería saborear en el ambiente los distintos léxicos, los sueños de los más pobres y de los opulentos. Era un hombre que ansiaba conocer ciudades sólo para maldecirlas. Tenía razón cuando decía que estos mares de gente, que la sociedad de las metrópolis, no valía nada comparado con un árbol centenario que da aire, sombra y vida.

Me había hablado de un romano, un hombre atlético y poco entrenado en la cultura celta, que despreció sus cuidados y aquellos conocimientos que él le entregó. Había desnudado su alma, su cultura, su religión y todo lo que era su pueblo ante un hombre que tenía la mitad de la sangre de una mujer de su pueblo. Pero la sangre que tenía Marius, como así se llamaba, no era lo suficientemente vinculante con las supersticiones y creencias que este le ofreció como un maravilloso regalo.

—Háblame más de ese tal Marius—dije una vez sentado frente a una hoguera que habíamos hecho con ramas secas. Estábamos en una gruta, la cual había sido deshabitada hacía demasiado tiempo.

—¿Para qué? Ya sabes todo. Era un idiota, una persona que no escucha a otros y un maldito bastardo que quiso comprar su libertad con vino y putas—dijo molesto.

Sus ojos azules brillaban como las llamas que danzaban sobre los pedazos de madera, su cabello parecía blanco en vez de rubio debido a los reflejos del fuego, y sus manos se acercaban afanosamente para retirarlas horrorizado. Quizá recordaba como echaron a la hoguera al vampiro que creó a Marius, pero también pensaba que podía pensar que algún día él podría arder del mismo modo.

—Tengo curiosidad...

—Maldita curiosidad la tuya—chistó—. Mejor háblame de ti, de tu cultura.

Sonreí cuando me dijo que hablase de mí, pero me quedé callado. Sólo podía decirle sobre mis guerras, el duro entrenamiento militar y el terrible dolor que sentía ahora cuando pensaba que había asesinado inocentes, hermanos, seres que simplemente resguardaban su grano y sus tierras ante el ejército de lejanas tierras. No. No me sentía orgulloso.


Por eso sólo me aferré a él, besé sus mejillas y me quedé observando el fuego toda la noche hasta el amanecer. Antes que el sol despuntara estábamos bajo varios metros de tierra, a los pies de la montaña donde habíamos pasado las últimas horas calentándonos.  

jueves, 31 de marzo de 2016

Heridas y supervivencia

Pues al parecer Mael está vivo...

Lestat de Lioncourt


—Amigo, ¿necesita algo?—preguntó un tipo orondo de ojos bondadosos y sonrisa agradable, aunque con numerosos dientes torcidos y algo amarillos a causa del tabaquismo. La recepción era pequeña y completamente hecha de madera.

Por un momento recordé las viejas tabernas, las conversaciones bulliciosas alrededor de las mesas, las chicas echando vino y cerveza con jarras de latón mientras los hombres gritaban eufóricos. Todos parecían estar llenos de vida. Casi podía oler el aroma a humanidad, perversa e insatisfecha, llena de reglas no escritas y sentimientos de hombría desmedida. Era como si me hubiese trasladado al pasado, pero el dolor de las heridas y el sonido hueco de mis botas sobre la madera del suelo me trajeron al presente con un fuerte golpazo, como la puerta cerrándose a mis espaldas por un soplo de aire.

—No, sólo una habitación donde pueda descansar durante todo el día—dije dejando mi pesada maleta de cuero marrón en el suelo. Era pequeña, pero pesada. Dentro llevaba varios libros que yo mismo había escrito a mano, los cuales no eran otra cosa que diarios, y algunas viejas cintas de vídeo y fotografías que me recordaba a mi pequeña familia, la que tuve junto a otros inmortales que ya eran cenizas recogidas en la tierra.

—Parece que ha sufrido un accidente bastante importante—dijo después de mirarme a la cara como cualquier idiota de los que me había topado estos últimos años.

El sol había destruido mi piel dejándome quemaduras importantes. La nueva piel, ligeramente bronceada, había aparecido cubriendo parcialmente mis mejillas, frente y boca. Sin embargo, tenía profundas cicatrices que me hacían asemejarme a Prometeo aunque sin Victor Frankestein vigilando mis pasos.

—Sí, hace algunos años—respondí colocando mis manos enguatadas sobre el mostrador.

Tras él había un letrero donde se decía los precios. Por noche eran sólo quince dólares, un precio muy económico, pero al mes se subía un monto bastante considerable porque añadía servicios de lavandería, limpieza y comida.

—Lamento haber sido indiscreto, pero pocos son los forasteros que vienen por aquí—comentó sacando el libro de registro—. La gente normalmente sólo viene en sus retiros espirituales y de visita a los viejos del pueblo. Ya quedan pocos hombres jóvenes. ¿Se quedará algún tiempo?—preguntó.

—Depende.

—Tiene la habitación número 11—dijo dejando una llave dorada con un llavero algo pesado con el número 11 tallado. Me di cuenta que era de hierro y artesanal—. Es en la segunda planta al fondo—indicó señalando las escaleras de madera—. Es la última habitación y es la única que tiene unas buenas vistas. Verá bonitos amaneceres.

—No me gustan los amaneceres, pero posiblemente la aproveche por las noches cuando me dedique a escribir mis memorias—dije tomando la pluma que estaba a un lado atada con un simple cordel. Siempre me pareció estúpido que hicieran tanto drama por unos bolígrafos robados, pero también comprendía que era un gasto inútil que debían controlar.

—Escritor... normalmente también vienen escritores, ¿sabe?—dijo ayudándome a buscar la última hoja para que escribiera mi nombre y firmara.

Era extraño que aún llevaran el registro a mano, pero había locales que no necesitaban demasiada documentación. Yo prefería estos sitios donde podía ser quien yo quisiera sin tener que dar más explicaciones. Podía inventarme una vida frente a todos y desaparecer una buena noche en mi moto.

—Vaya... gracias por la información—dije clavando mis ojos azules en los suyos castaños.

—Pero viéndolo con esa ropa pensé que era uno de esos vándalos que van por ahí haciendo el loco con las motos... ¿cómo se llaman esas que usan los rudos barbudos de las películas de acción?

Era curioso que usara conmigo el término “vándalo” porque eran un pueblo germano que había luchado contra los romanos, igual que mi pueblo, y que tenía varias características comunes con mi cultura. Pero ellos lo usaban con tono despectivo hacia personas que no llevaban reglas sociales, que iban contra la ley y formaban grandes escándalos.

—Harleys—respondí clavando mis ojos en la lista de nombres y fechas. Justo ayer se había registrado una chica. Sólo éramos dos en estas fechas rondando el pueblo.

—Eso es... ¡Harleys! Vaya motos, ¿la suya lo es?—dijo intentando ver tras el cristal de la puerta. Estaba seguro que la había escuchado llegar, pero no se había atrevido a husmear.

—Lo es, pero soy prudente cuando conduzco—aseguré.

—Firme ahí—señaló luego me retiró el libro—. Deje, el nombre debo ponerlo yo. Luego no entiendo lo que hay escrito—giró el libro y me miró con una sonrisa cordial—. ¿Nombre?

—Leblanc, Mael Leblanc.

—¡Francés! Vaya, un francófono. No había notado su acento, ¿sabe?—dijo echándose a reír—. Vienen pocos europeos pero suelo captarlos al primer vistazo. Usted parece Made in América.

—Ascendencia francesa, pero nada más. Hace mucho que no visito mis raíces—intenté ser cortés aunque me dieron ganas de preguntarle si parecía Navajo, Siux o Azteca, pero preferí simplemente sonreír y guardar mi afilada lengua para mis memorias.

—Bien, si quiere nos vemos más tarde y jugamos una partida de cartas—estiró su mano para que yo la estrechara, cosa que hice, y luego la retiró—. El hostal está casi desierto y mi mujer cocina bien. Podríamos invitarlo a cenar si quiere, pero al final del pueblo puede encontrar un buen restaurante italiano.

—Tendré en cuenta su invitación. Muchas gracias.

Agarré mi maleta y empecé a subir la escalera mientras le escuchaba. Finalmente le respondí por cortesía, pues no quería tener relación alguna con la gente del pueblo. Yo sólo quería curar mis heridas unas cuantas noches, descansar unas horas escuchando el murmullo del bosque y dejar que mi bolígrafo narrara algo que todavía no había sido contado... el modo en el cual sobreviví al sol y me oculté de todos.


sábado, 21 de noviembre de 2015

Druida

Mael intentó cuidar de Jesse, pero era demasiado joven para hacer caso a un milenario. ¡Ese cuento me lo sé!

Lestat de Lioncourt


Estaba allí de pie. Habíamos regresado del hospital. Huimos entre la alarma de los numersos heridos del concierto. Las salas estaban llenas de jóvenes frenéticos que balbuceaban desconcertados. Muchos médicos pensaban que alucinaban debido a alguna droga vendida en el concierto, la cual los hizo delirar en mitad del humo del incendio. Pero no era así. Había quienes hablaban de vampiros reales, de una diosa en el cielo ejecutando a sus iguales y llamando a filas a su querido Príncipe. ¡Oh, Lestat! ¿Dónde había quedado ese maravilloso vampiro? Sólo recordaba el dolor en mi cuello, la angustia de las lágrimas de Mael recorriendo su rostro blanquecino, el sonido de la ambulancia y el frío de las sábanas almidonadas de mi habitación. Pero, en aquella habitación, sólo había libros. Estaba de pie en mitad de la gran sala de Maharet, de su biblioteca, donde yacían miles de años de historia. Una historia que siempre sería la mía, pues se iniciaba con la terrible unión del cuerpo de Khayman y el de ella. Éramos la semilla, La Gran Familia Humana, y yo era la descendiente más fuerte. Al menos, eso decía la que siempre consideré mi tía.

—¿Alguna vez has amado con todo tu corazón?—preguntó Mael.

No me había fijado en su presencia. Estaba aún sumida en mis pensamientos. La noche me asombraba. Podía ver nuevos detalles que jamás había notado. Era un vampiro y mis sentidos se agudizaban. Percibía aromas intensos de cada libro, incluso de viejas especias que habían estado a su alrededor y de musgo. El musgo de la entrada penetraba fuertemente en mi nariz, ¿o era el musgo de las botas de Mael? No lo sabía.

Él me parecía más hermoso que nunca. Tenía rasgos duros, pero suaves. Parecía un hermoso lienzo que cobraba vida. Aquellos cabellos rubios, casi blancos, caían suavemente sobre su chaqueta de cuero color caramelo y sus jeans, algo arrugados y salpicados por la sangre de otros, parecían más viejos que nunca. Sí, también podía oler la sangre seca, el barro y su colonia. Una colonia casi inapreciable que pertenecía al propio aroma corporal que él poseía. Quería correr a sus brazos, estrecharlo contra mí y decirle que le quería. ¡Le quería más que nunca! Él me había salvado y estaba a punto de darme su sangre, la sangre de un poderoso celta, con tal de no verme sufrir o morir. Pero fue Maharet quien lo hizo, ella decidió darme un regalo tan importante.

—Sí—respondí confusa.

—Pues así te amo yo—admitió aproximándose a mí, tomándome de los brazos con cierta fuerza y mirándome a los ojos como lo haría un hombre dispuesto a besar a su gran amor. Sin embargo, no vi en él un amor apasionado de película romántica, sino un amor incondicional. Era el amor de un padre, un hermano, un amigo... —. Te amo como si fueras parte de mí.

—Mael...—susurré al borde de las lágrimas.

—No debiste desobedecerme—quería ser severo, pero era imposible. Jamás supo ser severo conmigo. Siempre era demasiado bondadoso, como si temiera alejarme de él por ser tan tajante y sincero—. ¿Acaso no pensaste en Maharet o en mí?—preguntó entristecido.

—Yo...

—Ahora la oscuridad se cierne sobre ti, rodeando tu alma hasta asfixiarla, y pronto la sed no te dejará descansar—esas palabras provocaron que abriera los ojos, así como los labios, sintiendo que mi alma se marchaba de mi cuerpo. Estaba tomando conciencia de todo lo que implicaba vivir para siempre, él lo estaba haciendo por mí. Era un consejo, lo sabía, pero me molestaba profundamente. Yo no era una niña—. Siempre serás esclava de ese tormento y a la vez, como no, sentirás que te has liberado de la muerte. Pero no es cierto—puso su frente sobre la mía, la frente despejada y sin arrugas que poseía, y dejó que su ceño se frunciera—. Tú serás la muerte. Te vestirás de ella, con dulce encanto, para ojos de otros.

—Sé que implica ser inmortal—dije colocando mis manos sobre las solapas de su chaqueta.

—Porque lo hayas estudiado, en esa secta de eruditos, no implica que tú, Jesse, sepas que implica éste poder—murmuró tomándome del rostro con aquellas manos ligeramente frías, grandes y dedos largos. Tenía las manos grandes. Unas manos que en los viejos tiempos, cuando era mortal, posiblemente estaban llenas de heridas por recolectar hierbas y usar herramientas tocas. Sin embargo, en ese momento eran suaves, dulces como las de una madre, y sabias como las de un anciano.

—Mael, no soy una niña—dije sutilmente frustrada.

—Para mí siempre serás una niña que no sabía, ni sabrá jamás, lo importante que es para mí y lo terrible que puede ser ver morir a quienes amas, comprender que el mundo cambia y tú no. La inmortalidad es un don muy preciado, pero también un castigo—besó mi frente y me abrazó pegándome fuertemente contra su pecho.

—¿Qué me quieres decir?—susurré.

—Que te amo y que espero que jamás te pierdas en la terrible soledad que une éste lazo.

Pude escuchar su corazón bombeando. ¡Latía! El corazón de un vampiro latía. Un corazón viejo y sabio, que había vivido terribles tormentos, latía y lo hacía al ritmo de su respiración. Quise beber de su sangre, pero no lo hice. Me limité a dejar que me acariciara los cabellos y llenara mi rostro de besos suaves, dulces y entregados. Permití que me amara como si fuese su hija y me besara como si fuese su amante, pues sus labios rozaron los míos y su lengua se hundió en mi boca como una poderosa daga. No me importó que lo hiciera. Deseaba que me besara desde hacía demasiadas noches. Me aferré a su chaqueta y acepté que sus manos viajaran a mi cintura. Era incluso erótico el besar de ese modo, el sentir como sentía, y permitir que me hiciera suya en ese instante con algo tan simple, pero tan profundo, como un beso.


Era Mael, el druida y celta, el hombre que definían como un ser frío a la hora de pensar y bárbaro cuando actuaba. Pero no era cierto. Podía ser terriblemente amable y bondadoso, sobre todo con una chiquilla estúpida que creía conocer todo, aunque no conocía nada.  

miércoles, 9 de septiembre de 2015

Mis raíces

Mael está vivo. Khayman lo dijo, también Marius. Mael sigue vivo y ha regresado a sus raíces. A veces llegan sueños, pequeños fragmentos de sus palabras, y puedo sentirlo porque Amel así me lo ofrece.

Lestat de Lioncourt


He vuelto. He hecho un viaje demasiado largo porque extraña la caricia del viento, su murmullo rodeándome, y el silencio de los grandes árboles. Quería enterrarme entre la tierra removida. Regresé al bosque en el cual me convertí en lo que siempre he sido. Entre las raíces de los grandes árboles, de retorcido y grueso tronco, he recuperado mi memoria y la sonrisa que creía perdida. El aroma de la tierra mojada por la lluvia, así como por los riachuelos cercanos, me recuerdan que la vida prosigue y que yo soy parte de ella.

Me duelen las heridas del alma mucho más que las del cuerpo, pero aquí siento que podré calmar cada cicatriz. Sin embargo, aquí sigo aferrado a la vida.

Quiero dormir bajo la hojarasca, enterrarme hasta lo más profundo y dormir durante décadas. No quiero volver hasta no recuperarme. Necesito refugiarme en mis sueños y amar de nuevo cada trozo de lo que fui. Deseo llorar como un niño por todos mis errores, pero también por mis victorias. Alzaré mis brazos e intentaré tocar el musgo que crece a los pies de los viejos robles.

He vuelto a mi hermosa tierra, mi patria, el lugar de donde no debí salir. No necesito nada más. Sólo quiero ser feliz envuelto en la humedad y el silencio de un bosque que mantiene sus secretos, pues muchos de ellos están tan sólo conmigo.


Los sueños son caricias dulces como las de una mujer entregadas, igual que los besos de una madre preocupada y el sabor del vino derramado tras una batalla. Son un enjambre que hace latir mi corazón. He regresado a mis raíces y me aferro a ellas porque es lo único que me queda. Ya no hay nada más. Me he desprendido del orgullo, la ira, el odio y las penas.  

domingo, 21 de junio de 2015

Recuerdos y deseos

Mael debería ser traído a rastras hasta donde estamos. Que alguien lo encuentre... 

Lestat de Lioncourt


Todavía puedo escuchar el sonido de las aves, sentir los rayos de sol penetrando entre las hojas de los vetustos robles y percibir el aroma las hierbas medicinales perfumando mi zurrón. Caminaba por los senderos con unos simples bracaes de cuero y una sofisticada túnica de lino blanco junto a una saga verde, algo raída por engancharme con las ramas secas. Aún puedo oler la tierra húmeda del lago cercano, el espesor del hermoso bosque y el sabor de las bayas que paladeaba mientras tarareaba viejas canciones.

Siempre creí que la madre tierra me protegería y me acogería entre sus tiernos brazos. Sin embargo, la oscuridad se hizo presente en mi vida y el sol pasó a ser mi enemigo. Me convertí en bestia, en maldito, en un demonio y a la vez en un Dios que debía ser encerrado entre la corteza y el musgo. Pero huí. Me marché de allí. Por el camino dejé muchos errores, enemigos y amores. Por mi culpa condené a un hombre, un romano inquisitivo y orgulloso, que se convirtió en parte de mi maldición y condena. Jamás volví a ser feliz y libre, pues desde que lo condené a él la suerte se truncó para mí.

Sin embargo, aquí sentado frente al fuego puedo ver las heridas del sol en mi piel. Mis manos están llenas de grietas, mis dedos huesudos parecen las garras de una bestia, y mi cabello es ahora prácticamente blanco. Tengo los ojos llenos de lágrimas que no sé verter. Ella ha muerto. El mundo se ha vuelto terrible desde que supe que Maharet no estará de nuevo alzándose de su lugar de descanso, con su sabiduría y esperanza, llenando el mundo con secretos que ofrecía a cambio de unas horas de conversación. El mundo es más peligroso desde que Khayman dejó de ser un guerrero para convertirse en verdugo y luego, como no, en parte de un recuerdo.

