Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

martes, 10 de junio de 2014

Tú y yo

Esta conversación se cita en el libro de La Reina de los Condenados, pero jamás se supo del todo su contenido. Aquí la tienen, para todos ustedes, pues se ha desvelado.

Lestat de Lioncourt 


Tenía frente a si un lienzo que era blanco como la nieve, el caballete estaba girado para sí desde hacía más de una hora. Se hallaba sentado en su humilde taburete, con tan sólo una túnica de algodón en color borgoña y sus sandalias. Tenía los hombros relajados, pero su rostro mostraba cierta inquietud. Su mirada desprendía una frialdad que no era cierta, pues él estaba imaginando la pintura que aún no había cobrado forma. Copiar a otros es fácil, hacer tu propia obra es lo difícil.

—Te veo a ti—dijo, tomó aire y se incorporó tomando la paleta de pinturas.

Marius tenía los métodos de Botticelli, del cual había aprendido casi todo, y el amor por él lo consumía. Había amado a un mortal que ya había quedado desaparecido, casi enterrado en el olvido para el resto del mundo.

—Así, perfecto—sus labios se arquearon en una leve sonrisa de satisfacción cuando sintió su mirada por encima del hombro.

—¿Qué es perfecto?—preguntó una conocida voz.

Recordó de inmediato el sonido del viento agitando las altas ramas, el calor del sol incidiendo sobre su rostro, el amargo sabor de las bayas y la desesperación. Entró en él un aroma a tierra removida con sus propios dedos, lágrimas que no podía consolar y el olor a hongos que trepaban por aquellos enormes troncos. Sí, recordó aquellas tierras de hombres altos, gigantescos robles y religión extraña. También recordó la magia de Constantinopla, el olor a fuego y las lágrimas de sangre.

—Mael...—musitó bajando el pincel para girarse.

Allí estaba aquel terco, vestido con ropa simple y en colores verdes en tono oscuro. Sus ojos eran algo más pequeños que los de Marius, pero muy expresivos. Tenía el cabello rubio, en un tono más claro que el suyo, y encajaban perfectamente en un rostro algo anguloso. No era tan viejo, pero para Marius reconocer que era un hombre joven, sabio y con voz autoritaria le molestaba. Solía recordarlo con arrugas, canas y un aspecto más descuidado.

—Vine a visitar al maestro de las pinturas. Nada más escuchar sobre el cuento de una academia de arte para muchachos, de un hombre rubio y alto con cierta pomposidad, supe que era momento de hacerte una visita—se tocó la punta de la nariz y luego cruzó sus brazos—. Lo convertirás.

—No, no lo sé—susurró mirando la pintura.

Era un ángel hermoso, como los que podías encontrar en las iglesias, con una mirada llena de melancolía y un cabello rojizo muy espeso. Sus tiernos labios parecían murmurar una oración, sus manos estaban cruzadas en forma de rezo y sus hombros suavemente encogidos. Poseía una expresión de divinidad preocupada por su ceño fruncido, pero el cuerpo no parecía tan encogido.

—Lo harás. Tarde o temprano lo harás—dijo tomando un taburete para sentarse a su lado.

—¿Y Avicus?—interrogó.

—Oh... no quiero hablar—respondió frunciendo sus cejas doradas, algo pobladas pero perfectas, mientras afianzaba su mirada en el cuadro.

—¿Quieres ver como lo termino?—sonrió para sí, deseando que aquel inútil conociera su arte para glorificarse.

—Bueno, al menos no es Venus con la cara de esa mujer—dijo girando su rostro hacia él con una sonrisa algo burlona.


Ambos se soportaban y se odiaban, se apreciaban y mataban. Siempre había sido así y entre ellos no estaba aquel hombre gigantesco, de ojos profundos y algo aniñados, que siempre regañaba a los dos como si fueran niños. No, no. ahora estaban ellos dos a solas, en el palazzo de su escuela y permitiendo que los viejos lazos se afianzaran. Por dentro ambos se apuñalaban, pero ambos darían todo por salvar la vida del prójimo. Eran dos idiotas que no querían admitir que se apreciaban.  

No hay comentarios:

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt