Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

martes, 27 de mayo de 2014

Ave María

Las siguientes memorias tendrán su continuación el Viernes o Sábado próximo. Aquí les dejo el inicio de dos partes. Por favor, no me odien por lo que pueden leer... comprendan que la pasión a veces se desata. 

Lestat de Lioncourt 

AVE MARÍA 

La situación en la cual me encontraba no era la mejor. Me sentía completamente hundido por el caos que se formaba a mi alrededor, zumbando como abejas y convirtiendo mi vida en un panal lleno de aguijones a punto de perforar mi piel, clavar su veneno y convertirme en un cadáver hundido en una miel amarga y siniestra. Un año atrás, tan sólo doce meses, la vida me sonreía y solía creer que todo lo podría superar, sin importar nada. Sin embargo, me había vuelto a hundir. No quería reconocer abiertamente que yo, Lestat de Lioncourt, se sentía miserable después de la perdida de Rowan y Hazel.

Para quien no comprenda ésta historia le diré que regresé tras mis pasos, busqué a Rowan y fui egoísta. Pedí a mi mejor amigo, David Talbot, que transformara a Rowan en una de los nuestros. Además, decidí que debíamos ser padres gracias a la ciencia. El centro hospitalario Mayfair poseía grandes avances en genética, inseminación artificial y diversas investigaciones sobre la evolución de fetos con diversos problemas. Pensé que era nuestra oportunidad y por eso tuvimos a Hazel.

Cuando Hazel nació cambié. Pensé que no volvería a pasar, pero me enamoré. Era tan pequeña, tan frágil y nos necesitaba. Por primera vez, desde la muerte de Claudia, sentí esa llamada ardiendo en mi pecho y concienciarme que tenía una enorme responsabilidad. Era una niña hermosa de ojos violetas y cabello rubio y rizado.

Hace aproximadamente tres meses, casi cuatro, Rowan se marchó. Ella decidió huir. Las presiones familiares lograron que tuviese que marcharse de mi lado, junto a la niña y acompañada de su ex-esposo. Michael Curry volvió a tener a la mujer de su vida, la que estaba destinada a él por medio de Lasher, y yo me sentí solo. Michael es un buen hombre, no quiero que piensen que le odio, pero yo necesito a Rowan. Ellos han vuelto a ser pareja pues así lo desea Julien, que ha regresado de entre los muertos con forma física. Pero no sólo han regresado ellos, sé que el espíritu de Lasher ha regresado para caer de forma sumisa bajo el dominio de Julien y hay nuevos Taltos.

Si bien no era lo único. Además de la presión que sentía por parte de los Mayfair, tenía la certeza que Memnoch estaba ayudándolos ofreciéndoles un poder inmenso. Poder que había cegado a Mona y arrastrado a Tarquin. Mi hermanito ya no era un Blackwood, sino un Mayfair. Los genes de mi hermanito habían ganado, aunque más bien habían vencido los sentimientos hacia esa maldita pelirroja.

Dicho todo esto comprenderán entonces que me sobraban los motivos para encerrarme, olvidarme de mis fechorías y centrarme en una solución. Louis me había visitado la noche anterior. Caminó por el jardín observando los naranjos, acariciando las palmeras y jugueteando con sus dedos por los diversos arbustos floridos que poseo. Sólo estaba allí meditando, posiblemente intentando encontrar las palabras apropiadas para lanzarlas con cierta crueldad, y cuando descubrió que lo veía, desde uno de los ventanales de la biblioteca, se detuvo y giró para mirarme directamente. David estaba a pocos metros, sentado en uno de los bancos de hierro que poseo, observando la nada y dejando que la suave brisa primaveral moviese su flequillo.

Ellos vigilaban mis movimientos, y sabía que no eran los únicos. Nicolas, tras su regreso a la vida y a mis brazos, decidió visitarme con asiduidad. Aquella misma noche apareció frente a mí, buscando mis labios y caricias. Provocó que me apartara de la ventana y me hundiera en el deseo ardiente de su cuerpo. No amaba a Nicolas como lo había hecho tiempo atrás, pero me sentía reconfortado cuando notaba unas manos que no eran las mías acariciándome.

Cuando cayó agotado noté que sobre el escritorio había un sobre. No había reparado en absoluto en aquel pequeño sobre de color blanco. Dentro de él había una nota breve que pertenecía a Rowan, pues nada más ver la letra supe que era suya. Mis manos temblaron y mis ojos se llenaron de lágrimas. Me pedía que asistiera a la catedral de Sain Louis con suma discreción. Para aquellos que no conozcan el trazado de New Orleans les explicaré que la Catedral de San Luis se encuentra en el Barrio Francés, en la plaza Juan Pablo II. Está junto a mi amada Jackson Square y frente al río Misisipi, justo en el palpitante corazón de la ciudad, situada entre los edificios del Cabildo y la Presbytère. Un lugar popular por su belleza, construcción e historia.

»Mi querido Lestat, espero que desees verme tanto como nosotras a ti. Ven a Saint Louis el Martes, a las 10, y aguarda en el confesionario próximo al altar. Por favor, debes hacerlo con cuidado. Rowan.«

En ese momento no me cuestioné como había llegado la carta allí, porque tenía numerosos empleados. Supuse que se había aproximado, o enviado a alguien, para que llegase hasta mí. La única pregunta que me rondaba la mente era el lugar. Intenté pensar con claridad porque debía ser y entonces llegué a la solución. Memnoch era un demonio y los demonios no pueden entrar en las iglesias. Ella temía a Memnoch tanto como yo, pero se estaba arriesgando a ir a verme para poder tener una pequeña conversación.

Nicolas se encontraba en el diván próximo a una terrible hilera de libros, amontonados unos contra otros, que había estado leyendo los últimos meses. Sus cabellos oscuros caían sobre su tez morena, como si el sol la acabase de broncear, y su magnífica figura yacía en una postura erótica. Él aparentaba estar dormido, aunque no estaba del todo seguro. Tenía una boca sensual extremadamente carnosa, unas cejas perfectas y unos pómulos marcados que encajaban bien en su rostro. Sin duda contemplarlo era una delicia. Nadie pensaría que, además de un hermoso rostro, poseía un cuerpo cincelado por Miguel Ángel. Sus pectorales estaban marcados, aunque era un cuerpo menudo. A penas poseía vello, salvo el espeso y rizado que coronaba su sexo.

—Nicolas—dije guardando el sobre bajo un par de libros—. Nicolas—me aproximé más a él y acaricié sus cabellos húmedos—. Nicolas—repetí provocando que abriese los ojos y sonriera.

Maldito era mil veces. Maldito por su belleza y esos ojos profundos, tan agónicos y desesperados como siempre, que me escrutaban con una pasión imposible de soportar. Agaché la mirada deteniéndome en su boca y entonces noté sus brazos rodeándome para besarme otra vez, como si quisiera que olvidase a Rowan y me centrase en él.

—Je t'aime mon amour—musitó tras apartar sus labios de mí—. ¿Ocurre algo?

—Mañana debo salir—respondí—. Tengo una cita de negocios y pensé que debía decírtelo.

—¿Puedo acompañarte?—no podía soportar esos ojos cafés condenándome por lo que habíamos hecho.

¡Santo Dios!—me dije regañándome mentalmente—. ¡Te ha vuelto a dar su corazón y ya estás pensando en como mentirle! ¡Ya lo estás haciendo! ¡Dios santo! ¿Qué clase de monstruo despiadado eres? Parece que nunca aprendes ¿por qué no te conformas? No, no puedes. El corazón que late en tu pecho no es de Nicolas, ni de otro, sino de Rowan—fruncí suave el ceño y negué notando los dedos de mi amante sobre mis mejillas—. Sólo míralo. ¿No tenías suficiente con su recuerdo? Cargabas con él como un miserable y ahora lo eres aún más.

—No importa—soltó una carcajada mientras me miraba con deseo—. Hazme el amor de nuevo y olvidaré ese misterioso asunto.

—Je t'adore—susurré recostándome junto a él mientras le ofrecías los mismos besos que Judas a Jesús.

La noche siguiente, es decir ésta misma noche, fue una revelación para mí. Tomé una ducha rápida, me vestí con uno de mis elegantes trajes azul marino, una de mis mejores camisas blancas y una corbata celeste que ella me había regalado. Usé mis gemelos de diamantes, por supuesto, y decidí acicalarme durante más de media hora frente al espejo.

La fecha señalada en la tarjeta era las diez, una hora cercana al cierre de puertas de San Louis. Sin embargo, llegué a la iglesia a las nueve y media pasadas. Me encerré en el confesionario y observé por las pequeñas ranuras las filas de asientos que estaban girados hacia el altar, el cual se encontraba iluminando la imagen central. Las gigantescas columnas que se alzaban hasta la bóveda, cargada de detalles dorados e imágenes bíblicas en encantadores frescos, parecían derrumbarse provocando que quedase encerrado allí, sufriendo un castigo divino. Los candelabros que descendían desde el techo, hasta la altura del segundo piso, estaban encendidos y lograban iluminar el pasillo central por donde caminaba una señora de avanzada edad.

—Señor, por favor, dame fuerzas—murmuré pegando mi frente en el pequeño panel, para luego cerrarlo y quedarme recostado en el cómodo sofá que había en su interior.

Me encontraba sentado en un lugar en el cual fácilmente cabían dos personas. Eran confesionarios amplios, recargados quizás en detalles, y muy cómodos. Había estado dentro de más de uno por mis andanzas buscando malechores y los de Saint Louis eran mis favoritos. Desde allí podía divisar las banderas de los distintos países, desde la de Estados Unidos pasando por la francesa, española o inglesa. Estas hondeaban sin viento, cayendo de los laterales de la división entre el piso superior e inferior. Los ángeles de los frescos, situados por los distintos francos, parecían guardar silencio esperando con nerviosismo aquel encuentro. Si bien decidí que debía tranquilizarme, pues ella no debía descubrir mi nerviosismo, y cerré los ojos dejándome llevar por los recuerdos mientras juraba amor eterno a Rowan aunque no apareciera, pues podía suceder que sus planes se truncaran. No obstante escuché sus tacones bajos por toda la galería.

Acabé incorporándome de un brinco y abrí la tapa que cubría la rejilla. Entonces la vi empujando un carrito. Había traído la niña, como supuse al leer el “nosotras”, y se encontraba allí dispuesta a conversar conmigo aunque fuesen unos cinco minutos. Sentí seca la boca, cierto nerviosismo y preocupación.

—Ave María purísima—susurró colocándose al otro lado.

Vestía una hermosa blusa blanca, con los primeros botones desabrochados, y una falda negra algo holgada. Rowan no solía vestir así, pero sabía que a mí me encantaba observar sus tobillos. Sus cabellos estaban algo más largos, caían sobre sus hombros, y contenía su rostro que poesía un leve rubor en sus mejillas. Ella había venido tras cazar, por eso había pedido que la cita fuese a esas horas y no a otras.

—Sin pecado concebida—murmuré clavando mis ojos en los suyos—. Entra, por favor.

—No, me estoy arriesgando—aseguró—. Deseaba que vieses por tus propios ojos que estamos bien.

—Ya lo he visto—respondí—. Ahora deseo besarte, estrecharte entre mis brazos y decirte cuánto os he extrañado. Por favor, entra—dije colocando la frente en la rejilla intentando no llorar, gritar o hacer cualquier ruido que pudiera delatarnos.

—Aquí da misa ahora Kevin—dijo algo nerviosa—. Lestat, no puedo levantar sospechas.

—¿Kevin? ¿Kevin Mayfair? ¿No era tu sacerdote en el hospital?—pregunté algo sobresaltado.

—Sigue siéndolo—susurró en un murmullo que a penas era audible para mí, por lo tanto imposible de escuchar para algún humano.

—Rowan...—meneé la cabeza intentando no regañarla. Estábamos en la boca del lobo, por así decirlo, porque el padre sabía sobre los Taltos y se encontraba de parte de Julien, como todos los Mayfair.

—Si vengo aquí puedo decir que quería hablar con él del asunto del bautizo de la niña—aquello me hizo sonreír amargamente.

No se llamaría Hazel, ahora tenía otro nombre, y en la fe de bautismo aparecería como padre Michael Curry. Mi hija sería la heredera y la bautizarían aquí, en Saint Louis, pues la iglesia donde se casaban y bautizaban los Mayfair se encontraba en obras. Sin embargo, la catedral se mostraba fastuosa, aunque quizás de aspecto más simple que las europeas, con una fuerza terrible como la propia ambición de Julien.

—Rowan, Rowan... necesito tenerte a mi lado—repetí provocando que ella comenzara a sollozar.

Se incorporó tomando la capacha del carro, desprendiéndola gracias a un par de botones, para entrar con ella en el confesionario. Aquellos breves segundos, en los que no sabía si se iría o entraría, parecieron eternos. El sonido de sus pasos me sonaron a las campanas del cielo, como si anunciaran que un ángel acababa de llegar después de salvar cientos de almas. Sus ojos grises se clavaron en mí antes de sentarse a mi lado con la pequeña capacha en sus piernas.

La pequeña dormía vestida con un encantador vestido color hueso, sus cabellos rizados cada vez eran más espesos y tenían un aspecto suave. Las mejillas estaban rellenas, rosadas y le conferían a su rostro una bondad infantil extremadamente atractiva. Nuestra hija era hermosa y parecía un pequeño ángel entregada a un diablo.

—Nuestra hija—susurré con la voz quebrada.

Juro que nunca me había sentido tan conmovido. Me atrevo a decir que desde la muerte de Claudia, o quizás desde que acepté que se había ido, no me había sentido tan dolido. Julien estaba arrebatándome algo que había deseado durante toda mi existencia. Siempre he soñado con ser amado de forma incondicional, pura y sincera. El amor de un hijo, ese que nace desde el compromiso y cariño, es puro y sobre todo si ese niño a penas es un bebé. Sí, derramé lágrimas parecidas cuando sostuve el vestido amarillo de Claudia. Creo que no podía dejar de llorar esa noche. Mi pequeña niña, mi hija, había desaparecido. Hazel iba a desaparecer tal y como la recordaba, posiblemente se alejaría por siempre de mí y perdería todo contacto con Rowan. Sentía que si ella se arriesgaba tanto era porque algo terrible estaba a punto de ocurrir.

—Te prometo que sabrás en todo momento que ella está bien—por su tono de voz sabía que se engañaba a sí misma. No podría cumplir esa promesa durante muchos meses. Julien tenía contactos importantes en el infierno, tan importantes como que el propio Memnoch le ofrecía consuelo, poder y planes a cuales más macabros—. Lestat, lo intentaré al menos.

Dejé la capacha en el suelo porque sentí un súbito deseo de tomarla allí mismo. El escote que llevaba mostraba sus senos apretados en un encantador sujetador, que a pesar de no ser de encaje era erótico para mí, que rezumaban un aroma delicioso a perfume mezclado con su propio aroma corporal. Mis dedos rozaron su cuello mientras mis ojos ascendían hacia sus pómulos, se fundían en su enloquecedora mirada, y notaba como su cuerpo cedía. La besé. Sí, la besé. Diablos, sí. Besé a Rowan bajo los atentos ojos de todos los santos, los cuales caían precipitadamente con furia divina sobre el pequeño receptáculo.

Rápidamente, Rowan, desabrochó su camisa y dejó a la vista sus pechos envueltos en aquel sujetador blanco de algodón. Mi rostro se hundió sintiendo el calor que emanaban, su aroma y también lo suaves que eran. Tomó mis manos y las llevó a su cintura, pero finalmente me agarró de la muñeca derecha y llevó la mano al interior de su falda.

Recordé aquel momento en el cual, como si fuera una revelación, la besé bajo el árbol que presidía la tumba de los Taltos muertos. El olor dulzón de la muerte se mezcló con el dondiego, el jazmín y su perfume. La perversión brotó con el deseo y la necesidad de sentirnos el uno al otro. Mis dedos acariciaron sus muslos suaves, se hundieron entre los labios de su vagina y estimulé su clítoris mientras la besaba. Sí, ese momento volvía a ocurrir.

En medio de aquel lugar santo, lleno de plegarias y alabanzas a la palabra de nuestro creador, me hallaba desnudando y besando a la mujer que amaba. Una mujer que tenía un carácter indómito, como el de mi madre, y que siempre aprecié como un rasgo femenino muy atractivo.

Mis dedos echaban a un lado el pequeño trozo de tela, esa barrera fina, que era sus bragas y, como un adolescente, comencé a palpar con cierta ansiedad. Ella rió bajo mientras jadeaba, pues mis labios dejaban besos y mordiscos en el hueco de sus pechos. Su zurda quedó sobre mis cabellos rubios, enredándose, pero la diestra fue a mi espalda. Tenía las piernas abiertas, igual que sus labios, dejándome libertad absoluta para estimularla.

Desgarré con mis dientes la tela del sujetador y ella gimió. Sus mejillas estaban tan rojas como un par de cerezas, sus brazos temblaban y sus dedos presionaban contra mi cráneo y espalda. Nos iban a descubrir, pero no podíamos dejar de sentir. Con cuidado dejó de tocar mi espalda para bajar la cremallera de mi pantalón, hundir su mano entre la tela y sacar mi miembro que pedía atenciones.

—Hazlo, hazlo—dijo con voz temblorosa—. Hazlo.

Saqué mi mano de su húmeda vagina, la deslicé por sus muslos y la dejé en el borde d su falda, mientras la miraba. Agarré entonces a Rowan del brazo izquierdo, la levanté del asiento y la pegué a uno de los laterales del confesionario. Allí, de pie y sin cuidado, levanté su falda bajando su ropa interior hasta sus tobillos. Con cierta brusquedad, pues el deseo me cegaba, le rompí el sujetador y lo llevé a mi nariz olfateándolo.

—Lestat... —su voz se escuchaba quebrada por las numerosas emociones.

Su espalda era pequeña, su cintura estaba muy marcada por lo delgada que era, y sus piernas largas, y de color lechoso como todo su cuerpo, se veían tentadoras. Pegué sus senos a la madera, abrí bien sus piernas y la penetré. La pequeña seguía dormida ajena a todo lo que estaba pasando, pero Rowan gemía bajo y yo gruñía cerca de su oreja derecha.

—Siénteme, siénteme... siente el amor y el deseo... ¿sientes como arde? ¿Notas como arde?—murmuré hundiendo mi rostro en su cuello—. Iremos al infierno.

Ella gemía con cada embestida mientras mis manos acariciaba su cuerpo. Mis dedos perfilaban cada músculo, se hundían en sus muslos y subían hasta su vientre plano que me dirigían a sus senos. Acabé con ambas manos sobre sus pechos, apretando estos y pellizcando sus pezones, mientras bombeaba movimientos rítmicos y certeros. Sus piernas se sentían débiles, pues temblaba, pero no iba a parar en ese ritmo frenético.

Ambos bullíamos en un fuego que nos consumía desde el interior. Era como ver el sol en plena noche, acariciándonos sin escrúpulos, para dejarnos consumidos por llamaradas de perversión. Si bien, cuando alcanzamos el climax sentí que me liberaba de las pesadas cadenas que, hasta ahora, me ataban. Me dieron fuerzas renovadas para luchar por ambas y no dejar que el mundo cayese a mis pies. La función no había acabado, pero sí nuestro momento de locura.

Ella se apartó de mí tomando la camisa para colocársela precipitadamente, del mismo modo que subió su ropa interior y tomó la capacha. Nerviosa, completamente asustada, miró al altar mientras yo salía del confesionario. Me miró algo furiosa, pero a la vez parecía deseosa de besarme sin importar que nos vieran. La anciana ya no estaba en la catedral, más bien nadie quedaba dentro salvo un vigilante de seguridad que dormitaba en otro de los confesionarios.

—¿Te volveré a ver?—pregunté acomodando mi ropa mientras ella tomaba el cochecito para marcharse—Rowan—dije deteniéndola al tomarla del brazo, provocando que se girara y me mirara a los ojos con cierto nerviosismo y preocupación. Estaba perturbada por lo que acabábamos de hacer, lo sabía.

—No... sí... no lo sé—balbuceó deshaciéndose del garré de mi mano para salir disparada hacia la puerta.

Ni siquiera había podido besarla antes de marcharse o mirar una vez más a la pequeña. Habíamos tenido un sexo tan honesto y desesperado, igual que cualquier amante que sienten la distancia romperlos en miles de pedazos.

Decidí salir pasados unos minutos. El aire era agradable, las gotas de sudor las secaba con un pañuelo del algodón y en mi rostro había un claro reflejo de agotamiento, preocupación y felicidad. No podía dejar de ser feliz a pesar que la situación seguía siendo complicada, pues había visto a Rowan, sin embargo todo se rompió al ver la silueta que se dibujaba en el parque bajo una farola.

—Memnoch—balbuceé.


Él estaba allí, esperándome. Me giré sobre mis propios pasos y quise alcanzar la iglesia, pero las puertas se cerraron del mismo modo que las manos del demonio entorno a mi cuerpo. Quise gritar, pero me encontraba paralizado. Y de haber gritado, como deseaba, no hubiese solucionado nada. Mi suerte estaba echada.  

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Lestat de Lioncourt