Al menos sé que la unión es factible, pero aún recelo. No quiero aparecer con las terribles cicatrices de mi rostro. Quiero ocultarme en la oscuridad y estar seguro que mi aspecto no será un problema. No deseo que Jesse me compadezca y el resto me mire como a un idiota. Curaré mi dolor, dejaré que mis heridas se sanen, y volveré al redil. Sin embargo, aquí en el bosque soy libre. Libre y sabio.

Pero le echo de menos. Extraño al ser que me creó. En este libro, el cual yace en mis manos, con la encuadernación negra y las letras de sangre, tan hermosas como terribles, puedo saber de él. Comprendo parte de su dolor, su pasado y su futuro. Quiero pertenecer a su futuro. Pero el miedo a perder lo que tengo me ancla al musgo y la corteza, lugares que antes temía y ahora necesito.


Si escribo estas líneas, tan torcidas como sinceras, en un papel cualquiera es porque quiero recordar los pensamientos y los sentimientos que todavía albergo. No quiero perderme en medio del dolor, sino soportarlo. Deseo mantenerme en pie, como los viejos robles, y echar raíces. Me gustaría ser recordado como algo más que un idiota que decidió exponerse al sol por motivos equivocados, ser buscado y amado. Sí, amado... ¿Tal vez amado por él? No lo sé.  

jueves, 28 de mayo de 2015

Días dorados

Para muchos nuestras raíces son importantes, pero se agudiza cuando nos sentimos solos. Mael quizás se siente solo, sobre todo cuando todos le damos por muerto. 
Lestat de Lioncourt


Recuerdo la hierba rozando la punta de mis dedos, tan crecida como verde, mientras mis ojos miraban con esperanza un nuevo amanecer. Era un niño cuando comprendí que debía luchar y jamás rendirme. Nunca redimí mis miedos, pero jamás acepté que destrozaran mis ambiciones. Me convertí en druida y guerrero. Debía saber pelear, pero también escribir poesía y cánticos a los dioses, espíritus de los bosques y creencias que mantenía con fervor en mi corazón. Mi alma aún tiembla pensando en la bondad de aquellos días, en lo salvaje que era y lo libre que parecía pese a las cadenas impuestas. Tenía una cultura rica como los frutos que recogíamos de los árboles y pastoreábamos nuestro ganado con la única ambición de alimentarnos.

Por las noches, cuando menos acogedor era el mundo, se encendían grandes fogatas y nos reuníamos entorno a ellas. Allí nos alimentábamos conversando, bailando, cantando y entonando plegarias a la naturaleza y la guerra misma. Recordábamos mejores tiempos, pero no podíamos hacer nada salvo luchar. Sobre todo cuando llegué la edad adulta, cuando debía encontrar una mujer adecuada y ser bendecido por la vida. Sin embargo, jamás encontré un corazón apropiado al mío. Nunca hallé el sosiego en una mujer. Sólo me encontraba en calma entre los grandes y robustos árboles, allí donde yacían nuestros dioses y sobre sus raíces a tallar.

La vida era buena. Parecía que siempre seguiría siendo así hasta el fin de mis días. No me importaba. Me sentía vivo y la calidez de los míos, así como su robustez, me hacían sentir apreciado por sus palabras firmes y agradables. Estaba agradecido por ser celta y me sentía orgulloso. Sentía cierto miedo y preocupación a ver mi cuerpo arrodillado ante Roma. Temía que perdiéramos nuestras costumbres y aceptáramos las suyas. No me interesaban sus lejanos dioses, sus hermosas calzadas y sus robustas construcciones. Yo era feliz cabalgando, tomando frutos silvestres y comiendo cordero o conejo alrededor de un fuego.

Esos días se fueron para no volver. Sin embargo, en mis sueños aparecen brillantes y maravillosamente perfectos. Sueños que logran curar mis heridas en mi alma y en mi cuerpo. La tierra me acoge y me arrulla. mientras puedo ver los árboles creciendo hacia el infinito estrellado que es el cielo nocturno.  

lunes, 18 de mayo de 2015

Choque de titanes.

Mael y Marius: primer encuentro. Choque de titanes. 

Vaya dos... ¿Y yo soy el testarudo? 

Lestat de Lioncourt


—¡Tienes que sacarme de aquí!—dijo exaltado.

—¿Por qué no te detienes a escuchar lo que debo explicarte? Hay cosas que desconoces...—respondí colocando un mechón de mis largos cabellos, algo más claros que los suyos, tras mi oreja derecha. Teníamos una edad similar, una estatura parecida y una sed de conocimientos que podía apreciarse en cada una de nuestras acciones cotidianas. Quería conocer y yo le proponía apreciar una vida distinta, una cultura que estaban en su sangre y una oportunidad única de hacer algo por el pueblo de su madre. Sin embargo, él sólo se pavoneaba de sus raíces celtas para hablar de la belleza de sus rasgos. Él no sabía nada de nuestro pueblo “bárbaro” y al parecer no estaba dispuesto a escuchar mis palabras—. Te aconsejo que me escuches. Será lo mejor. Si me escuchas, tal y como yo lo haré contigo, ambos ganaremos.

—¿Escucharte a ti? ¿A un salvaje? ¡Un demonio de los bosques! ¡Eso eres! ¡Un animal tan salvaje como los lobos!—gritó atado con aquellas firmes sogas alrededor de sus muñecas y tobillos.

—Ambos somos similares—respondí colocando mi mano derecha sobre el corazón—. Tenemos un corazón fuerte y una mente que aprecia el conocimiento.

—¿Conocimiento? ¡Prácticamente gruñes mi idioma!—dijo exasperado.

—Al menos me comunico en tu idioma y no pido que aprendas el mío—susurré con una ligera sonrisa, lo cual provocó que guardara silencio durante unos instantes—. Quiero que aprendas la verdad sobre mi pueblo.

—Tu pueblo desaparecerá. Los romanos os aplastaremos. Seréis sólo piedras y viejas patrañas en la historia. ¡Sois bárbaros! ¡Mira tan sólo las prendas que usas! ¡Bárbaro!

—¿Y qué quieres que use para montar? ¿Quieres que lleve esas cortas faldas de cuero y me crea doncella cabalgando al viento?—murmuré con sorna.

—¡Maldito! ¡No te burles de la legión! ¡La legión nos ha dado años de gloria!

—Y sufrimiento para mi pueblo—respondí—. Roma no tiene cultura propia. Roma toma lo mejor de cada cultura y lo deforma para su propio beneficio. Te traigo la verdad de mi pueblo, las raíces profundas de la naturaleza y la bondad intrínseca de un Dios que se muere—susurré sentándome a su lado.

—Los dioses no existen—dijo.

—Nuestro Dios no es una estatuilla. Nuestro Dios habla y se mueve como nosotros, pero sólo durante la noche. Nuestro Dios puede ver tu alma con tan sólo mirarte a los ojos. Él te eligió a ti porque eras sabio entre los sabios. Decidió que serías el apropiado para escuchar su historia y ser su sustituto—dije colocando mi mano izquierda sobre uno de sus hombros—. El amor del Dios del Árbol te complacerá y convertirá en un nuevo ser.

—Trucos baratos. Eso intentas—respondió alejándose—. ¡No me convencerás!

—Hombre de poca fe... cuando lo veas con tus ojos comprenderás, aceptarás y dejarás que la verdad que yace en tu interior, esa que niegas, florezca como el valle en primavera—susurré antes de incorporarme y marcharme de allí.


Esa fue nuestra primera conversación. La primera de muchas.  

sábado, 28 de marzo de 2015

Buscar mi propia fuerza

Khayman, y muchos otros, no lo dieron por muerto. Tenían razón. Mael estaba vivo.

Lestat de Lioncourt


La soledad puede hacernos perder el juicio. En ocasiones, la soledad está ahí sin más. No importa cuantos te rodeen. Es absurdo creer que la soledad sólo te abriga cuando el silencio llega, te abraza y susurra a tu oído. Hay quienes son incapaces de sentirse solos, pues llevan consigo una horda de recuerdos y promesas que les impulsa a seguir escalando en sus sueños, persiguiendo momentos, secuestrando palabras y aproximándose lentamente a lo que siempre ha deseado tener. Sin embargo, hay quienes poseen todo, inclusive aduladores natos, y notan un vacío tan terrible que puede provocar que terminen sintiéndose unos fracasados.

Me he sentido solo en muchas ocasiones. He deseado que alguien se apoyase realmente en mí, me tomase de los hombros y me dijese: Yo te escucho. Sin embargo, sólo he encontrado silencio, mentiras agradables y pasiones insípidas. Mi mundo, ese que es parte de todos nosotros, se redujo drásticamente. Quise creer en otros, seguir a otros, y buscar un Mesías para abrazar una nueva fe. No sirvió para nada. Comprendí que seguía sintiéndome tan vacío y absurdo como hacía tiempo.

Pensé durante mucho tiempo que estaba maldito. Pero luego comprendí que mi maldición es la mayor de las bendiciones. Acepté que tenía que ser yo mismo y no otro. Busqué mis raíces allá donde ya nada quedaba. Hallé la solución cuando el dolor de mis heridas me impedía salir a las calles y hacer mi vida con normalidad. Aunque, ¿se puede llamar vida a lo que hacemos? Nos arrastramos por los suburbios, buscamos gente a punto de morir por una sobredosis, enfermos sin cura, bastardos corruptos y mendigos que sólo tienen su alma para refugiarse del frío. Lo desconozco y no quiero inmiscuirme en esos temas. Ya me había cansado de ese círculo vicioso.

