Memorias de Michael, Rowan y mías. Espero que comprendan el título y la relación con la canción. Es puro amor, pura pasión, puro placer y necesidad de estar unidos.
WE WERE MADE FOR LOVING YOU
Habíamos discutido los tres, o más
bien los dos y ella intentaba impedir que prosiguiéramos. Hablábamos
aceleradamente, precipitando frases que herían sus sentimientos y
molestaba en nuestros orgullos. Michael acabó alzando la voz y dando
una fuerte palmada sobre la mesa, por mi parte me levanté de ésta
haciendo caer la silla. Ambos estábamos furiosos, a punto de
comenzar una pelea desproporcionada y poco sensata.
—Basta...—dijo rompiendo en
lágrimas y eso nos hizo parar.
Los ojos azules de Michael se posaron
en los de Rowan, igual que los míos, que derramaban lágrimas
terribles manchando sus mejillas. Desconocía porque estábamos ahí,
matándonos uno al otro, cuando sólo queríamos hacerla feliz y de
ese modo no lo lográbamos. Michael se aproximó a ella, colocó su
ancha y áspera mano sobre su cabeza, deslizó sus dedos por sus
rizos dorados y pasó estos por la nuca hasta la espalda. Allí, en
aquella frágil espalda, dejó su mano derecha mientras la izquierda
de apoyaba en la mesa y él se inclinaba.
—Cariño, ¿qué puedo hacer para que
no llores?—preguntó con un tono de voz suave, aunque seguía
siendo profunda y muy masculina. Aquella frase sonó sensual a pesar
que eso no era precisamente lo que él deseaba.
—Cherie, deberías decirnos cómo
podemos hacerte feliz—aquel comentario mío provocó que Michael me
mirara, y no lo hizo molesto. Parecía cansado, abrumado y
decepcionado consigo mismo. Él no la hacía feliz, no como él
quería.
—Dejad de discutir—murmuró—,
pues la niña duerme y no quiero que escuche como sus padres se
pelean.
Ambos nos miramos perdiéndonos uno en
el otro. Hazel no era ya sólo hija mía, también lo era de Michael.
Él cambiaba sus pañales, la bañaba y perfumaba antes de sentarla
en su pequeña sillita para ser alimentada. Un hombre ejemplar,
abnegado y completamente orgulloso de ser padre sin serlo. Y yo, yo
era el individuo que se colaba por las ventanas de los diversos
hoteles, cuartuchos insalubres, o lugares extraños en los cuales
podía verla. La última vez fue la iglesia de Saint Louis, un lugar
que me trajo problemas. Sólo eran segundos, y a veces ni siquiera
llegaba a poder verla por completo. Sin embargo, la niña aún
reaccionaba a mi voz y a una vieja melodía que entonaba para ella.
—No estamos discutiendo ya—respondió
Michael.
Los ojos de Rowan se fijaron en él,
perdiéndose por unos segundos, para luego incorporarse y mirarme a
mí. Nos observaba con cautela a ambos como si fuera un pobre animal
asustado. Los hombres de su vida, suponía. Su padre murió poco
antes que ella naciera, era Cortland Mayfair. Cortland era tan
incestuoso como Julien, pues era su padre y abuelo, del mismo modo
que Julien era su bisabuelo, tatarabuelo y una larga lista de
parentesco. Ellos estaban muertos, jamás pudieron hablar con ella
salvo que lo hicieran sus fantasmas. Su hijo, Lasher, había sido una
tortura y acabó muerto a manos de Michael. Era un Taltos, un
asesino, un violador y un idiota que se entregó por completo a
luchar contra la escasa bondad que tuvo en otra época. Sin duda
alguna los algo más de cuarenta años, a pesar que no los
aparentaba, que habían golpeado duramente a Rowan siendo una niña
adoptada dentro de la propia familia, alejada de su madre que se
volvía poco a poco más loca, encerrada en un mundo aseptico que era
el hospital donde trabajaba, mucho antes de ser la directora de su
propio centro, la habían hecho quedar sin nadie que quisiera estar a
su lado. Y nosotros, en este momento, luchábamos igual que leones
machos por el territorio y la única hembra que queríamos. Se sentía
acorralada, dolida y posiblemente aturdida.
—Cuéntanos que sucede—dije
tomándola de los brazos para llevarla de nuevo a la silla, para que
se sentara, mientras Michael me ayudaba a retirarla de la mesa.
Quedó allí, sentada, mirándonos a
ambos que nos encontrábamos de pie con el corazón en la mano.
Notaba como quería seguir llorando, pero se encontraba algo más
calmada. Sus lágrimas no eran de impotencia, sino de algo más.
—No comprendéis nada—dijo al fin—.
Estoy enamorada de los dos, me siento en una encrucijada y siento que
no puedo elegir. Necesito a Michael para permanecer serena, cuerda y
completamente centrada en mi trabajo; pero tú apareces con tus aires
de galán de otro tiempo, sonríes de forma encantadora y mi corazón
se vuelca. Ya no es sólo el misterio que conllevas, pues ahora formo
parte de ese mismo misterio que nos ata y destroza, sino tu elegancia
y tu aroma, igual que si fueras un macho Taltos, me desquicia y
necesito la aventura que sólo tú me puedes dar. Contigo me
convierto en una niña que aprende cosas nuevas, me das cierta
libertad salvaje y muero de deseos porque me toques de forma
indecente—suspiró tras aquella terrible declaración para ambos—.
Cuando estoy contigo, Michael, soy una mujer completa, sin otra
necesidad que tus besos y caricias. Busco tus brazos fuertes para no
sentirme perdida. Al hacer el amor me derrito, porque tú sabes tocar
esos puntos que provocan que mi corazón se una al tuyo. Pero, me
falta él.
—Ménage à trois—respondí
cortándole el aliento y provocando que Michael frunciera el ceño—.
Peleamos por una misma mujer, pero yo no te odio. ¿Cómo podría
odiarte Michael? Nadie puede odiarte y menos después de todo lo que
has hecho—comenté encogiéndome de hombros—. No sería sólo
sexo, sino una forma sincera de pactar con ella un amor completo.
—No lo sé...—murmuró atormentado.
—Michael, está llorando y detesto
que llore. No podemos separarla de uno de nosotros sin que sufra—me
miró a los ojos cuando dije eso y después la miró a ella—.
Comprende.
—Ven cariño—dijo aproximándose a
ella para tomarla en brazos—. Sígueme.
Aquella ancha espalda, con músculos
marcados, quedó frente a mí mientras cargaba a Rowan como si no le
pesara nada en absoluto. Las canas habían desaparecido y su aspecto
era más joven, fresco y fornido. Había recuperado el aspecto del
Michael que conoció Rowan, y todo era por los caprichos siniestros
de Julien.
Cuando entramos en el dormitorio
principal, con el suelo de madera tan perfecto, sentí un vuelco.
Estábamos de nuevo en First Street, en la casa cuyo jardín conocía
tan bien, mientras que él la tendía en la cama y se quitaba la
chaqueta, su camisa y comenzaba a sacarse el cinturón. Había
accedido sólo al ver la expresión de Rowan, completamente aturdida
por mis palabras. Yo hice lo mismo, imitándolo en cada movimiento.
—Cherie—susurré acercándome a la
cama para rodearla con mis brazos, besando su cuello en el lado
izquierdo mientras olfateaba sus cabellos.
Él se aproximó a nosotros sentándose
junto a mí, permitiendo que Rowan se incorporara en medio de ambos.
Sus prendas fueron desprendiéndose entre caricias y besos. Ella
cerró sus ojos, echó hacia atrás la cabeza y la apoyó en el
fuerte brazo derecho de Michael. Por mi parte me hundía en su cuello
lamiendo su piel, rozando con la punta de mi nariz sus venas y
dejando que mis dedos fueran algo más hábiles que los gruesos y
ásperos de su esposo.
Los senos de Rowan quedaron liberados,
con sus pezones cafés completamente endurecidos. De inmediato ambos
hundimos nuestro rostro en su pecho, acariciando los pezones con la
lengua y terminando por oprimir estos con los labios. Chupábamos
como si fuéramos dos lactantes mientras ella abría sus piernas, las
cuales sólo estaban levemente cubiertas con una falda larga, algo
suelta, que pronto comenzó a quedar remangada mientras nuestras
manos acariciaban sus muslos. Ella suspiraba temblorosa mientras
alargaba sus brazos hacia nosotros, tentando casi a ciegas nuestros
vientres mientras bajaba hasta nuestro sexo. Estábamos algo duros,
excitándonos con su aroma y la calidez de su piel.
Sus dedos temblaban contra nuestro
glande, creando cierta presión, mientras las muñecas se movía
suavemente. El miembro de Michael era más grueso, algunos
centímetros mayor en longitud, y más venoso que el mío; podía
decirse que incluso la piel que le cubría era algo más gruesa,
oscura y tirante que la mía. No me importó demasiado ese detalle,
pero sí me fijé complaciéndome en poder observar a mi enemigo,
aunque no lo vi jamás como tal, completamente desarmado ante unas
caricias. Si bien, no era el único. Ambos dejamos de succionar sus
pezones, para besar sus clavículas y hombros. La boca de Rowan buscó
la de Michael, pero tras un beso fogoso fue a buscar la mía que
desde hacía rato besaba su piel. Mientras, con pasión, ella
comenzaba a masturbarnos con deseo arrancándonos jadeos y gemidos.
Nuestras manos se habían quedado en la
ingles, apartando su ropa interior hasta romperla, para acariciar
ambos su deliciosa vagina. Estaba húmeda y caliente, su clítoris
comenzaba a abultarse mientras ella sentía los calambres típicos
que la torturaban. El calor comenzaba a inhundarla, el sudor la
perlaba, y sus cabellos se pegaban a su frente. Los labios de Rowan
proferían gemidos bajos, palabras de amor hacia ambos y sobre todo
rogaban un poco más. Mis dedos finos jugaban con su clítoris
mientras los más gruesos, de Michael, se hundían en ella
estimulándola.
En algún momento hicimos un pacto
secreto, con tan sólo un duelo de miradas, para llegar a tumbarla en
la cama deshaciéndonos de la falda, dejándola con el rostro hundido
en el colchón y las caderas levantadas. Él comenzó a lamer su
vagina, hundiendo su lengua, mientras yo hacía lo mismo con su otra
entrada. Ella rápidamente se aferró a las sábanas tirando de éstas
hacia sí, arrugándolas y retorciéndolas, mientras sus piernas
temblequeaban. Tras pasados unos minutos, Michael cambió posiciones
conmigo mientras nos masturbábamos imaginando estar dentro de ella.
Sin embargo, en un alarde de dominar la situación la bajé y
arrodillé frente a ambos.
—Sé cuanto necesitas sentirnos—dije
tomándola del mentón con mi zurda, mientras mi mano derecha me
apretaba el glande oprimiéndolo—. Ven, sacia tu sed—susurré
hundiéndome en ella.
Michael se aproximó quedando a sus
espaldas, acariciando sus pechos con sus fuertes manos, mientras
quedaba de cuclillas mordisqueando su cuello. Sus pezones comenzaron
a estar adoloridos, porque los pellizcos y tirones de Michael eran
algo bruscos, pero a ella parecía que la encendía todo aquello.
—No, no puedo ser egoísta—murmuré
tras unas fuertes embestidas que la hizo toser, pero a la vez temblar
por completo. Salí de su boca y me froté entre sus pechos—. No
puedo ser egoísta, mon amour—susurré girando suavemente la cabeza
para indicarle a Michael que cambiaba la posición con él.
Hacíamos un buen equipo cargados de
perversión, lujuria y fascinación. Ella parecía perdida en un
universo paralelo donde sólo sentía, se precipitaba en una especie
de espiral de placer desenfrenado, y nosotros íbamos con ella. No
supe en qué momento ocurrió, pero ambos quedamos recostados en la
cama con ella entre nosotros. El rostro de Rowan quedó enterrado en
el de su esposo, mientras que mis manos se colocaban en sus caderas.
Pronto una de sus piernas se levantó cayendo sobre las caderas de
Michael, él acarició sus pechos mientras la besaba y yo hundí mi
rostro en su espalda.
Rápidamente me tumbé en el colchón,
ella cayó sobre mí y él quedó aplastando a ambos. Nuestros
miembros entraron casi a la vez en su cuerpo delicado, pero elástico,
que se movía como si fuera una serpiente enroscándose en ambos y
buscando nuestros labios. Los ojos de Michael estaban perdidos en el
placer, como si le bañara el infierno mismo, mientras que mi mirada
desprendía emoción, excitación y sobre todo una fascinación
increíble.
Ambos hacíamos aquello por amor a una
misma mujer, mujer que nos unía y nos dividía. Siempre me pareció
un hombre sincero y educado, pero en la cama comencé a descubrir a
un hombre apasionado, completamente entregado, en cada dura embestida
que sacaba un grito de placer a Rowan, mientras que yo le provocaba
escalofríos mientras buscaba que mis manos no se fueran de sus
pechos. El sudor de los tres se mezclaba, así como los gemidos y
jadeos, mientras las palabras obscenas comenzaban a verterse en el
aire, contaminándolo aún más, mientras buscaba algún punto de
sujeción para aquel desenfreno.
—Rowan, Rowan...—le escuché decir
casi a la misma vez que yo lo hacía, pero pronto se apartó,
girándola, mientras me miraba con cierta ira y comprensión. Él no
podía olvidar su caballerosidad, así que me ofreció el tenerla un
poco hacia mí, viendo su rostro.
Ella se sentó sobre mis caderas
gimiendo y moviéndose cual amazonas, Micahel quedó de rodillas en
la cama mientras se masturbaba. Tras unos minutos la inclinó
lamiendo la cruz de su espalda, guiando su lengua hasta su columna y
final de su trasero, en ese momento se colocó y entró penetrándola
desde atrás. De nuevo dos de sus orificios quedaban completos
mientras su boca emitía un largo gemido.
Rowan había llegado a un orgasmo tan
fuerte y violento que la hizo gritar, despertando a la niña,
mientras se agitaba casi convulsionando y eyaculando. Nosotros no
llegamos y tan sólo la sentamos en la cama como pudimos, después la
arrodillamos acariciando ambos su rostro. Rowan no lo dudó ni un
instante, llevó sus manos a ambos miembros y aproximó el glande de
ambos hasta su boca. Su lengua era voraz, se pegaba a cada milímetro
y sus dientes mordisqueaban la punta, el tronco y hasta la base.
—Hazlo tú primero—me dijo Michael
apartándose.
Tomé a Rowan entonces entre mis
brazos, la recosté en la cama y abrí sus piernas comenzando a
penetrarla con violencia. Ella gemía tan fuerte, arañaba mi espalda
y me rogaba que fuera aún más rudo. Mis embestidas eran directas y
sentía la humedad de su sexo envolviéndome, rodeándome con sus
muslos, mientras sus pechos rozaban mi torso. Llegué al final,
eyaculando mi esperma dentro de su vagina, y en ese momento Michael
se aproximó apartándome para hacer lo mismo. Su sexo era más
candente, pero con un ritmo menos violento, mientras la agarraba
cubriendo toda su figura. Los brazos y las piernas de Rowan no podían
abarcarlo, pues era demasiado ancho y grande, pero cuando se vino
pude ver como Rowan volvía a hacerlo.
Al separarse, como yo mismo había
hecho, nos quedamos sentados en el borde de la cama, girados hacia
ella, mientras su vientre se encogía y sus pechos se movían como
dos pequeños flanes. El esperma blancuzco apareció manchando las
sábanas y Michael, sin siquiera pensarlo, acarició sus muslos
mientras yo hundía mis manos en ella, sintiendo de nuevo la calidez
ensanchada de su vagina, para llevársela a la boca de nuestra amada
bruja. Ella lamió mis dedos gimiendo bajo y yo sonreí satisfecho.
—Lo he hecho por amor—dijo al fin
Michael, con su habitual ceño fruncido y sus enormes ojos azules.
—Yo también, Michael, yo
también—susurré viéndola con aquella expresión de cansancio,
placer y deseo.
Minutos más tarde los tres
compartíamos cama, entrelazando nuestros cuerpos, pues la pequeña
al escuchar el silencio de nuevo imperando la casa, como de
costumbre, quedó nuevamente dormida. No había ocurrido nada malo a
su madre, sólo había disfrutado del amor de dos hombres
completamente entregados a ella.
Lestat de Lioncourt
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