No hay poesía más pura que la de tus
ojos, ni paz más refrescante que tus silencios. He aprendido a
sentir tus distintas formas de amar y las he comprendido poco a poco,
como el niño que comienza a caminar, con inicios torpes y miles de
sensaciones adheridas a mi piel. He acabado desnudando mi corazón,
como si fuera un envoltorio de caramelo, y lo he dejado en tus manos
para que lo contemples. La calidez de tus palabras contrasta con el
ronco sonido de la lluvia de tu mirada. Detesto cuando lloras, pues
mi alma se desquebraja y comienza a ser trozos de papel al viento.
Quiero atraparte como si fueras cometa,
atarte a mí con un simple lazo y decirte que es el destino, pues he
logrado tomarte entre mis brazos. Necesito besar tu frente, mejillas,
labios y mentón mientras deslizo mis manos por tus rizados cabellos.
Estoy obligado, por promesas que le hice a una estrella lejana, a
desearte de mil formas distintas y suspirar cuando veo flores nuevas
en el jarrón de mi habitación.
Ámame como nunca nos hemos amado,
aunque pensemos que no hay nuevas formas ni gestos para comunicarlo.
Sin embargo, el amor es tan extraño que siempre se puede hallar una
nueva, aunque sea con una simple palabra que no tenga que ver con el
verbo amar. Por favor, ésta noche cuando te visite ten la ventana
abierta, así como los brazos, porque éste príncipe inconsciente,
testarudo y desobediente, irá a buscarte para arrancarte una sonrisa
de esos hermosos labios que tú posees.
Espérame.
Lestat de Lioncourt,
Para Rowan Mayfair
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