He recorrido el mundo escuchando el murmullo de una voz siniestra. Creía volverme loco. Mis heridas eran terribles. Por mucho que bebiese no me curaba. Durante años parecía un leproso. Me ocultaba en los bosques, bebía sangre de animal y buscaba la luz de la luna para guiarme entre las viejas raíces, hojarasca y hongos. Aprecié el olor a humedad. Saboreé la tierra entrando en mi boca en las mañanas más lluviosas y enterré mis dedos en la tierra cada atardecer.


Ahora, que la guerra entre los nuestros parece haberse enfriado, busco torpemente como mantenerme decidido. Busco a Talbot. Hay una historia que debe saber, un susurro que tiene que escuchar, y un ser que debe observar como si fuese una aparición.

miércoles, 7 de enero de 2015

La última vez que lo vieron decidía inmolarse, ¿pero lo hizo? No se sabe. Simplemente es demasiado viejo para que el sol le afecte de ese modo. Siguen llegando estas cartas, así que suponemos que está vivito y coleando. 

En definitiva, un texto de Mael

Lestat de Lioncourt



Muchos han contado quien soy, pero nadie ha perdido su tiempo en preguntar por mis sentimientos. Es posible que jamás se les haya ocurrido que yo tengo algo que contar, por miserable y escaso que sea. Quizás porque soy un hombre que no delata sus sentimientos o es posible que simplemente sea un crucial despiste del destino. Me convertí en lo que soy pensando que hacía un favor al mundo, pero en realidad sólo creaban a un monstruo que se tambalearía entre los límites del bien y del mal.

He cruzado desiertos de almas cubiertos de verde bosque, caudalosos ríos y empinadas colinas. Caminé bajo la tundra y he agradecido a la selva su humedad. A decir verdad, he conocido todo lo que podía conocer. Hundí mis dedos en el desierto cerca de las vieja ruinas donde todo comenzó y he dejado que mis pies pisaran por el asfalto más ennegrecido de New York. He visto construirse monumentos al ego de políticos carentes de razón, observado el culto a cientos de dioses en miles de lugares de este territorio tan extenso, escuchado a filósofos y mártires de todas las épocas, contemplado el arte naciendo de las manos de un pintor que sería inmortal por sus obras, sentido entre las mías las esculturas más abominables y he llorado mientras reía. La soledad ha sido mi brújula. Me han dado por muerto miles, algunos no lo han creído y gracias a ellos he mantenido la esperanza de comunicarme algún día.

Acepto que no soy un ser bondadoso, ¿pero existe la bondad pura? Más allá de los discursos religiosos, las manos abiertas de los niños al pedir un abrazo sincero y las palabras de un moribundo. ¿Existe la bondad? ¿La humanidad? ¿El perdón que nace del corazón de forma improvisada? Yo les diré que no. Son utopías que creemos con vehemencia pero que se destruyen con facilidad. Lo bueno sólo es una percepción, igual que lo malo. Las historias son parte de nuestras experiencias, pero para nada implican que sean ciertas. Tú no puedes saberlo todo. Nadie puede. Muchos lo han intentado y han fracasado terriblemente, llegando a sentirse confusos y derrotados.

No hay sabios, sólo sabiduría que puede ser acaparada por unos minutos y morir en el alma de cualquier iluso. Sí, porque ese es nuestro mayor pecado: el olvido. Olvidamos rápido lo que aprendemos, salvo lo básico. Aprendemos a sobrevivir y eso jamás se olvida. Es como si estuviese en nuestro código genético. Podemos olvidar una canción, pero no la canción que nos cantaban para perder miedo a la oscuridad y afrontar desafíos. Podemos olvidar un libro, pero no una frase que nos arrebató el aliento y nos hizo emprender un camino. Podemos hacer tantas cosas, recordar tanto con una simple chispa, que es increíble; sin embargo, a la vez, somos desmemoriados. No recordamos las sonrisas, sino las lágrimas.

¿Y a mí? ¿Me recuerdan? Algunos lloran mi desaparición, otros se extrañan al no verme cruzar el umbral de su casa para señalarlos con fuerza y sabor amargo, y el resto, quienes sólo me conocen de oída, les da igual como sea y lo que haya sido de mí. ¿Y a mí? ¿Me importa? No. No me importa. De haberme importado habría hablado antes. No me he reunido como la otra vez. No me incumbía. Decidí aislarme hace mucho tiempo más allá de las montañas de asfalto, hormigón y luces de bohemia. No. Ya no soy ese ser que intentaba adaptarse. Soy quien siempre he sido: un guerrero nómada.


lunes, 29 de diciembre de 2014

La verdad bajo la nieve

Mael está vivo como decía Khayman, Quien crea lo contrario es muy iluso.

Lestat de Lioncourt


La nieve crujía bajo sus botas mientras se hundía sus piernas hasta las rodillas. Cada zancada era como enterrarse en una fría y húmeda tumba, en un infierno helado, que se extendía allá donde alcanzaba su vista. Era un páramo desértico, cubierto de frondosos abetos cubiertos de nieve con las ramas casi vencidas, donde no había demasiadas casas desperdigadas ni muchos animales salvajes. Nadie viviría en un mundo tan blanco, impoluto, desafiante y salvaje. Ni siquiera un loco, salvo aquellos que por origen nacen donde no pueden elegir.

Temblaba de frío. ¿Quién dice que los vampiros no tienen frío? Su rostro era anguloso, pero sólo podía verse parcialmente a través de su larga melena dorada. Tenía los ojos de un cielo cálido de verano. Parecía que él llevaba la primavera consigo en su rosadas mejillas, pero eso era prácticamente nada. Nada en un invierno tan crudo en algún punto entre Rusia y los últimos países pertenecientes a Europa.

Vestía de negro, aunque también poseía un par de pieles de animales muertos y desollados con sus propias manos. La sangre caliente le había alimentado y la piel le calmaba el frío. Sin embargo, su corazón se helaba. Había notado como ella había muerto. Fue aún más doloroso que saber que él estaba vivo, aquel coloso que lo creó, y que nunca había ido en su búsqueda. Aquello le reconcomía como si fueran un par de polillas.

Llegó a una profunda hondonada, ligeramente boscosa. Una pequeña casa de madera le esperaba con el techo cubierto de nieve, con una sola ventana y una chimenea humeante. Dio un par de pasos rápidos, impropios de un ser humano, y al entrar se quitó parte de la ropa y las botas. Su cuerpo tenía aún marcas del sol, aunque eran casi invisibles. Sus manos se estiraron hacia las llamas y luego pasó ambas por su pelo intentando domarlo.

Él era Mael.


Todos le daban por muerto, pero como dedujo Khayman... estaba vivo y sus ojos contaban una historia terrible. Tan terrible como es en realidad el mundo.  

jueves, 18 de septiembre de 2014

Yo te condené

Avicus power... más bien es Avicus pidiendo disculpas... Creo que ya va como tres veces que pide disculpas por algo que hizo porque no tuvo otra. 
Lestat de Lioncourt 


Disculparme quizás no sería justo. He aprendido mucho durante todos mis largos años de vida, los cuales pueden resumirse en siglos ya que son milenios. Apreciar la vida tal y como nos la ofrecen, con su sabor natural, es un manjar que ya no recuerdo. Mi infancia es borrosa. Sólo recuerdo que nací como tantos otros en mi pueblo, con una espada en la mano y un escudo en la otra. Recorrí largos trayectos, el sol despuntaba y ya estaba en marcha. Mis guerreros sabían confiar en mí y yo confiaba en ellos. No era un rey, tampoco un hombre excesivamente poderoso, pero tenía mi batallón en el que confiaba mi vida y ellos me confiaban la suya. Codo con codo, espada contra espada, luché por conquistar nuevos mundos y hacer grande el nombre de mi pueblo.

Provengo de un mundo donde el pan se gana con sudor y sangre. No hay desprecio a la vida, ni siquiera la de un oponente. Rezas por ellos, oras por sus almas y sus familias, mientras entierras la espada en su pecho. Aprendes a amar el hierro forjado con cuidado y de forma brusca, con las caricias del martillo del armero. Comprendes a tu caballo mejor que a ti mismo. Aprecias la tierra removida que guarda los secretos de la muerte, sobre todo cuando es un viejo amigo. Sabes escuchar en el viento a las ánimas y también los gritos de guerra que tanto te animan. El amor, tal y como lo conciben muchos ahora, era imposible. Te casabas prácticamente para tener hijos, fuertes y sanos, y por compromiso familiar. Aprendías que respetar a tu esposa era no matarla de hambre, nada más. Y aún así, pese a todo, la comida que yo servía era además con respeto. Siempre respeté lo que me dieron, pues sabía que no me pertenecía en absoluto. La vida era un regalo de los dioses y yo saboreaba cada instante como si fuera el último. Siendo un guerrero nunca sabes cuando te van a matar o cuando llegarás a casa.

