Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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miércoles, 24 de septiembre de 2014

Una historia de amor

Cada noche es un suplicio. Estar lejos de ti se ha convertido en una pesadilla que no acaba. No hay tiempo para los dos. Es como si estuviésemos malditos. Hemos gastado tanto sufrimiento, demasiadas lágrimas, para no poder ser felices que parece que éste amargo final, si es que es eso, se ha convertido en un caramelo agrio. El verdadero amor rompe los encantamientos en los libros, pero nosotros vivimos en un mundo real aunque lleno de misterios. Juntos desafiamos a las leyendas, rompimos lo típico y echamos al fuego decenas de maldiciones. Sin embargo, todo se ha convertido en humo y miseria.

He ido a verte varias veces, pero me he encontrado en la puerta sin saber qué decir. Me has repetido miles de veces que no me amas, convirtiéndose esas palabras en una plegaria cargada de dolor. Mi corazón no se rompe, pues sigue intacto, pero el tuyo parece desquebrajarse. Sé que mientes. Hermosa mía, sé que mientes. Las mentiras suenan extraordinariamente terribles en tus labios. En tus ojos he conocido el misterio del amor, su pureza, y juro que por mucho que me prometo no emprender ningún acto arriesgado, por más que lo he dicho a todos aquellos que me quieren, estoy seguro que acabaré cometiendo la mayor de las locuras. ¿Y no es el amor eso? Un cúmulo de locuras.

El destino nos atrapó, pero no es dueño de nuestros deseos. No quiero estar encerrado en un sentimiento que no puedo liberar, y ni siquiera debería desear. Por mí huiría contigo, te llevaría lejos de todo, y volvería a realizar miles de promesas. Una tras otra, todas ellas, las cumpliría a pesar que no soy capaz de cumplir mi palabra durante mucho tiempo. No obstante, jamás he querido de ésta forma. Una forma pura y simbólica. Un sentimiento desproporcionado que baña mi pecho y agita mi corazón. Realmente me siento vivo, aunque llevo muerto siglos. Ni la sangre, ni el poder y tampoco los grandes misterios me han ofrecido algo tan valioso. Tu mirada, tus palabras, el recuerdo de tus labios contra los míos, son una llama de esperanza en un mundo oscuro.


No te dejaré escapar, Rowan. Pase lo que pase iré a por ti. Te buscaré. Volveremos a estar juntos. Te lo prometo. Las flores que yacen hoy entre mis manos, rozando mi chaqueta, mientras te observo en la distancia las depositaré en tu puerta. Allí encontrarás el símbolo de éste hombre, de un hombre que aún tiene razones para considerarse humano y no sólo un monstruo. Es la nota que esperas. La verdad que ansías. Nos veremos pronto y espero tener algo más que flores, deseo tener la solución.

El príncipe volverá a por ti. No desfallezcas, no creas en lo que dicen, porque jamás me rendiré. No me rendiré. 

Lestat de Lioncourt 

lunes, 1 de septiembre de 2014

Distancia, tiempo y pérdida.

Habían pasado semanas. Me había pedido tiempo y espacio. Tantas cosas en nuestras vidas y en tan pocos meses que no sabía asimilarlo. Reconozco que me sentía impotente y culpable. Su vida había cambiado por mi culpa. De nuevo estaba en el punto de mira y sin desearlo. La vida discreta y apacible había acabado hacía mucho, ella no conocía que era la calma y desvelarse era típico en su vida. La familia se había cerrado entorno a ella, creando barreras aún más altas de las ya existentes y yo me sentía atormentado. Trucos sucios con el demonio, venta de almas por así decirlo, para conseguir el poder que tanto ansiaba. Además, tenía deudas con ese ser más allá de éste mundo. Deudas que no pensaba cumplir y tampoco había adquirido de forma legal.

Decidí ir a First Street y pasear por sus aceras casi desiertas. Era verano y había parejas de distintas nacionalidades, pequeños grupos de jóvenes en la entrada de un establecimiento y un par de policías patrullando como era costumbre. Un buen barrio, sin mucha delincuencia y en medio del final del verano. Los jazmines colgando de la verja fueron los primeros en saludarme. Su aroma dulzón me hizo girarme hacia ellos y contemplar las distintas plantas. Mis manos, que hasta ese momento iban en los bolsillos de mis jeans, pasaron a estar agarrados de la enorme valla.

Tomé una una decisión rápida y efectiva. Salté por encima de la fila de puntiagudas barras de metal, las plantas y setos, para caer sobre el mullido césped. Los aspersores habían pasado hacía algunas horas, así que mis botas estaban algo sucias. Llevaba un aspecto parecido al de una estrella del rock. Mi camiseta era de los Rolling Stones, con esa boca de labios carnosos y lengua gigantesca. Estaba hecho un desastre. Reconozco que no era el mejor look para verla a ella, una mujer sofisticada y centrada. Ni siquiera pensé que no querría verme.

Sabía que tenía un despacho en la planta superior, el mismo que habitualmente usaba su esposo. Sólo tenía que asomarme y pedirle que me abriera. Sin embargo, cuando me asomé por la ventana vi a una mujer hundida. La luz de la mesilla iluminaba parcialmente su rostro y sus manos estaban sobre su frente. Tenía el cabello más largo, pero igual de rizado. Había vuelto a ser humana después que yo cometiera la locura de pedirle a David que hiciera algo, pues no quería perder a la mujer que amaba. Le habían regresado su mortalidad, aumentado sus poderes y rejuvenecido. Julien Mayfair era el culpable de esas decisiones que tomaba sin consultar, como si sus descendientes fueran tan sólo peones. No estaba sola, sentí unas extrañas vibraciones en la vivienda. Era un ser fuerte y poderoso, que aguardaba. Pero no había peligro. También sentí a la niña que había creado genéticamente en un laboratorio, hija mía y suya. Hija que no veía desde hacía semanas. Odiaba tener todo y nada a la vez. Poseía su corazón, o parte de éste, pero no su compañía. Me sentía perdido. Verla así, con sus ojos perdidos en los documentos sin siquiera leerlos, me rompía el alma en mil pedazos.

Ella notó mi presencia. Me vio allí observándola en silencio y lo único que le ocurrió, aunque no lo esperaba, era mirarme con cierta molestia y hacer un simple gesto para que me fuera. Me negué rotundamente a irme. No podía marcharme. Fruncí el ceño y abrí el cerrojo de la ventana, provocando que se abriera para que yo accediera al interior. Di un salto y me colé allí, algo confuso con su actitud y bastante necesitado de sus caricias.

—Te dije que te llamaría, aún necesito ese tiempo y espacio—explicó mirándome con furia contenida—. Llevas las botas llenas de barro, ¿a qué juegas? Vas a ensuciarme todo el despacho.

—Bien, si el problema son las botas lo soluciono—me agaché de inmediato, solté un poco más los cordones y me quedé descalzo.

Noté como suspiró cansada, completamente derrotada, echando su cuerpo hacia atrás en el respaldo del sillón. Sus ojos grises estaban turbios. Parecía querer llorar, pero no lo hacía. No me miraba, pues prefería no hacer contacto visual conmigo. Por el contrario yo sí lo hacía, aunque parecía que ni siquiera le prestaba atención. Miraba los libros perdiéndome en sus encuadernaciones de lujo, tocaba las pequeñas y escasas figuras que había en una estantería, incluso me quedé observando uno de los cuadros que presidía la sala. Merodeaba como cualquier joven inquieto que espera una bronca inminente. Ella no dijo nada. Ni siquiera parecía molestarle. Mis largos dedos jugueteaban con el borde de mi camiseta, los libros, los cuadros y mi pelo. Incluso llegué a quitarme las gafas de sol que tenía apoyadas en la punta de la nariz. No parecía sacarla de su mundo.

Me aproximé a ella desesperado. Quería besarla. Se veía más hermosa que nunca. Tenía las mejillas más llenas, la piel más tersa y rosada. Sus largas pestañas rubias estaban más pobladas, provocando que su mirada fuese más intensa y atractiva. No podía dejar de mirarla. Toda su silueta era la de una mujer provocadora. Sin embargo, ella no disfrutaba mostrando su cuerpo. Llevaba una camisa blanca, común y corriente, de lino y unos pantalones de vestir bastante cómodos. No estaba maquillada, ni siquiera tenía las uñas pintadas. Su pelo estaba mal recogido en un pequeño e improvisado moño.

Cuando me incliné para rozar sus labios, como si fuese la Bella Durmiente y yo su encantador príncipe, me apartó el rostro y giró su asiento. De inmediato, giré el asiento y apoyé mis manos sobre los posabrazos. Sus ojos y los míos chocaron con virulencia. No quería que estuviese allí. Ni siquiera me hablaba. De nuevo lo intenté y volvió a girar el rostro. Me estaba rechazando y retando a irme.

—¿Por qué?—pregunté— Dime. ¿Qué he hecho para que me odies?

—¿Odiarte?—frunció el ceño y negó con la cabeza— ¿Quién habla de odios, Lestat? Sólo necesito mi tiempo.

—¿Dos meses te parece poco tiempo?—dije sintiéndome abandonado y despreciado. Era la sensación que tenía. Una sensación extraña. Todo se estaba perdiendo. La batalla estaba acabando con los dos. No quería que eso sucediese. Habíamos hecho un trato, pero parecía que ni siquiera recordaba lo importante que era para ambos estar unidos—¿Ya no me amas?

—Todo lo simplificas, ese es el problema—contestó—. ¿Te apartas o te aparto?

Me aparté dándole espacio, pero no le daría tiempo. Quería que esa noche me dijera la verdad. Necesitaba que me contestara a mis dudas. No iba a marcharme tan fácilmente. Quería respuestas y no iban a ser dentro de unos meses. Había escuchado toda serie de rumores por toda la ciudad, vi alzarse nuevos negocios Mayfair en varios barrios de cierto nivel adquisitivo y también una mejora notable de su influencia en la política económica que llevaba el ayuntamiento. Todo era una locura. Ellos estaban activos, golpeándome con su apellido, y yo no podía acercarme a ella. No sabía siquiera como estaba mi hija. Había cortado las relaciones conmigo, ¿qué podía pensar? Que ya no me amaba, que el mundo en el cual había nacido la absorbió y dejó de querer unas alas nuevas para marcharse de allí. Era como si un cubo de agua helada cayera encima mía.

—No lo simplifico, sólo... —apreté la mandíbula y noté mis colmillos rozar mis labios—. Nada—dije levantando las manos en señal de derrota—. Me marcho, ¿no es así? Ya no me amas, no sientes nada y prefieres la comodidad de ser un peón más. Que lástima, creí que eras distinta.

—¿Ves? Lo simplificas—estaba furiosa y cansada, pero la furia estaba ganando.

—¿Qué demonios quieres que piense? ¡Qué! No me llamas, ni puedo llamarte. Tampoco me permites la osadía de llamar a Michael—dije colocando mis manos sobre el pecho y ella simplemente se levantó de la silla.

—Eres estúpido—susurró—. No te das cuenta de lo que ocurre. Tu fama, tus libros, tus peripecias por el mundo y toda la corte de guarras escotadas que te siguen te tienen ciego. No lo ves. Ni siquiera lo notas—sus ojos se llenaron de lágrimas y yo quise abrazarla, pero colocó cierto espacio entre ambos al estirar sus brazos—. No te atrevas a tocarme.

—¿Estas celosa?—ni siquiera sé porque hice esa estúpida pregunta, pero le hizo reír antes de señalarme la puerta—. No me voy.

—Oh, sí que lo harás—comentó apoyándose en la mesa—. Vete.

—¡No! ¡No quiero irme!—exclamé alzando la voz bastante irritado—. ¿Te crees que puedes decidir mis actos? Sólo puedes decidir los tuyos, doctora Mayfair. Sólo los tuyos. Los míos son los míos. Yo decido quedarme.

—Es increíble que a tus años, con todos los siglos que tienes encima, me hagas esta pataleta. ¿Un berrinche? ¿Es eso lo que se te ocurre hacer? ¿Un berrinche en mi propia casa negándome inclusive el irte? ¿Eso es todo? ¿A eso vas a recurrir? ¡Estoy harta, Lestat! ¡Vete ahora mismo de mi casa!—quería abrazarla de nuevo, calmar su furia y besar su rostro como lo había hecho miles de veces. Aún recordaba su colonia pegada a mis dedos, su frente contra mi torso y nuestras manos entrelazadas. ¿Ella no lo hacía? Yo lo hacía.

—Oblígame—respondí, pero entonces escuché el llanto de la pequeña.

Ella salió de la habitación dejando la pelea a medias. Sus pequeños tacones sonaron alejándose de mí, de nuestras palabras hirientes y de las respuestas a mis preguntas. No obstante, soy Lestat y nunca me rindo. Fui tras ella. Tenía derecho a ver a mi hija, o eso pensaba.

La habitación de la pequeña estaba al fondo en el pasillo principal, en una habitación similar de tamaño a la suya. Poseía todo lo que un bebé necesita. La decoración era en color blanco, con algunos detalles en rosa pastel y amarillo suave. La cuna estaba en el centro y ella se encontraba de pie, aferrada a los barrotes, llorando sin cesar. Las lágrimas eran demasiado gruesas para sus pequeños mofletes. Su boca era diminuta, pero ya tenía algunos dientes. Rowan se aproximó a ella levantándola y me miró molesta, aunque ya no tan furiosa.

—Mamá está aquí, amor mío—dijo besando su rostro con cuidado, moviéndose suavemente por la habitación alrededor de la cuna. Aquella escena me hizo temblar.

Había perdido meses de mi hija, meses de nosotros, momentos y recuerdos que no existirían. Todo lo que yo deseaba, una familia, se me había vetado por una segunda vez. El amor de una familia no era para mí, por eso me conformaba con el amor de mis lectores y de todos aquellos que decían amarme, completamente fascinados por quién era y lo que hacía, aunque no estaba seguro si su amor era tan puro como el que estaba contemplando en aquel cuarto.

Hazel fue calmándose. Las palabras dulces de su madre sosegaron su inquietud y terminó por dormirse antes de tocar la cuna. Fueron unos largos minutos, pero a mí me parecían segundos. Cuando se apartó de la cuna y pasó por mi lado, decidida a echarme, la tomé del brazo derecho con fuerza y tiré de ella hacia mí. No dudé en besarla acorralándola contra el marco de la puerta.

Mis manos fueron a su cintura y las suyas rápidamente me agarraron de la camiseta, cerrando sus puños con aquel trozo de tela que quedó terriblemente arrugado. Tenía los labios cálidos y llenos, su lengua era como un bálsamo a todo el dolor que había sentido minutos atrás y mi aliento gélido se mezclaba con el suyo. Allí de pie no existía nada, ni siquiera nosotros. El tiempo, el espacio, la rutina, el dolor, la miseria, los negocios, la soledad, la histeria de una discusión insufrible, el calor del verano, el aroma de los jazmines, su esposo, mis amantes, mis estúpidas acciones y la frialdad de sus ojos. Todo había cambiado. Ella volvía a ser mía y yo volvía a estar en sus manos, jugando a un juego que nos hería y a la vez nos consumía en un éxtasis demasiado tentador. Aquello no era sólo un beso, sino la unión de dos bestias que se devoraban salvajemente en medio de un pasillo.

Ella se deshizo de mi camiseta y yo se lo permití, como si fuera un colegial completamente engatusado por su primer amor. Por mi parte, rompí su camisa haciéndole estallar cada uno de los botones. El sonido de las pequeñas piezas de plástico contra el suelo me resultó erótico, incluso tentador. Pero aún más tentador fue ver su lencería. Era un sujetador común y corriente, blanco sin mucho encaje, pero para mí era lo más sexy que había visto en meses. Aunque no había tiempo de apreciar aquello y decidí quitárselo. Mis dientes se clavaron rápidamente en sus pezones, duros y ligeramente cafés, mientras mis dedos recorrían su espalda. Ella se desató el pelo, pero sus dedos terminaron enredándose entre los míos.

Forcejeamos un poco más. Íbamos en dirección al dormitorio principal. Tropezábamos con algunos cuadros, un par de esculturas y un mueble que usaban para guardar algunos zapatos. Realmente no tengo idea de todo lo que movimos de su sitio, sólo sé que nos empujábamos para encontrar el dormitorio. Ella estaba sola en casa, ni siquiera había preguntado el motivo. Sólo había un par de escoltas en el piso inferior que decidieron no intervenir, pues me conocían. Sabían que no era una amenaza. Pero, a parte de ellos seguía notando algo extraño en el ambiente. Sin embargo, no era el momento para preguntar si ella también lo sentía. Sólo quería deleitarme con su piel suave y tersa, con su aroma y sabor.

Lamía cada parte de su cuerpo mientras me deshacía de todo. No dejé ni una pieza de tela sobre su cuerpo, ni siquiera le permití el dejarse los zapatos de tacón. Por mi parte, estaba ya descalzo, sin calcetines, y lo único que tenía que quitarme era el pantalón. No llevaba ropa interior aquella noche. No solía necesitarla.

—Lestat, espera... no...—dijo apoyando sus manos en mis hombros—. No.

—¿No? Rowan, por el amor de Dios, ni que fueran a contarle todo a tu esposo. Además, Michael lo sabe—murmuré hundiéndome en su cuello.

Michael no sólo lo sabía, sino que lo aceptaba. Ella no podía dejar de amarnos a ninguno de los dos. Nos lo había dicho. Se sinceró con nosotros hacía más de cuatro meses. Aceptó que no podía cambiar algo así, que era su condición para poder seguir existiendo. Nos necesitaba. Quería tenernos a ambos porque sin uno de nosotros sentía que se asfixiaba. Ambos dejamos de pelear, de ser territoriales, y aceptar que era algo inevitable. La queríamos demasiado. Supongo que se puede amar a varias personas a la vez, aunque no con la misma intensidad. Yo sabía que era algo más que amor lo que teníamos, era una lucha interna que se veía en la cama.

Me miró unos segundos, besó hondamente mi boca y accedió a seguir. Mi lengua siguió su recorrido por su cuello, pechos, vientre, caderas, muslos y finalmente su húmedo clítoris. Tembló cuando me sintió, pero no era nada nuevo. Ella siempre reaccionaba a mis caricias. Las lamidas eran lentas, pero pronto pasé a un ritmo más rápido. Mis dedos se paseaban por su viente, hasta que la mano derecha colaboró con mi lengua con un par de dedos. Me tomó del pelo, tirando de mí, mientras sus muslos se abrían un poco más. Su respiración era entrecortada, sus gemidos cada vez más largos y desesperados, tenía los pezones completamente duros y sus pechos se movían hipnóticos. Mis ojos no se apartaban de los suyos. Jamás había visto que me lanzara miradas tan intensas, como si supiera que aquella vez era distinta. Yo sólo me dejaba guiar y jugaba mis mejores cartas. Clavó sus talones en el colchón y yo me aparté. Estábamos perlados en sudor, como si ardiera una gran fogata en nuestro interior, y decidí quitarme el pantalón para pasar a la acción.

Al entrar la noté húmeda y cálida, como jamás la había sentido, y apretó con fuerza mi cuerpo conteniéndome entre sus largas piernas. Sus muslos estaban duros, muy prietos, y sus caderas enloquecían. Pronto noté sus uñas rasguñar mi pecho, aunque los arañazos rápidamente se borraban debido a mi condición de vampiro. Era mi bruja. La bruja que amaba. La mujer que me había hechizado con su fuerza y sinceridad. No podía dejarla ir. Era mía. Sería mía por siempre. Jamás dejaría que me apartaran de su lado, ni siquiera aceptaría sus tiempos y espacios.

Jadeaba y gemía con la frente húmeda, el pelo revuelto y los ojos fijos en su rostro. Tenía las mejillas rojas, los labios aún más rojos y sus ojos se cerraban mientras dejaba escapar largos y altos gemidos. El colchón se movía sobre el somier, como si éste fuera papel, y las almohadas hacía rato que estaban en el suelo junto a los restos de nuestras ropas.

Llegué al nirvana. Juro que el paraíso no es tan hermoso como su rostro contraído por un orgasmo. Sus dedos apretaron mis brazos, clavando sus uñas, mientras los míos se aferraban a las sábanas apoyándome sobre la cama. Grité su nombre, ella hizo lo mismo. No llegamos al mismo tiempo, pero casi. Mi boca no dejó de besarla antes, durante y después. Quería recuperar los días perdidos.

Después de unos minutos de caricias, besos, y miradas cómplices por mi parte su rostro se enserió. Pude ver como su frente se fruncía y en sus labios no quedaba ni un ápice de sonrisa. Tomó una de las sábanas y se cubrió, después apoyó su espalda en el cabezal y dijo las palabras más horribles que pude haber escuchado con respecto a nosotros.

—Se acabó—sentenció—. Ya no hay nada por lo cual luchar.

—¿Qué? Bromeas—dije tan asustado de perderla que casi no se escuchó. Mi voz sonó débil y titubeante—. Rowan, ¿cómo puedes decir algo así?

—Estoy embarazada—aseguró en un tono de voz monocorde.

—Eso es imposible, quedaste estéril. Tuvimos que concebir a Hazel por medio de una de tus familiares, ¿recuerdas? Fue todo pura ciencia—expliqué con un nudo en la garganta.

—Sí, es cierto. Pero el demonio todo lo puede, sobre todo cuando la ambición de Julien lo desea—susurró con lágrimas en los ojos, lágrimas que no se permitió mostrar—. Márchate, por favor. Debí haberte llamado y dicho que no podíamos vernos de nuevo. Acepto que ha sido mi error. No te mereces todo esto, pero lo superarás. Siempre superas todo, ¿no es así?

—¿Puedo superar un corazón roto en mil pedazos?—pregunté notando que quería acariciarme para consolarme, pero en ese momento no quería sus manos.

Me incorporé buscando mis pantalones, los cuales me puse con toda rapidez, y me largué dejando atrás mi camiseta, mi hija, la mujer que amaba y todos los pensamientos racionales que pude tener. Mis sentimientos se ahogaban. Yo no podía dejar de llorar. Cuando crucé el jardín lo hice completamente hundido.


Calle abajo, en una esquina, estaba mi moto. Había aparcado allí para deambular por la zona. Pensé que sería buena idea conducir, hacer el loco, perderme por las calles y las autopistas cercanas. Pero, después de varias horas subido sobre mi hermosa harley, la cual adoraba por completo, noté que seguía tan vacío como antes. Lloré un buen rato cerca de los pantanos y después me regresé a casa. Al día siguiente iría a ver a David, le necesitaba.  

miércoles, 25 de junio de 2014

Je t'aimais, je t'aime et je t'aimerai

No hay poesía más pura que la de tus ojos, ni paz más refrescante que tus silencios. He aprendido a sentir tus distintas formas de amar y las he comprendido poco a poco, como el niño que comienza a caminar, con inicios torpes y miles de sensaciones adheridas a mi piel. He acabado desnudando mi corazón, como si fuera un envoltorio de caramelo, y lo he dejado en tus manos para que lo contemples. La calidez de tus palabras contrasta con el ronco sonido de la lluvia de tu mirada. Detesto cuando lloras, pues mi alma se desquebraja y comienza a ser trozos de papel al viento.

Quiero atraparte como si fueras cometa, atarte a mí con un simple lazo y decirte que es el destino, pues he logrado tomarte entre mis brazos. Necesito besar tu frente, mejillas, labios y mentón mientras deslizo mis manos por tus rizados cabellos. Estoy obligado, por promesas que le hice a una estrella lejana, a desearte de mil formas distintas y suspirar cuando veo flores nuevas en el jarrón de mi habitación.

Ámame como nunca nos hemos amado, aunque pensemos que no hay nuevas formas ni gestos para comunicarlo. Sin embargo, el amor es tan extraño que siempre se puede hallar una nueva, aunque sea con una simple palabra que no tenga que ver con el verbo amar. Por favor, ésta noche cuando te visite ten la ventana abierta, así como los brazos, porque éste príncipe inconsciente, testarudo y desobediente, irá a buscarte para arrancarte una sonrisa de esos hermosos labios que tú posees.

Espérame.



Lestat de Lioncourt, 
Para Rowan Mayfair 

viernes, 20 de junio de 2014

Un amor nada egoísta.

Rowan nos ha demostrado que puede amarnos a ambos, pero a veces sentimos que es imposible que dos hombres puedan compartir el amor de una mujer. Sin embargo, es tan intenso que finalmente accedemos a dejarnos llevar por la pasión y el cariño. 

Os lo presentamos en las siguientes memorias. 

Lestat de Lioncourt


Son tantos los recuerdos que acumulo que a veces creo haberlos perdido. Allí, sentado frente a él, observando el humo de su cigarrillo y como la colilla se convertía en cenizas, poco a poco, cayendo sobre el cenicero de porcelana blanco, dispuesto frente a él casi en medio de la mesa, estoy viendo cada segundo que hemos vivido todos. Viéndolo como una cruel sucesión de imágenes que me sacude y tortura. Podía ver en su rostro cierto cansancio, pero ni un ápice de las arrugas de antaño y sus sienes ya no tenían canas. Michael había recuperado el vigor de un hombre que rozaba los cuarenta años, pero no los rebasaba como cuando nos conocimos. Julien y sus trucos con el demonio eran el culpable, sin duda alguna, y eso aún me carcomía. Si bien, no era la cuestión que me torturaba. Los recuerdos, esos que se lanzaban contra mí, los que me aplastaban.

La noche siguiente a la que creía, sin duda alguna, mi última conversación con Rowan, justo frente a Blackwood Manor, decidí ir a buscarla a First Street. Caminé a paso lento, con las manos en los bolsillos de mi levita de camafeos y el pelo suelto, algo revuelto, mientras intentaba poner en orden todas mis ideas. Cada paso era una nueva plegaria. Las visiones del infierno me perseguían aún, podía sentir el susurro de los ángeles rozando mi nuca y también el dolor, el inmenso dolor, de la tragedia de Merrick. Acarreaba tantos problemas, había resuelto misterios, y, sin embargo, era ella lo único que necesitaba para callar todos esos murmullos quedando en silencio, con sus ojos grises clavados en mí alma.

Al llegar a la verja ésta cedió, como si me invitara, y rápidamente corrí por el jardín hacia la puerta principal. Allí, frente a la puerta de madera noble, quise llorar antes de llamar. Mis manos temblaban cuando pulsé el timbre, pero más aún cuando escuché los pasos inconfundibles de Michael por la escalera de caracol, bajando pesadamente, para abrir la puerta. Sus ojos azules se clavaron en los míos. Aquella profundidad que encontré en él me hablaba de serenidad, pero a la vez de un amor incondicional a la mujer que descansaba en su dormitorio, con un camisón color pastel.

—Lestat—arrastró cada palabra con esa elegancia ruda que él poseía. Su frente despejada, sus cejas que le conferían un rostro bondadoso, y esa barba que sin duda remarcaba su masculinidad. Tenía una pose relajada, pero estaba alerta. Podía ver en sus pupilas cierto brillo que no supe comprender del todo—. Pensamos que no volverías.

—Necesito a Rowan—expresé.

—Ella necesita descanso—me dijo tomando la puerta por el pomo con la diestra, casi acariciándolo, mientras su mano izquierda tocaba el marco de ésta—. Márchate y regresa en unos días.

—Tal vez no tenga valor de regresar—susurré colocando mis manos en sus anchos hombros—. Michael, no puedo estar sin ella.

—Comprendo tu amor por ella, pues yo siento algo tan intenso por esa mujer como tú puedes sentirlo. Es un amor que va más allá de la vida y la muerte—hablaba pausado, con un tono de voz suave, y de una forma agradable. Sin embargo, en su voz denotaba cierta molestia y dolor—. Es mi mujer, Lestat, y por favor respeta su descanso. Si tanto la amas entenderás que no puedas verla ahora, en éste momento. Un capricho como el tuyo en el estado en el que se encuentra, terriblemente cansada y asustada, podría desencadenar cualquier tragedia—guardó unos segundos de silencio observándome, para continuar con su devastador discurso con una frase final, la cual fue terrible—. Quiero que te marches, por favor.

—No, por favor—dije intentando acceder a la casa sin armar alboroto, pero me cerró las puertas en las narices.

Tras separarnos en las tierras de los Blackwood, Rowan se había sumergido en una crisis nerviosa. Todo lo que había vivido le afectaba. Su salud se deterioró en cuestión de horas y sólo deseaba estar tumbada, sobre su colcha blanca, encogida hacia un lado y observando la nada. Meditaba sobre su vida, la muerte, los misterios que ahora comprendía con mayor conocimiento y sobre mí. Sin embargo, yo no lo supe. Conocí todo aquello semanas después cuando me encaramé a su ventana y ella me confesó todo lo que había estado sopesando. Pocos días después se incorporó a su trabajo y decidió no ilusionarse con mis visitas.

Pero los pensamientos que me acorralaban en ese momento no era viejos, sino recientes. Me sentía confundido por la actitud que tenía Michael ante todo aquello. La lata de cerveza que sujetaba con su mano izquierda, el cigarrillo encendido en la derecha y su cuerpo recargado sobre la mesa. Parecía estar completamente relajado ante mi presencia, como si lo ocurrido entre los tres no fuese nada y esa noche desordenada se hubiese convertido sólo en un espejismo.

—Sé que estás pensando aunque no pueda leer tu mente—dijo, justo antes de tirar la colilla en el cenicero y dar una calada al cigarro—. Simplemente haría cualquier cosa por Rowan. Cualquier cosa que pueda hacerla feliz—susurró con el humo surgiendo de sus labios carnosos, algo sensuales y muy varoniles, que me recordaban a los de Tarquin.

—Yo soy egoísta—respondí.

Tanto él como yo estábamos en ropa interior, con el cuerpo inclinado hacia delante y los ojos fijos uno en el otro. Era un duelo calmado a simple vista, pero nuestras almas se agitaban como si hubiese un estrepitoso seísmo bajo nosotros.

—Aún así aceptaste el trato—llevó el cigarro al cenicero y lo aplastó para apagarlo.

—Porque la amo y no puedo estar sin ella. Me falta el aliento cuando no está cerca—dije colocando mis manos sobre la frágil mesa de la cocina.

Era de esas mesas redondas, medianas, algo endebles y de madera barata. Sin duda, de esas mesas perfectas para tener en la cocina y usarlas de vez en cuando para leer el periódico, hacer crucigramas y tomar algún café. Si algo he aprendido en estos años es sin duda el amor por los pequeños caprichos que todos tenemos, los mortales tienen uno y es sin duda el café y los periódicos. Aunque la información, habitualmente manipulada, nos interesa a todos.

—Amo todo de ella—susurré acariciando las vetas finas de la madera, casi siguiendo su nacimiento hasta su muerte, mientras él se llevaba la lata a los labios y daba un largo trago—. Todo.

—Te comprendo—susurró con una leve sonrisa gentil.

Hacía mucho tiempo que no escuchaba algo así de alguien. David Talbot era un buen amigo, siempre a mi lado con ese porte educado tan británico. Sus ojos pardos habían sido mi guía, la luz en mis noches más terribles, cuando Memnoch me dejó conmocionado. Él ha llorado y reído a mi lado, me ha detestado y amado de una forma tan intensa como el fuego, y aún así jamás me ha dicho con rotunda sinceridad que me comprende. Sin embargo, él lo hacía.

—¿Por qué?—pregunté con inocencia, igual que si un niño pregunta a su padre si el sol quema.

—Cuando conocí a Rowan ella bromeó sobre mi forma de observarla, pues quedé fascinado. Era la mujer que me había salvado la vida otorgándome una nueva oportunidad, creando un lazo conmigo entre la vida y la muerte, y además era preciosa. No has conocido a Rowan Mayfair realmente, sino lo que quedó de Rowan después de todo lo ocurrido—dijo dejando la lata a un lado para agarrarme de las muñecas—. Antes con sólo tocar algo podía ver. Posiblemente esos poderes eran gracias a a intercesión de Julien, Stella o Deirdre. No lo sé, no quiero saberlo—me soltó y negó meneando la cabeza—. Ella me electrocutaba cuando la palpaba y tuve que hacerle el amor con guantes. Incluso con los guantes puestos, los cuales me evitaban ver algo que ella no quisiera mostrarme, sentía una chispa que me encendía la pasión hasta llegar al delirio. Me encontraba en un éxtasis religioso cuando la besaba y aún lo siento, incluso puedo percibirlo cuando me mira con esa tristeza y frialdad tan característica—buscó la cajetilla de cigarros diseminada por la mesa, sacó uno y lo llevó a sus labios para encenderlo con una elegancia propia de un caballero. Era tosco en movimientos, pero tenía gracia desenvolviéndose—. Cuando me casé con ella era una muchacha preciosa, casi una niña a mi lado.

—Sí, sé todo eso—respondí con una leve sonrisa.

—Lo sabes porque otros te lo han contado y has visto fotografías, pero no sabes lo que yo sentía—mi sonrisa se borró porque me sentí descortés. Él me estaba abriendo su corazón y yo había dado carpetazo al asunto—. Escúchame bien—dijo inclinándose un poco más, con el cigarrillo en su mano derecha humeando—. Cuando la veo aún siento una emoción extraña que me conmueve y aterra. Deseo agarrarla contra mí, besarla hondamente y hacerle el amor en cada mueble de ésta casa—comentó antes de reír bajo recostándose contra la silla—. Me excita su forma de mirarme, me alegra su perfume pegado a mi ropa y me seduce con sus silencios. Rowan es una mujer única que enamora, aunque yo diría más bien que es un hechizo tras otro.

—Ahora quien te comprende soy yo—dije de improviso.

—Gracias—sus labios tenían una hermosa sonrisa de dientes blancos, perfectos todos ellos, que guardaban cientos de frases que ocultaba a todos. Era un hombre inteligente y medido, con un aspecto muy rudo y con una piel tostada típica de aquellos que deciden trabajar bajo el sol o la lluvia, sin importarle las inclemencias del tiempo—. Quiero a Rowan más que a mí mismo.

—Yo también la amo del mismo modo—quise llorar, pero contuve mis lágrimas.

Entonces ambos la sentimos. Sus pies descalzos hicieron cierto ruido por el pasillo y nos giramos. Llevaba mi camisa blanca, algo manchada de carmín, mal colocada y abierta. Tenía el pelo revuelto, el rostro mostraba cierto cansancio y una luminosidad extraña. Sus ojos parecían más profundos y fieros, pero estaban calmados. La única prenda de ropa interior que llevaba eran unos calzoncillos ajustados, en color negro, que eran de Michael.

—Hablabais de mí—dijo quedándose en el marco de la puerta, pues no se atrevía a entrar hasta la cocina.

—Sí—respondió él echándose a reír—. Nos has pillado, cariño—susurró.

—No debes fumar ni beber—se acercó a él quitándole la lata de cerveza y el cigarrillo; después tiró el contenido de la lata por el sumidero del fregadero, mientras la colilla quedó aplastada contra el cenicero.

Me sentía como un intruso tras esa conversación tan excepcional. Estaba de más. Él había dado todo, cediendo incluso su lugar en el corazón de la mujer con la que había compartido gran parte de su vida y recuerdos, y yo no era capaz siquiera de admitir que me dolía que ella lo tocara. Era un egoísta por mucho que Michael dijera lo contrario. Mi forma de amar era terriblemente abusiva. No era lo que le convenía a Rowan, ella lo sabía y aún así me aceptaba.

—Debo irme—susurré.

Rowan se acercó a mí, me tomó del rostro y me besó. Sus labios rozaron los míos suavemente, su lengua se introdujo como si fuera la de una serpiente y finalmente me besó con hambre. Ese apetito de fiera resuelta que sólo me mostraba en la cama, aunque no siempre, y que me enloquecía.

—No, quédate—dijo mirándome a los ojos—. Quédate un rato más.

—No, no puede ser—balbuceé.

Ella volvió a tomar mis labios, mientras me garraba de la muñeca derecha y llevaba mi mano dentro de aquella ropa interior masculina. Pude separarme de su boca para rodar la mía por sus mejillas, su cuello y clavículas. Aún no comprendía como podía conducirme a la locura de forma tan rápida. Michael nos observaba en silencio, posiblemente odiándome y reprochándose a sí mismo por tolerar aquello, mientras yo susurraba palabras de amor dichas desde lo más profundo de mi alma.

Mis dedos palpaban sus labios inferiores, abriendo esa pequeña abertura cálida y húmeda, para terminar estimulando su clítoris. Ella temblequeó sobre mis piernas mientras oscilaba sobre mí, rozándose un poco más. Tenía el rostro perlado de satisfacción, los ojos cerrados y el mentón apretado.

—Michael, ven—murmuró—. Ven aquí—giró su rostro mirándolo con lascivia y él asintió dulcemente.

Escuché como retiraba la mesa y se colocaba tras ella. Michael deslizó sus anchas y ásperas manos por el cuello de Rowan, abrió la camisa y colocó sus manos en sus senos. Aquellos pequeños pezones cafés ya estaban duros. Mi boca buscó la suya y ella se enredó en un beso aún más fogoso que el anterior.

Aquello era una terrible locura. Estaba con ella sintiendo su piel fría, suave y perfumada, mientras que su esposo la excitaba pellizcando sus pezones. No podía rechazar sus besos ni sus intenciones, pues era demasiado placentero para mí. Él parecía dejarse llevar, tal y como si yo no existiera, y ella se derretía con nuestras atenciones. Los labios de Michael acabaron sobre el lóbulo derecho de Rowan, mordisqueando así su oreja y dejando que su aliento rozara su piel. Ella se estremeció dejando escapar un gemido mientras levantaba sus manos hacia el cuello de su esposo. Mi rostro se hundió su vientre, quedando con la espalda encorvada, mientras mi mano izquierda rozaba su cadera y los dedos de la derecha se sentían húmedos por la estimulación que le estaba ofreciendo.

En un arranque de pasión Michael la apartó de mí. Con furia incontrolable la tomó del rostro, justo por debajo de su mentón, presionando con sus pulgares sobre sus mejillas y besándola de forma desatada. Ella temblaba como una hoja y yo no supe que hacer, aunque en unos segundos acabé reaccionando. Bajé la escasa tela que cubría su sexo y me arrodillé, de inmediato comencé a lamer su sexo y ella se aferró, enterrando sus uñas, en Michael.

Finalmente, ella se deshizo del fuerte agarre de los brazos de su esposo. De inmediato quedó de rodillas, inclinando su torso hacia delante y permitiendo que sus pezones rozaran el frío suelo de madera. Sus piernas se abrieron al mismo tiempo que los calzoncillos de él bajaban. Su erección era evidente y considerable, del mismo modo que la mía, y por unos segundos ambos nos miramos decidiendo qué podíamos hacer.

Ella decidió por los dos.

La boca de Rowan quedó pegada al miembro de Michael, recorriéndolo con su lengua y apretándolo entre sus labios, mientras sus manos rasguñaban sus muslos, glúteos y vientre. Él la tomaba del rostro, también del cabello para apartarlo, mirándola completamente encendido. Por mi parte me bajé la ropa interior, deshaciéndome de ella en un abrir y cerrar de ojos, para penetrarla acariciando su cintura. Ambos movíamos la cadera a un ritmo similar y dejábamos escapar satisfactorios gemidos, gruñidos y jadeos. Rowan intentaba contener el aliento, sobrevivir a los espasmos que sentía debido al calor que le hacía arder, mientras su vientre burbujeaba cierto cosquilleo. Era un sexo rápido, quizás una despedida momentánea, que disfrutábamos como si fuera un ritual de apareamiento buscando hacer gozar a la única mujer que nos había robado el alma, pues el corazón era poco para lo que ella tenía entre sus manos.

