Las siguientes memorias tendrán su continuación el Viernes o Sábado próximo. Aquí les dejo el inicio de dos partes. Por favor, no me odien por lo que pueden leer... comprendan que la pasión a veces se desata.
Lestat de Lioncourt
AVE MARÍA
La situación en la cual me encontraba
no era la mejor. Me sentía completamente hundido por el caos que se
formaba a mi alrededor, zumbando como abejas y convirtiendo mi vida
en un panal lleno de aguijones a punto de perforar mi piel, clavar su
veneno y convertirme en un cadáver hundido en una miel amarga y
siniestra. Un año atrás, tan sólo doce meses, la vida me sonreía
y solía creer que todo lo podría superar, sin importar nada. Sin
embargo, me había vuelto a hundir. No quería reconocer abiertamente
que yo, Lestat de Lioncourt, se sentía miserable después de la
perdida de Rowan y Hazel.
Para quien no comprenda ésta historia
le diré que regresé tras mis pasos, busqué a Rowan y fui egoísta.
Pedí a mi mejor amigo, David Talbot, que transformara a Rowan en una
de los nuestros. Además, decidí que debíamos ser padres gracias a
la ciencia. El centro hospitalario Mayfair poseía grandes avances en
genética, inseminación artificial y diversas investigaciones sobre
la evolución de fetos con diversos problemas. Pensé que era nuestra
oportunidad y por eso tuvimos a Hazel.
Cuando Hazel nació cambié. Pensé que
no volvería a pasar, pero me enamoré. Era tan pequeña, tan frágil
y nos necesitaba. Por primera vez, desde la muerte de Claudia, sentí
esa llamada ardiendo en mi pecho y concienciarme que tenía una
enorme responsabilidad. Era una niña hermosa de ojos violetas y
cabello rubio y rizado.
Hace aproximadamente tres meses, casi
cuatro, Rowan se marchó. Ella decidió huir. Las presiones
familiares lograron que tuviese que marcharse de mi lado, junto a la
niña y acompañada de su ex-esposo. Michael Curry volvió a tener a
la mujer de su vida, la que estaba destinada a él por medio de
Lasher, y yo me sentí solo. Michael es un buen hombre, no quiero que
piensen que le odio, pero yo necesito a Rowan. Ellos han vuelto a ser
pareja pues así lo desea Julien, que ha regresado de entre los
muertos con forma física. Pero no sólo han regresado ellos, sé que
el espíritu de Lasher ha regresado para caer de forma sumisa bajo el
dominio de Julien y hay nuevos Taltos.
Si bien no era lo único. Además de la
presión que sentía por parte de los Mayfair, tenía la certeza que
Memnoch estaba ayudándolos ofreciéndoles un poder inmenso. Poder
que había cegado a Mona y arrastrado a Tarquin. Mi hermanito ya no
era un Blackwood, sino un Mayfair. Los genes de mi hermanito habían
ganado, aunque más bien habían vencido los sentimientos hacia esa
maldita pelirroja.
Dicho todo esto comprenderán entonces
que me sobraban los motivos para encerrarme, olvidarme de mis
fechorías y centrarme en una solución. Louis me había visitado la
noche anterior. Caminó por el jardín observando los naranjos,
acariciando las palmeras y jugueteando con sus dedos por los diversos
arbustos floridos que poseo. Sólo estaba allí meditando,
posiblemente intentando encontrar las palabras apropiadas para
lanzarlas con cierta crueldad, y cuando descubrió que lo veía,
desde uno de los ventanales de la biblioteca, se detuvo y giró para
mirarme directamente. David estaba a pocos metros, sentado en uno de
los bancos de hierro que poseo, observando la nada y dejando que la
suave brisa primaveral moviese su flequillo.
Ellos vigilaban mis movimientos, y
sabía que no eran los únicos. Nicolas, tras su regreso a la vida y
a mis brazos, decidió visitarme con asiduidad. Aquella misma noche
apareció frente a mí, buscando mis labios y caricias. Provocó que
me apartara de la ventana y me hundiera en el deseo ardiente de su
cuerpo. No amaba a Nicolas como lo había hecho tiempo atrás, pero
me sentía reconfortado cuando notaba unas manos que no eran las mías
acariciándome.
Cuando cayó agotado noté que sobre el
escritorio había un sobre. No había reparado en absoluto en aquel
pequeño sobre de color blanco. Dentro de él había una nota breve
que pertenecía a Rowan, pues nada más ver la letra supe que era
suya. Mis manos temblaron y mis ojos se llenaron de lágrimas. Me
pedía que asistiera a la catedral de Sain Louis con suma discreción.
Para aquellos que no conozcan el trazado de New Orleans les explicaré
que la Catedral de San Luis se encuentra en el Barrio Francés, en la
plaza Juan Pablo II. Está junto a mi amada Jackson Square y frente
al río Misisipi, justo en el palpitante corazón de la ciudad,
situada entre los edificios del Cabildo y la Presbytère. Un lugar
popular por su belleza, construcción e historia.
»Mi querido Lestat, espero que desees
verme tanto como nosotras a ti. Ven a Saint Louis el Martes, a las
10, y aguarda en el confesionario próximo al altar. Por favor, debes
hacerlo con cuidado. Rowan.«
En ese momento no me cuestioné como
había llegado la carta allí, porque tenía numerosos empleados.
Supuse que se había aproximado, o enviado a alguien, para que
llegase hasta mí. La única pregunta que me rondaba la mente era el
lugar. Intenté pensar con claridad porque debía ser y entonces
llegué a la solución. Memnoch era un demonio y los demonios no
pueden entrar en las iglesias. Ella temía a Memnoch tanto como yo,
pero se estaba arriesgando a ir a verme para poder tener una pequeña
conversación.
Nicolas se encontraba en el diván
próximo a una terrible hilera de libros, amontonados unos contra
otros, que había estado leyendo los últimos meses. Sus cabellos
oscuros caían sobre su tez morena, como si el sol la acabase de
broncear, y su magnífica figura yacía en una postura erótica. Él
aparentaba estar dormido, aunque no estaba del todo seguro. Tenía
una boca sensual extremadamente carnosa, unas cejas perfectas y unos
pómulos marcados que encajaban bien en su rostro. Sin duda
contemplarlo era una delicia. Nadie pensaría que, además de un
hermoso rostro, poseía un cuerpo cincelado por Miguel Ángel. Sus
pectorales estaban marcados, aunque era un cuerpo menudo. A penas
poseía vello, salvo el espeso y rizado que coronaba su sexo.
—Nicolas—dije guardando el sobre
bajo un par de libros—. Nicolas—me aproximé más a él y
acaricié sus cabellos húmedos—. Nicolas—repetí provocando que
abriese los ojos y sonriera.
Maldito era mil veces. Maldito por su
belleza y esos ojos profundos, tan agónicos y desesperados como
siempre, que me escrutaban con una pasión imposible de soportar.
Agaché la mirada deteniéndome en su boca y entonces noté sus
brazos rodeándome para besarme otra vez, como si quisiera que
olvidase a Rowan y me centrase en él.
—Je t'aime mon amour—musitó tras
apartar sus labios de mí—. ¿Ocurre algo?
—Mañana debo salir—respondí—.
Tengo una cita de negocios y pensé que debía decírtelo.
—¿Puedo acompañarte?—no podía
soportar esos ojos cafés condenándome por lo que habíamos hecho.
¡Santo Dios!—me dije regañándome
mentalmente—. ¡Te ha vuelto a dar su corazón y ya estás pensando
en como mentirle! ¡Ya lo estás haciendo! ¡Dios santo! ¿Qué clase
de monstruo despiadado eres? Parece que nunca aprendes ¿por qué no
te conformas? No, no puedes. El corazón que late en tu pecho no es
de Nicolas, ni de otro, sino de Rowan—fruncí suave el ceño y
negué notando los dedos de mi amante sobre mis mejillas—. Sólo
míralo. ¿No tenías suficiente con su recuerdo? Cargabas con él
como un miserable y ahora lo eres aún más.
—No importa—soltó una carcajada
mientras me miraba con deseo—. Hazme el amor de nuevo y olvidaré
ese misterioso asunto.
—Je t'adore—susurré recostándome
junto a él mientras le ofrecías los mismos besos que Judas a Jesús.
La noche siguiente, es decir ésta
misma noche, fue una revelación para mí. Tomé una ducha rápida,
me vestí con uno de mis elegantes trajes azul marino, una de mis
mejores camisas blancas y una corbata celeste que ella me había
regalado. Usé mis gemelos de diamantes, por supuesto, y decidí
acicalarme durante más de media hora frente al espejo.
La fecha señalada en la tarjeta era
las diez, una hora cercana al cierre de puertas de San Louis. Sin
embargo, llegué a la iglesia a las nueve y media pasadas. Me encerré
en el confesionario y observé por las pequeñas ranuras las filas de
asientos que estaban girados hacia el altar, el cual se encontraba
iluminando la imagen central. Las gigantescas columnas que se alzaban
hasta la bóveda, cargada de detalles dorados e imágenes bíblicas
en encantadores frescos, parecían derrumbarse provocando que quedase
encerrado allí, sufriendo un castigo divino. Los candelabros que
descendían desde el techo, hasta la altura del segundo piso, estaban
encendidos y lograban iluminar el pasillo central por donde caminaba
una señora de avanzada edad.
—Señor, por favor, dame
fuerzas—murmuré pegando mi frente en el pequeño panel, para luego
cerrarlo y quedarme recostado en el cómodo sofá que había en su
interior.
Me encontraba sentado en un lugar en el
cual fácilmente cabían dos personas. Eran confesionarios amplios,
recargados quizás en detalles, y muy cómodos. Había estado dentro
de más de uno por mis andanzas buscando malechores y los de Saint
Louis eran mis favoritos. Desde allí podía divisar las banderas de
los distintos países, desde la de Estados Unidos pasando por la
francesa, española o inglesa. Estas hondeaban sin viento, cayendo de
los laterales de la división entre el piso superior e inferior. Los
ángeles de los frescos, situados por los distintos francos, parecían
guardar silencio esperando con nerviosismo aquel encuentro. Si bien
decidí que debía tranquilizarme, pues ella no debía descubrir mi
nerviosismo, y cerré los ojos dejándome llevar por los recuerdos
mientras juraba amor eterno a Rowan aunque no apareciera, pues podía
suceder que sus planes se truncaran. No obstante escuché sus tacones
bajos por toda la galería.
Acabé incorporándome de un brinco y
abrí la tapa que cubría la rejilla. Entonces la vi empujando un
carrito. Había traído la niña, como supuse al leer el “nosotras”,
y se encontraba allí dispuesta a conversar conmigo aunque fuesen
unos cinco minutos. Sentí seca la boca, cierto nerviosismo y
preocupación.
—Ave María purísima—susurró
colocándose al otro lado.
Vestía una hermosa blusa blanca, con
los primeros botones desabrochados, y una falda negra algo holgada.
Rowan no solía vestir así, pero sabía que a mí me encantaba
observar sus tobillos. Sus cabellos estaban algo más largos, caían
sobre sus hombros, y contenía su rostro que poesía un leve rubor en
sus mejillas. Ella había venido tras cazar, por eso había pedido
que la cita fuese a esas horas y no a otras.
—Sin pecado concebida—murmuré
clavando mis ojos en los suyos—. Entra, por favor.
—No, me estoy arriesgando—aseguró—.
Deseaba que vieses por tus propios ojos que estamos bien.
—Ya lo he visto—respondí—. Ahora
deseo besarte, estrecharte entre mis brazos y decirte cuánto os he
extrañado. Por favor, entra—dije colocando la frente en la rejilla
intentando no llorar, gritar o hacer cualquier ruido que pudiera
delatarnos.
—Aquí da misa ahora Kevin—dijo
algo nerviosa—. Lestat, no puedo levantar sospechas.
—¿Kevin? ¿Kevin Mayfair? ¿No era
tu sacerdote en el hospital?—pregunté algo sobresaltado.
—Sigue siéndolo—susurró en un
murmullo que a penas era audible para mí, por lo tanto imposible de
escuchar para algún humano.
—Rowan...—meneé la cabeza
intentando no regañarla. Estábamos en la boca del lobo, por así
decirlo, porque el padre sabía sobre los Taltos y se encontraba de
parte de Julien, como todos los Mayfair.
—Si vengo aquí puedo decir que
quería hablar con él del asunto del bautizo de la niña—aquello
me hizo sonreír amargamente.
No se llamaría Hazel, ahora tenía
otro nombre, y en la fe de bautismo aparecería como padre Michael
Curry. Mi hija sería la heredera y la bautizarían aquí, en Saint
Louis, pues la iglesia donde se casaban y bautizaban los Mayfair se
encontraba en obras. Sin embargo, la catedral se mostraba fastuosa,
aunque quizás de aspecto más simple que las europeas, con una
fuerza terrible como la propia ambición de Julien.
—Rowan, Rowan... necesito tenerte a
mi lado—repetí provocando que ella comenzara a sollozar.
Se incorporó tomando la capacha del
carro, desprendiéndola gracias a un par de botones, para entrar con
ella en el confesionario. Aquellos breves segundos, en los que no
sabía si se iría o entraría, parecieron eternos. El sonido de sus
pasos me sonaron a las campanas del cielo, como si anunciaran que un
ángel acababa de llegar después de salvar cientos de almas. Sus
ojos grises se clavaron en mí antes de sentarse a mi lado con la
pequeña capacha en sus piernas.
La pequeña dormía vestida con un
encantador vestido color hueso, sus cabellos rizados cada vez eran
más espesos y tenían un aspecto suave. Las mejillas estaban
rellenas, rosadas y le conferían a su rostro una bondad infantil
extremadamente atractiva. Nuestra hija era hermosa y parecía un
pequeño ángel entregada a un diablo.
—Nuestra hija—susurré con la voz
quebrada.
Juro que nunca me había sentido tan
conmovido. Me atrevo a decir que desde la muerte de Claudia, o quizás
desde que acepté que se había ido, no me había sentido tan dolido.
Julien estaba arrebatándome algo que había deseado durante toda mi
existencia. Siempre he soñado con ser amado de forma incondicional,
pura y sincera. El amor de un hijo, ese que nace desde el compromiso
y cariño, es puro y sobre todo si ese niño a penas es un bebé. Sí,
derramé lágrimas parecidas cuando sostuve el vestido amarillo de
Claudia. Creo que no podía dejar de llorar esa noche. Mi pequeña
niña, mi hija, había desaparecido. Hazel iba a desaparecer tal y
como la recordaba, posiblemente se alejaría por siempre de mí y
perdería todo contacto con Rowan. Sentía que si ella se arriesgaba
tanto era porque algo terrible estaba a punto de ocurrir.
—Te prometo que sabrás en todo
momento que ella está bien—por su tono de voz sabía que se
engañaba a sí misma. No podría cumplir esa promesa durante muchos
meses. Julien tenía contactos importantes en el infierno, tan
importantes como que el propio Memnoch le ofrecía consuelo, poder y
planes a cuales más macabros—. Lestat, lo intentaré al menos.
Dejé la capacha en el suelo porque
sentí un súbito deseo de tomarla allí mismo. El escote que llevaba
mostraba sus senos apretados en un encantador sujetador, que a pesar
de no ser de encaje era erótico para mí, que rezumaban un aroma
delicioso a perfume mezclado con su propio aroma corporal. Mis dedos
rozaron su cuello mientras mis ojos ascendían hacia sus pómulos, se
fundían en su enloquecedora mirada, y notaba como su cuerpo cedía.
La besé. Sí, la besé. Diablos, sí. Besé a Rowan bajo los atentos
ojos de todos los santos, los cuales caían precipitadamente con
furia divina sobre el pequeño receptáculo.
Rápidamente, Rowan, desabrochó su
camisa y dejó a la vista sus pechos envueltos en aquel sujetador
blanco de algodón. Mi rostro se hundió sintiendo el calor que
emanaban, su aroma y también lo suaves que eran. Tomó mis manos y
las llevó a su cintura, pero finalmente me agarró de la muñeca
derecha y llevó la mano al interior de su falda.
Recordé aquel momento en el cual, como
si fuera una revelación, la besé bajo el árbol que presidía la
tumba de los Taltos muertos. El olor dulzón de la muerte se mezcló
con el dondiego, el jazmín y su perfume. La perversión brotó con
el deseo y la necesidad de sentirnos el uno al otro. Mis dedos
acariciaron sus muslos suaves, se hundieron entre los labios de su
vagina y estimulé su clítoris mientras la besaba. Sí, ese momento
volvía a ocurrir.
En medio de aquel lugar santo, lleno de
plegarias y alabanzas a la palabra de nuestro creador, me hallaba
desnudando y besando a la mujer que amaba. Una mujer que tenía un
carácter indómito, como el de mi madre, y que siempre aprecié como
un rasgo femenino muy atractivo.
Mis dedos echaban a un lado el pequeño
trozo de tela, esa barrera fina, que era sus bragas y, como un
adolescente, comencé a palpar con cierta ansiedad. Ella rió bajo
mientras jadeaba, pues mis labios dejaban besos y mordiscos en el
hueco de sus pechos. Su zurda quedó sobre mis cabellos rubios,
enredándose, pero la diestra fue a mi espalda. Tenía las piernas
abiertas, igual que sus labios, dejándome libertad absoluta para
estimularla.
Desgarré con mis dientes la tela del
sujetador y ella gimió. Sus mejillas estaban tan rojas como un par
de cerezas, sus brazos temblaban y sus dedos presionaban contra mi
cráneo y espalda. Nos iban a descubrir, pero no podíamos dejar de
sentir. Con cuidado dejó de tocar mi espalda para bajar la
cremallera de mi pantalón, hundir su mano entre la tela y sacar mi
miembro que pedía atenciones.
—Hazlo, hazlo—dijo con voz
temblorosa—. Hazlo.
Saqué mi mano de su húmeda vagina, la
deslicé por sus muslos y la dejé en el borde d su falda, mientras
la miraba. Agarré entonces a Rowan del brazo izquierdo, la levanté
del asiento y la pegué a uno de los laterales del confesionario.
Allí, de pie y sin cuidado, levanté su falda bajando su ropa
interior hasta sus tobillos. Con cierta brusquedad, pues el deseo me
cegaba, le rompí el sujetador y lo llevé a mi nariz olfateándolo.
—Lestat... —su voz se escuchaba
quebrada por las numerosas emociones.
Su espalda era pequeña, su cintura
estaba muy marcada por lo delgada que era, y sus piernas largas, y de
color lechoso como todo su cuerpo, se veían tentadoras. Pegué sus
senos a la madera, abrí bien sus piernas y la penetré. La pequeña
seguía dormida ajena a todo lo que estaba pasando, pero Rowan gemía
bajo y yo gruñía cerca de su oreja derecha.
—Siénteme, siénteme... siente el
amor y el deseo... ¿sientes como arde? ¿Notas como arde?—murmuré
hundiendo mi rostro en su cuello—. Iremos al infierno.
Ella gemía con cada embestida mientras
mis manos acariciaba su cuerpo. Mis dedos perfilaban cada músculo,
se hundían en sus muslos y subían hasta su vientre plano que me
dirigían a sus senos. Acabé con ambas manos sobre sus pechos,
apretando estos y pellizcando sus pezones, mientras bombeaba
movimientos rítmicos y certeros. Sus piernas se sentían débiles,
pues temblaba, pero no iba a parar en ese ritmo frenético.
Ambos bullíamos en un fuego que nos
consumía desde el interior. Era como ver el sol en plena noche,
acariciándonos sin escrúpulos, para dejarnos consumidos por
llamaradas de perversión. Si bien, cuando alcanzamos el climax sentí
que me liberaba de las pesadas cadenas que, hasta ahora, me ataban.
Me dieron fuerzas renovadas para luchar por ambas y no dejar que el
mundo cayese a mis pies. La función no había acabado, pero sí
nuestro momento de locura.
Ella se apartó de mí tomando la
camisa para colocársela precipitadamente, del mismo modo que subió
su ropa interior y tomó la capacha. Nerviosa, completamente
asustada, miró al altar mientras yo salía del confesionario. Me
miró algo furiosa, pero a la vez parecía deseosa de besarme sin
importar que nos vieran. La anciana ya no estaba en la catedral, más
bien nadie quedaba dentro salvo un vigilante de seguridad que
dormitaba en otro de los confesionarios.
—¿Te volveré a ver?—pregunté
acomodando mi ropa mientras ella tomaba el cochecito para
marcharse—Rowan—dije deteniéndola al tomarla del brazo,
provocando que se girara y me mirara a los ojos con cierto
nerviosismo y preocupación. Estaba perturbada por lo que acabábamos
de hacer, lo sabía.
—No... sí... no lo sé—balbuceó
deshaciéndose del garré de mi mano para salir disparada hacia la
puerta.
Ni siquiera había podido besarla antes
de marcharse o mirar una vez más a la pequeña. Habíamos tenido un
sexo tan honesto y desesperado, igual que cualquier amante que
sienten la distancia romperlos en miles de pedazos.
Decidí salir pasados unos minutos. El
aire era agradable, las gotas de sudor las secaba con un pañuelo del
algodón y en mi rostro había un claro reflejo de agotamiento,
preocupación y felicidad. No podía dejar de ser feliz a pesar que
la situación seguía siendo complicada, pues había visto a Rowan,
sin embargo todo se rompió al ver la silueta que se dibujaba en el
parque bajo una farola.
—Memnoch—balbuceé.
Él estaba allí, esperándome. Me giré
sobre mis propios pasos y quise alcanzar la iglesia, pero las puertas
se cerraron del mismo modo que las manos del demonio entorno a mi
cuerpo. Quise gritar, pero me encontraba paralizado. Y de haber
gritado, como deseaba, no hubiese solucionado nada. Mi suerte estaba
echada.