Me arrancaron de mis valles, los bosques preciados cercanos al río en el cual se asentaba mi pueblo, arrastrándome con fuerza hasta Egipto. Allí ya era otra cosa. No era un guerrero. Yo no era el hombre que había cruzado a galope tierras lejanas y prometidas. Ella me miró, alabó mi fuerza, mi belleza física y comprendió que era bueno que tuviera su poder. Un poder que nunca quise, ni pedí, ni deseé y si hubiese sido por mí habría rechazado en el acto. Después, un largo peregrinaje, aventuras que ya parecen sueños lejanos y finalmente un árbol. Un árbol que me retenía como si fuera un ave en una jaula.

Días y noches que eran una tortura tras otra. Sentía dolor y sed. El frío calaba mis huesos. La vida era miserable. Tantos siglos en la oscuridad y ni siquiera podía ver a los árboles mecerse lentamente frente a mí. Sentía el bosque, pero no podía apreciarlo. La libertad estaba ahí, aunque era imposible tenerla. El fuego en la noche fue lo peor. Las llamas recorriendo mi piel. Dolor y más dolor. Entonces llegó él.

Era un hombre de unos treinta años, con el pelo largo casi blanco, sus ojos eran fríos pero no frívolos. Pude ver que su tez era blanquecina y sus ropas eran pulcras. Estaba recién afeitado, tenía el pelo cepillado y le habían colocado esencias para que tuviera un aspecto más presentable. Parecía un salvaje, pero a la vez era un guerrero y un sabio bien instruido.

—¿Has venido a salvarme? ¿Mis plegarias han sido escuchadas?—pregunté desde las sombras.

—He venido a ser como tú, un Dios—murmuró.

—Sólo soy un guerrero y eso, sin duda alguna, ya lo eres...

El resto es historia. Por eso quiero pedirle perdón. Lo condené. Condené su alma y su vida. Condené todo. Dije amarlo, que lo hacía y aún lo hago, pero tiempo después lo abandoné. Ahora que he regresado lo observo cada noche. Parece distinto. Está hecho de otro material. No es el hombre que yo conocí. No es un druida más. Es más sabio, más fuerte, más libre y más tenaz. Se siente mortificado, pero a la vez se siente libre. Es una mezcla de fiera salvaje y hombre moderno. Mael me asombra un poco más que mis libros, aunque ellos siguen acompañándome desde que supe que la cultura te da fuerza. ¿Es Mael también un libro? ¿Él me dará fuerzas? No lo sé. Prefiero pensar que sí.  

lunes, 8 de septiembre de 2014

Dioses en los bosques

El druida sigue recordando cosas y mezclándolas con el presente. En fin, es normal que esté así con algo de añoranza ¿no? Desde que se quemó a lo bonzo no es el mismo. Culpa suya de salir al sol sin protección... ¡Ja! ¿Entienden el chiste? En fin, pasemos a su texto.

Lestat de Lioncourt 


Si pudiera escuchar nuevamente la pureza y la fuerza del bosque, tumbarme en el humus y hundir mis dedos entre las raíces. Disfrutaría de una lluvia torrencial o de una mañana fresca, en la cual pudiera tener la fragancia única de cada flor. Los árboles se alzarían gigantescos frente a mí, con sus gruesos troncos y sus altas ramas alzándose como un dios hacia los cielos. Extraño tumbarme cerca del arrollo y beber de sus cristalinas aguas. ¿Reconocería el reflejo que hay allí? Quizás. Hace demasiado tiempo que he dejado atrás todo aquel mundo, donde la fantasía podía crearse en leyendas y mitos tan poderosos como la verdad misma.

El ulular del búho, el sonido de los cascos de los caballos por los caminos, los insectos zumbando o simplemente el roce de la hierba alta en mis piernas eran una música única. Solía pasar largas horas en silencio, meditando, sintiendo a los dioses en el interior de cada tronco mientras mis pies se hundían en el fango y mi ropa se ensuciaba hasta llegada la noche. Era un guerrero, un guardián y un sabio para mi gente.

El pueblo se hallaba cerca del lecho del río, las mujeres lavaban allí las prendas y los muchachos más jóvenes practicaban con espadas de madera. El ganado siempre cercado, vigilado por sus dueños, y los cazadores curtiendo las pieles para el invierno era algo habitual. Podía decirse que la vida allí era tranquila, aunque luchábamos continuamente por seguir en nuestras tierras. Los dioses nos acompañaban en silencio.

Cuando estoy a su lado me encuentro en casa. Puedo sentir la misma mágica sensación que antes, sus manos ásperas aún parecen llevar la espada y sus ojos desafían a cualquiera con una bondad que pocos conocen. Guarda silencio cuando hablo, pero su ceño se frunce o sus ojos se desvían hacia el cielo poblado de estrellas. Jamás creí que volvería a compartir con él un par de minutos, pero ahí está con sus manos entrelazadas y ligeramente inclinado hacia delante. La hoguera se alza como una lengua de fuego gigantesca.

—En el fuego puedo ver aún sus almas—dijo hace unas noches—. Es como si jamás hubiese ocurrido.

Desconozco si habla de los dioses que murieron hace milenios, de los jóvenes que fueron arrasados por Akasha, de sus viejas guerras o simplemente de los viejos rituales funerarios que se dieron en varios pueblos a lo largo y ancho del mundo. No lo sé. No me atreví a hundir mis dedos en sus heridas, sólo me levanté y busqué el hueco perfecto entre sus brazos. Es un gigantesco inmortal que ha visto tanto, escuchado demasiado y sentido todo en su corazón justo donde se halla aún su alma.


Daría todo por volver al pasado y poder comer algunos frutos, caminar entre los árboles y dejar que mi alma retozara libre antes de caer en desgracia. Sin embargo, nunca ofrecería un segundo de su compañía como moneda de cambio.  

miércoles, 13 de agosto de 2014

Silencio y pasión

Unas memorias muy antiguas de Mael y Avicus salen a la luz, unas narradas por el celta sobre su maestro. ¿Quieren saber más? Sigan leyendo.

Lestat de Lioncourt 


Su actitud había desatado en mí cierta impaciencia. A pesar de todo mis sentimientos por él eran distinto a los que solía demostrar. Tenía mis motivos para ocultarme dentro de mi propia armadura, aunque sólo fuera de piel y huesos. Mis ojos se detenían en su rostro de mármol, en esas cejas perfectamente delineadas y el cabello rubio, casi blanco, espeso y largo hasta más allá de los hombros. Cualquiera que lo viera diría que era uno de los nuestros, pero con aquella túnica blanca y esa capa roja, tan roja como la sangre, podía asegurar que era un romano más llorando la caída de Roma. Avicus me había pedido esa noche que nos reuniéramos con él, buscando así que se despertara de su sueño. Pero el sueño no remitía, del mismo modo que seguía llorando en sueños. Cuando nos retiramos hacia la posada, subidos en nuestros caballos, sentí que parte de mí se alegraba de una caída tan merecida, pero otra parte pedía a gritos que no se llevara consigo a quien fue mi mejor oponente y terminó siendo mi amigo. En esos momentos no había constancia de nosotros en libros, o eso creía yo, y no habíamos tenido la fortuna de encontrarnos a otros que fueran como nosotros y no pertenecieran a la secta de la serpiente.

La noche era fresca a pesar de ser primavera. A lo lejos se podía escuchar el zumbar de algunos insectos y algunos animales se acercaban a un pequeño lago formado por aguas subterráneas. La orografía no era demasiado tortuosa y el sendero era agradable, pero aún así nos quedaba un largo camino hacia la posada. Allí nos sentaríamos algunas horas frente al fuego, sin hablar entre nosotros porque nos sentíamos apesadumbrados y luego nos retiraríamos a la habitación que habíamos conseguido con suerte debido a los tiempos que corrían. Demasiados negocios rechazaban a gente forastera, sólo aceptaban a sus borrachos habituales y el mundo parecía enrarecerse cada vez más. La seguridad era escasa, por eso estábamos alerta por si nos asaltaban y teníamos que usar nuestra fuerza bruta.

—Estás pensando en él—dijo tras un prolongado silencio entre ambos—. En él, en nuestro secreto mutuo y en todo lo que ha ido ocurriendo.

—¿Qué? No puedes estar más equivocado. ¿Cómo voy a malgastar tiempo de mi vida pensando en ese imbécil? Que piense otro, no yo. ¿Acaso me ves preocupado por un inútil que no es capaz de despertarse? No, no. Romano tenía que ser, ¿sabes? Les puede le orgullo y la tontería—dije abrupto mientras agarraba bien mis riendas—. Estaba pensando en lo bien que podía estar ahora frente a la fogata, oliendo a guiso y con el gaznate refrescado con la sangre de algún borracho.

—Sí que pensabas en él—respondió echándose a reír.

Su figura era la de un gigante y sus manos, siempre bondadosas conmigo, eran enormes. Tenía un aspecto de hombre de gran importancia, como si aún dirigiera medio imperio gracias a ser el conocedor de todo, un gran rastreador y un excelente estratega. Era un hombre de guerra, no de paz, y sin embargo amaba la tranquilidad que le ofrecía una conversación alegre, un par de canciones y uno de esos libros de poemas que a veces compraba en el mercado.

—¡Te he dicho que no! Deja de burlarte de mí—me coloqué a su altura y pude observar sus prendas con atención. Llevaba una capa gruesa y oscura que se confundía con sus cabellos espesos, algo largos y tan negros como su prenda. Calzaba unos pantalones de cuero, como los míos, y un jubón verde botella con botones dorados y sendos bordados—. No me había fijado en tu ropa, ¿por qué tanto lujo?

—Cuando se va a ver a un buen amigo uno debe estar presentable—explicó girándose hacia mí para verme bien—. Tu jubón también es muy bonito, y algo caro. ¿Acaso no te acicalaste para dar tu mejor impresión? Si incluso llevas el cabello bien cepillado y con la frente despejada—dijo burlándose de mí—. Mael el druida, preocupado por el romano que tantos quebraderos de cabeza le dio. Me alegro que así sea y que siga ocurriendo. Una lástima que haya caído en males tan poco propicios para que tú, cínico amargado, caigas en la cuenta que lo necesitas.

—¡Deja de decir eso, maestro!—exclamé furioso, pero él tan sólo estiró su brazo derecho agarrándome de la nuca, para acercar su rostro al mío y así poder besarme. Al apartarse yo quedé en silenció y él reía bajo mientras divisaba la ciudad bajo nuestros pies.

Al final de la colina, donde el río ya no es bravo, se encontraba el asentamiento con los tejados de distinta altura y sus tejados propicios para el frío. Arriba en la montaña hacía una temperatura muy inferior a la que podía encontrarse en el valle, donde nos disponíamos a pasar la noche. Ya quería deshacerme de la capa y el cinto con la espada, tapar cualquier agujero de luz y ocultarme para descansar como bien merecía.

Durante una hora estuvimos cabalgando en silencio y dejando que únicamente los cascos de los caballos fuera nuestra comunicación secreta. Al llegar nos sentamos frente al fuego, dejando algunas de nuestras pertenencias en la habitación. Pedimos una jarra de vino y un par de vasos, para intentar imitar al resto de viajeros, pero rápidamente nos fuimos a la alcoba.

Era una habitación sencilla con dos camastros amplios, una chimenea propia, un pequeño armario y un par de estanterías junto a una mesa y una silla. No se podía pedir más en esos tiempos. Era mucho lujo para dos vampiros. Podía sentir como el amanecer aún no llegaba y también como mi alma se había vuelto a llevar una decepción. Ese inútil no movió ni un dedo.

Avicus se quitaba la ropa dejándola doblada en el pequeño armario, el cual sólo poseía tres cajones algo delgados donde casi no cabía nada. Su pecho al descubierto, tan ancho y bien marcado, me hizo girar la vista y sentarme en mi camastro.

—Mael, ¿ocurre algo?—preguntó, acercándose a mí tirando su cinto en la cama que usaba—Mael.

—Nunca caigas en esos sueños—respondí mirándole a los ojos—. Me dejarías solo.

—Eres listo y tienes talento para el engaño, sabrías como sobrevivir sin mí—dijo tomando asiento a mi lado—. Eres un buen discípulo y siempre me has parecido honesto aunque Marius no lo crea. Tienes un carácter apático, a veces tan áspero que parece una piedra afilada a punto de cortarte, pero tu corazón es noble.

—Gracias—murmuré, o eso creo.

Sus grandes manos se colocaron a ambos lados de mi cabeza, cerca de las sienes, y me miró con una ternura que sólo se descubre en los ojos de un padre. Vi bondad en ellos. Una bondad que me recordó a la cálida sensación que tuve cuando nos conocimos. Sus dedos siempre fueron ásperos, a pesar que el poder oscuro cambia nuestro tacto. Sin embargo, él al haber sido quemado aún poseía esa piel áspera, algo dorada, que provocaba que cada uno de sus rasgos se acrecentara.

Sentí un fugaz impulso que provocó que me dejara llevar. Me lancé hacia él, agarrándolo por el cuello mientras lo besaba. Él decidió quitarme el jubón mientras repartía caricias por mi torso y mi espalda. Era excitante estar a solas con él, a pesar de lo trágico que podía ser para nuestro viejo compañero. En pocos minutos ambos estábamos desnudos, piel contra piel, besándonos con furia mientras el catre con colchón de paja soportaba, más o menos, el peso de dos hombres adultos de gran tamaño. Mi cabello quedó desparramado sobre la almohada, los suyos rozaban sus mejillas y las mías. Tenía sus brazos, anchos y fuertes, en ambos lados de mi cuerpo y parecía retenerme en silencio. Sentí como mis piernas se abrieron temblorosas, esperando que su cuerpo quedara entre estas, mientras rozaba su sexo mis ingles y vientre.

—Avicus...—balbuceé notando como él apoyaba su frente en la mía, observándome, mientras se unía a mí. No tardé en soltar un quejido bajo, parecido a un lamento, hundiendo mi cabeza en el almohadón permitiendo que él entrara, pues había alzado mis caderas y abierto mis piernas para que pudiera lograrlo—. No, no te detengas—murmuré abrazándome con fuerza a sus costados, prácticamente enterrando mis uñas, mientras movía mis caderas.

—No pienso hacerlo—susurró hundiendo su rostro en mi cuello, para clavar sus colmillos y beber un pequeño trago de mí. El mismo trago que después me ofreció con un largo beso mientras sus caderas comenzaban a moverse.

Se movía tan firme como podía, rompiéndome por la mitad mientras se apoyaba en la cama, y yo simplemente me aferraba a su cadera con ambas piernas, sin dejar de deslizar mis manos por sus costados cubriéndolo de arañazos tan profundos que mis uñas estaban rojas por la sangre. Sin embargo, él decidió invertir posiciones concediéndome el ritmo. Quedé arriba, subido sobre aquel enorme guerrero de rostro bondadoso y mirada amble, la cual era en esos momentos lujuriosa y entregada, mientras mis dedos recorrían su marcado abdomen y mis caderas decidían moverse suavemente a modo de tortura.

—Me gusta mi nuevo semental, parece mejor que el pura sangre del establo—sonreí fascinado por sus gruñidos bajos y la desesperación que iba cubriendo como una lámina su rostro. Tenía una pátina de sudor sanguinolento por todo el cuerpo, igual que yo la tenía, pero él al tener una piel dorada parecía adquirir un tono similar al cobre. Era un espectáculo tentador que no podía despreciar.

Tomé impulso iniciando un ritmo vertiginoso, como si realmente trotara por los valles con un magnífico ejemplar pura sangre. Cerré los ojos dejando que la sensación de libertad entumeciera con placer cada trozo de mi cuerpo. Mis dedos buscaron sujeción y mis uñas fueron el ancla perfecta. Quedé encajado en su cintura moviendo mis caderas como si me persiguiera el mismo demonio. Podía notar su mirada clavada en mí, recorriendo mis facciones desencajadas por la lujuria y la necesidad. El sexo era siempre tentador y necesario, sobre todo cuando sus manos me tocaban con esa firmeza. Pude notar sus pulgares colocarse sobre mis pezones, comenzando un rápido masaje sobre estos. Mi cabello se pegaba a mi espalda, cuello, torso y rostro. No podía hacer algo más que moverme y gemir.

En cierto momento, cuando mi vientre ardía y vibraba como si fuera el epicentro de un terremoto, eyaculé salpicando mi torso y también el suyo. Él me tiró al colchón, girándome para dejar mi espalda contra la suya y arremetió contra mi entrada con furia. Sus manos se posicionaron en mis caderas, apretándome con fuerza, mientras arremetía hasta sacarme lágrimas por ofrecerme un placer tan brusco y perfecto. No tardó demasiado en eyacular dentro de mí, bañándome con su calor y dejando que su sexo abarcara todo.


Sus manos bajaron hacia mi trasero, para abrirlo sin sutilezas y él salió al fin. Aquella noche durmió en mi cama, abrazado a mí, mientras me preguntaba qué futuro tendríamos. Temía la separación, una huida rápida o cualquier división entre ambos. Sufría por esos presentimientos y por ello sentía la necesidad de ver despierto a Marius, entre nosotros. Creía que si éramos tres los vínculos se fortalecerían y no habría tanta discusión entre ambos. Estaba equivocado, ahora lo sé.  

miércoles, 6 de agosto de 2014

El dolor de los milenios

Avicus y Mael pronto tendrán unas memorias propias, pero de momento dejan esto. Una escena que relata el dolor que puede sentir un milenario.

Lestat de Lioncourt 


—Recuerda el sol brindando calor, más allá de la colina, mientras que las flores cantaban su aroma y el mundo parecía estar en eterna quietud. ¿Por qué no lo recuerdas? El sol deslumbrando, bañándolo todo, mientras el cielo fulguraba belleza celestial. La noche había pasado, el campamento en silencio, la vida misma desbordándose en el susurro de la cascada mientras el río arrastraba los guijarros. Verde, tan poderoso color lleno de esperanza, era el manto que se extendía por las montañas y valles. A lo lejos, como si fuera un milagro, la nieve ya estaba completamente derretida dejando ver la cima marrón y verde, una cima que pronto se llenaría de nieves blancas y puras. Verano, un verano diferente al que conocemos ahora. ¿Lo recuerdas? Yo sí lo recuerdo, lo vi en tus ojos. No estuve allí y sin embargo pude saborear incluso las manzanas que saciaban tu apetito, el cereal que llenaba tu mesa y la caza que alimentaba a tus guerreros. Un hombre santo, o casi santo, con el pelo prácticamente plateado y ojos tan claros como el hielo. Albino, casi ciego en las mañanas de sol deslumbrante, y terco. Tan terco. ¿Por qué eras siempre tan terco?—mis palabras cayeron sobre su rostro serio y desafiante. El fuego se alzaba como si danzara sobre los troncos. Estábamos quemando las ramas que habíamos cortado de los árboles cercanos, sólo para aliviarlos y poder tener un rato de ocio distinto al habitual en seres como nosotros. Nos manteníamos atados a la naturaleza, como si fuéramos salvajes.

—Recuerdo tus ojos oscuros clavándose en mí, tu piel quemada y tu lengua herida. Tardaste en hablarme, pero luego abriste los brazos como una súplica—murmuró cerrando los ojos, llenando su mente con tantos recuerdos que le hicieron llorar. No podía leer su alma, pero podía ver sus gestos de dolor—. Un gigante de ceniza oscura, eso eras.

—Y tú me salvaste sacrificando lo que más amabas—respondí.

—¿Y? Lo hice por fe—quiso evadir el momento levantándose, caminando alrededor del fuego para luego alzar su rostro hacia las estrellas—. Me pregunto si veremos alguna estrella fugaz...

—Lo hiciste por amor y compasión—susurré levantándome para abrazarlo.

—¿Quién te hace creer ese absurdo?—respondió dejando su rostro frente al mío—. Yo sólo era un druida más.

—Uno de los más sabios, pero no el líder como dice Marius. Eras apenas un muchacho formado en las buenas artes, pero tu tío te había enseñado tanto... Mael, ¿por qué guardas siempre silencio cuando quieres gritar?—mis palabras le hicieron enmudecer de nuevo, agachar su cabeza y apoyarla en mi pecho—. Mael...

—Porque a veces las plegarias son más fuertes que los gritos, del mismo modo que una espada es más diestra si la empuña un hombre sabio—murmuró.

Besé su sien y acaricié su rostro con mis toscas manos. Aún había aspereza en ellas, como si hubiesen conservado la rudeza de la guerra en cada centímetro. Sus ojos se volvieron confusos, las lágrimas fueron evidentes y nuevamente miró a las estrellas. Queríamos pertenecer al mundo, pero llevábamos siglos fuera de él. Sin embargo, nos resistíamos a dejarlo. Él estuvo a punto de morir y yo de quedar perdido para siempre.



martes, 10 de junio de 2014

Tú y yo

Esta conversación se cita en el libro de La Reina de los Condenados, pero jamás se supo del todo su contenido. Aquí la tienen, para todos ustedes, pues se ha desvelado.

Lestat de Lioncourt 


Tenía frente a si un lienzo que era blanco como la nieve, el caballete estaba girado para sí desde hacía más de una hora. Se hallaba sentado en su humilde taburete, con tan sólo una túnica de algodón en color borgoña y sus sandalias. Tenía los hombros relajados, pero su rostro mostraba cierta inquietud. Su mirada desprendía una frialdad que no era cierta, pues él estaba imaginando la pintura que aún no había cobrado forma. Copiar a otros es fácil, hacer tu propia obra es lo difícil.

—Te veo a ti—dijo, tomó aire y se incorporó tomando la paleta de pinturas.

Marius tenía los métodos de Botticelli, del cual había aprendido casi todo, y el amor por él lo consumía. Había amado a un mortal que ya había quedado desaparecido, casi enterrado en el olvido para el resto del mundo.

—Así, perfecto—sus labios se arquearon en una leve sonrisa de satisfacción cuando sintió su mirada por encima del hombro.

—¿Qué es perfecto?—preguntó una conocida voz.

Recordó de inmediato el sonido del viento agitando las altas ramas, el calor del sol incidiendo sobre su rostro, el amargo sabor de las bayas y la desesperación. Entró en él un aroma a tierra removida con sus propios dedos, lágrimas que no podía consolar y el olor a hongos que trepaban por aquellos enormes troncos. Sí, recordó aquellas tierras de hombres altos, gigantescos robles y religión extraña. También recordó la magia de Constantinopla, el olor a fuego y las lágrimas de sangre.

—Mael...—musitó bajando el pincel para girarse.

Allí estaba aquel terco, vestido con ropa simple y en colores verdes en tono oscuro. Sus ojos eran algo más pequeños que los de Marius, pero muy expresivos. Tenía el cabello rubio, en un tono más claro que el suyo, y encajaban perfectamente en un rostro algo anguloso. No era tan viejo, pero para Marius reconocer que era un hombre joven, sabio y con voz autoritaria le molestaba. Solía recordarlo con arrugas, canas y un aspecto más descuidado.

—Vine a visitar al maestro de las pinturas. Nada más escuchar sobre el cuento de una academia de arte para muchachos, de un hombre rubio y alto con cierta pomposidad, supe que era momento de hacerte una visita—se tocó la punta de la nariz y luego cruzó sus brazos—. Lo convertirás.

—No, no lo sé—susurró mirando la pintura.

Era un ángel hermoso, como los que podías encontrar en las iglesias, con una mirada llena de melancolía y un cabello rojizo muy espeso. Sus tiernos labios parecían murmurar una oración, sus manos estaban cruzadas en forma de rezo y sus hombros suavemente encogidos. Poseía una expresión de divinidad preocupada por su ceño fruncido, pero el cuerpo no parecía tan encogido.

—Lo harás. Tarde o temprano lo harás—dijo tomando un taburete para sentarse a su lado.

—¿Y Avicus?—interrogó.

—Oh... no quiero hablar—respondió frunciendo sus cejas doradas, algo pobladas pero perfectas, mientras afianzaba su mirada en el cuadro.

—¿Quieres ver como lo termino?—sonrió para sí, deseando que aquel inútil conociera su arte para glorificarse.

—Bueno, al menos no es Venus con la cara de esa mujer—dijo girando su rostro hacia él con una sonrisa algo burlona.


Ambos se soportaban y se odiaban, se apreciaban y mataban. Siempre había sido así y entre ellos no estaba aquel hombre gigantesco, de ojos profundos y algo aniñados, que siempre regañaba a los dos como si fueran niños. No, no. ahora estaban ellos dos a solas, en el palazzo de su escuela y permitiendo que los viejos lazos se afianzaran. Por dentro ambos se apuñalaban, pero ambos darían todo por salvar la vida del prójimo. Eran dos idiotas que no querían admitir que se apreciaban.  

sábado, 31 de mayo de 2014

Palabras frente al fuego

Bonjour

Mael y Marius nunca se han llevado bien, por eso Avicus lo ha intentado... pero se ve que no se puede.

Lestat de Lioncourt 


Palabras frente al fuego

Sentado, en completo silencio, puedo observar sus facciones duras y afables. Sus ojos son dos granos de café, tan intensos como oscuros, que observan intensamente las ascuas de la hoguera. Jamás he pensado detenidamente si el tiempo nos ha hecho más sabios, fuertes y tercos; sin embargo, cuando lo escucho con su tono suave, pausado y masculino, sobre la vida que ha llevado y los mundos que ha visto he supuesto, que al menos, él si es más sabio y fuerte. El terco, como siempre, soy yo.

—Deberías hablar con él—ha dicho de nuevo mientras tomaba asiento a su lado, en el otro extremo del tronco—. Te aprecia.

—Me desprecia—le corregí.

—Mael...

—Avicus, he hecho demasiado por ese cretino—comenté mirando las llamas mientras él se giraba hacia mí, deteniendo su mirada en mi rostro serio y mi ceño fruncido—. Es un terco.

—Tú también—soltó una risotada que cortó el aire y tuve que mirarlo. Tan vivo, tan real, tan cerca y yo aún soñando con su regreso. Habíamos estado divididos mucho tiempo y, ahora, nos rompíamos de nuevo sólo porque Marius y yo no podíamos convivir.

—Yo no le he llamado feo, viejo y estúpido.

—Ignorante sí—replicó con una media sonrisa.

Desconoce por completo lo seductor que puede ser ver a un hombre como él, con un pasado tan oscuro y un futuro tan desconcertante. Puedo ver su gigantesco cuerpo inclinado hacia delante, sus músculos marcados en sus fuertes brazos, y su cabello moviéndose suavemente por la brisa. Quisiera hacerme hueco en su pecho, llamarlo nuevamente maestro y perderme en su aroma; pero no puedo hacer nada, tan sólo quedarme ahí como haría cualquiera. Si él supiera que es mi debilidad, que he extrañado su conversación, estaría perdido.

El amor es algo más que palabras románticas, pues a veces es silencio y también gestos. He caminado a solas y en estos momentos la senda se ha vuelto intensa, más interesante y agradable. Él está ahí, a mi lado, esperando que tome su mano y acepte sus desafíos.

—Lo es—murmuré justo antes de notar su mano derecha, tan gigantesca y áspera, colocando un mechón de mi cabello—. Avicus, no.

—¿Qué?—dijo con una sonrisa franca.

—Intentas convencerme—respondí frunciendo aún más el ceño mientras cruzaba mis brazos.

—¿Es tan obvio?—preguntó con otra risotada.

—Sí.


Han pasado muchos años desde que estuvimos juntos, pero cuando regresó era como si jamás hubiésemos estado separados. Quizás el amor es eso, más que algo físico. Amar es comprender y yo comprendo a Avicus. Tal vez, sólo tal vez, por eso le amo y perdono sus vanos deseos de unión entre Marius y yo.  

miércoles, 23 de abril de 2014

Sensaciones, sentimientos y un pantano

Memorias de Avicus y Mael, ¿qué será lo que están sintiendo? ¿Qué ocurre? ¡Lean!

Lestat de Lioncourt 


Mael era un enigma aún a día de hoy. Cuando su sangre llenó mi boca y pude absorber algunos de sus recuerdos, aquellos que marcaron su vida y por lo tanto fortalecieron un carácter explosivo, los cuales aún porto en mi memoria siendo parte de mí. La vida humana que le arrebaté fue pagada con creces con la inmortalidad, sin embargo él en ocasiones parecía reticente a valorarla del mismo modo que otros lo hacían. Solía quedarse en silencio observando el fuego de la hoguera, dejando que sus pensamientos le hundieran en un arrebatador y sobrecogedor momento en el cual la leña quedaba reducida a cenizas. Contemplarlo de esa forma, tan concentrado, era un pequeño placer que otros no poseían.

Los siglos nos habían separado, dividido, doblegado, hundido, despreciado y colocado cada uno en su lugar. Como si fuéramos dos peones de un enorme tablero de ajedrez, o simplemente dos muñecos desgastados, nos colocábamos frente a frente con la malsana idea de recobrar el tiempo perdido. Los meses en su compañía se habían convertido en algo más de un año y ese año en una vida intensa, pero a la vez sobria y acogedora.

Aquella noche nos habíamos adentrado en el pantano. Las aguas turbias parecían alquitrán recién asfaltado, los árboles recogían el canto del viento agitando sus ramas y la luna se alzaba distante, frívola y terrible. La belleza que poseía aquel lugar era extraña, pero Mael parecía sentirse tan cómodo como en los bosques que en otras épocas habíamos recorrido. Su aspecto delgado le daba un toque desgarbado cuando se agachaba, brincaba de orilla en orilla y buscaba entre las luciérnagas un lugar para descansar. Tenía el cabello suelto y largo, tan lacio como siempre, ofreciéndole una belleza indómita a sus rasgos suaves pero varoniles. Su nariz no era tan aguileña como Marius solía afirmar, sino algo más suave, sus labios eran carnosos y tenían una sonrisa distinta a la habitual. Buscaba algo, pero no sabía que era realmente.

—Mael, detente—dije tomándolo del brazo derecho para que parara sus pies—. Mael ¿dónde vas?

—Quiero alejarme de todos—respondió apartándome sin suavidad alguna—. Inclusive de ti, pero veo que me sigues allá donde voy.

—Mael, no es tiempo para discusiones—comenté tomándolo de los brazos, pero se revolvió zafándose de mí. Sus ojos centelleaban como dos glaciales fríos y perversos. Tenía un aspecto intenso, espectral y prácticamente parecía hecho de cera. A pesar que había salido ardiendo años atrás, debido a su exposición al sol, él había recuperado su piel lechosa.

—Quiero mi soledad—sus ojos se vieron fieros, desgarradores y desafiantes. Sus labios parecían quebrarse en una amarga mueca mientras se veían sus colmillos.

—Me iré, pero si me voy no volveré—reconozco que amenazarle no estuvo bien, pero era una forma de controlar la situación.

Algo ocurría y él no quería hacerme partícipe. Podía sentir como sus sentimientos afloraban, pero la comunicación entre ambos siempre había sido nula debido a la unión de sangre que ambos poseíamos.

—¡Por qué eres tan terco! ¡Simplemente necesito estar a solas!—gritó.

—¿Ya no te agrada mi compañía?—pregunté tomándolo del rostro mientras apoyaba mi frente en la suya.

—Avicus, necesito hundirme en...—balbuceó antes de quedar silenciado por un beso.

Sus labios siempre eran suaves a pesar de las palabras que siempre profería. Por brusco que fuese por dentro era distinto. En la caverna donde se hallaban sus sentimientos, aquellos que realmente secuestraban la verdad y la hundían para mi deleite, mostraba a un hombre mucho más cercano, tierno y en ocasiones desconcertante. Era sabio e indomable. Sin duda era un guerrero que no soportaba los momentos lacónicos de Marius, al cual apreciaba a su modo.

—¡Avicus!—dijo apartándome para mirarme igual que una fiera—Algo ocurre...

—¿Qué ocurre?—pregunté mirándolo con cierta inquietud.

—No lo sé.

Una ráfaga de aire movió su cabello dejando que su rostro quedara oculto sin mechón alguno. Su ceño estaba fruncido y su aspecto era delicado a pesar de todo. Era un guerrero, un hombre curtido en batallas y sacrificios, pero sin duda alguna era un vampiro intuitivo que presentía que algo estaba a punto de suceder. Tan sólo llevábamos unas camisetas negras y unos jeans. Él tenía botas, las cuales estaban llenas de fango, pero yo iba descalzo. Habíamos salido del refugio que compartíamos precipitadamente. Él no me había pedido que no le siguiera ni había rogado que le acompañara.

—Algo ocurre y por primera vez siento pánico. Ni siquiera me sentía tan confuso con los últimos ataques que han ocurrido—comentó aproximándose a mí para hundirse en mis brazos.

Buscó acomodarse contra mi pecho, apoyó la cabeza cerca de mi hombro y permitió que le rodeara mientras mis manos acariciaban sus largos cabellos dorados. Tenía un aspecto delicado y terrible. Parecía perdido, quizás por las sensaciones que podían vibrar en cada uno de nosotros. A decir verdad yo también lo había sentido, pero había decidido negar la sensación y proseguir con mi historia.

Cuando alzó su rostro nos miramos sin decir nada. Ambos sabíamos que el dolor del pasado persistiría y que la sensación que nos acuchillaba no se calmaría; pero estábamos juntos, ilesos y desafiando a nuestra propia historia. Mael colocó sus manos sobre mi torso y las movió hacia mi cuello, subiendo por mi mandíbula hasta mis mejillas y dejando, al fin, sus dedos fríos sobre mis labios.

No dudé ni por un instante el arrojarlo contra el suelo. Fue algo violento, pero él conocía mis instintos más primarios. Podía parecer sosegado, pero siempre la tormenta tiene un momento de calma entre la destrucción.

Allí arrojados le arranqué la ropa, así como destrocé la mía, para caer sobre él mordiendo su cuello y clavículas. Mi boca se perdía por su figura mucho más frágil y de complexión delgada. Su piel era suave, tentadora y poseía un aroma agradable. Sus pezones rosados comenzaron a endurecerse mientras mis labios los rodeaban. Mael se dejaba hacer como si fuera una mujer desesperada por sentir la semilla que le brindara la magia de la vida, pero él era un hombre y ambos vampiros desesperados por tener contacto más allá del vínculo de sangre.

Sus manos se perdían en mis cabellos negros, algo largos y ondulados, mientras las mías iban a su cadera deslizándome hacia sus ingles y muslos. Las piernas de Mael se flexionaron y su espalda quedó encorvada mientras tiritaba. La noche era agradable, pero húmeda, y nos hacía sudar algo más de lo normal; pronto estábamos perlados de sudor y él susurraba mi nombre entre jadeos.

Nuestras miradas chocaron como si fueran dos espadas y él giró su rostro con sus mejillas arrobadas. Tenía los labios abiertos dejando escapar algunos jadeos y suspiros de amor, mientras que sus piernas temblaban sintiendo mis manos, mis labios, mi lengua y mi aliento. Mordí su cadera y abrí mejor sus piernas colocándolas alrededor de las mías. Entonces, sin preámbulo alguno, le penetré arrancándole un gemido ronco que provocó que sus brazos temblaran, sus dedos se cerraran y tirara de varios de mis oscuros mechones.

Confieso que mis primeros movimientos dentro de él eran suaves, sin embargo no tardé en moverme fuerte, rápido y profundo. Mis jadeos estaban mezcladas con palabras que él únicamente entendía. Mi afecto se desbordaba mientras él me juraba amor. Podía ver el amor yacer en sus pupilas, como si fueran un enorme glacial cálido, y también crecer en sus gemidos y lamentos. Sus piernas se apretaban con firmeza, sus brazos me rodearon rápidamente por debajo de las axilas y sus manos jugaban con las puntas de mis mechones. En cada beso dejábamos nuestras almas, o al menos un buen pedazo de ella, para luego ofrecernos unas miradas ciegas por la lujuria.

El ruido de la naturaleza era agradable, pues en medio de ésta jamás había silencio. El chapoteo de algún animal, el zumbido de los insectos, la maleza aplastarse bajo el cuerpo de Mael, el sonido de las ramas o simplemente las ranas croando eran parte de aquel lugar, pero sobre todo era parte de nosotros. Siempre seríamos salvajes adictos a la naturaleza.

Se retorcía igual que una víbora, pero sobre todo se agitaba. Pronto llegó al orgasmo final y yo le acompañé poco después. Habían sido unos deliciosos segundos de diferencia, pero había merecido la pena. Él se mostraba exhausto, perlado en sudor y sin pensar en aquellas sensaciones. Momentáneamente habíamos alejado nuestros demonios encerrándonos en un paraíso convertido en infierno.

—Lo lamento—murmuré sin arrepentimiento real, pero debía decirlo. Mi boca buscó la suya una vez más y quedé recostado sobre su pecho, mucho menos robusto—. Yo también lo siento.

—Algo sucederá... pronto... pero me alegro tenerte cerca ésta vez—dijo con el rostro serio, pero los ojos con un brillo intenso—. Te amo.


—Yo también te amo y respeto, Mael—dije cerrando los ojos para perderme en la agradable sensación de estar en un mundo natural, casi perdido, junto a él.

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt