Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

miércoles, 11 de junio de 2014

We were made for loving you



Memorias de Michael, Rowan y mías. Espero que comprendan el título y la relación con la canción. Es puro amor, pura pasión, puro placer y necesidad de estar unidos. 

WE WERE MADE FOR LOVING YOU


Habíamos discutido los tres, o más bien los dos y ella intentaba impedir que prosiguiéramos. Hablábamos aceleradamente, precipitando frases que herían sus sentimientos y molestaba en nuestros orgullos. Michael acabó alzando la voz y dando una fuerte palmada sobre la mesa, por mi parte me levanté de ésta haciendo caer la silla. Ambos estábamos furiosos, a punto de comenzar una pelea desproporcionada y poco sensata.

—Basta...—dijo rompiendo en lágrimas y eso nos hizo parar.

Los ojos azules de Michael se posaron en los de Rowan, igual que los míos, que derramaban lágrimas terribles manchando sus mejillas. Desconocía porque estábamos ahí, matándonos uno al otro, cuando sólo queríamos hacerla feliz y de ese modo no lo lográbamos. Michael se aproximó a ella, colocó su ancha y áspera mano sobre su cabeza, deslizó sus dedos por sus rizos dorados y pasó estos por la nuca hasta la espalda. Allí, en aquella frágil espalda, dejó su mano derecha mientras la izquierda de apoyaba en la mesa y él se inclinaba.

—Cariño, ¿qué puedo hacer para que no llores?—preguntó con un tono de voz suave, aunque seguía siendo profunda y muy masculina. Aquella frase sonó sensual a pesar que eso no era precisamente lo que él deseaba.

—Cherie, deberías decirnos cómo podemos hacerte feliz—aquel comentario mío provocó que Michael me mirara, y no lo hizo molesto. Parecía cansado, abrumado y decepcionado consigo mismo. Él no la hacía feliz, no como él quería.

—Dejad de discutir—murmuró—, pues la niña duerme y no quiero que escuche como sus padres se pelean.

Ambos nos miramos perdiéndonos uno en el otro. Hazel no era ya sólo hija mía, también lo era de Michael. Él cambiaba sus pañales, la bañaba y perfumaba antes de sentarla en su pequeña sillita para ser alimentada. Un hombre ejemplar, abnegado y completamente orgulloso de ser padre sin serlo. Y yo, yo era el individuo que se colaba por las ventanas de los diversos hoteles, cuartuchos insalubres, o lugares extraños en los cuales podía verla. La última vez fue la iglesia de Saint Louis, un lugar que me trajo problemas. Sólo eran segundos, y a veces ni siquiera llegaba a poder verla por completo. Sin embargo, la niña aún reaccionaba a mi voz y a una vieja melodía que entonaba para ella.

—No estamos discutiendo ya—respondió Michael.

Los ojos de Rowan se fijaron en él, perdiéndose por unos segundos, para luego incorporarse y mirarme a mí. Nos observaba con cautela a ambos como si fuera un pobre animal asustado. Los hombres de su vida, suponía. Su padre murió poco antes que ella naciera, era Cortland Mayfair. Cortland era tan incestuoso como Julien, pues era su padre y abuelo, del mismo modo que Julien era su bisabuelo, tatarabuelo y una larga lista de parentesco. Ellos estaban muertos, jamás pudieron hablar con ella salvo que lo hicieran sus fantasmas. Su hijo, Lasher, había sido una tortura y acabó muerto a manos de Michael. Era un Taltos, un asesino, un violador y un idiota que se entregó por completo a luchar contra la escasa bondad que tuvo en otra época. Sin duda alguna los algo más de cuarenta años, a pesar que no los aparentaba, que habían golpeado duramente a Rowan siendo una niña adoptada dentro de la propia familia, alejada de su madre que se volvía poco a poco más loca, encerrada en un mundo aseptico que era el hospital donde trabajaba, mucho antes de ser la directora de su propio centro, la habían hecho quedar sin nadie que quisiera estar a su lado. Y nosotros, en este momento, luchábamos igual que leones machos por el territorio y la única hembra que queríamos. Se sentía acorralada, dolida y posiblemente aturdida.

—Cuéntanos que sucede—dije tomándola de los brazos para llevarla de nuevo a la silla, para que se sentara, mientras Michael me ayudaba a retirarla de la mesa.

Quedó allí, sentada, mirándonos a ambos que nos encontrábamos de pie con el corazón en la mano. Notaba como quería seguir llorando, pero se encontraba algo más calmada. Sus lágrimas no eran de impotencia, sino de algo más.

—No comprendéis nada—dijo al fin—. Estoy enamorada de los dos, me siento en una encrucijada y siento que no puedo elegir. Necesito a Michael para permanecer serena, cuerda y completamente centrada en mi trabajo; pero tú apareces con tus aires de galán de otro tiempo, sonríes de forma encantadora y mi corazón se vuelca. Ya no es sólo el misterio que conllevas, pues ahora formo parte de ese mismo misterio que nos ata y destroza, sino tu elegancia y tu aroma, igual que si fueras un macho Taltos, me desquicia y necesito la aventura que sólo tú me puedes dar. Contigo me convierto en una niña que aprende cosas nuevas, me das cierta libertad salvaje y muero de deseos porque me toques de forma indecente—suspiró tras aquella terrible declaración para ambos—. Cuando estoy contigo, Michael, soy una mujer completa, sin otra necesidad que tus besos y caricias. Busco tus brazos fuertes para no sentirme perdida. Al hacer el amor me derrito, porque tú sabes tocar esos puntos que provocan que mi corazón se una al tuyo. Pero, me falta él.

—Ménage à trois—respondí cortándole el aliento y provocando que Michael frunciera el ceño—. Peleamos por una misma mujer, pero yo no te odio. ¿Cómo podría odiarte Michael? Nadie puede odiarte y menos después de todo lo que has hecho—comenté encogiéndome de hombros—. No sería sólo sexo, sino una forma sincera de pactar con ella un amor completo.

—No lo sé...—murmuró atormentado.

—Michael, está llorando y detesto que llore. No podemos separarla de uno de nosotros sin que sufra—me miró a los ojos cuando dije eso y después la miró a ella—. Comprende.

—Ven cariño—dijo aproximándose a ella para tomarla en brazos—. Sígueme.

Aquella ancha espalda, con músculos marcados, quedó frente a mí mientras cargaba a Rowan como si no le pesara nada en absoluto. Las canas habían desaparecido y su aspecto era más joven, fresco y fornido. Había recuperado el aspecto del Michael que conoció Rowan, y todo era por los caprichos siniestros de Julien.

Cuando entramos en el dormitorio principal, con el suelo de madera tan perfecto, sentí un vuelco. Estábamos de nuevo en First Street, en la casa cuyo jardín conocía tan bien, mientras que él la tendía en la cama y se quitaba la chaqueta, su camisa y comenzaba a sacarse el cinturón. Había accedido sólo al ver la expresión de Rowan, completamente aturdida por mis palabras. Yo hice lo mismo, imitándolo en cada movimiento.

—Cherie—susurré acercándome a la cama para rodearla con mis brazos, besando su cuello en el lado izquierdo mientras olfateaba sus cabellos.

Él se aproximó a nosotros sentándose junto a mí, permitiendo que Rowan se incorporara en medio de ambos. Sus prendas fueron desprendiéndose entre caricias y besos. Ella cerró sus ojos, echó hacia atrás la cabeza y la apoyó en el fuerte brazo derecho de Michael. Por mi parte me hundía en su cuello lamiendo su piel, rozando con la punta de mi nariz sus venas y dejando que mis dedos fueran algo más hábiles que los gruesos y ásperos de su esposo.

Los senos de Rowan quedaron liberados, con sus pezones cafés completamente endurecidos. De inmediato ambos hundimos nuestro rostro en su pecho, acariciando los pezones con la lengua y terminando por oprimir estos con los labios. Chupábamos como si fuéramos dos lactantes mientras ella abría sus piernas, las cuales sólo estaban levemente cubiertas con una falda larga, algo suelta, que pronto comenzó a quedar remangada mientras nuestras manos acariciaban sus muslos. Ella suspiraba temblorosa mientras alargaba sus brazos hacia nosotros, tentando casi a ciegas nuestros vientres mientras bajaba hasta nuestro sexo. Estábamos algo duros, excitándonos con su aroma y la calidez de su piel.

Sus dedos temblaban contra nuestro glande, creando cierta presión, mientras las muñecas se movía suavemente. El miembro de Michael era más grueso, algunos centímetros mayor en longitud, y más venoso que el mío; podía decirse que incluso la piel que le cubría era algo más gruesa, oscura y tirante que la mía. No me importó demasiado ese detalle, pero sí me fijé complaciéndome en poder observar a mi enemigo, aunque no lo vi jamás como tal, completamente desarmado ante unas caricias. Si bien, no era el único. Ambos dejamos de succionar sus pezones, para besar sus clavículas y hombros. La boca de Rowan buscó la de Michael, pero tras un beso fogoso fue a buscar la mía que desde hacía rato besaba su piel. Mientras, con pasión, ella comenzaba a masturbarnos con deseo arrancándonos jadeos y gemidos.

Nuestras manos se habían quedado en la ingles, apartando su ropa interior hasta romperla, para acariciar ambos su deliciosa vagina. Estaba húmeda y caliente, su clítoris comenzaba a abultarse mientras ella sentía los calambres típicos que la torturaban. El calor comenzaba a inhundarla, el sudor la perlaba, y sus cabellos se pegaban a su frente. Los labios de Rowan proferían gemidos bajos, palabras de amor hacia ambos y sobre todo rogaban un poco más. Mis dedos finos jugaban con su clítoris mientras los más gruesos, de Michael, se hundían en ella estimulándola.

En algún momento hicimos un pacto secreto, con tan sólo un duelo de miradas, para llegar a tumbarla en la cama deshaciéndonos de la falda, dejándola con el rostro hundido en el colchón y las caderas levantadas. Él comenzó a lamer su vagina, hundiendo su lengua, mientras yo hacía lo mismo con su otra entrada. Ella rápidamente se aferró a las sábanas tirando de éstas hacia sí, arrugándolas y retorciéndolas, mientras sus piernas temblequeaban. Tras pasados unos minutos, Michael cambió posiciones conmigo mientras nos masturbábamos imaginando estar dentro de ella. Sin embargo, en un alarde de dominar la situación la bajé y arrodillé frente a ambos.

—Sé cuanto necesitas sentirnos—dije tomándola del mentón con mi zurda, mientras mi mano derecha me apretaba el glande oprimiéndolo—. Ven, sacia tu sed—susurré hundiéndome en ella.

Michael se aproximó quedando a sus espaldas, acariciando sus pechos con sus fuertes manos, mientras quedaba de cuclillas mordisqueando su cuello. Sus pezones comenzaron a estar adoloridos, porque los pellizcos y tirones de Michael eran algo bruscos, pero a ella parecía que la encendía todo aquello.

—No, no puedo ser egoísta—murmuré tras unas fuertes embestidas que la hizo toser, pero a la vez temblar por completo. Salí de su boca y me froté entre sus pechos—. No puedo ser egoísta, mon amour—susurré girando suavemente la cabeza para indicarle a Michael que cambiaba la posición con él.

Hacíamos un buen equipo cargados de perversión, lujuria y fascinación. Ella parecía perdida en un universo paralelo donde sólo sentía, se precipitaba en una especie de espiral de placer desenfrenado, y nosotros íbamos con ella. No supe en qué momento ocurrió, pero ambos quedamos recostados en la cama con ella entre nosotros. El rostro de Rowan quedó enterrado en el de su esposo, mientras que mis manos se colocaban en sus caderas. Pronto una de sus piernas se levantó cayendo sobre las caderas de Michael, él acarició sus pechos mientras la besaba y yo hundí mi rostro en su espalda.
Rápidamente me tumbé en el colchón, ella cayó sobre mí y él quedó aplastando a ambos. Nuestros miembros entraron casi a la vez en su cuerpo delicado, pero elástico, que se movía como si fuera una serpiente enroscándose en ambos y buscando nuestros labios. Los ojos de Michael estaban perdidos en el placer, como si le bañara el infierno mismo, mientras que mi mirada desprendía emoción, excitación y sobre todo una fascinación increíble.

Ambos hacíamos aquello por amor a una misma mujer, mujer que nos unía y nos dividía. Siempre me pareció un hombre sincero y educado, pero en la cama comencé a descubrir a un hombre apasionado, completamente entregado, en cada dura embestida que sacaba un grito de placer a Rowan, mientras que yo le provocaba escalofríos mientras buscaba que mis manos no se fueran de sus pechos. El sudor de los tres se mezclaba, así como los gemidos y jadeos, mientras las palabras obscenas comenzaban a verterse en el aire, contaminándolo aún más, mientras buscaba algún punto de sujeción para aquel desenfreno.

—Rowan, Rowan...—le escuché decir casi a la misma vez que yo lo hacía, pero pronto se apartó, girándola, mientras me miraba con cierta ira y comprensión. Él no podía olvidar su caballerosidad, así que me ofreció el tenerla un poco hacia mí, viendo su rostro.

Ella se sentó sobre mis caderas gimiendo y moviéndose cual amazonas, Micahel quedó de rodillas en la cama mientras se masturbaba. Tras unos minutos la inclinó lamiendo la cruz de su espalda, guiando su lengua hasta su columna y final de su trasero, en ese momento se colocó y entró penetrándola desde atrás. De nuevo dos de sus orificios quedaban completos mientras su boca emitía un largo gemido.

Rowan había llegado a un orgasmo tan fuerte y violento que la hizo gritar, despertando a la niña, mientras se agitaba casi convulsionando y eyaculando. Nosotros no llegamos y tan sólo la sentamos en la cama como pudimos, después la arrodillamos acariciando ambos su rostro. Rowan no lo dudó ni un instante, llevó sus manos a ambos miembros y aproximó el glande de ambos hasta su boca. Su lengua era voraz, se pegaba a cada milímetro y sus dientes mordisqueaban la punta, el tronco y hasta la base.

—Hazlo tú primero—me dijo Michael apartándose.

Tomé a Rowan entonces entre mis brazos, la recosté en la cama y abrí sus piernas comenzando a penetrarla con violencia. Ella gemía tan fuerte, arañaba mi espalda y me rogaba que fuera aún más rudo. Mis embestidas eran directas y sentía la humedad de su sexo envolviéndome, rodeándome con sus muslos, mientras sus pechos rozaban mi torso. Llegué al final, eyaculando mi esperma dentro de su vagina, y en ese momento Michael se aproximó apartándome para hacer lo mismo. Su sexo era más candente, pero con un ritmo menos violento, mientras la agarraba cubriendo toda su figura. Los brazos y las piernas de Rowan no podían abarcarlo, pues era demasiado ancho y grande, pero cuando se vino pude ver como Rowan volvía a hacerlo.

Al separarse, como yo mismo había hecho, nos quedamos sentados en el borde de la cama, girados hacia ella, mientras su vientre se encogía y sus pechos se movían como dos pequeños flanes. El esperma blancuzco apareció manchando las sábanas y Michael, sin siquiera pensarlo, acarició sus muslos mientras yo hundía mis manos en ella, sintiendo de nuevo la calidez ensanchada de su vagina, para llevársela a la boca de nuestra amada bruja. Ella lamió mis dedos gimiendo bajo y yo sonreí satisfecho.

—Lo he hecho por amor—dijo al fin Michael, con su habitual ceño fruncido y sus enormes ojos azules.

—Yo también, Michael, yo también—susurré viéndola con aquella expresión de cansancio, placer y deseo.


Minutos más tarde los tres compartíamos cama, entrelazando nuestros cuerpos, pues la pequeña al escuchar el silencio de nuevo imperando la casa, como de costumbre, quedó nuevamente dormida. No había ocurrido nada malo a su madre, sólo había disfrutado del amor de dos hombres completamente entregados a ella.  

Lestat de Lioncourt 


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Lestat de Lioncourt