Michael y yo nos convertimos en una dualidad, dos hombres dispuestos a ofrecer todo de nosotros. Arriesgábamos nuestra felicidad por la suya, sin buscar egoísmos. Sin embargo, yo me sentía un egoísta al estar unido a ella sin pensar en sus nobles sentimientos. Ella, por su parte, estaba dividida entre un amor apasionado, que era el mío, y otro que la hacía sentir protegida. Nos necesitaba a ambos.

El ritmo se volvió demencial. Sólo se escuchaban nuestros gemidos y el golpear de nuestros cuerpos. Ella estaba perlada en sudor, del mismo modo que nosotros, como si estuviera con unas terribles fiebres. Finalmente sus músculos vaginales se tensaron y provocó en mi una agradable sensación, sin embargo no llegué al climax. Michael se movía entre sus labios, con mayor soltura, tomándola del rostro mientras provocando que sintiera todo su sexo.

—Déjame acabar en ella—me dijo jadeoso y yo lo permití.

Salí de Rowan, dejándola recostada en el suelo, mientras él entraba penetrándola con rabia, casi rompiéndola, al cubrirla con todo su cuerpo. Mordía sus pezones tirando de ellos, por su parte ella chillaba de placer. En cierto momento, tras unos minutos, él la rellenó con su esperma cálido y espeso. Yo me masturbaba observando aquellos ojos idos por la lujuria, completamente perversos, mientras sus labios rojos se abrían como si fueran dos cerezas. Cuando Michael concluyó entró yo, con la misma fuerza, y tras varias estocadas acabé. Ella llegó a un segundo orgasmo murmurando nuestros nombres.

Tras aquello, después de un rato de silencio, decidí darme una ducha y marcharme. Sin embargo, Michael entró conmigo a la ducha besando mis mejillas. Era una forma cómplice de agradecerme el hacer feliz a Rowan. Ambos sabíamos que no podía quedarme allí, que Julien vería con malos ojos todo aquello y tendríamos que buscar una solución.

—Márchate—me dijo—. Te avisaremos cuando puedas venir, ya que Julien puede encontrarse tan ocupado que pierde el sentido del tiempo—comentó abriendo la regadera para comenzar a ducharse a mi lado.


Aquello fue extraño. Quizás fue lo más extraño que he vivido a pesar de todo. Un hombre me compartía el amor de su mujer y yo, al fin de cuentas, aceptaba el hecho que no podía ser el único hombre de Rowan Mayfair.  

miércoles, 11 de junio de 2014

We were made for loving you



Memorias de Michael, Rowan y mías. Espero que comprendan el título y la relación con la canción. Es puro amor, pura pasión, puro placer y necesidad de estar unidos. 

WE WERE MADE FOR LOVING YOU


Habíamos discutido los tres, o más bien los dos y ella intentaba impedir que prosiguiéramos. Hablábamos aceleradamente, precipitando frases que herían sus sentimientos y molestaba en nuestros orgullos. Michael acabó alzando la voz y dando una fuerte palmada sobre la mesa, por mi parte me levanté de ésta haciendo caer la silla. Ambos estábamos furiosos, a punto de comenzar una pelea desproporcionada y poco sensata.

—Basta...—dijo rompiendo en lágrimas y eso nos hizo parar.

Los ojos azules de Michael se posaron en los de Rowan, igual que los míos, que derramaban lágrimas terribles manchando sus mejillas. Desconocía porque estábamos ahí, matándonos uno al otro, cuando sólo queríamos hacerla feliz y de ese modo no lo lográbamos. Michael se aproximó a ella, colocó su ancha y áspera mano sobre su cabeza, deslizó sus dedos por sus rizos dorados y pasó estos por la nuca hasta la espalda. Allí, en aquella frágil espalda, dejó su mano derecha mientras la izquierda de apoyaba en la mesa y él se inclinaba.

—Cariño, ¿qué puedo hacer para que no llores?—preguntó con un tono de voz suave, aunque seguía siendo profunda y muy masculina. Aquella frase sonó sensual a pesar que eso no era precisamente lo que él deseaba.

—Cherie, deberías decirnos cómo podemos hacerte feliz—aquel comentario mío provocó que Michael me mirara, y no lo hizo molesto. Parecía cansado, abrumado y decepcionado consigo mismo. Él no la hacía feliz, no como él quería.

—Dejad de discutir—murmuró—, pues la niña duerme y no quiero que escuche como sus padres se pelean.

Ambos nos miramos perdiéndonos uno en el otro. Hazel no era ya sólo hija mía, también lo era de Michael. Él cambiaba sus pañales, la bañaba y perfumaba antes de sentarla en su pequeña sillita para ser alimentada. Un hombre ejemplar, abnegado y completamente orgulloso de ser padre sin serlo. Y yo, yo era el individuo que se colaba por las ventanas de los diversos hoteles, cuartuchos insalubres, o lugares extraños en los cuales podía verla. La última vez fue la iglesia de Saint Louis, un lugar que me trajo problemas. Sólo eran segundos, y a veces ni siquiera llegaba a poder verla por completo. Sin embargo, la niña aún reaccionaba a mi voz y a una vieja melodía que entonaba para ella.

—No estamos discutiendo ya—respondió Michael.

Los ojos de Rowan se fijaron en él, perdiéndose por unos segundos, para luego incorporarse y mirarme a mí. Nos observaba con cautela a ambos como si fuera un pobre animal asustado. Los hombres de su vida, suponía. Su padre murió poco antes que ella naciera, era Cortland Mayfair. Cortland era tan incestuoso como Julien, pues era su padre y abuelo, del mismo modo que Julien era su bisabuelo, tatarabuelo y una larga lista de parentesco. Ellos estaban muertos, jamás pudieron hablar con ella salvo que lo hicieran sus fantasmas. Su hijo, Lasher, había sido una tortura y acabó muerto a manos de Michael. Era un Taltos, un asesino, un violador y un idiota que se entregó por completo a luchar contra la escasa bondad que tuvo en otra época. Sin duda alguna los algo más de cuarenta años, a pesar que no los aparentaba, que habían golpeado duramente a Rowan siendo una niña adoptada dentro de la propia familia, alejada de su madre que se volvía poco a poco más loca, encerrada en un mundo aseptico que era el hospital donde trabajaba, mucho antes de ser la directora de su propio centro, la habían hecho quedar sin nadie que quisiera estar a su lado. Y nosotros, en este momento, luchábamos igual que leones machos por el territorio y la única hembra que queríamos. Se sentía acorralada, dolida y posiblemente aturdida.

—Cuéntanos que sucede—dije tomándola de los brazos para llevarla de nuevo a la silla, para que se sentara, mientras Michael me ayudaba a retirarla de la mesa.

Quedó allí, sentada, mirándonos a ambos que nos encontrábamos de pie con el corazón en la mano. Notaba como quería seguir llorando, pero se encontraba algo más calmada. Sus lágrimas no eran de impotencia, sino de algo más.

—No comprendéis nada—dijo al fin—. Estoy enamorada de los dos, me siento en una encrucijada y siento que no puedo elegir. Necesito a Michael para permanecer serena, cuerda y completamente centrada en mi trabajo; pero tú apareces con tus aires de galán de otro tiempo, sonríes de forma encantadora y mi corazón se vuelca. Ya no es sólo el misterio que conllevas, pues ahora formo parte de ese mismo misterio que nos ata y destroza, sino tu elegancia y tu aroma, igual que si fueras un macho Taltos, me desquicia y necesito la aventura que sólo tú me puedes dar. Contigo me convierto en una niña que aprende cosas nuevas, me das cierta libertad salvaje y muero de deseos porque me toques de forma indecente—suspiró tras aquella terrible declaración para ambos—. Cuando estoy contigo, Michael, soy una mujer completa, sin otra necesidad que tus besos y caricias. Busco tus brazos fuertes para no sentirme perdida. Al hacer el amor me derrito, porque tú sabes tocar esos puntos que provocan que mi corazón se una al tuyo. Pero, me falta él.

—Ménage à trois—respondí cortándole el aliento y provocando que Michael frunciera el ceño—. Peleamos por una misma mujer, pero yo no te odio. ¿Cómo podría odiarte Michael? Nadie puede odiarte y menos después de todo lo que has hecho—comenté encogiéndome de hombros—. No sería sólo sexo, sino una forma sincera de pactar con ella un amor completo.

—No lo sé...—murmuró atormentado.

—Michael, está llorando y detesto que llore. No podemos separarla de uno de nosotros sin que sufra—me miró a los ojos cuando dije eso y después la miró a ella—. Comprende.

—Ven cariño—dijo aproximándose a ella para tomarla en brazos—. Sígueme.

Aquella ancha espalda, con músculos marcados, quedó frente a mí mientras cargaba a Rowan como si no le pesara nada en absoluto. Las canas habían desaparecido y su aspecto era más joven, fresco y fornido. Había recuperado el aspecto del Michael que conoció Rowan, y todo era por los caprichos siniestros de Julien.

Cuando entramos en el dormitorio principal, con el suelo de madera tan perfecto, sentí un vuelco. Estábamos de nuevo en First Street, en la casa cuyo jardín conocía tan bien, mientras que él la tendía en la cama y se quitaba la chaqueta, su camisa y comenzaba a sacarse el cinturón. Había accedido sólo al ver la expresión de Rowan, completamente aturdida por mis palabras. Yo hice lo mismo, imitándolo en cada movimiento.

—Cherie—susurré acercándome a la cama para rodearla con mis brazos, besando su cuello en el lado izquierdo mientras olfateaba sus cabellos.

Él se aproximó a nosotros sentándose junto a mí, permitiendo que Rowan se incorporara en medio de ambos. Sus prendas fueron desprendiéndose entre caricias y besos. Ella cerró sus ojos, echó hacia atrás la cabeza y la apoyó en el fuerte brazo derecho de Michael. Por mi parte me hundía en su cuello lamiendo su piel, rozando con la punta de mi nariz sus venas y dejando que mis dedos fueran algo más hábiles que los gruesos y ásperos de su esposo.

Los senos de Rowan quedaron liberados, con sus pezones cafés completamente endurecidos. De inmediato ambos hundimos nuestro rostro en su pecho, acariciando los pezones con la lengua y terminando por oprimir estos con los labios. Chupábamos como si fuéramos dos lactantes mientras ella abría sus piernas, las cuales sólo estaban levemente cubiertas con una falda larga, algo suelta, que pronto comenzó a quedar remangada mientras nuestras manos acariciaban sus muslos. Ella suspiraba temblorosa mientras alargaba sus brazos hacia nosotros, tentando casi a ciegas nuestros vientres mientras bajaba hasta nuestro sexo. Estábamos algo duros, excitándonos con su aroma y la calidez de su piel.

Sus dedos temblaban contra nuestro glande, creando cierta presión, mientras las muñecas se movía suavemente. El miembro de Michael era más grueso, algunos centímetros mayor en longitud, y más venoso que el mío; podía decirse que incluso la piel que le cubría era algo más gruesa, oscura y tirante que la mía. No me importó demasiado ese detalle, pero sí me fijé complaciéndome en poder observar a mi enemigo, aunque no lo vi jamás como tal, completamente desarmado ante unas caricias. Si bien, no era el único. Ambos dejamos de succionar sus pezones, para besar sus clavículas y hombros. La boca de Rowan buscó la de Michael, pero tras un beso fogoso fue a buscar la mía que desde hacía rato besaba su piel. Mientras, con pasión, ella comenzaba a masturbarnos con deseo arrancándonos jadeos y gemidos.

Nuestras manos se habían quedado en la ingles, apartando su ropa interior hasta romperla, para acariciar ambos su deliciosa vagina. Estaba húmeda y caliente, su clítoris comenzaba a abultarse mientras ella sentía los calambres típicos que la torturaban. El calor comenzaba a inhundarla, el sudor la perlaba, y sus cabellos se pegaban a su frente. Los labios de Rowan proferían gemidos bajos, palabras de amor hacia ambos y sobre todo rogaban un poco más. Mis dedos finos jugaban con su clítoris mientras los más gruesos, de Michael, se hundían en ella estimulándola.

En algún momento hicimos un pacto secreto, con tan sólo un duelo de miradas, para llegar a tumbarla en la cama deshaciéndonos de la falda, dejándola con el rostro hundido en el colchón y las caderas levantadas. Él comenzó a lamer su vagina, hundiendo su lengua, mientras yo hacía lo mismo con su otra entrada. Ella rápidamente se aferró a las sábanas tirando de éstas hacia sí, arrugándolas y retorciéndolas, mientras sus piernas temblequeaban. Tras pasados unos minutos, Michael cambió posiciones conmigo mientras nos masturbábamos imaginando estar dentro de ella. Sin embargo, en un alarde de dominar la situación la bajé y arrodillé frente a ambos.

—Sé cuanto necesitas sentirnos—dije tomándola del mentón con mi zurda, mientras mi mano derecha me apretaba el glande oprimiéndolo—. Ven, sacia tu sed—susurré hundiéndome en ella.

Michael se aproximó quedando a sus espaldas, acariciando sus pechos con sus fuertes manos, mientras quedaba de cuclillas mordisqueando su cuello. Sus pezones comenzaron a estar adoloridos, porque los pellizcos y tirones de Michael eran algo bruscos, pero a ella parecía que la encendía todo aquello.

—No, no puedo ser egoísta—murmuré tras unas fuertes embestidas que la hizo toser, pero a la vez temblar por completo. Salí de su boca y me froté entre sus pechos—. No puedo ser egoísta, mon amour—susurré girando suavemente la cabeza para indicarle a Michael que cambiaba la posición con él.

Hacíamos un buen equipo cargados de perversión, lujuria y fascinación. Ella parecía perdida en un universo paralelo donde sólo sentía, se precipitaba en una especie de espiral de placer desenfrenado, y nosotros íbamos con ella. No supe en qué momento ocurrió, pero ambos quedamos recostados en la cama con ella entre nosotros. El rostro de Rowan quedó enterrado en el de su esposo, mientras que mis manos se colocaban en sus caderas. Pronto una de sus piernas se levantó cayendo sobre las caderas de Michael, él acarició sus pechos mientras la besaba y yo hundí mi rostro en su espalda.
Rápidamente me tumbé en el colchón, ella cayó sobre mí y él quedó aplastando a ambos. Nuestros miembros entraron casi a la vez en su cuerpo delicado, pero elástico, que se movía como si fuera una serpiente enroscándose en ambos y buscando nuestros labios. Los ojos de Michael estaban perdidos en el placer, como si le bañara el infierno mismo, mientras que mi mirada desprendía emoción, excitación y sobre todo una fascinación increíble.

Ambos hacíamos aquello por amor a una misma mujer, mujer que nos unía y nos dividía. Siempre me pareció un hombre sincero y educado, pero en la cama comencé a descubrir a un hombre apasionado, completamente entregado, en cada dura embestida que sacaba un grito de placer a Rowan, mientras que yo le provocaba escalofríos mientras buscaba que mis manos no se fueran de sus pechos. El sudor de los tres se mezclaba, así como los gemidos y jadeos, mientras las palabras obscenas comenzaban a verterse en el aire, contaminándolo aún más, mientras buscaba algún punto de sujeción para aquel desenfreno.

—Rowan, Rowan...—le escuché decir casi a la misma vez que yo lo hacía, pero pronto se apartó, girándola, mientras me miraba con cierta ira y comprensión. Él no podía olvidar su caballerosidad, así que me ofreció el tenerla un poco hacia mí, viendo su rostro.

Ella se sentó sobre mis caderas gimiendo y moviéndose cual amazonas, Micahel quedó de rodillas en la cama mientras se masturbaba. Tras unos minutos la inclinó lamiendo la cruz de su espalda, guiando su lengua hasta su columna y final de su trasero, en ese momento se colocó y entró penetrándola desde atrás. De nuevo dos de sus orificios quedaban completos mientras su boca emitía un largo gemido.

Rowan había llegado a un orgasmo tan fuerte y violento que la hizo gritar, despertando a la niña, mientras se agitaba casi convulsionando y eyaculando. Nosotros no llegamos y tan sólo la sentamos en la cama como pudimos, después la arrodillamos acariciando ambos su rostro. Rowan no lo dudó ni un instante, llevó sus manos a ambos miembros y aproximó el glande de ambos hasta su boca. Su lengua era voraz, se pegaba a cada milímetro y sus dientes mordisqueaban la punta, el tronco y hasta la base.

—Hazlo tú primero—me dijo Michael apartándose.

Tomé a Rowan entonces entre mis brazos, la recosté en la cama y abrí sus piernas comenzando a penetrarla con violencia. Ella gemía tan fuerte, arañaba mi espalda y me rogaba que fuera aún más rudo. Mis embestidas eran directas y sentía la humedad de su sexo envolviéndome, rodeándome con sus muslos, mientras sus pechos rozaban mi torso. Llegué al final, eyaculando mi esperma dentro de su vagina, y en ese momento Michael se aproximó apartándome para hacer lo mismo. Su sexo era más candente, pero con un ritmo menos violento, mientras la agarraba cubriendo toda su figura. Los brazos y las piernas de Rowan no podían abarcarlo, pues era demasiado ancho y grande, pero cuando se vino pude ver como Rowan volvía a hacerlo.

Al separarse, como yo mismo había hecho, nos quedamos sentados en el borde de la cama, girados hacia ella, mientras su vientre se encogía y sus pechos se movían como dos pequeños flanes. El esperma blancuzco apareció manchando las sábanas y Michael, sin siquiera pensarlo, acarició sus muslos mientras yo hundía mis manos en ella, sintiendo de nuevo la calidez ensanchada de su vagina, para llevársela a la boca de nuestra amada bruja. Ella lamió mis dedos gimiendo bajo y yo sonreí satisfecho.

—Lo he hecho por amor—dijo al fin Michael, con su habitual ceño fruncido y sus enormes ojos azules.

—Yo también, Michael, yo también—susurré viéndola con aquella expresión de cansancio, placer y deseo.


Minutos más tarde los tres compartíamos cama, entrelazando nuestros cuerpos, pues la pequeña al escuchar el silencio de nuevo imperando la casa, como de costumbre, quedó nuevamente dormida. No había ocurrido nada malo a su madre, sólo había disfrutado del amor de dos hombres completamente entregados a ella.  

Lestat de Lioncourt 


martes, 27 de mayo de 2014

Ave María

Las siguientes memorias tendrán su continuación el Viernes o Sábado próximo. Aquí les dejo el inicio de dos partes. Por favor, no me odien por lo que pueden leer... comprendan que la pasión a veces se desata. 

Lestat de Lioncourt 

AVE MARÍA 

La situación en la cual me encontraba no era la mejor. Me sentía completamente hundido por el caos que se formaba a mi alrededor, zumbando como abejas y convirtiendo mi vida en un panal lleno de aguijones a punto de perforar mi piel, clavar su veneno y convertirme en un cadáver hundido en una miel amarga y siniestra. Un año atrás, tan sólo doce meses, la vida me sonreía y solía creer que todo lo podría superar, sin importar nada. Sin embargo, me había vuelto a hundir. No quería reconocer abiertamente que yo, Lestat de Lioncourt, se sentía miserable después de la perdida de Rowan y Hazel.

Para quien no comprenda ésta historia le diré que regresé tras mis pasos, busqué a Rowan y fui egoísta. Pedí a mi mejor amigo, David Talbot, que transformara a Rowan en una de los nuestros. Además, decidí que debíamos ser padres gracias a la ciencia. El centro hospitalario Mayfair poseía grandes avances en genética, inseminación artificial y diversas investigaciones sobre la evolución de fetos con diversos problemas. Pensé que era nuestra oportunidad y por eso tuvimos a Hazel.

Cuando Hazel nació cambié. Pensé que no volvería a pasar, pero me enamoré. Era tan pequeña, tan frágil y nos necesitaba. Por primera vez, desde la muerte de Claudia, sentí esa llamada ardiendo en mi pecho y concienciarme que tenía una enorme responsabilidad. Era una niña hermosa de ojos violetas y cabello rubio y rizado.

Hace aproximadamente tres meses, casi cuatro, Rowan se marchó. Ella decidió huir. Las presiones familiares lograron que tuviese que marcharse de mi lado, junto a la niña y acompañada de su ex-esposo. Michael Curry volvió a tener a la mujer de su vida, la que estaba destinada a él por medio de Lasher, y yo me sentí solo. Michael es un buen hombre, no quiero que piensen que le odio, pero yo necesito a Rowan. Ellos han vuelto a ser pareja pues así lo desea Julien, que ha regresado de entre los muertos con forma física. Pero no sólo han regresado ellos, sé que el espíritu de Lasher ha regresado para caer de forma sumisa bajo el dominio de Julien y hay nuevos Taltos.

Si bien no era lo único. Además de la presión que sentía por parte de los Mayfair, tenía la certeza que Memnoch estaba ayudándolos ofreciéndoles un poder inmenso. Poder que había cegado a Mona y arrastrado a Tarquin. Mi hermanito ya no era un Blackwood, sino un Mayfair. Los genes de mi hermanito habían ganado, aunque más bien habían vencido los sentimientos hacia esa maldita pelirroja.

Dicho todo esto comprenderán entonces que me sobraban los motivos para encerrarme, olvidarme de mis fechorías y centrarme en una solución. Louis me había visitado la noche anterior. Caminó por el jardín observando los naranjos, acariciando las palmeras y jugueteando con sus dedos por los diversos arbustos floridos que poseo. Sólo estaba allí meditando, posiblemente intentando encontrar las palabras apropiadas para lanzarlas con cierta crueldad, y cuando descubrió que lo veía, desde uno de los ventanales de la biblioteca, se detuvo y giró para mirarme directamente. David estaba a pocos metros, sentado en uno de los bancos de hierro que poseo, observando la nada y dejando que la suave brisa primaveral moviese su flequillo.

Ellos vigilaban mis movimientos, y sabía que no eran los únicos. Nicolas, tras su regreso a la vida y a mis brazos, decidió visitarme con asiduidad. Aquella misma noche apareció frente a mí, buscando mis labios y caricias. Provocó que me apartara de la ventana y me hundiera en el deseo ardiente de su cuerpo. No amaba a Nicolas como lo había hecho tiempo atrás, pero me sentía reconfortado cuando notaba unas manos que no eran las mías acariciándome.

Cuando cayó agotado noté que sobre el escritorio había un sobre. No había reparado en absoluto en aquel pequeño sobre de color blanco. Dentro de él había una nota breve que pertenecía a Rowan, pues nada más ver la letra supe que era suya. Mis manos temblaron y mis ojos se llenaron de lágrimas. Me pedía que asistiera a la catedral de Sain Louis con suma discreción. Para aquellos que no conozcan el trazado de New Orleans les explicaré que la Catedral de San Luis se encuentra en el Barrio Francés, en la plaza Juan Pablo II. Está junto a mi amada Jackson Square y frente al río Misisipi, justo en el palpitante corazón de la ciudad, situada entre los edificios del Cabildo y la Presbytère. Un lugar popular por su belleza, construcción e historia.

»Mi querido Lestat, espero que desees verme tanto como nosotras a ti. Ven a Saint Louis el Martes, a las 10, y aguarda en el confesionario próximo al altar. Por favor, debes hacerlo con cuidado. Rowan.«

En ese momento no me cuestioné como había llegado la carta allí, porque tenía numerosos empleados. Supuse que se había aproximado, o enviado a alguien, para que llegase hasta mí. La única pregunta que me rondaba la mente era el lugar. Intenté pensar con claridad porque debía ser y entonces llegué a la solución. Memnoch era un demonio y los demonios no pueden entrar en las iglesias. Ella temía a Memnoch tanto como yo, pero se estaba arriesgando a ir a verme para poder tener una pequeña conversación.

Nicolas se encontraba en el diván próximo a una terrible hilera de libros, amontonados unos contra otros, que había estado leyendo los últimos meses. Sus cabellos oscuros caían sobre su tez morena, como si el sol la acabase de broncear, y su magnífica figura yacía en una postura erótica. Él aparentaba estar dormido, aunque no estaba del todo seguro. Tenía una boca sensual extremadamente carnosa, unas cejas perfectas y unos pómulos marcados que encajaban bien en su rostro. Sin duda contemplarlo era una delicia. Nadie pensaría que, además de un hermoso rostro, poseía un cuerpo cincelado por Miguel Ángel. Sus pectorales estaban marcados, aunque era un cuerpo menudo. A penas poseía vello, salvo el espeso y rizado que coronaba su sexo.

—Nicolas—dije guardando el sobre bajo un par de libros—. Nicolas—me aproximé más a él y acaricié sus cabellos húmedos—. Nicolas—repetí provocando que abriese los ojos y sonriera.

Maldito era mil veces. Maldito por su belleza y esos ojos profundos, tan agónicos y desesperados como siempre, que me escrutaban con una pasión imposible de soportar. Agaché la mirada deteniéndome en su boca y entonces noté sus brazos rodeándome para besarme otra vez, como si quisiera que olvidase a Rowan y me centrase en él.

—Je t'aime mon amour—musitó tras apartar sus labios de mí—. ¿Ocurre algo?

—Mañana debo salir—respondí—. Tengo una cita de negocios y pensé que debía decírtelo.

—¿Puedo acompañarte?—no podía soportar esos ojos cafés condenándome por lo que habíamos hecho.

¡Santo Dios!—me dije regañándome mentalmente—. ¡Te ha vuelto a dar su corazón y ya estás pensando en como mentirle! ¡Ya lo estás haciendo! ¡Dios santo! ¿Qué clase de monstruo despiadado eres? Parece que nunca aprendes ¿por qué no te conformas? No, no puedes. El corazón que late en tu pecho no es de Nicolas, ni de otro, sino de Rowan—fruncí suave el ceño y negué notando los dedos de mi amante sobre mis mejillas—. Sólo míralo. ¿No tenías suficiente con su recuerdo? Cargabas con él como un miserable y ahora lo eres aún más.

—No importa—soltó una carcajada mientras me miraba con deseo—. Hazme el amor de nuevo y olvidaré ese misterioso asunto.

—Je t'adore—susurré recostándome junto a él mientras le ofrecías los mismos besos que Judas a Jesús.

La noche siguiente, es decir ésta misma noche, fue una revelación para mí. Tomé una ducha rápida, me vestí con uno de mis elegantes trajes azul marino, una de mis mejores camisas blancas y una corbata celeste que ella me había regalado. Usé mis gemelos de diamantes, por supuesto, y decidí acicalarme durante más de media hora frente al espejo.

La fecha señalada en la tarjeta era las diez, una hora cercana al cierre de puertas de San Louis. Sin embargo, llegué a la iglesia a las nueve y media pasadas. Me encerré en el confesionario y observé por las pequeñas ranuras las filas de asientos que estaban girados hacia el altar, el cual se encontraba iluminando la imagen central. Las gigantescas columnas que se alzaban hasta la bóveda, cargada de detalles dorados e imágenes bíblicas en encantadores frescos, parecían derrumbarse provocando que quedase encerrado allí, sufriendo un castigo divino. Los candelabros que descendían desde el techo, hasta la altura del segundo piso, estaban encendidos y lograban iluminar el pasillo central por donde caminaba una señora de avanzada edad.

—Señor, por favor, dame fuerzas—murmuré pegando mi frente en el pequeño panel, para luego cerrarlo y quedarme recostado en el cómodo sofá que había en su interior.

Me encontraba sentado en un lugar en el cual fácilmente cabían dos personas. Eran confesionarios amplios, recargados quizás en detalles, y muy cómodos. Había estado dentro de más de uno por mis andanzas buscando malechores y los de Saint Louis eran mis favoritos. Desde allí podía divisar las banderas de los distintos países, desde la de Estados Unidos pasando por la francesa, española o inglesa. Estas hondeaban sin viento, cayendo de los laterales de la división entre el piso superior e inferior. Los ángeles de los frescos, situados por los distintos francos, parecían guardar silencio esperando con nerviosismo aquel encuentro. Si bien decidí que debía tranquilizarme, pues ella no debía descubrir mi nerviosismo, y cerré los ojos dejándome llevar por los recuerdos mientras juraba amor eterno a Rowan aunque no apareciera, pues podía suceder que sus planes se truncaran. No obstante escuché sus tacones bajos por toda la galería.

Acabé incorporándome de un brinco y abrí la tapa que cubría la rejilla. Entonces la vi empujando un carrito. Había traído la niña, como supuse al leer el “nosotras”, y se encontraba allí dispuesta a conversar conmigo aunque fuesen unos cinco minutos. Sentí seca la boca, cierto nerviosismo y preocupación.

—Ave María purísima—susurró colocándose al otro lado.

Vestía una hermosa blusa blanca, con los primeros botones desabrochados, y una falda negra algo holgada. Rowan no solía vestir así, pero sabía que a mí me encantaba observar sus tobillos. Sus cabellos estaban algo más largos, caían sobre sus hombros, y contenía su rostro que poesía un leve rubor en sus mejillas. Ella había venido tras cazar, por eso había pedido que la cita fuese a esas horas y no a otras.

—Sin pecado concebida—murmuré clavando mis ojos en los suyos—. Entra, por favor.

—No, me estoy arriesgando—aseguró—. Deseaba que vieses por tus propios ojos que estamos bien.

—Ya lo he visto—respondí—. Ahora deseo besarte, estrecharte entre mis brazos y decirte cuánto os he extrañado. Por favor, entra—dije colocando la frente en la rejilla intentando no llorar, gritar o hacer cualquier ruido que pudiera delatarnos.

—Aquí da misa ahora Kevin—dijo algo nerviosa—. Lestat, no puedo levantar sospechas.

—¿Kevin? ¿Kevin Mayfair? ¿No era tu sacerdote en el hospital?—pregunté algo sobresaltado.

—Sigue siéndolo—susurró en un murmullo que a penas era audible para mí, por lo tanto imposible de escuchar para algún humano.

—Rowan...—meneé la cabeza intentando no regañarla. Estábamos en la boca del lobo, por así decirlo, porque el padre sabía sobre los Taltos y se encontraba de parte de Julien, como todos los Mayfair.

—Si vengo aquí puedo decir que quería hablar con él del asunto del bautizo de la niña—aquello me hizo sonreír amargamente.

No se llamaría Hazel, ahora tenía otro nombre, y en la fe de bautismo aparecería como padre Michael Curry. Mi hija sería la heredera y la bautizarían aquí, en Saint Louis, pues la iglesia donde se casaban y bautizaban los Mayfair se encontraba en obras. Sin embargo, la catedral se mostraba fastuosa, aunque quizás de aspecto más simple que las europeas, con una fuerza terrible como la propia ambición de Julien.

—Rowan, Rowan... necesito tenerte a mi lado—repetí provocando que ella comenzara a sollozar.

Se incorporó tomando la capacha del carro, desprendiéndola gracias a un par de botones, para entrar con ella en el confesionario. Aquellos breves segundos, en los que no sabía si se iría o entraría, parecieron eternos. El sonido de sus pasos me sonaron a las campanas del cielo, como si anunciaran que un ángel acababa de llegar después de salvar cientos de almas. Sus ojos grises se clavaron en mí antes de sentarse a mi lado con la pequeña capacha en sus piernas.

La pequeña dormía vestida con un encantador vestido color hueso, sus cabellos rizados cada vez eran más espesos y tenían un aspecto suave. Las mejillas estaban rellenas, rosadas y le conferían a su rostro una bondad infantil extremadamente atractiva. Nuestra hija era hermosa y parecía un pequeño ángel entregada a un diablo.

—Nuestra hija—susurré con la voz quebrada.

Juro que nunca me había sentido tan conmovido. Me atrevo a decir que desde la muerte de Claudia, o quizás desde que acepté que se había ido, no me había sentido tan dolido. Julien estaba arrebatándome algo que había deseado durante toda mi existencia. Siempre he soñado con ser amado de forma incondicional, pura y sincera. El amor de un hijo, ese que nace desde el compromiso y cariño, es puro y sobre todo si ese niño a penas es un bebé. Sí, derramé lágrimas parecidas cuando sostuve el vestido amarillo de Claudia. Creo que no podía dejar de llorar esa noche. Mi pequeña niña, mi hija, había desaparecido. Hazel iba a desaparecer tal y como la recordaba, posiblemente se alejaría por siempre de mí y perdería todo contacto con Rowan. Sentía que si ella se arriesgaba tanto era porque algo terrible estaba a punto de ocurrir.

—Te prometo que sabrás en todo momento que ella está bien—por su tono de voz sabía que se engañaba a sí misma. No podría cumplir esa promesa durante muchos meses. Julien tenía contactos importantes en el infierno, tan importantes como que el propio Memnoch le ofrecía consuelo, poder y planes a cuales más macabros—. Lestat, lo intentaré al menos.

Dejé la capacha en el suelo porque sentí un súbito deseo de tomarla allí mismo. El escote que llevaba mostraba sus senos apretados en un encantador sujetador, que a pesar de no ser de encaje era erótico para mí, que rezumaban un aroma delicioso a perfume mezclado con su propio aroma corporal. Mis dedos rozaron su cuello mientras mis ojos ascendían hacia sus pómulos, se fundían en su enloquecedora mirada, y notaba como su cuerpo cedía. La besé. Sí, la besé. Diablos, sí. Besé a Rowan bajo los atentos ojos de todos los santos, los cuales caían precipitadamente con furia divina sobre el pequeño receptáculo.

Rápidamente, Rowan, desabrochó su camisa y dejó a la vista sus pechos envueltos en aquel sujetador blanco de algodón. Mi rostro se hundió sintiendo el calor que emanaban, su aroma y también lo suaves que eran. Tomó mis manos y las llevó a su cintura, pero finalmente me agarró de la muñeca derecha y llevó la mano al interior de su falda.

Recordé aquel momento en el cual, como si fuera una revelación, la besé bajo el árbol que presidía la tumba de los Taltos muertos. El olor dulzón de la muerte se mezcló con el dondiego, el jazmín y su perfume. La perversión brotó con el deseo y la necesidad de sentirnos el uno al otro. Mis dedos acariciaron sus muslos suaves, se hundieron entre los labios de su vagina y estimulé su clítoris mientras la besaba. Sí, ese momento volvía a ocurrir.

En medio de aquel lugar santo, lleno de plegarias y alabanzas a la palabra de nuestro creador, me hallaba desnudando y besando a la mujer que amaba. Una mujer que tenía un carácter indómito, como el de mi madre, y que siempre aprecié como un rasgo femenino muy atractivo.

Mis dedos echaban a un lado el pequeño trozo de tela, esa barrera fina, que era sus bragas y, como un adolescente, comencé a palpar con cierta ansiedad. Ella rió bajo mientras jadeaba, pues mis labios dejaban besos y mordiscos en el hueco de sus pechos. Su zurda quedó sobre mis cabellos rubios, enredándose, pero la diestra fue a mi espalda. Tenía las piernas abiertas, igual que sus labios, dejándome libertad absoluta para estimularla.

Desgarré con mis dientes la tela del sujetador y ella gimió. Sus mejillas estaban tan rojas como un par de cerezas, sus brazos temblaban y sus dedos presionaban contra mi cráneo y espalda. Nos iban a descubrir, pero no podíamos dejar de sentir. Con cuidado dejó de tocar mi espalda para bajar la cremallera de mi pantalón, hundir su mano entre la tela y sacar mi miembro que pedía atenciones.

—Hazlo, hazlo—dijo con voz temblorosa—. Hazlo.

Saqué mi mano de su húmeda vagina, la deslicé por sus muslos y la dejé en el borde d su falda, mientras la miraba. Agarré entonces a Rowan del brazo izquierdo, la levanté del asiento y la pegué a uno de los laterales del confesionario. Allí, de pie y sin cuidado, levanté su falda bajando su ropa interior hasta sus tobillos. Con cierta brusquedad, pues el deseo me cegaba, le rompí el sujetador y lo llevé a mi nariz olfateándolo.

—Lestat... —su voz se escuchaba quebrada por las numerosas emociones.

Su espalda era pequeña, su cintura estaba muy marcada por lo delgada que era, y sus piernas largas, y de color lechoso como todo su cuerpo, se veían tentadoras. Pegué sus senos a la madera, abrí bien sus piernas y la penetré. La pequeña seguía dormida ajena a todo lo que estaba pasando, pero Rowan gemía bajo y yo gruñía cerca de su oreja derecha.

—Siénteme, siénteme... siente el amor y el deseo... ¿sientes como arde? ¿Notas como arde?—murmuré hundiendo mi rostro en su cuello—. Iremos al infierno.

Ella gemía con cada embestida mientras mis manos acariciaba su cuerpo. Mis dedos perfilaban cada músculo, se hundían en sus muslos y subían hasta su vientre plano que me dirigían a sus senos. Acabé con ambas manos sobre sus pechos, apretando estos y pellizcando sus pezones, mientras bombeaba movimientos rítmicos y certeros. Sus piernas se sentían débiles, pues temblaba, pero no iba a parar en ese ritmo frenético.

Ambos bullíamos en un fuego que nos consumía desde el interior. Era como ver el sol en plena noche, acariciándonos sin escrúpulos, para dejarnos consumidos por llamaradas de perversión. Si bien, cuando alcanzamos el climax sentí que me liberaba de las pesadas cadenas que, hasta ahora, me ataban. Me dieron fuerzas renovadas para luchar por ambas y no dejar que el mundo cayese a mis pies. La función no había acabado, pero sí nuestro momento de locura.

Ella se apartó de mí tomando la camisa para colocársela precipitadamente, del mismo modo que subió su ropa interior y tomó la capacha. Nerviosa, completamente asustada, miró al altar mientras yo salía del confesionario. Me miró algo furiosa, pero a la vez parecía deseosa de besarme sin importar que nos vieran. La anciana ya no estaba en la catedral, más bien nadie quedaba dentro salvo un vigilante de seguridad que dormitaba en otro de los confesionarios.

—¿Te volveré a ver?—pregunté acomodando mi ropa mientras ella tomaba el cochecito para marcharse—Rowan—dije deteniéndola al tomarla del brazo, provocando que se girara y me mirara a los ojos con cierto nerviosismo y preocupación. Estaba perturbada por lo que acabábamos de hacer, lo sabía.

—No... sí... no lo sé—balbuceó deshaciéndose del garré de mi mano para salir disparada hacia la puerta.

Ni siquiera había podido besarla antes de marcharse o mirar una vez más a la pequeña. Habíamos tenido un sexo tan honesto y desesperado, igual que cualquier amante que sienten la distancia romperlos en miles de pedazos.

Decidí salir pasados unos minutos. El aire era agradable, las gotas de sudor las secaba con un pañuelo del algodón y en mi rostro había un claro reflejo de agotamiento, preocupación y felicidad. No podía dejar de ser feliz a pesar que la situación seguía siendo complicada, pues había visto a Rowan, sin embargo todo se rompió al ver la silueta que se dibujaba en el parque bajo una farola.

—Memnoch—balbuceé.


Él estaba allí, esperándome. Me giré sobre mis propios pasos y quise alcanzar la iglesia, pero las puertas se cerraron del mismo modo que las manos del demonio entorno a mi cuerpo. Quise gritar, pero me encontraba paralizado. Y de haber gritado, como deseaba, no hubiese solucionado nada. Mi suerte estaba echada.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt