Esta conversación se cita en el libro de La Reina de los Condenados, pero jamás se supo del todo su contenido. Aquí la tienen, para todos ustedes, pues se ha desvelado.
Lestat de Lioncourt
Tenía frente a si un lienzo que era
blanco como la nieve, el caballete estaba girado para sí desde hacía
más de una hora. Se hallaba sentado en su humilde taburete, con tan
sólo una túnica de algodón en color borgoña y sus sandalias.
Tenía los hombros relajados, pero su rostro mostraba cierta
inquietud. Su mirada desprendía una frialdad que no era cierta, pues
él estaba imaginando la pintura que aún no había cobrado forma.
Copiar a otros es fácil, hacer tu propia obra es lo difícil.
—Te veo a ti—dijo, tomó aire y se
incorporó tomando la paleta de pinturas.
Marius tenía los métodos de
Botticelli, del cual había aprendido casi todo, y el amor por él lo
consumía. Había amado a un mortal que ya había quedado
desaparecido, casi enterrado en el olvido para el resto del mundo.
—Así, perfecto—sus labios se
arquearon en una leve sonrisa de satisfacción cuando sintió su
mirada por encima del hombro.
—¿Qué es perfecto?—preguntó una
conocida voz.
Recordó de inmediato el sonido del
viento agitando las altas ramas, el calor del sol incidiendo sobre su
rostro, el amargo sabor de las bayas y la desesperación. Entró en
él un aroma a tierra removida con sus propios dedos, lágrimas que
no podía consolar y el olor a hongos que trepaban por aquellos
enormes troncos. Sí, recordó aquellas tierras de hombres altos,
gigantescos robles y religión extraña. También recordó la magia
de Constantinopla, el olor a fuego y las lágrimas de sangre.
—Mael...—musitó bajando el pincel
para girarse.
Allí estaba aquel terco, vestido con
ropa simple y en colores verdes en tono oscuro. Sus ojos eran algo
más pequeños que los de Marius, pero muy expresivos. Tenía el
cabello rubio, en un tono más claro que el suyo, y encajaban
perfectamente en un rostro algo anguloso. No era tan viejo, pero para
Marius reconocer que era un hombre joven, sabio y con voz autoritaria
le molestaba. Solía recordarlo con arrugas, canas y un aspecto más
descuidado.
—Vine a visitar al maestro de las
pinturas. Nada más escuchar sobre el cuento de una academia de arte
para muchachos, de un hombre rubio y alto con cierta pomposidad, supe
que era momento de hacerte una visita—se tocó la punta de la nariz
y luego cruzó sus brazos—. Lo convertirás.
—No, no lo sé—susurró mirando la
pintura.
Era un ángel hermoso, como los que
podías encontrar en las iglesias, con una mirada llena de melancolía
y un cabello rojizo muy espeso. Sus tiernos labios parecían murmurar
una oración, sus manos estaban cruzadas en forma de rezo y sus
hombros suavemente encogidos. Poseía una expresión de divinidad
preocupada por su ceño fruncido, pero el cuerpo no parecía tan
encogido.
—Lo harás. Tarde o temprano lo
harás—dijo tomando un taburete para sentarse a su lado.
—¿Y Avicus?—interrogó.
—Oh... no quiero hablar—respondió
frunciendo sus cejas doradas, algo pobladas pero perfectas, mientras
afianzaba su mirada en el cuadro.
—¿Quieres ver como lo
termino?—sonrió para sí, deseando que aquel inútil conociera su
arte para glorificarse.
—Bueno, al menos no es Venus con la
cara de esa mujer—dijo girando su rostro hacia él con una sonrisa
algo burlona.
Ambos se soportaban y se odiaban, se
apreciaban y mataban. Siempre había sido así y entre ellos no
estaba aquel hombre gigantesco, de ojos profundos y algo aniñados,
que siempre regañaba a los dos como si fueran niños. No, no. ahora
estaban ellos dos a solas, en el palazzo de su escuela y permitiendo
que los viejos lazos se afianzaran. Por dentro ambos se apuñalaban,
pero ambos darían todo por salvar la vida del prójimo. Eran dos
idiotas que no querían admitir que se apreciaban.
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